
Colin Wilson



El mago de Siberia



Ttulo original:
<The magician from Siberia>

Traduccin de Cristina Pags

Primera edicin febrero 1990


Coleccin:

Memoria de la Historia - Personajes
N 37
Direccin: Rafael Borrs Betriu


Editorial Planeta, S.A.
Crcega, 273-277
08008 Barcelona (Espaa)


Impreso en Espaa por:
Talleres Grficos "Duplex, S.A."
Ciudad de Asuncin, 26-D
08030 Barcelona

I.S.B.N.: 84-320-4526-8
Depsito Legal: B. 687-1990





 EL MAGO DE SIBERIA


  A Grgori Rasputn lo han descrito como el "monje loco", el "Mesas
Malvado" y el hombre sobre quien recae la mayor responsabilidad por la
revolucin rusa. Segn sus enemigos, y tuvo muchos, era un manaco sexual
y un estafador. Pero la verdad acerca de Rasputn es ms extraa y
complicada.
  En la presente novela biogrfica, Colin Wilson, autor del best-seller de
los cincuenta, <The Outsider>, utiliza documentos de la poca para
presentar la imagen ms fiel y realista de Rasputn que se haya publicado
hasta la fecha; el retrato de un hombre que fue un santo con una vena de
stiro, un mstico con un toque de granujera campesina.
  La hija de Rasputn, Mara, describi una anterior biografa de su
padre, escrita por Colin Wilson, como el relato ms verdico que se haya
publicado acerca de l.



  Colin Wilson es uno de los escritores ms prolficos, verstiles y
populares en la actualidad. Naci en Leicester en 1931 y dej la escuela a
los diecisis aos. Despus de trabajar en un almacn de lana, en un
laboratorio, en una fbrica de plstico y en un caf, public su primer
libro, <The Outsider>, en 1956. La obra fue aclamada por la crtica y se
convirti inmediatamente en un best-seller. Desde entonces ha escrito
muchos libros sobre filosofa, ocultismo, crmenes y desviaciones
sexuales, as como novelas de mucho xito que le han convertido en un
autor de fama internacional. Entre sus obras cabe destacar: <The Geller
Phenomenon> (1976), <Mysteries> (1978), <Starseekers> (1980),
<Poltergeist> (1981), <Encyclopaedia of Murder> (con D. Seaman, 1983),
<Access to Inner Worlds> (1983), <A criminal History of Mankind> (1984),
etc. <Jack el Destripador: recapitulacin y veredicto> (en colaboracin
con Robin Odell) y <Los inadaptados> (1988) han sido publicados
anteriormente por Editorial Planeta.
     (1)




  <Memoria de la Historia> pretende ofrecer a los lectores la Historia
contada por quienes la hicieron, por los mismos <personajes> que en vez de
figurar en las pginas de los libros como objeto pasivo, adquieren voz y
nos cuentan su vida y su peripecia en primera persona. La Historia como
una novela personal, autobiogrfica, en la que todo lo que aparece en
estas pginas es verdad, con hechos ciertos y comprobados, pero que se
presentan con la inmediatez y el dramatismo que da al relato la voz del
protagonista, supuesto historiador de s mismo gracias a la pluma de unos
escritores que consiguen el difcil y apasionante equilibrio entre los
materiales de la crnica, tratados con el mximo respeto, y el enfoque que
corresponde a la ms amena de las narraciones novelescas. Otra vertiente
de estas semblanzas es la evocacin de <episodios> del pasado en tercera
persona con todo el rigor que exige el trabajo del historiador y la
ameneidad de la novela.
  ste es el objetivo de una coleccin que aspira a fundir lo ms
atractivo que pueden ofrecer la historia y la literatura.
     (7)




 PRLOGO


  El primero de enero de 1917, la temperatura de Petrogrado estaba por
debajo de cero y nevaba ligeramente. En el puente Petrovski, sobre el ro
Neva, unos cuantos espectadores observaban a unos policas que rodeaban un
hoyo en el hielo. La cabeza de un buzo rompi la negra superficie y dos
policas lo agarraron de los brazos y lo sacaron. Era un hombre
corpulento, de pecho amplio, cuyo cuerpo estaba untado de una capa de
grasa blanca para protegerlo del fro; la capa resaltaba en su velludo
pecho, formando pequeas pas, cual azcar en una tarta. Los policas
empezaron a tirar lentamente de una cuerda en el agua. Los espectadores
del puente soltaron gritos sofocados cuando un cadver sali a la
superficie. Lo colocaron sobre el hielo y el agua chorre del abrigo de
piel de castor negro dentro del cual iba atado con cuerdas.
  El inspector de polica se agach y mir asqueado la hinchada cara. El
cuerpo era el de un hombre barbudo de casi cincuenta aos, y sus facciones
se hallaban extraamente distorsionadas por el hielo que las cubra. Los
brazos y las piernas del hombre estaban atados, pero era evidente que
haba logrado librar una mano, que tena alzada sobre el pecho, con el
puo cerrado. Dirase que se estuviera persignando.
  El inspector se volvi hacia el sargento.
  --Es Rasputn, no cabe duda. Ms vale que llame al despacho del
ministro.
  Vio la expresin satisfecha del sargento.
  --Deje de sonrer, imbcil, que un asesinato no es una broma.
     (8)
  --No, jefe.
  Pero el sargento no intent ocultar su sonrisa al volverse.
  Cuando, media hora ms tarde, lleg Protopopov, el ministro del
Interior, ya haban llevado el cuerpo a la choza de madera de un
trabajador, a orillas del ro. La noticia se haba extendido; carros y
carruajes bordeaban en el muelle, y el puente se hallaba atestado. La
polica prohibi a los espectadores caminar sobre el hielo, por si ste se
rompa.
  En la choza, el mdico dictaba su informe a su ayudante. El inspector se
encontraba de pie, en un rincn, calentndose las manos encima de un
brasero de carbn. El cuerpo, tumbado sobre un banco de madera, estaba ya
desnudo; el hielo se haba derretido y encharcado el suelo. El mdico ech
un vistazo a Protopopov y sigui dictando.
  --Herida de bala en la espalda, apuntada probablemente al corazn. Una
segunda herida de bala en el cuello. Cualquiera de las dos hubiera podido
causarle la muerte. La mejilla izquierda est magullada y tiene
magulladuras y varias heridas, debidas probablemente a un puntapi. Faltan
puados de cabello en la cabeza...
  Protopopov, un hombrecillo atildado con bigote cuidadosamente acicalado,
mir el cuerpo, palideci y se volvi rpidamente. Se aclar la garganta.
  --Si le dispararon al corazn, cmo logr librar las manos?
  --Fue slo una mano.
  El mdico era un hombre fornido, canoso, de modales bruscos.
  --El disparo no dio en el corazn.
  --Cmo lo sabe?
  Protopopov estaba de espaldas al cuerpo, a fin de no verlo.
  --Porque muri ahogado. Mire.
  El mdico coloc las manos en el pecho desnudo y presion con toda su
fuerza; de la boca ladeada sali agua a borbotones.
  --Los pulmones estn llenos de agua, lo que prueba que estaba vivo
cuando lo arrojaron al ro.
  Protopopov hizo una mueca, con lo que se asemej
     (9)
a un nio a punto de llorar. Con tono asombrado, exclam:
  --Qu bestias! Qu inmundas bestias! -vacil, como si no estuviese
seguro de lo que deba hacerse a continuacin-. Los atraparemos y los
castigaremos. Informar de ello a Su Majestad, la zarina.
  El inspector pregunt:
  --Disculpe, seor ministro. Puede usted identificar el cuerpo con toda
seguridad como el de Grgori Rasputn?
  --S, s. Es l. No cabe duda.
  Sali apresuradamente, sin mirar atrs. El mdico gru:
  --No se ha quedado mucho tiempo.
  El inspector mir hacia afuera, para asegurarse de que el ministro se
haba ido.
  --Deba su nombramiento a Rasputn. Me atrevera a decir que est
preocupado por si lo pierde.
  El doctor se estaba poniendo la levita.
  --Tiene usted idea de quin pudo hacerlo?
  --Por supuesto. Todo el mundo lo sabe. Fue ese joven idiota, Yussupov.
Con la ayuda de Purishkevich. Uno de ellos sali corriendo y se acerc a
dos soldados. "Acabamos de matar a Rasputn, enemigo de Rusia y del zar."
Entonces los obligaron a ayudarlos a mover el cuerpo.
  El mdico silb.
  --Por lo que dice, parecera que el zar est detrs de todo esto.
  --Lo dudo. Por qu habra de estarlo?
  El mdico baj la voz, sealando el cuerpo con una inclinacin de
cabeza.
  --Dicen que era el amante de la zarina.
  El inspector puso expresin de indignacin.
  --Dnde oy decir eso?
  --En mi club.
  --No, no, querido amigo. Un asqueroso mujik como se, no. -Mir
enfurecido el cuerpo-. Podra creer que fuera un espa alemn. Pero no que
fuera amante de la zarina.
  El sargento meti la cabeza por la puerta entreabierta.
     (10)
  --El atad ya ha llegado. Y la ambulancia trata de abrirse paso. La
calle est atiborrada de coches.
  --Entonces, hgalos circular! Para eso le pagan, -exclam el inspector.
  Cuando el sargento se hubo ido, pregunt al mdico:
  --Adnde lo llevan?
  --Al hospital de Chesma. All practicaremos la autopsia.
  Result que el atad no tena tapa; tuvieron que cubrir el cuerpo con
una vieja manta. Debido a la multitud, la ambulancia tuvo que esperar en
el extremo del muelle; cuando la ambulancia pas con el atad, la gente
hizo esfuerzos por ver lo que haba dentro. El mdico subi a la parte
trasera de la ambulancia y se sent en el estrecho asiento de madera, con
las rodillas apretadas contra el atad. Los dos hombres de la ambulancia,
ambos campesinos de mediana edad (la mayora de los jvenes se encontraban
en el frente) lo miraron con respeto, pero sin decir nada. Mientras la
ambulancia traqueteaba y se bamboleaba sobre los adoquines, el mdico mir
por las ventanillas. En la avenida Nevsky pareca haber un nmero inusual
de grupitos. Cuando pas por all dos horas antes, estaba casi desierta.
Ahora, la gente hablaba entusiasmada, sonrea, gesticulaba; el ambiente
era casi carnavalesco. La noticia se estaba extendiendo con evidente
rapidez.
  La manta se haba deslizado de la cara del muerto, descubriendo la
mejilla cortada y la herida de bala en el cuello. Cuando el mdico volvi
a colocar la manta en su lugar, uno de los hombres de la ambulancia dijo:
  --Debieron odiarlo mucho para tratarlo as.
  Al mdico le asombr el tono pensativo del hombre.
  --Usted, no lo odiaba?
  El campesino neg con un pesado gesto de su redonda cabeza; sus cndidos
ojos castaos hicieron pensar al mdico en un gran perro.
  --No tenamos por qu odiarlo, <batushka>. Era un campesino, como
nosotros.
  El otro aadi:
  --Lo mataron los ricos porque trataba de ayudar a los pobres.
     (11)
  El mdico los mir fijamente, sorprendido; le extraaba or una opinin
tan distinta a la de sus conocidos. Los campesinos bajaron la mirada, como
si se sintieran avergonzados de hablar tan francamente con uno de sus
"amos"; en Rusia, en esos tiempos, uno era o amo o sirviente. El momento
embarazoso pas y el carruaje se balance violentamente, obligndolos a
aferrarse a los bordes del atad; el carruaje haba doblado en la
carretera, camino de Zarsko Selo, y el conductor haba azuzado los
caballos. Bajo la manta, la mano alzada daba la impresin de que el
difunto estaba a punto de destaparse la cara e incorporarse.
     ------------------------------------------------
     (13)




