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LOS LOTOFAGOS Por STANLEY G. WEINBAUM
—¡Cáspita! —exclamó «Ham» Hammond, lanzando un silbido y mirando por la portilla de proa de estribor— ¡Vaya sitio para una luna de miel!
—Eso te ocurre por haberte casado con un biólogo —observó su media naranja dirigiéndole la palabra por encima del hombro, pero él vio bailar sus ojos grises reflejados en el vidrio de la portilla—. Y además, hija de un explorador por más señas —añadió.
Porque hay que saber que Pat Hammond, antes de casarse con Ham, cuatro semanas antes, se había llamado Patricia Burlingame, y era la hija de aquel gran inglés que conquistó gran parte de la zona crepuscular de Venus para la Corona británica, tal como Crowly había hecho para los Estados Unidos.
—Yo no me casé con un biólogo —repuso Ham— sino con una muchacha interesada por la biología, y nada más. Es una pena, pero éste es uno de los pocos defectos que posee.
Paró el chorro de gases, reduciéndolo a los reactores de popa, y el cohete descendió lentamente sobre una almohada de fuego hacia el negro paisaje inferior. Lenta y cuidadosamente él obligó a descender el aparato rebelde hasta que no se notó ni la más pequeña sacudida; entonces cortó totalmente el gas, el suelo osciló ligeramente bajo sus pies, y un extraño silencio cayó sobre ellos cuando cesó el rugido de los eyectores.
—Hemos llegado —declaró.
—Sí, hemos llegado —repitió Pat—. ¿Dónde estamos?
—En un lugar situado exactamente a ciento veinte kilómetros al este de la Barrera y frente a Venoble, en la Región Fría Británica. Hacia el norte se encuentra, supongo, la continuación de los Montes de la Eternidad, y hacia el sur sólo Dios sabe lo que hay. Lo mismo puede decirse del este.
—Lo cual es una buena descripción técnica de lo desconocido —dijo Pat, riendo—. Apaguemos las luces y echemos una mirada a lo desconocido, pues.
Uniendo la acción a la palabra, las apagó, y en las tinieblas las portillas se destacaron como círculos débilmente luminosos.
La joven prosiguió:
—Sugiero que la Expedición Conjunta suba a la cúpula para dominar el panorama. Hemos venido aquí a investigar se ha dicho.
—La parte restante de la expedición manifiesta su conformidad —dijo Ham, sonriendo.
En las tinieblas, no podía por menos de sonreír ante la ligereza con que su esposa se tomaba aquella exploración. En realidad constituían la Expedición Conjunta enviada allí por la Real Sociedad y el Instituto Smithsoniano para investigar las condiciones existentes en el hemisferio oscuro de Venus, para decir las cosas por su nombre completo.
En cuanto a Ham, desde luego, si bien desde el punto de vista legal formaba la mitad norteamericana de la expedición, en realidad sólo era miembro de ella porque Pat no hubiera aceptado a nadie más; pero era a ella únicamente a quien los barbudos y sesudos miembros de la sociedad y el Instituto planteaban sus preguntas y ponían cláusulas y condiciones.
Lo cual, si bien se mira, era perfectamente justo, porque Pat era la primera autoridad mundial en fauna y flora de las Regiones Cálidas, además, la primera criatura humana que nació en Venus, mientras que Ham no era más que un ingeniero a quien sus sueños de riqueza atrajeron a la frontera venusiana, para realizar exportaciones de xixtchil a las Regiones Cálidas.
Fue allí donde conoció a Patricia Burlingame, y allí fue donde la conquistó, tras un azaroso viaje a las estribaciones de los Montes de la Eternidad. Se casaron en Erotia, la colonia norteamericana, hacía menos de un mes, y poco después llegó la proposición de realizar una expedición al lado oscuro del planeta.
Ham se oponía a ella. Deseaba pasar una feliz luna de miel terrestre en Nueva York o Londres, pero existían ciertas dificultades para ello. En primer lugar, las dificultades astronómicas: Venus había pasado ya por el perigeo, y tardaría ocho largos meses en describir su lenta rotación alrededor del sol y regresar a un punto desde donde el lanzamiento de un cohete a la Tierra podría efectuarse.
Ocho meses en la primitiva ciudad fronteriza de Erotia, o en Venoble, igualmente primitiva, caso de que prefiriesen quedarse en territorio británico, sin ninguna clase de diversión excepto la caza, sin radio, sin teatros, con pocos libros. Ya que tenían que cazar forzosamente, argüía Pat, ¿por qué no añadir a ello la emoción y peligro de lo desconocido?
Nadie sabia qué clase de vida, caso de existir ésta, ocultaba el lado oscuro del planeta; muy pocos eran los que habían visto este misterio, y aun estos pocos lo vieron desde naves-cohete que cruzaban a gran velocidad sobre enormes cordilleras o inmensos océanos helados. Aquella era una buena ocasión de rasgar el velo del misterio y explorar el hemisferio oculto, con todos los gastos pagados.
Sólo un multimillonario podía construir y equipar una astronave particular, pero la Real Sociedad y el Instituto Smithsoniano, gracias a los créditos que les asignó el Gobierno de sus respectivos países, podían permitirse este lujo. Quizás los expedicionarios se enfrentarían con el peligro y con emociones sin cuento, pero... estarían solos.
Esto último fue lo que decidió a Ham. Pasaron dos atareadísimas semanas avituallando y equipando el cohete, se elevaron a gran altura sobre la barrerá helada que constituye la frontera de la zona crepuscular, y atravesaron a loca velocidad la línea de las tormentas, donde las corrientes bajas de aire frío procedentes del lado oscuro, chocan con las corrientes altas de aire caliente procedentes de la cara desierta del planeta.
Todo esto sucede porque Venus, naturalmente, no posee movimiento de rotación, y por lo tanto no existe allí la sucesión de días y noches que nosotros conocemos. Una de sus caras está bañada eternamente por la luz solar, mientras la otra está sumida en perennes tinieblas, y únicamente el lento movimiento de liberación da a la zona crepuscular algo parecido a las estaciones. Y esta zona, que es la única parte habitable del planeta, se confunde por un lado con el ardiente desierto a través de las Regiones Cálidas, para terminar por el lado opuesto en la barrera de hielo, donde los vientos altos se descargan de su humedad al recibir el beso helado de las corrientes de aire frío procedentes del hemisferio tenebroso.
Y allí estaban ellos, muy juntos en la minúscula cúpula transparente que dominaba el cuadro de mandos, muy apretados sobre el último barrote de la escalerilla, y con apenas lugar para sus dos cabezas juntos en la estrecha cúpula de observación. Ham rodeó el talle de su compañera con el brazo mientras ambos contemplaban el exterior.
Muy lejos, hacia el oeste, lucía la eterna aurora... o tal vez era un crepúsculo... donde la luz hacía brillar la barrera de hielo. Como inmensas columnas, los Montes de la Eternidad se erguían ante la luz, con sus altivas cumbres perdidas entre las nubes bajas que cruzaban la atmósfera a cuarenta kilómetros de altura. Un poco más hacia el sur se distinguían los contrafuertes de las Eternidades Menores, que limitaban la zona americana de Venus, y entre ambas cordilleras brillaba el relámpago perpetuo de la zona tormentosa.
Mas todo cuanto les rodeaba iluminado por el pálido reflejo de la luz solar, poseía un esplendor tenebroso y bravío. El hielo lo cubría todo, formando montañas, agujas, llanuras, peñascos y acantilados, brillando con un pálido resplandor al reflejar la mortecina luz procedente de más allá de la barrera. Un mundo inmóvil, helado y yermo, dominado por el ulular de las corrientes de aire frío, que corrían allí libres y sin trabas, pues la barrera de hielo se interponía entre ellos y la Región Fría.
—¡Es algo... espléndido! —murmuró Pat.
—Sí —convino él—, pero frío, sin vida, incluso amenazador. ¿Crees que hay vida aquí, Pat?
—Yo diría que sí. Si la vida puede existir en mundos como Titán y Japeto (1), también puede existir aquí. ¿Qué temperatura tiene la atmósfera? —Dirigió una mirada al termómetro colocado fuera de la cúpula y con cifras fosforescentes—. Sólo treinta y cuatro grados centígrados bajo cero. En la Tierra, la vida existe a esta temperatura.
—Más que existir, subsiste. Pero no hubiera podido surgir a una temperatura muy por debajo del punto de congelación. La vida se originó en aguas cálidas.
Pat le miró, risueña.
—Recuerda que hablas con un biólogo, Ham. No, la vida no hubiera podido surgir a treinta y cuatro grados bajo cero, pero sí podemos suponer, que se originó en la zona crepuscular para emigrar luego aquí. Tampoco nadie nos impide pensar que la terrible lucha por la vida que se desarrollaba en las regiones. más cálidas la obligó a refugiarse entre los hielos eternos. Tú sabes muy bien cuáles son las condiciones imperantes en las Regiones Cálidas, con los mohos, animales gelatinosos, y árboles de Jack Ketch, y los millones de pequeños parásitos que se entredevoran.
El reflexionó.
—¿Y qué clase de vida esperas encontrar?
Pat sonrió.
