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 VII
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     El da de noviembre en que Rasputn lleg a San Petersburgo nevaba, y
la nieve en las calles era tan espesa que, como un enorme edredn blanco,
ahogaba el ruido del trfico. El aire era cristalino y el ms fro que
hubiese experimentado anteriormente Rasputn. En Siberia haca fro, pero
el aire era seco. San Petersburgo, ciudad construida por Pedro el Grande a
orillas del neva, con el fin de disponer de un puerto martimo, era
caliente y bochornosa en verano y fra y hmeda en invierno.
  Rasputn haba viajado ocho das en tren desde Omsk, apretujado en un
incmodo vagn de tercera clase. Fue su primer viaje por tren y le pareci
una experiencia aburrida y deprimente, comparada con la vida al aire
libre. El expreso siberiano contaba con luces elctricas, un restaurante,
una biblioteca y un vagn con grandes ventanas para observar el paisaje.
Pero exista en Rasputn un elemento asctico que le haca preferir los
carros, con sus campesinos que olan todava a excremento y sudor, al
"saln" del tren, con su piano y sus elegantes camareros.
  En la estacin pregunt por una pensin barata y le indicaron una cerca
del canal Fontanca, a poco ms de medio kilmetro de all. Mientras andaba
pesadamente por las calles, donde la nieve le llegaba a veces hasta las
rodillas, se sorprendi al ver tantos borrachos. Las largas y rectas
avenidas se extendan frente a l; las casas, a cada lado, altas y grises,
con sus anchos tubos de desage vacindose directamente en el pavimento,
parecan
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acantilados. Nada de lo que haba visto en Kazn e incluso en Odessa le
haba preparado para esta inmensa, desolada e impersonal ciudad. Se detuvo
en un puesto en una esquina para comprar un vaso de kvass caliente; haba
hombres y mujeres de aspecto sombro sentados bajo el toldo de lona,
tratando evidentemente de hacer durar lo ms posible la bebida antes de
desafiar nuevamente el viento helado.
  La pensin daba a un puente del canal y se encontraba al lado de un
hospital. La habitacin, que era cara, se hallaba en el piso superior y
ola a pescado frito y a naftalina. Rasputn se sinti tan solo que se
sent a escribir a su mujer con su letra trabajosa e infantil: "Esta
ciudad es una pesadilla de miseria y suciedad; en cada calle hay ms
tabernas que en todo Tobolsk..." Lo interrumpi el casero, un hombre con
el rostro distorsionado por un enorme lobanillo en la mejilla izqierda.
Quera saber si Rasputn deseaba una mujer; haba chicas asiticas
disponibles por apenas un rublo la noche. Por primera vez en aos,
Rasputn se escandaliz. Lo rechaz bruscamente y cerr la puerta con
llave, tras lo cual se dej caer de rodillas y rez. Era inhabitual en l
sentirse tan perdido. Esa noche se durmi al son de los ruidosos gritos de
los borrachos en la calle.
  Madame Katkoff le haba dado a Rasputn media docena de direcciones de
mujeres ricas que estaran encantadas de proporcionarle hospitalidad; l
las haba olvidado adrede. Ahora se daba cuenta de que no tena ni idea de
qu hacer o adnde ir.
  Al despertar al da siguiente por la maana, las campanas de las
iglesias le dijeron que era domingo, cosa que haba olvidado. Se visti
apresuradamente, comi lo que le quedaba de unas tortas de harina de avena
que haba trado de Pokrovsko y sali a la calle vaca. Cuando pregunt a
una mendiga dnde se encontraba la catedral, sta le pregunt:
  --La de Kazn o la de San Isaac?
  La de Kazn constitua la eleccin evidente y ella le indic cmo llegar
a la avenida Nevski. Sin embargo, tras andar pesadamente por una avenida
interminable y tratar de tomar un atajo, se perdi. Se encontr de pronto
en los muelles, mirando hacia la enorme expansin
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del golfo de Finlandia. En un muelle frente a la isla Vasili, un vapor
hizo sonar su ruidosa sirena, al prepararse para zarpar. En un letrero se
poda leer: "Vapores a la isla Cronstadt, de 9 de la maana a dos de la
tarde." El nombre le era familiar. Haba odo hablar del padre Juan de
Cronstadt, un hombre reputado por sus dones de curacin y de profeca. El
anciano emperador, junto a cuyo lecho de muerte haba orado, lo llam "el
hombre ms santo de Rusia". Actuando por impulso, Rasputn corri pasarela
arriba, justo cuando los marineros iban a levantarla.
  La misa haba empezado cuando Rasputn lleg. Se desliz silenciosamente
hacia la parte de atrs y se arrodill para orar. Los fieles terminaron de
cantar un himno y se sentaron. Entonces una voz suave y sonora llen la
baslica. El predicador haba elegido un texto de san Mateo:
  "Una malvada generacin sin fe pide una seal, pero no obtendr ninguna,
excepto la seal de Jons el profeta."
  El predicador habl de la falta de fe en los tiempos actuales, de nuevas
doctrinas llegadas de Europa occidental: la creencia en los espritus y la
comunicacin con los muertos, en los maestros hindes y tibetanos, en las
formas decadentes del misticismo en las que el sexo se mezclaba con
conversaciones sobre el espritu sagrado de la humanidad... Si bien la voz
era suave, como la personalidad del anciano en el plpito, no caba duda
de su fervorosa sinceridad. Esto era lo que Rasputn haba venido a or en
San Petersburgo. Esto era lo que pasaba por su mente desde esa noche, dos
meses antes, cuando Katkoff le haba hablado del asesinato del zar. Cuando
el predicador habl del poder del espritu ruso, de su capacidad para
deshacerse de estas enfermedades de los europeos decadentes, el alma de
Rasputn tembl con la fuerza de sus propias convicciones recin
despertadas.
  La siguiente parte de la misa lo sorprendi. Ante una seal del pope,
unos miembros de la congregacin se levantaron de golpe y empezaron a
gritar "Perdnanos nuestros pecados" y a nombrar explcitamente dichos
pecados. Se daban la vuelta, dirigindose a los fieles que
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rezaban, hablando de la lujuria, la envidia y la venalidad. Haba una cola
en el pasillo central, esperando comulgar, contndose mutuamente y sin
inhibiciones sus maldades. A Rasputn le pareci extraamente conmovedor.
Al menos esta gente estaba decidida a vivir segn las Escrituras y la
palabra de Dios.
  Cuando se arrodill para rezar, el espritu del Seor descendi sobre
l. Supo, repentinamente, que su destino se encontraba en San Petersburgo.
Se sinti invadido por grandes oleadas de paz y agradecimiento. Puesto que
haba sentido tantas dudas e inquietudes durante la semana anterior, esta
nueva conviccin equivala a restablecerse de una enfermedad. Las lgrimas
corran por sus mejillas; se sinti inmerso en un mar de dicha y perdn.
  Ms que verlo, se percat de que alguien se encontraba de pie a su lado.
Alz la cabeza y se dio cuenta de que la iglesia se hallaba ya casi vaca.
El hombre que lo miraba era el predicador. Posea unos ojos azules,
sinceros y llenos de dulzura; su cabello estaba peinado con una raya en
medio y una barba cuadrada le cubra el pecho. Sin preliminares, le
pregunt:
  --Quin es usted?
  --Grgori Rasputn.
  --Ah! -Era obvio que el predicador haba reconocido el nombre-. As que
usted es Rasputn... -Contempl intensa pero bondadosamente la cara de
Rasputn-. Yo soy Juan de Cronstadt.
  Rasputn se levant precipitadamente.
  --Le pido su bendicin, padre.
  --De todo corazn.
  Claramente, el pope lo deca con sinceridad. De pie, le dio la comunin
a Rasputn. Luego inquiri:
  --Ha comido?
  --An no.
  --Venga a comer conmigo.
  Al caminar de regreso al monasterio, Juan de Cronstadt le dijo.
  --Ya hablan de usted en San Petersburgo.
  --Cmo puede ser, padre? No conozco a nadie all.
  --Muchos parecen conocerlo a usted.
  Era evidentemente cierto. Durante la comida, Rasputn
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se sent al lado del padre Juan, junto a una docena de curas y monjes.
Todos lo miraron con curiosidad cuando el padre Juan lo present. Rasputn
habl poco mientras coman. La conversacin giraba sobre todo alrededor de
la familia real y miembros de la aristocracia. Los presentes parecan ser
ntimos de la aristocracia de San Petersburgo. Rasputn, que esperaba con
ansias una discusin sobre temas religiosos, se aburri; esta conversacin
tan mundana lo desilusion.
  Hacia el fin de la comida, un pope gordo sentado frente a Rasputn
pregunt:
  --Tengo entendido que conoce usted a Elena Katkoff, es cierto?
  Rasputn reconoci que as era. Sonriendo amablemente, el pope dijo:
  --Segn ella, usted no reza por la vida del zar, es verdad?
  En Rusia, era costumbre empezar o terminar las oraciones con una oracin
por la vida del zar.
  Rasputn, sin levantar la vista de su plato, contest:
  --Es cierto.
  --Podramos preguntarle por qu? -Con el uso de la primera persona
plural implicaba que todos deseaban saberlo.
  --Son los pobres y los que sufren los que necesitan nuestras oraciones.
Todo el mundo reza por el zar.
  --No cree usted que el zar merezca nuestras oraciones?
  Rasputn contempl al pope, como si estuviera preguntndose si deba
tomarlo en serio y, cual si estuviese instruyendo a un nio, replic:
  --Las oraciones han de venir del corazn. Por qu debera Dios escuchar
las oraciones que son slo de labios para afuera?
  El pope se sonroj y perdi visiblemente los estribos.
  --Cree usted que rezo slo de labios para afuera?
  Rasputn explic solemne y tranquilamente:
  --Tal vez usted conozca al emperador. Yo, no.
  Volvi a dedicarse a la comida. El pope se control e inici una
conversacin con el que se hallaba a su lado. Pero era obvio que estaba
enfadado y trastornado.
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Al cabo de unos minutos, Juan de Cronstadt toc el brazo de Rasputn.
  --Venga a mi habitacin a tomar el t.
  Se hizo un silencio cuando se levantaron y se marcharon. Entonces, antes
de que se cerrara la puerta, todos empezaron a hablar.
  Mientras caminaba por el largo pasillo, el padre Juan coment:
  --Me parece usted un hombre sincero.
  --Espero que s.
  --Es cierto que antao era usted un gran pecador?
  Rasputn se ech a rer sonoramente; el pope lo observ con una mirada
maliciosamente divertida.
  --Me temo que ninguno de mis pecados podra considerarse como grande.
Quin le cont eso? -respondi finalmente Rasputn.
  Entraron en una pequea y austera habitacin. El padre Juan precis:
  --Bueno, madame Katkoff lo dio a entender...
  --No me diga!
  Rasputn estaba asombrado. El pope se ech a rer.
  --Estas mujeres... les gusta causar impresin, -se ri ante la expresin
perpleja de Rasputn-. Bueno, ella es la que le ha dado su reputacin.
  --Dicindole a todo el mundo que soy un gran pecador?
  --No, no, no. No fue slo eso. Dice que usted es un hombre de Dios, pero
deja caer unas fascinantes indirectas acerca de una vida de pecados
seguida de penitencia.
  --Por eso fue que se acerc usted a m en la iglesia?
  --No. No tena idea de quin era usted. Me acerqu porque era obvio que
estaba usted rezando de corazn.
  Durante la hora siguiente, Juan de Cronstadt interrog a su invitado
sobre su vida, sus viajes y sus creencias. Durante esa hora, su actitud
hacia Rasputn sufri varios cambios. Al principio, le divirti su
sinceridad campesina, su franco reconocimiento de que consideraba a la
mayora de los popes como parsitos (reconocimiento suavizado por la obvia
creencia de Rasputn de que su anfitrin era un autntico hombre de Dios).
Luego, le impresionaron los considerables conocimientos
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de Rasputn y su capacidad para expresarse. Rasputn no saba nada de
literatura y se mostr perplejo cuando su anfitrin se refiri a <Las
almas muertas> de Ggol. Sin embargo, era claramente un hombre que haba
pasado la vida aprendiendo y que no olvidaba nunca lo que haba aprendido.
Ms tarde, cuando Rasputn mencion sus dos visiones de la Virgen de
Kazn, el padre Juan tuvo la repentina intuicin de que este hombre le
haba sido enviado por Dios. Todo lo que deca era evidentemente cierto.
  Ambos hombres tenan mucho en comn. El padre Juan Sergieff era hijo de
un dicono pobre de una aldea de la regin de Arjanguelsk, y no era ni
mstico ni intelectual. Su inmenso poder e influencia surgan del hecho de
que era un hombre bueno, un hombre que amaba a los pobres y a los
necesitados, y de su genio en las oraciones. Y ahora, cuando Rasputn
empez, a su vez, a hacerle preguntas, contest con un corazn que no
saba nada de encubrimientos ni de orgullo. Cuando Rasputn le interrog
sobre las escenas en la iglesia, de los pecadores sollozantes que se
golpeaban el pecho, el padre Juan explic sencillamente que, cuando
celebraba la misa, se daba a menudo cuenta de que comunicaba directamente
con Dios. Describi cmo, la primera vez que esto ocurri, tuvo de pronto
una visin de Jess en la cruz, no un crucifijo de madera con una estatua,
sino con un hombre vivo cuya sangre manaba de sus heridas, los brazos casi
arrancados del hombro por el peso de su cuerpo. Desde entonces, tena
visiones durante la misa. Eran estas visiones las que le hacan llorar
mientras rezaba, y a los miembros de la congregacin gritar sus pecados.
  Por primera vez en su vida, Rasputn supo que hablaba con un hombre como
l, uno cuya hambre de Dios haca que todo lo dems pareciera irreal. Por
primera vez en su vida, conoca a alguien que era realmente su hermano.
  Ya era avanzada la tarde cuando se separaron. Rasputn rehus quedarse
para la cena, pues no tena ningn deseo de sentarse a la mesa con el pope
rechoncho. Cuando trat de besarle la mano al padre Juan, ste le dijo:
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  --No, hijo mo, -y lo abraz con lgrimas rodndole por las mejillas-.
Vuelve pronto a m... vuelve maana.
  --No quisiera molestarle, padre, -respondi Rasputn.
  El padre Juan manifest con firmeza:
  --Fuiste enviado a San Petersburgo con un propsito. Tal vez pueda
ayudarte a cumplirlo.
  Rasputn no acept el uso de un carruaje para llevarlo de vuelta a su
pensin. Senta el corazn tan lleno que quera caminar. El aire helado
entraba en sus pulmones como fuego y, sin embargo, pareca incrementar su
sensacin de estar realmente vivo. No tena idea de adnde iba, pero su
alma estaba llena de infinita gratitud. Adems, dirase que sus pies
conocan el camino; cuando se detuvo a fin de ver dnde estaba, se
encontr en el puente sobre el canal de Fontanca, a pocos metros de la
pensin donde se alojaba.
  La emocin lo mantuvo despierto gran parte de la noche. De pronto, San
Petersburgo no constitua ya una pesadilla, sino una ciudad dispuesta a
darle la bienvenida. El futuro era una niebla dorada, llena de excitacin
y oportunidades infinitas. Nuevamente se senta como un nio, de regreso
de los campos helados, convencido de que Dios le tena reservado un gran
destino.
  Despert sobresaltado cuando alguien abri la puerta de su habitacin,
que se encontraba llena de una luz fra y blanca; haba nieve acumulada en
el cristal de la ventana de la pared abuhardillada, encima de su cabeza.
En el umbral, se hallaban el casero y, al lado de ste, una figura que, a
primera vista, Rasputn tom por un general. Mientras se incorporaba y se
frotaba los ojos, la figura vestida con magnificencia habl, y entonces,
Rasputn se percat de que se trataba de un sirviente en librea adornada
de trenzas doradas.
  --Es usted el padre Rasputn?
  (Pronunci el nombre a la francesa).
  --S.
  --Le traigo una carta de la gran duquesa Militsa.
  Rasputn rasg el sobre con gofrado dorado. Necesit varios minutos para
descifrar la escritura: "Estamos muy emocionados al saber que ha llegado
por fin. Le
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ruego que considere mi casa como su hogar. Venga a tomar el t esta
tarde." La firma era un garabato ilegible.
  --Desea enviar una respuesta? -El aire del lacayo era condescendiente.
  --No, no. Dgale que ir.
  Cuando el lacayo se hubo marchado, el casero, que haba permanecido
revoloteando en el umbral, coment.
  --Supongo que nos dejar pronto.
  --No necesariamente, amigo. Por cierto, a qu hora se toma el t en San
Petersburgo?
  --Alrededor de las tres... cuando han acabado de comer.
  Durante el resto de la maana, Rasputn anduvo por las calles de San
Petersburgo. La magnitud misma de las cosas lo asombraba: las gigantescas
plazas, que uno no poda atravesar en menos de diez minutos; los
bulevares, parecidos a grandes y anchos ros; el propio Neva, azul e
inmenso, con la fortaleza de Pedro y Pablo dominndolo en la orilla ms
alejada. Ahora que ya no se senta como un extrao, se deleitaba con todo
ello.
  Hacia las tres de la tarde, Rasputn subi los escalones de mrmol de la
casa del gran duque Pedro Nicolaievich, primo del zar. Al llamar al timbre
de la enorme puerta, se pregunt si los sirvientes le pediran que usara
la puerta de servicio. Su angustia result innecesaria. El lacayo en
librea verde, cuyo aspecto era el de alguien salido de una corte alemana
del siglo XVIII, cogi su abrigo de piel de oveja, tratndolo como si
fuese una capa de armio, y lo gui hacia la puerta de color crema con
relieves dorados del saln.
  --Su nombre, seor?
  --Rasputn.
  El lacayo abri la puerta y anunci:
  --El padre Rasputn.
  Fue una suposicin acertada, pues Rasputn no llevaba su hbito negro de
monje, sino una bata campesina azul y una camisa de tela burda y de cuello
abierto.
  Haba slo dos personas en la habitacin, un hombre y una mujer. La
mujer llevaba un vestido suelto y de mucho vuelo, cual una tnica de la
Grecia antigua,
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y una guirnalda de flores en el cabello. Se apresur a atravesar la
estancia con las manos tendidas.
  --Padre Rasputn, es un gran honor para m conocerlo.
  Rasputn clav la mirada en los grandes ojos y supo instantneamente que
l haba nacido para dominar a personas como ella. Pas por alto las manos
tendidas, la agarr por los hombros desnudos y la abraz con fuerza,
besndola en la mejilla.
  --Uf! -exclam la mujer, sonrojndose. Mas sus ojos brillaban.
