EXPEDIENTE DE CAMPAÑA
Por CHAD OLIVER

1

El viento frío venía en ráfagas del Pacífico grisáceo, empapando a Los Angeles bajo cortinas de lluvia oscilante. Keith Ortega avanzando penosamente entre los charcos de Wílshire Walk, empezaba a lamentar haber dejado su helicóptero en el Centro. Estaba bastante seco bajo su desviador de lluvia, pero el aire que penetraba por debajo de las líneas de energía se notaba decididamente viciado.
A su alrededor la amplia acera estaba desierta, aunque distinguía algunas luces mortecinas, que surgían de los escaparates de las tiendas. Un anuncio aéreo del Gobierno de color violeta, estaba suspendido suavemente sobre su cabeza: Cuidado con hacer volcar el bote.
Torció a la izquierda en el cruce desierto de Santa Mónica y dos manzanas de casas más allá llegó al pie de la Torre Vandervort. Un centelleante rótulo anaranjado de neón brillaba sobre la lujosa puerta principal: Queremos a su niño.
Keith Ortega cruzó el umbral y se apresuró a desconectar su desviador de lluvia. Hizo una profunda inspiración de aire relativamente fresco y se sintió mucho mejor. No había nadie en el vestíbulo: él ya había supuesto que aquella tarde no reinaría allí mucha actividad. Se dirigió al ascensor, sintiendo sus pies ligeros y torpes sin el desviador de lluvia en los zapatos, y subió al piso décimo, donde estaba la sala de visitas. Le sorprendió ver que había gente en ella.
Ellen Linford, que parecía ser el compendio de la maternidad norteamericana, había echado el guante a otra joven pareja. Hacía saltar a un niño de corta edad sobre las rodillas mientras sonreía, y ni siquiera el hecho de que Keith supiese que Ellen detestaba a los niños, consiguió anular el efecto que producía la escena. Ellen era una buena actriz. No tenía más remedio que serlo.
Keith asumió la que él presumía que era una expresión bondadosa y paternal, y tomó asiento junto a Ellen.
—Buenas tardes, Mrs. Linford —dijo, mirando con expresión radiante al niño y haciéndole cosquillas en el mentón—. ¿De quién es esta monada? ¿Cómo estás, hombrecito?
—Es una niña —le corrigió Ellen. Luego se volvió hacia la nerviosa pareja que la acompañaba— Bueno, han tenido ustedes suerte. Este señor es el propio Mr. Ortega.
Hermano, pensó Keith.
La pareja se animó, al verse en presencia de la Fama de carne y hueso.
—No sabes cuánto me gusta que hayas conocido a los señores Sturtevant —dijo Ellen—. Han resuelto dejar a su pequeña Hazel al cuidado de la Fundación. ¿No crees que debemos felicitarles?
—Efectivamente —asintió calurosamente Keith Ortega, estrechando las manos de los padres de la criatura—. Han tomado ustedes una decisión muy prudente y juiciosa.
Los Sturtevant vacilaban. Por último la señora les espetó la inevitable pregunta:
—Verá usted, señor; yo aún no entiendo del todo las condiciones —dijo con una voz excesivamente aguda—. ¿Por qué no podríamos ver a Hazel de vez en cuando? Es decir... no es que quisiésemos acunarla ni nada de eso... sólo cerciorarnos de que sigue bien...
—Yo trataba de explicarles... —empezó a decir Ellen.
—Mire, Mrs. Sturtevant —la atajó Ortega—, permítame asegurarle que lo que usted pide nos merece la mayor simpatía. Su reacción es la propia y normal de una madre norteamericana, y nos alegramos de que manifieste tal preocupación por su hija. Por desgracia, no seria prudente que volviese a ver a Hazel, aunque sólo fuese por un momento.
Mistress Sturtevant miró a su esposo como pidiendo su ayuda; viendo que éste no se la prestaba, siguió adelante como pudo.
—¿Pero, por qué?
Keith frunció el ceño y formó una precisa pirámide con sus manos.
—No hay más remedio que atenerse a los hechos, mi querida señora —dijo hablando lentamente—. Si. usted desea retener a Hazel, desde luego nadie podrá impedírselo. Ha venido usted a la Fundación por su propia y espontánea voluntad, y seguramente habrá realizado las suficientes averiguaciones acerca de nosotros para saber que somos una empresa de absoluta confianza. Nosotros creemos que los niños confiados a nuestro cuidado tienen derecho a vivir su propia vida, y hemos comprobado que los reiterados contactos con los padres no hacen más que crear dificultades al niño. Y supongo que lo que usted quiere es que su hija Hazel lleve una vida plena, normal y dichosa, ¿no es verdad?
—Naturalmente que sí —dijo el marido. Se veía a la legua que a él no le importaba en lo más mínimo lo que pudiese ser de la pequeña Hazel.
Keith sonrió.
—En ese caso, confíen ustedes en nosotros —dijo—.No pueden tener las dos cosas. Les doy mi palabra de que Hazel estará en buenas manos en esta Fundación. Si tienen algunas dudas, me permito indicarles que vuelvan a su casa con la niña y reflexionen de nuevo sobre lo que van a hacer. La decisión compete únicamente a ustedes.
El matrimonio celebró una consulta en susurros. Por último, Mrs. Sturtevant musitó:
—Dejaremos a Hazel con ustedes.
—¡Espléndido! —exclamó Ortega, estrechándoles nuevamente las manos—. Firmen los documentos que les presentará Mrs. Linford, y asunto concluido. Yo mismo iré a ver a Hazel de vez en cuando, así es que no se preocupen por ella. —Consultó el reloj, a pesar de que ya sabia perfectamente qué hora era—. Discúlpeme, pero tengo que irme. ¡Les deseo muy buena suerte!
Salió apresuradamente de la sala de visitas en dirección al ascensor dejando que Ellen diese los últimos toques al asunto No podía soportar la despedida final de padres a hijos; le crispaba los nervios. Si los padres querían tanto a sus vástagos, ¿por qué los entregaban a la Fundación?
El ascensor le subió hasta el piso décimoquinto.
En el exterior, la fría lluvia seguía cayendo del cielo, formando verdaderos arroyos a los lados de la Torre Vandervort.

Keith Ortega entró en su despacho, un agradable santuario con las paredes cubiertas de estantes de libros y que olía discretamente a humo azulado de tabaco, y lo primero que vio fue la luz roja parpadeando en el tri-di.
Alguien había llamado. Como su número privado era muy poco conocido, quien llamaba debía de ser probablemente Carrie o su jefe, el propio Mr. Vandervort. Se dejó caer en el mullido sillón de su escritorio y oprimió el botón.
Era Vandervort. Su rostro arrugado llenaba toda la pantalla. Cuando hablaba, su barba nívea subía y bajaba para subrayar sus frases.
—Hola, Ortega —dijo—. Por lo que veo, ha salido usted de nuevo. Si por casualidad volviese hoy a su despacho, quiero que pase a verme personalmente antes de irse a casa. Ha sucedido algo importante. Esto es todo.
La pantalla se oscureció.
—Condenado viejo —dijo Ortega en voz alta.
La voz de su amo. No podía escapar. Tendría que ir a estrechar la mano de aquel viejo bromista, aunque sabía que aquello «tan importante» que decía que había sucedido no sería probablemente otra cosa sino que Vandervort tenía ganas de hablar con alguien. Era la segunda vez en una semana que esto ocurría, pero después de todo, Vandervort era quien pagaba.
Tomó el ascensor hasta la entrada principal del campo de aterrizaje para helicópteros, en el piso treinta, y tomó uno de los helicópteros de la Fundación. Aún llovía bastante para hacer que el tránsito fuese escaso, pero el viento reinante no lo impedía en absoluto.
Hizo subir al helicóptero hasta el pasillo aéreo de los mil quinientos metros de altura y salió disparado hacia el norte a la modesta velocidad de trescientos veinticinco kilómetros por hora. Se mantuvo siguiendo la costa, ligeramente sobre el lado de tierra, y puso el piloto automático para que le mantuviese muy por debajo de las rutas mercantes continentales. Había muy poco tránsito, puesto que los subsónicos evitaban utilizar los paracaídas de descarga en espera de que el tiempo mejorase un poco.
En quince minutos, el helicóptero torció a la derecha y ascendió zumbando por el Cañón de Vandervort. Le detuvieron cuatro veces los cancerberos electrónicos de su jefe, pero consiguió convencerles de que era realmente quien afirmaba ser. Aterrizó en el húmedo y resbaladizo patio de la enorme hacienda, puso en funcionamiento su desviador de lluvia, exhibió sus credenciales ante un guardián que debiera haberle conocido de vista, y finalmente entró en el salón de visitas.
Un mayordomo se inclinó sonriendo cortésmente y le dijo:
—Por aquí, doctor Ortega. Mister Vandervort le está esperando.
—Ya lo sabía —repuso Ortega.
Siguió al anacrónico mayordomo por el familiar laberinto de vestíbulos lujosamente alfombrados, abrumado como de costumbre por la fabulosa riqueza que se exhibía en el castillo de Vandervort. Desde luego, la decoración no era de mal gusto, pero era demasiado abundante y ostentosa.
Los dos hombres recorrieron pausadamente la parte del castillo reservada a los visitantes y de ella pasaron a las habitaciones particulares, que, aunque pareciese imposible, eran aún más recargadas. Subieron por la escalinata de mármol hasta el segundo piso, siguieron un interminable pasillo gris, y finalmente se detuvieron ante una fantástica puerta de caoba.
Te felicito —se dijo Ortega—. Has dado la vuelta al mundo con patines.
El mayordomo llamó discretamente con los nudillos a la puerta de caoba.
Una lucecita verde se encendió en el centro de aquélla.
—Puede usted entrar, señor —dijo el mayordomo, inclinándose.
Ortega dominó su impulso de inclinarse a su vez y entró por la puerta que acababa de abrirse. Tuvo apenas tiempo de ver a una joven de tipo extraordinariamente provocativo que salía furtivamente por otra puerta.
—¡Ah, hola, Ortega! —le saludó Vandervort con voz de trueno, enderezándose en su sillón—. ¿Por qué ha tardado tanto?
La estancia era enorme, como todo lo demás de aquella mansión. El suelo estaba cubierto por una alfombra parda que iba de pared a pared y que debía de costar una fortuna, y estaba abarrotada de mesas; sillas, secreters, chimeneas, libros, cuadros, magnetófonos, flores, chucherías, cortinajes y mil cosas más difíciles de reconocer. Como siempre, hacía un calor sofocante, como el que reina en un invernadero durante un día húmedo.
James Murray Vandervort era un hombrecillo insignificante, pero a pesar de ello se le consideraba el hombre más rico de la Tierra. Vestía un traje verde oscuro. Tenía el rostro rojo y congestionado debido al abuso que hacía del coñac y su barbita blanca, cuidadosamente recortada, estaba ligeramente descentrada. Tenía ciento cinco años de edad y su corazón no estaba en muy buen estado.
Ortega le dijo:
—Lo siento. Me retrasé a causa de un tifón.
Vandervort rió a boqueadas y su cara se puso aún más congestionada.
—Bueno, hombre, bueno, no importa. Tome un coñac.
Hablaba con voz sorprendentemente estentórea, como sí siempre estuviese gritando a grandes distancias.
Ortega aceptó el coñac, que le sirvió Vandervort en persona, y se secó la frente, que ya tenía cubierta de sudor. Calculó que la estación debía de hallarse a una temperatura superior a los treinta grados, y se dijo consternado que por lo menos tendría que permanecer una hora allí.
Su jefe empezó, como era su costumbre, por medio de vociferantes circunloquios.
—¿Cómo va el negocio? —le preguntó—. ¿Cuántos hemos conseguido para este cargamento?
Ortega se hundió en un enorme y mullido sillón que dejó reducido su metro ochenta de estatura a la que tendría aproximadamente un pigmeo.
—Hoy ha flojeado un poco, Van. Pero de todos modos hemos conseguido sesenta y cinco. Todos ellos saludables y berreando que da gusto oírles.
—Hum... ¿Y la merma?
—Treinta y cuatro para la Fundación. Los restantes ya están en la nave.
—Muy bien. Espléndido. ¿Han surgido complicaciones?
—No, ninguna. Unicamente me preocupa tener que dejar esa nave en Arizona. Si el Gobierno tropieza con ella...
Vandervort lanzó una de sus estentóreas carcajadas, palmoteando alegremente con sus endebles manos.
—¡El Gobierno! ¿Cuántas veces tendré que decirte, Keith, que soy yo quien mando en el Gobierno? O en lo que sea. ¿Más coñac?
Ortega pudiera haberse pasado. muy bien sin el coñac en aquel calor tropical, pero aceptó otra copa. Aquello formaba parte del ritual. Había que esperar a que el viejo se decidiese a hablar. Si tenía algo importante que decir, lo diría cuando le pareciese. Y si no.... tendría que resignarse. Van era un hombre lo bastante poderoso como para permitirse este y otros caprichos.
—Yo soy muy fuerte, Keith —dijo Vandervort, mientras sus ojos azul pálido vagaban azorados por la habitación.
—Lo sé perfectamente.
—Puedo comprar y vender a todo el Gobierno, y aún ganar dinero con la operación. Tengo a mi servicio a los mejores expertos del mundo para falsificar los registros de la Fundación. La mitad de los niños se quedan aquí en la Tierra, y con esto basta para despistar. El Gobierno no me preocupa.
—Ya lo sé. Pero a mi sí.
Vandervort habló durante veinte minutos acerca de lo poco que le preocupaba el Gobierno mundial. Señaló una y otra vez el cuidado con que éste se andaba, a cuántos senadores había sobornado, y añadió que lo que hacían no era ilegal... sino únicamente extralegal. Por último, cuando Keith Ortega calculaba que había perdido ya unos tres kilos en aquel baño de vapor, volvió a abordar el tema principal.
—¿Qué hay de nuestras colonias? —le preguntó Vandervort, mientras paladeaba el coñac—. ¿Qué hay de los robots?
Keith se encogió de hombros.
—Por el momento todo va como una seda —dijo—. Usted sabe tanto como yo, acerca de esto. Aún es pronto para obtener resultados concretos. La cultura A sólo tiene seis años, y tenga usted en cuenta que es la de más edad que tenemos.
Vandervort tamborileó con los dedos en el brazo del sillón.
—Dicho en otras palabras: no lo sabes.
Keith enarcó las cejas.
—Van, nos llegan informes semanales, y tenemos allí a veinte personas, entre hombres y mujeres...
—Es igual; no lo sabes. Y tú eres el único que tendría que saberlo. —El viejo potentado se puso trabajosamente en pie y empezó a pasearse por la estancia. Las zapatillas que calzaba producían un golpe sordo a cada paso que daba. En sus ojos empezó a brillar aquel extraño fanatismo que Keith nunca comprendió. Deteniéndose, apuntó con el índice a Ortega—. ¿No lo ves, Keith? ¿No lo ves?
Keith sabia muy bien de qué hablaba Vandervort. Sintió en su interior una grave inquietud.
—Vamos, dígalo de una vez, Van.
Vandervort se acercó a él y se detuvo mirándole y jadeando pesadamente. En su cuello latía una abultada vena. El calor era sofocante.
—Muy bien, Keith, seré más explícito. Llevamos diez años trabajando juntos, desde el día en que te saqué de tu jabonera y te devolví al trabajo. Quedó entendido, cuando tú estableciste las colonias, que irías personalmente a ellas para dirigir la realización del proyecto. Creo que ya es hora de que vayas, y me parece que deberías quedarte allí por lo menos un año. ¿Qué te parece?
—No hay necesidad...
—Yo creo que sí la hay. Nada puede ir mal, allá, ¿te enteras? ¡Nada! Ya has mandado bastante desde aquí. Tendrías que irte con Carolina en la próxima nave... no me gustaría tener que ordenártelo, Keith.
Keith sonrió.
—Siéntese, Van. Va a estallarle una arteria. Y no me amenace, por favor. Yo no soy su esclavo.
El anciano Creso frunció el ceño, reflexionó y tomó asiento de nuevo. Una ligera expresión de desconcierto y frustración apareció en su cara.
—Yo me imaginaba que querrías ir, Keith.
—Lo pensaré.
—Muy bien, como tú quieras. Sólo que... bueno, dejémoslo. Puedes irte, Keith.
—Gracias. Ya le llamaré.
Abandonó la estancia, ansioso por salir de su sofocante atmósfera, y antes de trasponer el umbral vio cómo volvía la extraña joven. El mayordomo le estaba esperando, y le acompañó hasta el patio.
Era de noche y seguía lloviendo. Elevó el helicóptero por encima del cañón y voló hacia el sudeste, en dirección a su casa del desierto. A gran distancia, bajo su aparato, medio ocultas en una máscara de lluvia, las luces de Los Angeles brillaban como diamantes multicolores enterrados en arena negra.
Un anuncio aéreo del Gobierno se cernía como un pálido fantasma violeta frente a él: Cuidado con hacer volcar el bote. Keith lo atravesó con el helicóptero y el anuncio volvió a formarse tras él, pacientemente.
Carolina debía de estar esperándole.
Keith levantó la mirada, tratando de atravesar las tinieblas y la lluvia. Venus era invisible, y estaba a una distancia fabulosa de su hogar.

