IGNATZ EL GAFE
Por LESTER DEL REY

Quizás no fuese más que una simple superstición, pero Ignatz estaba convencido de que él era el culpable de todo. Durante los tres últimos días, Jerry Lord no se había movido del mismo sillón, evocando sobre la pared, con los ojos de la imaginación, la visión de una pelirroja con un delicioso hoyuelo, y el pobre Ignatz no podía hacer nada por evitarlo.
Gruñó y gimoteó sintiéndose muy desdichado, clavó la cola en la alfombra y se impelió hacia adelante, resbalando sobre su placa ventral, hasta tocar con sus antenas el tobillo de su amo. Por centésima vez trató de articular palabras humanas, sin conseguirlo. Pero Jerry le comprendió y con su mano derecha rascó distraídamente el cuerno de su hocico.
—Ignatz —murmuró su amo—. ¿Ya te dije que Ana se embarca esta noche en el Burgundy, que partirá con dirección a Venus del Sur? —Chupó su pipa apagada, y luego la tiró a un lado con disgusto—. Pete Durnall la acompañará por las ciénagas de Hellonfire.
Aquello no era nada nuevo para Ignatz, que llevaba oyendo lo mismo durante los tres últimos días, pero lanzó un gruñido de simpatía con su voz de sirena para la niebla. En el infierno cenagoso que se extendía al norte de Hellas, cualquier quídam que conociese aquellos lodazales podía alcanzar proporciones de héroe a los ojos de un novato. Incluso los más veteranos hombres del espacio solían comportarse como unos novatos en Venus, y en cuando a Ana, hasta aquel momento no se había movido de la Tierra.
Ignatz conocía aquellas ciénagas mejor que nadie... Lo cual no era raro teniendo en cuenta que había vivido en ellas durante varios centenares de años, hasta que Jerry lo convirtió en su mascota. Los animales que poblaban las ciénagas eran inofensivos en su mayoría, pero Ana no sería de esta opinión cuando los viese por primera vez. Había chillado aterrorizada la primera vez que le vio a él... Incluso un sencillo zloath, o un caracol-lagarto venusiano, resultaba horrible a los ojos de un terrestre; y en cuanto a los restantes componentes de aquella fauna, aún eran de aspecto más repelente.
Pero el recuerdo de las ciénagas evocaba en Ignatz la idea del calor. Así es que, trepando por la estufa portátil, se hundió de cabeza en una olla de agua hirviendo; a los pocos minutos, cuando el calor se hubo esparcido por su cuerpo, se instaló cómodamente en el fondo, disponiéndose a dormir. Allá se las compusiera Jerry con sus problemas, ya que era incapaz de aprender la lengua de los zloaths. ¿De qué servía resolver problemas si no podía darle la solución de los mismos?
Se escuchó un gran estrépito y un coro de imprecaciones rasgó el aire. Mientras Ignatz terminaba de despabilarse, alguien aporreaba la puerta, entre una lluvia de denuestos. Jerry la abrió de par en par, y el gerente del hotel entró como una tromba, con el semblante congestionado y echando espumarajos de cólera.
—¿Sabe lo que ha sido? —vociferó—. Se ha roto el cable del ascensor número dos... a pesar de que era nuevo y flamante. El ascensor se ha quedado parado entre dos pisos, y hemos tenido que hacerle un agujero con un soplete para sacar a los pasajeros. ¿Qué le parece?
—¿Y a mi que me explica? Yo no lo he hecho.
El tono de cansancio de la voz de Jerry era más que familiar a los oídos de Ignatz. Sabía lo que se avecinaba.
—No, usted no lo ha hecho, ya lo sabemos. Pero ha sucedido estando usted aquí. —El rostro congestionado del gerente se puso lívido, y su rollizo pecho jadeó convulsivamente. Acercando su puño a las narices de Jerry, lo blandió mientras gritaba con temblorosa voz de falsete: —¿Se imagina acaso que no sabía quién era? Me dio usted lástima, lo acepté cobrándole tan sólo el doble, y mire lo que pasa. Estoy hasta la coronilla de usted y ese bicho. Fuera, ¿me oye? Fuera inmediatamente.
Jerry se encogió de hombros.
—Muy bien.
Observó con distraído interés cómo Ignatz salía de la olla para dejarse caer a lo largo de la pierna del gerente. Lanzando un espantoso alarido, el pobre sujeto dio un salto y salió como una exhalación, para bajar las escaleras de dos en dos hasta el vestíbulo, donde empezó a frotarse sus quemaduras en sus manos gordezuelas.
—No debieras haber hecho eso, Ignatz —le amonestó benévolamente Jerry—. Probablemente se le formarán ampollas allí donde tú le has tocado. Pero ahora ya no tiene remedio, así es que enfríate y ayúdame a hacer el equipaje.
Después de poner una cacerola con agua fría en el fuego, empezó a sacar ropas y efectos de los armarios, Ignatz se metió en el agua y dejó que su temperatura descendiese hasta un límite prudente, mientras pensaba con tristeza en lo que acababa de suceder.

Aunque aquello no era nada nuevo; lo que sí era verdaderamente extraño era que hubiesen podido vivir en el hotel casi una semana sin que ocurriese nada. Y todo era por su culpa; él nunca hacía nada, pero con su presencia bastaba para que sucediesen toda suerte de desdichas y calamidades. Jerry Lord, pobrecillo, se equivocó de medio a medio al llevarse consigo un caracol-lagarto, pero después de haberlo hecho, la cosa ya no tenía remedio.
Jerry había sido el hombre más afortunado de toda la flota estelar, en su cargo de jefe de pruebas de los nuevos modelos de cohetes, hasta que su jefe opinó que necesitaba tomarse un descanso y en consecuencia lo envió a Venus. Un hombre normal hubiera muerto cuando la astronave estalló sobre las ciénagas, pero Jerry se presentó por su pie en Hellas, llevando doscientas onzas de oro bajo un brazo y a Ignatz bajo el otro.
Por supuesto, los venusianos ya se lo advirtieron. Durante generaciones habían sabido por triste experiencia propia que si un zloath traía mala suerte en las ciénagas, fuera de ellas se convertía en una verdadera calamidad para su amo. Los animales de la especie de Ignatz eran gafes de nacimiento. Ignatz también lo sabía, y como lo sabía trató de escaparse; pero cuando salieron de las ciénagas ya le había cobrado demasiado afecto a su amo para dejarlo.
A cualquier otro hombre, Ignatz le hubiera traído la suerte más negra, con calamidades secundarias para los demás por añadidura. Pero la buena suerte personal de Jerry se mantuvo; en lugar de convertirse en la víctima de innúmeras desgracias, estas cayeron sobre los que le rodeaban. Las astronaves de prueba estallaban en el aire una tras otra, mientras Jerry salía siempre indemne de aquellas catástrofes. Tras una serie de estos desastres, su jefe decidió darle a Jerry otra vacaciones, esta vez con carácter permanente.
Su reputación quedó muy mal parada a consecuencia de ello y se fueron cerrando ante él una serie de puertas, suave pero firmemente.
—Lo siento, señor Lord, pero este año no pensamos tomar personal nuevo.
No había que censurar a los que así hablaban, pues no era raro que al salir él de la oficina, sucediese alguna calamidad... a veces con proporciones de verdadera catástrofe. Hasta tal punto llegaron las cosas, que terminó por seguirles discretamente a él y a Ignatz una ambulancia, y generalmente cualquier viandante desprevenido terminaba necesitando sus servicios.
Fue por entonces cuando Jerry conoció a Ana Barclay, y lo inevitable sucedió. Ana era nada menos que la hija de su jefe, y una de las chicas más listas que jamás habían pisado los campos de adiestramiento del astropuerto de los Seis Mundos. Jerry la miró, dijo «Ah», e inmediatamente experimentó una fiebre elevadísima. Aún le quedaban algunos ahorrillos, y sabía bailar, a pesar de que la orquesta siempre desafinaba cuando él pisaba la pista. Cuando sólo hacía tres semanas que la conocía, ella ya estaba dispuesta a darle el sí; es decir, lo estaba hasta el momento en que su padre la hizo entrar en razón. Entonces ella se acordó que había perdido el anillo que, le regaló su madre, que le dolían las muelas, tenía sinusitis y le había salido un golondrino en el hombro izquierdo, y todo ello desde que conocía al pobre Jerry. Con la ayuda de su padre, que estimuló su imaginación, pensó en lo que sería la vida de casada; entonces ambos decidieron que la solución consistía en un viajecito a Venus en compañía de Peter Durnall, que era preferido del jefe. Jerry, que se fuera al cuerno.
—No quiere decir eso que fuesen supersticiosos; no lo eran más que cualquier astronauta normal y sus hijas; Ignatz lo comprendía perfectamente. Pero cuando empiezan a surgir demasiadas coincidencias, las cosas adquieren mal cariz. Ella se había ido, o se iba, y Jerry se iba también de la vida de ella y del hotel. Ignatz soltó unos cuantos tacos en el idioma de los lagartos y salió de la cacerola. Después de revolcarse sobre una toalla, ayudó a Jerry a hacer el equipaje... lo cual era muy sencillo, teniendo en cuenta que casi todo el guardarropa de Jerry estaba a buen recaudo en casa de Ike, el prestamista.

—Nos iremos al muelle —decidió Jerry—. Estoy casi sin blanca, amigo, así es que dormiremos en un tinglado o bajo un cobertizo si podemos burlar al guardia. Mañana me pondré de nuevo en busca de trabajo.
Hacía meses que buscaba trabajo, el que fuese, pero la única profesión que conocía era la de manejar astronaves; y éstas ya tenían bastante mala suerte de natural para que a ella añadiesen la que les podía proporcionar Jerry. Ignatz se preguntó qué posibilidades habría de encontrar cubos de basura abiertos en el muelle, pero siguió a su amo sin rechistar.