  El hombre se haba levantado tambin. Rasputn vio que vesta un hbito
marrn de monje. Era alto y delgado, con una cara estrecha y alargada y
unos ojos de mirada intensa. La gran duquesa los present:
  --El padre Ilionor Trufanov... El padre Rasputn.
  Iliodor perteneca al tipo de hombre que le era instintivamente
antiptico a Rasputn. El rostro plido, los labios apretados, la mirada
intensa, revelaban un ego susceptible. Diez aos antes, Rasputn habra
dejado ver su desconfianza. Pero las horas que haba pasado meditando y
rezando le haban proporcionado la fuerza suficiente para controlar sus
reacciones. Le dedic su sonrisa ms abierta y bondadosa y tendi la mano.
Tras un momento de duda, el monje le ofreci la suya. Como dos perros
olisquendose, haban establecido un terreno comn de tolerancia.
  Rasputn se sent en un silln tapizado de seda tornasolada y habl con
Iliodor, que se encontraba sentado en un divn, al lado de la gran duquesa
Militsa. Iliodor era ms joven que Rasputn, -contaba poco ms de veinte
aos-, y aparentemente acababa de ordenarse. La gran duquesa lo describi
como "el hombre ms brillante de Rusia"; era una exageracin pero, de
hecho, Iliodor se haba dado a conocer como uno de los mejores estudiantes
de teologa de su generacin y como un predicador de notable fuerza. Los
dos hombres tenan mucho en comn: ambos eran hijos de campesino, ambos
eran ambiciosos; mas la ambicin de Iliodor era neurtica, intensa y
totalmente personal.
  Iliodor hablaba de su sueo de construir un monasterio dedicado a los
ms elevados ideales de la espiritualidad,
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un equivalente ruso del monte Atos. Rasputn escuchaba y observaba la
habitacin. El saln de Elena Katkoff era elegante, pero ste resultaba
suntuoso. Los muebles estaban tapizados en tonos plidos; las paredes,
cubiertas de brocado de seda de tono verde oliva. Era la habitacin de una
mujer que se consideraba a s misma rbitro de la moda. El tenue perfume
que flotaba en el aire era claramente oriental.
  Militsa lo sorprendi al preguntarle repentinamente:
  --Qu piensa, padre Grgori, cree que ser posible espiritualizar a
Rusia?
  sa era la clase de preguntas que lo irritaban. Con un toque de
severidad, respondi:
  --Rusia <est> espiritualizada. Son los popes y la aristocracia los que
necesitan regresar a Dios.
  La mujer acept la reprimenda como si la mereciera, con los ojos bajos.
Iliodor, la cara iluminda por el entusiasmo, exclam:
  --Es cierto! El campesino ruso ya conoce a Dios. Los verdaderos
traidores son los rusos que tratan de convertirnos en europeos. -Se volvi
hacia Rasputn, los ojos destellando como los de un ratn atrapado bajo la
luz de una lmpara-. Pero sos ya no consiguen todo lo que quieren. La
gente como usted y yo cambiaremos las cosas.
  De pronto, con esa extraa alquimia que ocurre en momentos de
entusiasmo, los dos hombres empezaron a simpatizar.
  --El seor Alejandro Scriabin.
  El lacayo haba abierto la puerta para dar paso a un hombrecillo plido,
cuidadosamente peinado y con bigote adiestrado para rizarse en las puntas.
La gran duquesa present orgullosa a su nuevo invitado y a Rasputn.
Scriabin era, por lo visto, un compositor. Mir a Rasputn con una
expresin penetrante y burlona y, con una voz sorprendentemente dulce,
exclam:
  --Ah, el gran pecador!
  Empezaron a llegar ms invitados. Haba dos escritores, un poltico
llamado Sasanov, una cantante de pera con enormes pechos, un hombre que
se dedicaba a viajar y que acababa de regresar de frica, un director de
orquesta y un hombre que trataba de crear una
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compaa de pelculas. Rasputn no tard en darse cuenta de que todos lo
conocan de odas. Pero ya haba adivinado que Militsa, como Elena
Katkoff, era una promotora incansable, cuyo mayor placer consista en
introducir nuevas "celebridades" en la sociedad de San Petersburgo. Y que,
le gustara o no, el papel de Rasputn era el de un pecador que haba
tenido una especie de revelacin y se haba convertido en hacedor de
milagros. Dirase que Scriabin, que vena de Mosc, senta tanta
curiosidad como los dems por Rasputn. Le hizo preguntas personales con
un entusiasmo que, de no haber sido tan sincero, habra resultado
ofensivo. Rasputn sinti alivio cuando la gran duquesa convenci al
compositor que se pusiera al piano.  Scriabin  toc sus propias obras
con un aire embelesado y afectado que contrastaba extraamente con su
curiosidad infantil de haca unos minutos. Rasputn pens: "Estas gentes
de San Petersburgo no parecen saber quines son..."
  Volvi su atencin a Iliodor, que escuchaba con expresin intensa,
apoyado sobre la cubierta del piano de cola. Ahora que el rostro del
hombre descansaba, Rasputn se percat claramente de que en su
personalidad haba un elemento de odio a s mismo, una insatisfaccin
profunda y persistente, cual una herida expuesta. Ambicin, tal vez? En
ese momento, Iliodor frunci la nariz, ante una disonancia repentina, y,
en un segundo de perspicacia, Rasputn supo la respuesta. Como el polaco
mellado y el padre Jos de Verkhoture, este hombre amaba a su propio sexo
y la idea lo atormentaba. Rasputn pens: "Si supiera que lo s, me
odiara lo suficiente para matarme..." De pronto, experiment el silencio
interno que llegaba con ciertos momentos de perspicacia; era como si
dejara caer una piedra en un pozo y escuchara atentamente hasta orla
penetrar en el agua. Con una triste conviccin, supo que este hombre sera
algn da un enemigo implacable. Para distraerse de este pensamiento
inquietante, se pregunt: "Cmo es que yo s cosas sobre l, mientras que
l no sabe cosas sobre m? Cmo es que mi intuicin me revela el futuro,
mientras que la suya no funciona?" Y supo inmediatamente la respuesta.
Iliodor <s> conoca el futuro. Mas no estaba preparado para escuchar esa
voz interior que se lo poda
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revelar. Lo mismo ocurra con todos ellos: Militsa y el poltico Sasanov,
as como este egocntrico compositorzuelo. La mayora ni siquiera saba
que posea una voz interior. Le embarg una inmensa tristeza.
  La msica termin. Los invitados aplaudieron ruidosamente. Scriabin mir
a Rasputn, buscando su aprobacin. Rasputn se oblig a sonrer,
fingiendo entusiasmo. Sin embargo, incapaz de soportar la idea de tener
que decirle al msico cunto le gustaba su msica, sali de la estancia a
la primera oportunidad que se le present.
  Pregunt al lacayo cmo llegar al lavabo. ste se encontraba dos pisos
ms arriba. Asombrado y admirado, Rasputn examin el vter, con flores
rosadas en porcelana de la taza y una cadena que daba paso a una cascada
de agua; la jofaina de color lila con grifos de plata de los que brotaban
agua fra y caliente; la pastilla de jabn, ovalada y con aroma de limn.
Ni siquiera los Katkoff posean algo as. Rasputn anhelaba que su familia
estuviese presente, para compartir con ella la experiencia. Soando
despierto an, sali al pasillo y baj por lo que supuso era la escalera
correcta. Se encontr en otra parte de la casa. Las alfombras en el suelo
eran tan mullidas como la hierba en primavera. La puerta abierta de un
dormitorio revel una amplia habitacin con una cama de cuatro columnas
doradas y un tocador con enormes espejos. Hasta en el pasillo haba
pinturas en la pared y hermosas mesitas rinconeras sobre las cuales haba
unos <objets d'art>. La idea de instalarse en esa casa lo preocup, pues
podra tropezar y romper algo.
  Se detuvo ante otra puerta abierta para examinar otro dormitorio y fue
entonces cuando vio al perro. Estaba tumbado en una canasta, en un rincn,
y lo miraba con ojos cansados e indiferentes. Rasputn murmur
amistosamente. El perro movi melanclicamente la cola. Era un perro de
caza, enorme, blanco y negro, casi tan grande como un cordero.
  --Qu te pasa? -le pregunt Rasputn y atraves la habitacin.
  El perro puso la nariz entre las patas y lo mir con cansada curiosidad.
Rasputn se arrodill y le toc la nariz, que arda. El animal se
encontraba enfermo.
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  --Pobrecillo, -dijo Rasputn y lo acarici suavemente a lo largo del
cuerpo.
  Sinti la fuerza fluir de su brazo hacia el perro y el animal se estir
y se estremeci ligeramente. Rasputn murmur palabras tranquilizadoras y
coloc ambas manos sobre el perro, una en el hombro y la otra en la grupa.
Sus sentidos se tranquilizaron, hasta llegar a una profunda calma, a
medida que la fuerza responda a la necesidad del animal. El perro,
agradecido por la corriente que manaba como agua de un manantial, le lami
la mueca.
  Una sombra cay entre ellos. Rasputn alz la mirada hacia el hombre
uniformado que se hallaba en el umbral de la puerta y volvi su atencin
al perro. El proceso ya casi haba terminado. Haba simplemente recargado
las fuerzas vitales del perro. En un momento dado, la vitalidad del propio
perro se apoder del proceso. Los animales, como los nios, poseen una
extraordinaria capacidad para recuperarse. Al mismo tiempo, Rasputn
sinti la gratitud y el alivio del perro y eso le llen el corazn de una
agradable tristeza.
  --Bueno, ya ests bien, verdad? -dijo, y se levant.
  El perro salt inmediatamente de la canasta y le lami la mano, moviendo
con tanta fuerza la cola que su cuerpo entero vibr.
  --No lo puedo creer!
  Fue el hombre uniformado el que habl. A su lado se hallaba un
hombrecillo en traje a rayas, que llevaba un maletn negro. El hombre
uniformado pregunt:
  --<Quin> es usted?
  --Grgori Efimovich Rasputn, para servirle.
  El hombre tena cabello canoso, cortado casi al cero, y un bigote gris.
De haber sabido algo sobre la jerarqua militar, Rasputn habra sabido
que el uniforme era el de un general de divisin. El hombre se inclin
sobre el perro, que se volvi y le lami la mano para luego saltar y casi
derrumbarlo al tratar de ponerle las patas sobre el pecho. El hombre del
traje a rayas coloc la mano en la nariz del perro.
  --Me parece que se encuentra perfectamente bien, alteza.
  --No lo estaba cuando lo dej hace unos diez minutos
     (116)
-respondi el hombre. Mir a Rasputn-. Usted es el curandero, verdad?
  Gru y apart la cara cuando el perro le lami la nariz y la mejilla.
  --Abajo, <Marco>.
  El perro, excitado ante tanta atencin, salt sobre la cama y baj por
el otro lado. El militar le dio una palmada en ambos hombros a Rasputn,
tan fuerte que provoc una mueca de este ltimo. Entonces, lo agarr en
sus brazos y los estrech contra su pecho. Su rostro rechoncho le roz la
mejilla.
  --Tmese una copa.
  En ese momento, cuando estaba lleno de t de limn, no haba nada que
Rasputn deseara menos, pero apreci el espritu en que se le ofreca.
  --Bueno, tal vez si tiene usted vino tinto dulce...
  El hombre se ech a rer estruendosamente.
  --Vino dulce! De acuerdo! -Alarg la mano para tocar una campana junto
a la cama pero cambi de opinin-. Venga a mi guarida. -Se volvi hacia el
hombre del maletn negro-. Bien, Naumov, parece que no te necesitar
despus de todo.
  El hombrecillo gru:
  --Tanto mejor.
  --De todos modos, antes de irte, ven a tomar una copa con nosotros.
  En el pasillo se encontraron con la gran duquesa Militsa, que los mir
asombrada.
  --As que <t> lo tienes!
  --As es, querida. Es ms, tu increble amigo ha curado a <Marco>. -El
perro, que sali corriendo para saludar a Militsa, confirm lo que deca-.
Por lo que le estoy ofreciendo una copa... Abajo, <Marco>, abajo, chico.
  El perro trat de derrumbar a Militsa.
  --Nada de eso! Es mi invitado. Si quieres hablar con l, tendrs que
bajar a mi saln!
  --Qu? Con todos esos tipos literarios? Ni lo suees! -Volvindose
hacia Rasputn, agreg-: Tendr que ser despus. Venga a cenar.
-Volvindose ahora hacia el mdico, continu-: Vamos, Naumov, puedes
tomarte una copa de todos modos.
  Cuando iban bajando por la escalera, Militsa le dijo:
     (117)
  --Como se habr dado cuenta, se es mi esposo, el gran duque Pedro
Nicolaievich. Es evidente que le simpatiza usted.
  Su voz tena cierto tono cido.
  De nuevo en el saln, Militsa no perdi tiempo en relatar la historia.
Para vergenza suya, Rasputn se encontr rodeado de una multitud que
quera orselo contar con sus propias palabras. Se encogi de hombros.
  --No hice nada. Dios cur al perro, -explic.
  --Pero a travs de usted, -indic  Scriabin.
  --Dios hace la mayora de las cosas a travs de seres humanos. Rara vez
interfiere en el curso de la naturaleza. Para eso estamos aqu nosotros,
para que Dios nos utilice, como un ama de casa utiliza una escoba o un
granjero, su arado.
  Puesto que nadie pareca deseoso de interrumpirlo, Rasputn se dej
llevar por sus temas favoritos. Habl con sencillez, con metforas
familiares; le proporcionaba placer intentar que esta gente de la ciudad,
sofisticada pero confusa, entendiera las verdades sobre la vida interior.
  Las mujeres lo comprendieron inmediatamente. De hecho, los hombres,
tambin lo hicieron. Mas, como muchos de ellos se irritaron ante la rpida
rendicin de las mujeres, sentan que su dignidad masculina requera
resistencia. Aun as, la transparente sinceridad de Rasputn acab por
conquistarlos e impresionar a los que no se dejaron atraer. l se figuraba
que estas personas crean lo que deca porque Dios hablaba a travs de l.
Se equivocaba. Lo que les fascinaba era que Rasputn pareca traer al
saln de Militsa el aire de la tierra, del establo para vacas, de la
inmensa estepa. Esa helada tarde de diciembre, les record la primavera y
el verano.
  A las seis, los invitados empezaron a marcharse. Cuando Rasputn se
preparaba para irse tambin, Militsa le susurr al odo:
  --Qudese. Tengo una sorpresa para usted.
  Rasputn e Illiodor se quedaron solos en la estancia mientras Militsa
despeda a sus invitados.
  --Me pregunto cul ser la sorpresa, -manifest Rasputn.
     (118)
  --Creo que puedo adivinarlo. Los sumos sacerdotes lo interrogarn.
  --Sumos sacerdotes?
  Iliodor, que oteaba el pasillo, dijo:
  --Ah, s! Tena yo razn.
  Rasputn mir ms all del monje y vio a los dos hombres que acababan de
entrar. Uno vesta los hbitos morados de un obispo y el otro, los negros
de un sencillo pope.
  --El que viste de morado es Hermgenes, obispo de Saratov.
  --Y, el otro?
  --El obispo Tefano, inspector de la Academia teolgica.
  --Por qu no se viste de obispo?
  --No lo necesita. Es el confesor de la familia real.
  Existen momentos en la vida de un hombre cuando se encuentra en la
situacin para la cual el destino o su ngel guardin parecen haberle
preparado. Cuando esto ocurre, experimenta la sensacin de que las cosas
marchan bien, de que la rueda de la fortuna le favorece. Desde que conoci
a Juan de Cronstadt, Rasputn tena esa sensacin. Mas ahora, por primera
vez, dudaba; sonaba una alarma interior.
  No hubo tiempo para recelos. Unos minutos ms tarde lo estaban
presentando a los dos prncipes de la Iglesia. Ninguno de los dos tena un
aspecto particularmente formidable. Hermgenes era un hombre corpulento de
cara astuta y modales bruscos. Tefano era sencillo, directo y bastante
tmido. En algunas cosas le hizo pensar en Juan de Cronstadt. Al poco
rato, se uni a ellos el gran duque Pedro, que pareca tener muy buenas
relaciones con ambos archimandritas, y que ense a todos a preparar
ccteles al estilo americano, arte que haba aprendido de un camarero
hngaro en la avenida Nevski. Mientras beban, volvi a contarles cmo
Rasputn haba curado a su perro. Ambos obispos hicieron preguntas a
Rasputn sobre sus viajes, sus impresiones acerca del monte Atos y la
Tierra Santa, tras lo cual la conversacin se generaliz. Cuando, media
hora ms tarde, le invitaron a cenar, Rasputn tuvo la impresin de que se
haba convertido en miembro de un pequeo
     (119)
club compuesto por los hombres ms influyentes de la Iglesia en Rusia.
  Durante la cena, Tefano bebi slo agua; Hermgenes bebi vino blanco
con agua de seltz. El gran duque insisti en que Rasputn bebiera vino
dulce de Georgia. Ambos obispos miraban con inters furtivo cmo Rasputn
y el gran duque consuman tres botellas en tanto hablaban de caballos y
perros. Iliodor, que haba bebido dos ccteles, ya pronunciaba torpemente
las palabras. Incluso el gran duque se volvi ms bullicioso tras la
segunda botella. Rasputn segua hablando con la misma coherencia de
siempre y, cuando dejaron la mesa, pareca controlar perfectamente sus
piernas. Los sacerdotes estaban impresionados. Si el vino revela la
<veritas> de un hombre, Rasputn haba pasado el examen. Tena el mismo
aspecto modesto, controlado y firmemente sensato de siempre.
  De vuelta al saln, bebieron caf. Pedro pregunt por la zarina,
Alejandra Fedorovna, con quien Tefano haba estado esa tarde. Tefano
habl sencilla y abiertamente de sus problemas. El zar y la zarina
llevaban nueve aos casados y hasta 1901 la zarina haba dado a luz a
cuatro hijas. Tras el nacimiento de la cuarta, Alejandra Fedorovna empez
a experimentar una depresin nerviosa. Su incapacidad para tener un
heredero le pareca un desastre. Fue entonces cuando Militsa le present a
un "hacedor de milagros" llamado Philippe Nizier-Vachot, o "doctor
Philippe", a quien haba conocido en Francia. Philippe crea que su
incapacidad para concebir se deba a la tensin nerviosa y empez un
tratamiento por medio de la hipnosis. ste pareci funcionar; el abdomen
de la zarina empez a hincharse. Pero cuando el mdico de la corte la
examin, no encontr ninguna seal de embarazo. Los sntomas eran una
forma de histeria. La historia se extendi rpidamente e increment la
impopularidad de la emperatriz. (Era nieta de la reina Victoria y la
conocan popularmente como "la extranjera".) El doctor  Philippe
consider que era el momento oportuno para regresar a Lyon.