II

Aquella noche tomaron bistec de verdad para cenar, que estaba muy sabroso, y cuando hubieron terminado se retiraron al anexo. Casi nunca utilizaban el living de cristal de acero, a menos que tuviesen invitados, ya que a ambos les resultaba imposible descansar allí. El anexo fue en principio una habitación acogedora situada en una de las alas de la casa... un inocente conglomerado de libros, magnetófonos, cuadros a medio terminar, muebles anticuados y un pequeño bar.
Casi toda su vida transcurría en el anexo.
Carolina se puso una andrajosa bata y empezó a trabajar en su última creación artística, una pintura al óleo que representaba a un cactus bajo el sol del desierto. El tema, en opinión de Keith, no tenía nada de original. El se tendió sobre el diván y fingió leer, mientras se dedicaba a observar a su esposa.
Ella era una rubia menudita, que mediría apenas un metro cincuenta y cinco de estatura, con una cara de muñeca que invariablemente la hacia merecedora del adjetivo de «mona», palabra que detestaba cordialmente. Ortega se casó con ella hacía veinte años, cuando ella contaba veinticinco, y aún seguían queriéndose con un amor suave. Su vida había sido dichosa y agradable, y a Keith le costaba tener que admitir que les hubiese faltado algo en ella.
Quizá se equivocaba. El era un hombrón, y ella se había acostumbrado a caminar a su sombra, tanto mental como físicamente. Veinte años atrás, él había sido un prominente socioculturista y partidario de la Federación mundial, pero no tardó en sentir hastío ante las exigencias, las predicciones fáciles y los problemas triviales. Dejó su empleo y dio la vuelta al mundo en una sorprendente embarcación de vela, buscando algo que no era capaz de hallar. Carolina se plegó a sus deseos sin la menor queja. El formuló su tesis sobre la Edad de las Tinieblas, que le dio fama hasta cierto punto, y dio conferencias y escribió sobre esta cultura hasta que se dio cuenta de que nadie se lo tomaba muy en serio. Se refugió en un fácil sarcasmo que reflejaba una desazón interior que él era incapaz de comprender, y ni siquiera la excitación que le produjo el proyecto Vandervort consiguió satisfacerle. Reconocía que en todo el universo había pocos hombres con quienes fuese menos fácil de convivir que él.
No hubiera sido exacto decir que Carolina estaba deprimida, pero por otra parte a él le hubiera costado afirmar que su mujer era feliz. Inquieta. Esta era la palabra adecuada. Ella asaba de la pintura a la literatura, admitiendo alegremente que lo hacía bastante mal en ambas disciplinas, y de la vida nocturna en Los Angeles a largos paseos matinales a caballo por el desierto. Raramente se quejaba, y no se metía jamás en la vida de su marido. Hasta cierto punto parecía estar esperando, esperando siempre, sin saber exactamente lo que esperaba.
Ambos hubieran deseado tener hijos, pero éstos no vinieron. Acariciaron la idea de adoptarlos, pero nunca dieron ningún paso definido en este sentido.
—Hoy he visto a Van, Carolina —le dijo él por último, dejando el libro.
—¿Ah, si? —dijo ella, añadiendo una pincelada de amarillo al color pardo de la arena—. ¿Aún vive?
—Este hombre es eterno. Me gustaría saber lo que se traía entre manos.
Carolina miró el cuadro bizqueando los ojos.
—La verdad es que no lo sabemos.
—A veces resulta cómico, Carolina. Yo he montado toda esta empresa con su dinero y su determinación, se me ha llevado diez años de mi vida, y aún no sé qué finalidad persigue.
—Nadie te impide dejarlo, Keith, y siempre podemos botar de nuevo nuestro viejo velero.
—No, hijita. Esta vez no puedo dejarlo —Vaciló—. Carolina, Van quiere que vayamos a Venus por un año para ver como van las cosas allí.
Carolina dejó los pinceles y se volvió, enarcando las cejas.
—¿Quieres decir personalmente?
—Sí, personalmente. A Venus.
—¿Qué más ha pasado hoy... una guerra con Suecia?
—Hablo en serio, cielito. Quiere que vayamos.
Carolina se acercó a él para sentarse en el borde del diván parecida casi a un pájaro en su pequeñez. Lo besó, risueña. Luego encendió un cigarrillo y paseó la mirada por los libros, los cuadros y las paredes acogedoras y familiares.
—¿Cuándo nos vamos, cariño?
—¿De veras quieres irte? Tú ya sabes como es Venus. Está muy lejos de todos y de todo...
—Creo que nos haría bien, Keith —dijo ella despacio. Pasó sus delgados dedos por sus cabellos de un rubio pálido—. Me gustaría ir.
—Tendrías que ir a la escuela durante un tiempo, querida.
—Estoy dispuesta a hacerlo —En sus ojos azules brilló de pronto una esperanza inesperada y sorprendida—. ¿Recuerdas lo que decías siempre, Keith, de esa Edad de las Tinieblas que tanto te obsesionaba? Pues verás, yo he pensado con frecuencia... es decir...
El miró a su esposa y sonrió.
—Tú también opinas que estamos presos de nuestra propia cultura. Nos hemos enmohecido. Esto es lo que yo pienso. Nos limitamos a ir a la deriva... No es fácil nadar contra la corriente.
—Podernos hacerlo, Keith. Estoy segura de ello.
Ella lo deseaba. Lo deseaba desesperadamente. En cuanto a Keith, no estaba muy seguro de ello, pero supo ocultar bien su indecisión. Besó a su esposa y le dijo:
—Veremos, querida. Veremos.