 I
     ------------------------------------------------


     Siberia es una tierra de extensas y vacas estepas, de ros tan
anchos que en la mitad de su cauce no se pueden ver las orillas. Sus
bosques son tan inmensos que, cuando, en junio de 1908, un gigantesco
meteoro estall por encima de ellos, aplastando ms de dos mil kilmetros
cuadrados de rboles, la noticia tard varias semanas en llegar a la
civilizacin.
  Un gran meteoro cruz tambin el cielo de Siberia occidental la noche
del 23 de enero de 1871, cuando naci Grgori Efimovich Rasputn; al dar a
luz, su madre lo vio por la ventana de la habitacin y observ que
estallaba, produciendo una lluvia de algo parecido a brasas ardientes,
para luego desaparecer. En medio de los dolores del parto se pregunt si
era un presagio bueno o malo.
  Ana Egorovna era la mujer de Efim Akovlevich Rasputn, un campesino
acomodado. Tras diez aos de matrimonio, su vida era agradable y su
propiedad prosperaba. No siempre fue as. Cuando se casaron, Efim Rasputn
era cochero del Correo Imperial; un hombre cuya apostura y vitalidad
natural atraan a muchas mujeres. Se cas con Ana debido a una especie de
bravata, pues su modesta gentileza pareca contener un ruego de que le
hiciera perder la cabeza un hombre que saba lo que quera. Tuvieron
primero una nia, que era epilptica, y el gallardo cochero, para quien la
vida de casado se haba convertido en una especie de anticlmax, se dio a
la bebida. Una noche, mientras dorma la borrachera en la paja de un
establo, un ladrn le rob uno de los caballos.
     (14)
Sus superiores ya le haban advertido que no deba beber, y el rumor de
que haba perdido el caballo en un juego de naipes los llev a acusarlo de
grave negligencia, bajo los reglamentos imperiales. En el reinado de
Alejandro II, dichas transgresiones reciban un duro castigo; hubieran
podido matarlo a latigazos. Pero la suerte no lo abandon; su castigo
consisti en seis meses de encarcelamiento y la prdida de su empleo. Su
mujer y su hija se fueron a vivir con los padres de ella.
  El desastre hizo que Efim Rasputn valorara a su mujer; hizo tambin que
deseara un hogar estable. Siguiendo el consejo de su suegro, decidi
emigrar a Siberia occidental. El gobierno deseaba alentar la colonizacin
de esa inmensa y desierta tierra; a Efim le asignaron cincuenta verstas
cuadradas de tierra y diez ms de bosque. La tierra era buena y Efim se
deleitaba con la sensacin de ser propietario. Con trabajo duro, buena
administracin y un prstamo de su suegro, se convirti rpidamente en uno
de los hombres ms prsperos de la aldea de Pokrovsko. En 1869, naci un
nio, Mijal, o Misha, fuerte e inteligente, que pronunci sus primeras
palabras antes de cumplir un ao. En la semana en que naci Grgori, su
segundo hijo, Efim Rasputn acababa de comprar al gobierno una franja de
terreno en la pradera (a dos rublos por versta cuadrada) y fue nombrado
jefe de la aldea. Era un hombre satisfecho y nunca aor la vida en la
carretera, ni las tabernas donde jugaba a los naipes con otros cocheros.
  Grisha, -diminutivo de Grgori-, era tan fuerte como su hermano, pero
menos plcido. Misha aceptaba lo que la vida le deparaba; Grisha peda
siempre ms. A Misha le gustaba que su madre lo acariciara; Grisha se
debata violentamente si alguien trataba de besarlo. De nio, tan pronto
como se despertaba se quitaba la ropa de cama, por lo que durante los dos
primeros inviernos de su vida, su madre durmi a su lado, en la cocina,
donde el fogn permaneca encendido toda la noche.
  Si bien ya caminaba a los ocho meses, a los dos aos an no haba
pronunciado una palabra. Evidentemente, esto no se deba a falta de
inteligencia, pues sta chispeaba
     (15)
en sus vivaces ojos. Sencillamente, careca del deseo de comunicarse a
travs del lenguaje. Un da, su madre tuvo un indicio del porqu de ello,
al observar cmo la mirada del nio pasaba de un rostro a otro durante una
conversacin; dirase que entenda lo que se deca, gracias a una especie
de telepata.
  Una tarde, justo despus de haber cumplido un ao, Grisha desapareci.
Su madre lo busc con creciente alarma, hasta que vio que la puerta del
establo se hallaba abierta. Haba slo un animal adentro: un caballo que
se haba herido una pata al caer. El animal yaca tranquilo en la paja y
Grisha dorma plcidamente a su lado. Ana levant a su hijo y lo llev a
la cocina. Al atardecer, su esposo regres del campo y se sent a tomar un
t, fuerte y dulce. El mozo de cuadra, Ignati, entr a fumarse una pipa.
Efim Rasputn le pregunt:
  --Cmo est <Kulat>?
  Ignati sacudi su calva cabeza.
  --No lo entiendo. Parece estar bien.
  --Bien?
  Efim sali apresuradamente hacia el establo. Regres sacudiendo la
cabeza, pero encantado.
  --Es asombroso. La hinchazn ha desaparecido totalmente.
  Ana mir a Grisha, que jugaba con una herradura. No dijo nada. La idea
que le pas por la mente era absurda.
  A partir de entonces, el nio pas mucho tiempo en el establo y el
cobertizo donde se ordeaba a las vacas. Entre animales experimentaba una
honda sensacin de paz y satisfaccin; adems, poda transmitir esta
sensacin a los animales cuando stos se mostraban inquietos. Una vaca
sufri una herida interna al parir y de all en adelante fue difcil
ordearla. A menos que el mozo de labranza mantuviera firmemente entre las
rodillas su pata trasera, lo pateaba a l y al cubo. Pero si Grisha se
pona a su lado, apoyando ligeramente una mano en su flanco, se relajaba y
se volva dcil. Cuando el potro se da el tendn de una corva, Grisha,
que tena cuatro aos, se puso a su lado, con los ojos cerrados y la mano
apoyada ligeramente en la pata trasera. Entonces sonri y dijo:
     (16)
  --Ya ests bien ahora, -y sali.
  Ignati, que lo haba observado silenciosamente desde un rincn, sali
guiando al animal al patio; el potro camin sin cojear.
  Fue poco despus del incidente con el poney que Grisha empez a
sospechar que era distinto a los dems. Una clara y soleada maana, l y
su hermano se haban tumbado boca abajo en la pradera de su padre, mirando
fijamente el agua cristalina del ro Tura. Tenan el sol a la espalda, por
lo que el agua se hallaba en la sombra. Grisha clav la mirada en la
oscuridad del agua y dijo:
  --Hay un pez grande.
  --Dnde?
  Misha alarg el cuello cuidadosamente, acercando la nariz a la
superficie; pero no vio nada. finalmente, manifest:
  --No hay nada ah.
  --S que lo hay.
  --Lo puedes ver?
  Grisha mir las profundidades con atencin; ciertamente, el agua estaba
oscura y las algas formaban una especie de cortina en la orilla. No slo
vea el pez, sino que perciba tambin su alarma ante los rostros de los
chicos.
  --No hay ningn pez, -profiri  Misha,  disgustado.
  Meti la mano en el agua. Grit cuando una gran tenca salt debajo de la
orilla y se desliz hacia la mitad del ro. Grisha se ech a rer, pero no
por malicia, sino simplemente porque se haba dado cuenta de que poda
percibir la presencia del pez sin haberlo visto, y que su hermano no
comparta su habilidad.
  Ms tarde, esa misma maana, se agach para oler una flor amarilla medio
oculta entre la hierba. Saba que su aroma sera agradable, porque la
rodeaba una plateada neblina, cual diminutas chispas. Misha alarg la mano
para cogerla y Grisha empuj su mano.
  --No hagas eso. Impedirs que tintinee.
  Misha lo mir ligeramente asombrado.
  --Que tintinee? No es una campana.
  Pero eso era precisamente lo que Grisha quera decir; la neblina que
rodeaba la flor le produca una sensacin
     (17)
parecida al sonido de las campanillas de un trineo, o de las diminutas
campanas atadas a la cuna en que dorma cuando era beb.
  Misha le pregunt, burln:
  --Tintinea sa?
  Seal una flor prpura en forma de campana, con hojas oscuras. Grisha
sinti rabia y frustracin. Era perfectamente obvio que la flor prpura no
tintineaba; su aura era ms suave, ms modesta. Pero no saba cmo
expresarlo. Un momento despus, una abeja pas zumbando junto a la flor
amarilla y desapareci en la prpura. Al observarla, fascinado, Grisha
percibi el placer de la abeja ante la suavidad complaciente de la flor,
as como el placer de la flor al entregarle su polen. Cuando mir a su
hermano, volvi a darse cuenta de que  Misha  era incapaz de percibir
estas cosas. Pero esta vez no se sinti superior; experiment slo una
punzante tristeza. Era como si hubiese descubierto de pronto que su
hermano era ciego.
  Un da de Septiembre, su padre regres temprano del bosque. Un rbol
haba herido a Ignati al caer. La comadrona local (en Pokrovsko no tenan
mdico) haba dicho que tardara meses en sanar. Al escucharla, Grisha
tuvo un repentino presagio, la seguridad de que Ignati no regresara nunca
al trabajo.
  En Siberia, el otoo es corto. El verano caliente se convierte
rpidamente en invierno helado. Durante esta breve estacin, el aire es