Una tubería de vapor pasaba por detrás del cobertizo, y el grifo de atrás estaba bastante flojo. El vapor que salía era ardiente, y gracias a ello el sueño de Ignatz era profundo y beatífico, y la luz diurna surgió y desapareció sin que él se diese cuenta. De lo primero que se dio cuenta fue de que Jerry lo hacía caer de golpe en un charco de agua fría, para despertarlo. Al menos, aquel hombre olía como Jerry, aunque ni su cara ni sus ropas eran las de su amo.
Jerry sonrió a Ignatz mientras el agua siseaba y hervía. De la noche a la mañana le había salido barba, y sus cabellos lisos se habían convertido en una masa de bucles ensortijados. Una cicatriz le corría del ojo a la boca, haciéndole fruncir los labios en la grotesca caricatura de una sonrisa; y sus facciones eran toscas y morenas. En cuanto a sus ropas, eran simples harapos que ni un ropavejero hubiera querido.
—¿Qué te parece mi astuta idea, Ignatz? —le preguntó—. El viejo Ike me ha disfrazado así, a cambio de mi anillo y el reloj—. Tomando el zloath, lo metió en un zurrón—. No podemos dejar que te vean, así es que permanecerás oculto hasta que ocupe mi puesto.
Ignatz trompeteó con tono interrogador, y Jerry rió.
—Sí, ya tenemos trabajo... tengo que mantener engrasados los cojinetes de una astronave. ¿Recuerdas ese vagabundo que dormía aquí anoche? Pues bien, antes de darse a la bebida había sido un astronauta. Y sus documentos aún están en regla. Me los dio casi por nada, hice que Ike me maquillase, y hoy he ido a ofrecerme. Nuestra suerte ha vuelto a cambiar. ¡Salimos esta misma noche con rumbo a Venus!
Ignatz volvió a gruñir. Ya podía haberse imaginado adonde se dirigirían.
—Sí, chico —Jerry volvía a mostrarse satisfecho, y nuevamente se creía un hombre afortunado—. No quiero oír más gruñidos, Ignatz. Este viaje tiene que ir bien.
El zloath se acomodó en el fondo del zurrón y se puso a roer un pedazo de cuero que había encontrado en el suelo. A partir de aquel momento podía ocurrir cualquier cosa, pero él no tenía ni la más remota idea de lo que esta cosa podía ser. El zurrón bailaba y se zarandeaba mientras su amo se escurrió junto a los guardias y salió al campo de cohetes, donde el fragor de los mismos le dijo a Ignatz que alguna nave estaba calentando los motores y comprobando sus toberas de eyección. Pegó un ojo a un desgarrón del zurrón para atisbar lo que sucedía a su alrededor.
Era una vieja nave de carga, pero de gran tamaño y evidentemente muy bien cuidada. En aquel momento apartaban las grúas y cerraban las escotillas, lo cual quería decir que la carga ya había sido embarcada. Por el olor, supuso que la nave transportaba uvas, cacahuetes y chocolate, golosinas altamente apreciadas por los buscadores de esporas de Venus. En aquel planeta apenas se cultivaba nada que pudiese competir con los productos de la vieja madre Tierra, y aquellos aventureros errantes sólo podían transportar raciones de alimentos altamente concentrados.
Continuando su observación, Ignatz vio como un gran coche aljibe avanzaba por los carriles hacia la nave. Mediante una larga manga, el peróxido de hidrógeno que transportaba el aljibe llenó los depósitos del carguero. Este combustible es el que los convertidores atómicos quemarían; para hacerlos salir bajo la forma de nubes de gases por las toberas de eyección; las planchas de isótopos ya habían sido cargadas, al parecer. Los mecánicos corrían de una parte a otra, inspeccionando los largos tubos de inyección, y sobre el campo revoloteaba un enjambre de remolcadores movidos por hélice, listos para elevar la enorme astronave hasta el punto desde donde pudiese poner en marcha sus motores sin causar daño a nadie, y elevarse con ayuda de sus aletas.
Aquellas enormes naves mercantes eran distintas de las esbeltas astronaves de pasajeros; los triángulos ya estaban cuidadosamente equilibrados sobre sus reactores, pero la nave no podía elevarse bajo la fuerza de gravedad de un planeta a menos que los remolcadores le hiciesen alcanzar una velocidad que la permitiese sostenerse por sí sola gracias a sus cortas aletas.
Era evidente que Jerry llegaba en el último momento, porque ya estaban sacando la pasarela de la tripulación. Subió corriendo por ella, presentó su documentación y le ordenaron que se dirigiese a su litera. Cuando se disponía a obedecer, se oyeron órdenes desde abajo y volvieron a colocar la pasarela. Blane, el capitán de la nave, se asomó lanzando juramentos.
—¡Condenado viejo! ¿Por qué no puede tomar una nave de línea? Muy bien, le esperaremos veinte minutos —Trepó por la escalerilla que conducía a la torreta y desde allí se le oyó lanzar imprecaciones y denuestos—. En este viaje todo ha ido de mal en peor. Empiezo a creer que tenemos a un gafe entre la tripulación.
Sin querer oír más, Jerry se dirigió a su litera, un pequeño nicho en la pared con un duro camastro, un jarro de agua y una percha para sus ropas. Comprobó cuidadosamente el casco de oxígeno, asintió con gesto de satisfacción y se tendió sobre la litera.
—Tú quédate donde estás, Ignatz —le ordenó— y estate quieto, puede haber una inspección. Ya te avisaré cuando me vaya en el segundo turno. Además, en este cuchitril no hay tuberías de vapor, así es que te da lo mismo estar donde estás.

La escotilla de arriba se cerró con un fuerte golpe metálico.
—Ya debe de haber llegado el que esperaban. ¿Quién será? Debe de ser alguien muy importante para obligar a Blane a esperarlo..., tal vez un amigote del jefe.
La placentera sonrisa que plegaba sus labios desapareció, al oír que alguien gritaba por la escalera de caracol:
—¡Eh, ahí abajo! Suban algunas herramientas, pronto. La escotilla de la tripulación se ha agarrotado, y despegamos dentro de cinco minutos.
Jerry lanzó un juramento e Ignatz se agitó lanzando un gruñido de disgusto.
—Menos mal —se dijo Jerry—; esta vez no me echarán la culpa a mí. Pero de todos modos, no deja de ser curioso. ¡Muy curioso!
Ignatz estaba de acuerdo. El viaje se presentaba de lo más interesante, si es que conseguían llegar a Venus algún día. Si ayer le gustaba tener a un zloath por mascota, podía muy bien haberse quedado en tierra, donde no hubieran corrido el riesgo de romperse la crisma, en lugar de entregarse a la loca aventura de perseguir una chica. Por una vez se alegró de que Venus no conociese las diferencias de sexo... a menos que pudiesen llamarse hembras a las vacas incubadoras.
Jerry dejó salir a Ignatz cuando regresó de su turno. Venía cansado y gruñón, pero no podía decirse que nada hubiese ido mal, hasta el momento. Ocurrieron dos pequeños accidentes, y un ayudante resultó con el pie aplastado por un acoplamiento que se soltó, pero ya era de esperar que sucediesen algunas cosillas. Al menos nadie le acusó de ser el causante de las desgracias.
—Ya he averiguado quién es ese pasajero de postín —dijo al zloath—. Es el jefe en persona. Así es que tú estate aquí bien quietecito que en cuanto a mi, trataré de que no me descubran. Ese viejo zorro tiene ojos de lince, y más memoria que un elefante.
Ignatz desconocía las obras de Robert Burns, pero sabía lo que quería decir aquella frase: «Los planes mejor tramados de los ratones y los hombres muy pocas veces salen a derechas». Esperaba los resultados de aquél con cierta prevención, y lo que temía sucedió a la mitad del siguiente turno de Jerry. Fue el propio jefe quien abrió la puerta para volverse después hacia un par de membrudos tripulantes.
—Bueno, traedmelo aquí y cerrad la puerta. No sé quien es, ni me importa. Más tarde lo averiguaremos; pero de lo que sí estoy convencido es que no es quien dice su tarjeta de embarque. El sujeto a quien pertenece es un borracho perdido desde hace diez años.
Y dirigiéndose al primer oficial mientras sacaban a Jerry de la litera, añadió:
—En cuanto a usted, capitán Blane, de ahora en adelante inspeccione con más atención a sus hombres. Como usted puede suponer, yo no puedo dedicarme a girar visitas de inspección en todos los cargueros. Tal vez no haya nada que decir de él, pero no quiero tener a mi servicio hombres que utilizan documentación falsa.
Cuando cerraban la puerta y después, mientras se alejaban, se oía la voz del capitán apaciguadora, mientras el jefe daba suelta a su ira en frases suaves que no engañaban a nadie. Ignatz se arrastró del lugar donde estaban oculto bajo la litera, trepó por ella y se restregó cariñosamente con Jerry.
Jerry escupió con asco.
—Sí, bajó, empezó a fisgonear por la sala de generadores y quiso ver mi tarjeta, diciendo que no conocía ningún engrasador que tuviese una cicatriz. Entonces se puso como una furia, y pidió a gritos que subiese Blane. Por suerte, no me reconoció. Gracias a Dios, tú tuviste la prudencia de ocultarte, o de lo contrario ya estábamos listos.
Ignatz siguió restregándose con Jerry, frotando el cuerno de su hocico contra el pecho de su amo. Jerry, sonrió tristemente.
—Si, ya lo sé. Todavía no nos hemos estrellado, ni nos estrellaremos. Ahora vete, Ignatz y déjame pensar. Tiene que haber algún medio de escapar de aquí cuando lleguemos a Venus.
Ignatz cambió mentalmente el «cuando lleguemos» por un «si llegamos», pero volvióse obedientemente a su refugio y trató de dormir, sin conseguirlo. A la media hora, el capitán Blane llamó a la puerta y entró, con una cara ceñuda de muy mal agüero. Miró a Jerry de una manera que no le hizo a este ninguna gracia. De pronto dijo con ira contenida:
—Si el jefe no ha formado ningún plan contigo, mozalbete, yo te descuartizaré y arrojaré tus pedazos a los cuatro rincones de este camarote. Vamos, di que salga este condenado zloath tuyo y quítate esa peluca, Jerry Lord.
Jerry gruñó como si le hubiesen pegado en el estómago.
—¿Qué le hace suponer que soy Lord?
—¿Qué me lo hace suponer? Sólo hay un gafe tan descomunal en toda la flota estelar. Desde que tú subiste a bordo, todo ha ido de mal en peor. El jefe se presenta de improviso, la escotilla se atranca, tres hombres sufren heridas al montar un nuevo inyector, yo encuentro gusanos marcianos de la arena en el chocolate, y el jefe me amenaza con arrancarme las estrellas de capitán. ¡No me digas que eres otro! —Empezó a hurgar debajo de la litera—. ¡Sal de aquí, condenado zloath!
Ignatz salió lanzando un triste zumbido y mirando a Jerry, que se mesaba desolado su falsa barba.
—¿Y qué si lo soy, capitán? ¿Lo sabe acaso el jefe?
—Desde luego que no, y mejor que no lo sepa. Si descubriese que te he tomado como tripulante, ya podría despedirme de mi carrera. Cuando lleguemos a Venus, te tiraré en paracaídas cuando estemos al límite de una milla. ¿O prefieres acaso quedarte y que el jefe se las entienda contigo?
Jerry movió negativamente la cabeza.
—Profiero tirarme en paracaídas —se apresuró a responder—. Lo único que quiero es llegar en libertad a Venus, del modo que sea.
Blane asintió.
—Sé que me espera una bronca mayúscula, pero prefiero que no estés a bordo cuando aterricemos. Nunca he confiado demasiado en mi suerte para el caso de un aterrizaje forzoso —Señaló a Ignatz— Que nadie vea ese bicho. Si el jefe descubre quien eres, te echará de la nave en un traje de plomo... y sin paracaídas. Con que ojo, amigo.
No hacía falta que se lo dijesen a Jerry. Ordenó a Ignatz que volviese a ocultarse bajo la litera y se dirigió al estante donde tenía su comida. Cuando Blane se volvía para irse, parecieron soltarse de repente todas las dificultades infernales por la nave.

