MISIÓN EN VENUS
Por J. T. McINTOSH

La astronave averiada descendía ululando hacia Venus, en posición vertical, girando lentamente sobre su eje, con sus toberas de eyección silenciosas. Los grises jirones de las nubes se retorcían en torno a sus aletas, para ascender en tiras temblorosas por sus brillante costados. Junto a la portilla de proa, Warren Blackwell esforzaba la vista tratando de atravesar aquella atmósfera gris e hirviente, pero conocía la atmósfera venusiana y sabía que estaba perdiendo el tiempo. Vería el suelo cuando la nave estuviese a quince metros del mismo, y entonces ya seria demasiado tarde.
La puerta de la sala de mandos se abrió, y entró la joven que— durante las comidas se sentaba frente a él en la mesa.
—Me envía el capitán por si puedo ayudarle —le dijo.
—Y también para librarse de usted.
Ella sonrió forzadamente.
—Sin duda.
—¿Cómo se llama usted? —le preguntó él
—Virginia Stuart, pero puede usted llamarme Virginia a secas. No nos queda mucho tiempo para perderlo en formulismos, ¿no le parece? Usted es Blackwell, ¿verdad?... El famoso Blackwell.
—Si se refiere usted al que ganó todas esas medallas, en efecto, soy yo. ¿Cuántos quedan?
—¿De la tripulación? El capitán y el segundo oficial. Y el capitán no está muy bien que digamos. Pronto empezará a sufrir los efectos de la radiación.
Warren la observó y llegó a la conclusión de que la joven podría soportar la verdad.
—Vuelva y haga salir a uno de ellos —le ordenó—. Sólo hará falta uno para que dé toda la potencia que nos queda cuando yo dé la señal. Pero tenemos que disponer de un hombre. No quedan muchas probabilidades de salvación, fuera de ésta.
—Comprendido —dijo ella—. ¿Funciona el teléfono?
—No. Sólo la alarma.
Ella asintió y se fue. Warren escrutó de nuevo las nubes grises. Iba como simple pasajero en el Merkland, pero se contó con él cuando la nave empezó a quedarse sin gobierno a causa de un escape de energía. Sabía mas sobre Venus que cualquiera de los miembros de la tripulación. Aunque eso poco importaba en realidad. Lo único que él podía hacer en aquella coyuntura era quedarse donde estaba y hacer sonar la alarma cuando viese el suelo. Entonces, en el fondo de la nave, quienquiera que quedase con vida accionaría los cohetes de frenado, y contando con la suerte la nave aterrizaría bruscamente pero incólume. Aunque para eso haría falta mucha suerte.
Los que quedaban abajo tenían muy pocas esperanzas de salvación. Warren, en la proa, era el que más probabilidades tenía de salvarse después de los restantes pasajeros, encerrados en la bodega en el centro de la nave. Ninguno de los demás pasajeros le hubiera servido de mucha ayuda, y al parecer el capitán les eligió a él y a la muchacha como a los únicos que podían serle de utilidad en aquel grave momento de apuro. El capitán parecía ser un hombre animoso y competente. Pudiera haberse quedado en la proa, de haberlo deseado, dejando que los demás se las entendiesen con el escape de radiación. Pero sabía que únicamente él o algún otro miembro de su tripulación sabía manejar los cohetes, y que era de una importancia vital que éstos se disparasen en el momento exacto requerido.
La joven volvió acompañada esta vez del propio capitán Morris.
—Calculo que estamos a seiscientos metros de altura, Blackwell —dijo Morris—. ¿Cree usted que estoy en lo cierto?
Virginia no había exagerado al hablar del estado del capitán. Este se hallaba en el último grado de envenenamiento por plutonio. Warren se dijo, con cierto cinismo, que nada impedía al capitán dárselas entonces de héroe, porque ya podía considerarse un hombre muerto. Pero Warren estaba acostumbrado a la muerte. Las hileras de galones que guardaba en su equipaje lo proclamaban muy alto.
—No he volado mucho sobre Venus —admitió—. Es un sitio muy poco frecuentado. Yo diría que aún estamos muy altos, y que descendemos en una larga parábola. Pero no me haga usted mucho caso.
El capitán se dejó caer pesadamente en una de las sillas de pilotaje. Temblaba de un modo incontenible, pero al descansar su temblor disminuyó.
—Creo que podremos hacer funcionar los chorros durante cinco segundos —dijo—. A la velocidad que llevamos, eso quiere decir que debemos hacerlos funcionar cuando estemos a cuarenta metros de altura.
Warren movió negativamente la cabeza.
—En la superficie del planeta, se puede ver hasta cuarenta metros de distancia. Pero no hacia abajo. A veinte metros de altura ya no se ve nada, pues la niebla se hace más espesa.
—Por eso mismo he venido a verle. Estamos en sus manos, Blackwell. Usted es el hombre que conoce mejor esas corrientes de todos cuantos estamos a bordo. Tendrá usted que hacerlo a ojo. Los instrumentos no tienen precisión a tan corta distancia, y si esperamos a ver el suelo ya será demasiado tarde. Alguien tiene que calcular a ojo. Y ese alguien tiene que ser usted.
Warren asintió. Morris se puso trabajosamente en pie. Al llegar a la puerta se detuvo, antes de decir adiós.
Warren quedó a solas con la joven.
—Mire por dónde se le presenta la ocasión de ganarse otra medalla —le dijo ella.
—Maldita la falta que me hacen las condecoraciones. Cuando terminó la guerra venusiana, creí que ya se habían acabado los peligros para mi.
—El riesgo no le abandonará nunca. El peligro sigue a los valientes a todas partes.
—Es posible —murmuró Warren—, pero yo no soy un valiente. Nunca lo he sido.
La joven abrió mucho los ojos, pero guardó silencio. Nunca había visto a Warren Blackwell antes de este viaje. A decir verdad, no le había conocido oficialmente aún, hasta que se presentó ella misma unos minutos antes. Pero como todo el mundo, leyó relatos de sus hazañas durante la guerra. Sabía que era un hombre al que su vida le importaba tan poco como a un millonario la moneda de diez que pudiese encontrar en su zapato. No se trataba únicamente de un hombre de suerte, o tan listo que sabía soslayar los más graves peligros. Le hirieron docenas de veces y fue capturado en dos ocasiones. Y nadie había conseguido escapar de manos de los grises ni una sola vez. Dejaba de aparecer en los titulares durante un par de meses, o sea durante el tiempo que permanecía reponiéndose de sus heridas. Luego su nombre aparecía de nuevo acompañado del relato de otra gesta, que hacía pensar a todos que lo único que buscaba aquel hombre era la muerte.
¿Sería verdad?, se preguntaba Virginia, mirándole mientras él atisbaba por las gruesas ventanas de cuarto. ¿Le había importado tan poco la vida que su valor no había sido más que resignación? Ella había leído en alguna parte que fue un niño expósito, y también le parecía recordar que estuvo en un reformatorio. Pero semejantes detalles se silenciaban al narrar la vida de un héroe.