—¿Quieres que haga una predicción? Muy bien, la haré. En primer lugar, espero encontrar alguna especie de vegetación como base, pues la vida animal no puede subsistir sin algún alimento adicional, además del representado por sus congéneres u otros animales. Puede servirnos de ejemplo el cuento del hombre que criaba gatos, y para alimentar a éstos criaba también ratas. Luego, cuando despellejaba los gatos, tiraba los cadáveres de éstos a las ratas, con lo que éstas se reproducían abundantemente para servir de alimento a los gatos, y así sucesivamente. En teoría esto parece magnífico, pero en la práctica sería un fracaso.
—Así, tiene que haber vegetación. ¿Y después, qué?
—¿Qué? Sólo Dios lo sabe. Posiblemente la vida del lado oscuro, si es que existe, proviene en su origen de las especies más débiles que vivían en la zona crepuscular, pero sólo podemos hacer conjeturas acerca de la evolución que éstas pueden haber sufrido. Claro que tenemos al Triops noctivivans que yo descubrí en los Montes de la Eternidad.
—¡Que tú descubriste! —Ham sonrió—. Estabas convertida en un carámbano cuando te saqué de aquel nido de diablos. Ni siquiera viste a uno solo de ellos!
—Examiné el cadáver que los cazadores trajeron a Venoble —repuso ella, imperturbable—. Y no olvides que la Sociedad quiso ponerle mi nombre... Triops Noctivivans Patriciae. —Voluntariamente se estremeció al recordar aquellos diabólicos seres que estuvieron a punto de aniquilarlos a ambos—. Pero preferí dejarlos en Triops noctivivans, o sea los habitantes de la noche que tienen tres ojos.
—¡Qué nombre tan romántico para una bestia tan satánica!
—Sí, pero verás adonde quería ir a parar: es probable que existan triops —o triopses—, aunque dime, ¿cuál es el plural de triops?
—Trioptes —rezongó Ham— Es palabra latina.
—Gracias por la aclaración. Pues como decía, es probable que existan trioptes entre los seres que encontraremos en este lado nocturno, y que los feroces diablos que nos atacaron en aquel oscuro desfiladero de los Montes de la Eternidad no fuesen más que un puesto avanzado, formado por individuos que se desplazan hasta la zona crepuscular a través de los collados oscuros y sin sol de las montañas. No pueden soportar la luz; tuviste ocasión de comprobarlo tú mismo.
—¿Y qué, baby?
Pat se rió al escuchar aquel modismo americano.
—Pues esto. A juzgar por su morfología —seis miembros, tres ojos, y el resto— es evidente que los trioptes están relacionados con seres ordinarios nativos de las Regiones Cálidas. Esto quiere decir que se hallan desde hace relativamente poco tiempo en el lado oscuro; que no se originaron aquí, sino que llegaron a estas regiones en época muy tardía, geológicamente hablando. Aunque geológicamente no es la palabra adecuada, porque gea significa la Tierra. Debiera haber dicho venusológicamente.
—Nada de eso. Substituyes una raíz griega por otra latina. Lo que tú quieres decir es hablando afrodisiológicamente.
Ella no pudo contener la risa.
—Lo que yo quiero decir, y hubiera debido decirlo en seguida, para evitar discusiones, es, paleontológicamente hablando, lo cual suena mejor en nuestro idioma. Sea como fuere, quiero decir que los trioptes existen solamente en el lado oscuro desde hace unos veinte o cincuenta mil años terrestres, o quizás menos, porque apenas sabemos nada acerca del ritmo de la evolución en Venus. Es posible que sea más rápido que en la Tierra; quizás el triops sólo necesitó cinco mil años para adaptarse a la vida nocturna.
—Pues yo he tenido condiscípulos que se han adaptado a la vida nocturna en un semestre.
Ella hizo caso omiso de esta observación, con olímpico desprecio. Prosiguió:
—Por lo tanto, yo sostengo que debió de existir vida aquí antes de la llegada de los triops, puesto que éstos tenían que encontrar algo que comer, o de lo contrario no hubieran sobrevivido. Y puesto que el examen reveló que este animal es carnívoro en parte, eso quiere decir que no sólo debía de haber vida aquí, sino que esta vida era animal. No podemos llegar ya más lejos en nuestras deducciones.
—Así es que no sabes qué clase de vida animal. ¿Inteligente, tal vez?
—No lo sé. Pudiera ser. Pero a pesar del culto que vosotros los yanquis rendís a la inteligencia, desde el punto de vista biológico ésta es muy poco importante. Sirve de muy poco cuando se trata de sobrevivir.
—¿Cómo? ¿Y tú dices eso, Pat? ¿No ha sido precisamente la inteligencia humana lo que ha dado al hombre la supremacía en la Tierra... y también en Venus, si bien se mira?
—¿Pero tú crees que el hombre posee la supremacía en la Tierra? Trataré de hacerte comprender, Ham, lo que yo entiendo por inteligencia. El gorila posee un cerebro mucho mejor que el de la tortuga, ¿no es verdad? Y sin embargo, ¿cuál es el que se defiende más victoriosamente... el gorila, que es animal raro confinado en una pequeña región del Africa, o la tortuga, que abunda en todas partes y se encuentra del Artico al Antártico? En cuanto al hombre... Vamos, si poseyeres ojos microscópicos y pudieses ver todos los seres viviente que pueblan la Tierra, llegarías a la conclusión de que el hombre es un ejemplar raro, y que nuestro planeta es en realidad un mundo de nemátodos —es decir, gusanos— porque los nemátodos superan enormemente en número a todas las restantes especies vivas juntas.
—Pero eso nada tiene que ver con la supremacía, Pat.
—No he dicho que fuese supremacía. He dicho, simplemente, que la inteligencia no tiene gran valor cuando se trata de sobrevivir. Si lo tuviese, ¿por qué los insectos, que no tienen inteligencia sino únicamente instinto, dan tanta guerra al género humano? El hombre tiene un cerebro infinitamente más desarrollado que los gorgojos, las carcomas, las moscas, los escarabajos japoneses, la polilla y todos los demás flagelos que se enfrentan con nuestra inteligencia con una sola y única arma: su enorme fecundidad. ¿Ya te das cuenta que cada vez que nace un niño y hasta que este nacimiento se ve equilibrado por una defunción, sólo puede alimentarse de una manera? Y esta manera consiste en dar al niño una comida equivalente a su propio peso en insectos.
—Todo esto parece bastante razonable, pero... ¿qué tiene que ver con la posibilidad de que exista vida inteligente en este lado de Venus?
—No lo sé —replicó Pat, con voz que denotaba un extraño nerviosismo—. Quiero decir tan sólo que... a ver si así me explico, Ham. Un lagarto es más inteligente que un pez, pero no lo bastante para sacar de ello una ventaja. Entonces, ¿por qué el lagarto y sus descendientes siguen desarrollando la inteligencia? Pues porque hay que creer que la vida tiende hacia la inteligencia. Si admitimos esto, ello significa que podemos encontrar inteligencia incluso aquí... una inteligencia extraña, ajena a nosotros, incomprensible.
Ham notó que un estremecimiento recorría el cuerpo de su esposa en la oscuridad.
—No pensemos más en ello —dijo de pronto la joven, con voz súbitamente alterada—. Probablemente no son más que fantasías. El mundo que nos' rodea es tan fantástico, tan sobrenatural... Estoy cansada, Ham. Ha sido un día muy fatigoso.
El la siguió al cuerpo principal de la nave. Cuando se encendieron las luces en su interior, el fantasmal paisaje de fuera se desvaneció, y él vio únicamente a Pat, encantadora con su escaso atavío propio de la Región Fría.
—Hasta mañana, pues —dijo—. Tenemos víveres para tres semanas.
Como es de suponer, la mañana siguiente era una pura falacia, pues no les aportó la luz del día. Solamente había transcurrido un lapso de tiempo. Cuando se levantaron vieron que les rodeaban las mismas tinieblas que habían cubierto eternamente el hemisferio sombrío de Venus. En el horizonte, sobre la barrera, lucía el mismo crepúsculo eterno, de color verde esmeralda. Pero estaba de mejor humor y se dedicó animadamente a realizar los preparativos para su primera salida fuera de la astronave. Sacó los trajes de lana cauchutada de un grosor de dos centímetros y medio, y Ham, en su calidad de ingeniero, inspeccionó cuidadosamente las caperuzas, dotada cada una de ellas de una corona de potentes lámparas.
Naturalmente, el uso principal de estas lámparas era facilitar la visión, pero tenían asimismo otra finalidad. Los ferocísimos trioptes no podían soportar la luz, y así, encendiendo los cuatro proyectores del casco, se podía avanzar impunemente rodeado por una aureola protectora. A pesar de esto, incluyeron también en su equipo dos pequeñas pistolas automáticas azules y un par de lanzallamas, de una espantosa potencia destructora. Pat se colgó una bolsa al cinto, en la que se proponía recoger los ejemplares de flora nocturna que encontrase, y también de fauna, si ésta era pequeña e inofensiva.
Se sonrieron mirándose a través del casco.
—Este traje te engorda —observó Ham maliciosamente, gozando al observar el mohín de disgusto de la joven.
Pat se volvió, abrió la escotilla y saltó al exterior.