Se notó una siniestra trepidación y el espantoso alarido de una sirena demoníaca perforó sus oídos. El estante atravesó volando el camarote; Jerry cayó de cabeza sobre el capitán. Durante medio segundo reinó un silencio total, seguido por un espantoso desbarajuste, mientras la nave se bamboleaba locamente bajo sus pies. En un impulso instintivo, el capitán y Jerry se abalanzaron sobre el casco de oxígeno, y empezaron a disputárselo antes de comprender lo que pasaba.
Jerry fue el primero en incorporarse.
—Ha sido el motor de control —gritó al oído de Blane. Este no le oyó, pero comprendió lo que quería decir—. Salgamos de aquí a ver lo que ha pasado.
Ninguno de los dos se acordó de que Jerry era un prisionero. El muchacho avanzó en seguimiento del capitán, e Ignatz sólo tuvo tiempo de dar un salto convulsivo y penetrar por el cuello de Jerry para ocultarse bajo su chaqueta. Por la escalera de caracol bajaba un tropel de hombres, y más tripulantes subían de las salas principales de motores. En la nave reinaba una algarabía y un tumulto indescriptibles, incrementado por el ulular de las sirenas de alarma y el rumor de las pisadas sobre las cubiertas de cuproberilo.
En la sala de máquinas encontraron al jefe, dominando el tumulto.
—¡Blane, Blane! ¡A ver si alguien encuentra a ese zoquete antes de que estos imbéciles terminen de destrozar la nave!
Blane esbozó un saludo, con la boca abierta y mirando desesperado lo que quedaba del motor del gobierno.
—¿Qué... qué ha pasado?
A Jerry le bastó con una mirada para saberlo.
Dirigiéndose a los engrasadores, les increpó.
—¿Quién de vosotros se ha olvidado de engrasar los cojinetes principales?
Un tripulante señaló en silencio a un informe montón de huesos y carne hecha papilla. Mientras todos miraban hacia allí, Ignatz se deslizó fuera de su escondrijo y se ocultó a la vista de los presentes entre un poste y un mamparo que aún estaba entero a medias.
La expresión de Jerry Lord era enérgica cuando se volvió hacia Blane.
—¿Tiene un motor de recambio? No, ¿verdad? Pues no hay más remedio que desmontar uno de los motores giro-estabilizadores e instalarlo aquí. Envíe a algunos hombres a reconocer los daños causados a los mandos. Haga venir al médico para atender a los hombres que aún no están hechos pedazos. ¡Dese prisa, hombre!
Blane cerró la boca lentamente, giró sobre sus talones y empezó a dar órdenes a voz en cuello, hasta que se restableció cierta apariencia de orden entre la multitud de tripulantes asustados. En la confusión reinante, el jefe no se había apercibido de la presencia de Jerry, pero entonces se volvió hacia él.
—¿Quién le dejó salir? No importa, ya está aquí. Menos mal que alguien tiene juicio, o si no esto seguiría aún siendo un manicomio. Capitán Blane, saque el motor averiado y ponga el prisionero a trabajar. En estos momentos no podemos perder tiempo ni hombres. Regreso a los coordinadores de rumbo para inspeccionar los daños.
Dominada ya la impresión causada por aquella catástrofe, Blane puso activamente manos a la obra. Dirigió una furibunda mirada a Jerry, pero aplazó de momento su venganza. Ignatz sabía que de lo sucedido se echaría la culpa a su amo, así como de todo cuanto ocurriese a partir de entonces, y gruñó con desasosiego.
El trabajo de desmontar el motor resultaba sencillo, pues éste había saltado en mil pedazos. Los tripulantes limpiaron la sala de trozos de metal, cortando los pernos que quedaban en la base del motor, y preparando el lugar que debía recibir al nuevo. El motor estabilizador empezó a ser montado por piezas, y Jerry dirigió la colocación de las mismas, instaló los mandos y los unió al mismo a medida que los hombres iban quitando las varillas dobladas, que sustituían con otras nuevas, que soldaban en lugar de las antiguas. En momentos de apuro, ningún grupo de hombres de la Tierra es capaz de hacer el trabajo realizado por una tripulación de hombres del espacio en apenas media hora. Aquellos, además, eran astronautas veteranos, para los que la falta de gravedad era una ayuda más que un inconveniente para realizar con rapidez su trabajo.

Cuando el jefe volvió, los mamparos ya estaban soldados, el nuevo motor instalado, los mandos acoplados a él y el capitán sudaba a raudales y lanzaba un gran repertorio de tacos, pero no podía ocultar su satisfacción ante la perfección del trabajo realizado. Jerry subió de la sala de estabilizadores para informar que los motores habían sido adaptados a la carga suplementaria que representaría la pérdida de uno de los cinco motores, y que el combustible los alimentaba de una manera igualada.
El jefe hizo un gesto en silencio, con cara impávida e inexpresiva, y Blane tragó saliva cuando se dispuso a seguirlo. Jerry se fue tras ellos sin que se lo hubiesen ordenado, ocultando a Ignatz cuidadosamente entre sus ropas.
De regreso al centro neurálgico de la astronave, vio que los integradores de gobierno estaban hechos cisco. Las varillas de impulso principales que unían la torreta de mando al motor estaban aún intactas, pero los cables y los complicados juegos de engranaje y estabilizadores que constituían el cerebro casi humano de la nave, hallábanse tan destrozados, que toda reparación era imposible.
La voz del jefe era melosa e insinuante, pero entornó de manera aviesa la mirada.
—¿Tiene piezas de recambio, capitán?
—Algunas. Podríamos montar algunas de ellas, pero no las suficientes para unir los cohetes principales al cuadro de mandos. Me parece que esto es un billete de ida sin vuelta para el infierno.
Bajo la amenaza del peligro, un tétrica desesperanza volvió a apoderarse del capitán.
—¿Cuántas horas nos faltan para llegar a Venus y dónde está el punto peligroso?
—Sesenta horas. Si no conseguimos hacernos con el mando antes de diez, nos iremos de cabeza hacia el sol. Ahora seguimos la órbita C-3, y pasaremos totalmente de largo ante Venus.
—No hay la menor posibilidad de que nos envíen recambios a tiempo —murmuró el jefe—. Sí, creo que tiene usted razón. La situación es gravísima.
Jerry, que había estado oculto hasta entonces tras el capitán, se adelantó y saludó tranquilamente al jefe.
—Discúlpeme, señor, pero yo creo que es posible gobernar manualmente a la nave desde aquí, si de la torre de mando envían las observaciones necesarias.
Momentáneamente los ojos de los dos hombres se iluminaron, pero sólo por una décima de segundo.
—Ni un hombre entre mil conoce la disposición de los cables, que forman una verdadera maraña. Además, sería una tarea abrumadora, físicamente imposible. En cuanto a mí, no sabría si hay que empujar esa varilla o hay que tirar de esa otra. Cuando aún estaban instalados aquí los mandos manuales, los teníamos dispuestos en hileras lógicas, pero no hay quien se entienda en esta confusión actual.
—Yo conozco la distribución —dijo Jerry con la mayor flema— Se trata únicamente de poder moverse de un lado a otro con suficiente rapidez para coordinar las varillas de tracción.
A pesar de ello, contempló la maraña de varillas, palancas y cables, sintiendo grandes dudas en el fondo de su corazón. Se trataba de cubrir toda una pared de dos metros y medio, y no olvidarse ni por un segundo de la disposición de todos los mandos estabilizadores. Sin embargo, podía hacerse.
Blane lanzó un bufido de desdén, pero el jefe le hizo callar.
—Estamos en una situación en que sólo podemos creer en milagros. Es nuestra única posibilidad de salvación. ¿Estás seguro de poder hacerlo, amigo?
—Bastante seguro.
—¿Cuántos ayudantes necesitas?
Jerry sonrió tristemente.
—Ninguno; es más fácil y seguro hacerlo personalmente que decir a los demás como lo tienen que hacer, para que quizá lo enredasen todo. Este trabajo solo puede hacerlo una sola persona.
—De acuerdo —El rostro ceñudo del jefe expresó una huraña aprobación—. Blane, usted recibirá órdenes de este hombre; saque las partes averiadas y desconecte los automáticos que aún quedan. Usted y los navegantes se relevarán para suministrar a esta sala los datos de la carta... y procuren no equivocarse. Que instalen inmediatamente un teléfono aquí, y pongan a este hombre a trabajar. Si conseguimos llegar a Venus, será libre, nadie le hará preguntas y tendrá un buen empleo aguardándole. Si no llegamos, ya no le hará falta empleo alguno.
Cuando el jefe se hubo ido, el capitán blandió su puño cerrado bajo las narices de Jerry.
—¡Gafe! Si no hubieses estado aquí, esto no hubiera ocurrido. Trata de portarte bien, señor Lord —Se interrumpió de pronto, al ocurrírsele otra idea— ¿Ya te das cuenta de lo que son sesenta horas de trabajo fatigoso e ininterrumpido en esta sala?
—Naturalmente, puesto que sus navegantes solo han aprendido lo suficiente para aprobar —dijo Jerry, encogiéndose de hombros con un optimismo que estaba muy lejos de sentir. No olvide usted, señor, que a partir de ahora hasta el último hombre de esta nave tiene que obedecer mis órdenes. Exijo una absoluta cooperación.
—La tendrás, tanto si eres gafe como si no —Blane le tendió la mano—. Tienes muy mala fama, Lord, pero me gusta tu coraje. ¡Buena suerte!
Al salir majestuosamente, el capitán se olvidó del aceite extendido por el suelo; antes de caer ruidosamente de espaldas sobre cubierta, ejecutó una fantástica pirueta en el aire. Ignatz deseó que se lo tragase la tierra y se preparó para lo peor.
—¡Gafe! —gritó Blane, y con esta sola palabra, cargada de significado, expresó todo cuanto quería decir sin necesidad de malgastar sílabas.
Después que se hubieron llevado las piezas averiadas, subió el técnico de comunicaciones para instalar un teléfono, que unió por un hilo enrollado en una bobina a unos auriculares recubiertos de espuma de goma. Entregó a Jerry una carta en la que estaba marcada la posición actual y la órbita probable, y desapareció.
Jerry se puso los auriculares.
—¿Se me oye bien?
—Perfectamente señor. A sus órdenes. El cohete siete de popa tiene un chorro deficitario de 0,06 que usted tendrá que compensar, y los estabilizadores sólo trabajan a tres cinco. Tenemos a Venus en posición...
El navegante le dio las coordenadas, y Jerry las conservó en la memoria mientras se dirigía a las varillas principales de impulso.
—Muy bien. Ordenen que no me moleste nadie con excepción del pinche —Sacó a Ignatz, le dio unas palmadas en el lomo y sonrió— La sala es tuya, amigo. ¡Dispuestos a dar gas!
—Damos gas, señor. ¡Todas las posiciones 1-1 a punto! ¡Nave en rumbo!
El timbre resonó por la escalera de caracol mientras Jerry accionaba los mandos manuales y se disponía a soportar la nueva gravedad.
La nave tembló como un gato al salir de una bañera, gimió y osciló de una manera que daba espanto, a medida que los mandos entraban en acción. Como a regañadientes, enderezó su rumbo. A pesar de ser una nave provista de anticuados motores de cohete, era dócil como un autobús, si se la gobernaba con la suficiente destreza, y ésta no les faltaba a aquel puñado de hombres cuya vida eran las estrellas. Además, había sido construida por otros hombres que combatían su añoranza de los astros construyendo naves para que otros las tripulasen. A pesar de los estabilizadores sobrecargados y del ligero déficit en la profusión, la astronave respondía al timón mejor que muchos de los nuevos triángulos. Jerry golpeaba las palancas con verdadera furia, al principio, y luego más suavemente, a medida que la nave se fue convirtiendo en una parte de sí, difícil de manejar, pero mansa y leal.
El navegante le gritaba coordenadas, factores de deriva y otros datos, mezclados con innecesario chismorreo, y de vez en cuando le llegaba también la voz del jefe, que le resultaba casi agradable. El curtido y viejo bribón sabía estar a la altura de las circunstancias, tuvo que reconocer Jerry; no daba en absoluto muestras de histerismo ni de chochez. Bajo tal ejemplo, el capitán y primer navegante tuvieron que hacer de tripas corazón, y en cuanto al segundo navegante, no podía ocultar la esperanza que le embargaba cuando relevó al primero. En aquellos momentos la confianza iba muy barata en la torreta; a Jerry le hubiera hecho falta un poco de ella, pero tenía cuidado en no demostrarlo en su voz.
Las primeras diez horas no fueron malas de pasar, a pesar de la tensión constante que requería aquel trabajo sostenido, y Jerry se sentía ya casi totalmente identificado con la nave. Su espíritu se armonizó con los crujidos de los baos, con el balanceo del puente, con la extraña armonía que une a la carne con el metal bien construido. La combinación de los mandos se grabó de manera indeleble en su cerebro, aprendió a simplificar y a realizar las combinaciones con menos tiempo y esfuerzo, hasta que se convirtió en una máquina integrada con las partes que manejaba.
Cuando le bajaron la comida, dirigió una sonrisa alentadora al pinche de cocina y fue comiendo a bocados, entre coordenada y coordenada que le enviaban desde arriba, mientras bailaba de un lado a otro de la sala para accionar los mandos. Al ver su confianza., el pinche le sonrió a su vez, e hizo chasquear alegremente los dedos. ¿A Venus con los mandos averiados? ¡Una bagatela!
Ignatz, sin embargo, tenía sus dudas, pero de momento nada parecía suceder que empeorase las cosas.
Así es que, esperanzado, dio un bocinazo... que fue respondido por un ladrido que salió de los tubos de la ventilación. El ventilador de salida seguía funcionando ruidosamente, pero la corriente de fresco aire acondicionado cesó.
Jerry preguntó por el teléfono:
—¿Qué ha sucedido?
—Una explosión de polvo en la Cámara de filtros, señor. Mucho me temo que hará falta algún tiempo para repararla.
Así fue, en efecto. A medida que transcurrían las horas, el calor procedente del motor se fue acumulando en la sala. La transpiración normal aumentó; Jerry sudaba a mares, y el sudor se le metía en los ojos y hacía sus manos húmedas y resbaladizas.
El hielo y el agua que le traían a intervalos le aliviaron algo, pero no hicieron disminuir la temperatura. Los mecánicos trabajaban ya en las tuberías de aire, pero el trabajo prometía ser muy largo. Ignatz se escurrió sin que nadie le viese por debajo de las tuberías tratando de descubrir la obstrucción, estuvo a punto de extraviarse y volvió sin haberlo conseguido.
Cuando el turno de veinticuatro horas tocó a su fin, Jerry se tambaleaba y maldecía el espantoso calor a cada segundo. Llevaba bolsas de hielo en distintos lugares del cuerpo, pero ni con eso conseguía combatir el calor. Los ventiladores funcionaban sin cesar, manteniendo una constante corriente de aire, pero este aire era abrasador. Jerry tuvo que ponerse gruesas plantillas de espuma de goma en los zapatos, y llevaba espesas manoplas de astronauta, pero aun así el calor procedente del piso recalentado y de las palancas de mando se filtraba hasta él. Unos cuantos grados más y sería ya insoportable.
De pronto la temperatura alcanzó un límite y no pasó de él. El calor que se irradiaba en la sala y el aire que expulsaban los ventiladores alcanzaron un equilibrio, y Jerry casi se acostumbró al calor y al rutinario cambio de bolsas de hielo; incluso el aire que respiraba pasaba antes por un filtro helado.
El teléfono zumbó y le llevó la voz del jefe.
—Una de las cámaras frigoríficas se ha recalentado a consecuencia de haberse fundido un cojinete. Tendrás que acostumbrarte a media ración de hielo.
—Muy bien —Jerry miró pensativo a Ignatz, y luego lo tomó y se lo echó al hombro—. Nos reducen el hielo, amigo. Ya sé que te gusta el calor, pero ahora tendrás que refrescarte. Vamos, muchacho, demuestra de lo que eres capaz.
Ignatz trató de excederse a sí mismo. Poseía el mejor sistema regulador de calor de nueve planetas, y lo puso en acción, tomando el calor que irradiaba el sudoroso cuerpo de Jerry y disipándolo en el aire. Jerry nunca comprendió cómo funcionaba aquel termostato viviente, pero sabía que Ignatz podía absorber el calor o irradiarlo con gran eficacia; a la sazón el zloath absorbía el calor por su placa ventral flexible y lo irradiaba por el lomo.
Jerry dejó escapar un suspiro de alivio.
—Estupendo, chico. Ya no nos hacen falta las bolsas de hielo.
Cerró un momento los ojos y se apoyó en las palancas de mando. Ignatz lo pinchó con el extremo agudo de su cola, para obligarle a volver al trabajo.
—No formamos un mal equipo tú y yo, amiguito —murmuró su amo—. Quizá saldremos de esta gracias a ti.
La barba postiza se le estaba cayendo en aquella atmósfera húmeda y calurosa, y él terminó de arrancársela, junto con la falsa cicatriz. El maquillaje había desaparecido hacía horas.
Pero las cosas empezaban a ir un poco mejor. El carguero seguía la órbita calculada, estaba bien equilibrado y requería muy poca atención hasta que llegasen a Venus. Jerry se hizo instalar un sillón aislado y se dejaba caer en él cuando el trabajo se lo permitía, mientras Ignatz esperaba a que sonase el zumbido indicador del teléfono u observaba atentamente los indicadores de alimentación, en espera de que estos se iluminasen. Ora quince minutos, ora veinte, después incluso una hora entera; el extenuado organismo de Jerry aprovechaba ansiosamente hasta el último minuto, empapándose de descanso y alivio como una esponja seca. Lo que más deseaba era que disminuyese aquel calor exasperante, que lo amodorraba.
Y de pronto, milagrosamente, una ráfaga de aire fresco susurró al salir por la rejilla del acondicionamiento, sacando a Jerry de su modorra.
—¡Lo han conseguido, Ignatz; ya lo han reparado!
Se estremeció lleno de contento bajo el chorro de aire frío, separándose inmediatamente de él, a pesar de lo delicioso que resultaba, pues temía los efectos de un cambio tan brutal de temperatura.
—Ahora no pienses mas en el calor, amigo; únicamente despiértame cuando haga falta.
La temperatura descendía regularmente, un grado cada cinco minutos, y la vida parecía volver a Jerry. Ignatz lanzo unos gruñidos de satisfacción y se dispuso a descansar. La regulación calórica que había ejercido representó un gran esfuerzo nervioso para él, obligándole a una agotadora disciplina mental; se alegraba de volver a la normalidad.
Le comunicaron a Jerry que habían recorrido ya tres cuartas partes de la ruta, y sólo faltaban quince horas para llegar... Pero aún les esperaba la parte más difícil de la tarea. En voz baja, Jerry hablaba consigo mismo, dándole órdenes a sus músculos como lo hubiera hecho con una tripulación de hombres, tratando de olvidar las intensas agujetas que experimentaba en todos los músculos del cuerpo, el fortísimo dolor de cabeza y la sensación de que un globo se inflaba dentro de su cerebro. Cinco horas más, y descenderían a través de la zona de mayor gravedad, en la cual habría que utilizar hasta el último eyector, debidamente equilibrado, en espera de que viniesen los remolcadores a hacerse cargo de la astronave.