No, no era verdad, decidió. El hombre que tenía enfrente amaba apasionadamente la vida. Lo veía en la manera como todo él se concentraba en el problema que tenía que resolver. No trataba de salvarla a ella ni a los demás. De haber sido así, se hubiera mostrado frío y tranquilo. Trataba de salvarse a sí mismo... y a todos ellos de propina.
El se arrancó a su contemplación y se apartó de la ventana.
—Aún faltan unos minutos —dijo— y si sigo mirando me pondré nervioso y daré la señal antes de tiempo. ¿Por qué no me obsequia usted con un strip-tease para pasar el rato?
—Este no es momento para bromas de esta clase —dijo ella seriamente.
Él la observó pensativo y comprendió que había descendido en la estima de Virginia. Tan fácil era perder la admiración y el respeto ajenos.
Virginia era una muchacha fuerte y enérgica, de aspecto obrero y no muy linda. Pero ella era lo suficientemente hábil para hacerse también atractiva, sino por otros por los mismos motivos que pueda tener el hombre que no desea salir ni ver a nadie, pero a pesar de eso se afeita y se peina cuidadosamente. Llevaba unos pantalones negros y una gruesa blusa azul, y aunque su atavío no sugería una figura particularmente atractiva, tampoco excluía la posibilidad de que la tuviese. Su cabello era castaño claro y su cara joven y decidida. Sus facciones eran agradables, y aunque tenían demasiado carácter para ser hermosas, poseían cierta elegancia sutil. Era una lástima ver morir a una mujer como aquella, pues era de las que no abundaban.
—¿A qué se dedica? — le preguntó él.
—Me he dedicado a muchas cosas. Actualmente trabajo al servicio del Gobierno.
—¿De qué gobierno?
—De la ONU. No hay nada Secreto en ello. Soy... Se interrumpió cuando Warren se volvió para mirar por la ventana.
—Empiezo a tener la vaga idea de donde nos hallamos —murmuró—. Debemos de estar más o menos sobre la Floresta Normanda. Aunque hemos descendido oblicuamente largo rato. Casi hemos entrado en una órbita. Quizás hemos dejado atrás los Montes Normandos, en cuyo caso... —su voz se perdió en un murmullo—. ¡Ahora hay que dar la alarma!
Virginia no se hallaba preparada. Su mirada vio como la mano de Warren oprimía con fuerza el botón, luego miró rápidamente hacia la ventana, para observar un súbito claro en la niebla gris, un relámpago cegador y el atisbo de una masa negra que giraba en el exterior, mientras el suelo se alzaba hacia él. Comprendió que, ya fuese por suerte o por adivinación, Warren había escogido el momento exacto hasta la décima de segundo.
El choque la aturdió, pero no llegó a perder el conocimiento del todo. Warren, sí. Vio como se precipitaba hacia la ventana y lo sujetó por un tobillo. No consiguió detenerlo, pero chocó contra la portilla de cuarzo con menos fuerza. Virginia oyó rechinar el metal sobre la roca, hasta que el chirrido se hizo tan insoportable que ultrapasó lo que su oído podía captar, y dejó de oírlo.
Entonces, poco a poco, comprendió que la nave estaba en el suelo, probablemente tan segura como podía esperarse. Miró al exterior pero sólo vio una niebla gris y un terreno oscuro. Había estado en Venus en otra ocasión, pero nunca salió al exterior, fuera de las ciudades cubiertas de cúpulas. Y, sin embargo, sabía que era de día, a pesar de que no había más luz que la que reina en la Tierra una noche de luna con niebla. La visibilidad no era superior a los cuarenta metros, que era la máxima que se podía conseguir en Venus.
Warren empezaba a moverse. Volvió en si, como ella esperaba que lo haría, tranquilamente, sin hacer nada antes de haber mirado a su alrededor.
—Usted evitó que me estrellase contra la ventana —dijo—. Algún día le devolveré este favor.
—Ya lo ha hecho. Nos ha hecho aterrizar felizmente.
Él se levantó tambaleándose.
—Vamos en busca de los otros —dijo.
Por acuerdo tácito fueron primero en busca del capitán. Pero éste, el segundo oficial y los demás miembros de la tripulación que no hubiesen muerto ya antes del aterrizaje forzoso, estaban aplastados e~ lo que había sido la sala de motores, convertido ahora en un envoltorio liso de acero, totalmente aplanado. No podían hacer nada por ellos, lo cual casi era preferible. Bajaron a la bodega y abrieron la puerta.
Dadas las circunstancias, el aterrizaje podía haber sido mucho peor. De las quince personas que contenía la bodega, siete aún vivían, a pesar de que dos de ellas jamás recuperarían el conocimiento. En realidad, todos hubieran estado más seguros en la proa con Warren y Virginia, pero nadie podía haberlo supuesto.
Warren pasó a ocuparse de ellos, haciendo caso omiso de sus gemidos y gritos de espanto. Tampoco prestó la menor atención a los muertos. Poco importaba ya que éstos estuviesen incólumes o hechos papilla. Eran los vivos quienes importaban. Waters, el actor, sangraba por la boca y los oídos de una manera que indicaba que aún vivía. Su mujer respiraba, lo cual era espantoso, porque sin duda se había fracturado la base del cráneo.
Los cinco restantes estaban ilesos o sólo habían recibido ligeros rasguños y contusiones. Afortunadamente el doctor Williamson estaba entre los ilesos y dispuesto a actuar. De pie a su lado, al parecer únicamente aturdido, se hallaba el viejo Martin, que a pesar de sus noventa años había soportado el choque como los mejores. En el suelo se agitaban otros tres pasajeros y Smith, con una muñeca fracturada, parecía ser el más malherido, aunque las que gritaban y lloriqueaban más eran las mujeres.
Apenas podía culparse por ello a Mrs. Martin, porque ella, como casi todos los que ocupaban la bodega, había perdido la mayoría de sus ropas a consecuencia de la onda de choque que barrió la sala, y probablemente chillaba más que por otra cosa, por el hecho de encontrarse medio desnuda en público a sus setenta y cinco años de edad. Pero la artista de variedades, cuyo nombre Warren desconocía, gritaba únicamente porque esto era lo que solía hacer siempre que ocurría algo. Warren había conocido a otras chicas como aquella en ocasiones anteriores, y no se dejaba impresionar por ellas.
Ante las pruebas de que una onda de choque había recorrido la bodega, Warren se apresuró a mirar a su alrededor, olfateando el aire. Pero la nave era completamente estanca. No se oía el silbido que produce el aire al escaparse, y la presión era alta... demasiado elevada, en realidad. Quizá se abrió una grieta en el casco, obturada inmediatamente debido al propio peso e impulso de la nave. Las paredes interiores y mamparos presentaban grietas y hendiduras, pero los mamparos no eran tan fuertes como el casco resistente.
—¿Se encuentra bien, doctor? —preguntó al galeno—. En ese caso, encárguese usted de atender a los heridos.
—No creo que haya mucho que hacer —dijo Williamson haciendo una mueca—. Al menos en mi opinión.