Los meses siguientes pasaron como un torbellino. Carolina estaba muy ocupada estudiando el complejo cultural de Halaja, pero a Keith Ortega le quedaba mucho tiempo libre. Después de dar muchas vueltas al asunto, decidió volver a ver a Vandervort.
El anciano, que parecía un enanito sonrosado y barbudo conservado por toda la eternidad en un asfixiante panteón, se alegró de verle, aunque demostró también una ligera aprensión. Estaba otra vez preocupado y nervioso a causa de los detalles.
—¿A qué debo el honor de esta visita voluntaria, Keith? —dijo con su voz de trueno, sirviéndole una copa de un coñac exquisito, pero que su visitante aceptó a regañadientes— ¿No habrás cambiado de idea?
—No, Van. Iremos.
—Muy bien. ¡Espléndido! —Los ojos pálidos de un azul desviado que brillaban en el rostro congestionado giraron nerviosamente para abarcar la enorme estancia deteniéndose ora en un jarrón ora en una estatuilla antigua, y después en la chimenea encendida. A pesar del espantoso calor, tenía la epidermis seca y Keith sabía que esa era fría al tacto. El vozarrón del anciano llenaba toda la habitación—. ¿Sucede algo malo, acaso?
Aquella pregunta tan directa era desusada en Vandervort, que solía ser más sutil de lo que aparentaba. Keith se aprovechó de ello.
—No, toda va bien, Van. El único que no voy bien soy yo.
—Vaya —exclamó el anciano, levantándose con dificultad, sin hacer caso de las instrucciones del médico. Luego se metió una píldora en la boca y la tragó con un buen sorbo de coñac. Empezó a pasear sobre la mullida alfombra parda. La vena de su cuello latía con la sangre procedente de su cerebro—. ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo? ¿Estás preocupado?
Keith sacó la pipa, la llenó y la encendió. El humo azulado ascendió en volutas por la atmósfera húmeda y sofocante, extendiéndose en una delgada película bajo el cielo raso.
—Lo que me preocupa es usted —repuso.
—Ah —exclamó Vandervort, hundiéndose de nuevo en su sillón y sirviéndose más coñac—. Temes que pueda morirme dejándote en una... hum... posición delicada. ¿No es eso?
—No. Lo que me preocupa es cuáles puedan ser sus motivos, Van.
El potentado entornó los ojos hasta convertirlos en dos simples rendijas.
—Eso a ti no te concierne, Keith.
—Creo que tengo derecho a saberlo.
El anciano pareció contraerse en el sillón, haciéndose más pequeño que de costumbre. Le temblaba ligeramente la barbilla. Hubiérase dicho que casi parecía asustado. Mas ¿qué podía temer James Murray Vandervort?
—Tienes un sueldo muy bueno —dijo, con voz menos fuerte que antes.
—Antes de conocerle a usted, el dinero no me faltaba. El dinero es secundario.
Los ojos azul claro se abrieron.
—¿Por qué aceptaste este empleo, Keith?
Keith Ortega vaciló. ¿Por qué lo había aceptado? ¿Lo sabía de verdad?
—Yo aporté mis ideas —dijo, tratando de hallar palabras—. Pensé que podría ser algo interesante. Tal vez estuviese aburrido —Sonrió—. Quizás quería hacer zozobrar el bote, o sólo moverlo un poquito.
Sus palabras no le satisficieron.
—Muy bien. Espléndido. ¿No se te ha ocurrido nunca que yo pudiera sentir interés en ver lo que sucedería? Quizás yo también esté aburrido. Aunque un hombre tenga algunos billones de dólares, no por eso deja de ser un hombre, Keith.
—No pongo en duda su humanidad —dijo Keith, dando lentas chupadas a su pipa—. Pero no me trago eso de que usted sólo sintiese una simple curiosidad. Le conozco demasiado bien, Van. Esto es más importante para usted que la propia vida. ¿Y por qué, Van, por qué?
Vandervort apartó la mirada, para contemplar el atestado vacío de la gran habitación, y no replicó.
Keith Ortega le observaba con atención suma. Aquel anciano tenía ciento cinco años. Como Keith, no tenía hijos. Había invertido un billón de dólares en el secreto proyecto de Venus, y se había convertido en un fanático. ¿Qué buscaba en Venus?
Keith conocía a su viejo jefe muy bien. Desde luego, no era tan solo un filántropo idealista, a decir verdad, le importaba muy poco el animal humano. Su objetivo no era el lucro comercial... Después de tantos años de dedicarse a los negocios, estos le causaban hastío, y en el mejor de los casos los consideraba como un medio para conseguir una determinada finalidad. Era cualquier cosa menos un soñador.
—Tal vez —dijo por último Keith, para romper aquel largo silencio—, tal vez lo que usted quiere es llevar al hombre a las estrellas. Quizás cree usted en el destino.
El anciano soltó una de sus estruendosas carcajadas, mientras su rostro se teñía de púrpura.
—Tal vez sí, Keith —dijo, riendo—. Es posible que sí.
Siguieron conversando, pero nada importante salió a relucir. A primeras horas de la mañana, sin haber conseguido averiguar lo que deseaba, Keith se fue, tras despedirse del anciano. Vandervort se quedó sentado en su sillón en la habitación tórrida, sonriendo ligeramente, atisbando nerviosamente las sombras y sorbiendo su copa de coñac.
Keith se elevó en su helicóptero y se dirigió hacia su casa, con las luces de Los Angeles bajo él y la luna llena sobre su cabeza. El viento nocturno, desviado por los rotores, le producía una sensación fresca y agradable en el rostro. A gran altura sobre su cabeza, las rutas comerciales estaban atestadas de aeronaves.
El signo malva flotó en el aire ante él: CUIDADO CON HACER VOLCAR EL BOTE.
Durante todo el viaje de regreso estuvo pensando en el anciano Vandervort, solitario en su castillo, y aquella sencilla pregunta seguía planteándosele con insistencia:
¿Por qué?

Afortunadamente, había otras preguntas más fáciles de responder.
Keith Ortega respondió a algunas de ellas a entera satisfacción suya hacía ya bastante tiempo. Escribió un libro bajo el titulo algo melodramático de La Nueva Edad de las Tinieblas, y fue esta obra la que hasta cierto punto hizo concebir a Vandervort su proyecto de Venus. El libro conoció amplia difusión. En general se le consideraba como probablemente acertado y desde luego entretenido.
Nadie se tomó este libro muy en serio... lo cual hasta cierto punto confirmaba su tesis.
Nadie, excepto Vandervort.
El libro se ocupaba del planeta Tierra.
¿En qué consistía?
La historia de la Tierra era familiar a todo el mundo. Después de un millón de años, aproximadamente, de aplastar las cabezas de sus semejantes con armas cada vez más potentes y mejores, el animal humano alcanzó finalmente una civilización muy uniforme y estable que cubría todo el planeta. Lo hizo por simple necesidad, cuando estaba al borde de la extinción nuclear, pero de todos modos lo hizo. En el año de gracia de 2050, el sueño de un Mundo Unico había dejado de serlo.
El animal humano vivía en él.
No obstante, en su comprensible prisa había negligido algunas premisas básicas.
En una sola civilización se habían amalgamado gran variedad de ellas. Considerando lo que enseñaba la historia, no podía haber sido de otro modo. Una cultura occidental en su misma esencia, debida a una sucesión de avances técnicos, se había extendido por todo el globo para arraigar profundamente en él. E1 auge que conoció fue duradero, después de engullir y dirigir todos los restantes modos de vida existentes en el planeta Tierra.
Había un Mundo Unico y reinaba la paz.
Una civilización monótona y uniforme, pero floreciente, que cubría todo el planeta.
El animal humano empezó a respirar más libremente.
Había un bromista a bordo, aunque su risa tardó mucho en dejarse oír (1). Un Mundo Unico significaba un solo complejo cultural. No hubo orquestación de diferencias sino sencillamente una obliteración casi completa de diferencias. Cuando el hombre tenía prisa, tomaba el atajo más corto que se le presentaba.
Era un buen complejo cultural, y el animal humano vivía de una manera mas desahogada que en ninguna ocasión anterior. Nadaba en la abundancia, en el seno de una cultura que poseía ilimitados recursos técnicos, amparados por una filosofía basada en la dignidad del hombre. La Tierra se convirtió en un paraíso... literalmente, puede afirmarse que hubo un paraíso en la Tierra. Los junglas, los desiertos y las soledades árticas, cuando fueron necesitados se convirtieron en tierras verdes y fértiles. La energía solar fue domeñada, y por un costo muy barato. Las Empresas Vandervort amasaron miles de millones gracias a la utilización de la energía solar, pero aseguraron un eficiente reparto de las mercancías.
Lo cultura florecía.
Los otros mundos del sistema solar fueron sumariamente explorados, descritos y cayeron en el olvido. Tanto Marte como Venus, contrariamente a lo que presumían algunos autores antiguos semicientíficos, resultaron ser habitables. Habitables, pero no muy agradables. Marte era un desierto árido y casi desprovisto de agua, y Venus un extraño mundo selvático que nunca había visto el sol. Disponiendo aún de los recursos intactos de la Tierra, no valía la pena colonizar los otros mundos.
La Tierra era un Paraíso, además, que nadie quería abandonar.
El animal humano se quedó pues en la Tierra. Esta le bastaba. Además, tenía el deber de apreciarla, de protegerla, de mimaría. La nueva divisa fue: CUIDADO CON HACER VOLCAR EL BOTE.
El complejo cultural uniforme, el marco donde transcurría la existencia humana, se llenó. Todas las culturas tienen un potencial que no pueden ultrapasar. Todas las culturas tienen su hito, su límite. Una cultura puede realizar sus valores, alcanzar sus objetivos, seguir todos los caminos que se abren ante ella. Cuando esto sucede, ya sea en Grecia, en Roma o en la Australia paleolítica, la cultura se agota y comienza a repetir lo que ya ha realizado. A través de la historia vemos que cuando una civilización alcanzar su clímax y se estabiliza, surge en otro lugar una nueva cultura, fresca y llena de vida, para tomar el relevo y seguir en un nueva. dirección, sacudiendo a la vieja civilización y sacándola de su rutina.
Esta vez no existían, sin embargo, culturas rivales.
No podía realizarse el relevo.
En el año 2100, la civilización terrestre se había quedado sin municiones convirtiéndose en una perfecta cultura occidental estática y congelada. Empezó a repetirse incesantemente, en un círculo vicioso que no llevaba a ninguna parte.
No era una cultura decadente ni retrógrada. En realidad, ni siquiera se deterioró. Se limitaba a recorrer su lisa y uniforme pista circular de ceniza, sin sudar y apacible, satisfecha de sí misma.
Los gente en su mayoría, ignoraban completamente lo sucedido como es de suponer. ¿Cómo podían saberlo? Supieron lo hombres que vivieron en la Edad de las Tinieblas que su época era tenebrosa? ¿Y de haberlo sabido les hubiera eso importado?
Las gentes eran todo lo dichosas que se puede ser. Todo el mundo estaba bien alimentado y gozaba de las máximas comodidades. El espectro atómico habíase esfumado. La gente joven aún seguía enamorándose y lo primavera llegaba todos los años.
¿Quién iba a decirle al hombre sentado a los mandos de su helicóptero que su cultura ya había perdido el empuje vital?
Por lo tanto, no había más remedio que atenerse a la consigna: CUIDADO CON HACER VOLCAR EL BOTE.
Sin embargo, existían algunas señales. La ignorancia siempre se paga.
La pérdida de la vitalidad cultural no tardó en manifestarse... Poco a poco, el índice de natalidad empezó o decrecer. El número de suicidios aumentó en proporción correspondiente... a pesar de que los hombres vivían en un paraíso. La gente se suicidaba por motivos que lindaban con el ridículo. Muchos matrimonios repudiaban a sus hijos. El número de nacimientos ilegítimos aumentó, a pesar del descenso general en la natalidad.
La cultura había perdido el rumbo.
En realidad, no se trataba de decadencia.
Se trataba de aburrimiento, de hastío.
Estos eran los hechos que Keith Ortega había sacado a relucir. Esto era la realidad con que Vandervort tenía que enfrentarse. Fue todo lo que motivó el proyecto venusiano.

A las cinco de la madrugada del primero de septiembre del año de gracia 2150, Keith Ortega y su esposa embarcaron en la astronave de la Fundación, oculta en una árida región del desierto de Arizona.
Además de Keith y Carolina, la nave transportaba a dos pilotos, un navegante, un médico, cincuenta niños de corta edad, veinticinco robots humanoides especiales, calculadoras y vituallas.
Keith y Carolina se sentaron a descansar en su camarote. No había nada que ver en él... ni portillas, ni cuadros de mando, ni luces centelleantes. Tampoco tenían nada que hacer. Era la primera vez que ambos despegaban en una astronave. Se dispusieron a esperar.
Un suave zumbido recorrió toda la nave, y fue aumentando hasta convertirse en una baja y potente pulsación. El murmullo del aparato de aire acondicionado subió. Un relé electrónico chasqueó fuertemente al colocarse en posición.
—Ya se acerca, ya se acerca —susurró Keith.
Las luces se amortiguaron. Un rugido ahogado y carraspeante surgió de las profundidades de la astronave. Sintieron un repentino vértigo que duró un segundo, cuando su corazón dejó de palpitar. Las luces se encendieron de nuevo, el sonido se hizo más fuerte, y entró suavemente en acción el propio campo gravitatorio de la nave. Esta cruzaba ya los espacios.
Ascendía a través del pálido y rosado resplandor de la aurora. Ascendía a través del mar tranquilo y silencioso que nunca conoció mañana ni noche, risa ni lágrimas.
La Tierra había desaparecido.
Keith sonrió a su esposa y se preguntó cuánto tiempo tardarían en ver nuevamente un cielo azul.