  Despus, al parecer, Militsa haba descubierto a un "profeta" llamado
Mitia Koliabin, un lisiado, con muones en lugar de brazos, y lo que deca
era incomprensible,
     (120)
pues su paladar estaba deformado. En sus ataques epilpticos pronunciaba
profecas, que deba interpretar Egorov, un sacristn del monasterio de
Optima Pustyn. Koliabin sufra convulsiones y emita sonidos extraos como
los de un animal, que, segn Egorov aseguraba a la emperatriz,
significaban que concebira sin duda un heredero. Esto la tranquiliz;
pero, hasta el momento, no haba seales de un heredero. Despus de
Koliabin, hubo una idiota llamada Daria Osipova, que murmuraba palabras
extraas, un mstico francs llamado Papus, y un herbolario llamado Pedro
Badmaev, que conoca el chino y el mongol y que aluda a unos maestros
secretos en las remotas montaas del Tibet. Todos ellos haban
reconfortado mucho a la emperatriz. Pero esa misma tarde, se ech a
llorar, pidindole a Tefano que rezara por Rusia, con lo que l entendi
que se refera a que rezara por que hubiera un heredero al trono.
  Rasputn senta la mirada de la gran duquesa fija en l y la evit a
propsito. Supo repentinamente lo que quera proponerle. Cierto instinto
le dijo que era demasiado pronto. Se sinti aliviado cuando el gran duque
cambi de tema y empez a hablar de la Unin de Rusos Autnticos. Rasputn
fingi interesarse y pregunt quines eran. Al parecer, se trataba de una
sociedad de patriotas, de la cual tanto Hermgenes como Tefano eran
miembros. Su objetivo consista en evitar que Rusia fuese invadida por el
atesmo francs y el socialismo alemn.
  --Debera usted hacerse miembro, -le dijo de pronto Hermgenes.
  --Me encantara. Pero, qu podra hacer para ayudar? -pregunt
Rasputn.
  --Tal vez ms de lo que piensa. Venga a verme maana. Dnde se hospeda?
-Cuando Rasputn se lo dijo, continu-: Eso no est bien. Venga al
monasterio. Me asegurar de que le den una habitacin cmoda.
  --Es usted muy amable, -contest Rasputn.
  En su fuero interno, se pregunt cmo poda evitar la invitacin. Su
instinto lo llevaba hacia la independencia.
  A las diez y media, Hermgenes bostez.
  --Debo regresar. Ha sido una velada muy interesante.
     (121)
-Se volvi hacia Rasputn-. Puedo llevarlo de camino.
  Mientras se acercaban a la puerta, Militsa agarr a Rasputn por la
manga de la camisa.
  --Debo ensearle mi propio icono especial. No tardaremos mucho.
  Lo llev al pasillo y a una pequea y atractiva estancia, amueblada en
rosa.
  --ste es mi <boudoir>. Aqu guardo mis santos.
  Cerr firmemente la puerta y le cogi ambas manos. Lo mir intensamente
a los ojos.
  --Dgame lo que quiero saber.
  --Qu?
  --Que posee poderes mgicos...
  --No poseo ningn poder, -neg Rasputn con la cabeza.
  --Pero, puede ayudar, no? Podra ayudarla?
  Rasputn liber sus manos. Tena sueo y estaba un poco borracho. Quera
que lo dejaran regresar a la pensin y a su cama. Sin embargo, bajo el
cansancio, se hallaba una profunda calma interior. Hoy, sus poderes
funcionaban. Pareca absurdo no intentarlo otra vez. Le dio la espalda a
Militsa, se sent en la <chaise-longue> tapizada de rosa y se apret los
ojos con las manos. Entonces, mientras vaciaba su mente, le lleg la
respuesta. Mir a Militsa, que esperaba con paciencia.
  --No necesita mi ayuda.
  --Por qu?
  --Porque ya est embarazada.
  --Est usted... seguro?
  Rasputn se oy a s mismo pronunciar las palabras, mas no tena idea de
si eran ciertas. Le llegaron sencillamente a la parte consciente de la
mente, como si provinieran de otra fuente. Su voz dijo, tranquila y
firmemente:
  --Ya ha concebido.
  --No!
  Militsa se emocion y empez a abrir la puerta. l la agarr de la mano.
  --No. No se lo diga a nadie.
  --Pero debo decrselo a <ella>.
  --An no. Habr tiempo suficiente para decrselo.
     (122)
  --Cundo podr decrselo?
  Rasputn calcul rpidamente.
  --Estamos a catorce de noviembre. En agosto del ao prximo habr dado a
luz a un heredero al trono.
  Militsa grit emocionada e iba a abrazarlo, pero se contuvo, se dej
caer de rodillas y le bes las manos. Rasputn oy un ruido afuera de la
habitacin.
  --Levntese, por Dios! Qu dira su esposo?
  Militsa lo mir, apretando todava la mano de Rasputn contra su
mejilla.
  --Estara tan encantado como yo.
  Rasputn se ech a rer.
  --No, no lo estara. Me dara un puntapi tan fuerte que acabara en el
arroyo.
  --Ni lo suee! Usted salv a <Marco> y sus perros y sus caballos le
importan ms que yo.
  Alguien llam ligeramente a la puerta. Se oy la voz discreta del
lacayo:
  --El carruaje del obispo est aqu, madame.
  Rasputn le repiti:
  --No lo olvide. No se lo diga a nadie.
  Pero saba que era pedirle demasiado a una mujer.
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     (123)




 VIII
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     En esos primeros das en San Petersburgo, Rasputn se interes ms
por los extraos procesos que tenan lugar en su interior que por las
personas que iba conociendo. El da pasado en casa de Militsa haba
causado un cambio interior decisivo. Su vitalidad aument y poda
controlar mejor sus estados de nimo. Esta sensacin de salud y de poder
era a veces tan fuerte que la ocultaba a propsito, como lo hara un rico
con su reloj de oro al hablar con un mendigo. Poda inducir esta sensacin
de vitalidad y pura alegra al jugar el "juego del ratn", tomando adrede
conciencia del momento actual, y centrando toda su atencin, como un gato
que observa una ratonera.
  Puesto que Hermgenes lo invit repetidamente, se mud por fin al
monasterio de Cronstadt. Result ser ms agradable de lo que esperaba. Su
reputacin lo preceda y todos lo trataban con respetuosa curiosidad.
Incluso el pope gordo haca todo lo posible por mostrarse corts durante
las comidas.
  Se encontraba ms a menudo con Tefano e Iliodor que con Hermgenes. El
da despus de que se mudara al monasterio, Tefano lo llev a una reunin
de la Unin de Rusos Autnticos, en casa de la hermana de Militsa,
Anastasia, casada con otro gran duque, Nicols Nicolaievich. Anastasia era
tan atractiva como su hermana, pero menos llamativa. Ambas eran princesas,
hijas del rey del pequeo estado de Montenegro, sobre el Adritico. La
vida en San Petersburgo les pareca un tanto aburrida y trataban de
alegrarla investigando la
     (124)
magia, la teosofa, el espiritismo y la filosofa de Rodolfo  Steiner.
Durante dos horas, Rasputn escuch a varios militares, sacerdotes y
polticos, incluyendo dos ex ministros, expresar puntos de vista en
extremo reaccionarios acerca de Rusia y de su futuro. Rasputn no dudaba
de que tuviesen razn cuando decan que el zar deba gobernar a su pueblo
con mano de hierro y que las ideas occidentales sobre democracia y
socialismo haban de aplastarse como si fuesen hierbas venenosas. Pero le
era imposible no darse cuenta de que la mayora de estos hombres eran
viejos, quejumbrosos y llenos de su propia importancia y que sus ideas
resultaban totalmente negativas. l e Iliodor intercambiaron varias
miradas irnicas.
  Despus, lo invitaron al saln de Anastasia, donde conoci a ms
miembros de la intelectualidad: el escritor Merejkovski y su esposa
Zinaida Hipius, el filsofo Rozanov, el poeta simbolista Bieli y,
nuevamente, el compositor Scriabin. Al principio lo impresionaron ms que
la Unin de Rusos Autnticos; pero despus del t la conversacin se
centr en fantasmas, espritus malignos, quiromancia, telepata,
transmigracin de almas y brujera, y todos los presentes parecan tener
una ancdota que contar. Rasputn no tard en percatarse de que estas
gentes no distinguan entre las fuerzas espirituales desconocidas y la
supersticin ms burda. l e Iliodor compartieron un <droshki> para
regresar al monasterio y estuvieron de acuerdo en que San Petersburgo
pareca hallarse lleno de tontos despistados. A diferencia de Iliodor,
Rasputn se mostr tolerante con ellos; el odio enfebrecido de Iliodor con
respecto a todo lo europeo le pareci neurtico.
  A medida que se iban acercando las Navidades, se encontr pensando cada
vez ms en su familia en Pokrovsko. Durante su ausencia, Prascovia haba
dado a luz a otra hija, llamada Daria, y Rasputn anhelaba sentarse con el
beb en brazos. La abstinencia sexual era tambin una tensin para l.
Desde su "revelacin" con las doncellas de la aldea, la actividad sexual
era para l una actividad inocente y sana del cuerpo, que poda
ocasionalmente transmutarse en intensidad espiritual. Durante sus viajes,
haba aprovechado todas las oportunidades
     (125)
que se le ofrecan. Ahora, ya llevaba un mes de celibato y se senta arder
de deseo cada vez que vea una sirvienta atractiva.
  Una semana antes de Navidad, el novicio que atenda a los huspedes le
dijo que una dama quera verlo. No le haba dicho su nombre, pero le
asegur que era una "vieja amiga" de Rasputn. ste se hospedaba en el ala
de los invitados, donde se permita la entrada a las mujeres. Pidi al
joven que la hiciera subir. Se trataba de Elena Katkoff, que haba llegado
a San Petersburgo esa maana con su esposo  y que haba odo
inmediatamente relatos sobre los "milagros" del <stranic> siberiano. Elena
tena las mejillas sonrosadas debido al fro y llevaba un elegante abrigo
gris con piel azulada en el cuello. Le daba el aspecto de una chiquilla
bonita. Tan pronto vio a Rasputn, exclam:
  --<Staretz!> -y le rode el cuello con los brazos.
  Rasputn estaba encantado de verla y dio vueltas con ella en volandas.
Este contacto con un cuerpo femenino excit su carne hambrienta. La ayud
a quitarse el abrigo; debajo llevaba un vestido de seda gris y despeda
calidez y un aroma agradable. Ella lo miraba con adoracin y no haba
entre ellos la sensacin de ser extraos; ella era como una esposa. La
tom en sus brazos y, puesto que le pareca una prdida de tiempo, la
deposit con suavidad sobre su cama. Cuando l le levant el vestido, ella
lo mir con los ojos muy abiertos y asombrados y suspir cuando la abraz.
Entonces, cerr los ojos y se entreg al placer de satisfacer su voraz
apetito.
  Despus de hacer el amor, se sentaron uno frente al otro, como una
pareja de casados, y l le cont todo lo que haba ocurrido desde su
llegada a San Petersburgo. A ella le impresion mucho enterarse de que
haba estado en casa de ambas montenegrinas y se sinti algo celosa; pero,
con el recuerdo de lo que acababa de ocurrir, el sentimiento se disolvi,
convirtindose en satisfaccin. El sirviente les trajo el t. Se hizo de
noche. Antes de que ella se fuera, Rasputn la llev nuevamente a la cama,
ahora deshecha. Era agradable sentir que su cuerpo se le haca familiar y
que el propio se saciaba, como un caballo bien alimentado. Ninguno de
ellos
     (126)
mencion al marido de Elena. Pero l no se senta culpable. Tras la
experiencia con los khlistis, haba llegado a pensar que todos los hombres
y mujeres son esposos y esposas y que el accidente de una eleccin
concreta era sencillamente el modo con que Dios aseguraba el cuidado de
los descendientes.
  La vida de Rasputn se convirti pronto en una rutina, cuya regla
general era la falta de rutina. Cuando lleg por vez primera al
monasterio, esperaba con ansia pasar horas en oracin, meditacin y largas
conversaciones con Juan de Cronstadt. Al cabo de diez das, su mayor
problema consista en encontrar suficiente tiempo para dormir por la
noche. Para empezar, las montenegrinas lo esperaban en sus veladas al
menos una vez por semana, y lo exhiban como su ltimo descubrimiento.
All conoci al conde Alejandro Pavlovich Ignatiev, otro mstico "buscador
de la verdad" cuyas reuniones eran conocidas como "las veladas de Ignatiev
el negro". Hizo grandes esfuerzos para asegurarse de que Rasputn
asistiera a sus reuniones, enviando su carruaje a buscarlo al monasterio.
  Comprensiblemente, Elena Katkoff senta que tena cierto derecho sobre
su maestro, y consolid su influencia al visitarlo en su habitacin al
menos una vez por semana. Su mejor amiga, Sofa Dobrovolski, esposa de un
oficial del ejrcito que haba sido trasladado de Kazn a San Petersburgo,
se sinti instantneamente cautivada por Rasputn y estaba claramente
dispuesta a ofrecerle la misma adoracin sin lmites que le ofreca Elena.
Se esperaba que Rasputn cenara con los Katkoff y los Dobrovolski,
generalmente en casa de los Katkoff, al menos una vez por semana, y que
asistiera a las reuniones vespertinas de Elena los mircoles. Le llovieron
tan rpidamente otras invitaciones que acab por aceptar la oferta del
conde Ignatiev de hacer uso de su carruaje adicional.
  Inevitablemente, la mayora de la gente que conoca tena parientes que
necesitaban curas. Adopt el mismo sistema que en Kazn y durante dos
horas, cada maana, llevaba a cabo su "ciruga" en el patio del
monasterio. Debido al tiempo helado, slo los que realmente lo necesitaban
hacan el viaje a la isla de Cronstadt. Pero
     (127)
era fcil preveer que un da su nmero se multiplicara.
  A finales de enero de 1904, Katkoff tuvo que regresar a Kazn e insisti
en llevarse a Elena; al parecer, sospechaba de sobras de la relacin entre
ella y Rasputn, pero no pareca sentir rencor; al contrario, trataba a
Rasputn tanto con afecto como con respeto. (Es posible que considerase
que era un honor que Rasputn hubiese elegido a su mujer entre todas las
que sucumban a su fascinacin.) El da despus de que se marcharan era
viernes, el da en que Elena lo visitaba normalmente en su habitacin y se
lo llevaba a su velada. A las dos de la tarde, Sofa Dobrovolski lleg,
explicndole que haba decidido ocupar el lugar de Elena. No era claro lo
que quera decir con ello, pero cuando Rasputn puso a prueba el alcance
de su buena voluntad al desabrocharle juguetonamente el primer botn, su
actitud de expectativa pasiva demostr que poda tomarlo al pie de la
letra. Cuando, una hora ms tarde, salieron del monasterio, en el carruaje
de Ignatiev, los ojos de Sofa tenan esa expresin soadora y satisfecha
de alguien que ha logrado su objetivo.
  Haba, sin embargo, una diferencia importante entre Elena Katkoff y
Sofa Dobrovolski. Elena era naturalmente ms pudorosa y discreta. La
alegre y excitable Sofa era espontneamente indiscreta. Era una suerte
que su esposo fuese tan complaciente como Katkoff, quiz porque l tena
tambin una amante. Si bien Sofa no le dijo a nadie hasta qu punto haba
ocupado el lugar de Elena, su exuberancia natural le haca imposible
disfrazar su relacin con Rasputn. Como resultado, otras admiradoras
dejaron de verlo simplemente como asesor espiritual y trataron de
mostrarle, con su sumisin, que estaban disponibles para satisfacer sus
apetitos naturales. Al poco tiempo, Rasputn tuvo que reconocer que su
teora de que todos los hombres y mujeres son esposos y esposas era cierta
hasta slo cierto punto. Nuestro legado del pecado original incluye la
posesin y sta da lugar a los celos y los resentimientos, que, a su vez,
pueden inducir el sentimiento de culpa. Esto lo coloc pronto en la
absurda posicin de sentirse inocente y virtuoso si la nica mujer que
haba abrazado en un mismo da era Sofa Dobrovolski.
     (128)
  A principio de marzo, un acontecimiento misterioso llev su
insatisfaccin a su punto culminante. Tefano le entreg un mensaje de la
abadesa del convento de la Trinidad, pidindole que exorcizara a una monja
poseda. La chica, llamada Elizaveta, afirmaba que, desde haca cierto
tiempo, un demonio en forma de pope la visitaba por la noche y la obligaba
a tener contactos sexuales con l. Ahora, tena frecuentes convulsiones,
durante las cuales maldeca y blasfemaba. Rasputn senta curiosidad.
Nunca haba visto un caso similar. Elizaveta contaba diecinueve aos y
llevaba tres en el convento. Su devocin por santa Isabel de Hungra haba
sido siempre notable.
  Result ser una chica delgada y neurtica, de ojos grandes y cabello
negro. Cuando la abadesa llev a Rasputn a la habitacin de la chica,
sta se encontraba calmada y respondi con sensatez a sus preguntas. Pero,
al cabo de media hora, se puso nerviosa e inquieta. De pronto, tuvo un
acceso de convulsiones, cayendo al suelo, arqueando su cuerpo hacia atrs
y gritando con una voz extraa. Cuando Rasputn se arrodill a su lado y
le puso las manos encima, se calm. La convenci de que se acostara en la
cama y l se arrodill al pie de la misma y rez. Como era su costumbre,
pidi que lo dejaran solo con la paciente. Al poco tiempo, la abadesa se
march y la joven volvi a trastornarse, si bien con menos violencia que
antes; murmur entre dientes y se retorci tumbada boca arriba. Cuando
Rasputn alz la mirada, en medio de sus oraciones, el vestido de la joven
se hallaba enrollado hasta la cintura y el movimiento de sus caderas era
inequvocamente sugestivo.
  Le pareci imposible tomar en serio a su "demonio"; le pareca ms bien
una forma de histeria. Rasputn nunca haba odo hablar de Freud, pero su
instinto campesino era slido. Se coloc de pie a su lado y trat de
calmarla ponindole la mano encima. Ella la tom y la atrap entre sus
muslos. Las convulsiones se hicieron ms violentas. Rasputn no tena duda
sobre su naturaleza. Entonces, la joven suspir y se relaj. l la dej
aparentemente dormida y fue a buscar a la abadesa. Le dieron de comer y
despus la abadesa le dijo que Elizaveta pareca estar ms tranquila de lo
que haba estado en muchos meses.