Barclay, el jefe, bajó esta vez en lugar del pinche. Venía con semblante serio y preocupado, a pesar de que sonreía ligeramente... hasta que vio a Ignatz y la cara normal de Jerry. Entonces su mirada volvióse dura y lanzó un silbido.
—Ya lo presentía —dijo quedamente. Pero su voz era tranquila y su semblante no denotaba ira—. Eres un loco sin remedio, Jerry, aunque seas el mejor astronauta que jamás ha pisado la cubierta de una nave. Lo que has hecho aquí, junto con nuestra increíble mala suerte, tendría que haberme abierto los ojos. ¿Por qué lo has hecho... por Ana?
Jerry asintió y evitó que Ignatz huyese, al advertir la mirada que le dirigió el jefe.
—Por Ana —asintió.
Se abalanzó de nuevo hacia los mandos cuando el navegante le envió nuevos datos. Luego volvió y se enfrentó serenamente con el jefe.
—Bien, ¿y qué?
—No, nada —Ni un músculo se contrajo en la cara del jefe. —Lo que no comprendo es como tu mala suerte puede llegar hasta diez millones de millas y alcanzar otra nave. Bueno, quizás te lo explique más tarde...
Jerry se dejó caer inerte en el sillón, mientras el jefe le tendía una bebida. Observando sus manos temblorosas al levantar el vaso, la expresión del jefe se suavizó.
—Demasiado trabajo para un solo hombre, hijo Yo conozco bastante bien este sistema de mando. Quizá pueda ayudarte.
—Es posible. Ahora el trabajo es rutinario, señor Barclay. Lo único que tiene usted que hacer es equilibrar los mandos de alimentación y los estabilizadores giroscópicos. Esos de ahí.
Jerry se los indicó uno por uno, mientras Barclay hacía gestos de asentimiento.

—Dentro de cuatro o cinco horas tendré que encargarme yo nuevamente de los mandos. ¿Está usted seguro de poder hacerlo hasta entonces?
—Sí son sólo cuatro o cinco horas, sí —El jefe arropó con una manta al extenuado joven y luego se dirigió hacia las palancas de alimentación—. ¿No te ha parecido extraño que viniese en este viaje?
—No he tenido tiempo de pensarlo —repuso Jerry.
Barclay se puso en cuclillas sobre el bao, con los ojos fijos en los mandos.
—Yo no hago nada porque sí, Lord. Venus necesita minerales radiactivos... los necesita con gran urgencia. Pagan el doble por una carga de tres millones, precio de la Tierra, puesta en Hellas. Pero como te digo, la necesitan con urgencia, así es que hay que enviarla en un solo viaje. Ninguna compañía quiere asegurar semejante carga; el riesgo es demasiado grande. Y ninguna empresa particular la embarcaría sin estar asegurada.
—¿Y entonces usted qué hizo?
—Compré el mineral de radio en el mercado, lo hice introducir en secreto en el chocolate —no hubo un motín, pero pudiera haberlo habido— y vine en persona para inspeccionarlo. Tengo invertida en este cargamento toda mi fortuna. Si consigo arribar a Venus, la duplicaré; de lo contrario, no viviré para preocuparme por ello.
Se interrumpió, para proseguir después con la misma voz tranquila:
—Por esto podría matarte alegremente por haber obstaculizado este viaje. Pero no lo haré. Tengo mis razones para desear llegar a Venus lo antes posible. Si consigues que esta nave aterrice intacta o sin demasiados desperfectos sobre la superficie de Venus, una tercera parte de las ganancias será tuya... un millón de dólares, en dinero contante y sonante, a tu nombre en el banco que tú mismo elijas.
Ignatz lanzó un leve mugido y Jerry parpadeó. Pero se salió por la tangente.
—Antes se ha referido usted a mi mala suerte, diciendo que era capaz de alcanzar otra nave a diez millones de millas de distancia; y ahora me dice que tiene sus razones para desear llegar a Hellas cuanto antes. ¿Se trata de Ana?
El jefe asintió.
—Sí, se trata de Ana. Vi lo que sucedió desde la torreta. Al Burgundy se le averió una tobera de gobierno y tuvo que realizar un aterrizaje forzoso. Recibimos el comienzo de un SOS, pero cesó en seguida... probablemente la radio se averió a consecuencia del choque.
—¿Dónde fue?
—En latitud 78° 43' 28" sur, longitud 24° 18' 27" oeste. El SOS consiguió indicar algo acerca de dos montañas gemelas. ¿Sabes cuáles son?
—Los Senos de Minerva, en el centro de Desesperación. Yo acampé cerca del Seno norte. Es uno de los peores lugares de Venus, donde, a pesar del calor, la vida aún es posible.
—Exactamente. Hemos llamado a Hellas, por radio, pero en esa jungla tardarán semanas en encontrarle. Así es que si llegamos te espera un millón... y mi casa de New Hampshire, donde tu condenada mala suerte no perjudicará a nadie más que a ti... ¡Pero en cuanto a Ana, ni hablar!
Pero Jerry ya no era de este mundo, e Ignatz, acurrucado sobre sus rodillas, resolvió que lo mejor era dormir, pues todo parecía arreglado de momento.