—Vamos, no se haga el modesto —le dijo Warren. El doctor le miró sin comprender, y Virginia dirigió una mirada de reprobación a Warren. Había vuelto a perder puntos ante ella, se dijo este último.
La artista de variedades se agarró a sus solapas y empezó a chillar:
—¡Sáqueme de aquí! ¡Quiero salir!
—¿Ahí fuera? —le preguntó él fríamente—. Moriría usted en ocho horas. Pero mucho antes de eso los grises le habrían echado el guante.
Sin escucharle, ella siguió gritando:
—¡Sáqueme de aquí!
Su vestido tenía un atrevidísimo y espectacular escote que parecía abierto por la onda de choque, pero era natural. Ni siquiera se había despeinado. Estaba completamente ilesa y era muy bonita, lo cual era una verdadera lástima, se dijo Warren, tratándose de aquella cabeza de chorlito. Personas que valían muchísimo más que ella habían perecido en el accidente.
Virginia la apartó de él con suavidad.
—Antes dijo usted algo acerca de los Montes Normandos. ¿Sabe usted en qué lugar del planeta hemos caído?
—Se trata de una simple conjetura —admitió él—, pero creo que sí. Si mis presunciones son exactas, creo poder decírselo con toda seguridad.
—¿Cómo es eso?
—Estamos tendidos sobre una ladera desnuda, formada de tierra blanda. Pero antes la nave chocó contra la roca, y si caímos verticalmente, poco faltó para que aterrizásemos en el bosque. Eso quiere decir que estamos en una estrecha faja de terreno situada de treinta a cincuenta kilómetros de la Ciudad Cuarta... Cicuarta para abreviar.
—¿Y qué probabilidades tenemos de salvarnos?
El miró a los demás pasajeros, que a la sazón guardaban silencio y le escuchaban atentamente, pendientes de sus palabras, incluso la artista de variedades y Mrs. Martin, el marido de la cual la había envuelto en su chaqueta. De nada servía ocultárselo. Era mejor decirles la verdad de una vez.
—Tenemos mayores probabilidades de salvación ahora que cuando caíamos —dijo midiendo sus palabras—. Pero haría falta una regla de cálculo y muchas cifras para demostrarlo.
Reinó un momentáneo silencio mientras ellos trataban de comprender el significado de esta frase Entonces la artista de variedades se abalanzó sobre él, chillando y arañándole la cara, como si le hiciese responsable del aprieto en que se hallaban.
Virginia sujetó el brazo de Warren cuando éste apartaba de sí a la artista, sin demasiada suavidad, y se lo llevó a un lado.
—Vamos arriba para pasar revista a la situación —le dijo—. Warren sonrió. Era probable que la opinión que la joven se había formado de él fuese cada vez más pobre, y probablemente aún lo sería más antes de mucho tiempo, pero después de todo él era el único con quien ella podía hablar en serio. La salvación de todos dependía únicamente de ellos dos.
Ella le precedió a la sala de observación.
—No es posible que la situación esté tan mal como usted ha dicho.
—¿Por qué no?
—Estoy segura de que nos habrán visto caer. Probablemente se organizará una búsqueda. O en el peor de los casos, alguno de nosotros podrá llegarse hasta la ciudad, si ésta sólo está a treinta kilómetros.
—No me gusta ser deliberadamente pesimista —dijo Warren—. Yo también quiero vivir. Pero examinemos la cuestión desde el comienzo. El capitán corroboraría mis palabras si estuviese aquí. En primer lugar, no pueden habernos visto desde Cicuatro. No descendimos sobre esa ciudad: nos dirigíamos más o menos en su dirección. Y si no pueden ver a un meteoro llameante a ocho kilómetros, ¿cómo quiere usted que nos vean a treinta? El radar no sirve para nada en este caldo, que lo inutiliza como si fuese agua. Y los sismógrafos tampoco son de ninguna utilidad, porque hay tantos terremotos en Venus, que las ondas de choque producidas por nuestro impacto sobre la superficie no llamarán la atención de nadie.
»En segundo lugar, nuestro punto de destino era Nueva París, en el hemisferio opuesto de Venus, y cuando dentro de veinticuatro horas se inicie una búsqueda, se concentrará de momento en esa región. Poco más o menos, tendrán que transcurrir seis meses antes de que descubran nuestra astronave. Piense usted que tienen que explorar el terreno palmo a palmo. Para vernos, un helicóptero tiene que estar a tiro de piedra de nosotros.
La joven le miró fijamente.
—Pero cuando hay un aterrizaje forzoso, se consigue recoger a los viajeros antes de que el peligro aumente... aunque la nave esté destrozada y ellos tengan que respirar esa atmósfera venenosa. Yo siempre supuse que lo único verdaderamente peligroso era el aterrizaje.
—Por lo general, así es —dijo Warren cariñosamente—. Pero tampoco suele suceder que la radio se estropee primero... antes que la astronave. La nuestra se averió antes. Así es que nadie sabe donde estamos.
—Comprendo... pero no podemos esperar seis meses. Dentro de una semana estaremos todos muertos. Estas naves no suelen llevar muchas vituallas.
Él asintió.
—Poco más o menos, así es.
Ella se encogió de hombros.
—Pues entonces no nos toca otro remedio que ponernos en camino hacia Cicuarta.
—No cuente usted conmigo para eso. Si tengo que morir, prefiero morir aquí.
Virginia le miró, sorprendida.
—La verdad, no le entiendo. ¿Es usted un héroe o no es usted un héroe? Ha hecho cosas mucho más arriesgadas que este simple paseo hasta Cicuarta. Le han condecorado por ellas.
Él sonrió tristemente.
—Es usted la que no me entiende. Ya le dije que yo no soy un héroe. Antes de la guerra era un Don Nadie. Probé varias profesiones y fracasé en todas ellas. Intenté cometer dos o tres crímenes, y también fracasé. Cuando estalló la guerra me dije que aquella era mi última oportunidad. En la paz sólo podía esperar morirme de hambre o dar con mis huesos en la cárcel. Entonces se me ocurrió la idea de hacer pagar caros mis servicios. Así fue como me convertí en un héroe profesional. La vida me importaba un rábano. Pero estaba seguro de que si no moría en la guerra, al término de ella no me faltarían los buenos empleos. Los hombres no suelen ser agradecidos por mucho tiempo, ya que son muy olvidadizos, pero una colección de todas las medallas que se pueden conceder a un hombre no dejaría de ser una recomendación después de la guerra, me decía. Y estaba en lo cierto. Pude elegir el empleo que más me gustaba. Ingresé al servicio de una empresa importante y las cosas no me han ido mal.
»Reconozco que durante la guerra fui un héroe, pero si entonces arriesgué mi pellejo, fue para comprarme una vida digna. La compré y pagué por ella un elevado precio. Pero esa clase de juegos sólo se pueden hacer una vez. No estoy dispuesto a arriesgar todo lo que he conseguido tratando de llegar ahora hasta Cicuarta. De acuerdo, conozco a los grises, conseguí engañarles una vez. Pero eso fue entonces. Ahora prefiero quedarme aquí esperando la remota probabilidad de que me rescaten, antes que ponerme de nuevo en sus manos.