Este era distinto que visto a través de la portilla. En este último caso, la escena poseía la irrealidad, la inmovilidad y el silencio de un cuadro, pero en aquellos momentos les rodeaba por doquiera, y el frío aliento y voz gemebunda del viento helado demostraban con harta elocuencia que aquel mundo era real. Por un momento permanecieron bañados por el cono de luz que surgía de las portillas del cohete, mirando con temor hacia el horizonte, donde se alzaban los increíbles riscos de las Grandes Eternidades, recortándose como negras siluetas sobre aquella falsa aurora.
Más cerca, en cuanto abarcaba la visión sobre aquella región que jamás había recibido la caricia de la luz solar, del claro de luna o resplandor de las estrellas, extendíase una desolada y fragosa llanura sobre la que se alzaban en indescriptible confusión y con las formas más fantásticas, aristas; minaretes; agujas y murallas de hielo y piedra, esculpidas por el viento glacial con su mano de artista loco.
Ham pasó un brazo protector en torno a los hombros de Pat y le sorprendió notar que temblaba.
—¿Tienes frío? —le preguntó, mirando el termómetro de esfera que llevaba a la muñeca—. Sólo estamos a treinta y ocho grados bajo cero.
—No tengo frío —replicó Pat—. Es la impresión nada más. —Se apartó de él—. Me extraña que esta región conserve esta temperatura relativamente elevada. Al faltarle la luz solar, diríase que...
—Te equivocarías al suponerlo —la atajó Ham. Cualquier ingeniero te hablaría de la difusión de los gases: Las corrientes cálidas superiores pasan a ocho o diez kilómetros sobre nuestras cabezas, y como es natural, transportan mucho calor procedente del desierto que hay más allá de la zona crepuscular. Es inevitable que se produzca cierta difusión del aire caliente en el frío, y además de eso, ten en cuenta que al enfriarse, el viento cálido desciende. Y no olvides tampoco que el relieve de la región contribuye poderosamente a ello.
Hizo una pausa antes de proseguir con expresión pensativa:
—Oye, no me extrañaría encontrar parajes cerca de las Eternidades donde reinasen corrientes de arriba abajo, formadas por vientos cálidos que descendiesen por la ladera del monte, creando en algunos lugares un clima bastante soportable.
Siguió a Pat mientras ésta avanzaba con grandes precauciones, tratando de rodear las masas heladas más próximas al círculo de luz que irradiaba el cohete.
—¡Mira! —exclamó—. ¡Aquí lo tenemos, Ham! Aquí está el ejemplar que buscábamos de la vida vegetal del lado oscuro.
Se inclinó sobre una masa bulbosa de color gris.
—Líquenes u hongos —prosiguió—. No tienen hojas, como es natural; la función clorofílica depende del sol, y por lo tanto esta planta no tiene clorofila. Es una planta de tipo muy primitivo y sencillo, y sin embargo... hasta cierto punto... no tan sencilla como parece. ¡Mira, Ham... tiene un sistema circulatorio muy desarrollado!
El se inclinó, juntando su cabeza con la de Pat, y a la débil luz amarillenta que les llegaba del cohete vio la fina redecilla de venas que ella le indicaba.
—Eso indica —continuó la joven— que posee algo así como un corazón y... ¡Vamos a ver! —Colocó de pronto su termómetro de esfera en contacto con la masa carnosa, lo mantuvo así un momento, y después lo consultó—. ¡Sí! ¡Mira cómo se ha movido la aguja, Ham! ¡Irradia calorías! Es una planta de sangre caliente. Y si bien se piensa, esto no deja de ser natural, pues es el único tipo de planta que puede vivir en una región que se halla constantemente por debajo del cero termométrico. El agua en estado líquido es condición indispensable para la vida.
Pat tiró de la planta, y con un plop sordo ésta se separó del hielo. Un líquido oscuro serpenteó saliendo de la raíz desgarrada.
—¡Puah! —exclamó Ham—. ¡Qué cosa tan asquerosa! «Y arrancó la mandrágora que sangraba», ¿eh? La única diferencia es que; según dicen, las mandrágoras gritan cuando las arrancan.
Se interrumpió, un leve y palpitante plañido, un gemido sobrenatural surgió de la temblorosa pulpa, y él miró a Pat estupefacto.
—¡Puah! —gruñó—. ¡Qué asco!
—¿Te da asco? ¡Yo lo encuentro un organismo bellísimo e interesante! Está perfectamente adaptado al medio ambiente.
—Ahora más que nunca me alegro de ser un simple ingeniero —gruñó él, mirando a Pat mientras ésta abría la puerta del cohete y dejaba la planta sobre un pedazo cuadrado de caucho—. Vamos. Echemos una mirada por los alrededores.
Pat cerró la puerta y se alejó del cohete en su seguimiento.
Instantáneamente aquella tenebrosa noche cayó sobre ellos como una niebla negra, y sólo al mirar hacia atrás, en dirección a las portillas iluminadas de la nave, Pat podía convencerse de que estaban en un mundo real.
—¿Encendemos las lámparas del casco? —preguntó Ham.
—Será mejor que lo hagamos, si no queremos partirnos la crisma.
Antes que ninguno de los dos pudiese dar un paso más, un sonido se sobrepuso al ulular del viento gélido, un grito salvaje, feroz, sobrenatural... Hubiérase dicho la risa del demonio, unas satánicas carcajadas, mezcladas con aullidos que helaban la sangre en las venas.
—¡Son los triopts! —dijo Pat con voz trémula, olvidando momentáneamente las reglas de la gramática sobre el plural.
Estaba asustada, a pesar de que generalmente era mujer tan valiente como Ham, e incluso más intrépida y atrevida que éste, pero aquellos gritos sobrenaturales le recordaban los espantosos momentos que pasaron en el barranco de los Montes de la Eternidad. Presa de un pánico incontenible, trató con manos temblorosas de encender el receptor del casco y de sacar el revólver, sin conseguir ninguna de ambas cosas.
Mientras media docena de pedruscos silbaban como balas a su alrededor, y uno de ellos golpeaba dolorosamente el brazo de Ham, éste consiguió encender sus luces. Cuatro rayos de luz dibujaron una larga cruz entre los resplandecientes riscos, y las salvajes risas aumentaron en un crescendo de dolor. Ham distinguió momentáneamente unas siluetas sombrías que saltaban desesperadamente de lo alto de los riscos próximos, para huir como espectros entre las tinieblas. Después reinó el silencio.
—¡Uf! —murmuró Pat—. Qué miedo he pasado, Ham —Acurrucándose junto a él continuó con voz más segura—: Pero ya tenemos la prueba que buscábamos de que el Triops noctivivans es un ser que habita en el lado nocturno, y los que vimos en las montañas son sus avanzadillas o simples grupos que han ido a parar allí después de recorrer los oscuros desfiladeros.
A lo lejos resonaron las diabólicas carcajadas.
—Me pregunto —musitó Ham— sí esos gritos que emiten constituyen un lenguaje.
—Muy probablemente, si piensas que los animales autóctonos de la Región Cálida son inteligentes, y que estos seres son parientes suyos. Además, arrojan piedras y saben utilizar esas enormes cápsulas que hicieron llover sobre nosotros en el barranco... y que sin duda deben de ser el fruto de alguna planta nocturna. Los trioptes son sin duda inteligentes a su manera bárbara, feroz y propia de criaturas sedientas de sangre, pero son animales tan intratables que no creo que los hombres consigan conocer jamás su mentalidad ni aprender su lenguaje.
Ham asintió muy serio, en el mismo momento en que una piedra arrojada con muy mala intención hacía saltar brillantes partículas de hielo de una aguja situada a una docena de pasos. Movió la cabeza, barriendo la llanura con la luz de sus proyectores, y una aguda risotada surgió de las tinieblas.
—Gracias a Dios que las luces les mantienen a una respetuosa distancia —murmuró. (*)
Pat se había enfrascado de nuevo en la busca de ejemplares raros. Había encendido también sus lámparas, y trepaba ágilmente por los fantásticos monumentos de aquel extraño mundo. Ham la seguía, observándola mientras ella arrancaba muestras de aquella vegetación que sangraba y gemía. Descubrió una docena de variedades, y un pequeño ser en forma de cigarro que no cesaba de debatirse y que ella contempló perpleja, sin saber si se trataría de una planta, un animal, ambas cosas a la vez o ninguna de ellas. Cuando su bolsa de herborizar estuvo completamente llena, ambos regresaron por la llanura hacía el cohete, cuyas portillas brillaban a lo lejos como una hilera de ojos.
Pero les esperaba una gran sorpresa cuando abrieron la escotilla para entrar. Ambos retrocedieron instintivamente al recibir en sus caras una bocanada de aire cálido, mohoso, pútrido e irrespirable, que transportaba un olor de carroña.
—Qué es eso... —articuló Ham, para echarse a reír en seguida—. ¡Tu mandrágora! ¡Ahí la tienes!
La planta que ella había dejado en el interior de la nave era una masa corrompida y putrefacta. El calor que reinaba en el interior de la nave la había descompuesto rápida y completamente, y no era más que un montón semilíquido sobre la pieza de caucho. Pat la arrastró fuera y la tiró con caucho y todo.
Penetraron en el interior del cohete, que aún apestaba, y Ham puso en marcha el ventilador. El aire que entró era frío, desde luego, pero puro, estéril y libre de partículas de polvo después de recorrer ocho mil kilómetros sobre océanos helados y montañas gélidas. Cerró la escotilla, conectó la calefacción y se quitó el casco para dirigir una sonrisa a Pat.