Estaban tan sólo a ocho horas de Hellas cuando Ignatz se agitó y levantó la mirada. El jefe se movía con frenesí, con la frente fruncida por una arruga que denotaba su concentración, pero seguía tercamente a los mandos. El zloath volvió a despertar a su amo y Jerry se incorporó, sintiéndose algo más descansado. Ingirió una cápsula de cafeína y otra de estrignina, para mantenerse despierto, y dio una palmada en el hombro de Barclay.
—Debiera usted haberme despertado hace horas, señor. Permita que le reemplace; me siento fresco como una rosa —Esto era mentira y Barclay lo sabía—. Lo ha hecho usted muy bien, pero yo conozco mejor los mandos.
El jefe consiguió sonreír y trató de mostrarse despreocupado, dando incluso unas palmaditas a Ignatz, pero no se hizo rogar mucho para dejar el trabajo.
—No hubiera podido aguantar por mucho tiempo más —dijo—. Estos mandos son demasiado complicados para mi. Ya veo que tendré que ampliar mis conocimientos de navegación.
Jerry le dio las gracias.
—Usted ya sabe que yo no esperaba que nadie me relevase. ¡Pero no se crea que me preocupa lo que usted dijo sobre Ana!
—¿De modo que lo oíste? Mira, hijo, yo no tengo nada contra ti... siempre me has sido simpático. Pero si no te decides a librarte de ese animal y terminar con tu mala suerte...
Jerry se irguió, muy rígido.
—¿Librarme de Ignatz? ¡Ni hablar!
—Ya me figuraba que responderías eso. Así, no quiero saber nada contigo. Te repito que más bien me inspiras simpatía y que no tengo nada contra ti, pero no quiero correr riesgos innecesarios.
—Sí, ya se que no tiene usted nada contra mi, señor.
La puerta se cerró suavemente cuando hubo salido el jefe, y Jerry sonrió. Por un segundo brilló una chispa en sus ojos antes de que el dolor y los calambres que sentía en todo su cuerpo maltrecho la apagasen.
—¿Te das cuenta de cómo me ha relevado, eh, amigo? ¡Ni un amantísimo padre político lo hubiera hecho mejor!
«Aún no hemos aterrizado —pensó Ignatz—, y es posible que Ana tenga algo que objetar.» Su gruñido, que Jerry interpretó correctamente, expresaba grandes dudas. Pero su amo hallábase sumido en sus propios pensamientos.
Cuando los dedos de la gravedad venusiana se tendieron hacia ellos para aprisionarlos, el funcionamiento defectuoso de los estabilizadores se hizo notar más que nunca. Debido a la larga forma ahusada de la astronave, el centro de gravedad de la misma quedaba por encima de los cohetes y el viejo carguero parecía querer indicar que sería mucho mejor dar la vuelta y ponerse enteramente en manos de la gravedad; ésta apenas se notaba al principio, pero a cada milla que avanzaba su influjo se fue haciendo mayor, y la nave empezó a ladearse hacia el planeta de manera alarmante.
—Calma, amiguita —le suplicó Jerry—. Tenemos que hacerte girar hasta que estés de acuerdo con la rotación de Venus. Entonces te haremos bajar suavemente.
Consiguió dominar la nave hasta situarla en la nueva órbita, y realizó verdaderos milagros matemáticos en su cabeza a medida que le llegaban las nuevas correcciones de rumbo. Los navegantes se relevaban entonces cada media hora, mientras el capitán vigilaba su trabajo. Era necesario suministrar los datos muy de prisa y sin ningún error hasta que llegasen los remolcadores.

La nave descendió suavemente, siguiendo un gran arco que la llevaba hacia el polo sur, manteniendo Jerry su rumbo gracias únicamente al esfuerzo nervioso y a los estimulantes. A mil seiscientos kilómetros de altura, su velocidad relativa era de casi quince kilómetros por segundo, y su promedio de descenso de cinco. A ochocientos kilómetros de altura, la velocidad frontal se redujo para mantenerla en órbita, y el promedio de caída descendió hasta ser el de una elipse normal de aterrizaje. Por último penetraron en la zona crítica donde comenzaba el cojín de aire, donde la atmósfera era lo suficientemente densa para permitir que la astronave se sostuviese sobre sus alerones, y los estabilizadores emitieron nuevamente un agradable zumbido. A partir de entonces seguirían en órbita hasta hallarse sobre Hellas, donde los remolcadores se harían cargo de la nave.
—¡Tu condenada mala suerte! —dijo la voz furiosa del jefe por el auricular—. Acabamos de recibir un radio comunicándonos que los remolcadores se han declarado en huelga en Hellas. Tendremos que seguir en órbita hasta Perdición, al norte de Venus, en lugar de Hellas. ¿Podrás mantener la nave en rumbo?
—Creo que podré. Navegante, deme las coordenadas para la latitud 78° 43' 28" sur, longitud 24° 18' 27" Oeste.
—Pero, Perdición...
El navegante fue interrumpido por un estallido de cólera de Barclay.
Jerry gritó cansadamente:
—¡Cállense! No vamos a Perdición... ni a Hellas. Navegante, ya ha oído usted mis órdenes. Deme los datos que le pido, y procure no equivocarse. Si se asusta y se pone nervioso, nos perderemos todos.
—Pero los remolcadores están en Perdición.
—¡Que se vayan al infierno los remolcadores! ¡La haré aterrizar de cola!
Se oyeron sones inarticulados por el auricular, e incluso Ignatz escuchó cómo castañeteaban los dientes del navegante. El jefe vociferaba, diciendo que Jerry estaba loco, pero contuvo su ira y los tres hombres celebraron una consulta en voz baja, demasiado baja para oírse lo que decían. Luego resonó la voz de Barclay.
—Estamos en manos de un demente, pero nuestra única probabilidad de salvación consiste en darle los datos que pide. Estaremos todos muertos antes de que consigamos sacarle de sus trece. ¡Mira que recibir órdenes de Lord! —Entonces tomó el micrófono para hablar con Jerry—. Jerry, si vivo te haré trizas. Ni un solo aterrizaje sobre la cola entre tres sale bien con los mandos intactos. ¡Escucha la voz de la razón, hombre! Muertos, no seremos de ninguna ayuda para mi hija.
El joven navegante tomó el micrófono, con manó firme a causa de la desesperación, y empezó a suministrar datos con voz ronca y tensa. La astronave fue variando lentamente de rumbo, hendiendo las espesas capas atmosféricas. Finalmente el navegante comunicó el punto de destino, y Jerry enderezó cautelosamente la nave. Esta protestó ante aquel trato tan poco ortodoxo, pero a regañadientes respondió a los mandos.
—¡Cinco mil cuatrocientos metros, exactamente, sobre nuestro punto de destino! Reina buen tiempo, no hay viento... ¡Gracias a Dios, señor! Cuatro mil doscientos. ¡Tendrá usted que frenar la caída!
Ignatz rezaba con fervor a sus dioses de la selva y la ciénaga, pero éstos parecían estar muy lejos Y el suelo subía con alarmante velocidad hacia ellos, mientras la nave se balanceaba ora hacia un costado ora hacia el otro. Jerry saltaba como un loco ante los mandos; tenía los ojos vidriosos, le temblaban las manos al empuñar las palancas, pero conseguía hacer descender la nave, metro a metro, mientras su aterradora velocidad disminuía.
—Ciento veinte metros, terreno llano. Los chorros funcionan ahora, no podemos ver nada. Los instrumentos señalan 90-60. ¡Más despacio!
La nave pareció quejarse, gimiendo y crujiendo y se inclinó peligrosamente hacia un costado. Jerry cortó el gas para la caída libre, y la nave se enderezó. El chorro de gases surgió de nuevo con un ruido atronador.
—¡Doce metros... que Dios nos asista!
La pérdida de energía, aunque pequeña, fue de graves consecuencias. La nave estaba derecha, pero caía con demasiada rapidez. Parecía que frenaba de nuevo. Pero se balanceó de nuevo. Ignatz gruñó, al ver que Jerry la había puesto deliberadamente de costado para aterrizar horizontalmente... ¡a doce metros de altura! Los laterales no tenían bastante fuerza para sostenerla. La velocidad adquirida mientras giraba sobre su eje disminuyó, y la nave se enderezó. Jerry cortó el gas, se sujetó a un bao y se desmoronó. Ignatz se hizo un ovillo.
Todos tuvieron la sensación de que resultaban aplastados. Resonaron gritos de dolor. La nave osciló ligeramente antes de quedarse inmóvil. Y entonces reinó el silencio. Habían aterrizado. Jerry se levantó y palpó a Ignatz cuidadosamente.
—Eres un tipo resistente; no tienes ni un rasguño. Si yo no hubiese estado medio muerto de cansancio, esta caída desde tres metros de altura apenas me hubiera hecho daño; pero los demás deben de estar bien. Esta sección es la que ha soportado casi todo el choque.
Medio minuto después se oyeron gemidos y gritos por toda la nave. Jerry recogió a Ignatz del suelo.
—Vamos, amiguito, tenemos que ir a recoger algunas provisiones de boca.
La bodega de popa estaba abarrotada de un heterogéneo surtido de cosas para la comodidad y bienestar de los cazadores de esporas, y consiguió localizar una mochila preparada con toda suerte de provisiones, que podrían mantener a su portador durante tres meses sí éste podía soportar su peso. Se la ajustó cuidadosamente, comprobó que contenía el frasco de veverina, y se apoderó también de tres pares de calzados para el fango, una especie de cruce entre esquíes y canoas; la ligera armazón de berilio era capaz de sostener el peso de un hombre sobre el limo resbaladizo o el agua, permitiéndole avanzar a través de los lodazales sin hundirse en ellos.
—Durnall es lo bastante loco como para haberse metido en las ciénagas —dijo Jerry a Ignatz— Ese tipo ha sido siempre un cabeza de chorlito, así es que me llevaré tres pares de zapatos para el fango.
Se dirigió a la salida de emergencia, rompió el sello y la abrió. Asomando la cabeza, vio que se hallaba... ¡sobre el arenoso y llano campo de aterrizaje de Hellas!
La vieja nave mercante se había posado con limpieza en el centro de la dársena de cohetes, y la gente que la había visto u oído aterrizar, acudía en tropel. Los mecánicos trabajaban en la escotilla de la tripulación, que parecía haberse atascado nuevamente.
Unas fuertes manos se tendieron de pronto hacia él, arrastrando a Jerry hasta el suelo.
—Por aquí, amigo.
Tres cargadores del muelle le tenía bien sujeto, y sonreían mientras lo cacheaban en busca de un arma oculta. El que parecía mandarlos ordenó que lo llevasen hacia un helicóptero que esperaba.
—Te crees muy listo, ¿eh? —y dirigió una mirada despreciativa a Jerry—. Hay que madrugar mucho para pegársela al viejo Barclay. Nos avisaron por radio que intentarías subir por la salida de emergencia, y entonces fuimos a esperarte. Como ves, hemos preparado un bonito comité de recepción para ti. Ahora te llevaremos a un hermoso alojamiento.
Jerry dejó de jurar para preguntarles adónde le conducían. Los tres sicarios sonrieron de nuevo, mientras le sujetaban firmemente para obligarle a sentarse en el helicóptero. Obedeciendo a una seña del jefe, el piloto puso el motor en marcha, y se levantaron para dirigirse hacia las afueras de Hellas... pero en dirección opuesta a aquella en que se encontraba la cárcel.
—No te faltarán comodidades ni lujos, a ti y a tu mascota —dijo el jefe que mandaba a los otros dos—. El jefe te instala en una de las residencias particulares pertenecientes a Herndon, el director de nuestra sucursal. Dice que tienes que tomarte un buen descanso, en un sitio donde nadie vaya a molestarte... ni tú puedas ir a molestar a los demás.