III

VENUS.
Keith se lo imaginaba mentalmente, e incluso había visto fotografías e informes científicos que trajeron los primeros expedicionarios. Creía saber adonde se dirigía.
Como puede suponerse, la realidad fue distinta, Cuando desembarcaron de la astronave en la estación de llegada, a mas de cuarenta millones de kilómetros de la Tierra su primera impresión fue de semejanza, lo cual les produjo una gran sorpresa.
Los informes científicos, por lo general, tendían a subrayar lo desusado y lo extraño. El que leyese antiguas descripciones del Sahara o de la cuenca del Amazonas, podía olvidar muy bien que estas regiones estuviesen en el mismo planeta que Los Angeles, Londres o Nueva Delhi... Incluso podría sacar la impresión de que sus habitantes ni siquiera eran seres humanos.
Más que otra cosa la estación de llegada de Venus parecía un rincon cualquiera de la Tierra en un día muy brumoso y cálido. Estaba muy nublado, lo cual ya era de esperar, y la atmósfera estaba constituida por una espesa neblina gris. El clima era caluroso y húmedo, y el aire tenía un sabor artificialmente dulce y embriagador. Una vegetación gris verdosa rodeaba a la estación con un impenetrable muro, y el silencio reinante era espeso y aceitoso.
Poro los aspectos realmente extraños de Venus —las difusas colonias de organismos que respiraban oxígeno y se extendían por las nubes más altas, las extrañas corrientes térmicas que condensaban el vapor de agua antes de que éste pudiese alzarse hasta las fajas de seis kilómetros de anhídrido carbónico—, éstos eran invisibles.
Mientras el médico, con ayuda de los robots perfectamente humanoides, procedía a la descarga de los niños, Keith y Carolina se dirigieron hacia el edificio de la estación que tenía forma de cúpula. Mark Kamoto les distinguió cuando apenas habían dado una docena de pasos. Echó a correr hacia ellos, gritando y haciéndoles alegres gestos.
—¡Hola! —gritó—. ¡Bienvenidos al Reino Submarino!
Cuatro horas después, tras beberse el contenido de dos cafeteras entre los tres, aún seguían charlando sin parar, presas de la inevitable verborrea que se presenta siempre cuando se reúnen de nuevo los amigos que han estado mucho tiempo separados.
Keith sonreía mirando a Mark, más delgado y curtido que cuando dejó la Tierra tres años antes.
Por último le dijo:
—Nos gustaría salir a echar un vistazo.
—Antes tenemos algunas cosas que hacer —observó Mark—; así que creo mejor que esperemos a mañana. O sea hasta dentro de once días terrestres.
—Deja de hacerte el veterano y de tratarnos como a unos bisoños, chico —le dijo Keith—. Sabemos perfectamente cuanto dura la noche de Venus.
—Que te crees tú eso — repuso Mark —. Lo sabes en teoría. ¡Espera a experimentarlo en la práctica!
Después que hubo transcurrido aquella larga noche y la grisácea luz del día surgió de nuevo, Keith tuvo que admitir que Mark tenía razón. Los diez días terrestres que duraba la noche venusiana fueron muy atareados y animados, salpimentados además por el exotismo de lo auténticamente nuevo.
A pesar de eso, no dejaron de hacérseles interminables.
La mitad del tiempo llovió... una lluvia firme y sostenida, monótona, que tamborileaba en la jungla por una perseverancia exasperante. Las nubes lucían con una pálida fosforescencia. Para un hombre nacido y criado en la Tierra, el efecto que esto producía era desconcertante. Era como si uno durmiese siempre de día, para encontrarse al despertar con una luz nocturna que caía de las nubes. Al acostarse de nuevo seguía siendo medianoche.
Con Mark a los mandos del helicóptero, despegaron entre la niebla matinal y pronto dejaron mas atrás el claro donde se alzaba la estación. Cuatro niños, que constituían el cupo destinado a Halaja, compartían con ellos la cabina del aparato.
Uno de ellos, un niño con expresión solemne, largos rizos y una naricilla respingona, pasaría por hijo de Keith hasta que éste volviese a la Tierra.
—Mirad los pájaros —dijo Carolina.
Los había a millares, grandes como halcones y de abigarrado plumaje. Volaban en bandadas sobre la jungla gris verdosa, abatiéndose de vez en cuando sobre pequeños reptiles parecidos a lagartos que vivían en las anchas hojas de la parte superior de la selva. Eran muy parecidos a las aves acuáticas que volaban sobre los mares de la Tierra, zambulléndose en ellos para capturar los peces.
El helicóptero volaba rumba al oeste, por el espacio abierto entre las algodonosas montañas de nubes y el mullido techo de la selva. En una ocasión sobrevolaron una llanura cruzada por multitud de riachuelos, junto a los que se veían animales paciendo. Las ciénagas y lodazales abundaban, pero las elevaciones del terreno eran escasas.
—Adelante —decía Mark.
Venus no tardó en exhibir su habilidad favorita: la lluvia. Se hizo un poco más obscuro y las esponjas formadas por las nubes grises empezaron a gotear. El helicóptero, mojado, avanzaba a través del chaparrón, oscilando ligeramente al cruzar algunas zonas diluviales. Sin embargo, no soplaban vientos fuertes. Tampoco brillaban los relámpagos ni tronaba.
A las ocho horas de vuelo llegaron a Halaja.
Desde el aire, medio oculta por la llovizna, la aldea de Halaja parecía la amarillenta fotografía de un antiguo puesto fronterizo de la Tierra. No estaba rodeado por murallas ni empalizadas, pero las casas de madera formaban un cuadrado en torno a una plaza central, y se comunicaban mediante pasadizos cubiertos de tablas. En el centro de la plaza había un estanque circular y en torno a éste un anillo de fogones donde los moradores de la aldea cocinaban. En un radio de tres kilómetros en tres direcciones alrededor de la aldea, la jungla había sido talada y en el terreno se había plantado fruto de Sirau. Hacia el lado oeste se extendía una campiña abierta, y más allá de ella discurría el Río del Humo, con sus lentas aguas azules serpenteando perezosamente a través de la espesa jungla verde gris. En la plaza se veían algunas figurillas que corrían, que desde la altura a que se encontraba el helicóptero parecían hormiguitas negras.
Halaja. Un lugar habitado.
Keith tomó entre las suyas la mano de Carolina.
Mark hizo aterrizar el helicóptero en el encharcado campo de fútbol que había al oeste del poblado.
Los tres juntos atravesaron el campo y tomaron un húmedo sendero que cruzaba un huerto de Sirau. Keith sostenía sin muchos miramientos a un niño en brazos mientras que Mark, demostrando mayor experiencia, cargó con dos de ellos. Carolina llevaba al caballerete de la nariz respingona. La llovizna que empapaba el aire les enfriaba la cara y descendía en regueros por sus cogotes.
—¡Eh! —gritó alguien desde la aldea—. ¡Compañía!
Un grupo de adultos salió corriendo a su encuentro. Vestían muy sencillamente con camisa y pantalones cortos. Iban descalzos, La mayoría de los niños aún no sabían andar, pero dos de ellos gatearon hasta la entrada del pueblo, para quedarse mirando muy sorprendidos aquella procesión.
—Esto parece un acontecimiento —observó Keith, sonriendo.
—En Halaja no suelen recibir muchas visitas —dijo Mark.
Los habitantes de la aldea los rodearon, hablando todos a la vez. Dieron amistosas palmadas en la espalda de Keith y estrecharon con mucha compostura la mano de Carolina. Se apoderaron de los niños que llevaban, con gran alivio por parte de Keith, y todos rieron, hablaron y se congratularon.
Bill y Ruth Knudsen eran la única pareja de seres humanos que vivía en el pueblo, pero si Keith no lo hubiese sabido previamente, no hubiera conseguido distinguirlos, tan perfectamente imitados estaban los robots humanoides.
—¡Keith! —gritó Bill Knudsen con voz atronadora—. ¡Cuánto me alegro de volver a verte!
Bill era un hombrón rubio con una barba que pedía a gritos una navaja.
Ruth, radiante y sonriendo de oreja a oreja, intervino:
—Por fin os habéis decidido a venir. ¡Qué alegría nos habéis dado! Os hemos preparado una habitación que creo os gustará.
La alegría que brillaba en sus ojos indicaba de manera harto elocuente, hasta qué punto daba la bienvenida a otra persona de su sexo, que colmaría su necesidad de compañía femenina.
El alegre cortejo penetró en la aldea, entre vítores y canciones.
Seis horas después, Mark montó de nuevo en el helicóptero y se fue.
Había comenzado su vida en Halaja.

Le resultó extraordinariamente fácil adaptarse a la vida de la aldea. A pesar de que ésta era distinta de la vida que habían llevado en la Tierra, habían estudiado ya sus costumbres y se adaptaron sin contratiempos a su rutina. El fruto de Sirau no requería cuidados extraordinarios, y las horas libres se pasaban en juegos y ceremonias y relatando leyendas sagradas... la mayoría de las cuales habían sido escritas por el propio Keith.
El ritual, en el verdadero sentido de la palabra, era lo que dominaba la vida de Halaja.
Carolina puso el nombre de Bobby a su hijo adoptivo. Después de dos meses terrestres de vivir en la aldea, Bobby contaba ya con un año de edad y crecía muy hermoso. Probablemente no era más digno de admiración que los otros niños de su edad que vivían en Halaja, pero Keith y Carolina se embabiecaban contemplándolo.
Una noche Keith se fue con el niño a sentarse en un banco de madera, junto al estanque del centro de la plaza. Una vez allí se entretuvo haciendo saltar a Bobby sobre sus rodillas.
Había estado lloviendo desde hacía seis días terrestres, pero en aquellos momentos la lluvia había cesado. De las húmedas junglas venía una brisa fría y dulce. El resplandor nocturno que descendía de las masas de nubes que poblaban el cielo semejaba un suave claro de luna, que bañaba la campiña con una cálida luz plateada. Los perfumes de las flores selváticas cruzaban el aire como ríos de olor. La amarillenta luz de una hoguera iluminaba el lado opuesto de la plaza, y las casas de la aldea no eran más que negras sombras bajo las pálidas y altas nubes.
—Bobby —dijo al niño—, llamamos a este estanque la Mansión del Espíritu. Quizás haya quien diga que no existen los espíritus, pero no saben lo que nosotros.
El niño reía y pataleaba sin prestarle la menor atención.
Keith llenó la pipa con una mano y la encendió con su encendedor.
—No transcurrirán muchos años, Bobby, antes de que conozcas a otros hombres y mujeres junto a este mismo estanque... gente de mar de Acosta, que está en el Mar del Norte, industriales de Wlan, Mepas y Carin, grandes cazadores de Peuklor, hombres de la lejana Equete, donde sueñan ya con la navegación interplanetaria. Bailarás con ellos, cantarás en su compañía e intercambiarás ideas. Tú serás uno de los que participarán en estas reuniones celebradas por la primera generación de hombres que han vívido en Venus. Conocerás a los que, como tú, crecen también en este mundo, los conocerás en paz, porque pacífica habrá sido vuestra vida, y todos juntos... ¿qué es eso, Bobby?
Bobby se había puesto a lloriquear.
Keith se echó a reír.
—Todavía no puedes entender lo que digo, hijo mío. Aún es demasiado pronto. Pero algún día lo entenderás. Algún día...
Una mano se posó en su hombro.
—Te estás volviendo un viejo melodramático, querido —le dijo Carolina, depositando un ósculo en su oreja y sentándose a su lado.
—Pues te aseguro que aún no he dejado boquiabierto a Bobby con mi sabiduría —repuso Keith—. Por el contrario, le aburro.
—Concédele unos cuantos años, querido.
Keith miro a su esposa a la luz que bajaba de las nubes. Los azules ojos de Carolina brillaban como nunca habían brillado en la Tierra. Sentada a su lado, tan pequeña y frágil, irradiaba una tranquila serenidad que se contagiaba a su esposo.
—Dentro de algunos años, Bobby tendrá a un robot por padre —dijo.
—Ya lo sé.
La fría brisa que se había levantado al cesar la lluvia se convirtió en un lento y perezoso vientecillo cálido. Una horda de hambrientos insectos penetró volando en la plaza, con el deseo de demostrar cuán digerible era la sangre humana. Todos los habitantes de la aldea habían sido vacunados con un producto que mantenía a distancia aquella plaga, pero de todos modos sus zumbidos eran muy molestos.
Los tres se alejaron del estanque, iluminado por la pálida luz de las nubes, y entraron en su casa.