Ella le miró fijamente durante largo rato. Luego movió la cabeza y murmuró:
—Quizá me equivoque al afirmarlo, pero aseguraría que usted antes no era así. Ha perdido usted su energía; se ha vuelto blando y acomodaticio.
—Reconozco que sí. Arriesgué mi vida tantas veces precisamente para eso: para poder descansar algún tiempo.
—Bien, si no va usted, iré yo.
Él se encogió de hombros.
—Como guste.
Ella hizo un gesto de asco.
—Sabe Dios que yo nunca hubiera imaginado tener que apelar a la caballerosidad de un hombre: Nunca me he lamentado ni me he disculpado por ser mujer. Pero...
—Poco importa. Las grises no distinguirán entre usted y yo.
—Creía que la guerra había terminado.
—Y ha terminado. Pero ahí fuera no encontrará usted a los grises civilizados. Los grises que se apoderarán de usted no han firmado tratado alguno. No atacan las ciudades, pero se apoderan del imprudente que se atreve a salir solo al exterior.
Ella se volvió al armario que contenía los trajes del espacio.
—Me voy. No perdamos tiempo hablando.
Warren contempló como ella sacaba el envoltorio de plástico y trataba de ponérselo. Saltaba a la vista que no estaba acostumbrada a su manejo. Él se acercó a Virginia y le puso la mano en el brazo.
—No puedo permitir que se vaya sin decirle con toda exactitud por qué no debe hacerlo.
Ella se desasió y continuó debatiéndose para ponerse el traje.
—En primer lugar debo decirle, aunque sólo se trata de un detalle —prosiguió Warren—, que debajo de esos trajes no suele llevarse ropa alguna. Sudaría usted a mares antes de haber recorrido un centenar de metros. Nosotros no solíamos llevar nada debajo del traje, pero si eso a usted no le gusta, póngase únicamente algo ligero y elástico.
Ella empezó a quitarse el traje, que se había puesto a medias.
—No tendrá la menor dificultad en encontrar la ciudad —dijo Warren—. Está en lo alto del monte, lo cual quiere decir que usted debe limitarse a ascender constantemente. Si tiene que dar un rodeo, vuelva a ascender así que pueda. Siempre cuesta arriba.
Hizo una pausa.
—Aún tendrá menos dificultad en descubrir a los grises.
Ella esperó a que prosiguiese, detestándole en su fuero interno, pero obligada a escucharle, por el conocimiento que Warren tenía de Venus.
—Los venusianos no poseen el sentido del olfato —prosiguió Blackwell—. Pero sustituyen al olfato en la caza por una especie de sexto sentido, que localiza el pensamiento ajeno.
Al ver su sorpresa, él sonrió.
—Pueden localizar cualquier ser pensante. Pero alto: no son telépatas. No leen los pensamientos ajenos, del mismo modo como los perros, cuando oyen voces, no entienden lo que se dice. Saben únicamente que en tal y tal dirección alguien piensa, y por la clase de pensamientos identifican al ser que lo produce. No importa lo que piense usted: de todos modos caerá en sus manos.
Sonrió de nuevo, con una expresión que a Virginia le pareció cruel.
—Cuando la descubran, no la matarán en seguida. La seguirán y de vez en cuando permitirán que usted vea por unos momentos a uno de ellos, para desmoralizarla y crear en usted un pánico cerval. Pero la dejarán sana y salva hasta las mismas puertas de Cicuarta. ¿No ha visto a un gato jugando con un ratón? Pues eso es lo que harán los grises con usted. En el último momento, cuando usted ya se crea a salvo, la arrastrarán al interior de la selva y la torturarán hasta la muerte. Antes, es posible que la dejen escapar dos o tres veces, hasta que se cansen de este juego.
Ella se apartó de Warren enojada, segura de haberse enterado ya de todo lo que podría serle útil. Salió de la sala para dirigirse a su camarote y cambiarse de ropa. Pero él la siguió silenciosamente como un felino.
—Escúcheme bien lo que sucederá entonces —le dijo—, porque es de la mayor importancia.
Ella trató de adelantarse, pero Warren le cerró el paso con un brazo alzado, apoyando el otro en la pared y aprisionándola entre ambos.
—No la matarán inmediatamente. La mutilarán con sus cuchillos produciéndole tales heridas, que usted morirá irremediablemente de ellas y ni los mejores médicos de la Tierra, Venus y Marte reunidos podrán salvarla. Usted seguirá viva y agonizante durante un tiempo. En ese estado la llevarán a la ciudad más próxima... Cicuarta, en este caso. Y allí la dejarán. Les causa gran sorpresa y regocijo que nosotros, los humanos, no matemos a nuestros semejantes, ni siquiera cuando éstos quieren morir. Por último, morirá usted en la cama de un hospital, atiborrada de drogas calmantes, que de todos modos no bastarán para evitarle atroces sufrimientos.
Entonces la soltó, viendo que ella le escuchaba de nuevo, horrorizada y fascinada a la vez.
—Pero eso no importa —añadió con despreocupación—. Lo que importa es que usted podrá comunicar nuestra situación a los de la ciudad. Todos le estaremos agradecidos por eso. Quizá le erijamos un monumento. Usted morirá, pero con su muerte nos salvará a todos.
Volviéndose, la dejó. Virginia vio cómo se alejaba horrorizada, y el horror que sentía al pensar en los grises era casi comparable al que él le inspiraba.
Warren estaba esperándola en la esclusa neumática. Al verla, le dirigió una sonrisa. Ella casi sentía náuseas. Y lo peor de todo era que Warren debía de tener razón. Ella tenía que intentarlo, pues si no lo hacía ella, nadie lo intentaría. Y Warren también lo sabía. Y dejaba que lo hiciese. Y se salvaría. Ella comunicaría la situación de la astronave cuando llegase a Cicuarta. No se trataba únicamente de él. Tenía que salvar a los otros supervivientes.
Warren pasó revista a su equipo e hizo un gesto de aprobación.
—Perfectamente. ¿Sabe usted manejar una pistola?
Ella asintió involuntariamente.
—Llévese otra además de ésa. No le darán tiempo a cargarla de nuevo.
Le tendió otra pistola, que ella se metió en el cinto. Virginia se había puesto un pijama que le cubría todo el cuerpo pero que era tan fino, que con él sólo, temblaba a la temperatura normal que reinaba en la nave. Sobre el pijama, el traje de plástico la cubría de pies a cabeza sin apretarla demasiado, sujeto firmemente por el cinto, del que pendían sus armas.
A regañadientes, ella le dirigió la palabra:
—¿No hay manera de ocultar los propios pensamientos a los grises?
—Sí, únicamente pensando como un gris. Existen en todo el universo media docena de personas capaces de hacerlo... y aún no por mucho tiempo.
Ella dominó su imperioso deseo de pedirle que fuese en su lugar. Creía a pies juntillas todo cuanto Warren le había contado... estaba dispuesta a morir.