     (129)
  En medio de la noche, los gritos de la joven lo despertaron. Se visti y
encontr su habitacin. Cuatro monjas y un pope trataban de mantenerla
quieta, mientras ella se retorca y blasfemaba. Tan pronto como Rasputn
la toc, las convulsiones se detuvieron. La metieron bajo las sbanas y
dejaron a Rasputn rezando a su lado. Diez minutos ms tarde, tuvo nuevas
convulsiones y arroj al suelo la ropa de cama. A veces, su cuerpo se
elevaba hacia atrs como un arco y el camisn suelto, que ya se encontraba
alrededor de su cuello, amenazaba con sofocarla. Rasputn se levant y la
toc con las manos. Se calm inmediatamente, a excepcin del suave
movimiento de sus caderas. Cuando l intentaba quitarle las manos de
encima, ella se retorca violentamente. Era evidente que estaba presa de
una fantasa ertica. Pareca creer que l era alguien llamado padre
Vladimir y le bes las manos. Puesto que ya se haba calmado, Rasputn
decidi seguirle la fantasa y dej que lo arrastrara a su lado en la
cama. Que el padre Vladimir hubiese sido su amante o no, resultaba
evidente que sus fantasas eran extremadamente precisas. Rasputn
permaneci pasivamente tumbado, mientras la chica le daba una exhibicin
las artes de hacer el amor que haca de Sofa una aficionada. Cuando la
dej finalmente a las cuatro de la maana, la joven dorma pacficamente y
l estaba exhausto.
  Rasputn sali del convento al amanecer y durmi en el tren de vuelta a
San Petersburgo. Durante los dos das siguientes se pregunt ociosamente
sobre Elizaveta pero decidi que si la abadesa le mandaba llamar
nuevamente, encontrara alguna excusa para no ir. Mas, en casa de la gran
duquesa Militsa, vio al archimandrita Tefano, que le dijo que haba
recibido un mensaje de la abadesa. Al parecer, Rasputn haba curado a la
joven, que se haba librado de sus alucinaciones sobre una persecucin
demonaca. Pero haba decidido tambin que no tena vocacin de monja. Su
familia fue a buscarla, para trarsela de nuevo a San Petersburgo, donde
ella esperaba que Rasputn consintiera en convertirse en su asesor
espiritual.
  Esa noche, Rasputn se march a Mosc y a la maana siguiente, abord el
expreso transiberiano que le
     (130)
llevara a Omsk y Tobolsk, y as, de vuelta a Pokrovsko.
  Cuando lleg a casa, Rasputn encontr un telegrama esperndole: "Su
profeca ha sido confirmada. Alicia desea conocerle", firmado por Militsa.
Alicia era el nombre con que ella se refera a veces a la emperatriz, cuyo
nombre de soltera era princesa Alixe de Hesse.
  El 12 de agosto de ese ao, la emperatriz dio a luz a un hijo, que
llamaron Alexei. Haban pasado exactamente nueve meses desde que Rasputn
predijera el suceso.

  Una vez en Pokrovsko, Rasputn se sorprendi al descubrir que se haba
convertido en ms que una celebridad local. La mayora de la "mejor gente"
de Tobolsk y Tiumen pasaban al menos unas semanas cada invierno en San
Petersburgo o Mosc, y era imposible estar algn tiempo en cualquiera de
las dos capitales sin or hablar del nuevo hacedor de milagros. Puesto que
la mayor parte de la "mejor gente" pertenecan, como los Katkoff, a la
clase comerciante ms que a la aristocracia, oan indirectamente los
relatos sobre los triunfos de Rasputn y los exageraban inevitablemente.
Una historia insista en que Rasputn era ya ntimo de la familia real.
Apenas llevaba una semana en casa cuando el monje Bernab, su antiguo
amigo, lleg a verlo, evidentemente instigado por el obispo de Tobolsk.
Rasputn pas una semana en el monasterio de Tobolsk, cenando cada noche
con el obispo e impresionando al inteligente y bondadoso clrigo con su
devocin, as como con sus ocasionales referencias a Hermgenes, Tefano y
Juan de Cronstadt.
  Sinti alivio al regresar a casa; estaba contento de poder pasar horas
rezando frente a la Virgen de Kazn. Sin embargo, se dio cuenta de que le
costaba mayor esfuerzo hundirse en las profundidades en las que la oracin
era naturalmente sincera; su mente se desviaba a menudo hacia San
Petersburgo y el embarazo de la zarina. Una parte de l no dudaba de que
dara a luz a un heredero, pero otra parte meditaba en la prdida de
prestigio si resultaba ser una nia.
     (131)
  Volvieron a tener lugar las misas en su capilla subterrnea y muchas
gentes de las aldeas aledaas llegaban a rogarle que las ayudara. Su poder
de curacin era mayor que nunca. Su ms notable xito ocurri en Yarkovo,
cuando visitaba la casa del mercader Saboretski. ste era uno de los pocos
hombres de la provincia de Tobolsk que posea un telfono. Justo despus
de la llegada de Rasputn, una mujer llam de Cheliabinsk. Haba odo
decir que Rasputn tena intencin de ir a Yarkovo, y le rogaba que fuera
a Cheliabinsk a ver a su hija, que haba enfermado gravemente tras un
aborto. Los mdicos teman por su vida; estaba dispuesta a enviar un coche
a buscarlo a quinientas verstas de distancia. Rasputn cogi el telfono,
hizo unas cuantas preguntas sobre la situacin de la hija y dijo:
  --No hace falta que yo vaya. Maana la fiebre habr cedido. Entonces, se
recuperar.
  La mujer llam al da siguiente por la maana para decirle que tena
razn; la joven estaba ya en vas de recuperacin. Envi a Rasputn una
hermosa estatua de la Virgen de Kazn, para la que Rasputn mand hacer un
nicho especial en su capilla.
  A medida que se extendan por todas partes las historias sobre el poder
curativo de Rasputn, la vida de ste era cada vez ms atareada. Haba
regresado a Pokrovsko esperando encontrar paz; de hecho, estaba ms
ocupado que nunca. Durante el verano, pas todo el tiempo que pudo
trabajando en el campo o caminando en la <urman>; pero haba siempre
suplicantes que andaban kilmetros y kilmetros para encontrarlo, o que lo
esperaban, fuera cual fuese la hora en que llegaba a casa. Prascovia se
convirti pronto en experta en reconocer a las mujeres que estaban
dispuestas a recompensar a su esposo por sus servicios con sus cuerpos,
as como en asegurarse de que no tuviesen oportunidad de ofrecerse. En
casi todas las ocasiones (menos cuando la mujer era excepcionalmente
atractiva), Rasputn agradeca su vigilancia.
  El 15 de agosto por la maana, lleg un telegrama de Militsa: "Heredero
naci ayer. Carta sigue." En la carta, describa cmo, poco despus de la
una de la tarde de un clido da de agosto, el can de Peterhof
     (132)
tron para anunciar el nacimiento del nio; el can de Cronstadt repiti
la seal y los de la fortaleza de Pedro y Pablo informaron a los
ciudadanos de San Petersburgo de la llegada del heredero. Militsa llam
por telfono al palacio y habl con Mosolov, el canciller de la corte, que
confirm que se trataba de un hermoso nio de ojos azules que pesaba 3,6
kilos. La carta de Militsa contena cierto tono de amargura. La familia
real tenda a dar crdito por el xito a san Serafn de Saratov, que haba
sido canonizado (por orden del zar) el ao anterior y a la "santa imbcil"
Daria Osipova, que haba garantizado el nacimiento de un heredero. Al
parecer, Militsa crea que se deba dar crdito a Rasputn (que, de hecho,
se haba limitado a anunciar el embarazo) y, de rebote, a ella misma.
  Durante el invierno, la vida en Pokrovsko se calm un poco; la gran
cantidad de nieve haca que los caminos fuesen intransitables, y Rasputn
pudo volver a dedicarse a la oracin y a su propia pequea congregacin.
Irnicamente, sta inclua ahora a la viuda Daria Petrovna Grishkin, que
veinte aos antes haba formado parte de los ensueos de Rasputn. l
contaba ya treinta y tres aos, y ella unos cuarenta y cinco y estaba
claramente pasada de peso. Por tanto, la escena imaginaria en la que l
reciba su confesin y la absolva, o la consolaba, nunca tuvo lugar. Pero
otro miembro era Katerina, la joven viuda de al lado, casada ahora con el
hijo mayor del herrero y con dos hijos ms. Al recordar la agona que le
haba dado su conciencia tras su primer encuentro, Rasputn crea que era
su deber poner las cosas en claro, tanto para beneficio propio como para
el de ella. Lo hizo una tarde, cuando la encontr a solas en la capilla
antes de la llegada de los dems, y el resultado de este encuentro fue, en
todos los sentidos, ms satisfactorio. En la primavera de 1905, Katerina
pari un nio saludable cuyo fino cabello rojizo difera marcadamente del
cabello lacio de sus dos hermanos.
  Estaban plantando patatas cuando Rasputn recibi una carta de Militsa
con la ltima noticia de Zarsko Selo. La zarina le haba confiado su
preocupante secreto: el heredero al trono, de ocho meses, padeca de
hemofilia hereditaria. Debido a que su sangre careca de
     (133)
un elemento esencial necesario para que pudiese coagularse, cualquier
magulladura poda acarrearle horribles hinchazones azules y fiebre, puesto
que el menor vaso sanguneo roto goteaba durante horas. Las pequeas
heridas o las raspaduras se curaban con un fuerte vendaje hasta que la
piel se cicatrizara, pero las heridas mayores podran acarrearle la
muerte. La zarina dependa ahora ms que nunca de varios hacedores de
milagros y asesores espirituales. Militsa alentaba a Rasputn a regresar a
San Petersburgo inmediatamente. Sin embargo, ste segua inmensamente
renuente a conocer a la familia real. Nunca pensaba en ello, pero cierto
instinto le deca que tal cosa podra cambiar el resto de su vida. Tal vez
sea por ello por lo que, pese a las cartas que recibi tanto de las
hermanas montenegrinas como de su amigo el conde Ignatiev, Rasputn
permaneca en Pokrovsko. La granja prosperaba; l gozaba de sus horas a
solas, rezando o andando por la estepa. Cuando llegaron los gitanos para
las celebraciones del primero de mayo, estuvo toda la noche bailando en su
campamento, y pas un da en cama con una de sus raras resacas, debida
probablemente a la gran cantidad de vino de fabricacin casera rociado de
aguardiente. Nunca se haba sentido tan sereno y relajado como se sinti
durante el verano y el otoo de 1905.
  Sus amigos de la Unin de Rusos Autnticos le enviaban peridicos con
las noticias polticas. Dos aos antes, todo esto le pareca irreal y
lejano; ahora, de pronto, era algo palpable y amenazador. En las reuniones
de la Unin, haba odo a menudo que mencionaban con aprobacin el nombre
de Plehve, el ministro del Interior. Plehve, como jefe de la polica, fue
el que acorral a los asesinos de Alejandro II. Pocos meses despus de la
llegada de Rasputn a Pokrovsko, en 1904, alguien arroj una bomba bajo
el carruaje de Plehve delante de la estacin de trenes de Varsovia, y lo
"atomiz" literalmente. La Unin imprimi circulares en las que denunciaba
esta oleada creciente de violencia revolucionaria y exiga al zar una
accin firme. En enero de 1905, pareca que el zar haba seguido su
consejo. Un pope llamado Gapn tom la cabeza de una delegacin de
trabajadores que se dirigan al palacio de Invierno, con el fin
     (134)
de presentar al zar una peticin en la que se exiga la jornada laboral de
ocho horas y un salario mnimo de un rublo por da. A medida que la
delegacin avanzaba por las calles de San Petersburgo, se le iban uniendo
multitudes de simpatizantes. Pero el zar no se molest en esperar en San
Petersburgo y, cuando el gento lleg frente al palacio de Invierno, los
soldados se pusieron nerviosos y abrieron fuego a una distancia de pocos
metros. La muchedumbre fue presa de pnico y cientos de mujeres y nios
murieron pisoteados. Durante das, colas de campesinos y obreros
anduvieron por los improvisados depsitos de cadveres tratando de
encontrar a parientes o hijos desaparecidos.
  Pero, al parecer, los obreros no aprendieron la leccin. Hubo huelgas,
manifestaciones y ms matanzas. Frente al Kremlin asesinaron al gobernador
de Mosc. Fue uno de los mil quinientos funcionarios del gobierno
asesinados ese ao. La guerra contra el Japn iba de mal en peor, y, a
finales de mayo, la derrota total de la marina rusa en Tsushima dio a los
revolucionarios la impresin de que llegaba el fin. Los marineros del
buque de guerra <Potemkin> se amotinaron y se convirtieron en piratas.
Hasta el cuerpo de ballet de San Petersburgo hizo huelga. Los liberales
rusos insistan en que la mejor manera de evitar una revolucin violenta
consista en que el zar diera al pas un gobierno parlamentario semejante
al britnico. El zar odiaba la idea; pero, a medida que la situacin
empeoraba, se vio obligado a hacer concesiones. En octubre, autoriz la
creacin de un parlamento, llamado Duma, pero reafirm que l segua
siendo el gobernante supremo.
  Al menos, apag la mecha de la revolucin. Trotski en San Petersburgo y
Lenin en Mosc trataron de provocar una revuelta; pero los obreros ya se
haban vuelto apticos y Trotski y Lenin tuvieron que exiliarse
nuevamente. 1905 fue la revolucin que casi ocurri.
  En octubre de 1905 Rasputn recibi un telegrama de Militsa: "Por favor
venga en seguida. Muy importante." Le envi incluso el dinero del precio
del billete de tren por giro telegrfico. Rasputn estaba preparado para
la invitacin. Entre sus fieles, las mujeres se haban dado por fin cuenta
de que el mejor lugar para encontrarlo
     (135)
a solas era en la capilla. Como resultado, lo interrumpan en sus
oraciones casi cada hora. Peor an, la que lo interrumpa poda ser
interrumpida mientras l le administraba consuelo personal. La llamada de
Militsa le ofreca un escape de aquel ambiente cada vez ms tenso.
  Una noche de viento y mucha nieve, Rasputn tom un taxi desde la
estacin de San Petersburgo hasta la casa de Militsa y lleg despus de la
cena. Militsa y el gran duque estaban cenando a solas. Lo trataron como a
un viejo amigo e insistieron en que permaneciera unos das en su casa.
Mientras Rasputn daba cuenta de una tarda cena, Pedro Nicolaievich lo
puso al da en cuanto a la situacin poltica. Lo que le dijo asombr a
Rasputn. No se haba dado cuenta de que el problema se hubiese extendido
tanto. A lo largo y ancho de Rusia, los campesinos asesinaban a los
terratenientes y a sus familias, y los soldados acudan y tomaban
violentas represalias. Hubo motines en Sebastopol, Vladivostok, Kev,
Vornezh y Chita, incluso en Cronstadt. El zar haba ganado un poco de
tiempo al aceptar la creacin de un parlamento, pero, sera suficiente?
Un parlamento slo llevara a cabo el trabajo de los revolucionarios. El
gran duque haba aconsejado al zar que tomara la sartn por el mango y
aplastara toda rebelin, como lo haba hecho su padre, Alejandro III. Pero
el zar cambiaba de opinin de da en da...
  Al or todo eso, Rasputn se sinti un poco atontado. Haba escuchado
interminables discusiones en la Unin de Rusos Autnticos; pero ahora
estaba all, recibiendo las confidencias de un hombre que daba consejos al
propio zar. Lo peor era que no se senta capaz de formular sugerencias
prcticas. Por supuesto, el zar no deba entregar el poder a un puado de
liberales de ideas confusas. Por otro lado, Rasputn simpatizaba con los
campesinos y los obreros. Y los campesinos y los obreros seguan fieles al
zar. Por qu no hablaba el zar directamente con los obreros y los
campesinos, pasando por alto a estos traicioneros intelectuales? Si slo
se hubiese quedado en el palacio de Invierno en enero, para hablar con la
multitud, en vez de dejar que sus soldados hicieran una matanza... El gran
duque estuvo de
     (136)
acuerdo; pero todo eso era ya agua pasada. Ya era demasiado tarde. El zar
haba aceptado un parlamento...
  En ese momento los interrumpi el mayordomo. El gran duque Nicols
llamaba por telfono. Pedro pidi disculpas y sali. Militsa invit
inmediatamente a Rasputn a su <boudoir>. Haba escuchado con paciencia
todo ese parloteo poltico y ahora quera contarle las noticias
importantes.
  Las noticias eran que el doctor Philippe haba muerto. Muri en  Lyon,
 poco despus de que le llegara un mensaje de parte de la zarina,
rogndole que regresara a Rusia. Pero, desde su lecho de muerte, le haba
enviado una respuesta a la zarina: "Dgale que no estar sola mucho
tiempo. Contar pronto con un amigo, que es ms importante que yo." Ese
mensaje haba llegado diez das antes. Militsa lo oy de labios de la
propia zarina. Al cabo de una hora, haba enviado el telegrama a
Pokrovsko...
  Antes de que Militsa terminara de hablar, Rasputn supo que haba
llegado el momento. Ya no poda retrasarlo.
  --Le has hablado a la emperatriz de m?
  --Muchas veces. Pero slo de manera casual. Quera esperar a que pidiera
conocerte.
  --Lo ha hecho?
  --El otro da. Cuando me habl de la muerte del doctor Philippe, me
pregunt: "Cmo se llama ese hombre santo de Siberia?" Y cuando se lo
dije, contest: "Tremelo."
  Rasputn se senta extraamente tranquilo. Saba que ste era un momento
que esperaba desde la infancia. Pero ahora que haba llegado, le pareca
que careca de importancia. Tal vez no le simpatizara a la zarina. Bah!,
qu importancia tena eso? l tena su propia vida.
  --Cundo me llevars a verla?
  --No te llevar.
  Durante un momento, Rasputn crey que Militsa bromeaba.
  --Vendr aqu por la maana. Por eso quiero que te quedes.
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     (137)




 IX
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     Esa noche, Rasputn durmi mal, debido en parte al agotamiento
producido por el viaje, -se despert varias veces, pensando que se
encontraba an en el tren-, y en parte al nerviosismo que le causaba la
prxima reunin con la emperatriz. A las nueve de la maana, cuando la
doncella le llev el desayuno en una bandeja, despert de un profundo
sueo. Se incorpor en la cama de cuatro postes, con la bandeja sobre las
rodillas, y observ el empapelado de brocado azul. Antes de comer, cerr
los ojos y rez. Se sinti inmediatamente fuerte y confiado. Cuando estaba
medio dormido, era vctima de su naturaleza ms dbil; ahora, algo ms
fuerte lo dominaba. Medit nuevamente en la extraa reserva de fuerza que
posea cada ser humano.