Habían transcurrido ocho meses terrestres.
En la plaza que rodeaba la Mansión del Espíritu, los tambores redoblaban rítmicamente y un canto ritual llenaba los ámbitos. Los robots humanoides realizaban una más de las numerosas ceremonias sagradas, mientras los niños de la aldea se apiñaban arrobados junto al estanque, sorbiendo las palabras, la música y los sentimientos que se iban convirtiendo rápidamente en substancia propia.
Entre tanto, en la agradable estancia central de su casa de madera, Keith y Carolina escuchaban, sentados sobre un colchón de corteza de árbol. Frente a ellos se sentaban Ruth y Bill Knudsen.
—Una de las ventajas que tiene ser humano —observó Bill— es que se puede dejar que los robots hagan todo el trabajo, al menos hasta que los niños sean lo suficientemente creciditos para extrañarse de que nosotros no estemos ahí fuera, vociferando y pataleando como los demás.
—Dime, ¿qué te hizo venir aquí? —le preguntó Keith.
Bill se encogió de hombros.
—Ruth me embaucó para que lo hiciese.
Su mujer, una hembra bastante vulgar, pero que poseía una oculta fortaleza que le infundía cierto atractivo, asintió.
—Allá abajo había demasiadas chicas guapas. Pensé que Bill estaría más seguro aquí.
Bill y Ruth siempre bromeaban al hablar de ellos mismos. Keith se preguntó si esto sería un síntoma de la época o si los hombres se habían mostrado siempre reticentes al hablar de las cosas importantes.
—Ha sido maravilloso teneros con nosotros —dijo Ruth—. Os echaremos de menos cuando os vayáis.
—Aún faltan meses. Cuatro, exactamente.
—Creo que todos necesitamos un poco de bebida ceremonial —dijo Bill con su vozarrón—. Esta reunión está resultando muy sosa. A este paso, vamos a terminar todos llorando.
Keith se volvió a Carolina.
—¿Qué dices tú, alta sacerdotisa?
—Mientras sea exclusivamente ceremonial —dijo Carolina—, me parecerá como sí no nos apartásemos de nuestro deber.
—Por una extraña coincidencia —les comunicó Bill—, resulta que tengo un vinillo muy bueno oculto en mis habitaciones.
—Pues tráelo —dijo Keith.
Bill se agachó para penetrar en el túnel de comunicación. Sus pies desnudos resonaron con golpes sordos sobre las tablas, y no tardó en regresar con una botella de Bourbon. Carolina sacó cuatro copas de arcilla y un jarro de agua.
Todos brindaron por el futuro. A pesar de lo mucho que querían a Halaja y lo que ésta representaba, sin embargo, no era su patria. Ellos no eran más que comparsas, y de vez en cuando les gustaba desaparecer de la escena.
De la plaza llegaba el sordo golpear de los tambores y los melodiosos cantos de los robots de Halaja. Los niños guardaban un silencio sepulcral.
—Vamos a hacer ahora unos cuantos brindis ceremoniales —propuso Bill.
—De acuerdo —dijo Keith.
Bebieron a la salud del viejo Vandervort.
Luego brindaron por la Tierra.
A continuación levantaron sus copas de nuevo para brindar por varios principios generales.
Cuando llegó el quinto brindis, se sentían dominados por un beatífico sopor.
—Me parece —dijo por último Carolina— que este es el momento más adecuado para comunicaros una buena noticia.
—¡Hum! —murmuró Keith—. Desembucha.
Carolina se apartó un mechón de rubios cabellos que le tapaba los ojos.
—Para decirlo del modo más grosero —dijo—. Habéis de saber que estoy embarazada.
Keith pegó un brinco. Dándose cuenta de pronto que tenía la boca abierta, la cerró y volvió a sentarse.
Bill y Ruth, risueños, la felicitaron cordialmente.
Carolina se mostraba satisfechísima.
—Tendremos que irnos cuanto antes —dijo Keith—. Te llevaré de nuevo a la Tierra, a una clínica...
Se interrumpió, al ver la expresión de la cara de su esposa.
—No tengas prisa —le dijo Carolina—. Aún no es el momento de poner el agua a hervir.
—Perdóname —dijo Keith, sumiso.
—Querido —le dijo ella, hablando lentamente—. ¿Por qué tenemos que volvernos? ¿De veras quieres que tu hijo nazca en la Tierra?
Los tambores se acallaron y el canto se convirtió en un apagado susurro, que se elevaba sobre la plaza y la Mansión del Espíritu.
Keith se sonrió al decir:
—Será lo que tú quieras, Carolina. Me atengo a tu decisión.

IV

SE QUEDARON DONDE ESTABAN
Un año después de otro, tras el nacimiento de su hijo, el cual fue bautizado en Halaja mediante el rito acostumbrado, Keith recibió un mensaje de su anciano jefe. Mark corrió a llevárselo, y decía como sigue:

«Mi querido Keith: Me duele tener que decirte que no me gustan los informes que me envías sobre nuestro proyecto. Los he encontrado excesivamente breves y poco informativos. Te ruego que los hagas más detallados de ahora en adelante. Es absolutamente imprescindible que yo sepa cuanto ocurre en nuestras colonias. Te lo repito: es absolutamente imprescindible. ¿Cómo se desarrolla la estructura ceremonial? ¿Están debidamente coordinadas las industrias de Wlen, Mepas y Caris con las especulaciones de los filósofos astronautas de Equete? ¿Qué me dices de la actitud individualista de los cazadores de Pueklor? Tengo que saberlo todo. ¿Te quedarás por mucho tiempo más? ¿Cómo van los robots? ¿Cuándo tendrán lugar los primeros fallecimientos? Aquí reina cierta agitación. Corre el rumor de que fue descubierta una de nuestras naves al despegar. Se habla de una posible investigación. Pero yo me las entenderé con el Gobierno. La Fundación sigue yendo como una seda y hay más niños en camino. Tengo que estar enterado de los resultados completos de todo esto, y de todo lo nuevo que suceda. Sé que has tenido un hijo. Te ruego que a partir de ahora me envíes informes más completos. (Firmado): James Murray Vandervort.»

Este mensaje dejó a Keith muy preocupado, y decidió no enseñárselo a Carolina. Las fastidiosas demandas exigiendo más información eran típicas de Van, pero lo que más le inquietaba era aquella insinuación de sospechas por parte del Gobierno.
A pesar de la influencia de que gozaba el anciano y de su omnímodo poder, Vandervort no era el amo de la Tierra. Por poco dinámico que fuese el Gobierno mundial, no por ello podía hacérsele caso omiso.
La paz en la Tierra se conquistó al precio del conformismo. La era de la abundancia se basaba en un sistema estable en el cual todos pensaban igual, se conducían igual y hablaban igual. El sueño acariciado por la Humanidad durante siglos de guerra, de odio y de temor, se había alcanzado. El hombre tenia lo que siempre había ambicionado, y no tenía prisa por cambiar. Su lema era muy sencillo:
Cuidado con hacer volcar el bote.
Pues bien: las colonias de Venus zarandeaban peligrosamente el bote.
Se avecinaba la tempestad.
Era cierto que aquellas colonias no eran exactamente ilegales; ninguna ley prohibía establecer nuevas culturas en Venus. A nadie se le había ocurrido tal posibilidad... no existían precedentes legales de ellas.
No eran ilegales; estaban fuera de la ley.
Pero si las descubrían, el juego había terminado. Su eficacia dependía totalmente del secreto. Había que dar tiempo a las colonias para que creciesen, se desarrollasen e infundiesen vida y vigor en sus costumbres. Eran ellas quienes debían establecer contacto con la Tierra... y no al revés.
En otro tiempo, aquello constituyó para Keith un experimento científico desusadamente interesante, y nada más. Desde luego, lo que menos le importaba era su resultado No existía ni el más remoto peligro de que las nuevas culturas floreciesen únicamente para llevar la guerra a la pacífica Tierra. Las colonias fueron planeadas de tal modo que la guerra era imposible en ellas.
Los antiguos socioculturistas crearon una ciencia a partir de las primitivas disciplinas sociales como la psicología, la sociología, la antropología y la economía. Las colonias venusianas fueron el resultado de esta ciencia.
Pero la ciencia, para ser tal, tiene que dar un resultado.
Si un ingeniero conoce su cometido, el puente que construya no se hundirá.
Si un socioculturista conoce su cometido, su cultura será lo que él desee.
Keith, por así decirlo, había construido un puente. Había que reconocer que era un puente construido a gran escala, pero no por ello dejaba de ser un puente. No sintió demasiada emoción al construirlo.
Pero eso fue antes de ir personalmente a Venus.
Fue antes de vivir en Halaja.
Fue antes de saber que su propio hijo adoptivo tendría que cruzar el puente que él había construido.
Por lo tanto; no quería que pudiese sucederle nada a aquel puente.
Y mientras sostenía el mensaje en la mano, la antigua pregunta volvió a alzarse ante él. Le parecía ver al anciano como lo había visto por última vez... como un enano rubicundo y barbudo, pisando la mullida alfombra en su habitación sofocante y disparatada, con sus azules ojos de fanático atisbando en los rincones oscuros...
Era también el puente del anciano.
El fue quien preconizó su construcción, a pesar de que sabía que no viviría para verlo terminado ni para beneficiarse de él.
La pregunta obsesionante volvía una y otra vez al espíritu de Keith:
¿Por qué?