Pero sabía también que, si seguía en la nave, igualmente moriría, porque nadie iría en su lugar.
—Buena suerte —le deseó Warren.
En un gesto de ciega ira, ella le asestó un golpe. Pero él lo esquivó y la ayudó a meterse en la esclusa.
Cuando Virginia salió al exterior, una cálida vaharada vino a su encuentro, como si se hubiese abierto la puerta de un horno. El casco de la astronave estaba aislado contra el frío y el calor. Por lo general defendía a sus tripulantes contra el frío del espacio interplanetario, pero en Venus los defendía de un calor húmedo y pegajoso. El traje de Virginia debía proporcionar un relativo aislamiento, pero antes de haber perdido de vista a la nave ya estaba bañada en sudor de pies a cabeza.
Dirigió una última mirada a la nave mientras ascendía por la ladera. Sólo había recorrido cincuenta metros. Aún podía dar media vuelta y regresar. Empezaba a darse cuenta de algo que era una consecuencia natural de todo cuanto había dicho Warren. Podría llegar hasta Cicuarta... pero no podría encontrar de nuevo la nave cuando la hubiese perdido de vista. Yendo cuesta abajo después de perder toda orientación, podía desembocar en cualquier punto del perímetro... y no tardaría en estar completamente desorientada.
Trató de pensar con calma en Warren. Desde el primer momento éste debió de creer que ella iría a Cicuarta si él se negaba a hacerlo, pues sabía que ella no era capaz de estarse esperando la muerte sentada.
Y las salvajes e inhumanas costumbres de los grises no permitían que fuese más que uno. Odió a Warren con toda su alma. Y lo peor de todo era el convencimiento que tenía de que Warren era capaz de llegar sano y salvo a la ciudad. Seguía creyendo en sus dotes. Estaba segura que, de haberse visto obligado a hacerlo, hubiera llegado incólume a Cicuarta.
Pero no era necesario que se arriesgase. Alguien se arriesgaría por él. Una mujer; pero eso no le importaba a un hombre que había perdido todo orgullo y dignidad.
Anduvo durante lo que le parecieron horas, hasta que estuvo tan empapada como si acabase de salir de un baño de vapor. Según su reloj, hacía sesenta y tres minutos que había abandonado la astronave. Había andado muy de prisa. Supuso que había recorrido más de tres kilómetros. Siempre había sido una buena andarina, y aquella gravedad, menor que la terrestre, hacía la marcha más fácil.
Penetró en la selva, que se iniciaba de nuevo en la ladera. Los árboles venusianos eran semejantes en su aspecto a los de la Tierra, pues consistían principalmente en un grueso tronco, pero ahí terminaba todo el parecido. Se podía introducir un brazo en ellos, y el árbol se cerraba alrededor del brazo. Pero no eran peligrosos. Un hombre fuerte incluso podía atravesarlos de parte a parte, y salir por el lado opuesto, como el fantasma del Comendador.
A pesar del temor que la atenazaba, Virginia empezó a concebir la leve esperanza de no encontrarse con los grises. Su marcha adoptó un ritmo seguido y se puso a andar como un autómata. Era una joven robusta y resistente, capaz de recorrer treinta kilómetros sin cansancio apreciable. Lo que resultaba más molesto era aquella cuesta continuada. Pero incluso e eso se acostumbró.
Había recorrido aproximadamente dieciséis kilómetros, según sus cálculos, cuando frente a ella, en mitad del camino que seguía, surgió un gris. La estaba mirando sólo a veinte metros de distancia. Virginia sacó rápidamente la pistola y disparó, pero no le sorprendió ver desvanecerse al gris entre la niebla y desaparecer ileso.
De modo que el acoso ya había empezado. Según Warren, tendría muchas sorpresas como ésta. Los grises eran humanoides; parecían hombres a medio acabar. No tenían cabello, pero poseían brazos, piernas, pies, un tronco y una cabeza. Todo en ellos era redondeado... hombros, manos, pies. Eran de un color gris uniforme, y en el propio planeta resultaban invisibles a una distancia superior a veinte metros. A esa distancia aún podía vérseles, pero les bastaba volverse o dar un paso atrás para esfumarse por completo.
Ella empezó a trazar su plan. Sabiendo lo que Warren le había referido, quizá podría burlarlos. Por lo visto, no correría peligro hasta que se encontrase a las puertas de Cicuarta. Tendría que ahorrar sus fuerzas para ese momento. Los grises eran ligeramente superiores en la carrera que los seres humanos, pero no mucho. Y Virginia había hecho los cien metros lisos en menos de doce segundos. Los grises civilizados tenían armas igualmente civilizadas, pero éstos probablemente estaban desarmados, con excepción de sus cuchillos. Si ella podía calcular bien el momento de iniciar la última carrera hacia la ciudad, quizá conseguiría salvarse.
Empezó a dar algunos traspiés y aminoró la marcha, sabiendo que la observaban. Quizá conseguiría engañarles y hacer que pospusiesen el ataque final para cuando ya fuese demasiado tarde. Más valía que se tomase un descanso. Lo que de veras importaban eran los últimos mil quinientos metros.
Se tambaleó y cayó al suelo. Luego se levantó lentamente, en estudiados movimientos de fatiga. Pero casi echó a correr voluntariamente, cuando vio a cuatro grises observándola tranquilamente desde diez metros de distancia.
Disparó con rapidez y abatió a uno de ellos. Los tres restantes no parecieron preocuparse mucho. Pero desaparecieron, al menos de su campo visual.
Entonces Virginia corrió un poco, presa de un miedo que era muy poco fingido. Pero recuperando el dominio de sí misma, siguió avanzando fatigosamente con paso muy poco superior al normal.
Empezaba a concebir nuevas esperanzas. Le faltaban apenas veinte kilómetros y estaba todavía fresca. Los grises, por su parte, debían de creer que casi no se tenía en pie. Pero tenían que dejarla llegar hasta la vista de Cicuarta, o de lo contrario su diabólica tortura no sería completa. Y si la dejaban llegar hasta esa distancia de la ciudad, no podrían impedirle que echase a correr como un rayo hacia las puertas y desde allí los mantuviese a raya, hasta que llegasen los hombres de la ciudad, atraídos por sus disparos.
Pensó si no sería mejor disparar antes, para dar la alarma. Pero esto precipitaría con toda seguridad el ataque de los grises, y ella quería engañarles y hacer que lo aplazasen hasta el último instante.
De pronto algo chocó contra sus piernas, haciéndola caer de bruces. No estaba herida, pero al incorporarse fingió que cojeaba. Le seguían el juego. Se dijo que Warren había hecho lo mismo que ella. Y consiguió escapar dos veces de las garras de los grises. Posiblemente, entonces él no sabía tanto como ella en este momento.
La dejaron en paz durante bastante rato. Llevaba tanto tiempo sin ver el menor rastro de sus perseguidores, que Virginia casi empezó a suponer que se habían cansado y habían renunciado a su acoso. Pero siguió avanzando despacio. Quizá se trataba de una treta para comprobar si estaba realmente fatigada.