—¡Vaya con tu bellísimo organismo! —le dijo con sorna— Mira lo que ha hecho.
—Era bello, Ham, muy bello. No tiene la culpa de que lo sometiésemos a unas temperaturas para las que no ha sido creado. —Dejó suspirando la bolsa con las muestras sobre la mesa—. Tendré que preparar estos ejemplares en seguida, o si no se pasaran.
Ham lanzó un gruñido de satisfacción y se dispuso a preparar la comida, con sus expertas manos de auténtico hijo de las Regiones Cálidas. Miró de reojo a Pat, inclinada sobre sus ejemplares mientras les inyectaba una solución de bicloruro.
—¿Supones que los trioptes son la forma más elevada de vida del lado oscuro?
—Sin duda alguna —replicó Pat—. Si existiese alguna forma de vida más elevada, hubiera exterminado a estos feroces diablos, desde hace mucho tiempo.
Pero la joven se equivocaba de medio a medio.
En el espacio de cuatro días terrestres agotaron las posibilidades que ofrecía la accidentada llanura que rodeaba al cohete. Pat reunió una variada colección de especímenes, y Ham realizó una interminable serie de observaciones sobre la temperatura, las variaciones magnéticas, la dirección y la velocidad del viento helado.
Decidieron entonces trasladar su base de operaciones, y el cohete ascendió rugiendo para dirigirse hacia el sur, hacia la región donde, al parecer, las vastas y misteriosas Montañas de la Eternidad se alzaban al otro lado de la barrera de hielo, para extender sus estribaciones hacia el sombrío mundo del hemisferio nocturno. Volaban lentamente, ajustando la velocidad de los motores a la de unos modestos ochenta kilómetros por hora, pues hay que tener en cuenta que volaban en las tinieblas y solamente el faro de proa podía advertirles la presencia de peligrosas cumbres.
Hicieron alto en dos ocasiones, y en cada una de ellas les bastó un día o dos para percatarse de que la región explorada era similar a la de la primera base. Hallaron las mismas plantas bulbosas provistas de venas, el mismo viento glacial, las mismas risas emitidas por las gargantas sedientas de sangre de los trioptes.
Pero en la tercera ocasión, algo fue diferente. Descendieron para descansar en una llanura desolada y fragosa que se extendía al pie de las Grandes Eternidades. Muy lejos, hacia el oeste, la mitad del horizonte aún mostraba el verde resplandor del falso crepúsculo, pero todo cuanto se extendía al sur de aquella región era negro como la tinta, y quedaba oculto además a su vista por los enormes contrafuertes de la cordillera, que se alzaban hasta cuarenta kilómetros sobre sus cabezas hasta perderse en el negro firmamento. Las montañas eran invisibles, desde luego, en aquella región de noche eterna, pero los dos tripulantes del cohete sentían la proximidad de aquellas cumbres colosales.
Además, la poderosa presencia de los Montes de la Eternidad se hacía sentir de otra manera. Aquella región era cálida... No si se la comparaba con la zona crepuscular, desde luego, pero mucho más cálida que la llanura inferior. Sus termómetros indicaban dieciocho grados bajo cero a un lado del cohete y quince bajo cero en el otro. Los inmensos picachos, que ascendían hasta el nivel donde soplaban los altos vientos cálidos, hacían descender corrientes de aire caliente que elevaban la temperatura de la región, contrarrestando los efectos del gélido viento inferior.
Ham contempló ceñudo la parte de la llanura iluminada por sus reflectores.
—No me gusta —gruñó—. Nunca me gustaron estas montañas desde el día en que cometiste la estupidez de querer cruzarlas para regresar a la Región Fría.
—¡Quién habla de estupidez! —repuso Pat—. ¿Quién puso nombre a estas montañas? ¿Quién las cruzó? ¿Quién las descubrió? ¡Mi padre, por si lo habías olvidado!
—Y eso te hace creer que te corresponden en herencia —replicó Ham— y que no tienes que hacer más que silbar para que se tiendan a tus pies como perrito faldero, y para que el Paso del Loco se convierta en la avenida de un parque público. Con el resultado de que tú no serías ahora más que un montón de huesos mondos y lirondos en un barranco, si yo no hubiese estado allí para sacarte de él.
—¡Tú no eres más que un yanqui pusilánime! —le espetó ella—. Voy a salir un momento para echar un vistazo al exterior. —Se puso el traje de lana cauchutada y se dirigió a la puerta, donde se detuvo—. ¿Y tú... no vienes? —le preguntó con cierta vacilación.
El sonrió.
—¡Claro que sí! Sólo esperaba que me lo pidieses.
Se puso su traje y la siguió al exterior.
Una vez allí, notaron algo diferente. En lo externo la meseta sobre la que se hallaban era una llanura yerma de piedra y hielo idéntica a lo que habían visto en las llanuras inferiores. Ante ellos se alzaban picachos erosionados por el viento de las formas más fantásticas, y el tétrico paisaje que brillaba bajo la luz de sus reflectores del casco era exactamente el mismo que habían visto la primera vez.
Pero no hacía tanto frío allí; resultaba extraño que la altura, en aquel curioso planeta, significase aumento y no descenso de la temperatura, contrariamente a lo que sucedía en la Tierra. Ello era debido, según se ha dicho, a que aquella región estaba más próxima a la zona donde reinaban vientos cálidos, y además el viento helado ejercía un influjo menos importante en los Montes de la Eternidad, pues las altivas cumbres de éstas impedían su libre curso, desviándolo en ráfagas y ramalazos sueltos.
Además, la vegetación era menos escasa. Las masas bulbosas de plantas provistas de venas eran abundantísimas, y Ham tenía mucho cuidado en donde ponía los pies para no pisar a una de ellas y oír su gemido de dolor. Pat no tenía tales escrúpulos, pues afirmaba que aquel gemido era un simple reflejo; que los ejemplares que ella arrancaba y disecaba no sentían más dolor que el que sufre una manzana al comérnosla; y que, de todos modos, aquello formaba parte del oficio de biólogo.
En un lugar lejano resonó la risa burlona de los trioptes entre los riscos, y entre las sombras movedizas que bailaban al extremo del haz luminoso de sus lámparas, Ham creyó ver más de una vez las siluetas de aquellos demonios de las tinieblas. Si eran ellos, al menos la luz los mantenía a saludable distancia, porque esta vez no les arrojaron piedras.
Sin embargo, producía una curiosa sensación avanzar siempre en el centro de un círculo de luz movedizo; Ham se imaginaba continuamente que más allá del límite visible se agazapaban extrañas y monstruosas criaturas, aunque la razón le decía que, caso de existir, la presencia de aquellos monstruos no podría haber pasado desapercibida.
Sus reflectores hicieron brillar ante ellos un farallón helado, una pared o acantilado que se extendía a derecha e izquierda cerrándoles el paso.
Pat le indicó algo con gesto excitado.
—¡Mira! —exclamó, iluminando un punto determinado con su proyector—. Cuevas abiertas en el hielo... parecen madrigueras. ¿Las ves?
Las vio... pequeñas aberturas negras, no mayores que la boca de un horno. Se extendían en hilera al pie del farallón de hielo. Algo negro se escabulló riendo hacia lo alto de la ladera brillante... un triops. ¿Serían aquellas las guaridas de las bestias? Ham bizqueó los ojos, en un esfuerzo por descubrir algo.
—¡Allí hay algo! —susurró a Pat—. ¡Mira! La mitad de las aberturas tienen algo delante... ¿O no son más que rocas para bloquear la entrada?
Cautelosamente y revólver en mano, ambos avanzaron. Nada más se movió, pero bajo la luz creciente de los haces luminosos, aquellos objetos fueron perdiendo su apariencia de rocas, y por último pudieran distinguir las venas y el aspecto carnoso y bulboso de aquellos seres.
Desde luego, pertenecían a una especie nueva. Ham pudo distinguir una hilera de manchas que parecían ojos, y múltiples patas bajo ellos. Aquellos seres parecían cestos invertidos, recubiertos de una red de venas, de aspecto fláccido y sin facciones determinadas, con excepción de un círculo completo de manchas ópticas. Y entonces pudo ver incluso las pestañas semitransparentes que se cerraban, posiblemente para proteger a los ojos del brillo doloroso de sus lámparas.
Se encontraban apenas a una docena de pasos de uno de aquellos seres. Tras una vacilación momentánea, Pat avanzó hacia el inmóvil y extraño animal.
—¡Vaya! —exclamó—. Aquí tenemos algo nuevo, Ham. ¡Hola, amigo!
Al instante siguiente ambos quedaron helados de espanto, completamente dominados por la estupefacción, el desconcierto y la confusión más profundas. Saliendo, al parecer, de una membrana situada en la parte superior de aquel organismo vivo, llegó hasta ellos una vocecita aguda y metálica que repetía:
—¡Hola, amigo!
Reinó un consternado silencio. Ham seguía empuñando el revólver, pero aunque hubiese tenido que utilizarlo, hubiera sido incapaz de hacerlo, pues ni siquiera se acordaba de él. Se hallaba paralizado; mudo de espanto.
Pero Pat consiguió articular unas palabras:
—No es... no es real —dijo débilmente—. Es un reflejo. Este ser repite como mi eco cualquier sonido. ¿No es verdad, Ham? ¿No es verdad?