Pasaron los años, que para Keith y Carolina estuvieron colmados de felicidad.
Vieron crecer a sus dos hijos... a Bobby, el adoptivo, y a Keith, el propio. Les vieron crecer fuertes y erguidos, y nunca lamentaron haberles privado de la Tierra. Los niños aman la cultura en cuyo seno han nacido, y para Keith y Bobby, Halaja era su hogar.
Los días eran largos y llenos de risas y quehaceres. El fruto de Sirau florecía en los claros ganados a la jungla y las grandes aves semejantes a halcones manchaban con vivos colores los eternos nubarrones grises del cielo. En el campo situado junto a las lentas aguas azules del Río del Humo se celebraban partidos con el mismo ardor y entusiasmo que si se tratase de un campeonato mundial en la Tierra... y en realidad, uno de los juegos predilectos de los muchachos era la pelota base. Resultaba extraño oír el golpe seco del bate en el húmedo aire venusiano...
Se realizaban expediciones por la jungla, durante las cuales se descubrían extraños animales y se aspiraba el aroma de las flores tropicales.
Y siempre, sin cesar, seguían celebrándose los ritos y ceremonias que constituían la contribución de Halaja a la sociedad en ciernes que se estaba formando en Venus.
De vez en cuando caían las grandes lluvias torrenciales que creaban verdaderos arroyos entre las casas de troncos de la aldea... La lluvia que tamborileaba sobre los pasadizos de tablas y agitaba las aguas del pequeño estanque circular del centro de la plaza. De noche, las nubes lucían con el suave resplandor plateado propio de un hechizo inmemorial, y Keith y Carolina supieron lo que era enamorarse de nuevo.
Los niños crecieron hasta que dejaron de ser niños.
Los robots humanoides fueron pasando discretamente a un segundo plano, a medida que envejecían a los ojos de los jóvenes. El primero de aquéllos tenía que morir antes de un año.
La Tierra parecía muy lejana.
Y entonces, catorce años después de haber visto por primera vez la aldea de Halaja, Keith oyó el sonido que tanto temía escuchar.
Un súbito chirrido agudo rasgó las nubes sobre su cabeza, un agudo bufido que resonó entre la gris llovizna de una larga y perezosa tarde. Keith no podía ver lo que causaba el ruido, pero sabía lo que era.
Una astronave.
Y no de la Fundación.
El Gobierno mundial tenía aún algunas astronaves en estado de funcionamiento... unos cuantos esqueletos solitarios que eran todo cuanto quedaba de la flota medio olvidada que en una época muy lejana exploró el sistema solar, para declararlo inútil y de ningún provecho.
Unas cuantas astronaves que se empleaban de vez en cuando para alguna rara investigación, unas cuantas astronaves que contribuían a reforzar el «slogan» de:
Cuidado con hacer volcar el bote.
De pie bajo la lluvia, Keith Ortega dejó escapar un juramento.
—¡Carolina! Ocúpate tú de todo... Di a Bill que volveré tan pronto como pueda.
—Ten cuidado, Keith.
Carolina salió a la puerta de su casa, pequeña y frágil con su camisa y pantalones cortos.
El pequeño Keith —que ya no era tan pequeño por entonces—, y Bobby escuchaban con curiosidad los ecos de la nave que disminuía su velocidad, y se preguntaban de qué podía estar preocupado su padre.
—¿Qué pasa, papá? —le preguntó Keith.
—¿Permites que te acompañemos? Puedes necesitar ayuda. —le dijo Bobby.
Keith les miró con lo que se figuraba que era una expresión firme, y les dijo:
—Ya no sois niños, sino jóvenes, hombres jóvenes, y ya tenéis responsabilidades. ¿Os habéis olvidado de las ceremonias de esta noche?
—Perdónanos, papi. Pensábamos que...
—Yo me ocuparé de esto. No es nada importante.
—Y dinos, ¿qué fue ese ruido tan raro?
—Esto es lo que deseo averiguar —repuso Keith—. Supongo que fue producido por una tempestad sobro las nubes.
—Muy bien, papá.
Él les dejó bajo la lluvia y salió corriendo de la aldea para tomar la senda que conducía al Río del Humo. Cruzó el río a nado, con lo que apenas se mojó un poco más de lo que estaba, y siguió corriendo por un camino oculto en la jungla. Cuando llegó junto a su helicóptero de urgencia, convenientemente oculto, jadeaba apresuradamente.
Si sus hijos llegaban a ver la astronave, las consecuencias serían funestas.
Se elevó en el helicóptero entre aquel diluvio gris, dio todo el gas y enderezó el rumbo hacia la estación en forma de cúpula que estaba hacia el este, muy lejos de allí. Sin duda alguna los intrusos habían conseguido localizar y seguir a una nave de la Fundación desde la Tierra. Puesto que estas naves se ocultaban cuidadosamente a la vista de las colonias venusianas, aterrizaban invariablemente en la estación terminal donde el propio Keith desembarcó catorce años antes.
Keith miró la lluvia y apretó los puños.
Si aquella nave era del Gobierno —y forzosamente tenía que serlo—, las dificultades eran inminentes e inevitables.
Le era insoportable, a estas alturas, pensar en un fracaso.
Del modo que fuese, había que detener a aquella nave.
Después de ocho horas de vuelo, aterrizó en el calvero que se extendía frente a la estación.
La lluvia había cesado y vio la astronave tan pronto como franqueó el goteante muro de la jungla gris verdosa. Era una nave enorme, y lucía la enseña azul del Gobierno mundial en su proa. Se posó con el helicóptero junto a ella, mientras su corazón le latía tumultuosamente.
La nave se cernía silenciosa sobre su cabeza, aplastando con su enorme tamaño sus pequeños y descabellados planes. ¿Qué podía hacer él..., atacar la nave con un garrote y un puñado de guijarros?
Era aún de día, pero distinguió una luz amarillenta en el interior de la cúpula de la estación. No sabía qué partido tomar, pero sabía que tenía que hacer algo.
Cruzó el campo a pie, notando constantemente la presencia de la poderosa nave a sus espaldas. ¿Y si la destruyese? ¿Sería capaz de hacerlo? Y si lo realizase..., ¿no sería eso dar pábulo a las sospechas que ya alimentaba el Gobierno terrestre..., el cual enviaría sin duda más naves y más hombres?
Movió la cabeza. Estaba desvariando.
Se le hizo un nudo frío en el estómago.
La redonda cúpula de la estación no tenía ventanas, y por lo tanto él no podía atisbar lo que sucedía en su interior. Así es que fue en derechura a la puerta, llamó con los nudillos y entró.
Se encontró en una gran sala central, abarrotada de vituallas y repuestos. A su derecha se abría una puerta, por la que se recibía a los niños. Dos robots humanoides conversaban en voz baja recostados en una pared. Desde el techo se difundía una brillante luz amarillenta.
En el foro, otra puerta estaba abierta a medias. Voces.
Keith avanzó entre los montones de mercancías y llamó a la puerta entreabierta.
—¿Quién es? — dijo la voz de Mark.
—Soy yo, Keith.
—¡Adelante!
Entró. Sobre la mesa ante la cual Carolina, Mark, y él habían tomado café hacía tantos años, se veían otras tazas de café.
Y vio también a un hombre uniformado.
—Keith, te presento al capitán Nostrand... de la Seguridad Espacial. Capitán, le presento a Keith Ortega.
Ambos se estrecharon la mano.
—He oído hablar de usted, señor Ortega —dijo el capitán Nostrand—. Nunca hubiera imaginado conocerle en circunstancias tan... tan fuera de lo normal.
Keith midió con la mirada al capitán. Después de la imagen que se había formado in mente de un auténtico ogro que le enviaba la Tierra para hacer trizas su sueño, la vista del capitán Nostrand resultó una agradable sorpresa. Era un hombre de media edad, de aspecto reposado y cabellos cenicientos. Tenía unos tranquilos ojos pardos y una sonrisa fácil.
Parecía una buena persona..., si es que esto le podía servir de algo.
—¿Qué sucede, Mark?
El interpelado se encogió de hombros y luego sirvió a Keith una taza de café.
—¿No te lo figuras?
El capitán Nostrand se sentó y cruzó sus largas piernas.
—Ha llegado un número creciente de informes al Gobierno acerca de inexplicables despegues de astronaves —dijo—. Por último, se ha resuelto averiguar qué sucede. Se consiguió seguir a una de las naves hasta aquí, y me enviaron para que realizase una investigación. Como ve usted, es bastante sencillo.
—¿Cuántos hombres ha traído usted?
Nostrand sonrió con sorna.
—¿Se propone usted acaso emprenderla a tiros con nosotros, doctor Ortega? Piense usted que estoy desarmado.
Keith se sonrojó hasta las orejas.
Discúlpeme. Es que... estoy trastornado, por decirlo en términos suaves. Dígame, ¿qué se propone usted hacer?
Nostrand bebió un sorbo de café.
—¿Usted qué cree que voy a hacer?
—Puede usted volverse para informar al Gobierno, capitán. Lo que aquí estamos haciendo es demasiado importante. Usted no puede comprenderlo. No puedo decírselo.
—¿Qué se apuesta usted?
—Vamos, vamos —intervino Mark—. Tómate el café, Keith. Si nos acaloramos, no iremos a ninguna parte.
Keith se bebió todo el café de un trago.
—Está usted muy nervioso —observó el capitán Nostrand, sonriendo—. ¿Qué tiene usted en esa jungla? ¿Una ciénaga llena de monstruos?
Keith se esforzó por reír, consiguiéndolo a medias.
—¿No se lo ha dicho Mark?
—Yo no he dicho nada —intervino Mark—. Pero el capitán tiene muy buena vista.
—¿Tiene usted un cigarrillo, acaso?
—No faltaba más —dijo Nostrand, sacando un paquete y ofreciéndoselo a Keith. El humo le supo a gloria.
—Escúcheme, capitán Nostrand. Siento haber irrumpido en esta habitación como el fugitivo de una pesadilla. Es que... verá usted, lo que hacemos aquí es extraordinariamente importante..., más importante de lo que usted se puede imaginar. Una sola palabra de usted bastaría para echar a perder dos décadas de trabajo. Quiero que usted y su tripulación comprendan...
—Mi tripulación es robot —dijo Nostrand—. El único con quien tiene usted que tratar es conmigo.
—Entonces, escuche...
—Escúcheme usted a mí por un minuto —le atajó el capitán Nostrand, hablando lentamente—. No me enviaron aquí para juzgar lo que usted hace. Esto no es de mi incumbencia. Unicamente me enviaron para que viese si usted realiza aquí alguna actividad. Y no hay duda de que esto es cierto. Volveré y diré a a los que me han enviado que aquí existe una colonia clandestina, y con esto mi misión ha terminado. No quiero que lo tome usted como una actitud personal mía, ¿me entiende?
Keith dio un puñetazo sobre la mesa.
—¡Pues claro que es personal! —exclamó, sorprendido ante su propia vehemencia. Si necesitaba alguna prueba de que el Keith Ortega que había llegado allí de la Tierra hacía catorce años estaba muerto, con aquella bastaba.

En el exterior empezó a llover de nuevo, y el agua cayó en un susurro por los costados de la cúpula.
Desesperado, Keith se inclinó sobre la mesa, mirando de hito en hito al hombre que vestía el viejo uniforme de las Fuerzas de Seguridad Espacial: Había una sola posibilidad, muy remota...
—Nostrand —dijo, midiendo sus palabras— ¿Cuántos, además de usted, siguen aún en servicio activo en las Fuerzas del Espacio?
El capitán se sirvió otra taza de café.
—No es necesario que me lo pregunte, doctor Ortega, pues ya lo sabe.
—¿Cien? ¿Doscientos?
—Ciento veinte.
—Y la mayoría es personal de entretenimiento, supongo.
—Sí.
Se puso a llover con más fuerza. El agua corría a raudales sobre la pulida cúpula de la estación.
—¿Por qué siguió usted en las Fuerzas del Espacio, capitán? ¿Qué le ha hecho quedarse en el servicio, si el espacio ya ha muerto?
El capitán Nostrand se encogió de hombros, pera entornó sus ojos pardos.
—¿Cuántos viajes ha realizado usted últimamente, capitán? ¿Cuántos, en los últimos treinta años?
—Cuatro —dijo lentamente el capitán—. Tres de ellos a la Luna.
—¿Qué es lo que le mantuvo en el servicio, capitán?
Nostrand se levantó.
—No creo que eso lo importe a usted.
Keith le plantó cara resueltamente.
—Si, me importa. Le conozco, Nostrand. Sé por que siguió usted en las Fuerzas del Espacio cuando otros hombres se quedaron en casa.
El capitán Nostrand volvió a encogerse de hombros.
—Escúcheme, capitán. Voy a pedirle que espere durante un mes terrestre antes de regresar. Permítame que le muestre lo que hemos realizado aquí... todo, sin omitir nada. Si después de esto aún sigue creyendo usted que su deber es denunciarnos, hágalo. Si no lo cree así, en ese caso puede usted decir al Gobierno que el cohete que siguieron no era más que una nave particular que había salido en una excursión de placer, organizada por un chiflado amante de los viejos tiempos. Vandervort se encargaría de arreglar las cosas... sí, también le diré a usted todo lo que hay acerca de Vandervort, capitán. Tiene usted que quedarse... tiene usted el deber de averiguar todo cuanto desee conocer el Gobierno. Envíeles un mensaje por radio para decirles que la investigación le requerirá algún tiempo. ¿Está dispuesto a hacerlo, Nostrand?
—¿Tan importante es para usted?
Keith trató de mantener su voz tranquila.
—Si usted llega a comprender lo que significa Venus para todos nosotros, nunca nos delatará. Usted y yo sabemos que es posible que la Tierra abandone para siempre el espacio... ya es demasiado tarde para empezar de nuevo. No encuentro palabras para explicárselo, capitán. Pero sé lo que le llevó a usted al espacio, en una época en que casi nadie pensaba en él. Lo sé. ¿Lo ha olvidado usted, acaso?
—No, no lo he olvidado.
—Muy bien. Le pido únicamente un mes.
El capitán Nostrand se sentó y tomó un sorbo de café, mientras escuchaba el rumor de la lluvia. Luego miró a Mark Kamoto, que guardaba silencio.
—Es usted muy hábil en argucias —dijo por último Nostrand—. De acuerdo, esperaré un mes. Aunque hubiera preferido acabar antes.
Keith se sentía exhausto, pero lleno de confianza.
—Pues espere a ver. Aún no ha visto usted nada.
Fuera de la estación, la cálida lluvia caía sobre la espesa jungla, mientras la larga tarde gris daba paso al lento crepúsculo.