Cuando menos lo esperaba, la derribaron saltando sobre ella por la espalda y notó el contacto de una piel cálida y viscosa. El terror se apoderó de ella y se dijo que su última hora había llegado. Pero sus atacantes se limitaron a zarandearla sin demasiada rudeza, juguetearon con ella y le echaron la zancadilla cada vez que se levantaba. Eran por lo menos una docena. Virginia no se atrevió a disparar contra ellos. Sus pistolas estaban seguras mientras siguiesen en el cinto, pero si las sacaba podían arrebatárselas de la mano.
Finalmente los grises se marcharon. Le habían rasgado el traje, pero sólo los pantalones. Esto la sorprendió, pero inmediatamente comprendió la causa. Sin oxígeno, moriría en ocho horas, y a las seis horas ya no tendría salvación posible. Ellos lo sabían, y deseaban tenerla viva por más tiempo.
Se arrancó los restos del traje por debajo de la cintura. Así tenía las piernas más libres. Los delgados pantalones del pijama estaban tan pegados a su piel, que casi parecían formar parte de ella. Se preguntó qué harían los grises si ella tirase el resto del traje. ¿Volverían a ponérselo a la fuerza?
Sabía que había recorrido más de treinta kilómetros, y deseó que Warren hubiese calculado con exceso la distancia. El había dicho que la ciudad estaba entre treinta y cincuenta kilómetros, y ella no había podido evitar el pensar que debía de ser la distancia más corta de las dos. O así lo había deseado que fuese. Pero todavía no se veía la menor traza de Cicuarta.
Dos hubieran tenido mayores probabilidades de éxito que uno, se dijo con enojo. Hubieran podido observar a su alrededor, haciendo que los grises se mantuviesen más a la defensiva. Al ir ella sola, nada impedía a los grises seguirla en apretado grupo a pocos metros de distancia. Resistió la tentación de volverse antes de estar dispuesta a disparar rápidamente contra lo primero que viese.
Cuando se volvió deseó no haberlo hecho. Al menos una docena de oscuras siluetas se esfumaron rápidamente por entre la niebla. Supo entonces que la seguirían de esta manera hasta el final, y que le bastaría con volver la cabeza para verlos. Había para volverse loca.
Los grises sólo podían ver hasta treinta o cuarenta metros... menos que ella. Si la niebla se alzase un poco, Virginia sabía que podría verlos mucho antes de que ellos la viesen. Pero la niebla no se alzaba. No podía alzarse, porque era la propia atmósfera del planeta. Era muy rica en oxígeno, pero también contenía otros gases deletéreos.
De pronto distinguió un débil resplandor frente a ella. Se esforzó por mantenerse fría y serena. Las brillantes luces de la ciudad cubierta por una inmensa cúpula, se debían distinguir desde muy lejos, incluso a través de la niebla. Tal vez estuviesen a kilómetro y medio de distancia, pero probablemente no estaban a más de un kilómetro. Este era el momento más peligroso, según le había advertido Warren. El momento en que ella empezaría a creer que se hallaba a salvo. Se obligó a seguir caminando penosamente. Abrigaba la débil esperanza de que, como los grises probablemente aún no veían la ciudad, a pesar de que conocían su existencia y situación, quizás la dejarían tranquila durante algunos momentos mas.
Siguió avanzando tambaleándose, repitiéndose constantemente: «¡Todavía no! ¡Todavía no!», mientras su cuerpo se rebelaba y trataba de echar a correr hacia la ciudad.
Entonces vio como los grises se abalanzaban sobre ella. Instantáneamente emprendió veloz carrera, disparando hacia atrás al propio tiempo, sin. preocuparse de apuntar. Pero comprendió, con suma contrariedad, que la niebla amortiguaba tanto el sonido como la luz, y aún estaba demasiado lejos de Cicuarta para que oyesen desde allí sus disparos.
¡Pero conservaba la delantera! El júbilo la trastornó y, sin dejar de correr, tiró su pistola vacía e inútil, pues incluso su peso la frenaba. Mientras corría hacia la luz, se dijo que había triunfado. Los grises se habían equivocado al juzgarla débil, y se habían tragado el anzuelo que ella les ofreció durante horas.
De repente oyó un grito a sus espaldas. Un grito de mujer. Fue algo tan inesperado, que de momento aminoró su carrera, para reemprenderla al instante. Aquel grito podía ser una estratagema de los grises.
Lo escuchó de nuevo, y también algunas palabras. No eran los grises los que gritaban. A sus espaldas, una mujer se debatía mientras la arrastraban. Virginia detuvo de nuevo su marcha, involuntariamente. Pero entonces, furiosa consigo misma, redobló sus esfuerzos y siguió corriendo. Debía de ser Yvonne Yonge la que gritaba. Del modo que fuese, la menuda artista de variedades había salido en su seguimiento. Peor para ella. El deber de Virginia, el deber que tenía consigo misma y para sus compañeros, incluso para la propia Yvonne, era llegar a Cicuarta. Virginia corría como una exhalación, superando aún la velocidad inicial de su carrera.
Pero los grises le pisaban ya los talones. Nunca supo si hubiera conseguido escapar si el grito de Yvonne no la hubiese distraído, o si los grises la hubieran alcanzado de todos modos. Sea como fuese, había caído en sus manos.
Luchó como nunca se hubiera imaginado que fuese capaz de luchar. Como nunca hubiera supuesto que nadie pudiese luchar. Si sólo hubiesen sido diez, incluso veinte, quizás se hubiera liberado de ellos hasta conseguir llegar a Cicuarta. Pero caían sobre ella a docenas, tal vez a centenares. Cuando se desasía de un grupo, caía en manos de otro.
Por último dejó de luchar, convencida de que ya no tenía fuerzas para ello. Pero cuando se la llevaron a rastras, separándola de las luces de Cicuarta, descubrió en ella una reserva de fuerzas cuya existencia ignoraba. Pero todo fue inútil.
No vio a Yvonne, si es que se trataba de ésta. La arrastraron durante lo que le parecieron varios kilómetros. Los grises, a pesar de todo, se mostraban amables con ella. La despojaron de todo cuanto llevaba sin causarle un rasguño. Por último la sentaron al pie de un árbol, atándola sin apretar demasiado las cuerdas, para que permaneciese en una postura cómoda y natural. Por último le ataron unas lianas al cuello.
Por un momento Virginia deseó y temió a medias que la estrangulasen. Pero se limitaron a pasarle la cuerda por el cuello, para que ésta apretase su traje de plástico firmemente. Luego cortaron el traje cuidadosamente por debajo de la cuerda, pegaron el borde del plástico a su piel con una tira adhesiva, y entonces le quitaron la cuerda, y las demás ataduras.
Era evidente que ellos querían que Virginia siguiese respirando a través del filtro de su casco, pero querían tener fácil acceso al resto de su persona. Se inclinaron sobre ella y Virginia se contrajo, suponiendo que iban a desnudarla, pero se limitaron a atarle las manos y tobillos y a cachearla, para asegurarse de que no llevaba armas ocultas.