—¡Pues... pues... claro! —Ham contemplaba fascinado aquellos ojos provistos de pestañas—. Tiene que serlo. ¡Probemos nuevamente! —Inclinándose hacia aquel ser, gritó—: ¡Hola! Responde.
El ser respondió:
—No es un reflejo.
La vocecita aguda hablaba un inglés perfecto.
—¡Esto no es eco! —dijo Pat con voz temblorosa, a tiempo que retrocedía—. Tengo miedo —gimoteó, tirando de la manga a Ham—. ¡Vámonos... en seguida!
El se colocó delante para protegerla.
—No soy más que un yanqui pusilánime —rezongó— pero voy a interrogar a este fonógrafo viviente hasta que consiga descubrir qué lo hace hablar... o quién.
—¡No, Ham! ¡No! ¡Tengo miedo!
—No parece peligroso —observó él.
—No soy peligroso —observó el ser colocado sobre el hielo.
Ham tragó saliva y Pat emitió un gemido de horror.
—¿Quién... quién eres? —consiguió tartamudear Ham.
No hubo respuesta. Los ojos cubiertos a medias por las pestañas le miraban fijamente.
—¿Qué eres? —intentó de nuevo.
El ser tampoco respondió.
—¿Cómo es que sabes inglés? —preguntó al acaso.
La vocecilla metálica repuso:
—Yo no sé inglés.
—Entonces... ejem... entonces, ¿por qué hablas inglés?
—Tú hablas inglés —aclaró aquel misterio viviente, con bastante lógica.
—No pregunto el por qué, sino el cómo. Pat, entretanto, había conseguido dominar parcialmente su espantosa impresión inicial, y su sagaz espíritu dio con la solución.
—Ham —le dijo en un agitado susurro—, utiliza las palabras que empleamos nosotros. ¡Nosotros le damos el significado de ellas!
—Vosotros me dais el significado de ellas —confirmó el ser casi como un eco.
Se hizo la luz en el cerebro de Ham.
—¡Dios Todopoderoso! —exclamó—. Entonces, eso quiere decir que podemos darle un vocabulario.
—Tú hablas, yo hablo —insinuó el extraño ser.
—¡Naturalmente! ¿Ves, Pat? Podemos decir lo que se nos antoje —Hizo una pausa.— Vamos a ver... «Cuando en el transcurso de los acontecimientos humanos...»
—¡Cállate! —barbotó Pat—. ¡So yanqui! Acuérdate que ahora estás en territorio británico. «Ser o no ser... esa es la cuestión...»
Ham hizo una mueca y guardó silencio. Cuando ella hubo agotado su repertorio, él la relevó:
—«Éranse una vez tres ositos...»
Y así siguieron por largo rato. De pronto aquella situación le pareció a Ham espantosamente ridícula... No era para menos. Allí estaba Pat relatando con el mayor cuidado el cuento de la Caperucita Roja a un monstruo desprovisto por completo del sentido del humor, en el lado nocturno de Venus. La joven le dirigió una mirada perpleja al oír que se desternillaba de risa.
—¡Cuéntale el chiste de Fritz y la bicicleta, a ver si se ríe! —dijo, medio ahogado por aquel ataque de hilaridad.
Ella unió sus carcajadas a las de Ham.
—No nos riamos, que este es un caso muy serio —concluyó—. ¡Imagínate, Ham! ¡Vida inteligente en el lado oscuro! ¿O es que no eres inteligente? —preguntó de pronto al ser que permanecía sobre el hielo.
—Soy inteligente —aseguró éste—. Soy inteligentemente inteligente.
—Cuando menos, eres un lingüista maravilloso —observó la joven—. ¿Te imaginabas, hace media hora, Ham, que alguien nos iba a dar lecciones de inglés? ¡Es extraordinario!
Al parecer, el temor que le inspiraba aquel ser habíase desvanecido.
—Pues vamos a sacar partido de ello —sugirió Ham—. ¿Cómo te llamas, amigo?
El «amigo» no replicó.
—Claro, hombre —intervino Pat—. No puede decirnos cómo se llama hasta que le pongamos un nombre en inglés, y eso no podemos hacerlo porque... bien, da lo mismo, llamémosle Oscar. Ese nombre nos servirá.
—Perfectamente. Dime, Oscar, ¿qué eres?
—Un ser humano. Soy un hombre.
—¿Eh? ¡Que me ahorquen si lo eres!
—Esas son las palabras que tú me has dado. Para mí yo soy un hombre para ti.
—Espera un momento. «Para mí yo soy...» Ya comprendo, Pat. Quiere decir que las únicas palabras que nosotros tenemos para designar lo que él se considera ser son palabras como hombre y ser humano. Bien... ¿Cómo son los de tu familia?
—Familia.
—Quiero decir tu raza. ¿A qué razas perteneces?
—A la raza humana.
—¡Vamos! —gruñó Ham—. Prueba tú, Pat.
—Oscar —dijo la joven—; tú dices que eres humano. ¿Eres un mamífero?
—Para mí el hombre es un mamífero para ti.
—¡Ohh, Dios mío! —Lo intentó de nuevo— Oscar: ¿cómo se reproduce tu raza?
—No tengo las palabras.
—¿Cómo has nacido?
La extraña cara o cuerpo sin facciones de aquel ser sufrió un ligero cambio. Unos párpados más gruesos cayeron sobre los párpados semitransparentes que protegían sus numerosos ojos; diríase que el extrañísimo ser... meditaba, frunciendo el ceño.
—Nosotros no nacemos —dijo con su vocecilla.
—Entonces... ¿semillas, esporas, partenogénesis? ¿O tal vez desdoblamiento?
—Esporas —respondió el misterio viviente— y desdoblamiento.
—Pero...
Pat hizo una pausa, Se rendía. En aquel momentáneo silencio les llegó el aullido burlón de un triops desde un punto muy lejano situado a su izquierda, y ambos se volvieron involuntariamente para mirar. Involuntariamente se hicieron atrás, aterrorizados. En el mismo límite del haz luminoso de sus lámparas uno de aquellos diablos hilarantes se había apoderado de lo que sin duda alguna era un semejante del ser que tenían frente a ellos, y se lo llevaba. Para mayor horror, los restantes permanecían agazapados con la mayor indiferencia frente a sus madrigueras.
—¡Oscar! —chilló Pat—. ¡Que se llevan a uno de los tuyos!
El disparo del revólver de Ham la interrumpió de pronto, pero el tiro no dio en el blanco.
—¡Esos diablos!... —articuló Pat—. ¡Se han llevado a uno! —El extraño ser no hizo el menor comentario—. ¿Es que eso no te importa, Oscar? ¡Han asesinado a uno de los tuyos! ¿No lo entiendes?
—Si.
—¿Pero... es que eso no te afecta en absoluto? —Pat empezaba a experimentar una cierta simpatía por aquellos seres, que le parecían casi humanos, por el hecho de poder hablar—. ¿Es que eso no te importa?
—No.
—¿Pero que son esos diablos para ti? ¿Cómo les dejáis que os asesinen?
—Nos comen —dijo Oscar con placidez.
—¡Oh! —exclamó Pat, horrorizada—. Pero... pero por qué vosotros no...
Se interrumpió, al ver que Oscar retrocedía con movimientos lentos y metódicos en dirección a su madriguera.
—¡Espera! —le gritó—. ¡Aquí no vendrán! Les asustan nuestras luces...
La vocecilla metálica observó:
—Hace frío. Me voy a causa del frío.
Reinó silencio.
En efecto, hacía más frío. El viento helado se había alzado en ráfagas que gemían entre las cumbres y al pasar su vista por el farallón, Pat vio que todos los semejantes de Oscar se retiraban a semejanza de éste al interior de sus madrigueras. Dirigió una mirada desvalida a Ham.
—¿No habremos... no habremos soñado? —susurró.
—Yo también lo he oído, Pat.
La tomó por el brazo y la condujo hacía el cohete, cuyas redondas portillas brillaban acogedoras en la oscuridad.
Cuando se hallaron en el caldeado interior, después de haberse quitado sus gruesas ropas protectoras, Pat cruzó sus lindas piernas, encendió un cigarrillo y trató de analizar de un modo racional aquel misterio.
—Hay en esto algo que no entiendo, Ham. ¿No notaste algo raro en Oscar?
—¡Es de una agilidad mental extraordinaria!
—Sí, es muy inteligente. Una inteligencia que puede compararse con la humana, o incluso... —vaciló— incluso superior. Pero no es una mente humana. Es diferente... cómo te diría... ajena a nosotros, extraña. No sé cómo expresarlo, pero... ¿no te diste cuenta que Oscar no nos hizo una sola pregunta? ¡Ni una sola!
—Pues si... es verdad. ¡Qué extraño!
—Muy extraño. Cualquier inteligencia humana haría multitud de preguntas al encontrarse ante otra forma de vida pensante. Es lo que hicimos nosotros. —Lanzó una pensativa bocanada de humo.— Y esto no es todo. La... la indiferencia que demostró cuando el triops atacó a su congénere... ¿es que era humano o siquiera terrenal? Yo observé una vez como una araña cazadora se apoderaba de una mosca sin molestar a las restantes que la rodeaban, pero, ¿puede suceder tal cosa tratándose de seres inteligentes? De ningún modo; ni siquiera tratándose de cerebros tan primarios como los de los ciervos o los gorriones. Si matas a uno de ellos, los demás huirán asustados.