suave, pesado con el recuerdo de los das veraniegos y la sensacin del
paso del tiempo. Dos semanas despus del accidente de Ignati, Ana Egorovna
se encontraba sentada en el porche trasero, rodeada por los sonidos de la
naturaleza y por indefinidas nostalgias. Grisha estaba sentado a sus pies,
hojeando un libro con imgenes de santos rusos. De pronto, pregunt:
  --Est muerto Ignati?
  Su madre lo mir sorprendida.
  --Por qu habra de estarlo?
  Grisha explic:
  --Lo vi entrar al establo esta tarde, cuando daba de comer a <Karat>.
  --Cojeaba?
     (18)
  --No.
  Ana no dijo ms. Pero diez minutos ms tarde, se dirigi calle abajo
para preguntar. Ignati haba muerto a las cuatro de la tarde, la herida de
la pierna se haba gangrenado.
  Ana Egorovna estaba inquieta y un tanto atemorizada. En las zonas
rurales de Rusia, la clarividencia se toma a menudo por descontado. Pero
Ana se haba criado en una ciudad. Su ta Dunya, que estaba postrada en
cama, posea tambin el don de <ver cosas> y saba cundo habra una
muerte en la familia. Ana relacionaba la clarividencia con la enfermedad y
tema por la salud de Grisha. Esta preocupacin dur exactamente media
hora, hasta que Grisha tir la jarra de la leche mientras persegua a su
hermano por la cocina. Con un nio tan travieso y ocasionalmente tan
destructivo como lo era Grisha, no pareca haber razn de preocuparse por
su vitalidad.
  Pues, pese a sus accesos de ensoacin, Grisha era un chico totalmente
normal, o sea, lo que el cura de la aldea, el padre Pavel, llamaba alguien
que "hace novillos en la santidad". Poda ser irritable, brusco,
susceptible y egocntrico. Era tambin carioso, generoso y totalmente
sincero. Los siberianos son conocidos por su franqueza; pero Grisha deca
la verdad por razones propias. Estaba tan acostumbrado a saber cundo los
dems mentan, que presuma que ellos tambin podan leer la mente. La
costumbre de ser sincero perdur en l aun despus de que se diera cuenta
de que los dems carecan de su perspicacia. Estaba presente en el corral
cuando un chaln de Tiumen convenci a su padre de que le comprara una
yegua pa. Segn el chaln, un hombre alto de orejas grandes y acento
"seorial", la yegua era de buen talante, trabajadora y de excelente
pedigr. Grisha vea que el animal era dscolo y temperamental, y que el
chaln lo haba alimentado bien media hora antes para que permaneciera
quieto. Cuando acordaron el precio y su padre entr a buscar el vodka,
Grisha lo sigui y le dijo:
  --No te est diciendo la verdad.
  --No? Por qu?
     (19)
  Su padre estaba de buen humor, pues pensaba haber sacado el mejor
partido del trato.
  --Algo le ocurre al animal.
  --No seas tonto, nio. S mucho ms de caballos que t.
  A Grisha lo llamaba "nio" cuando se senta irritado.
  Pero despus de trabajar con la yegua durante dos das, Efim Rasputn se
dio cuenta de que le haban tomado el pelo. Era un animal perezoso,
malhumorado y corto de resuello, y el chaln se habra sentido
evidentemente encantado con la mitad del precio que le pag.
  Grisha experiment una iracunda satisfaccin cuando oy a su padre
quejarse del caballo; se lo mereca por ser tan testarudo. Este tipo de
cosas fueron las que profundizaron el abismo entre padre e hijo.
  En los aos setenta del siglo XIX no haba escuela en Pokrovsko, por lo
que los nios crecieron en total libertad. Su padre les ense a leer y
escribir y, al poco tiempo, Misha peda libros prestados por doquier.
Grisha prefera pasearse por el <urman>, el inmenso bosque de abetos y
pinos, recogiendo frambuesas y grosellas silvestres, o simplemente
permaneca acostado boca abajo y observaba cmo el viento haca ondear la
hierba de la estepa. Su padre lo llamaba perezoso, pero no se daba cuenta
de que los paseos de su hijo no se deban al aburrimiento ni al deseo de
no trabajar. Lo que empujaba a Grisha a salir en los amaneceres de verano
era una oscura hambre de la imaginacin. Tumbado en la hierba, antes de
que el sol evaporara el roco, senta una honda paz, al fondo de la cual
yaca una extraa excitacin. Cuando escuch al chaln de Tiumen, trat de
entender lo que intentaba ocultar; pero dirase que su odo interno no era
lo bastante sensible. Al pasear por el bosque, experimentaba la misma
sensacin, como si los rboles y la hierba trataran de decirle algo, pero
su susurro estuviese justo fuera del alcance de su odo. Mas, haba das
en que la propia tierra pareca viva, y la paz en su interior creca hasta
que oa todo lo que deca. Si cerraba los ojos, la tierra pareca moverse
a sus pies, como un mar suavemente palpitante. La sensacin nunca duraba
mucho tiempo, pues l se excitaba
     (20)
en exceso y era demasiado consciente de s mismo. Pero, al regresar a
casa, se senta exaltado. En la habitacin de su madre haba una caja de
hojalata cuya tapa contena una foto de la boda del zar Alexis con Natalia
Naryshkin en la catedral de la Asuncin, rodeados stos de centenares de
boyardos. Algo en su interior le deca que su vida sera asombrosa,
extraordinaria. En su imaginacin, senta la corona en su cabeza y la
tnica forrada de pieles arrastrndose por detrs.
  Los dos hermanos se fueron distanciando emocionalmente. Al llegar a la
adolescencia, Mijal se convirti en un chico alto, torpe y lleno de
granos; Grisha se dio cuenta de que deseaba estar solo, para adaptarse a
los cambios que observaba en su cuerpo. Una soleada maana de 1883, antes
de que la corta primavera siberiana diera paso al bochornoso y sofocante
verano, Mijal sugiri que se fueran de da de campo. Llevaron consigo
trozos de pan negro, cebolla y botellas de  <kvass>  elaborado en casa y
se dirigieron hacia una pradera poco ms arriba y no lejos de la cascada
donde el ro Tura se une al Tobol. Era domingo y, al parecer, todo el
mundo haba tenido la misma idea; la zona para baarse se encontraba
atestada. Caminaron un kilmetro, ro arriba, hacia la pradera de su
padre. All el agua no era tranquila ni clara, sino fangosa y henchida de
hielo en vas de derretirse. Ambos saban que haba una ancha plataforma
debajo de la orilla donde podan permanecer de pie con el agua helada
llegndoles hasta la cintura. Grisha apenas se estaba quitando la ropa
cuando oy un grito de Misha. Corri hacia la orilla y vio a Misha
luchando en el agua, varios metros ro abajo, tratando de agarrarse a un
arbusto de la orilla. Grisha salt al agua, afianzndose en un arbusto, y
alarg la mano para coger a su hermano. El agua helada le entumeci las
piernas. Misha asi su mano y se aferr frenticamente a ella, tratando de
darse la vuelta en la rpida corriente par sostener a su hermano con ambas
manos. El tirn fue demasiado fuerte y Grisha solt el arbusto; sinti
terror cuando la boca y la nariz se le llenaron de agua fangosa. Misha
segua aferrado a su mano y ambos fueron arrastrados ro abajo.
  Doscientos metros ms abajo, Arkhip Kaledin, su vecino
     (21)
el herrero, vio lo que ocurra. Sin vacilar, salt al agua, agarrndose a
la hierba de la orilla con una mano; cuando Grisha pas por su lado, lo
sujet del antebrazo. Kaledin era un hombre fuerte, pero necesit toda su
fuerza para arrastrar a ambos nios hacia la orilla. La lucha no haba
acabado an. Con Grisha entre las rodillas, empuj a Misha hacia la orilla
y luego a Grisha. Entonces, Kaledin perdi el equilibrio y el ro lo
arrastr cincuenta metros abajo antes de que pudiera afianzarse a una roca
saliente y auparse hacia la orilla.
  Los dos chicos jadeaban, castaeteaban los dientes, y estaban demasiado
abatidos para sentir agradecimiento. Temblando de fro y conmocionados,
dejaron que Kaledin los obligara a regresar andando a casa. Efim Rasputn
les hizo tomar mucho vodka, lo que mare a Mijal. Mandaron llamar a la
partera local, pero ella no tena medicina para eso.
  Hacia la noche, ambos chicos se hallaban enfermos y deliraban. Misha
muri dos das ms tarde, pues su dbil constitucin no pudo resistir la
pulmona. Cuando eso ocurri, Grisha dorma enfebrecido, con el cabello
empapado en sudor. Sus padres decidieron ocultrselo, pero eso era
imposible. Tan pronto como despert, pregunt:
  --Dnde est Misha? -y, mirando la cara de su madre, aadi-: Est
muerto verdad? -tras lo cual hundi el rostro en las mantas.
  Durante unos das, Ana Egorovna pens que perdera tambin a Grisha.
Pero era ms fuerte que su hermano. Fue la tristeza, ms que la
enfermedad, lo que retras su recuperacin. Tres meses ms tarde, en pleno
verano, se hallaba an plido y dbil. Por la noche, pasaba horas
despierto, pensando en Misha.
  Su recuperacin se logr con un acontecimiento que asombr a la aldea
entera. Una tarde de junio, una docena de campesinos y sus mujeres se
haban reunido en le patio trasero del jefe de la aldea, bajo un tilo,
para disfrutar de la frescura del atardecer y cotillear sobre sus vecinos;