Era inútil interrogar a aquellos matones, que probablemente sabían mucho menos que él. Jerry se recostó en silencio en su asiento, e Ignatz se enroscó a sus pies en espera de que al helicóptero le sobreviniese un accidente; pero ni siquiera la desgracia quiso sonreírles en esta ocasión.
Aterrizaron suavemente en el tejado de uno de los edificios de pisos de la compañía, y los tres hombres arrastraron a Jerry hacia la entrada del terrado, haciéndole cruzar después un vestíbulo y metiéndolo por último en un piso lujosamente amueblado.
—Como si estuvieras en tu casa —le invitó generosamente el hombrón que hacía las veces de jefe—. Como no es probable que Herndon aparezca de momento por aquí, el piso es tuyo. Verás que las paredes y puertas son de acero, las ventanas de transplón y las cerraduras de las que no se abren. —Desenchufó el visifono y se puso el instrumento bajo el brazo—. ¿Deseas algo más?
Jerry se encogió de hombros, calculando las posibilidades que tenía. Pero aquellos tres matones eran jóvenes, fuertes y estaban ojo avizor. Desechó aquellas ideas disparatadas que cruzaban por su mente.
—Podéis enviarme una mina de diamantes, o una docena de coristas.
—Esa es la especialidad de Herndon... las coristas. Le veré para hablar de ello. —Los matones sonrieron y se dirigieron hacia la puerta—. El jefe dice que mañana vendrá, probablemente.
La puerta se cerró y la llave hizo un clic inequívoco y desagradable en la cerradura.
Disgustado, Jerry se volvió hacia el dormitorio.
—A veces, Ignatz —murmuró—, empiezo a pensar que... —Se interrumpió al ver la expresión del zloath—. No he dicho nada, amigo. Calentaré un poco el fogón y tú podrás dormir en él esta noche. Ambos necesitamos un buen sueñecito.

El sol entraba a raudales por las translúcidas ventanas de transplón cuando Ignatz se despertó. Sus pesquisas le demostraron que su amo aún seguía dormido, y no sintió ningún deseo de despertarle. Murmurando con disgusto ante el mundo en general, se dirigió a la biblioteca para procurarse información acerca de la peculiar dolencia que parecía afligir a los humanos.
El diccionario definía el amor, y la enciclopedia daba una excelente versión médica y psicológica del mismo; pero ninguna de aquellas frases comedidas y racionales tenían ninguna relación con las idioteces que Ignatz asociaba con aquella emoción. Había otros libros con títulos llamativos que parecían indicar algo en ese sentido. Escogió tres al azar, los hojeó por encima, mugiendo y roncando fuertemente. Unicamente sirvieron para confirmar sus ideas preconcebidas sobre la cuestión, sin aclarársela mucho. Comparado con los personajes que aparecían en aquellos libros, Jerry era un hombre juicioso.
Sin embargo, los libros tenían otra utilidad. Ignatz los olfateó pensativo y comprobó que se había utilizado una cola muy fuerte para encuadernarlos. Como el diccionario y la enciclopedia le parecieron útiles, los volvió a poner en su sitio con cierta dificultad. Luego sacó de los estantes media docena de libros cuyos títulos indicaban que trataban de lo mismo y empezó a arrancarles las tapas metódicamente. Era una cola sabrosísima, que olía muy bien y era fuerte; era una lástima que el papel se empeñase en seguirla, pero Ignatz lo escupía sin comérselo. Por último, metió los restos del festín en el crematorio.
Con la panza llena y después de haber bien dormido, no le quedaba otra cosa que hacer sino explorar los alrededores. A veces aquellas habitaciones humanas resultaban interesantísimas. Probó un bote de vaselina, examinó el funcionamiento de una batidora eléctrica con cierto interés, y resolvió satisfacer su curiosidad sobre otra cuestión que le intrigaba desde hacía meses.

Jerry Lord se despertó con la dolorida barriga de Ignatz sobre su oreja, notando al propio tiempo varias sacudidas y rollos y el retintín de una extraña campanilla. Se frotó los ojos para despabilarse, con unas manos que ya volvían a ser seguras y firmes, y miro hacia abajo. No pudo contener la sonrisa:
—Ya te dije una vez que dejases en paz a los relojes despertadores, amigo. Este es de cuerda, y el hecho de que haga tictac en lugar de zumbar como los eléctricos, no te autoriza para ver lo que tienen dentro.
Ignatz había desmontado completamente el reloj. Jerry apartó la cola del zloath del resorte principal y de diversas ruedecillas dentadas, y desenroscó el muelle del despertador de su negro y luciente cuerpo. Realizada esta operación, ambos recorrieron sus dominios hasta convencerse de que era materialmente imposible huir del piso.
Jerry conectó el estereovisor mientras desayunaba, pero no pudo escuchar noticias; solamente los seriales acostumbrados de la mañana y piezas de música. Tomó un libro sobre motores cohete para matar el tiempo, mientras Ignatz conseguía abrir la espita del agua caliente en el baño y meterse en la bañera. Si el jefe hacía honor a su palabra, podía aparecer de un momento a otro.
Alrededor del mediodía, Barclay abrió la puerta y entró, dejando apostados a la puerta un par de guardaespaldas.
—¡Jovenzuelo alocado!
—Bonita jugarreta la que usted me gastó con sus datos falsos; yo estaba convencido de que aterrizaba en los Senos de Minerva. Bueno, le he salvado su condenado carguero.
—Si; ni siquiera se averió la radio. Es el mejor aterrizaje sobre la cola que he visto en mi vida, a pesar de que yo he hecho un par de ellos. —Sonrió ante la estupefacción de Jerry—. Sí, yo solía pilotar astronaves, en una época en que eso sólo podían hacerlo los hombres de pelo en pecho. Pero nunca probé un horizontal, aunque había oído hablar de ellos.
Sacó un sobre del bolsillo.
—Aquí tienes. Lo prometido es deuda. Una cuenta a tu nombre en la Comercial de Prospectores, abierta con un millón de dólares. Y la escritura de propiedad de la casa de New Hampshire, si es que alguna vez vuelves a la Tierra... lo que no harás en ninguna de mis naves. Ahórrate las gracias.
Jerry se lo tomó con filosofía.
—No tenía la menor intención de darle las gracias, porque lo he ganado en buena lid. —Metió el sobre en la mochila de explorador que había traído consigo—. ¿Qué se sabe de Ana? ¿Y cuándo podré salir de aquí?
—Lo he dispuesto todo para que puedas irte hoy. —Viendo la expresión de Jerry, movió negativamente la cabeza—. No a la cárcel exactamente... sino a la nueva casa de detención que han erigido desde la última vez que estuviste aquí; la utilizan para los borrachos y los comedores de hierba. Te hemos inscrito en ella en calidad de polizón que espera ser deportado, y yo he refrendado la acusación. Después de lo de anoche, no te quiero tener cerca de ninguna de mis empresas; no deseo que éstas empiecen a tener una racha de mala suerte.
—¿Bueno, y qué?
—Herndon se ha casado y anoche me dejó en la estacada... cuando yo más lo necesitaba.
—El que ha tenido mala suerte es usted, no él. —señaló Jerry—. Aunque supongo que le habrá despedido.
—Se despidió él... se dedicará a darse buena vida. —El jefe sonrió malévolamente—. Su mala suerte consiste en haberse casado con esa chica que baila en el casino con una anguila marciana de las arenas.
Jerry asintió; la había visto actuar, y sobraban las palabras. Trató de dirigir la conversación hacía Ana.
—Ya sabe usted que yo podría localizar el Burgundy en un par de horas si usted me dejase salir. No pasé dos meses en Desesperación en balde. Y en cuanto a Ignatz, todos están conformes en que allí trae buena suerte.
Barclay se encogió de hombros.
—Buena suerte para ti; esto es lo que yo temo. Tienes que saber que ya hemos localizado el Burgundy, y sin tu ayuda. Hemos enviado ya partidas de rescate con calzado para el fango en busca de Ana y Pete; el capitán estaba a las órdenes de mi hija y tuvo que dejarles marchar. —Su rostro se ensombreció por un momento—. No creía que Durnall fuese tan estúpido como para llevarla a pasear por las ciénagas, donde incluso la brújula está loca.
—Ya me lo temía. Se equivocó usted, señor, al hacerme aterrizar en Hellas y no en los Senos.
Barclay gruñó, sin replicar. Todos sabían que había tantas probabilidades de encontrar a su hija en la húmeda jungla cenagosa como la proverbial aguja en un pajar.
—Si hubiese creído que tú podías encontrarla, probablemente hubiera cometido la estupidez de dejarte ir. Mas vale que hagas el equipaje. Esos hombres te acompañarán a la casa de detención.
La prisión adonde le condujeron reunía bastantes comodidades y Barclay ordenó que se atendiesen a todas las necesidades de Jerry. Pero estaba lejos de Ana, más lejos que nunca. Empezó a medir con nerviosas zancadas la celda, hasta que Slim, uno de los matones le trajo la cena. El soborno ya había fracasado una vez pero lo intentó nuevamente.
El cancerbero sonrió.
—Aquí tienes la cena. Siento que esté pasada. Desde que tú ingresaste aquí este mediodía, las provisiones se han estropeado. Y tu cheque no es válido; la Comercial de Prospectores ha cerrado en espera de que llegue de la Tierra una nueva remesa de oro.
Ignatz gruñó, pero su amo no quiso dar su brazo a torcer.
—Pero cuando vuelvan a abrir podrás hacer efectivo el cheque.
Slim alzó los hombros.
—Mientras tengas allí tu cuenta corriente, no abrirán.
—Vamos, no irás a decirme que crees en esa paparrucha —dijo Jerry con voz no muy convincente.
—¿Que no? Mira, amiguito; desde que tú llegaste aquí, entre otras cosas me han comunicado que mi mujer ha tenido trillizos... ¡Pasarme eso a mí que no tengo dónde caerme muerto! No quiero saber nada contigo ni con tus cosas.
Dejó la comida en la celda y giró sobre sus talones.
Jerry lanzó una imprecación y llamó al carcelero.
—¡Espera, hombre! ¿Puedes llevar un mensaje a Barclay? Dile que sé cómo dar con el paradero de su hija. ¡Dile también que quiero verle mañana por la mañana!
Slim asintió hoscamente y se fue. Jerry se sentó ante la comida, negándose a responder los inquisitivos gruñidos de Ignatz. El zloath contempló a su amo mientras comía y luego le vio reanudar sus interminables idas y venidas por la celda, mientras fumaba incesantemente los acres cigarrillos venusianos. Recogió una colilla y mugió con curiosidad.
—Estoy nervioso, chico —le dijo Jerry—. Dicen que esos cigarrillos son calmantes... producen el mismo efecto que la pipa que me dejé en la Tierra. ¿Quieres probar uno? —Colocó un cigarrillo entre los cortantes labios de Ignatz, y lo encendió—. Ahora aspira, métete el humo en los pulmones y después expúlsalo. Así, muy bien.
Ignatz se tragó el humo y empezó a toser y a lanzar roncos mugidos, colmando de improperios a su amo. Sin embargo, experimentó una extraña sensación, y contempló pensativo el cigarrillo; a veces había que probar las cosas dos o tres veces para hallarles el gusto. Con cierto vacilación, recogió el cigarrillo con sus antenas y lo probó de nuevo, con mejores resultados esta vez. El humo no le produjo náuseas como la primera. La tercera prueba fue aún más satisfactoria.
—No abuses, amigo —le advirtió Jerry—. No sé cómo afectará el fumar a tu metabolismo; el alcohol no te produjo ningún efecto, pero esto pudiera producírtelo.
Ignatz apenas le oía, pero no se molestó demasiado en interpretar el sentido de aquellas palabras. Un agradable calor se esparcía por sus nervios y descendía hacia su cola. Había sido un estúpido al pensar que la vida era dura... era una juerga, esto es lo que era. Y aquella celda era muy hermosa, cuando se estaba quieta. Precisamente en aquellos momentos giraba en círculos a su alrededor; él trató de perseguir a las paredes en su loca rotación, pero desistió... giraban demasiado aprisa.
Jerry se reía, sin que Ignatz pudiese comprender por qué.
—Ignatz, estás borracho perdido. Y esa colilla te quemará los labios si no la escupes.
—¡Buuuh! mugió Ignatz. Desde luego, estaba un poco caliente; laboriosamente se quitó del labio la colilla encendida y la tiró — ¡Gulp! —. ¿Por qué la cola se movía sola de aquella manera? — ¡Upa! — Sí este era su deseo, no sería él quien se lo impidiera. Levantó la mirada hacia la Luna, que de manera misteriosa había abandonado la Tierra y se deslizaba por el techo de la celda. ¡Qué noche tan encantadora! haría una canción sobre aquella encantadora noche. Una canción encantadora.
Su voz de sirena para la niebla se convirtió en un tembloroso mugido, se elevó hasta convertirse en un atronador lamento, y cesó con un estallido semejante al que produce un cohete al partir. ¡Encantadora canción... encantadora! Jerry lo tapó con un almohadón tratando de hacerlo callar, pero sin conseguirlo. Si los demás detenidos querían dormir, él tenía que permitir que lo hiciesen. De todos modos, también armaban un tumulto considerable.
¿Quién quería dormir? La noche era demasiado bonita para dormir. Ignatz ejecutó una notable imitación de una sierra de vapor. Jerry renunció a hacerlo callar y se tendió a su lado, rezongando. Ignatz mugió en son de reproche a su amo, dio media vuelta y empezó a roncar ruidosamente.