  Despus de desayunar, se ba en el cuarto de bao adjunto. En vez de la
pastilla de jabn con aroma a violetas, prefiri utilizar el pedazo
cuadrado de jabn corriente que una sirvienta dej en el alfizar de la
ventana. El jabn perfumado ofenda su olfato.
  Estaba tratando de secarse la barba cuando el mayordomo toc
discretamente a la puerta.
  --La gran duquesa dice que su invitada ha llegado y le gustara que
usted bajara.
  Haba llegado antes de lo que l esperaba. Se pein el cabello hmedo,
se puso el hbito negro de monje sobre el pantaln de tela burda y se
colg en el cuello la cruz que le haba dado Juan de Cronstadt. Al bajar,
experiment un extrao regocijo, parecido al que se siente al empezar un
viaje.
     (138)
  Entr al saln sin llamar a la puerta. Militsa y su invitada se
encontraban sentadas en el sof junto al fuego que arda en la chimenea.
  --Ah, padre Grgori! -exclam Militsa y se levant de un salto.
  La otra dama se puso tambin de pie. Hasta ese momento, Rasputn nunca
se haba preguntado cmo deba actuar frente a la zarina, si deba
arrodillarse o besarle la mano. Ahora se dio cuenta, asombrado, de que
ella tampoco estaba muy segura de lo que deba hacer. Su mirada era tmida
e insegura. Rasputn se acerc a ella, caminando firmemente, la abraz
fuertemente y le dio un beso en la mejilla.
  Lo que Rasputn vio fue una mujer alta y hermosa, de poco ms de treinta
aos, que aparentaba unos veinticinco. Lo ms obvio de su belleza era
cierto aire de desolacin; las comisuras de su boca se inclinaban hacia
abajo, sus ojos eran bondadosos y expresaban una tristeza latente.
Extraamente, la primera reaccin de Rasputn fue que ya la conoca. Haba
visto fotografas de ella, por supuesto, pero no captaban su personalidad,
y era su personalidad lo que le pareca familiar. Ms tarde, al pensar en
ello, se dio cuenta de que en la zarina haba algo de Olga, su primer
amor, as como algo de su esposa. Sin embargo, no era esto lo que le haca
pensar que ya la conoca.
  Se sentaron. El lacayo sirvi t. Rasputn se hallaba totalmente a
gusto. De haber sentido ganas de hacerlo, se habra quitado las botas y
puesto los pies sobre el escabel. Con esta mujer, la intimidad era
inmediata y tan inevitable como una reaccin qumica. Segn Rasputn, era
la clase de mujer hecha para l, que responda con toda su femineidad.
Estaba acostumbrado a que las mujeres se enamoraran de l, incluso Militsa
lo miraba con cierto inters sexual oculto (y experimentaba en ese momento
unas punzadas de celos al percibir la instantnea armona entre su
invitada y su asesor espiritual). Pero esta mujer era ms deseable,
gracias a una calidad superior, que cualquier mujer que hubiese conocido.
Hasta su ligero acento ingls la haca ms encantadora.
  Rasputn habl de la oracin. Pero no importaba de
     (139)
qu hablara. Lo que ella escuchaba era su voz y no lo que deca. Estaba
absorviendo su personalidad, su fuerza, su ser. Todo lo que deca caa
sobre su alma como la lluvia en el desierto, dndole consuelo y paz.
Escuchar su voz le produjo una especie de vrtigo al experimentar una
sensacin de rendicin. Se habra sentido feliz de arrodillarse a sus pies
y besarle las manos.
  Cuando Militsa le toc el brazo y seal el reloj, pareci salir de un
trance. Eran las doce y media y tena que estar en el palacio a la una
para la comida. Se puso de pie de un salto, sonriendo tmidamente y como
pidiendo disculpas. Rasputn se levant ms lentamente y la acompa a la
puerta. Militsa observ, con un destello de celos, cmo la zarina
permaneca en el umbral, esperando evidentemente que Rasputn la abrazara
de nuevo y, cmo, cuando lo hizo, ella hundi momentneamente la cara en
su hombro. Militsa la acompa a su carruaje y, cuando se abrazaron, la
zarina le dijo:
  --No s cmo darte las gracias, querida.
  Alejandra, que era tmida por naturaleza, no acostumbraba a llamar a la
gente "querida". Al entrar en la <troika>, aadi:
  --Llvalo a Zarsko Selo maana... no, pasado maana...
  Militsa regres al saln y encontr a Rasputn en el silln frente al
fuego, con las piernas estiradas y separadas.
  --Y bien? Qu piensas de ella? -pregunt.
  --Es hermosa, -y aadi pensativo-: Necesita mi ayuda.
  El pueblo de Zarsko Selo, que significa "la aldea del zar", se
encuentra a unas veinte verstas al sur de San Petersburgo, en los cerros
de Duderhof. Los zares haban utilizado sus dos palacios como residencia
de verano desde mediados del siglo  XVIII.  El mircoles, primero de
noviembre de 1905, Rasputn fue all por primera vez, en el carruaje de la
gran duquesa Militsa.
  La emperatriz los recibi en la sala de recepciones del palacio de
Alejandro, repleto de fotografas, ornamentos, antimacasares y otras
curiosidades. Aqu, en su propio territorio, se senta evidentemente ms
relajada, ms a gusto que en casa de Militsa. Indic a Militsa que se
     (140)
sentara en un silln y se sent firmemente en el sof, al lado de
Rasputn; Militsa no se perdi el simbolismo. Mientras las dos mujeres
hablaban de ropas y de peluqueros franceses, Rasputn se reclin en el
rincn del sof, desde donde poda observar mejor a la zarina. Su tez era
extraordinariamente fresca y limpia. Rasputn no se ofendi porque ella no
le hiciera caso; al contrario, reconoci que era su modo de mostrarle que
le simpatizaba y que confiaba en l.
  Una nia bonita de unos ocho aos se uni a ellos, preguntndole a su
madre algo sobre un potro. Se trataba de Tatiana, la segunda hija de la
zarina, una nia tranquila muy parecida a su madre. Cuando le presentaron
a Rasputn llamndole "padre Grgori", la pequea le estrech la mano
solemnemente e hizo una reverencia. Cuando l le sonri con picarda y le
revolvi el pelo, ella se asombr, pero luego le sonri abierta y
encantadoramente. Se qued de pie junto a su madre, que la rode con un
brazo.
  En situaciones extraas, algo en el interior de Rasputn pareca
despertar. En tanto las observaba, se ensimism deliberadamente y jug el
"juego del ratn". Experiment instantneamente una punzante tristeza.
Antes de que pudiera explorar la sensacin, la zarina se puso de pie.
  --Es casi la hora del t. Le gustara ver la habitacin de los nios?
  Los llev al primer piso. La nana estaba dando la merienda a los tres
menores; Mara, de seis aos, Anastasia, de cuatro, y Alexis, de uno. La
mayor, Olga, que contaba diez aos, se hallaba sentada junto a la ventana,
leyendo un libro.
  Las cuatro nias eran bonitas. Anastasia era deslumbrante, si bien se
adivinaba que la rechoncha Mara sera tambin una belleza. El nio estaba
sentado en una silla para beb, y la nana le daba pan mojado en un huevo
pasado por agua; l expres su disgusto ante la lentitud del procedimiento
al agarrar la cuchara y tratar de destruir el huevo con violentos golpes.
Tambin era asombrosamente atractivo, con sus ojos azules, cabello dorado
y la tez transparente de su madre. Rasputn observ que el borde de la
mesa estaba almohadillado,
     (141)
a fin de que el nio no se magullara. Las tres hermanas chillaron y rieron
ruidosamente al contemplarlo. Era obvio que lo adoraban.
  Exactamente a las cuatro menos cinco, la emperatriz dijo:
  --Es la hora del t. Vamos, Olga, Tatiana.
  Los precedi escalera abajo, hasta llegar a una hermosa habitacin que
daba a la terraza. Haba varias mesitas cubiertas con manteles blancos,
vasos para el t y platos de plata para pasteles que contenan pan
caliente y bizcochos ingleses. Se sentaron y casi inmediatamente se abri
la puerta y el zar entr. El reloj dio las cuatro. Rasputn y Militsa se
levantaron; Militsa hizo una reverencia. El zar les dedic una gran
sonrisa.
  --Sentaos.
  --Nicky, ste es Grgori  Efimovich,  el hombre del que te habl -le
dijo su esposa.
  Rasputn no estaba seguro de lo que deba hacer. El zar le evit el
bochorno al estirar la mano, que Rasputn estrech al estilo europeo. La
mano del zar era pequea y delicada.
  Militsa le haba explicado ya a Rasputn que era un gran honor ser
invitado al t. Nicols era un hombre de familia y el t constitua una
ceremonia familiar. Tatiana se sent en el suelo y jug con sus muecas;
Olga se dedic a bordar. A Rasputn la escena le pareci encantadora. El
zar era un hombre pequeo, barbudo, de modales campechanos, y empez
inmediatamente a hacer preguntas a Rasputn sobre los poblados campesinos
de Siberia. Rasputn saba mucho al respecto y contest detalladamente;
tena que recordarse constantemente que este hombre sencillo y bondadoso
era el zar de todas las Rusias.
  Sin embargo, un rato ms tarde, mientras la zarina hablaba, Rasputn
mir de soslayo al zar y vio que ste lo contemplaba pensativamente. Supo
intuitiva e instantneamente que los modales amistosos y democrticos no
eran ms que una fachada. El zar saba lo que quera y era voluntarioso;
sus muestras de amistad no eran ms que otro modo de salirse con la suya.
En los aos siguientes, Rasputn vera cun certera era esta apreciacin.
     (142)
  La propia zarina casi no mir a Rasputn durante la hora que pas con
ellos; al parecer, se cuidaba de mostrar a su esposo cun completamente
confiaba en este campesino. Mas, mientras Rasputn describa su visin de
la Virgen de Kazn, el zar mir de reojo a su esposa, vio su concentracin
y frunci el ceo, meditabundo.
  Exactamente a las cinco menos cinco, el zar se levant.
  --Debo regresar a mi trabajo. Tengo que ver a dos docenas de personas
antes de la cena.
  En vez de estrechar la mano de Rasputn, le dio una amistosa palmada en
el brazo.
  --Me han dicho que usted predice el futuro, -declar.
  --Todos podemos hacerlo, seor, -contest Rasputn con una sonrisa.
  El zar pens en ello un momento y manifest:
  --Usted es un hombre del pueblo. Quiere realmente deshacerse de
nosotros el pueblo?
  Rasputn lo mir directamente a los ojos y respondi con sinceridad:
  --La gente del pueblo llano lo ama. Adems, desconfan de los cambios.
-El zar sonri involuntariamente-. Son los intelectuales los que quieren
destruir a Rusia.
  El zar dijo sombramente:
  --Eso ya lo s. -Contempl la alfombra y las pesadas botas de Rasputn-.
Qu cree usted que ocurrir con todo esto de la revolucin?
  Rasputn manifest firmemente:
  --A finales de ao, todo habr acabado.
  --Entonces, habr todava ms antes?
  --S, habr ms.
  El zar se encogi de hombros; con eso delataba su nerviosismo.
  --Ya veremos si tiene usted razn.
  Sali sin mirar atrs.
  En el carruaje, camino de regreso a San Petersburgo, Militsa seal:
  --Usted le simpatiz, me di cuenta de ello.
  --Pero sospechaba.
     (143)
  --Por qu habra de hacerlo?
  --Porque cree que su esposa es demasiado crdula.
  Lo que el zar escribi esa noche en su diario era un tanto neutro.
"Conoc a un hombre de Dios, Grgori, de la provincia de Tobolsk."

  La gran duquesa Anastasia visitaba a menudo los barrios ms pobres de la
ciudad y organizaba la distribucin de ropa de invierno. El da siguiente,
por la tarde, Rasputn la acompa y termin la velada en la sala comunal
de una pensin barata, escuchando la conversacin de los pobres y de los
obreros sin trabajo. Como ellos no saban que l tena relaciones con sus
"superiores", exponan francamente sus opiniones polticas. Rasputn se
enter por primera vez de que el "domingo sangriento" haba hecho que los
obreros de San Petersburgo desconfiaran profundamente del zar. Antes de la
masacre frente al palacio de Invierno, deseaban creer que l se preocupaba
por ellos y sus intereses; ahora, lo vean como un enemigo, o, cuando
menos, como un dbil manipulado por ministros corruptos. Se mostraban
escpticos ante el nuevo parlamento y el primer ministro Witte, que haba
persuadido al zar de que permitiera la creacin de la Duma.
  A Rasputn le pareci que la poltica rusa entraaba un malentendido
trgico. Si el zar pudiese venir aqu y escuchar silenciosamente,
entendera cun fcil sera evitar una revolucin. Y, si estos obreros
estuviesen mejor informados, sabran que su mayor esperanza se encontraba
en Witte. En ese momento decidi que le dira todo eso al zar la prxima
vez que lo viera.
  Sin embargo, durante los meses siguientes no lo volvieron a invitar a
palacio. Estaba demasiado ocupado para preguntarse por qu. Su
desaparicin de San Petersburgo en 1904 haba acarreado curiosidad y
especulacin; ahora que haba regresado, todos queran verlo. Durante su
ausencia, Militsa se haba peleado con Iliodor, que, abiertamente, se
mostraba demasiado grosero con sus invitados, por lo que ahora Rasputn
era su principal protegido. No tard en convertirse en el centro de sus
veladas, que estaban siempre atestadas de gente que quera conocerlo.
     (144)
  Su poder de curacin pareca aumentar con la prctica. Uno de sus xitos
ms notables tuvo lugar con la princesa Irina Tatischclev, pariente de
Militsa, que asista a menudo a las veladas de sta. La princesa era una
mujer dulce y agradable de poco ms de cuarenta aos, pero un enorme bocio
la desfiguraba, dndole el aspecto de una rana torcida. Como resultado,
slo los invitados ms amables o ms insignificantes le prestaban
atencin. A menos de una semana del regreso de Rasputn, la princesa trag
una gamba al tratar de seguir una conversacin y casi se ahoga. La
llevaron a una habitacin. Cuando le contaron esto a Rasputn, fue a
verla. La haban dejado a solas, con slo un viejo sirviente haciendo
guardia. Era evidente que sufra y le lloraban tanto los ojos que apenas
vea quin estaba al lado de su cama. Rasputn le habl con tono
tranquilizador y coloc ambas manos suavemente a ambos lados de su
garganta. La princesa continu ahogndose un rato ms y, de pronto,
suspir largamente y cerr los ojos. Unos minutos ms tarde, dorma.
Rasputn regres a la fiesta, donde convers con una francesa que estaba
convencida de haber sido amante de Napolen en una vida anterior.
  En el curso de las siguientes semanas, el bocio disminuy da a da.
Cada vez que Rasputn vea a la princesa, lo tocaba suavemente con la
punta de los dedos. En la segunda semana de febrero, se haba desvanecido
por completo. El cambio fue asombroso. Esta mujer, antes desfigurada y
repulsiva, apareca ahora hermosa. La natural bondad de sus ojos y la
dulzura de su sonrisa eran evidentes, ahora que el gran saco de carne se
haba desvanecido. Al cabo de seis meses, se cas con un brillante
abogado, unos cuantos aos menor que ella, llamado Vladimir Kolchac, y el
matrimonio era obviamente feliz. Rasputn se senta profundamente
satisfecho al darse cuenta de que l haba sido la causa de la dicha de
esta encantadora y afable mujer y estuvo encantado cuando le pidieron que
fuese padrino de su primer hijo.
  En el monasterio, Rasputn conoci al doctor Mijal Lebikov, que haba
sido el mdico del zar Alejandro III, un hombre bondadoso e inmensamente
popular. En
     (145)
enero de 1906, un grupo de revolucionarios dispar contra unas tiendas de
campaa plantadas en el hielo del Neva, creyendo que el zar se encontraba
dentro. Nadie muri, y la polica acorral posteriormente a la mayora de
los revolucionarios. El doctor Lebikov, que se encontraba en una de esas
tiendas, recibi una bala en una pierna y la herida supur. Rasputn fue a
verlo al hospital y coloc las manos sobre las vendas ensangrentadas. Al
da siguiente, la herida ya comenzaba a cicatrizar.
  El agradecido doctor Lebikov trat de darle a Rasputn una fuerte suma
de dinero. Rasputn le dijo que no necesitaba dinero y que daba siempre
los regalos a los pobres. Pero un da, cuando mencion que nunca haba ido
a Saratov, Lebikov sugiri que fueran juntos, a costa del propio mdico.
Un pope llamado padre Ionn los acompaara. Rasputn acept inmediatamente
y decidieron que iran tan pronto empezara el deshielo de los caminos, a
principios de marzo.
  se era tambin el momento en que el zar y la zarina se preparaban para
marcharse de Zarsko Selo, iniciando as su "migracin" anual que los
llevara a Livadia, en Crimea, de all a una villa en el Bltico y
finalmente al yate real en los fiordos fineses. Normalmente permanecan
fuera todo el verano, regresaban a Crimea en otoo y a Zarsko Selo, en
noviembre.
  La tarde del martes, 27 de febrero, fue inesperadamente soleada; provoc
la salida de alegres multitudes a las calles de San Petersburgo. En
Zarsko Selo haca tanto calor a principios de la tarde que los nios
salieron a jugar con su perrito. Slo Alexei no tena permiso de unirse al
juego; deba quedarse en un asiento, bajo la mirada de la nana, una
inglesa llamada miss Eager. Las nias correteaban por el hmedo csped,
gritando y riendo, mientras el perrito trataba de eludirlas. Pierre
Gilliard, el tutor, sali por la puerta-ventana y se sent al lado de miss
Eager; llevaba un peridico francs que haba llegado esa maana de Pars.