un humeante samovar se hallaba sobre el banco en el que se colocaban
normalmente las lecheras. Grisha se encontraba sentado, apoyado contra la
pared de la casa y las rodillas dobladas bajo la barbilla. Desde
     (22)
la muerte de Mijal se senta entumecido y evitaba estas reuniones en el
patio trasero de su casa. Esa tarde, por primera vez, experiment un
despertar de la vida, y los olores del patio le calmaron los sentidos.
  Los vecinos hablaban de la prdida de un caballo que perteneca a un
campesino de la localidad, muy trabajador, llamado Matvei Zhigoulev. La
noche anterior, dos caballos haban desaparecido de su cercado y a uno de
ellos lo encontraron errando junto al ro. El otro no dej rastro en la
dura tierra. Algunos del grupo tendan a creer que Zhigoulev, que beba
demasiado, haba olvidado asegurar la puerta del corral y que los caballos
se haban escapado. Cuando alguien sugiri que haban robado el caballo
desaparecido, un campesino llamado Vasili Gvosdev lo contradijo:
  --En ese caso, por qu no se llevaron los dos caballos?
  Mientras Vasili hablaba, Grisha supo repentinamente la respuesta.
  --Yo puedo decrselo, -anunci.
  Todos lo miraron. Su padre, que crea que el nio no tena derecho a
interrumpir, pero que no deseaba mostrarse descorts frente a sus
invitados, pregunt irritado:
  --Y bien?
  El corazn de Grisha lata apresuradamente de miedo por la temeridad de
lo que estaba apunto de decir; sin embargo, habl:
  --Porque el ladrn no quera que la gente pensara que lo haba robado.
  El herrero inquiri:
  --Quin es el ladrn?
  Grisha mir directamente a Vasili Gvosdev y lo vio hacer una mueca; eso
confirmaba lo que ya saba. Lo seal.
  --l cogi el caballo.
  Gvosdev se levant iracundo.
  --De qu habla?
  Los dems guardaron un asombrado silencio. Efim Rasputn exclam:
  --No puedes decir cosas as... -pero se hallaba demasiado sorprendido
para enfadarse.
     (23)
  Gvosdev sigui gritando.
  --Me est acusando...?
  Y Ana Egorovna interrumpi apresuradamente.
  --No le haga caso. El nio ha estado enfermo.
  Se acerc a Grisha, le rode los hombros con un brazo y lo conmin:
  --Ven, es hora de que te acuestes...
  Efim Rasputn pidi disculpas a Gvosdev, que las acept de mala gana, y
se march diez minutos ms tarde. Con tacto, los dems evitaron mencionar
lo ocurrido. Sin embargo, todos pensaban en lo que Grisha haba dicho.
  Al llegar la maana siguiente, Efim Rasputn haba tenido tiempo de
darle vueltas al asunto. Despert a Grisha a las cinco y le dijo que
limpiara el establo. Pero mientras ambos atravesaban el patio (Grisha se
encontraba an demasiado sooliento para explicarse o disculparse), vieron
que trasponan la puerta del corral tres de los vecinos que se haban
reunido all la noche anterior. Tenan aspecto cansado pero alegre y
llevaban consigo un caballo. Era el de Matvei Zhigoulev.
  --Dnde lo encontrasteis?
  El herrero le dio una palmada en la espalda a Grisha y le pregunt:
  --Dnde crees? En casa de Gvosdev.
  Interrumpindose constantemente los unos a los otros, contaron cmo, al
salir de casa de Rasputn la noche anterior, empezaron a hablar de lo que
haba dicho Grisha y acordaron que vala la pena investigarlo. Gvosdev
llevaba apenas dos aos en esa zona y ya le haban acusado de estafar a
una viuda en un trato por un terreno. La principal objecin a la idea del
robo era que no tena sentido robar un caballo de la misma aldea. Alguien
lo reconocera. Entonces, Kaledin record que, al cabo de unos das,
habra una feria de caballos en Tiumen, y que los gitanos de all no
tenan escrpulos a la hora de comprar propiedad robada. Se dirigieron a
la pequea finca de Gvosdev, a seis kilmetros de la aldea, y esperaron.
Justo antes del amanecer, le vieron salir de su casa y encaminarse a un
cobertizo en un campo un tanto alejado. Cuando sali llevando consigo el
caballo robado, los tres hombres se abalanzaron
     (24)
sobre l. En las zonas remotas de Siberia, el robo de caballos es
considerado como algo ms despreciable que el asesinato. Dejaron a Gvosdev
inconsciente en el suelo, con las orejas y la nariz sangrando. Ahora,
llevaban el caballo de vuelta a Matvei.
  Cuando los tres hombres se hubieron marchado, Efim Rasputn se volvi
hacia su hijo. Tena una expresin amable y pensativa.
  --Regresa a la cama, -le dijo.
  Pero Grisha no tena ganas de volver a la cama. Se meti pan y cebollas
en el bolsillo y sali de la aldea, caminando a lo largo de la orilla del
ro. Por primera vez, se senta reconciliado con la idea de la muerte de
Misha. Tena la sensacin de haber cambiado extraamente, como si fuese
una persona distinta. El silencio en su interior era ms profundo que
nunca. En una confluencia entre la corriente principal y un afluente, se
sent a observar la luz del sol caer sobre el agua, hasta hipnotizarse.
Dirase que en su interior se abran espacios. La impresin no era muy
distinta a la de los senos al aclararse tras un fuerte resfriado,
liberando as las vas nasales. De un modo indefinible, su corazn pareca
abrirse, expandirse y entraba en l una corriente, como de aire fresco. Su
cuerpo ya no pareca limitar sus sentidos. Al mirar el agua, percibi los
peces nadando en las profundidades. Entonces, a medida que el silencio
aumentaba, advirti el movimiento de los gusanos y los insectos en la
tierra. Hasta poda percibir la vida de los rboles, con sus hojas
bebiendo la luz del sol y chupando agua de la tierra. Grisha no saba nada
de botnica. Sin embargo, en ese momento supo, con toda certeza, que las
hojas mismas eran las que chupaban el agua de la tierra.
  Tras media hora, esta sensacin de parentesco con la tierra lo dej tan
cansado que se tumb en la hmeda hierba y se qued dormido. So con
Misha pero ya no sinti pesar, pues le pareca obvio que no haba muerto.
Cuando despert, la percepcin segua presente. Era evidente que la muerte
era una especie de ilusin, una combinacin distinta de ciertos elementos
bsicos.
  Cuando estas experiencias dieron lugar a unos sentimientos
     (25)
ms normales, pens en su prediccin sobre el caballo robado y rebos
satisfaccin. Pens orgulloso en las palabras de Arkhip Kaledin: "Es un
chico maravilloso el que tienes... se dar a conocer". Era cierto. Lo supo
entonces con tal seguridad que por poco se le corta la respiracin. No era
egosmo, sino una humilde seguridad de que haba sido elegido para hacer
algo importante. An no tena idea de lo que sera. El futuro era como una
neblina plateada que atravesaban destellos azules. De pronto, para su
propio asombro, se sinti impulsado a caer de rodillas y juntar las manos.
La emocin le hizo un nudo a la garganta y las lgrimas le corrieron a los
lados de la nariz. Simultneamente, record algo que haba olvidado por
completo. A los cinco aos haba padecido una fiebre. En pleno delirio
repar en una mujer sentada al lado de su cama. Era hermosa, tena el
cabello rubio y vesta de azul. Cuando coloc su mano en la frente de
Grisha,  la fiebre cedi y el nio cay en un sueo pacfico. Tuvo una
sensacin de seguridad total, de que no haba nada que temer. Y ahora
volva a experimentarla: la sensacin de contar con un aliado inmenso y
poderoso.
  Camino de casa, ya entrada la tarde, crey haber tenido una revelacin.
En cierto sentido, era un "elegido". Pareca increble, l, Grisha
Efimovich Rasputn, hijo de un campesino, se enfrentaba a un destino
importante. Pero, cul podra ser? Se convertira en santo? Era una idea
atrayente. Poda imaginarse viviendo en una choza aislada en el bosque,
as como a los peregrinos de todas partes de Rusia que le iran a visitar.
Poda verse yaciendo en un atad, tal vez en la catedral de la Asuncin,
rodeado de cirios encendidos y de una multitud de adoradores con el
corazn destrozado, rezndole para que hiciera desaparecer sus pecados...
Todo eso era muy satisfactorio. Sin embargo, estas ilusiones no se deban
enteramente al egosmo infantil. Tena un autntico anhelo por
proporcionar ayuda y paz a los que sufran, por curar a los enfermos, e
incluso por resucitar a los muertos.
  Antes de llegar a casa el carcter de sus pensamientos haba cambiado.
Y si estaba destinado a convertirse
     (26)
en un gran dirigente, como Alejandro Nevski? (1) O en un gran estadista
     ------------------------
     (1) Alejandro Nevski (1220- 1263). Hijo segundo del gran duque
Jaroslav II, que, en 1239, recibi el principado de Novgorod. Al irrumpir
los trtaros en el sur de Rusia, los suecos, daneses y livonios invadieron
el norte, pero Alejandro los derrot cerca del Neva. Sucedi a su padre en
1247 y se opuso al intento de Inocencio IVde unir las Iglesias oriental y
occidental. Reverenciado en vida, fue canonizado despus de su muerte.
Pedro el Grande fund un monasterio y una orden con su nombre. (N. de la
t.)