A la mañana siguiente se despertó para ver como el guardián introducía en la celda al jefe en persona. Trató de descender de la litera, pero experimentó un dolor atroz en la cabeza, y volvió a dejarse caer lanzando un mugido de dolor. La noche anterior no se había sentido de aquella manera.
Jerry le sonrió.
—Es la resaca... ¿Qué te suponías? —Se volvió hacia Barclay—. ¿Así, aquel tipo le pasó mi recado?
—Me lo pasó. —El jefe no había dormido mucho, según podía colegirse por la expresión de su rostro—. Si tu plan requiere que te pongamos en libertad, no te molestes en exponérmelo.
—No hace falta que me ponga en libertad. Por experiencia he podido comprobar que es inútil tratar de hacerle cambiar de idea —Se apoderó con presteza del paquete de cigarrillos antes de que Ignatz tuviera tiempo de lanzarse sobre él—. Pero la inundación de fango semestral puede ocurrir de un momento a otro, y entonces Desesperación se convierte en un infierno. Tiene usted que sacarla de allí.
El jefe asintió; había estado pensando lo mismo. Prosiguió Jerry:
—Bueno. Un hombre es incapaz de localizar en esa región a cualquier objeto de menor tamaño que una astronave, pero un zloath sí puede hacerlo. Pues bien: a menos de cincuenta kilómetros al norte de los Senos de Minerva —en aquellos parajes el compás señala al sur sudeste, hay un poblado de semejantes de Ignatz a orillas de un pequeño lago. Han embalsado el Río Olvidado, construyendo sus casas sobre almadías, trabajando con sus antenas y sin disponer apenas de material en bruto. Cultivan algunas hierbas alimenticias en las orillas y disponen de una especie de molino para triturar el grano. Desde luego, no son humanos, pero estarán a nuestro lado si no nos presentamos allí como destructores. Actualmente están muy civilizados.
El jefe lanzó un bufido de desprecio y miró a Ignatz, que buscaba colillas afanosamente.
—¡Civilizados! Yo diría que son una especie de castores.
—Como usted quiera —Jerry estaba acostumbrado a la eterna posición del hombre elegido de los dioses... o tal vez los dioses eran los que habían sido elegidos por él—. De todos modos, han creado una especie de alfabeto y poseen animales domésticos. Lo que es más importante, yo les enseñé algunas nociones de inglés y harían lo que fuese a cambio de chocolate y cacahuetes.
Barclay pareció comprender la idea.
Quieres decir que envíe a alguien allí para que se ponga en contacto con ellos y les haga buscar a Ana, ¿no es eso? Parece bastante descabellado, pero estoy dispuesto a intentar lo que sea inmediatamente.
Jerry empezó a dibujar un tosco mapa.
—No pueden hablar con nosotros, pero cuando uno de ellos venga en busca de chocolate, eso querrá decir que la ha encontrado... Cumplen escrupulosamente los compromisos. Entonces, no habrá más que seguirlo.
El jefe tomó la nota y se dirigió a la puerta.
—Ya te comunicaré el resultado de esto —le prometió—. Si la encuentran, incluso estoy dispuesto a correr el riesgo de enviarte a la Tierra en una de mis naves.
Jerry gruñó y se volvió hacía Ignatz, que se retorcía sobre el camastro, con su cuerpo de cuarenta centímetros de longitud hecho un manojo de nervios.
Transcurrieron tres días lentos y aburridos antes de que Slim le trajese otra nota.
—Mr. Barclay te envía esto —le dijo lacónicamente.
Slim quería los menos tratos posibles con el jefe. Jerry se apresuró a abrirla, para encontrar estas breves palabras:
«Tres helicópteros, tratando de alcanzar tu maldito lago, se estrellaron. Hemos enviado equipos de socorro en su busca. No quiero saber nada más de ti ni de tus estúpidos planes.»
Jerry pasó la nota a Ignatz, quien la leyó sombríamente. Luego observó esperanzado como Jerry sacaba un cigarrillo. Viendo que volvía a meterse el paquete en el bolsillo y que estaba fuera de su alcance, lanzó un resoplido de disgusto y se retiró a un rincón, donde permaneció hosco y callado.
El silencio fue roto por una explosión que retumbó en toda la casa y la zarandeó como una paja flotando al viento. El piso se plegó extrañamente y la ventana de transplón se hizo pedazos, con un alegre crujido. El ruido cesó y Jerry se levantó del suelo, tomando a Ignatz en sus brazos después de haberse echado la mochila a la espalda. Sin perder el tiempo en frases inútiles, saltó hacia la ventana abierta.
Slim venía corriendo por el pasillo.
—El motor del acondicionamiento de aire acaba de estallar en el sótano —vociferó—. ¿Estás bien, Lord?
Cuando le vio a horcajadas en el alféizar de la ventana, se llevó la mano al costado, donde pendía su pistola de agujas, que sacó a medias. Metiéndola de nuevo en la funda, dijo:
—No quiero correr el riesgo de que me estalle en las manos. Estando tú presente, esto sería lo más probable. ¡Cuánto más tierra pongáis de por medio, mas tranquilo estaré!
Hay ocasiones en que una mala reputación tiene sus ventajas. Jerry saltó al suelo desde tres metros de altura, localizó a un helicóptero vacío y con la portezuela abierta en la parte trasera del edificio, y echó a correr hacia él. Se precipitó de cabeza en su interior cerró la puerta de golpe y se puso en marcha el motor cuando los guardias empezaban a salir en tropel. Ignatz miró el indicador de combustible y se quedó de una pieza al ver que estaba lleno el depósito.
Antes de que pudiesen apuntar la ametralladora del tejado, el helicóptero se elevó suavemente y empezó a adquirir velocidad. Jerry le hizo describir un semicírculo y se dirigió hacia el norte. La navecilla aérea atravesaba la atmósfera produciendo un tenue silbido. lidias quedó a sus espaldas, a ocho kilómetros empezaba la ciénaga de Hellonfire, tras la cual se extendía Desesperación.
—Sólo quiero que me dejes llegar a las ciénagas, amiguito —explicó Jerry al zloath—. No me metas ahora en líos.
Ignatz tenía sus antenas unidas en un apretado nudo, esforzándose mediante la concentración mental en atender al ruego de su amo.
Poco más de tres kilómetros antes de las ciénagas, el motor empezó a ratear, parándose y arrancando de nuevo caprichosamente. Jerry movió los mandos, pero la navecilla disminuía su marcha, avanzando a una velocidad variable. La línea de verdor de Hellonfire surgió sobre la tenue niebla en el mismo instante en que el motor se paraba definitivamente. Jerry apretó fuertemente las mandíbulas, tratando de mantener al helicóptero en un descenso planeado que les llevaría al otro lado de la franja de verdor. Pero el suelo ascendía con regularidad mientras la navecilla caía hacia la ciénaga.
Por el grosor de un cabello no chocaron con la enmarañada espesura de la ciénaga, y pasaron sobre Hellonfire. Y entonces el pequeño motor se puso nuevamente en marcha, ronroneando suavemente y los rotores giraron con regularidad en el aire, levantándoles con facilidad. Ignatz lanzó un suspiro de alivio y Jerry tendió una mano hacia él para hacerle una caricia. A partir de entonces, si la leyenda no mentía, la suerte había de acompañarles.
Así fue, en efecto. Se deslizaron sobre Hellonfire con toda felicidad, pasaron sobre los restos del primer helicóptero que había enviado el jefe, y siguieron avanzando. El compás empezó a oscilar y a moverse locamente, y Jerry se vio obligado a confiar en el sentido de orientación de Ignatz. El zloath indicaba con sus antenas la dirección en que se hallaba su poblado natal, y Jerry siguió confiando en sus indicaciones.
Hellonfire pasó bajo ellos, para ser sustituido por la enmarañada espesura de Desesperación. Mirando hacia abajo, vieron como avanzaba lentamente la crecida de fango que dos veces por año hacía la ciénaga aún más impracticable. Jerry movió la cabeza. Si Ana se encontraba allí, sólo podría descubrirla si se había situado en una eminencia del terreno. Batieron la zona situada entre los Senos y distinguieron el campamento temporal, donde tenían su base los buscadores de esporas. En aquellos momentos un grupo de hombres se dedicaba a desmantelarlo, pues todos se irían antes de que lo alcanzase la avenida de cieno.
Y entonces Ignatz mugió, y Jerry, mirando hacia tierra, vio el pequeño lago brillando bajo el helicóptero. Lo cubrían varias balsas flotantes, cuidadosamente dispuestas en hileras y cubiertas con una techumbre de ramaje dispuesta artísticamente. Entre las chozas y canales se veían moverse docenas de zloaths iguales que Ignatz. A orillas del lago, otros se dedicaban a apacentar a sus zihis domesticados, veinte veces más grandes que ellos. De vez en cuando, un mugido procedente de la orilla opuesta del lago era contestado desde la balsa mayor.
Jerry bajó los flotadores e hizo descender al helicóptero hasta que éste se posó suavemente sobre el lago. Ignatz se echó de cabeza al agua y se puso a nadar hacia la morada del jefe del poblado, llevándose consigo un paquete de chocolates herméticamente cerrado. Regresó cuando aún no habían transcurrido diez minutos, lanzando agudos mugidos, y con un pequeño envoltorio en la boca.
Jerry lo tomó. En el tosco papiro distinguió un dibujo de apariencia infantil que representaba a un hombre y una mujer sobre una estrecha balsa de la que tiraban dos zihis. Bajo el dibujo se veían un cuadrado blanco sobre dos cuadrados negros, y a un lado del dibujo aparecía una barra de chocolate de marca diferente a la que Jerry les había dado.
—Comprendo —dijo Jerry—. Eso quiere decir que se fueron un día y dos noches atrás, ella y Durnall. A cambio de chocolate les dieron zihis y una balsa. ¿Sabes qué dirección siguieron?
Ignatz mugió señalando al sudeste, hacia donde corría una lenta corriente secundaria que desembocaba en el Río del Olvido. Jerry elevó el helicóptero y se dirigió hacia allí, tratando de descubrir señales de ellos. Los zihis solían recorrer unos cincuenta kilómetros diarios, lo cual quería decir que debían de encontrarse a esa distancia. Aminoró la marcha después de haber recorrido unos ochenta kilómetros, al advertir que la corriente se estrechaba. Si esta terminaba antes de que hubiese conseguido descubrir a Ana, ello quería decir que entonces principiaría una búsqueda interminable, que probablemente no conduciría a nada. Después de salir del Pequeño Hades, ella podía haber tomado un centenar de caminos distintos.