V

En la extremidad septentrional del único continente habitado por Venus, una parda península penetraba entre las olas de un enorme mar gris verdoso.
En el helicóptero que se cernía bajo las masas de nubes que cubrían aquel mundo, a una altura suficiente para no ser distinguido a simple vista, Ralph Nostrand enfocó su visor y miró por él con atención.
—La modo que eso es Acosta —dijo.
—Sí —repuso Keith—. Mira ahí... frente a la costa... ¿Ves esas embarcaciones que llegan? Son balleneros.
—¿Balleneros?
—Desde luego, no cazan ballenas, para ser exactos. Sus presas son auténticos peces, no mamíferos. Pero son de gran tamaño también... y los cazan con arpones que lanzan a mano.
—¡Qué lugar tan curioso!
El visor le mostraba una pequeña aldea formada por un centenar escaso de casas de piedra con grandes aleros, que se alzaban sobre un acantilado que dominaba el agitado océano. Casi todos los hombres habían salido de pesca, pero por las calles del poblado distinguíanse claramente a sus mujeres e hijos.
—Mira —dijo Keith— los del barco más próximo traen una presa.
Nostrand contempló por el visor como los hombres saltaban de sus sólidas lanchas al agua somera a la rodilla. Sujetaron todos el cabos que les echaron desde la embarcación más próxima y corrieron con ella hacia la playa. Una vez allí se dispusieron en hilera y empezaron a hablar.
Una enorme silueta oscura salió a la superficie y se arrastró sobre los guijarros de la orilla, mientras su enorme cola aún chapoteaba en las aguas gris verdosas. Se volvió panza arriba y mostró un vientre blanco. Entonces los pescadores empezaron a bailar y a cantar a su alrededor.
—¡Cáspita! —exclamó Nostrand—. Vaya un pececito.
—La costa es un lugar bastante inhóspito —dijo Keith—. La vida es aquí dura para este puñado de aventureros del mar, como ya te dije. Esta gente tendrá en su acervo una larga tradición marinera de arriesgados viajes y navegaciones.
Ralph Nostrand le miró.
—Muy sagaz.
—Conozco mi oficio.
El capitán volvió a mirar por el visor, que mantuvo ante sus ojos durante largo rato. Por último, hizo un gesto de asentimiento.
—Pasemos al siguiente —dijo.
Mark elevó más el helicóptero en busca de un viento favorable, y volaron entre las cálidas nubes que se extendían sobre las junglas, dirigiéndose al interior del continente. A las cuatro horas descendieron de nuevo.
Ante el visor se extendía la primera de las Tres Ciudades.
—¿Wlan? —preguntó Nostrand.
—Exactamente.
Wlan era el reverso de la medalla del poblado de pescadores de Acosta. Era una auténtica pequeña ciudad, con una población de casi cinco mil almas. Estaba pulcramente dispuesta en manzanas cuadradas de casas, con cómodas mansiones modernas, y el conjunto se hallaba dominado por dos grandes construcciones que sólo podían ser fábricas.
Las Tres Ciudades representan nuestro poderío industrial —dijo Keith—. Como es de suponer, de momento aún no producen mucho, y su economía es en gran parte artificial, pero poseen ya las técnicas básicas. Hemos establecido una cultura tecnológica embrionaria, y los jóvenes han sido educados de tal modo que sepan apreciar sus ventajas. Poseen las inclinaciones necesarias que les permitirán construir aviones antes de un siglo.
Nostrand asintió.
—Había una cosa que quería preguntarte, Keith.
—Dime.
—¿Crees que está bien traer aquí a los niños para disponer de antemano el curso de su vida? Según como lo mires, esto no parece muy moral.
El helicóptero se desvió hacia el sudeste, alzándose para penetrar de nuevo en las nubes.
—Sé lo que quieres decir —repuso Keith—. Eso parece atentar a su libre albedrío. Aunque no es cierto... a poco que lo pienses, comprenderás. Si bien se mira, todos los niños nacen en el seno de una cultura que no han creado ellos; esta característica es inherente a todos los seres humanos. Así, todos los niños tienen un futuro determinado de antemano. Ahora bien, lo que hagan con los materiales que les suministre esa cultura, eso si que es de su competencia. Mientras posean las cualidades primarias, sabrán salir adelante en cualquier sociedad. Y no olvides que para los que se han criado aquí, su cultura es ésta; su patria es esta. Nunca han conocido otra cosa, y harán lo imposible para quedarse aquí. Y no olvides, tampoco, que los padres de esos niños los abandonaron en la Tierra. Créeme, esto es mucho mejor que el orfelinato de la fundación.
—Me rindo —dijo Nostrand sonriendo.
—Perdona este sermón, Ralph. Es tremendo tener otra vez fe en algo. En la Tierra ya no estábamos acostumbrados a eso.
Tras una breve pausa sobre Mepas y Carin, las otras dos ciudades industriales próximas, el helicóptero tomó rumbo sudoeste, que lo llevaba a través del continente. Pusieron al helicóptero un piloto automático, para descabezar un sueñecito entre tanto, y a las dieciséis horas se cernían a gran altura sobre las tiendas de pieles de Pueklor. El cielo gris y las masas de nubes no habían cambiado... y quedaban aún ocho días terrestres antes de la llegada de la pálida noche venusiana.
—Parece una tribu india —comentó Nostrand, mirando atentamente por el visor—. Recuerdo haber visto en alguna parte unas viejas fotografías de una de estas tribus.
Keith asintió.
—Nuestro modelo fueron los antiguos indios de las praderas de Norteamérica. Observarás cuán distinto es aquí el terreno... altas hierbas en lugar de jungla. Pueklor posee una cultura esencialmente cazadora; sus habitantes cazan a un animal bastante parecido al antiguo bisonte, pero mucho más lento que éste. Lo persignen a pie.
A gran distancia por debajo de ellos, las tiendas de pieles de Pueklor formaban un gran anillo en los herbosos campos de las praderas del sudoeste. Por el aire tranquilo ascendían volutas de humo y una bandada de chiquillos corría por las orillas de un río de perezosas aguas.
—Lo comprenderás más claramente cuando veas a algunos de ellos en Halaja —dijo Keith—. Pueklor es una cultura extraordinariamente altiva..., repleto de la alegría de vivir, por decirlo así. Infundirán un auténtico «espíritu de cuerpo» a la cultura continental que surgirá aquí dentro de un siglo.
El helicóptero voló hacia el este entre espesas cortinas de lluvia, y cuando regresaron a Equete, situado en los montes del sudeste, los tres hombres ya estaban molidos hasta los huesos. Sin embargo, la vista de Equete, acurrucado en un valle rocoso, los despabiló.
Equete estaba formada por una serie de edificaciones de piedra, bajas y redondeadas, que armonizaban maravillosamente con la abrupta grandeza del escenario que las rodeaba. Allí se confundían los ocres, los rosados y los verdes para formar un agradable dibujo que acentuaban los colores listados del terreno.
—Aquí están los tuyos, Ralph.
—Desde aquí no se ve gran cosa —observó.
Keith esbozó una fatigada sonrisa.
—Equete se dedica al cultivo de la ética... la ética y una complicada doctrina social. Además, aquí es donde se realizarán las investigaciones fundamentales que un día conducirán a la creación de una astronáutica independiente en Venus. ¿Ves ese alto edificio en forma de cúpula? Los habitantes de Equete poseen ya las premisas básicas para poder construir antes de que transcurran muchos años un telescopio que les permita atravesar las nubes. En el terreno filosófico, les hemos proporcionado una imagen lógica del universo... y su ética exhibe la astronáutica como el primer gran paso a dar para que se realice plenamente el destino del hombre
—Me gusta —observó Ralph—. Me parece bien.
—Está bien —le corrigió Mark.
—Resulta todo tan complicado —dijo Ralph Nostrand con voz cansada— Intento comprender vuestros propósitos..., pero nome resulta fácil. Todas estas nuevas culturas, independientemente de la Tierra, para avanzar a tientas hacia la astronáutica, que alcanzarán dentro de cien años... Pensemos en lo que puede pasarle a la Tierra en esos días. ¿Qué sucedería si esta gente se abate sobre ella para hacerla pedazos?
—Cuando veas la ceremonia de Halaja —le dijo Keith— eso dejará de preocuparte.
El capitán no se mostraba muy convencido, pero se contuvo, mordiéndose la lengua. El helicóptero se elevó de nuevo entre las nubes y voló hacia el norte, de regreso a la oculta estación terminal donde estaba posada la gran astronave de la Seguridad Espacial en medio do la niebla matutina.
Keith cerró sus ojos cansados y trató de dormir un poco. Sabía que Nostrand no era un hombre vulgar... Si lo hubiese sido, nunca hubiera seguido la llamada del espacio en aquel siglo de estabilidad económica y vida fácil. ¿Pero sería capaz de ver a Venus como ellos lo veían? ¿Vería a Venus como la cuna de una cultura nueva y vigorosa que arrancaría a la Tierra de su marasmo?
Sí la Gran Reunión de Halaja no conseguía conmoverle, podrían decir que habían fracasado.
Era esta la primera de las solemnes ceremonias que debían celebrar casi exclusivamente los niños que a la sazón eran ya apuestos muchachos y muchachas. Los viejos robots humanoides permanecerían discretamente a un lado. Había que confiar en sus enseñanzas; éstas tenían que haber sido eficaces.
Pero cuando Keith se durmió en un sueño intranquilo, sus sueños fueron tan grises y tristes como las húmedas nubes que le rodeaban.
Llegó el día de la Gran Reunión de Halaja.
Quedaban sólo cinco días terrestres para que se cumpliese el plazo que Keith había solicitado.
En compañía de su esposa y del capitán Nostrand se colocó en la puerta de su casa de troncos, en espera de que diese comienzo la ceremonia.
Era de noche y la suave y plateada claridad que descendía de las nubes hacía brillar la Mansión del Espíritu y bañaba con sus rayos pálidos y misteriosos la plaza central de Halaja. Grandes hogueras anaranjadas ardían dentro del círculo de las casas de madera y pasadizos, haciendo danzar sombras negras y retorcidas en las paredes.
Los tambores sonaban con un ritmo lento y las distintas voces se confundían en cánticos tenues e insistentes, que se alzaban hacia el techo del mundo y se perdían entre los lucientes jirones de niebla nocturna.
Durante muchos días y muchas noches los peregrinos habían cruzado las ciénagas y las selvas del gran continente en dirección a Halaja. Acudían a aquel sitio hogar como habían hecho siempre, como hicieron sus padres y sus mayores antes que ellos.
O así lo creían... porque esto es lo que les contaban sus propios padres, desde que tuvieron uso de razón.
Venían desde Acosta, la aldea situada a orillas del Mar del Norte, y de las tres ciudades de Wlan, Mepas y Cain. Amidían también desde las verdes praderas de Pueklor y desde los fragosos riscos de Equete.
Había llegado el día de la Gran Reunión.
No vinieron todos desde luego. Acudían sólo los escogidos los representantes de sus pueblos, que regresarían después de cruzar la selva, como siempre habían hecho.
Las hogueras chisporroteaban y los tambores esparcían su ronco bramido.
Empezó un nuevo canto:
«Oh, amigos lejanos y próximos, nos reunimos como siempre hemos hecho...»
Y un coro de hombres y mujeres de Acosta, las Tres Ciudades, Puekloc y Uquete contestó:
«Como siempre hemos hecho, como siempre hicimos. ..»
«Nos reunimos, acudimos, todos distintos, todos idénticos, en paz y armonía, porque todos somos hermanos...»
«Todos somos hermanos, todos somos hermanos...»
Todos se sentaron codo con codo... Curtidos lobos de mar junto a dichosos industriales, altivos cazadores junto a graves filósofos de la lejana Equete.
Los tambores aceleraron su ritmo.
Las hogueras hicieron bailar las sombras sobre los muros.
Había llegado el día de la Gran Reunión.
El corazón de Keith latía con orgullo en su pecho, y abrazó estrechamente a su esposa. Aquella noche, bajo un cielo extraño que brillaba con la luz de un millón de lunas... por último había surgido un sueño para hacerse realidad, un sueño inútil.
Ralph Nostrand guardaba silencio y observaba intensamente.
Los ancianos —costaba imaginárselos como robots, pues habían sido padres, madres y amigos— permanecían alejados, entre las sombras, contemplando a los niños que se habían convertido en hombres bajo su tutela.
Era imposible no creer que se sintiesen orgullosos.
Durante muchas horas prosiguió la ceremonia a través de la larguísima noche. A los cánticos siguió un festín... y amorosos y alegres devaneos entre los jóvenes y las muchachas de distantes países, porque aquella gente no eran santos.
Cincuenta horas después del comienzo de la Gran Reunión, junto al estanque que era la Mansión del Espíritu, centenares de gargantas entonaron el antiquísimo canto. Sus palabras eran misteriosas y extrañas, pero... ¿no decían los dioses que un día estarían repletas de significado?
Keith vio a sus dos hijos cantando junto al estanque.
Su esposa se agitó orgullosa y feliz a su lado.

«Más allá de las nubes que cubren nuestro mundo, más allá de las lluvias que refrescan nuestro ardor...»
«Más allá de las nubes, más allá de la lluvia...»
«Más allá de nuestros cielos se extienden otros cielos...»
«Otros cielos, otros cielos...»
«Más allá del océano en el que flota nuestro mundo, más allá de nuestro océano se extienden otras playas...»
«Otras playas, otras playas...»
«Y en este gran Más Allá la verde Tierra nos espera, espera la llegada de nuestras flechas plateadas...»
«Las flechas que lanzaremos al Más Allá...»
«La verde Tierra nos espera en el Gran Más Allá, y en ella nuestros distantes hermanos danzan bajo un límpido cielo azul...»
«Las flechas que lanzaremos al Más Allá...»
«Oh, nuestros hermanos de la Tierra nos aguardan en el Gran Más Allá...»
«¡Nos aguardan, nos aguardan para la Gran Reunión...»
«Más allá de las nubes que cubren nuestro mundo, más allá de las lluvias que refrescan nuestro ardor...»
«¡Nos aguardan, nos aguardan para la Gran Reunión!»

Los tambores dejaron de tocar y reinó un silencio plateado.
Una ligera llovizna caía de las nubes brillantes rociando la plaza con sus frescas y dulces gotas.
Keith era incapaz de articular palabra. Apretaba la mano de Carolina en un mudo entendimiento. Sucediese lo que sucediese se alegraba de haber venido a Venus, se alegraba aun en el caso de que fracasasen, porque más valía fracasar que no haberlo intentado nunca.
Se volvió lentamente para mirar al capitán Nostrand.
Nostrand permanecía muy erguido mientras las hogueras llenaban su curtido rostro de sombras.
Tenía la mirada perdida en un punto que estaba más allá de Halaja.
Sonriendo, tendió la mano a Keith, haciendo un grave gesto de asentimiento.
En la plaza volvieron a sonar los tambores y el canto recomenzó.