como Pobiedonostsev? (2) (No estaba muy seguro de quin era
Pobiedonostsev, pero le haba gustado siempre el nombre.) O incluso, tal
vez, en un zar todopoderoso como Pedro el Grande? Su imaginacin estaba
enardecida y ningn sueo le pareca demasiado absurdo. Cuando lleg a la
aldea, la gente lo salud con la mano o de palabra, pues la historia del
caballo ya la haban repetido cien veces, y l respondi solemne, digno,
como corresponda a un hombre que acaba de enfrentarse a un futuro
deslumbrante.
     ------------------------
     (2) Konstantin Petrovich Pobiedonostsev. Poltico y jurisconsulto
ruso (1827-1907). Fue preceptor de los hijos del zar Alejandro III,
senador, consejero de estado y, por ltimo, procurador general del Santo
Snodo. Fue el hombre ms influyente de los reinados de Alejandro III y
Nicols II. Profundamente conservador y ortodoxo, combati enrgicamente
las ideas liberales de su tiempo. Dej notables obras jurdicas. (N. de la
t.)

  A media tarde, su madre subi a su habitacin para llevarle un tentempi
de pescado salado y pepinillos en vinagre, una costumbre que estableci
cuando estuvo enfermo. Se sorprendi al encontrarlo leyendo. Grisha haba
cogido todos los libros del lado que Misha ocupara en el cuarto y los
haba colocado en la mesa junto a su cama. Era una coleccin bastante
variada: <La vida del arcipreste Avvakum escrita por el propio
arcipreste>; dos volmenes descabalados de la <Historia de Rusia> de
Karamzin; una traduccin de una novela de Sir Walter Scott; un ejemplar
llamado <Miscelnea familiar>; y un <Nuevo Testamento> que el padre Pavel
haba regalado a Misha por haber aprendido de memoria dos salmos. Su hijo
haba decidido que un futuro estadista o general deba saber leer y
escribir al menos tan bien como un prroco de aldea.
     (27)
  Cuando Ana Egorovna le explic a su esposo que Grisha estaba leyendo <La
vida del arcipreste Avvakum>, Efim se sinti complacido. Se consideraba un
hombre religioso y a menudo lea pasajes de la Biblia a su familia en las
noches de invierno. De haber conocido las ideas que surgan en la mente de
su hijo al descubrir la vida del arcipreste, habra estado menos
encantado. En la segunda pgina, Grisha haba encontrado un pasaje que
ley y volvi a leer, fascinado:
  "Cuando yo era prroco, una joven vino a confesarse conmigo, agobiada
por sus muchos pecados, pues haba fornicado y cometido todo tipo de
pecados contra la pureza y empez a contrmelos en gran detalle,
sollozando en la iglesia ante los Sagrados Evangelios. Pero yo, tres veces
maldito mdico, enferm tambin y arda en un fuego lascivo; fue una hora
amarga para m. Encend tres cirios, los fij sobre el atril y puse mi
mano derecha sobre la llama y la mantuve all hasta que la lujuria se
extingui."
  Grisha se impresion ante la capacidad del prroco para aguantar el
dolor; pero le pareci absurdo que se sintiera tan decado por arder en un
fuego lascivo. Sera algo tan importante? De haber pecado, seguramente
Dios lo perdonara, no?
  Este episodio no fue lo nico de <La vida del arcipreste Avvakum> que
excit la imaginacin de Grisha. El libro es tambin una historia de
aventuras. Avvakum viaj mucho y corri graves peligros: en el ro
Tunguska, en Siberia, su barcaza casi se hundi y su mujer tuvo que sacar
a sus nios del agua. Y, tras muchas tribulaciones, Avvakum fue a Mosc "y
el zar me recibi con alegra, como si yo fuese un ngel de Dios". Sin
embargo, por negarse a abjurar su fe, en la antigua forma de culto, lo
arrojaron en una prisin y finalmente lo quemaron en la hoguera. Grisha se
conmovi profundamente. Anhelaba visitar esos distantes sitios, ver las
iglesias de Mosc, las montaas Altai y la vasta extensin del lago
Baikal.
  Cuando sus ojos se cansaron de leer, los cerr y pens nuevamente en la
joven <agobiada por sus muchos pecados>. En el centro de Pokrovsko, cerca
de la iglesia, viva una atractiva viuda llamada Daria Petrovna
     (28)
Grishkin, que Grisha admiraba por sus magnficos ojos y su blanca piel.
Ahora la imagin arrodillada frente a l, la cabeza gacha y confesando sus
pecados, mientras l permaneca sentado, con una mano descansando
ligeramente sobre el hombro de la mujer. Como todos los nios criados en
una granja, Grisha saba todo lo que haba que saber sobre el acto de la
reproduccin, por lo que no tuvo ninguna dificultad en imaginar los
detalles ms sensacionalistas de su confesin. Pero, a diferencia del
piadoso Avvakum, el arcipreste Rasputn no se avergonzaba de su excitacin
al orla hablar de sus pecados contra la pureza. Y, cuando ella acab, l
se puso de pie, la levant con gentileza y llev la arrepentida cabeza de
la viuda a su pecho mientras la absolva de sus pecados. La fantasa
terminaba ah. Pero le pareci tan dulce, que volvi a empezar desde el
principio, aadindole ms detalles. Cuando su padre entr a la
habitacin, la vela casi se haba apagado; Grisha dorma, con una
expresin tan serena como la de un beb y <La vida del arcipreste Avvakum>
abierta todava sobre el pecho.
  Las ambiciones de la vida se forman a menudo con una nica impresin
fuerte de la niez. La bsqueda de santidad y romance de Grgori Rasputn
empez ese atardecer de junio 1883.
  Cuando despert a la maana siguiente, Grisha experiment una sensacin
que tendra a intervalos durante el resto de la vida. Los acontecimientos
del da anterior le haban llenado de una honda gratitud y una sensacin
de pureza e inocencia. Su alma rebosaba amabilidad e incluso se compadeci
de Gvosdev, de cuya ruina haba sido un instrumento. (Cuando a un hombre
lo atrapaban robando caballos, se converta en paria.) Al mismo tiempo,
una basta y burbujeante vitalidad haca que la idea de la santidad
pareciera un tanto cmica. El pensar en la viuda Grishkin arrodillada
frente a l le daba todava una alegra ertica. Las dos sensaciones no
eran realmente contrapuestas. Existan una junto a la otra. Por alguna
razn, a Grisha le costaba creer que Dios desaprobara la belleza de las
mujeres y el efecto que sta causaba en los hombres.
     ------------------------------------------------
     (29)