Pero la vio antes de llegar al fin de la corriente y antes de que ésta se bifurcarse en docenas de pequeños tributarios. La joven se había detenido, probablemente para orientarse, y él vio como miraba hacía arriba al oír su motor y hacía frenéticas señas. Hizo descender al helicóptero en picado, deteniéndolo bruscamente a pocos metros de la balsa. Cuando ella dirigió los zihis hacía el aparato, Jerry abrió la puerta.
Durnall yacía sobre la balsa, cubierto por un poncho.
—¡Jerry Lord! —La voz de Ana era aguda, cansada; la joven tenía los ojos enrojecidos e hinchados por la falta de sueño—. ¡Gracias a Dios! Pete tiene las fiebres... las fiebres rojas... y no tenemos feberina en nuestro equipo. —Asió el frasco que él le tendió y obligó a Durnall a engullir tres tabletas—. Ayúdame a cargarlo a él y al equipo... ¡Y llévanos al hospital, pronto!
Jerry levantó a Durnall y lo colocó en la parte trasera del helicóptero con la mayor presteza. Ignatz, entre tanto, ordenaba a los zihis que volviesen al poblado con la balsa, mientras Ana recogía el equipo y se encaramaba en el helicóptero. Luego se dejó caer al lado del enfermo, cuya cara mostraba el color de ladrillo cocido propio de un caso avanzado de fiebre de los pantanos.
—Tu padre está preocupadísimo... y yo también lo estaba.
—¿Tú también? —Su voz era inexpresiva—. ¿Cuánto tardaremos en llegar al hospital, Jerry?
El interpelado se encogió de hombros.
—Unas tres horas, supongo.
Ignatz miró la cara de su amo y gruñó imperceptiblemente. Desde luego, Ana había estado vagando por las ciénagas durante días enteros, sola con Durnall, y los enfermos siempre terminan por conquistarse las simpatías femeninas. Rozó con sus antenas los tobillos de su amo.
—¿Cómo encontrasteis ese poblado? —le preguntó Jerry—. He intentado ayudarte por todos los medios, pues temía que la avenida de cieno te sepultase.
Ella le miró, pero siguió atendiendo a Durnall.
—Cuando no pudimos encontrar al Burgundy, recordé lo que una vez nos contaste acerca del modo cómo conseguiste llegar a ese poblado cuando te extraviaste. Nos dirigimos hacia el lugar donde tú dijiste que señalaba la brújula y llegamos allí, donde permanecimos hasta que conseguí hacerme entender por ellos. Entonces les ofrecí algunos víveres a cambio de su balsa y sus animales. Gracias a lo que tú nos contaste, hubiéramos conseguido salir de aquí si Pete no hubiera contraído las fiebres; en cuanto a mi, tuve suerte de no pillarlas.
Durnall gemía y se agitaba incesantemente, y ella volvió a concentrar su atención en el enfermo. Jerry se inclinó sobre los mandos y siguieron volando en silencio hacia el sur, en dirección a Hellas, viendo como Desesperación se convertía en Hellonfire.
Acababan de salir de las ciénagas, y él se volvió hacia Ana para asegurarle que ya casi estaban llegando.
Pero tuvo que volver bruscamente la cabeza. El rotor, que hasta entonces había estado girando suave y regularmente sobre sus cabezas, daba extrañas sacudidas y alteraba el ritmo del motor. Ignatz se encogió gimiendo y tratando de evitar la mirada de su amo. Una de las palas del rotor se había roto, y las otras estaban desequilibradas y se movían desordenadamente. La navecilla bajaba con excesiva velocidad. Jerry paró el motor, y trató de aminorar la caída, sin conseguirlo. Accionó la palanca que hacía salir la almohadilla de choque, y un colchón de caucho surgió detrás suyo, destinado para salvar a los pasajeros en caso de una colisión en la niebla. Antes de que pudiese accionar la palanca que hacía surgir la almohadilla protectora del piloto, el helicóptero chocó de proa en el suelo.
Ignatz vio como su amo se precipitaba sobre los mandos, y entonces algo rasgó el cuerno que el zloath tenía en el hocico, y unas estrellitas brillaron a su alrededor. Luego cayó sobre él una cálida negrura.

Nadaba a través de una gris neblina, trató de mugir y no lo consiguió. Cuando abrió los ojos, vio que tenía el hocico envuelto en metros de gasa, y Jerry lo miraba sentado en la cama.
—Has sufrido una grave operación, amigo. El doctor dice que tuvo que extirparte la mitad del cuerno, pues lo tenías hecho astillas. Me has ganado por medio día, aunque el médico dice que he estado cuarenta y ocho horas sin sentido. —Se agitó en el lecho—. Aún estoy bastante entero, a pesar de un par de huesos rotos y un chichón regular en la cabeza.
Ignatz paseó lentamente la mirada en derredor, dándose cuenta, por sus tardías reacciones, de que le habían administrado drogas. Estaba en una pequeña estancia, en una cama que era una réplica en miniatura de la de Jerry. Pero aquello no parecía un hospital.
Jerry sonrió.
—Temieron que tu presencia originaría alguna catástrofe en la ciudad, y como yo no dejaba de llamarte a gritos, nos instalaron a los dos aquí, en una finca que posee el jefe en Hellonfire, casi junto al borde de esta región. Esperaba que te trajesen aquí para recibir las primeras visitas. —Levantó la voz— ¡Oiga, enfermera! Ya puede decirles que entren.
Al pronunciar estas palabras la puerta se abrió de golpe y el jefe entró como una tromba.
—Bueno, ya era hora. Te veo tan campante como siempre.
—Sí, ya estoy bien y a punto de volver a su preciosa cárcel.
El jefe se mostraba muy risueño.
—Esta vez, no. Tengo otros planes para ti. ¿Aún conservas la escritura de propiedad de la casa de New Hampshire? Muy bien. Pues verás, tendrás que devolvérmela y a cambio te daré otra por la que serás propietario de esta casa, situada en las ciénagas. Aquí tu mascota resulta inofensiva. Y te aconsejo que inviertas tu capital en acciones nuestras.
—¿Así, no quiere enviarme de nuevo a la Tierra? ¿Tiene miedo que su nave se estrelle?
Barclay movió negativamente la cabeza.
—No es la nave lo que me preocupa. Lo que me preocupa es la falta de director para esta sucursal. Tú lo serás... si el empleo te interesa.
Jerry se tomó esta declaración con la mayor flema.
—¿Qué se propone usted?
—Nada. Con buena o mala suerte, hay que reconocer que siempre sales con la tuya, y además, conoces los cohetes como nadie. Esto es precisamente lo que yo necesito, descarado cachorrillo. Limítate a tener aquí a tu mascota, y todo irá como una seda. —Se levantó de repente—. Tienes otra visita.
—No olvide usted lo que dije sobre... —empezó a gritar Jerry.
De pronto la vio a ella de pie en el umbral.
—Hola, Jerry. ¿Ya estáis los dos juntos otra vez? —Ignatz gruñó, mientras Jerry la miraba boquiabierto antes de decirle:
—¿Y Durnall?
—Está perfectamente. —Ana tomó una silla y se sentó junto a él, extendiendo ambas manos en actitud implorante. —Ahora que estás sano y salvo, no pensemos más en él. Pete no es mal chico, pero no me gustan los tipos temerarios capaces de meterme en atolladeros como este de que acabamos de salir, aunque la mitad de la culpa haya sido mía.
Jerry tardó un rato en asimilar aquellas palabras mientras Ignatz maldecía sus vendajes. Había llegado el momento de escabullirse hacia sus ciénagas, de donde Jerry no volvería a cometer la equivocación de sacarlo otra vez. Comprendía que su amo no podía causar más desastres, si asumía la enorme responsabilidad que representaba aquel nuevo cargo. Pero los vendajes lo mantenían completamente inmovilizado.
Ana acercó a sí la camita y acarició suavemente el lomo de Ignatz.
—Tú tendrás que vivir aquí, desde luego y trasladarte al trabajo en helicóptero, pero yo cuidaré de Ignatz en tu ausencia. Le debemos muchas cosas, y tenemos que pagárselas.
—Yo... —Jerry miró a Ignatz—. Ya sabes lo que piensa tu padre de él.
Ella sonrió con picardía.
—Papá ya lo ha previsto todo. Mira, he traído algo en mi mochila, y cuando supo que yo quería que se quedase con nosotros, se rindió.
Hurgó en el interior de un pequeño zurrón, por cuya boca no tardó en asomar la cabeza negra como la endrina de otro zloath.
—Os presento a Ichabod.
Jerry tragó saliva.
—Bueno, estaré...
Y de pronto sintió una urgente necesidad.
Ignatz se moría de ganas de fumar un cigarrillo, pero a pesar de ello lanzó un breve resoplido y apartó la cabeza para no mirar.


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