—Esto es cierto, Pat. Oscar y sus congéneres son uno tipos extrañísimos. ¡Qué animales tan raros!
—¿Animales? ¡No me digas que no te diste cuenta, Ham!
—¿Cuenta de qué?
—Oscar no es un animal. Es una planta... un vegetal de sangre caliente y que puede desplazarse. Durante todo el tiempo que conversamos con él permaneció arraigado con su... bueno, con su raíz. Y lo que te parecieron patas, Ham... no eran más que vainas o cápsulas. No las utiliza para andar; se arrastra sirviéndose de su raíz. Y aún hay más...
—¿Qué más?
—Pues que esas cápsulas, Ham, son iguales a las que los trioptes nos arrojaron en el desfiladero de los Montes de la Eternidad, y que estuvieron a punto de ahogarnos y aplastarnos...
—Si, las que por poco te mandan al otro barrio.
—¡De todos modos, recuerda que me di cuenta de ellas! —replicó Pat, enrojeciendo—. Pero forman parte del misterio, Ham. ¡Oscar posee un cerebro vegetal!
Hizo una pausa, fumando pensativamente, mientras Ham llenaba la pipa.
De pronto la joven preguntó:
—¿Y si la presencia de Oscar y sus semejantes representase un peligro, una amenaza para la ocupación humana de Venus? Estamos de acuerdo de que existen seres vivos en el lado oscuro, pero... ¿que ocurriría si se descubriesen minas aquí? ¿Qué pasaría si esto se convirtiese en un lugar adecuado para la explotación comercial? Ya sé que los seres humanos no pueden vivir indefinidamente privados de luz solar, pero podría surgir la necesidad de establecer colonias temporales aquí. ¿Qué sucedería entonces?
—¿Y qué iba a suceder?
—Eso es lo que yo me pregunto. ¿Habría sitio en el mismo planeta para dos razas inteligentes? ¿No surgiría tarde o temprano un conflicto entre intereses opuestos?
—¿Y qué si tal sucediese? —gruñó Ham—. Esos seres son primitivos, Pat. Viven en cuevas, sin cultura, sin armas. No significan un peligro para el hombre.
—Pero son extraordinariamente inteligentes. ¿Cómo sabes tú que los que hemos visto no son más que una tribu salvaje, y que en algún lugar del inmenso hemisferio oscuro no existe una civilización vegetal? Ya sabes que la civilización no constituye un privilegio exclusivo de la humanidad... Recuerda la civilización de Marte, antaño poderosa, y los restos muertos de una cultura que se hallaron en Titan. Ha sucedido únicamente que el hombre es el que ha desarrollado hasta el momento la cultura más extraña.
—Esto es cierto, Pat —asintió él—. Pero si los congéneres de Oscar no dan muestras de mayor agresividad que la que demostraron ante aquel cruel triops, en ese caso no constituyen ninguna amenaza.
Ella se encogió de hombros.
—No comprendo en absoluto lo que sucedió. Me pregunto si...
Hizo una pausa, frunciendo el entrecejo.
—¿Si qué?
—No lo sé. Se me ha ocurrido una idea... una idea espantosa. —De pronto levantó la mirada—. Oye, Ham: mañana pienso ir a averiguar el grado de inteligencia de Oscar. Quiero saber lo inteligente que es éste... ésta... sí puedo.
No obstante, surgieron ciertas dificultades. Cuando Ham y Pat se aproximaron al farallón de hielo, después de cruzar la fantasmagórica llanura, se detuvieron ante él profundamente perplejos, pues no sabían cuál era la cueva que ocupaba Oscar. Bajo la luz cegadora de sus lámparas, que arrancaba reflejos diamantinos al hielo, cada abertura parecía una réplica exacta de la contigua, y sus ocupantes, instalados ante la entrada de sus moradas, les miraban con sus ojos extrañísimos, en los que no se leía ninguna expresión.
—Bien —dijo Pat, desconcertada—, tendremos que probarlo. Oye, tú: ¿Eres Oscar?
La vocecilla replicó:
—Si.
—No es posible —objetó Ham—. Estaba mucho más a la derecha. ¡Oye, tú! ¿Eres Oscar?
Otra vocecilla respondió.
—Sí.
—No podéis ser Oscar los dos simultáneamente.
El que había elegido Pat respondió:
—Todos somos Oscar.
—Bueno, dejémoslo —dijo Pat, atajando las protestas de Ham—. Al parecer cada uno de ellos participa de lo que saben los restantes, así es que no importa cual elijamos. Oscar, ayer dijiste que sois inteligentes. ¿Sois mucho más inteligentes que yo?
—Sí, mucho más inteligentes.
—¡Vaya! —se mofó Ham—. ¡Encaja ésta, Pat!
Ella lanzó un bufido.
—Eso quiere decir que está muy por encima de ti, yanqui. Oscar, ¿mientes alguna vez?
Los párpados opacos descendieron sobre los translúcidos.
—¿Mientes? —repitió la aguda vocecilla—. No. No hace falta.
—Bien, dime... —Pat se interrumpió de pronto al oír un golpe sordo.— ¿Qué es eso? ¡Oh! ¡Mira, Ham, una de sus cápsulas ha estallado!
La joven retrocedió.
Un olor acre y penetrante les asaltó, recordándoles los peligrosos momentos pasados en el desfiladero. Sin embargo, esta vez no era lo suficientemente fuerte para provocar síntomas de asfixia en Ham o hacer perder el conocimiento a Pat. Era penetrante y acre, y a pesar de ello no del todo desagradable.
—¿Para qué sirve eso, Oscar?
—Es para que podamos...
La vocecilla se calló.
—¿Reproduciros? —insinuó Pat.
—Sí. Reproducirnos. El viento transporta las esporas de uno a otro de nosotros. Vivimos donde el viento no es seguido.
—Pero ayer dijiste que vuestro método de reproducción era el desdoblamiento.
—Sí. Las esporas se adhieren a nuestros cuerpos y hay una...
La vocecilla cesó de nuevo.
—¿Una fertilización? —apuntó la joven.
—No.
—Pues... ¡Ya lo sé! ¡Una irritación!
—Si.
—¿Que produce una especie de tumor?
—Sí. Cuando éste termina de crecer, nos desdoblamos, nos separamos.
—¡Puah! —rezongó Ham—. ¡Un tumor!
—¡A callar, tú! —le ordenó la joven—. Un niño no es más que eso... un tumor normal.
—Un tumor... Vamos, me alegro de no ser biólogo. ¡Ni una mujer!
—Yo también —dijo Pat, muy seria—. ¿Sabes muchas cosas, Oscar?
—Lo sé todo.
—¿Sabes de dónde vinieron mis semejantes?
—De más allá de la luz.
—Sí, pero, ¿y antes?
—No.
—Venimos de otro planeta —dijo la joven con énfasis. Al observar el silencio de Oscar, le preguntó—: ¿Sabes lo que es un planeta?
—Sí.
—¿Lo sabías antes de que yo pronunciase esa palabra?
—Sí. Desde mucho antes.
—¿Pero cómo? ¿Sabes lo que es maquinaria? ¿Sabes lo que son armas? ¿Sabrías hacerlas?
—SÍ
—¿Entonces... por qué no las haces?
—No hace falta.
—¡No hace falta, no hace falta! Mediante la luz... aunque sólo fuese mediante el fuego... podríais alejar a los trioptes. ¡Los podríais mantener a raya y evitar que os devorasen!
—No hace falta.
Ella se volvió con gesto desvalido hacia Ham.
—Ese bicho miente —le susurró éste.
—No lo creo —murmuró ella—. Es otra cosa... algo que no comprendes. ¿Cómo sabes todas esas cosas, Oscar?
—Inteligencia.
En la cueva contigua estalló otra cápsula con una explosión sorda.
—¿Pero cómo? Dime cómo has averiguado estas cosas.
—A partir de cualquier cosa —dijo el extrañísimo ser— la inteligencia puede formarse una imagen del...
Silencio.
—¿Universo? —insinuó Pat.
—Sí. Del Universo. A partir de un hecho inicial construyo un razonamiento. Me formo una imagen del Universo. Tomo entonces otro hecho inicial. Construyo otro razonamiento. Descubro que el Universo que me represento es idéntico al primero. Entonces sé que esta imagen es verdadera.
Ambos contemplaron sobrecogidos al ser parlante.
—¡Oye! —dijo Ham, tragando saliva—. ¡De ser cierto eso, podríamos saberlo todo gracias a Oscar! Escucha, Oscar, ¿puedes decirnos secretos que nosotros no sepamos?
—No.
—¿Y por qué no?
—Primero vosotros tenéis que darme las palabras adecuadas. Yo no puedo hablaros de cosas para las que no tenéis palabras.
—¡Es cierto! —susurró Pat—. Pero escucha, Oscar, nosotros poseemos las palabras tiempo, espacio, energía, materia, ley y causalidad. ¿Puedes decirme la última ley del Universo?
—Es la ley de...
Silencio.
—¿Conservación de la energía o la materia? ¿De la gravitación?
—No.
—¿De... de Dios?
—No.