VI

Cinco años después del regreso de Ralph Nostrand a la Tierra, la aldea de Halaja seguía dormitando apaciblemente junto a las mansas aguas azules del Río del Humo.
La mitad de los viejos robots habían muerto y fueron enterrados, y Bill y Ruth Knudsen se volvieron a su pequeña granja de Michigan.
Había llegado el momento de que las colonias de Venus iniciasen su vida propia. Había llegado el momento de que los hombres y mujeres que guiaron los primeros pasos del nuevo mundo regresasen al viejo.
—Ojalá nos pudiésemos quedar, Keith —dijo Carolina
—Yo también desearía quedarme. Pero éste no es nuestro mundo, y aquí ya no nos necesitan.
—Nunca me imaginé que me costaría más irme que venir a él.
—Yo tampoco imaginé jamás que viviríamos diecinueve años aquí.
—Me alegro de no tener que despedirnos de nuestros hijos.
—Aun así, será bastante duro, Carolina. Dejaremos en nuestro lugar a nuestros viejos facsímiles, para que se mueran, llegada su hora. Detesto tener que hacer esto con nuestros hijos, pero no deben sospechar nada.
Caminaban por el sendero selvático que conducía a Halaja, cogidos del brazo y tratando ya de recordar el mundo que abandonarían tan pronto. Afortunadamente, los dos robots que desde el primer momento estuvieron destinados a sustituirles cuando regresasen a la Tierra, seguían esperando y dispuestos en la estación terminal.
mente, los dos robots que desde el primer momento estuvieron destinados a sustituirles cuando regresasen a la Tierra, seguían esperando y dispuestos en la estación terminal.
La paciencia de los robots era infinita.
Estos dos robots irían a Halaja después de la marcha de Keith y Carolina, y una vez allí enfermarían para morir. Los enterrarían con los restantes robots en el calvero que se abría junto al Río del Humo, donde un día sus hijos también irían a dormir el sueño eterno...
Ojalá pudiésemos quedarnos, Keith... Él la besó y mesó sus rubios cabellos.
—Ahora nos toca a nosotros, querida. No debemos zarandear el bote.
Sin embargo, aplazaron la partida cuanto les fue posible.
Constantemente hallaban nuevas excusas para quedarse en Halaja unos días más, en compañía de sus hijos.
Hizo falta un mensaje de Nostrand para que se decidiesen a irse. Lo recibieron de noche y Mark se lo trajo en el último helicóptero de la estación; Decía así: «Keith: Vandervort está muy grave y no se espera que viva mucho tiempo. Quiere verte. Apresúrate a venir. Ya te hemos enviado una astronave para recogerte. Por aquí todo va bien. ¿Qué hacéis ahí, tú y Carolina? ¿Os habéis vuelto venusianos? Firmado: Ralph.»
—Era de esperar —comentó Carolina—. No podía vivir para siempre.
—De esta no pasa —dijo Keith.
—No tendremos más remedio que irnos.
—Sí. Ahora tendremos que irnos.
Abandonaron la aldea que había sido su hogar una noche en que llovía copiosamente, mientras sus hijos dormían. Los dos robots humanoides que se les parecían como dos gotas de agua ocuparon sus lugares en el lecho, aún cálido de sus cuerpos.
Keith y Carolina cruzaron juntos la plaza de Halaja, pasaron frente a la Mansión del Espíritu y franquearon las puertas del poblado. La lluvia fría les lavó el rostro. Siguieron el camino que atravesaba la plantación de fruto de Siran hasta el encharcado campo de fútbol situado al oeste del poblado.
No miraron atrás.
El helicóptero se elevó con ellos hacia las nubes plateadas por última vez, para dirigirse al este, rumbo a la estación terminal. Allí se despidieron de Mark Kamoto, que les seguiría un año después en aquel viaje sin regreso.
La astronave que les trajo de la Tierra diecinueve años antes esperaba ya bajo la lluvia para devolverlos a la patria.
Miraron por última vez el muro verde-gris de la jungla y la luz amarillenta que surgía de la cúpula. Miraron por última vez los bancos de nubes luminosas que lucían como un mar de lunas en el cielo.
Miraron por última vez hacia el oeste, hacia donde dormía bajo la noche la aldea de Halaja.
Subieron a bordo de la astronave.
Les esperaba la Tierra y un moribundo. Perdidos en las inmensidades del espacio que se extendía entre los mundos, sabían empero que les aguardaba un anciano, un hombre viejísimo de barba blanca y nerviosos ojos azules, que lanzaba furtivas miradas hacia las sombras que poblaban su sofocante habitación.
Les esperaba James Murray Vandervort y una pregunta final.
¿Por qué?
La tierra era brillante, cálida y limpia bajo el sol de Arizona. La atmósfera tenía un dorado aroma que invitaba a pasear por las arenas maravillosas y a llenarse los pulmones una y otra vez.
El cielo era azul y despejado. El verdor de las plantas del desierto era tan brillante y vívido como si estuviesen recién pintadas.
Como las flores, Keith y Carolina alzaron sus caras hacia el sol, mientras sentían la caricia del viento.
¡Qué hermoso era hallarse de regreso en la Tierra! No tenían tiempo de ir a su casa, y así un helicóptero de la Fundación se elevó con ellos sobre el desierto para dirigirse hacia el oeste, en dirección a Los Angeles. Involuntariamente, se encogieron amedrentados al paso de los aviones de carga que pasaban rugiendo por las rutas aéreas y ante las bandada de helicópteros que llenaban el cielo semejantes a mariposas.
Los Angeles les pareció una ciudad tan vasta, anca y deslumbradora que casi se quedaron sin respiración. Muy por debajo de ellos, simples manchas en las tranquilas aguas azules del Pacífico, los submarinos que navegaban por la superficie se desplazaban como delfines.
El helicóptero viró hacia el norte siguiendo la costa y luego se desvió hacia la derecha para embocar el Cañón de Vandervort. Aterrizaron en el patio de la inmensa hacienda e inmediatamente acudió a recibirles un anciano mayordomo.
Éste les precedió por los vestíbulos ricamente alfombrados y las escalinatas de mármol, por las que subieron al segundo piso. Recorrieron entonces el largo corredor gris y llamaron con los nudillos en la puerta de caoba.
Una lucecita verde se encendió en el centro de la puerta.
Keith y Carolina penetraron en la enorme estancia, y les pareció que pasaban otra vez de la Tierra a Venus. La atmósfera cálida y húmeda se desparramó por el corredor como un lago que se saliese de madre.
Aquella habitación no había cambiado. La alfombra parda seguía extendiéndose de pared a pared, y las mesas, sillas, secreters, chimeneas, floreros, libros y cortinajes seguían atestando la estancia...
Pero el anciano había cambiado.
Los diecinueve años no habían transcurrido en vano para él. Vandervort había cumplido ciento veinticuatro años de edad. Ni siquiera los especialistas en geriatría podían ya salvarle.
El anciano seguía sentado en su enorme y mullido sillón. Se le veía muy menudito y abandonado. Su barba blanca había adquirido un tono grisáceo y su rostro congestionado tenía unas desagradables manchas rosadas. Sus ojos azules estaban vidriosos y abotagados
De pie a su lado estaba Ralph Nostrand, con la cara iluminada por una sonrisa de bienvenida.
Se estrecharon la mano.
—¿Quién es? —tartajeó el viejo—. ¿Quién hay? ¿Quién ha entrado?
Keith se inclinó hacia él, diciendo:
—Van, Van, soy yo Keith Ortega.
James Murray Vandervort se enderezó como si una descarga eléctrica hubiese pasado a través del cuerpecito enclenque y flaco.
—¡Keith! —dijo con voz sibilante. Intentó levantarse, pero no pudo—. ¿De veras eres tú... después de tantos años?
—Sí, Van.
El anciano trató de distinguirle con sus mortecinos ojos azules, mientras respiraba entrecortadamente.
—Tengo que saberlo, Keith — dijo con voz débil, con una voz que era una sombra de la que antaño atronaba la estancia, haciendo huir a las sombras —. ¡Cuánto he sufrido, Keith! Tengo que saberlo.
Keith esperó que terminase de hablar, sintiendo una gran compasión por la ruina humana que se estaba muriendo en el enorme sillón mullido. Compasión a la que se mezclaba otro sentimiento. —
—Quiero oírlo de tu propia voz — dijo Vandervort, hablando muy de prisa, en un susurro apenas perceptible —· ¿Todo va bien? ¿Ha dado resultado el proyecto, Keith? ¿Ha dado resultado?
Keith se esforzó por hablar despacio y claramente:
—No tiene usted por qué preocuparse, Van. Todo va bien. Todo va perfectamente. Las colonias se desarrollan según planeamos. Ahora nada puede ir mal. La nueva cultura de Venus vendrá a la Tierra después de atravesar el espacio antes de un siglo.. Esta nueva cultura arrancará a la Tierra de su marasmo. En un futuro no muy lejano iremos a las estrellas, Van. Todo va bien.
—Yo di las estrellas a la humanidad —dijo el anciano, con voz muy cansada—. Yo le di las estrellas, ¿no es cierto?
—Sí —repuso Keith.
El anciano se hundió de nuevo en su asiento súbitamente aliviado y exhausto. Cerró los ojos viejos y mortecinos.
Reinó un largo y temeroso silencio.
—¿Crees que está bien? — musitó Ralph.
—Creo que sí.
El anciano empezó a hablar de nuevo, con voz muy lejana y tenue.
—He alcanzado mi objetivo — susurró —, pero no como yo quería. Cuando la nueva humanidad salga al espacio, los terrestres comprobaran... comprobarán..
Su voz se perdió en un murmullo.
—¿Qué decía, Van? — le animó Keith.
El anciano suspiro.
—Los terrestres comprobarán quien lo hizo. Descubrirán mi nombre al hurgar en los archivos. Lo sabrán. Sabrán que a mi se lo deben...
Su voz se desvaneció de nuevo.
Entonces el anciano se echó a llorar suavemente. Keith se acercó más para oírle. De pronto Vandervort trató de incorporarse en el sillón y sus mortecinos ojos azules se abrieron.
—Keith, Keith — susurró con desesperación
¿Se acordarán de mi cuando yo ya no exista? Yo he dado las estrellas a la humanidad. ¿Se acordarán de mi nombre, Keith?— ¿Se acordarán de mi nombre?
Las oscuras sombras que llenaban la enorme y abarrotada estancia corrían por —las paredes, deslizándose hacia la chimenea. Keith, Carolina y Ralph, de pie en medio de aquella atmósfera sofocante y artificial, contemplaban fijamente al moribundo hundido en el enorme sillón como un pequeño y grotesco muñeco.
—Se acordarán de usted, Van —le dijo Keith—. Se. acordarán de usted cuando nosotros ya habremos sido olvidados. Se acordarán de usted aunque transcurran millones de años.
James Murray Vandervort sonrió, cerrando de nuevo sus ojos azules.
—Acordaos de mí —murmuró—. Recordad mi nombre. Recordad mi nombre...
Entró un médico por la puerta trasera.
—Sería mejor que se fuesen —les dijo—. Mister Vandervort necesita descanso.
Salieron de la habitación, siguieron el corredor y descendieron por la escalinata de mármol.
Ralph Nostrand comentó:
—Y pensar que todo esto lo ha hecho únicamente para que una parte de si mismo fuese inmortal...
—No tenía hijos —dijo Carolina con voz queda.
Se dirigieron al helicóptero posado en el patio. Keith pensaba en Halaja, en las oscuras mansiones de troncos rodeadas por la selva gris verdosa de otro mundo.
Y todo aquello sólo porque a un viejo millonario le daban miedo las tinieblas eternas.
—Todo esto —dijo en voz alta— sólo porque era un hombre.
Aquella noche, muy tarde, los tres paseaban canturreando bajo las luces brillantes de Wilshire Walk.
Un hombre y su esposa, un hombre que había llevado a cabo los planes concebidos por un viejo excéntrico.
Un capitán perteneciente a un servicio medio olvidado, que había falsificado un informe para permitir que un sueño se convirtiese en realidad.
En el aire flotaba el anuncio luminoso del Gobierno, con sus letras violetas: CUIDADO CON HACER VOLCAR EL BOTE.
Atravesaron las letras.
Siguieron paseando, cogidos del brazo, cantando bajo la fría luz de las estrellas. Siguieron paseando y todos cuantos les vieron aquella noche sobre la tierra se sorprendieron ante sus extrañas sonrisas y la canción no menos extraña que entonaban...
Una canción que se alzaba en susurros más allá de las nubes...
Más allá de las lluvias que refrescan nuestro ardor.
Más allá... Más allá...


(1) El autor hace aquí un juego de palabras intraducibles entre joker; que puede ser a la vez comodín y bromista, y desk, que significa baraja y cubierta de un barco.

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