 II
     ------------------------------------------------


     Ahora que Mijal haba muerto, Efim Rasputn esperaba que Grisha se
encargara un da de la granja. ste estaba secretamente resuelto a no
hacerlo, al menos no en muchsimo tiempo. Al leer y releer la vida de
Avvakum y luego <El Talismn> de sir Walter Scott, se le llen la cabeza
de visiones de horizontes lejanos y gente extraa. Un da, su madre lo
envi a casa del padre Pavel con una cesta de fruta. Grisha la subi al
estudio, donde el padre se encontraba escribiendo el sermn. En la pared
se hallaba un enorme mapa de Rusia, con el escudo de los Romanov arriba.
El padre Pavel lo hizo esperar mientras iba a buscar una botella de licor
de frambuesas, y Grisha estudi el mapa con intensa fascinacin. Ah
estaban Tobolsk, donde Avvakum fue prroco, y el gran ro Tunguska, donde
casi se ahog; ah estaban los Urales, y ms all, pero al parecer
bastante cerca, la ciudad de Mosc. Cuando el prroco regres, Grisha se
apart renuente del mapa y camino de casa so con sitios lejanos.
  Las relaciones entre padre e hijo se deterioraron. Cuando Grisha se
convirti en un fuerte adolescente, se esperaba de l que trabajara en la
granja, que recogiera patatas, ordeara las vacas, limpiara los establos y
segara el trigo. Si tena ganas de hacerlo, poda trabajar muy bien; pero
le aburra desherbar y reparar cercas y dejaba generalmente la tarea a
medias. Cada vez que se le presentaba la oportunidad de hacerlo,
desapareca en el bosque o en la estepa y se tumbaba boca arriba mirando
fijamente el cielo, tratando de inducir nuevamente
     (30)
un estado de profunda serenidad. Le llegaba en destellos y luego sus
pensamientos se volvan de nuevo corrientes. Su padre estaba disgustado
con l; l tambin estaba disgustado consigo mismo. Sin embargo, no
pareca que pudiese hacer nada al respecto.
  Un domingo, aburrido y con ganas de rebelarse, acompa a sus padres a
la iglesia. El templo, con su cpula en forma de cebolla, se encontraba
sobre una loma en el centro de la aldea. Durante las clidas tardes de
verano, como sta, las puertas quedaban abiertas de par en par. Grisha se
sent en un lugar desde el cual vea la distante <urman> por encima de los
tejados de la aldea. El padre Pavel no era un buen predicador y su sermn
aquella tarde resultaba inusualmente aburrido. Pero algo que ley en voz
alta captur la atencin de Grisha: "Tampoco dirn he aqu! o he all!,
pues mirad, el reino de Dios est en vuestro interior".
  Haba odo la frase muchas veces, pero nunca signific nada. Ahora, al
recordar su experiencia a orillas del ro, la comprendi de pronto. <Eso>
era lo que percibi en su interior, el reino de Dios. La idea lo asombr.
Cuando termin el oficio sinti la necesidad de estar a solas. Mientras
sus padres regresaban a casa para la cena dominical, l camin por la
orilla del ro hasta llegar al lugar donde haba experimentado su primera
revelacin. Nuevamente trat de apaciguarse y lograr un estado de paz y
tranquilidad. Lo que le excitaba era la posibilidad de que el reino de
Dios estuviese ms cerca de lo que haba pensado. Su respiracin se
suaviz; le pareci que de pronto controlaba sus pensamientos; stos ya no
le arrastraban hacia el mundo exterior. En su interior se expandieron la
alegra y el bienestar. Nuevamente experiment la sensacin de poder ver
la naturaleza desde dentro, de sentir la tierra viva bajo su cuerpo.
  Pero esto no era todava el reino de Dios. Se esforz an ms, y sus
sentidos le obedecieron, permitindole hundirse ms y ms profundamente en
su interior. En ese momento, experiment una sensacin extraamente
agradable en la base de su espina dorsal. Empez a extenderse hacia
arriba, hasta penetrar en su cabeza, convirtindose en un punto de luz
dorada. Tan absorto que
     (31)
casi dej de respirar, la observ expandirse, llenndole de una
indescriptible dulzura. Resplandeci an ms y de pronto se encontr
pensando en cun extrao era que se hallara ah, sentado, a punto de
entrar en el reino de Dios. La idea bast para destruir su concentracin.
La luz dorada se desvaneci y se encontr sentado bajo un alerce, a la luz
del atardecer y a orillas del Tura. Se sinti inmensamente desolado. Se
arrodill y rez, tratando de inducir otra vez la visin. Pero sta ya
haba desaparecido. Regres a casa, lenta y tristemente.
  Su madre fue la nica persona a quien trat de describir la experiencia.
Su reaccin fue de indignacin:
  --Slo los grandes santos ven a Dios. Sers castigado por pecar de
orgullo.
  Y le orden que no hablara de ello con nadie ms.
  La acusacin de orgullo era injusta. La experiencia lo llen de ira y de
humillacin. Tena la impresin de que, al permitir que sus pensamientos
se dispersaran, haba insultado intencionadamente a la fuerza que haba
entrado en l. Sin embargo, a la maana siguiente, al despertar, la
afliccin haba desaparecido. Ahora senta slo una alegra llena de
seguridad al saber que el reino de Dios se hallaba tan cerca.
  De hecho, esta concentracin en sus ideas religiosas tuvo como resultado
hacerlo ms trabajador; trabajaba automticamente, absorto en sus
pensamientos. Se llevaba mejor con su padre. Se dio cuenta tambin de que
las chicas de la aldea sentan curiosidad por l. A los diecisis aos era
alto y una sombra de bigote empezaba a aparecer en su labio superior. Mas,
pese a que sonrea amablemente a los que le hablaban, pareca dueo de s
mismo, absorto en sus pensamientos.
  Una clida tarde de julio, fue con su padre al prado junto al ro donde
se baaba la gente. La mitad de los habitantes de la aldea se encontraban
ya all, tumbados alrededor de una poza. Los que haban estado en el agua
se hallaban desnudos, secndose al sol. Las gentes de Pokrovsko eran
pudibundas; sin embargo, generaciones de aldeanos se haban baado
desnudos y secado al aire, as como en pleno invierno compartan el bao
de vapor del pueblo y salan desnudos a revolcarse en la nieve. En el
agua, dos chicas empezaron a salpicarlo y l las
     (32)
hizo gritar al zambullirse y tratar de asirlas por los tobillos. Ms
tarde, cuando sali, las dos chicas se acostaron a poca distancia de l,
con la cabeza bastante cerca a la suya. Las conoca bien. Eran hermanas,
Aksinia y Katia Gomozov, hijas de un campesino que tena cierta habilidad
en ciruga veterinaria. Durante el invierno, Grisha les haba ayudado en
el parto de una vaca. Katia, la ms joven, lo interrog acerca de su
reputada <clarividencia>. La conversacin era seria y correcta, sin
coqueteo disimulado. Se miraban cuidadosamente a la cara, sin dejar vagar
la mirada. El mirarse fijamente sera considerado como una violacin
abierta de la decencia. Grisha les explic que tena a veces destellos de
intuicin sobre acontecimientos futuros, pero que no los tena a voluntad.
Puesto que estaban uno frente a las otras, con los cuerpos estirndose en
direccin opuesta, le fue difcil evitar darse cuenta de que ambas
hermanas posean buena figura y un atractivo trasero. Katia se puso boca
arriba y sigui hablando; haba hierbas pegadas a sus hmedos pechos.
Ahora que ella no poda verle la cara, nada impeda que la contemplara a
gusto. Inevitablemente, empez a sentirse fsicamente excitado.
  Dos chicos se encontraban sentados al borde de la poza, observndolas
conversar. Seriozha Glatkin era un muchacho de buena figura, de nariz
chata y respingona, hijo nico y mimado por sus padres. Se levant, camin
y, al pasar junto a Grisha, le dio un golpecito con su toalla, dicindole:
  --Levntate ya, bizco, -un juego de palabras con el nombre de Rasputn
que significa cruce de caminos-, y ven a mojarte.
  La toalla escoci como un ltigo, pero la presencia de su padre, tumbado
a unos metros de ah, oblig a Grisha a controlarse. Contest con una
evasiva y Seriozha se alej con una sonrisa maliciosa.
  Cuando regresaba a casa, aproximadamente una hora ms tarde, Grisha tom
un atajo por un pastizal que se utilizaba como campo de juego. Un grupo de
chicos jugaba con canicas de arcilla. Seriozha se puso de pie y le grit
burln:
  --Todava tienes ganas de jugar?
     (33)
  Avergonzado, pero con deseos de ser conciliador, Grisha respondi:
  --Si quieres.
  Ahora que Efim Rasputn no se encontraba cerca, Glatkin poda demostrar
abiertamente su hostilidad.
  --Realmente crees que alguien querr jugar contigo, niito de mam?
  Le dio la espalda y con un puntapi le llen de polvo el pantaln.
Grisha se indign.
  --Eso fue estpido.
  Esto era lo que Seriozha esperaba.
  --Ah, s? Es estpido?
  Se adelant amenazador e hizo repentinamente ademn de golpear a Grisha
en el rostro. Los reflejos de ste eran excelentes; alz el brazo y desvi
el golpe. Seriozha se abalanz, repartiendo golpes a diestro y siniestro.
Grisha dio un paso hacia un lado y le golpe con la fuerza que le
proporcionaba la ira. El golpe agarr a Seriozha en un lado del mentn, y
se cay con estrpito. Alz la mirada, con aire atontado. Otros tres
chicos, que haban abrigado cierta antipata por Rasputn, se abalanzaron
tambin sobre l. La delgadez de Grisha no daba ninguna indicacin del
poder de sus msculos, herencia de su padre. Una extraa calma interior le
permiti igualmente golpear con ms decisin y precisin que las de sus
oponentes. Cuando hubo derribado a otro y hecho sangrar la nariz de un
tercero, los chicos huyeron. Seriozha se incorpor sin dar muestras de
querer seguir con la pelea. Nadie trat de detener a Grisha cuando ste
prosigui su camino a casa.
  Tres das despus de la batalla, Grisha regresaba del campo de nabos,
con una azadn al hombro, cuando se encontr con Katia Gomozov, que
llevaba un potro. El animal cojeaba. Ella le explic que haba estado
cabalgando y que el caballo tropez con algo. Grisha coloc suavemente la
mano en el cuello del animal y le levant la pata trasera; mientras
tranquilizaba al inquieto potro, le sac un fragmento de piedra de la
pezua.
  --Ya est. Ahora podrs montarlo.
  Grisha estaba a punto de proseguir su camino cuando Katia le pregunt:
     (34)
  --Quiero preguntarte algo... Tuviste una pelea con Sergei Glatkin. Fue
por m?
  Grisha se sorprendi.
  --Y por qu habra de serlo?
  --Porque est siempre coqueteando conmigo. Le molest que te hablara.
  Esto trajo a Grisha el recuerdo de la poza y del cuerpo desnudo de la
chica. Puesto que ambos estaban ahora completamente vestidos y ella no
poda leerle la mente, nada le impeda pensar en ello. El resultado fue
una oleada de deseo que lo sorprendi. Pero lo que ms le sorprendi fue
el cambio de expresin de Katia. Al mirarla a los ojos, con cierta
agresin masculina, los de ella se suavizaron y mostraron cierto temor. l
sigui mirndola fijamente, saboreando esta nueva sensacin, intoxicado
por la rendicin que vio en sus ojos. Se sinti poderoso, peligroso, y
ella le pareci desamparada. Sin poder resistirse, se inclin hasta que su
rostro se encontr a dos centmetros del de ella; luego, cuando ella no
intent desviar la cabeza, la bes. La rode con los brazos, una mano en
su cintura y la otra presionndole las nalgas a travs de la delgada falda
veraniega. Tras un momento, ella se separ; por lo visto, necesitaba
resistirse aunque slo fuera simblicamente, pero no trat de zafarse del
abrazo. De pronto, avergonzado, Grisha se dio cuenta de que no saba qu
hacer a continuacin. Poda besarla con habilidad, pero la mecnica misma
de las relaciones sexuales era todava un misterio para l. Su instinto le
fall. La solt y dijo:
  --Lo siento.
  No era cierto, pero le hizo sentirse menos torpe.
  --No me molesta.
  Pero Grisha resisti firmemente la tentacin de volver a besarla.
Regresaron caminando a casa juntos, tratando de conversar
despreocupadamente acerca de caballos.
  Una vez a solas en su habitacin, Grisha volvi a pensar en ello y
sinti un deseo abrumador al recordar la expresin de los ojos de Katia.
Para entonces, ya se haba dado cuenta de que ella se lo contara a su
hermana, que, a su vez, se lo contara a otras chicas. Y Katia esperara
que l la sacara a pasear. Pero no tena
     (35)
ganas de renunciar a su soledad y pasar las veladas con la chica. Le
asombr que su cuerpo pudiese experimentar tan profunda necesidad cuando
su mente no deseaba en absoluto conocerla mejor. Como resultado, la evit
cuidadosamente el resto del verano.