Entonces la dejaron en paz. Al instante siguiente, todos los grises habían desaparecido de su vista.
Virginia se hallaba tan desvalida, que ni siquiera podía infligirse daño a sí misma. Podía tumbarse de costado y frotar el casco de plástico con el suelo, en un esfuerzo por romperlo y permitir que el aire envenenado penetrase en sus pulmones... pero esto requeriría horas enteras, y no quería que la dejasen sola durante tanto tiempo..
—No diga que no la advertí —dijo la voz de Warren.
Virginia volvió la cabeza todo cuanto pudo, pero no le vio.
Entonces, de la manera más fantasmagórica, la cabeza de Warren brotó del árbol que tenía a su lado. ¡Estaba oculto en su interior!
—Warren Blackwell! —articuló—. Usted aquí!
—Nunca me ha tenido a más de cien metros de distancia desde que abandonó la astronave —dijo él— Lo siento, Virginia, no podía hacerse de otro modo. Yo soy uno de los pocos capaces de pensar como un gris. Pero a pesar de ello, no conseguiría engañarles por mucho tiempo. Notarían los pensamientos humanos... a menos que hubiese otro ser humano por los alrededores, pensando como un ser humano.
Le sonrió alentadoramente.
—Le dije que no eran capaces de leer nuestros pensamientos. Esto no es exactamente así. Pueden leer nuestras emociones... como el temor. Y hubieran sabido que usted estaba segura de llegar a la ciudad. Entonces se hubieran preguntado con qué contaba usted... Y así es como me habrían descubierto.
—Pero...
—Confían en ese sentido suyo... del mismo modo como los perros confían más en el olfato que en la vista. No era probable que me viesen, y en efecto no me vieron. Y de no haber sido por la intromisión de esa estúpida actriz, ambos nos hubiéramos salvado. Yo tenía la intención de mantenerme algo por delante de usted. Entonces, cuando los grises decidiesen apoderarse de usted, yo la hubiera ayudado a abrirse paso entre ellos.
»Pero esa chica lo echó todo a perder. Dios sabe lo que se proponía hacer. Ordené a todos que se quedasen donde estaban, que nosotros pasaríamos. Quizás ella pensó que era muy fácil y quiso compartir la gloría con nosotros. Sea como fuere, no me enteré de su presencia hasta hace muy poco. Estaba detrás de nosotros. Y había tantos grises entre usted y ella, que tuve que ocultarme.
—Bueno, no perdamos tiempo —dijo Virginia—. Suélteme y...
—Es inútil. Nos atraparían de nuevo mucho antes de que llegásemos a Cicuarta... tanto si buscásemos a esa chica como si la dejásemos aquí. Y entonces se enterarían de mi existencia. No, sólo podemos hacer una cosa. Yo tendré que esperar hasta que el número de grises entre aquí y Cicuarta decrezca, y entonces trataré de pasar, para regresar con ayuda.
—¿Podrá pasar solo?
—Creo que sí. Mientras esté cerca de usted, estaré seguro. Cuando noten mi presencia ya será demasiado tarde. Pero escúcheme, Virginia: si notan que regresamos —es decir, los hombres de Cicuarta y yo— se las llevarán a rastras a usted y a la artista, y esto será el final de ambas. Tiene usted que mantenerlos aquí.
—¿Quién, yo? —Indicó sus ligaduras con un ademán de cabeza—. ¿Qué espera usted que pueda hacer yo?
—Eso es asunto suyo —Tras una pausa, prosiguió con tono concentrado—: Pronto empezarán a torturarla. Eso les mantendrá ocupados. Estarán demasiado excitados para darse cuenta de nuestra llegada. No se las dé usted de humanitaria y generosa. Déjeles que empiecen por esa cabeza de chorlito. No trate de escapar. Podría ser que cuando la capturasen de nuevo, no volviesen a traerla aquí —Sonrió nuevamente—. Creo que ha llegado el momento de irme. Le deseo buena suerte... otra vez.
Y se esfumó entre la niebla. Virginia miró por donde había desaparecido, aunque no podía ver nada. Si él se lo hubiese dicho... Pero comprendió que probablemente decía la verdad cuando afirmó que no se atrevía a hacerlo. Sabiendo que él estaba en las proximidades, ella hubiera estado segura de pasar fácilmente —aunque Virginia le había detestado, ni por un momento se le había ocurrido dudar de su competencia— y entonces los grises los hubieran capturado a ambos.
Oyó nuevamente ruido entre el silencio de la niebla. Traían a Yvonne... la cabeza de chorlito, como le había llamado Warren. La pobre chica gritaba, pataleaba y arañaba a sus raptores y los grises no la trataban con tanto miramiento como a Virginia. Es posible que el valor les inspirase cierto respeto, se dijo Virginia. Ella nunca había demostrado el miedo cerval que demostraba Yvonne. Quizá se debiese a esto la amabilidad con que la trataron.
Y quizás empezarían por Yvonne.... No pudo evitar semejante pensamiento.
Todo aquello parecía un sueño... que aún no se había convertido en una pesadilla, porque los grises tenían un aspecto antes ridículo que peligroso. Había cientos de ellos. Llenaban el claro del bosque; aunque Yvonne sólo estaba a veinte metros de ella, lo mismo pudiera haber estado a un millón de kilómetros, pues le era totalmente invisible. Virginia fue puesta en pie por lo que le parecieron ser un centenar de cálidos y húmedos grises, y mientras éstos la llevaban, aún atada, al sitio donde ella había visto a Yvonne por última vez, todo aquello le pareció más una broma de mal gusto que otra cosa.
Hasta que de pronto dejó de ser una broma.
Habían rasgado el traje de Yvonne como hicieron con el suyo, dejándole únicamente el casco sujeto al cuello. Yvonne llevaba una blusa y pantalones cortos y parecía la heroína de una película de la selva. Cuando vio a Virginia, trató de levantarse para ir a su encuentro.
Pero los grises se lo impidieron clavándola al suelo mediante dos cuchillos que le atravesaron las palmas de las manos. El grito agudísimo que lanzó se clavó en la cabeza de Virginia como un alfiler.
Entre cuatro grises sujetaron a Virginia, obligándola a contemplar la escena. Ella cerró los ojos, pero cuando Yvonne chilló de nuevo tuvo que abrirlos.
Si los grises hubiesen gritado y bailado al son de los tambores, aquello hubiera sido menos horrible, pero lo único que se oía eran los gritos que arrancaban a la pobre Yvonne, y ésta no dejaba de gritar. Para no volverse loca, Virginia concentró desesperadamente sus pensamientos en Warren, tratando de imaginárselo mientras se dirigía a Cicuarta. Blackwell necesitaba tiempo. De pronto, tras un buen rato de estarse quieta y tranquila, en un rápido movimiento se desasió de sus raptores y se abalanzó hacia Yvonne, la cual sólo estaba herida superficialmente, a pesar de todo, teniendo en cuenta lo que la esperaba.