El titular declaraba que el caso Dreyfus haba pasado al Tribunal Supremo
de Apelaciones. Miss Eager opinaba que Dreyfus era inocente, y as lo
expres. Gilliard replic que tal vez lo fuese, pero que, de serlo, l
mismo haba provocado
     (146)
parte del malentendido... En tanto los dos discutan, el perro corri por
el csped cuesta arriba. El nio, de diecinueve meses, que haba mirado
todo esto excitado, se libr de la nana y trat de agarrar al perro. ste
era casi tan grande como l y lo atropell. El nio grit alarmado y la
nana y el tutor se apresuraron a levantarlo. La zarina, que se encontraba
en una habitacin de la planta baja, sali corriendo. Alexei llevaba
pantaloncillos cortos y tena grandes araazos en una rodilla. Se haba
hecho dao tambin en la mueca. Llevaron al nio a su dormitorio y
mandaron llamar al mdico de la corte, el doctor Botkin. Entretanto, la
propia zarina hizo lo que Botkin le haba dicho que hiciera; vend la
rodilla del pequeo con una venda elstica, tan apretada que con eso
detuvo la sangre. Botkin, un hombre alto y corpulento, lleg media hora
ms tarde y puso expresin seria al ver el alcance del dao. Llam
inmediatamente a San Petersburgo y mand llamar al especialista de los
nios, el doctor Ostrogorsky. El servicio de trenes era excelente y
Ostrogorsky lleg en menos de una hora. A finales de la tarde, el pequeo
lloraba de dolor y su temperatura se haba elevado a 42 grados. Unas horas
ms tarde, deliraba y tanto la rodilla como la mueca se haban inflamado,
alcanzando el doble de su tamao normal.
  Esa noche, nadie durmi; la zarina permaneci sentada junto a la cama de
Alexei; ambos mdicos se quedaron en la habitacin adjunta. A la hora del
desayuno, el nio estaba baado en sudor y se retorca y gema.
  Fue el zar quien record que Lebikov haba curado a Mara de las anginas
y el que sugiri que lo mandaran llamar. Botkin pensaba que sera
probablemente intil, pero estuvo de acuerdo. Enviaron el automvil del
propio zar. Desde San Petersburgo, el chfer llam para informar que no
encontraba a Lebikov en su casa, pero que crea que tal vez estuviese en
el monasterio de Cronstadt; le ordenaron que siguiera buscndolo.
  La zarina se encontraba en un estado lastimoso; por la tarde pareca un
manojo de nervios. Pero se neg firmemente a tomar los sedantes que le
haba recetado Botkin, declarando que necesitaba estar totalmente
despierta en caso de que su hijo la necesitara.
     (147)
  A las cinco de la tarde, ya haba oscurecido; el automvil aparc
afuera. El propio zar, que haba cancelado todas sus citas, sali
apresuradamente a recibir a Lebikov. Para su sorpresa, Rasputn acompaaba
al mdico. Mientras ste explicaba por qu haba tardado tanto, Rasputn
pregunt quedamente:
  --Dnde est el nio?
  El zar frunci el ceo. No le gustaba que estuviera presente un intruso;
segua creyendo que slo la familia y su crculo ntimo conocan el
secreto de la enfermedad del nio. Pero record que su esposa tena gran
fe en Rasputn.
  --Cree usted poder ayudar? -inquiri.
  --Yo no puedo ayudar. Pero tal vez Dios pueda hacerlo.
  --Tenga confianza en l, majestad. Cur mis heridas, -le explic Lebikov.
  nicamente la zarina se encontraba sentada al lado de la cama con
armazn de latn, en el pequeo y sencillo dormitorio del nio. El zar
entr en la habitacin, seguido de Lebikov y de Rasputn. La mirada de la
zarina se anim cuando vio a este ltimo, que atraves apresuradamente la
estancia y se par junto al lecho. Alexei respiraba penosamente con
pequeos gemidos. Rasputn coloc el dorso de los dedos en su mejilla,
roja y sudorosa. Entonces, sin hacer caso de los presentes, se dirigi al
icono que se hallaba en un rincn de la habitacin y se arrodill. Lebikov
se acerc a la cama, toc la frente del pequeo e hizo preguntas en voz
baja. Luego, sali a consultar con Botkin. Rasputn acab de orar y
regres junto a la cama. Coloc una mano en la frente del nio y apart la
ropa de cama para colocar la otra en su hombro. El nio, que haba estado
casi doblndose del dolor, suspir y estir las piernas. Rasputn
permaneci all alrededor de un minuto ms, mientras el zar y la zarina lo
observaban sin decir una palabra.
  Entonces, con gran sorpresa de todos, el nio abri los ojos, mir a
Rasputn y sonri. Rasputn le dijo amablemente:
  --Vamos, pronto te encontrars bien, verdad?
  El nio asinti con la cabeza. En ese momento, Lebikov
     (148)
y Botkin aparecieron en el umbral de la puerta. El zar les hizo una seal
para que no hablaran. Rasputn cogi una silla, se sent junto a la cama y
empez a hablar con el nio casi en un susurro. Tom la mano de Alexei y
la acarici suavemente con la otra. El zar se acerc, inclinndose, para
orlo; Rasputn le preguntaba al pequeo si le gustaban los caballos y
Alexei asenta entusiasmado.
  La zarina lloraba, sin intentar detener las lgrimas que le bajaban por
las mejillas. Rasputn se volvi hacia ella y le dijo alegremente:
  --No hace falta llorar, <matushka>. Se pondr bien.
  Intentaba evidentemente que ella dejase de llorar, por si esto
trastornaba al nio.
  El zar agarr la mano de Rasputn con las dos suyas y le mir
directamente a los ojos. Pareca estar a punto de hablar, pero no dijo
nada. Para romper el silencio, Rasputn manifest:
  --Me dicen que se irn maana a Crimea, <batiushka>... -El zar asinti
con la cabeza, obviamente incapaz de confiar en su voz-. Bueno, pues
dentro de un par de das l podr viajar.
  Botkin, que haba puesto la mano en la frente del nio, exclam:
  --No lo entiendo. Su temperatura parece ser normal.
  --S, ya estoy bien. Puedo comer un poco de mermelada, mam? -pregunt
el nio.
  La zarina se ech a rer, se deshizo nuevamente en lgrimas y sali
corriendo del dormitorio. El zar se arrodill junto a la cama y abraz
tiernamente al pequeo.
  Rasputn toc a Lebikov en el hombro.
  --Vamos, prometimos llegar a casa de Militsa a las cuatro.
  El zar se encontraba tan absorto con el nio que no se dio cuenta de que
se marchaban.
  En el coche, camino de regreso a San Petersburgo, Rasputn seal a
Lebikov:
  --Estn en graves apuros.
  --Slo tienen que cuidar especialmente del zarevich. Tal vez mejore a
medida que crezca.
  --Eso es slo parte del problema. Sus emociones no
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son las correctas, sus... -luch por encontrar la palabra justa-, sus
actitudes.
  Lebikov lo mir con curiosidad.
  --Hay mucha gente que dice que el zar necesita mucho ms la proteccin
de Dios que cualquiera de sus predecesores.
  --Viven ah como si estuviesen en la luna. Pero un emperador no puede
permitirse separarse de su pueblo. Debera dejarse ver. Si no, pierde su
confianza.
  Lebikov estaba a punto de decir algo, pero cambi de opinin. Se daba
cuenta de que el chfer escuchaba.
  Cuando Rasputn dijo que el nio podra viajar al cabo de un par de
das, el zar supuso que lo hizo en un intento por animarlo. Pero a la
maana siguiente y para sorpresa de Botkin, la inflamacin haba
desaparecido y la rodilla ya no sangraba. Durante el desayuno, el
chiquillo pregunt qu haba ocurrido con "ese hombre raro".
  --Quieres verlo?
  El nio asinti con la cabeza, entusiasmado.
  Por lo tanto, el conde Fredericks, el ministro principal de la corte
imperial, recibi instrucciones de ponerse en contacto con Rasputn y
pedirle que fuera a Zarsko Selo.
  Ms tarde, esa misma maana, Fredericks fue al despacho del zar.
  --Dicen que le darn el mensaje. Se encontraba con una dama.
  Por su tono, el zar lo mir con curiosidad.
  --Qu tiene eso de malo?
  Fredericks, que estaba al tanto de los chismes de San Petersburgo,
contest:
  --Estaba encerrado.
  --Estoy seguro que todo eso es inofensivo, -respondi a toda prisa el
zar.
  Su mirada severa pareca prohibir cualquier comentario adicional.
  Mas Fredericks, que conoca al zar desde su infancia y que, en privado,
segua llamndolo <mon enfant>, exclam:
  --Ja! -y se encogi de hombros, en seal de incredulidad.
     (150)
  Tratando de contener su irritacin, el zar indic:
  --Si tienes algo que decirme en su contra, hazlo.
  --No, no, -contest Fredericks, pero de tal manera que implicaba que
saba cundo mantenerse callado.
  --Escucha, reconozco que cre que este hombre era un charlatn, un
embaucador como Philippe y ese otro francs. Ahora, veo que me equivoqu.
Es un hombre bueno y decente... me di cuenta de ello cuando estuvo
hablando con Alexei. No me interesa lo que haga en privado. Pero es
honrado y confo en l.
  Fredericks se inclin con expresin solemne para indicar que comprenda
y sali.
  Cuando Rasputn lleg, dos horas ms tarde, encontr a Alexei sentado en
el suelo de su dormitorio, rodeado de juguetes blandos, mientras Anastasia
le enseaba un libro con dibujos. El zar entr poco despus y vio a ambos
nios sentados con la cabeza apoyada en las rodillas de Rasputn, mientras
ste les contaba una historia sobre un caballito jorobado. El zar sali
silenciosamente.
  El 3 de marzo, cuatro das despus de la cada de Alexei, la familia
real pudo salir hacia Crimea. Al da siguiente, Rasputn, el doctor
Lebikov y el padre Ionn se dirigieron a Saratov, en un viaje que se
convirti en una excursin sin prisas por la Rusia europea.
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     (151)




 X
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     Desde el punto de vista del zar, haber conocido a Rasputn era una
verdadera bendicin. Los cuatro primeros embarazos de la zarina haban
sido difciles y la hemofilia del pequeo significaba un inmenso desgaste
de su energa emocional. Por naturaleza, era tmida y una enfermedad
infantil haba incrementado su tendencia hacia la introversin. Desde el
momento en que lleg a San Petersburgo, se sinti indeseada. No le gustaba
a su suegra, que, prcticamente, estableci una corte rival. Su aversin a
las reuniones sociales la haca impopular en San Petersburgo, donde se la
consideraba como una esnob. El pueblo llano de Rusia hablaba de ella como
de "la extranjera". Slo se senta a salvo y confiada cuando se encontraba
con su familia; ella y su esposo se adoraban mutuamente. Todas estas
circunstancias se unieron para convertirla en una mujer insegura y
neurtica. Antes de que Rasputn entrara en escena, Botkin le haba dicho
confidencialmente al conde Fredericks que crea que la zarina iba hacia
una depresin nerviosa grave.
  La presencia de Rasputn la transform. En la noche de su regreso de
Crimea, invit a Rasputn al palacio de Alejandro. El zar lo trat como a
un amigo y se dirigi a l llamndole Grgori. Ese da, en su diario,
anot: "Grgori lleg a las 6.45. Vio a los nios y habl con nosotros
hasta las 7.45."
  Cuando salan del dormitorio del nio, la zarina reconoci ante
Rasputn:
  --Me preocupo muchsimo por l.
     (152)
  Rasputn le cogi una mano y contest:
  --Mientras yo est vivo, no necesita usted temer por su vida.
  Ms tarde, la zarina confi a su esposo:
  --Creo que Dios nos lo ha enviado.
  l se senta reconfortado tambin por sus largas conversaciones con
Rasputn. En el ao 1906, el zar, que contaba treinta y ocho aos, era un
hombre muy perturbado. Siete aos antes del nacimiento de Nicols, unos
revolucionarios haban atentado por primera vez contra su abuelo, el zar
Alejandro II. A partir de ese momento, la familia real rusa vivi
virtualmente en estado de sitio. En 1879, unos anarquistas hicieron
estallar el tren real; pero no era ms que el tren del equipaje; en el
ltimo minuto, el zar haba decidido viajar en un tren que sala ms
temprano. Dos meses despus, una tremenda explosin destruy el comedor
del palacio de Invierno; pero la cena se haba retrasado debido a la
tarda llegada de uno de los convidados y el zar escap nuevamente. Mas la
suerte tena que acabar y una bomba lo mat finalmente, al ao siguiente.
sta era la explosin que Katkoff el mercader haba presenciado. Su
sucesor, el padre de Nicols, reaccion con una guerra acrrima contra los
revolucionarios. Como resultado, se convirti en prisionero en su propio
palacio, rodeado permanentemente de policas, temeroso de comer un solo
pedazo de comida que no hubiesen preparado sus cocineros franceses. Muri
a los cuarenta y nueve aos, destrozado por su intento por mantener a raya
la historia.
  El zar actual, Nicols II, habra sido un monarca constitucional ideal.
Hombre inteligente, encantador y amable, simpatizaba a todos los que
tenan contacto con l. De habrsele permitido mostrarse libremente ante
su pueblo, se habra convertido rpidamente en el hombre ms popular de
Rusia. El temor a los asesinos lo haca imposible y el matrimonio con la
introvertida Alejandra empeoraba las cosas.
  El zar posea un fallo peligroso: no comprenda lo que estaba
ocurriendo. De hecho, habra sido ms feliz de haber sido un caballero
ruso residente en su propiedad en medio de Siberia. Nunca se le ocurri
preguntarse
     (153)
por qu estos anarquistas le hacan la guerra a la autoridad. De haberlo
hecho, se habra percatado de que la solucin se encontraba en quitarle
filo a la situacin por medio de la relajacin de la autoridad. Estando
las cosas como estaban, pensaba en los revolucionarios como en nios
malvados, a los que haba que atrapar y castigar o bien no hacerles caso
hasta que decidieran comportarse como era debido.
  Cuando el zar hablaba con Rasputn, todos sus prejuicios se confirmaban.
Los hombres religiosos tendan, por naturaleza, a ser conservadores;
deseaban un mundo estable en el que todos pudieran concentrarse en la
salvacin de su alma. Y puesto que crean que la mayora de la gente se
encuentra esclavizada por su propio materialismo, no simpatizaban con los
revolucionarios cuyo objetivo consista en una redistribucin de la
riqueza material. Por tanto, Rasputn y el zar estaban completamente de
acuerdo en que el comunismo era una forma particularmente repugnante de
estupidez, una incapacidad de reconocer que "no slo de pan vive el
hombre". Cuando esa tarde de junio Nicols le pidi a Rasputn su opinin
acerca de la Duma, Rasputn contest sin vacilar que, ante todo, el error
del zar haba consistido en dejar que se estableciera. Ya que sta era la
conclusin a la que el propio Nicols haba llegado, le impresion
profundamente la perspicacia poltica de Rasputn.
  --Cada vez que hablo con l, despus me siento profundamente en paz
-confi al jefe de su cuerpo de oficiales.
  Al menos, Rasputn tena sus ideas religiosas para rechazar a los
revolucionarios. Las actitudes del zar se fundamentaban en la pereza
mental. Esto no habra tenido importancia si hubiese estado dispuesto a
dejar el gobierno en manos de hombres ms competentes, hombres como su
primer ministro Witte. Pero desconfiaba de cualquiera que pareciese
dispuesto a llegar a un compromiso con los revolucionarios. Por ende, en
mayo de 1906 despidi a Witte y lo sustituy con un don nadie conservador
llamado Goremykin, que aseguraba al zar que segua siendo el soberano
absoluto. En menos de un mes, fue evidente que Goremykin era un total
desastre.
     (154)
Dimiti y recomend que lo sustituyera el ex gobernador de Saratov, Pedro
Stolypin.
  Stolypin era uno de los hombres ms valerosos y competentes de Rusia.
Durante la revolucin de 1905 viaj por el pas, restableciendo el orden,
ganndose el respeto de la gente por doquier, gracias a su valenta. Como
era un hombre sensato, lleg a la misma conclusin que Witte: Rusia tena
que ser ms democrtica. Inevitablemente, el zar lo vea con profunda
desconfianza. Los revolucionarios, tambin.
  Apenas tres semanas despus de ser nombrado primer ministro, un sbado
por la tarde, Stolypin se hallaba sentado en su despacho cuando una
tremenda explosin lo tir de su silla. Oy gritos y gemidos. Al salir
corriendo, descubri que un muro de la casa se haba derrumbado. Las
paredes expuestas de las habitaciones estaban cubiertas de sangre y de
pedazos de carne humana; pareca haber gente mutilada y moribunda por
todas partes. Treinta y dos personas murieron. El hijo menor de Stolypin,
que haba estado jugando en el balcn, tena heridas, pero no eran graves;
su hija qued gravemente lesionada. Con increble temple,  Stolypin  no
se dej desanimar, y el lunes, regres a su oficina a trabajar.
  Rasputn se encontraba en Zarsko Selo cuando lleg la noticia de la
explosin. Cuando el secretario del zar les dijo que la casa de Stolypin
haba estallado, a Rasputn le pareci detectar una pequea seal de
placer en el rostro del zar. Dur slo un minuto; cuando el hombre aadi
que Stolypin estaba ileso, pero que sus hijos tenan heridas, el zar dio
muestras de preocupacin; como padre que adoraba a sus hijos, se senta
identificado con Stolypin.
  --Puedo ayudar en algo? -pregunt Rasputn.
  --S, por supuesto! -El zar se volvi hacia su secretario-. Llama a
Stolypin. Dile que nuestro buen amigo Grgori le ofrece sus servicios.
Dile que Grgori posee un notable don de curacin.
  --Desgraciadamente, seor, la bomba destruy la lnea telefnica. Podra
enviarle el mensaje por medio de la polica local.
  --No, djalo, no importa. -Se volvi hacia Rasputn-.
     (155)
Tal vez sera mejor que fueras personalmente. Pero hoy, no, -y pregunt al
secretario-: Dices que no hay peligro inmediato en el caso de los nios,
verdad?
  --Creo que no.
  --Entonces, ve a verlo el lunes, en su oficina.
  El zar dio por sentado que  Stolypin  se encontrara en su oficina el
lunes. Los hechos demostraron que tena razn.
  Rasputn lleg al edificio del gobierno central a las diez de la maana
del lunes. Un secretario le dijo que Stolypin no poda recibir a nadie.
Cuando Rasputn mencion que el zar lo enviaba, el secretario lo llev a
la oficina del primer ministro.
  El hombre frente a Rasputn, del otro lado del escritorio, era alto,
calvo, con barba negra y cuadrada y bigote rizado. Tena las mejillas
rasguadas por la explosin. Mir fijamente a Rasputn con sus ojos fros
y penetrantes.
  --Y bien, qu puedo hacer por usted? -inquiri.
  Rasputn haba llegado preparado para acompaarlo en su dolor y
ayudarlo. Esta actitud hostil lo desconcert. Hizo un gran esfuerzo por
reprimir su irritacin, recordando que el hombre estaba bajo una fuerte
tensin.
  --Su majestad me pidi que le hiciera llegar sus condolencias. Quisiera
tambin transmitirle las mas.
  --Gracias.
  El tono de Stolypin implicaba: "Y ahora, lrguese."