  Los campesinos de Pokrovsko vendan su trigo al molino local,
administrado por el padre de Seriozha Glatkin, que, a su vez, se lo volva
a vender ya convertido en harina. En agosto de 1877, la cosecha de Efim
Rasputn fue tan buena que tuvo un excedente de trigo y cebada. Tendra
que llevarlo al molino o a la feria de ganado de Tiumen, a ciento veinte
verstas de distancia. Efim Rasputn tena que supervisar la granja y
decidi enviar a Grisha al mercado.
  Grisha se puso en camino antes del amanecer de una maana de principios
de Septiembre, llevndose a <Ivn>, el semental gris, su caballo preferido.
Los muelles del carro eran buenos y Grisha haba acolchado el asiento con
pieles. A lo largo de las primeras quince verstas del camino, la tierra a
ambos lados se hallaba cultivada, si bien las pocas granjas que pas se
encontraban en mal estado, y las cercas, a menudo rotas. El ruso no es, o
al menos no lo era en el decenio de 1880, granjero particularmente apto,
por ser naturalmente perezoso y ms cazador que labrador. El hecho de que
tantos campesinos viviesen en la aldea y no en sus campos determinaba que
la mayora de los rendimientos fuesen bajos.
  Era una maana tranquila y soleada, hmeda y silenciosa, salvo por el
canto de los pjaros. El cielo, azul y claro, prometa un hermoso da. La
hierba y los rastrojos de trigo estaban empapados de un pesado roco. En
el puente de madera sobre el ro, Grisha detuvo el carro y contempl las
pacficas aguas, bajas tras el clido verano, y las sombras de los peces.
Lo embarg una profunda satisfaccin. Cuando <Ivn> resopl, impaciente,
le permiti proseguir amblando. El camino era malo, lleno de baches, por
lo que era necesario ir con lentitud.
  Tras unos cuantos kilmetros ms, Grisha lleg a una parte del camino
que nunca antes haba visto; en
     (36)
todos los aos que llevaba viviendo en  Pokrovsko,  nunca haba salido
ms all de unos kilmetros de la aldea. Ahora, repentinamente, la Siberia
occidental se extenda a su alrededor, sus amplias llanuras, sus bajas
colinas onduladas, sus inmensos bosques. La experiencia lo deslumbr. No
esperaba que el mundo ms all de Pokrovsko fuese tan imponente, tan
hermoso. Para los viajeros ms experimentados, el paisaje de Siberia es
montono. Para Rasputn era algo tan frtil y asombroso que se le llenaron
los ojos de lgrimas. Deseaba rezar, pero no saba realmente por qu,
salvo para agradecer a Dios por crear un mundo tan enorme y variado.
Durante horas, condujo en una especie de trance, demasiado hechizado para
tener hambre. El aire pareca acariciarlo amorosamente y su cuerpo
hormigueaba con una especie de corriente elctrica. Ocasionalmente, se
cruzaba con otros campesinos, la mayora con harapos en los pies en vez de
botas; en esos tiempos, esto era comn en Rusia y no indicaba
necesariamente una pobreza extrema.
  Pese al paso lento, hizo buen tiempo, debido a la firmeza del carro y a
sus excelentes muelles. A media tarde haba llegado a Borki, una aldea a
medio camino entre Pokrovsko y Tiumen, y se detuvo all para comer. En un
cuidado edificio pintado de blanco a las afueras de la aldea, se sent a
una gran mesa, tan larga que poda acomodar a veinte comensales, y comi
una tpica comida rusa de sardinas con cebollas y tomates, picadillo de
cordero caliente con bolitas de masa picante, pan negro rancio, t de
limn y una enorme rebanada de meln. En otra mesa, adornada con plantas
en macetones, haba diversas botellas de vino, cuyas etiquetas llevaban
marcado el precio. En casa de los Rasputn casi nunca se beba vino. Su
padre prefera acompaar al queso y el pescado salado con vodka. Ahora se
extra al ver que el vino era tan barato, que no pasaba de diez copecs la
botella. Vacilante, casi contando que se lo negara, pregunt a la
propietaria si poda comprar una botella. Sin titubear, ella coloc una
frente a l, junto con un vaso mojado.  Grisha  lo prob y le pareci
dulce; ola a una fruta que no pudo reconocer. Tras dos vasos, se apoder
de l una inmensa alegra. Se recost
     (37)
en la silla como un seor trtaro, examin la taberna como si le
perteneciese y golpe la mesa, exigiendo una ltima racin de crema agria
y pepino.
  La chica que le sirvi era joven y rolliza. Grisha, ya perdida toda
timidez, le pregunt dnde haba estado hasta entonces. Ella respondi que
en el patio trasero dando de comer a las aves. Cuando l continu
hacindole preguntas, la camarera se sent sin que l se lo pidiera y
sigui conversando. No era bonita, pero posea unos lindos ojos castaos
de expresin suave y sus dientes sobresalan, lo que proporcionaba un
enorme encanto a su sonrisa. Grisha le explic que su padre era el jefe de
Pokrovsko y logr dar la impresin de que su existencia era casi la de un
caballero. La joven rechaz el ofrecimiento de un vaso de vino, pero tom
t.
  Finalmente, mirando el sol de afuera, Grisha se dio cuenta de que era
hora de partir. Pregunt si poda pagar y ella fue a pedirle la cuenta a
su madre. Eran ochenta y cinco copecs. Grisha le dio un rublo y le dijo
que guardara el cambio; la joven se sonroj, pero sus ojos destellaron.
Grisha tap la botella de vino, todava medio llena, y se la meti en el
bolsillo. Arrugando la nariz, como sola hacer su padre cuando estaba de
humor jocoso, inquiri:
  --Qu te parece si me das un beso?
  La camarera mir por encima del hombro hacia una cortina de cuentas que
tapaba la entrada a la cocina; el ruido de una cacerola le hizo decidir
que estaba a salvo, y le dio un beso en la comisura de los labios. Grisha
la cogi por la cintura. Ella neg resueltamente con la cabeza.
  --No!
  Grisha contempl los labios rojos y dese urgentemente besarlos. Clav
la mirada en sus ojos, agarrndole firmemente las manos en una de las
suyas. La expresin de la camarera se suaviz; era la misma expresin
extraamente desamparada que haba visto en los ojos de Katia Gomozov. La
chica no intent mover la cabeza cuando l apret, hambriento, los labios
contra los de ella. Cerr los ojos y Grisha sinti su pecho redondo contra
el propio y el fuerte latido de su corazn. El deseo lo recorri, pero era
evidentemente imposible
     (38)
hacer algo en ese momento. El ruido producido por una cacerola al caer los
oblig a separarse. El rostro de la chica se hallaba sonrojado; un mechn
se le haba soltado del lazo y pegado a la mejilla.
  --Hasta la prxima, -le dijo  Grisha.
  La joven corri detrs de l hasta llegar a la puerta.
  --Regresars?
  l asinti con la cabeza.
  --Regresar.
  Al azuzar a <Ivn> y conducir por la calle principal de Borki, menos
prspera, por cierto, que la de  Pokrovsko,  se sinti muy satisfecho y
presa de una inmensa exaltacin. Besar a la chica se le haba dado
naturalmente. Sin embargo, era slo la segunda chica que besaba en la
vida, aparte de sus jvenes primas. Coquetear le vena tan naturalmente
como el nadar a un pez.
  Esa noche durmi bajo las estrellas, envuelto en una manta y una piel de
oso, mientras <Ivn> pastaba en un campo cercano. Mirando el arco
aterciopelado con sus estrellas azules y amarillas, se dijo firmemente que
no se quedara a vivir en Pokrovsko. Viajara por el mundo hasta haber
visto cada distante rincn. Su idea de la geografa era casi inexistente.
Slo saba que una infinita variedad de hombres y lugares se extenda a su
alrededor, y quera ver todos y cada uno de ellos.
  El da siguiente fue una especie de anticlmax; tras la exaltacin del
da anterior, su nimo haba decado. El cielo se hallaba cubierto de
nubes. Lleg a Tiumen poco despus del medioda y le pareci grande y un
tanto intimidante, con sus calles atestadas, sus aceras de madera
(Pokrovsko no tena nada por el estilo), sus numerosas iglesias y
tabernas. Pregunt por la feria y le dijeron que haba tenido lugar el da
anterior. Bastante deprimido, pregunt por el molino de harina y le
indicaron un lugar que se encontraba entre campos grises y polvorientos,
en el extremo de la ciudad. Haba otro campesino delante de l, que
llevaba una carga de cebada; Grisha le pregunt cul era el precio del
trigo y le sorprendi que fuese mucho mayor que en Pokrovsko (donde el
molinero tena el monopolio). Vendi su carga sin dificultad y, con el
bolsillo lleno de rublos, se fue a buscar una posada para pasar la noche.
Despus
     (39)
de asegurarse de que hubiesen instalado a <Ivn> en el establo, pase por
la ciudad, maravillado por las tiendas que vea, las iglesias, y, sobre
todo, las mujeres vestidas con elegancia. Nunca antes haba visto tantas
mujeres atractivas.
  Delante de una tienda cuyo letrero rezaba "Modistka", se detuvo para
oler el delicioso aroma que sala flotando por la puerta. Mientras se
encontraba ah, sali una mujer, una chica de mejillas sonrosadas, de poco
ms de veinte aos. Llevaba un vestido de seda morada y una toca le
apretaba los rizos contra las mejillas. Grisha se enamor
instantneamente, en unos cuantos segundos. La mujer subi a un <droshky>
tirado por un elegante caballo castao, un pura sangre, comparado con el
cual <Ivn> pareca un campesino. Orden a su doncella, sentada a su lado,
que prosiguiera su camino.
  Grisha permaneci inmvil, mirando fijamente, hasta que desaparecieron
al doblar la esquina. Entonces, con el corazn oprimido, sigui caminando.
Llevaba toda la maana pensando en la chica de la taberna de Borki, pero