—¿De... de la vida?
—No. La vida no tiene ninguna importancia.
—¿De... de qué? No se me ocurre nada más. No tengo más palabras.
—Existe una posibilidad —dijo Ham con voz ronca —. ¡La de que no exista palabra para eso!
—Sí, existe —dijo Oscar—. Es la ley del azar. Todas las palabras que habéis dicho no son más que facetas diferentes de la ley del azar.
—¡Dios Todopoderoso! —dijo Pat, sin aliento Oscar, ¿sabes lo que significan estrellas, soles, constelaciones, planetas, nebulosas y átomos, protones y electrones?
—Sí.
—¿Pero... cómo? ¿Has visto alguna vez las estrellas que brillan sobre esas nubes eternas? ¡O el sol al otro lado de la barrera?
—No. Pero me basta con la razón, porque el Universo solamente puede existir de una manera. Sólo lo que es posible es real; lo que no es real, tampoco es posible.
—Eso... eso parece encerrar un significado oculto —murmuró Pat—. No alcanzo a comprenderlo exactamente. Pero Oscar, ¿por qué no utilizáis vuestra sabiduría para protegeros de vuestros enemigos?
—No hace falta. No hace falta hacer nada. Dentro de cien años estaremos...
Silencio.
—¿A salvo?
—Si... no.
—¿Cómo? —Una horrible idea cruzó por su cerebro—. ¿Quieres decir acaso... extinguidos?
—Sí.
—Pero... vamos, Oscar. ¿No queréis vivir? ¿No quiere sobrevivir tu pueblo?
—Quieres —chilló la vocecilla de Oscar—. Quieres, quieres, quieres. Esta palabra no significa nada.
—Significa... significa deseo, necesidad.
—El deseo no significa nada. ¿Necesidad? No. Mi pueblo no necesita sobrevivir.
Pat lanzó una débil exclamación.
—¿Entonces, por qué os reproducís?
Como en respuesta a esta pregunta, una cápsula estalló lanzando su acre polvillo hacia ellos.
—Porque debemos hacerlo —dijo la vocecilla de Oscar—. Cuando las esporas nos alcanzan, debemos hacerlo.
—Comprendo —murmuró Pat, lentamente— Ham, creo que ya he dado en el clavo. Me parece comprenderlo. Volvamos a la nave.
Sin despedirse dio media vuelta y él la siguió pensativo. Una extraña inquietud le dominaba.
Sólo les ocurrió un pequeño incidente. Una piedra tirada por un solitario trioptes oculto en un recodo del acantilado rompió la lámpara de la izquierda del casco de Pat. La joven apenas hizo caso; lanzó una breve mirada de soslayo y siguió andando. Pero durante todo el camino de regreso, en las tinieblas que reinaban a su izquierda, apenas rasgadas por la sola lámpara de Ham, les persiguieron aullidos, alaridos y risas burlonas.
En el interior del cohete, Pat dejó caer su bolso lleno de ejemplares sobre la mesa y se sentó sin quitarse su equipo contra el frío. Ham hizo lo propio; a pesar del calor opresor que le proporcionaba, él también se dejó caer exánime, medio tumbado sobre la litera.
—Estoy cansada —dijo la joven—, pero no tanto como para no comprender lo que significa este misterio.
—A ver, cuenta.
—Ham, ¿quieres decirme cuál es la diferencia principal que hay entre la vida vegetal y animal?
—Pues... las plantas sacan directamente su sustento del suelo y el aire. En cambio, los animales se alimentan de plantas o de otros animales.
—Esto no es cierto del todo, Ham. Algunas plantas son parasitarias y viven a expensas de otros seres vivos. Piensa en lo que sucede en las Regiones Cálidas, o por ejemplo, en algunas plantas terrestres: los hongos, la sarracenia purpúrea, la Dionaea o planta carnívora que se alimenta de moscas.
—Pero los animales se mueven, se desplazan, y las plantas, no.
—Esto tampoco es cierto. Ahí tienes a los bacilos, por ejemplo; son vegetales, pero nadan en busca de sustento.
—¿Entonces, en qué existe la diferencia?
—Es difícil de expresar —murmuró Pat—, pero me parece que ya la veo. Es ésta: los animales sienten deseo y las plantas necesidad. ¿Me comprendes?
—Ni una sola palabra.
—Escucha, cabezota. Una planta, aunque tenga la facultad de desplazarse, actúa por que debe hacerlo, porque ha sido construida para hacerlo así. Un animal actúa porque quiere hacerlo, o porque ha sido construido de manera que así lo quiera.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Una muy importante. El animal posee voluntad, y la planta no. ¿Lo ves, ahora? Oscar posee la inteligencia magnífica de un dios, pero tiene la voluntad de un gusano. Tiene reacciones, pero no deseos. Cuando el viento es más cálido sale para alimentarse; cuando hace frío se arrastra al interior de la cueva que ha abierto en el hielo el calor de su cuerpo, pero eso no es voluntad: es una simple reacción. ¡Ese ser no tiene deseos!
Ham se levantó agitado, olvidando su laxitud.
—¡Que me cuelguen si eso no es cierto! —gritó—. Por esto ni él ni sus semejantes hacen preguntas. ¡Para hacer una pregunta hacen falta deseo o voluntad! ¡Y por esto nunca tendrán civilización ni sabrán lo que esta palabra significa!
—Por esto y por otras razones —observó Pat— Piensa, además, que Oscar no tiene sexo, y, a pesar de tu orgullo yanqui, la rivalidad de los sexos ha constituido un factor muy importante en el desarrollo de la civilización. Esta oposición es la base de la familia, y entre el pueblo de los Oscar —por llamarlos así— no existen padres ni hijos. Estos seres se reproducen por desdoblamiento, y cada una de las dos mitades es un individuo adulto. Probablemente posee toda la sabiduría y recuerdo de la raza.
»No tienen necesidad de amar, en realidad no hay lugar para el amor entre ellos y, por consiguiente, no existe la lucha por la posesión de la hembra y en defensa de la familia, y ningún motivo para que traten de hacer la vida más fácil de lo que es, y ninguna causa que les haga aplicar su inteligencia al desarrollo del arte, de la ciencia o de lo que sea. —Hizo una pausa—. ¿Oíste hablar alguna vez de la Ley de Malthus, Ham?
—No la recuerdo en este momento.
—Pues bien: la ley de Malthus dice que la población depende de las reservas alimenticias. A cuanto más comida, más población. El hombre se ha desarrollado bajo esta ley; durante un par de siglos dejó de aplicarse, pero nuestra raza se convirtió en humana a su amparo.
—¿Quedó en suspenso? Eso sería como negar la ley de la gravitación universal o tratar de modificar el principio de Arquímedes.
—Nada de eso. Esa ley quedó en suspenso debido al gran progreso mecánico que tuvo lugar en los siglos diecinueve y veinte, que aumentó de tal modo las reservas alimenticias, que la población quedó retrasada respecto a ellas, y aún no nos ha puesto a su nivel. Pero las leyes malthusianas volverán a aplicarse.
—¿Eso qué tiene que ver con Oscar?'
—Ahora lo verás, Ham. Su evolución no se realizó bajo esta ley. Los factores que mantenían el número de los individuos de su especie por debajo del limite de las reservas alimenticias, eran otros, y por lo tanto, estos seres no sintieron la necesidad de la lucha por la vida. Se hallan tan perfectamente adaptados al medio que no necesitan nada más. Para ellos, la civilización sería algo superfluo.
—Pero... ¿y los trioptes?
—Sí, hablemos de ellos. Tienes que pensar, Ham, tal como te decía hace unos días, que los trioptes llevan relativamente poco tiempo aquí, pues llegaron a estas regiones expulsados de la zona crepuscular. A la llegada de estos diablos, los congéneres de Oscar ya estaban plenamente evolucionados, y no podían cambiar para hacer frente a las nuevas condiciones, para adaptarse rápidamente a ellas. Así es que están condenados a la extinción. Como el propio Oscar afirma, ésta no tardará en producirse, lo cual... a ellos no les importa —Se estremeció—. Todo cuanto hacen, todo cuanto pueden hacer, es instalarse frente a sus cuevas y pensar. Probablemente sus pensamientos son elevadísimos, pero no tienen ni la voluntad de un ratón. ¡La inteligencia de un vegetal es esto y no puede ser otra cosa!
—Me parece... me parece que tienes razón —murmuró él—. Si bien se mira es horrible, ¿verdad?
Ella se estremeció a pesar de su grueso ropaje
—Sí, es horrible. Es horrible ver condenadas a la inacción esas mentes amplias y magnificas. Me hacen pensar en un potente motor de explosión con el árbol impulsor roto, que a pesar de funcionar perfectamente no puede hacer girar la rueda. ¿Sabes qué nombre voy a ponerles, Ham? Los Lotophagi veneris... los lotófagos, los comedores de loto (2). Se contentan con permanecer inactivos, entregados a sus altas contemplaciones, dejando que espíritus inferiores —como nosotros y los trioptes— se disputen el planeta.
—Me parece un nombre muy adecuado, Pat Al ver que se levantaba le preguntó sorprendido ¿Y tus ejemplares? ¿No vas a prepararlos?
—Oh, mañana.
Patricia se dejó caer sin desvestirse sobre su litera.