  De hecho, Stolypin haba odo hablar de Rasputn, como todos en San
Petersburgo. Desaprobaba la debilidad de la zarina por los charlatanes y
los farsantes. Ahora, lo primero que pens fue que Rasputn quera
"tomarlo por tonto" y estaba resuelto a no caer.
  Mientras la mirada hostil lo penetraba, Rasputn sinti que herva de
rabia. Se neg a bajar la suya; en vez de eso, concentr su propia fuerza
de voluntad. Despus de un momento, tuvo la satisfaccin de ver que
Stolypin  desviaba la mirada. Con gran esfuerzo, Rasputn control la
voz.
  --Quisiera tratar de ayudar a su familia. Dios me ha dado ciertos
poderes...
  Eso fue lo peor que pudo haber dicho. Stolypin lo interrumpi iracundo.
     (156)
  --No hay absolutamente nada que pueda usted hacer, -y, con un esfuerzo
evidente por ser corts, aadi-: Gracias.
  Sin una palabra, Rasputn se puso de pie. Odiaba a estos fanfarrones
autoritarios, embriagados con su propio poder. Al salir de la oficina, le
cost no pensar que cualquier cosa que le pasase a Stolypin, se la tendra
bien merecida.
  Esa noche, en su casa de San Petersburgo, Stolypin cen con su amigo
Mijal Rodzianko,  miembro de la Duma. Describi la visita de Rasputn.
  --Cuando lo tena sentado frente a m, mirndome con esos ojos plidos,
senta un extrao odio, como si fuera una especie de sabandija. Entonces,
me clav la mirada de una manera muy rara; estoy seguro de que estaba
intentando hipnotizarme.
  De hecho, Stolypin se senta un tanto avergonzado; quera justificar su
brusquedad para con un hombre que se haba limitado a ofrecerle su ayuda.
  La conmiseracin de Rodzianko le hizo sentirse mejor.
  --Su secretario debe ser un idiota, por haberlo dejado entrar.
  --S, es un tonto redomado.
  Stolypin prefiri olvidar que l haba dado la orden de que dejaran
entrar a Rasputn.
  Al da siguiente, Rodzianko repiti la historia a varios conocidos. Por
la noche, todo San Petersburgo se haba enterado. Fue el principio de la
leyenda sobre los poderes "hipnticos" de Rasputn.
  El propio Rasputn se senta profundamente molesto por el episodio. En
aos recientes se haba acostumbrado a agradar a la gente y ser respetado.
Era un hombre bondadoso y compasivo; pero no era un santo. Slo un santo
no habra dejado que se le subieran a la cabeza sus xitos continuos en
San Petersburgo.
  Pero no era simplemente el orgullo herido el que le hizo dar vueltas a
su entrevista con Stolypin. Algo ms trastornaba su intuicin. El zar le
haba pedido que hiciera un gesto de amistad hacia Stolypin. Y por alguna
extraa razn, las mejores intenciones del zar parecan fallar siempre. Al
da siguiente, Rasputn oy el chisme
     (157)
de que haba tratado de hipnotizar a Stolypin y volvi a sentir la misma
aprensin. Dirase que el propio destino estaba contra el zar; haba algo
en l que pareca invitar los malentendidos y la desgracia. Peor an,
dirase que el destino estaba contra cualquiera que intentara ayudar al
zar. Era sencillamente un hombre de mala suerte. Todos los instintos de
Rasputn le decan que deba alejarse, antes de que esa mala suerte se le
pegara.
  Por otro lado, haba ciertas compensaciones. La intimidad con la familia
real lo haba convertido en el hombre ms solicitado de San Petersburgo.
Cada maana, reciba un montn de cartas e invitaciones. Sus admiradoras
descubrieron que el dinero no le interesaba, por lo que le traan regalos
y ropa cara, camisas de seda bordadas, pantalones de terciopelo negro,
botas de cabritilla. Rasputn estaba resuelto a no dejarse corromper por
la riqueza, pero era difcil no gozar de las atenciones y de la
admiracin; es natural en los seres humanos creer que se las merecen.
  Como era un hombre que haba pasado largas pocas vagando por los
caminos, gozaba tambin de la hospitalidad. Ahora, le proporcionaba mucho
placer creer que haca un favor a alguien al aceptar su hospitalidad.
Cuando el poltico Grgori Sasanov lo presion para que dejara el
monasterio de Cronstadt, que se hallaba inconvenientemente lejos de San
Petersburgo, y se fuera a vivir a su apartamento, Rasputn acept gustoso
porque Sasanov estaba obviamente ansioso por tenerlo como husped. Cuando
un pequeo judo llamado Aaron Simano-, vich, un orfebre que Rasputn
conoci en Kev, le ofreci convertirse en su secretario oficioso y
encargarse de su correspondencia, Rasputn acept gustoso nuevamente,
porque Simanovich se hallaba tan evidentemente encantado de ser la mano
derecha de un hombre "famoso".
  Las mujeres seguan siendo un problema. Ocasionalmente, se ganaban su
gratitud al comportarse con discrecin y sensatez. Esto fue lo que ocurri
con Elena Katkoff y Sofa Dobrovolski. Cuando, en noviembre de 1905,
Rasputn regres al monasterio, Sofa y Elena llegaron a su habitacin,
una pocos minutos despus de
     (158)
la otra. Se sentaron y se miraron airadamente, tratando de quedarse ms
tiempo la una que la otra, y se marcharon finalmente juntas. A la maana
siguiente, Elena lleg temprano y dej en claro que segua considerndose
su "esposa de la ciudad". Una hora ms tarde, mientras se abrochaba el
cors, explic:
  --Sofa y yo hemos tenido una larga conversacin. Acordamos que es una
tontera sentir celos, por lo que nos aseguraremos de no venir nunca al
mismo tiempo.
  Esa tarde, Sofa lleg. Las dos mujeres siguieron siendo muy buenas
amigas. Slo a Rasputn le cansaba un poco el arreglo.
  Otras mujeres eran menos complacientes y Rasputn haca todo por
evitarlas. Se vengaban al difundir historias sobre l, describindolo como
un campesino, un patn, un seductor sin corazn e incluso un violador.
Estos cuentos, aunados a los rumores acerca de sus poderes como
hipnotizador, no tardaron en acarrearle una reputacin que no tena por
qu esperar. Las mujeres deseaban conocerlo al enterarse de que era
peligroso. Inevitablemente, le encontraban irresistible y atribuan la
atraccin a sus poderes hipnticos, incapaces de darse cuenta de que se
haban hipnotizado ellas mismas por adelantado.
  El propio Rasputn empez a sospechar que se era el caso tras el
episodio con la hija del general Izvolski. Lo haban invitado a casa de
madame Zenaida Izvolski, con el fin de hablar de un proyecto de caridad.
Durante el t, una joven bonita, de cabello oscuro, entr en la estancia y
fue presentada a Rasputn como Polina, la hija del general. Se sonroj y
evit su mirada, rechaz una taza de t y se march, evidentemente
confusa. Media hora ms tarde, Rasputn, al salir del retrete, la encontr
mirndolo fijamente desde el umbral de la puerta del dormitorio que haba
enfrente. Le sonri y, cuando ella empez a cerrar la puerta, le dijo:
  --Ven aqu, pequea.
  La joven se sonroj y permaneci inmvil, mirndolo. Rasputn se acerc
y ella apart la mirada. Paternalmente, l coloc una mano en su cabello y
le alz la barbilla, preguntndole:
  --Por qu tanta timidez? No tienes nada que temer.
     (159)
  Cuando la chica lo mir, lo hizo con ojos atemorizados y empaados; sus
labios se abrieron; dirase que ya se estaba rindiendo. Con un reflejo
casi mecnico, Rasputn la bes. Ella no se resisti; de hecho pareci
gustarle. Tras unos momentos, su cuerpo pes en brazos de Rasputn.
Temiendo que se hubiese desmayado, la gui a la cama, que se encontraba a
pocos metros de all. La chica tropez con la alfombra, se cay y
permaneci pasivamente en el suelo, esperando obviamente que la violara.
Mas, aunque Rasputn estaba excitado, se dio cuenta de que la puerta se
hallaba abierta y de que su anfitriona lo esperaba abajo. Se inclin sobre
la joven, la bes en la frente y sali del dormitorio, cerrando la puerta
a sus espaldas.
  Esa noche, Polina escribi una carta a su mejor amiga en Suiza.
  "Cuando me mir mis piernas parecieron convertirse en agua. Percib una
extraa fuerza emanando de sus ojos. Me pareci que era el diablo. Sin
embargo, no era capaz de negarle nada..."
  As fue cmo se aadi otro hilo a la leyenda de Rasputn.
  La verdad era sencillamente que a Rasputn le encantaban las mujeres.
Una vez, escandaliz a Elena Katkoff, que segua siendo muy religiosa, al
decir que la creacin de los dos sexos fue la idea ms brillante de Dios.
Desde que era un chiquillo, vea a las mujeres como objetos misteriosos y
deleitables. Ms de veinte aos ms tarde, segua bajo el hechizo de la
bonita rubia que vio a las puertas de la <modistka> en Tiumen. Todo en
ellas le excitaba, su olor, su cabello, los secretos que ocultaba su ropa.
Todava ahora, le pareca asombroso que las mujeres fuesen tan distintas
de los hombres, que tuviesen brazos blancos, caderas curvilneas y una
anatoma diferente.
  En cuanto a dinero, alimentos y posesiones, Rasputn no era avaricioso.
Regalaba todas sus posesiones y poda pasar das sin comer. Pero toda
mujer le pareca un milagro y despertaba en l una instantnea curiosidad.
En las fiestas, buscaba a menudo a las ancianas que los dems pasaban por
alto, pues quera conocer los secretos de su vida, su alma oculta. Le
encantaba
     (160)
que las mujeres fuesen tan bondadosas; hasta las peores parecan capaces
de un real desinters y sacrificio que tendra que avergonzar a la mayora
de los hombres. De haber sido un estudioso, habra gozado escribiendo un
enorme tratado acerca de las mujeres, parecido a las obras clsicas sobre
pjaros o mariposas.
  Como la mayora de los hombres, haba pasado la vida estudiando desde
lejos estos objetos de su devocin, a los que le era permitido contemplar,
pero no explorar. Y aqu, de pronto, en San Petersburgo, poda elegir
entre las mujeres ms hermosas de Europa. Sus instintos masculinos no
estaban preparados para resistir la abundancia. De hecho, no pareca
existir razn alguna para que lo hiciera.
  Por tanto, al poco tiempo, el ms reciente "amigo y consejero" del zar
comenz a adquirir una reputacin de charlatn, intrigante y libertino.
Como consecuencia de ello, la familia real, se aisl an ms y perdi
todava ms popularidad. Pero estando, como estaba, envuelta en su seguro
mundo de ensueo de Zarsko Selo, nadie de la familia se percat de ello.

  En julio de 1906, el zar disolvi el primer parlamento; la Duma lo haba
trastornado al pedir tierra para los campesinos y al criticar la
corrupcin de sus ministros.
  La mitad del partido obrero cruz precipitadamente la frontera hacia
Finlandia y apel a sus conciudadanos para que se rebelaran. Hasta los
conservadores ms estpidos estuvieron de acuerdo en que haca falta otro
parlamento; su zar no era lo bastante fuerte como para convertirse en otro
Ivn el Terrible. Pero sugeran que este parlamenteo debera componerse
nicamente de campesinos, escogidos por sorteo, y que se excluyera
automticamente a cualquiera con inteligencia o educacin.
  El segundo parlamento se form en marzo de 1907; esta vez contena
muchos ms revolucionarios. La polica secreta, la Ocrana, hizo todo lo
posible por destruirlo, inventando complots terroristas. Tuvo tanto xito
que la segunda Duma dur slo hasta junio. Se enviaron rpidamente tropas
a San Petersburgo, para aplastar toda
     (161)
protesta. Entretanto, el zar dio nuevas leyes electorales, de acuerdo con
las cuales los ciudadanos de a pie no podan votar; ese derecho se
reservaba nicamente a la nobleza y la alta burguesa.
  Como consecuencia, la tercera Duma consisti mayormente en
conservadores. Pero stos no se salieron completamente con la suya.
Stolypin persisti tenazmente con sus planes de devolver la tierra a los
campesinos, -sta perteneca en su mayora a comunidades rurales-, y tuvo
tanto xito en ello que, en 1910, haba logrado mellar el filo de la
situacin revolucionaria.
  A finales de 1907, ocurri algo a lo que nadie prest mucha atencin: se
firm un pacto de defensa mutua entre Gran Bretaa y Rusia. Europa segua
preocupada por el aumento del militarismo alemn. Mas pareca muy poco
probable que Gran Bretaa y Rusia llegaran a necesitar nunca unirse contra
el kiser.
  En abril de 1907, Rasputn hizo otra conquista; pero esta vez era en un
plano puramente espiritual. Ella se llamaba Ana Taneyev, una joven sin
atractivos y de cara redonda que result ser la mejor amiga de la zarina.
No era ni ingeniosa, ni aristocrtica, ni inteligente; pero era sincera y
desinteresada y la zarina confiaba totalmente en ella. Durante mucho
tiempo Alejandra sinti tristeza al ver que a su mejor amiga le faltaba un
hombre con quien compartir su cama. Le encontr un apuesto oficial de
marina cuyos nervios quedaron destrozados en la batalla de Tsushima; se
llamaba Vyrubov.
  A Ana le pareca atractivo, pero la idea del matrimonio la atemorizaba.
Confi en la gran duquesa Militsa y le dijo que deseara contar con una
bola de cristal para conocer el futuro.
  --Eso no es necesario, querida. Conozco a alguien que podr hacerlo por
ti. Se llama padre Grgori.
  La primera reunin no fue precisamente un xito. Ana se escandaliz al
ver que Rasputn daba tres sonoros besos en la mejilla a la gran duquesa
al entrar en la estancia. Pero cuando l volvi su extraa y penetrante
mirada hacia Ana, ella enmudeci; se march sin preguntarle acerca de su
matrimonio. Pero llam a Militsa por telfono y le pidi que pidiera
consejo a Rasputn. Al da siguiente, Militsa le transmiti el mensaje
     (162)
de Rasputn. El matrimonio, deca, se llevara a cabo; pero no sera un
xito. Sus personalidades eran totalmente incompatibles.
  Cuando Ana explic a la zarina que haba cambiado de opinin, la zarina
se sinti herida y molesta. Todo se haba arreglado ya. De todos modos,
Rasputn no conoca al teniente Vyrubov, por lo que, qu saba l del
asunto? Ana permiti que descartaran sus recelos y se cas con Vyrubov.
  Fue, como predijo Rasputn, un desastre. Las nicas experiencias
sexuales que haba tenido Vyrubov eran con marineros. En la noche de la
boda, se emborrach y sus torpes intentos de desflorar a la novia
provocaron el nerviosismo y la falta de cooperacin de sta. Vyrubov acab
por golpearla e insultarla. A la maana siguiente, Ana fue corriendo a ver
a la zarina y le hizo prometer que no tendra que volver a ver nunca ms a
Vyrubov. Se divorciaron un ao ms tarde. Para disculparse, la zarina
regal a Ana una pequea casa al lado del palacio y, ese ao, la invit a
acompaarlos en su viaje en yate.
  Puesto que Ana adoraba a la emperatriz y que sta adoraba a Rasputn,
Ana lleg a adorarlo tambin. Cuando los chismes sobre su libertinaje
llegaban a palacio, ella era la primera en defenderlo. Como su principal
discpula, estaba en perfecta situacin para negar los rumores. Segn el
chismorreo de San Petersburgo, Rasputn se sentaba en medio de un crculo
adorador de aristocrticas admiradoras, algunas de ellas a sus pies.
Cuando estaba de humor, colocaba a una jovencita sobre sus rodillas y la
llevaba despus al dormitorio, el "sanctasanctrum", con el fin de
purificarse de sus deseos sexuales, mientras sus discpulas seguan
hablando en voz baja... Ana se haba sentado a menudo a los pies de
Rasputn y nunca lo haba visto poner una mano sobre ninguna mujer. De
haber necesitado ms pruebas, las tuvo el da en que se enter de que se
supona que ella misma era su amante. La mojigata de Ana era virgen y
estaba resuelta a seguir sindolo durante toda la vida.
  Rasputn no necesitaba seducir en pblico. Desde el momento en que se
levantaba por la maana, haba una cola de solicitantes que llegaba hasta
el pie de la escalera;
     (163)
algunos queran dinero, otros un nombramiento poltico, otros su ayuda
para sacar un hijo de la crcel, donde lo haban metido por actividades
revolucionarias. Si una mujer atractiva deseaba ofrecerse como pago,
Rasputn slo tena que llevarla al sof y asegurarse de que la puerta
estuviese cerrada con llave; los Sasanov ponan todo el apartamento a su
disposicin por las maanas. Abajo, en la calle, dos policas secretos
tomaban nota de todos los que entraban y salan. Su informe podra decir:
"A medioda, todos los solicitantes se haban marchado. A las 12.21, la
actriz Polina M... lleg en un carruaje cerrado y se qued una hora. A la
1.25, Ana Vyrubov lleg; mientras ella entraba, la actriz sala por la
puerta de atrs..."
  En el verano de 1908, mientras la familia real se encontraba en Crimea,
Rasputn regres a Pokrovsko; era su primera visita en dos aos. Su
esposa haba sufrido una hemorragia y tuvieron que llevarla al hospital.
Una noche, Rasputn permiti que su hija Mara se quedara en casa de una
amiga de la escuela, cuyo padrastro era labriego. ste lleg a casa
borracho, se insinu a Mara y viol a su esposa ante las dos nias. Al
da siguiente, Rasputn fue a amonestarlo. Pero, antes de que hubiese
terminado la primera frase, el labriego sac un hacha que tena oculta en
la espalda y golpe a Rasputn, derribndolo. Entonces, huy de
Pokrovsko  y su hijastra no volvi a verlo nunca ms. A Rasputn le
qued una cicatriz hasta el final de la vida. Cuando, en Septiembre,
regres a San Petersburgo, llev consigo a Mara.
  El apartamento de los Sasanov era obviamente demasiado pequeo para dos
huspedes. Ana Vyrubov se encarg de buscarle un sitio donde vivir y
encontr un amplio apartamento en el tercer piso del 64 de la calle
Gorokhovaya. Desde el punto de vista de Rasputn, uno de los rasgos ms
tiles del piso era una escalera que daba a una salida trasera, por la que
poda huir cuando la cola de solicitantes se alargara demasiado.