—Warren ha ido a buscar ayuda —le susurró—. Aguanta un poco más hasta que él venga.
Cuando los grises se apoderaron nuevamente de Virginia, Yvonne gritó como una demente:
—¿Por qué la dejáis en paz? ¿Por qué sólo me torturáis a mí? Ya no puedo más. Ella lo soportará. Ella es fuerte. Dejadme, os lo ruego. Por Dios... ¡aahhhhh!
Gritó de nuevo cuando un gris se inclinó sobre ella empuñando un cuchillo. Esta vez tenía razón de gritar...
Transcurrió casi una hora antes de que Warren regresase. A Virginia le parecieron días y probablemente siglos a la pobre Yvonne. Cuando vio que le hacían penetrar en el calvero a viva fuerza entre una masa de grises que se debatían, Virginia le miró horrorizada. Ni por un momento había dudado que conseguiría pasar. La única cuestión había sido saber si llegaría a tiempo. El no la miró. En cambio, contempló impávido a Yvonne.
Los grises aún no habían tocado a Virginia, limitándose a sujetarla firmemente... pero su hora debía de aproximarse. Si no querían que Yvonne muriese, poco más podían hacerle ya. De las heridas de la joven apenas manaba sangre. Los grises conocían una hierba que parecía cerrar la piel, aunque dejaba una fea mancha violeta. Yvonne era violeta de pies a cabeza. Por algún tiempo no tuvo ni fuerzas para gritar. Los grises empezaron a perder interés por ella, en vista de que las torturas ya no producían efectos apreciables sobre su cuerpo. Conservaba la lucidez, pero no parecía sentir las nuevas heridas.
Aquellos seres debían de poseer algún medio de comunicación invisible entre ellos. De pronto, como obedeciendo a una señal, se volvieron todos hacia Virginia y ésta sintió que se le hacía un nudo en el estómago, comprendiendo que su hora había sonado.
—Desde el primer momento que la vi —dijo Warren con curiosidad— me pregunté qué clase de figura tendría.
Pero al no ser humanos, los grises no la desnudaron. Se limitaron a tenderla en el suelo y a cortar sus ataduras, esperando que ella echaría a correr. Aquello formaba parte del espectáculo.
De pronto Warren rompió sus ligaduras. Mas en lugar de huir a escape del calvero, se abalanzó sobre Virginia.
—Siga mi juego —le dijo, jadeando—. No sabrán qué hacer y esperarán a ver qué pasa. Les divertirá vernos peleando.
—¿Así, consiguió llegar a la ciudad?
—Naturalmente. Le aseguré que iría, ¿no recuerda? Pero tenemos que entretenerlos con algo, para que no se den cuenta de la llegada de los hombres. ¡Vamos a pelearnos! Aún no hemos salido del bosque. Si les damos tiempo para pensar...
Su frase y su aliento quedaron cortados por un tremendo puñetazo de Virginia en mitad del estómago.
Entretanto, los grises miraban como luchaban por sus vidas. Pero la lucha era simulada, aunque no ponían el menor cuidado en no lastimarse. Si la lucha no conseguía enardecer por su ferocidad a los grises, el daño que éstos les infligirían serían mucho mayor. Nada les decía a los grises el hecho de que los combatientes fuesen un hombre y una mujer. Los grises eran homosexuales y nunca habían conseguido comprender lo que significaba la diferencia de sexos.
El casco de Virginia quedó hecho trizas a consecuencia de un golpe, y se preguntó si los grises interrumpirían entonces la lucha, al pensar que a partir de aquel momento ella respiraba un aire envenenado. Pero ellos hicieron caso omiso del incidente. Dentro de seis horas, estaría a salvo o muerta. Así es que se arrancó los restos de casco y los tiró lejos de sí, apartándose después el cabello que le tapaba los ojos.
Warren lanzaba exagerados gemidos de dolor, que no correspondían al daño real causado por los golpes de la joven. Una vez que él la golpeó como una fiera, a Virginia se le ocurrió pensar que Blackwell tal vez se pasaba de la raya; pero inmediatamente se dijo que los grises debían de sentir el miedo lo mismo que el dolor, y que esto constituía la raíz de su sadismo inhumano. Después de esto, ella tampoco regateó sus golpes.
Hasta que Warren, que acababa de asentarle un tremendo puñetazo en las costillas, se volvió de pronto hacia el gris más próximo, al que derribó cuan largo era de un directo. El calvero no tardó en estar lleno de hombres vestidos con elásticos trajes de plástico. En lugar de pistolas utilizaban largos machetes. Aquello fue una verdadera matanza, porque los cuchillos de los grises no podían atravesar los trajes humanos, elásticos pero de una resistencia increíble.
Fue una verdadera matanza, a la que Virginia aportó una considerable ayuda, no regateando esfuerzos ni golpes. El húmedo suelo negro estaba empapado de sangre, pero de una sangre que no era roja. Los grises no huyeron. Enardecidos por la sed de sangre, fueron incapaces de pensar fría y serenamente. Se defendieron hasta el último hombre y fueron destrozados.
—Bien, ahora ya conoce usted a los grises —dijo Warren al terminar.
Poco después ambos se hallaban en una habitación, una habitación civilizada de la ciudad. El piso estaba cubierto de mullidas alfombras, y en la pieza había blandos divanes y sillones. Virginia se dejó caer en uno de ellos; llevaba aún su pijama negro. La chaqueta del mismo había quedado reducida a un simple collar, apenas quedaba nada de los pantalones, y Warren por último pudo satisfacer su curiosidad, con gran contento por su parte, pero a ella no parecía importarle en lo más mínimo su falta de atavío.
—El marido de Yvonne estaba en Cicuarta —murmuró Warren—. Vino con el grupo de rescate. Esa chica no deja de ser una loca, pero...
—Le comprendo. ¿Ha muerto?
—Todavía no. Le dije que gracias a ella nos habíamos salvado todos, lo cual es una mentira y de poco le sirve a ella y a su marido, pero quizás la consoló algo.
—En realidad, no es una mentira. Gracias a ella dispuso usted de una hora. —Virginia se estremeció—. Aunque si no hubiese sido por ella, de nada nos hubiera servido ese tiempo. ¿Por qué permitió usted que le apresaran?
—Para dar tiempo a los demás. Y tal vez para ver lo valiente que era usted, y la fuerza que tiene. —Se palpó las costillas delicadamente—. Pero ya estoy cansado de hacer el héroe. La próxima vez que suceda algo parecido, dejaré que otro corra el riesgo. Todo el riesgo, no una parte de él.
Dirigió una sonrisa a Virginia, mientras se balanceaba ligeramente.
—Apenas hace nueve horas que nos conocemos, que nos hemos hablado. Y durante todo ese tiempo, usted se ha dedicado principalmente a odiarme. ¿Cree que nos conocemos lo suficiente para pedirle que me dé un beso?
—Nada conseguiría hacerme levantar en estos momentos.
—¿Conque nada? ¿Quiere que nos peleemos otra vez?
Ella se levantó de un salto.
—Cualquier cosa menos eso —dijo.


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