—¡Pero se echarán a perder! Además, tengo que repararte algo del casco.
—Mañana —repitió ella cansadamente, y como el también se sentía molido, no insistió.
Cuando el nauseabundo olor de materia en descomposición le despertó unas horas después, Pat dormía profundamente, envuelta en su pesado traje. Ham tiró la bolsa con los ejemplares por la escotilla, y a continuación quitó con el mayor cuidado el pesado traje a su esposa. Ella apenas se movió mientras él la acostaba cariñosamente en su litera.
Pat ni siquiera echó de menos la bolsa de ejemplares al día siguiente, si es que podía llamarse día a aquella noche interminable. Saliendo del cohete, ambos empezaron a recorrer la tétrica meseta. La lámpara rota de la joven no había sido reparada. A su izquierda, nuevamente, les siguió la salvaje y burlona risa de los habitantes de la noche, el viento glacial transportaba hasta ellos sus ecos sobrenaturales. Por dos veces unas piedras tiradas desde muy lejos hicieron saltar astillas brillantes de hielo de los riscos vecinos. Ellos seguían avanzando en silencio, imperturbables, como dominados por una fascinación extraña, pero sus mentes estaban claras, lúcidas.
Pat se dirigió al primer lotófago que vieron.
—Hemos vuelto, Oscar —le dijo con un débil destello de su peculiar petulancia—. ¿Qué tal has pasado la noche?
—Pensando —dijo la vocecilla del pequeño ser.
—¿Y en qué piensas?
La voz se quebró.
Una cápsula estalló, y ambos notaron aquel curioso y agradable olor acre.
—¿En... nosotros?
—No.
—¿En... el mundo?
—No.
—¿En... a qué seguir? —dijo ella, cansada—. Así no acabaremos nunca. Quizás nunca te haríamos la pregunta acertada.
—Si es que esa pregunta existe —añadió Ham ¿Cómo sabes si hay palabras que puedan expresarla? ¿Quién te dice que nuestras mentes son capaces de concebir ese pensamiento? Debe haber pensamientos inconcebibles para nosotros.
A su izquierda una cápsula estalló con un sordo pop. Ham vio pasar el polvillo como una sombra bajo la luz de sus reflectores, impelido por el viento helado, y vio también como Pat aspiraba profundamente el aire acre cuando el polvillo la envolvió. flotando. Resultaba muy curioso que aquel perfume fuese tan agradable, y más teniendo en cuenta que fue el mismo que, en cantidades mayores, estuvo a punto de costarles la vida. Sintió una vaga preocupación ante esta idea, pero comprendió que no había motivo de preocuparse.
De pronto se dio cuenta de que ambos permanecían en completo silencio ante el lotófago, a pesar de que habían ido allí para interrogarle.
—Oscar —le preguntó—. ¿Cuál es el significado de la vida?
—Ninguno. No tiene significado.
—Entonces, ¿por qué luchamos por ella?
—Nosotros no luchamos por ella. La vida no tiene importancia.
—Y cuando hayáis desaparecido, el mundo seguirá como antes ¿no es verdad?
—Nuestra desaparición no importará a nadie, con excepción de los trioptes que nos comen.
—Que os comen —repitió Ham como un eco.
Había algo en aquella idea que conseguía atravesar la niebla de indiferencia que cubría su mente. Miró a Pat con el rabillo del ojo y la vio inmóvil y silenciosa a su lado. Al resplandor de la propia lámpara de su casco vio brillar sus claros ojos grises tras los gruesos lentes, mientras miraba frente a ella, abstraída o sumida en profundos pensamientos. Más allá del acantilado resonaron de pronto los aullidos y las carcajadas demoníacas de los moradores de las tinieblas.
La llamó:
—Pat.
Ella no respondió.
—¡Pat! —repitió, sujetándola por el brazo— Tenemos que volvernos. —A su derecha estalló otra cápsula—. Tenemos que volvernos —repitió.
Una repentina lluvia de pedruscos cayó por el acantilado. Una piedra le alcanzó en el casco, y su lámpara delantera se rompió con una explosión sorda. Otra, le dio en el brazo, causándole un vivo dolor, aunque esto no le importó lo más mínimo en aquellos momentos.
—Tenemos que volvernos —repitió con obstinación.
Patricia habló por último, sin moverse:
—¿Para qué? —se preguntó sombría.
El frunció el ceño, estupefacto. ¿Para qué? ¿Para qué volver a la zona crepuscular? Surgió en su mente la imagen de Erotia, y luego la visión de aquella luna de miel que ambos habían pensado ir a pasar a la Tierra, y después una serie de escenas terrestres... Nueva York, el patio de una universidad rodeada de árboles, la soleada granja donde transcurrió su infancia. Pero todo ello parecía lejanísimo e irreal.
El golpe violento que recibió en el hombro le arrancó a este ensueño. Vio volar una piedra en dirección al casco de Patricia. Sólo dos de las cuatro lámparas de la joven, la posterior y la de la derecha, seguían encendidas, y él se dio cuenta a medias de que en su propio casco sólo brillaban la posterior y la de la izquierda. En lo alto del acantilado, que ahora permanecía a oscuras al hallarse iluminado por el rayo de sus lámparas delanteras, danzaban oscuras sombras, y las piedras silbaban y rebotaban a su alrededor.
Haciendo un supremo esfuerzo, la zarandeó por el brazo.
—¡Tenemos que volvernos! —murmuró.
—¿Por qué? ¿Por qué debemos volver?
—Porque nos matarán si nos quedamos.
—Sí, ya lo sé pero...
El dejó de escucharla y la sacudió desesperadamente. Pat giró en redondo y lo siguió con paso vacilante, mientras él emprendía el regreso hacia el cohete.
Tremendos alaridos resonaron cuando sus lámparas posteriores barrieron el acantilado con su luz, y mientras Ham tiraba de su esposa con lentitud desesperante, los aullidos se desparramaron a derecha e izquierda. Ham comprendió lo que aquello significaba; los diabólicos seres describían un circulo a su alrededor, un movimiento envolvente que les pondría frente a ellos, en un lugar donde no podrían ahuyentarlos al faltarles la luz protectora de sus lámparas delanteras.
Pat le seguía con indiferencia, sin poner el menor empeño por su parte. La llevaba casi a rastras, y el esfuerzo se le hacía intolerable. Y cerrándole el paso danzaban las sombras aulladoras de los diablos sedientos de su sangre.
Ham volvió la cabeza para barrer las tinieblas con el haz luminoso de su proyector derecho. Resonaron chillidos cuando los trioptes se refugiaron en la sombra protectora que les ofrecían rocas y agujas, pero Ham, al avanzar con la cabeza vuelta de lado, tropezó y cayó frecuentemente.
Pat no quería alzarse a pesar de todos sus esfuerzos.
—No hace falta —murmuró, pero no ofreció la menor resistencia cuando él la levantó del suelo.
De pronto se le ocurrió una idea. La tomó en sus brazos, colocándola de manera que su lámpara de la derecha iluminase hacia delante, y así consiguió llegar por fin tambaleándose hasta el círculo de luz que rodeaba el cohete. Abriendo la escotilla, dejó caer a su preciosa carga en el interior de la nave.
Se llevó esta última impresión de aquel mundo tenebroso... vio las sombras de los trioptes alejarse saltando y brincando, entre horrísonas carcajadas, hacia el acantilado donde Oscar y su pueblo esperaban con una plácida aceptación el desenvolvimiento de su destino.
El cohete avanzaba rugiendo a sesenta y cinco mil metros de altura, porque las innúmeras observaciones y fotografías realizadas desde el espacio demostraron que más allá de sesenta y cinco kilómetros de altura, ni siquiera las altivas cumbres de los Montes de la Eternidad alzaban la cabeza. Detrás se extendían negros nubarrones, pero ante ellos se alzaban nubes brillantes y blancas, pues acababan de penetrar en la zona crepuscular. A aquella altura incluso era apreciable la amplia curvatura del planeta.
—Un huevo medio cocido, medio crudo —dijo Ham, mirando hacia abajo—. Prefiero el huevo cocido.
—Fueron las esporas —prosiguió Pat, sin hacerle caso—. Ya sabíamos que producían efectos narcóticos pero, ¿quién iba a suponer que introducirían, en mi, droga tan sutil... dejándome sin voluntad y sin fuerzas? Oscar y los suyos son los lotófagos y el loto, todo de una pieza. Pero no puedo dejar de sentir compasión por ellos. ¡Qué colosales, magníficas e inútiles son sus mentes! —Hizo una pausa—. Oye, Ham, ¿qué te advirtió de lo que estaba pasando? ¿Cómo conseguiste arrancarte a aquel hechizo?
—Oh, se debió a una observación de Oscar... cuando dijo que todos terminarían comidos por los trioptes.
—Bien, ¿y qué?
—Pues verás: ¿ya sabías que se nos han terminado las provisiones? ¡Sencillamente, esa observación me recordó que llevaba dos días sin comer!
(1) Satélites de Saturno, de tamaño muy considerable, casi planetario (5.715 km. y 1.610 km., respectivamente), y poseedores de atmósferas de metano. (N. del T.)
(2) Homero menciona la isla de los Lotófagos en la Odisea. Los nautas que arribaban a ella perdían el recuerdo de sus lares después de comer unas flores de Loto. (N. del T.).
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