  Para Mara, que contaba diez aos, la vida en la capital resultaba
desconcertante. Y an ms la constante actividad que rodeaba a su padre:
la gente que llegaba a todas horas del da pidiendo ayuda o consejo; la
polica secreta que observaba la casa (por orden de Stolypin);
     (164)
las damas elegantemente vestidas que permanecan sentadas durante horas,
escuchando a su padre hablar de religin; el carruaje real que lleg
varios das despus, por la tarde, para llevar a su padre a palacio. La
propia Mara fue recibida por la familia real y se convirti en visitante
asidua. Como su padre, se asombr ante la sencillez de esa familia. Se
esperaba de las cuatro princesas que estudiaran de la maana a la noche, y
dorman en sencillos catres. Comparada con ellas, Mara haba sido mimada.
  Ana Vyrubov era la suma sacerdotisa del culto a Rasputn, pero su
principal aclito era una hermosa joven llamada Munia Golovina. Munia
sufra una desilusin amorosa cuando conoci a Rasputn. Haba estado
comprometida con el prncipe Yusupov, uno de los hombres ms ricos de
Rusia. Yusupov tuvo una aventura con una mujer casada y el marido de sta
lo mat en un duelo. Munia se senta tanto traicionada como despojada y
encontr consuelo en la religin. En su opinin, Rasputn pareca un
mensajero de Dios; ella crea que era un santo y no peda nada ms que
sentarse a sus pies y escuchar su voz. Rasputn, que senta realmente pena
por ella, la trataba como a una hija.
  Fue Munia quien habl de Rasputn al hermano menor de su difunto
prometido. Con la muerte de su hermano, el prncipe Flix Yusupov se haba
convertido en el heredero de una de las mayores fortunas de Europa. Pero
este apuesto joven estaba aburrido y era desdichado. Tena tambin un
problema secreto que no poda confiar a nadie: era homosexual. En la Rusia
del primer decenio de este siglo esto era algo todava completamente
inaceptable, apenas haba pasado una dcada desde que el compositor
Chaikovski se haba virtualmente suicidado por la misma razn.
  Yusupov experiment con el espiritualismo, el misticismo y el yoga; todo
ello lo dej insatisfecho. Entonces, Munia empez a hablarle de Rasputn.
No fue difcil convencer a Yusupov de que conociera al "santo". La reunin
tuvo lugar en el saln de los Golovin. Presentaron a Yusupov y al
<staretz>, que lo abraz amablemente, lo hizo sentar y comenz a hacerle
preguntas. Rasputn estaba dispuesto a simpatizar con cualquiera
     (165)
que le recomendara Munia. Adems, se senta protector ante este plido y
apuesto joven de rasgos delicados y modales nerviosos. Se percat de que
Yusupov era desgraciado y sufra de un conflicto interno. No tena modo de
adivinar que la raz del problema era sexual. Al saber que Yusupov tocaba
la guitarra, lo invit a visitarlo a su apartamento y a llevar consigo la
guitarra. De hecho, para Yusupov, Rasputn era intimidante. Transcurriran
cuatro aos antes de que volvieran a verse.
  En 1909, aumentaban los conflictos interiores del propio Rasputn. Haba
vagado por toda Rusia; se haba acostrumbrado a los espacios abiertos de
la estepa. El ambiente de San Petersburgo lo asfixiaba. La mitad de sus
discpulos lo admiraban por razones equivocadas, por creerlo un santo. La
mayora de sus enemigos lo odiaban por razones equivocadas, por creerlo un
libertino. No era ninguna de las dos cosas. Era sencillamente un mstico
nato, un hombre que se siente extraamente dichoso al caminar por un
bosque o al subir una colina. A diferencia de los grandes santos, no tena
capacidad para atormentarse o autoanalizarse. La intriga lo aburra y las
gentes de mayor xito de San Petersburgo eran maestras en el juego de la
intriga. Rasputn se senta desconcertado y fuera de lugar.
  Su "secretario", el pequeo judo Simanovich, haca todo lo posible por
educarlo. En esta empresa pidi ayuda a uno de los intrigantes ms hbiles
de la capital, un espa de la polica llamado Maniulov. Maniulov amaba el
dinero y el poder; era, adems, enormemente simptico. Haba trabajado
como agente doble en Pars y en Roma y, al regresar a San Petersburgo,
revel secretos de la polica a los revolucionarios y secretos de los
revolucionarios a la polica.
  Cuando Simanovich present Maniu-, lov a Rasputn, el espa apenas poda
creer que tuviese tanta suerte. En Rusia, como en otras partes, la
informacin vala dinero. Y Rasputn se encontraba en una posicin ideal
para reunir informacin secreta. Puesto que el zar no se iba de la boca,
poca gente saba lo que pensaba o lo que ocurra entre l y sus ministros.
Pero en el crculo familiar, o con Rasputn y Ana Vyrubov, el zar hablaba
con toda franqueza. Rasputn llevaba tres aos oyendo secretos
     (166)
de Estado que, de haber sido espa, le habran proporcionado una fortuna.
  Ahora, en su inocencia, sinti una inmensa simpata por Maniulov; tena
afecto por un tipo turbio y que reconoca serlo. Deca a Maniulov todo lo
que ste quera saber y utiliz su influencia con el zar para hacerle
favores. Rasputn era como un nio jugando a las intrigas; nunca pudo
convencerse de que eso tuviese una importancia real. Maniulov venda la
informacin que le daba Rasputn y ganaba mucho dinero. Rasputn, sin
darse cuenta de ello, se convirti en uno de los hombres ms influyentes
y, por tanto, ms peligrosos de San Petersburgo.
  El hombre que deseaba ms que nadie la cada de Rasputn era el primer
ministro, Pedro Stolypin. Sus razones no eran enteramente injustificadas.
Llevaba cuatro aos luchando por reconciliar a los revolucionarios y los
conservadores y por hacer que Rusia entrara, a la fuerza, en el siglo XX.
El zar haba llegado a confiar en su opinin. Pero el zar era como una
veleta: un da estaba de acuerdo con una medida controvertida y cambiaba
de opinin durante la noche. Con o sin razn,  Stolypin  crea que
Rasputn era el responsable de la mayora de estas vacilaciones.
Stolypin  persuada al zar de que Rusia necesitaba ms democracia
parlamentaria; entonces, Rasputn le deca que era el autcrata de todas
las Rusias y que deba pasar la Duma por alto. Y el zar revocaba su
decisin.
  Stolypin bufaba de clera y juraba que se deshara de este siniestro
intrigante. Por eso hizo que la polica secreta vigilara a Rasputn. Los
informes de sta no tardaron en convencerlo de que tena el medio para
destruirlo. La zarina crea que era un santo; los informes demostraban que
tena varias amantes, incluyendo Elena Katkoff, Sofa Dobrovolski y una
actriz muy conocida. El zar crea que era un campesino sencillo y sincero;
pero un espa de la polica sentado en un famoso restaurante, el Villa
Rohde, a una mesa junto a la de Rasputn, oy a ste alardear de que el
zar era como arcilla en sus manos y que l, Rasputn, poda persuadirlo de
hacer cualquier cosa.
  A principios de 1911, Stolypin llev estos informes
     (167)
al zar. ste escuch atentamente y se sinti obviamente trastornado. Haca
tiempo ya que albergaba sus propias sospechas acerca de su "santo
Grgori". Hubo, por ejemplo, el asunto inquietante con mademoiselle
Tyucheva, la institutriz de los nios, que haba protestado ante la zarina
porque Rasputn pasaba demasiado tiempo en el dormitorio de las princesas,
dos de las cuales eran ya bonitas adolescentes. Pareca disfrutar haciendo
payasadas con las nias y les haca a menudo cosquillas, particularmente
cuando llevaban camisn. La zarina pregunt, incrdula, si la institutriz
crea que Rasputn albergaba pensamientos lujuriosos sobre estas jvenes,
y la mand salir de la habitacin. El zar aadi lea al fuego al llevar a
Rasputn aparte y pedirle que se mantuviera fuera del dormitorio de las
nias cuando anduviera cerca mademoiselle Tyucheva. Poco tiempo despus,
la zarina encontr un pretexto para despedir a la Tyucheva. La institutriz
regres a casa de su familia, en Mosc, y cont historias espeluznantes
acerca de los excesos sexuales de Rasputn...
  Despus de eso, el zar escuch los informes de la polica, con expresin
perpleja. Estara Stolypin tratando de decirle que Rasputn no era ms
que un hipcrita ordinario, un Tartufo? No, contest triunfante
Stolypin,  no era un hipcrita. Era un miembro secreto de los khlistis y
stos crean en la libertad sexual total.
  Cuando, esa tarde, Stolypin dej al zar, estaba convencido de que la
carrera de Rasputn haba llegado a su fin. No contaba con la conocida
tendencia del zar a cambiar de opinin. Cuando, durante su siguiente
reunin con el zar, Stolypin mencion el tema, el zar coment de paso que
lo nico que se lograra al impedir la entrada de Rasputn a palacio sera
que la zarina se trastornara; por tanto, tal vez sera ms fcil dejar que
las cosas siguieran como estaban.
  Stolypin sali enfurecido de palacio. Puesto que no poda mostrar al zar
su irritacin, toda su rabia se dirigi a Rasputn.
  Al da siguiente, por la maana, Rasputn recibi una llamada telefnica
en la que se le deca que fuese al despacho de Stolypin. Por el tono del
secretario, era obvio que no se trataba de una invitacin amistosa.
Rasputn
     (168)
fue al edificio de gobierno. El mismo secretario que conoci cinco aos
antes le hizo entrar en el despacho del primer ministro. Stolypin alz la
mirada de su trabajo, encontr los extraos ojos de Rasputn fijos en l y
se sinti de repente menos confiado. Con un tono oficial y cortante, dijo:
  --No le pedir que se siente. No tardar ni un minuto. Tengo aqu...
-dio un golpecito a un papel que se encontraba sobre su escritorio-, un
informe de Lukianov, procurador del Santo Snodo, que prueba, ms all de
cualquier duda, que es usted miembro de los  khlistis.
  --Eso no es cierto, -contest quedamente Rasputn.
  --Niega usted, pues, haber tenido contacto con los khlistis?
  --Claro que no. Durante mis viajes, he tenido contacto con la mayora de
las sectas rusas. Pero no soy miembro de ellas.
  A Stolypin, los ojos de Rasputn lo desconcertaban. Record los relatos
que haba odo sobre el poder hipntico de Rasputn, olvidando que l
mismo los haba iniciado, y decidi poner fin a la entrevista.
  --Las pruebas que tengo aqu me permitiran procesarlo por pertenecer a
una secta prohibida. Pero prefiero evitar el escndalo. Espero que se haya
usted marchado de San Petersburgo maana y que se mantenga alejado al
menos seis meses. Si regresa antes, lo har arrestar, -dijo con voz fra,
jugueteando con un sello de goma para evitar la mirada de Rasputn-.
Ahora, lrguese. Y no se moleste en ir a lloriquearle al emperador. Ya
tiene conocimiento de esto.
  Rasputn se encontraba ms trastornado de lo que quera reconocer. Su
esposa le haba escrito desde  Pokrovsko,  hablndole de unos
misteriosos inquisidores que haban preguntado sobre las creencias
religiosas de su esposo. Tambin se lo haba mencionado su antiguo
discpulo, el monje Bernab que, gracias a la influencia de Rasputn, era
el nuevo obispo de Tobolsk. Y su padre, que haba venido a verle en San
Petersburgo, le habl de unos comentarios hostiles que hizo su antiguo
enemigo, el padre Piotr, en el curso de un sermn, en el que mencion los
falsos profetas cuya cada sera tan espectacular como su ascenso.
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  Si el zar se haba vuelto contra l, no tena a quin apelar. Pero este
aspecto del asunto casi no preocupaba a Rasputn. Con el paso de los aos,
su respeto por el monarca haba ido disminuyendo constantemente y, una
vez, le dijo a Simanovich que el zar era "un hombre vaco". Adems,
Rasputn estaba harto de San Petersburgo. Haca tiempo ya que anhelaba la
vida al aire libre, en los caminos, las veladas tranquilas en las
habitaciones de invitados en monasterios o en las cocinas de los
campesinos.
  As pues, ahora que haba llegado el golpe, Rasputn se senta
extraamente alegre y aliviado. Escribi una carta a la zarina,
explicndole lo ocurrido. Hizo arreglos para que Mara se quedara en Kev,
en casa de los Katkoff. Luego, con unas pocas pertenencias guardadas en un
costal, emprendi un peregrinaje a Tierra Santa.
  La zarina estaba deshecha. Nunca se haba tambaleado su confianza en
Rasputn. Vio en este destierro un ataque a su persona, un intento por
minar su seguridad. Qu ocurrira si el zarevich se caa y se hera
mientras Rasputn se hallaba fuera? Escribi a Rasputn una larga y
desolada carta, que ste recibi al llegar a Kev. Contest
inmediatamente, dicindole que no se preocupara, que estaba seguro de que
el chico seguira sano. Prometi tambin escribirle desde todos los
monasterios que encontrara en el camino. Mantuvo su promesa.
  Unas semanas ms tarde, la zarina recibi una carta de Estambul: "Cmo
narrarle la gran calma? Tan pronto como sal de Odessa en el mar Negro,
hubo calma en el mar y mi alma se fundi con el mar y durmi tranquila.
Como el mar apacible, as el poder ilimitado del alma..." Rasputn haba
recuperado su paz interior y sus palabras, garabateadas en pedazos de
papel con su letra de analfabeto, dieron a la zarina una confianza serena
y total.
  Cuatro meses ms tarde, cuando Rasputn regres de Tierra Santa a
Pokrovsko, la propia zarina reconoci que tal vez no fuese acertado que
regresara a San Petersburgo. Pero le escriba casi a diario, cartas largas
e ntimas que contenan frases como: "Beso sus benditas manos" y "Le amar
para siempre". Un polica que
     (170)
logr leer una de las cartas inform que todo pareca indicar que Rasputn
era el amante de la zarina. Eso revelaba falta de perspicacia. La
influencia de Rasputn sobre la zarina era mucho ms fuerte que la de un
amante; el sexo no habra hecho ms que debilitarla.
  En la imposibilidad de ir a ver ella misma a Rasputn, la zarina pidi a
Ana Vyrubov que fuera en su lugar. En agosto de 1911, Ana emprendi el
viaje con una amiga, madame Orlov. Fue en el expreso siberiano hasta
Tiumen, donde la recibi Rasputn. Para su consternacin, ste conduca
una gran galera, la misma que utiliz, tantos aos antes, en su primer
viaje a Tiumen. Para las mujeres, el recorrido hasta  Pokrovsko  estuvo
lleno de baches e incmodamente caliente.
  La casa de Rasputn encant a Ana; escribi a la zarina que era "casi
bblica en su sencillez". De hecho, era ya una de las casas ms grandes y
cmodas de la aldea, pues Rasputn haba enviado a su esposa parte del
dinero que le daban sus admiradoras y ella haba comprado esta
impresionante casa de dos pisos. Ana describi las sencillas cenas, a una
mesa de madera sin mantel, las sirvientas que eran tratadas como parte de
la familia (no sospechaba que una de ellas era amante de Rasputn), y los
cuatro viejos amigos que llegaron despus de cenar y pasaron el resto de
la velada leyendo pasajes de la Biblia y cantando salmos. Pescaron y se
baaron en el Tura, dieron largos paseos en el bosque y dormitaron en los
prados. El mes en Pokrovsko no hizo sino confirmar la opinin de Ana de
que Rasputn era un hombre sencillo cuyo nico inters estaba en la
religin.
  Lleg Septiembre. Ana deba reunirse con los miembros de la familia
imperial en Kev, donde tenan intencin de hacer una visita de gala,
junto con  Stolypin  y Kokovtsev, el ministro de finanzas. Rasputn
decidi que, por mera cortesa, deba acompaar a sus huspedes; adems,
esperaba ver nuevamente a los Katkoff.
  Su tren lleg a las once de la maana. El chfer de los Katkoff los
esperaba en el andn, con el fin de ayudarlos con el equipaje.
  --No hay prisa. No podemos irnos antes de que se disperse la multitud
-dijo.
     (171)
  --Qu multitud?
  --Se espera que el zar y el primer ministro pasen por aqu en cualquier
momento, camino del ayuntamiento...
  --Qu coincidencia tan asombrosa, -exclam Ana.
  Rasputn no contest. Segn su experiencia, las coincidencias tenan
generalmente un significado ms profundo.
  Permanecieron en el extremo del patio de la estacin. Calle abajo, el
gento empez a vitorear. El carruaje imperial se acerc, llevado por
cuatro magnficos alazanes. Pero la zarina mir directamente a Rasputn y
su rostro se ilumin, cual si el sol hubiese salido de entre las nubes.
  Diez metros despus del carruaje del zar lleg otro, en el que iban
Stolypin y Kokovtsev. Stolypin miraba sombramente hacia el frente, con
las manos en el pomo de su bastn; la mayor parte de la gente no tena
idea de quin era. A Rasputn le pareci que su rostro estaba plido y
casi cadavrico. Cuando el carruaje lleg justo frente a ellos, el extrao
presentimiento que tuvo desde su llegada pareci estallar y convertirse en
una certidumbre. El rostro de  Stolypin  se convirti en el de un
cadver, con los ojos completamente abiertos y mirando fijamente.
  Ana se dio cuenta de que Rasputn haba palidecido; le tom de la mano y
pregunt:
  --Qu ocurre?
  Rasputn oy su propia voz decir:
  --La muerte lo persigue.
  En ese momento, Stolypin mir hacia l. Rasputn seal el carruaje y
grit:
  --La muerte lo persigue!
  De hecho, Stolypin estaba cansado y desalentado. Delante del
ayuntamiento, la polica rode al zar y a la zarina cuando se apearon del
carruaje. Stolypin y Kokovtsev se quedaron solos. Stolypin declar,
irritado:
  --Lo ve?, somos superfluos.
  Esa noche, el squito real asisti a una representacin en la pera de
Kev. Los zares se encontraban en un palco; a Stolypin y a Kokovtsev los
haban colocado en la segunda fila de las butacas. Durante el segundo
     (172)
entreacto de la pera, <El zar Saltan> de Rimski-Korsakov, Stolypin se
levant, bostezando, para estirar las piernas. Un joven fue a su
encuentro, con la aparente intencin de hacerle una pregunta. Al llegar a
pocos metros de distancia, meti la mano en el bolsillo, sac un revlver
y dispar dos veces. Ambas balas dieron en el pecho de Stolypin.
  El hombre que lo mat, Mordka Bogrov, era un agente doble, que trabajaba
tanto para la polica como para los revolucionarios. Entr al teatro
diciendo a la polica que haba un complot para asesinar a Stolypin y
ofreciendo sealar al asesino. Bogrov fue ahorcado posteriormente.
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