ahora ya no despertaba su inters. Lo que lo entristeca era pensar que
nunca podra esperar poseer una chica como la que acababa de ver. Hubiese
dado un ao de su vida por poder besarla como haba besado a la camarera
de la taberna. La vida era injusta. Por qu estaba l, Grisha Rasputn,
condenado a una existencia de mujik? Observ a los jvenes oficiales que
caminaban con elegancia por la acera y los envidi.
  Su melancola no dur mucho. Encontr una iglesia dedicada a San Cirilo
y entr. El interior iluminado con cirios llev una paz inmediata a su
inquieto espritu. Sinti nuevamente la presencia de un aliado secreto, un
ngel guardin que tena buenas intenciones para con l. Rez con devocin
durante media hora y entonces, radiante e inspirado, sali nuevamente a la
polvorienta calle. El cielo estaba claro y el sol brillaba; pareca ser
una seal, como el arco iris que Dios envi a No.
  Esa noche, tumbado en un duro camastro de madera, en una habitacin que
comparta con tres hombres y un perro ovejero, se sinti de nuevo inundado
de felicidad, pero esta vez era de naturaleza puramente fsica. Con la
nariz bajo las mantas ola su propio sudor, el
     (40)
olor personal de su cuerpo, y le pareci tan hermoso como un perfume
excepcional. Lleno de contento debido a su vigorosa salud, se durmi
profundamente y sin soar.
  Cuando, a la maana siguiente, pag la cuenta, se fij en que los
precios en Tiumen eran mucho ms elevados que los de Pokrovsko. Caminando
por las calles, llevando a <Ivn> por la brida, observ los precios de los
varios artculos expuestos afuera de las tiendas y tom cuidadosa nota
mental para su madre. (Su memoria haba sido siempre excelente). Durante
el viaje de regreso, le deprimi la idea de que pasara otro ao antes de
que tuviese oportunidad de recorrer el mismo camino. Entonces, tuvo una
idea. Muchos de los campesinos de Pokrovsko producan en exceso, no slo
cereales, sino tambin verduras, plantas medicinales y finas hierbas,
jamn ahumado, carne de res seca, pescado salado. Por qu no hacer viajes
regulares a Tiumen con el fin de aprovechar los precios ms altos?
  Lleg a Pokrovsko antes de atardecer, pues el viaje de regreso fue ms
rpido con el carro vaco, y lo recibieron como a un general despus de
una campaa de xito. Su padre estaba obviamente encantado con el precio
que obtuvo por el trigo, aunque gru un poco cuando Grisha reconoci que
no haba intentado regatear. Su madre le hizo su budn preferido, relleno
de finas hierbas, y Grisha dio cuenta de una enorme cena. Conoca bien a
su padre, porque no mencion su idea de hacer viajes regulares a Tiumen;
pero durante la comida habl de los precios elevados y mencion que deba
haber otros aldeanos con artculos por vender. Su padre se mostr
pensativo y sali. Una hora ms tarde, regres y le pregunt a Grisha si
le gustara ir nuevamente a Tiumen al cabo de un mes. Grisha fingi pensar
en ello y entonces dijo que no le molestara, pues era un trayecto
agradable. Una vez en la cama, permaneci despierto, casi sin poder creer
que la vida se hubiese vuelto tan repentinamente interesante.
  Para el segundo viaje, a principios de octubre, llev el carromato ms
grande y necesit una yunta de dos caballos. Ya haca ms fro; en pocas
semanas llegara el invierno. Necesit todo el primer da para llegar a
     (41)
Borki y se hosped esa noche en la taberna de las afueras. El nombre de la
chica, segn se enter, era Olga. Su madre, madame Semenova, era viuda. Lo
trataron bien y le permitieron pasar la velada con ellas en la cocina.
Pero el primo de Olga se encontraba tambin presente; era un joven
campesino de mirada franca, cabello como cerdas de cepillo y tartamudo, y
era evidente que consideraba a Olga como su futura esposa. La rivalidad
despert nuevamente el inters de Grisha. Sin embargo, no hubo oportunidad
de hablar a solas con Olga. Durmi en el pajar del establo, arrullado por
la respiracin de las vacas y el olor a paja. Pero al da siguiente, justo
antes del amanecer, cuando estaba atando a <Ivn> y a <Marfa> al
carromato, la joven entr con el cubo para la ordea y no objet cuando l
la bes. Cuando Grisha se iba, ella le grit:
  --Regresa pronto.
  El viaje tuvo tanto xito como el anterior. Se oblig a regatear, vendi
los bienes a un precio superior al mnimo establecido por su padre y
regres con una ganancia satisfactoria. Efim Rasputn no era negociante
por naturaleza, pero le pareca evidente que estos viajes podran
incrementar sustanciosamente sus ingresos. La gente de Pokrovsko estaba
poco dispuesta a aventurarse ms all de la aldea, y no exista ningn
carretero. Lo nico que Efim Rasputn tena que hacer era comprarles sus
productos al precio fijado por l, -en verano, cereales y verduras y en
invierno, pieles, ropas tejidas por las mujeres y cosas similares-, y
venderlos en Tiumen, obteniendo as una ganancia del cincuenta por ciento.
  La segunda vez que Grisha se qued en Borki, el primo estaba en cama con
una pierna rota. Nuevamente, pasaron una agradable velada junto a la
cocina, durante la cual convenci a madre e hija de que bebieran un poco
del vino dulce que haba comprado.
  Antes de irse a la cama, pudo susurrarle a Olga:
  --Ven al establo cuando tu madre se haya dormido.
  La joven pareci indignarse.
  --Por quin me tomas?
  Grisha prob a ver si tena efecto una profunda mirada a los ojos, pero
ella se limit a decirle:
     (42)
  --No te servir de nada mirarme as -y le dio la espalda.
  Sin embargo, el rechinar de la puerta lo despert antes del amanecer.
Olga entr con una linterna y el cubo para la ordea. l se puso el
pantaln, baj apresuradamente y la cogi por la cintura. Ella le permiti
besarla, suspirando y relajndose en sus brazos. Grisha oa el fuerte
latir del corazn de Olga contra su pecho. Cuando l le pidi que subiera
con l al pajar, ella se neg, aduciendo que su madre podra entrar.
Grisha tuvo que besarla de pie, lo que lo frustr y, al cabo de un
momento, lo avergonz por la evidencia fsica de su deseo. Cuando la
puerta trasera se cerr de golpe, se separaron con aire culpable, y l
enganch los caballos al carro. Se march de mal humor.
  Era un da de lluvia helada y lleg empapado hasta los huesos;
afortunadamente, su madre haba puesto una muda en su equipaje. La feria
se hallaba medio vaca y tuvo que regatear durante horas para poder vender
sus productos. De regreso a la taberna donde sola hospedarse, se cambi
de ropa y fue a sentarse en la sala. Un hombre extrao, de tez
amarillenta, con un hueco en los dientes y una barba desordenada, le
convid a una copa de vodka. El hombre pareca ser bastante agradable y
amistoso, pero haba algo en l que despertaba la antipata instintiva de
Grisha. Sin embargo, puesto que eran los nicos huspedes, no haba razn
alguna para no mostrarse amable. Jan Illacowicz, que as se llamaba el
hombre, hablaba de sus viajes y sonrea ocasionalmente con ferocidad,
sonrisa que el hueco en los dientes haca an ms desagradable. Despus de
cenar, Grisha pidi permiso para retirarse y se acost temprano.
  En medio de la noche despert sobresaltado y se dio cuenta de que no se
encontraba solo en la cama. Haba estado soando con Olga y al principio
se pregunt si estaba alucinando. El cuerpo a su lado pareca estar
desnudo, y deba llevar algn tiempo all, pues estaba bastante caliente.
Entonces, asombrado, oy el susurro del polaco mellado.
  --Espero que no le moleste, pero mis mantas estn hmedas...
     (43)
  --Qu quiere?
  --Slo un poco de calor, eso es todo.
  Con la mano, el polaco acarici el muslo de Grisha. Conmocionado, ste
entendi lo que el otro deseaba. Salt fuera de la cama gritando y asi a
Illacowicz por el cabello. El dolor hizo jadear al polaco.
  --Chitn! Por favor, no grite... Ay!
  Solt alaridos de dolor mientras Grisha lo sacaba de su cama por el
cabello. Cay de golpe al suelo y permaneci tumbado, gimiendo, con las
manos alrededor de las espinillas de Grisha.
  --Me hace dao...
  Grisha, con el corazn latindole a toda velocidad, vocifer:
  --Salga de aqu, o lo matar.
  --De acuerdo. No tiene por qu ser tan brusco.
  El polaco sali corriendo de la habitacin.
  Grisha volvi a meterse en la cama y permaneci inmvil, estremecindose
por el asco y mirando fijamente el techo. Nunca se haba sentido tan
vulnerable ni tan desconcertado. Acostado, clav la mirada en la puerta,
imaginando que la vea abrirse lentamente. Finalmente, cuando la luz del
amanecer entr por la ventana, baj. Aliviado, vio que no haba seales
del polaco. Enganch a <Ivn> al carromato y se march.
  Era un da helado. Despus de una hora de camino, record que haba
dejado sus otras botas en la taberna, junto a la estufa. Entonces, a media
maana, empez a nevar. Slo le faltaba eso para que su desgracia fuese
total. El da se oscureci tanto, que pareca de noche y la nieve era tan
espesa que a duras penas vea. Se le pegaba a los hombros y sin guantes
tena las manos tan heladas que ya no senta las riendas. <Ivn> trotaba,
evidentemente tan preocupado como su conductor. De pronto, el carromato
dio un bandazo y Grisha sali disparado. El vehculo se haba volcado.
Grisha se encontr de rodillas. Durante un momento de terror, pens que
<Ivn> se haba roto una pata. Pero el caballo luch por levantarse. Casi
llorando de frustracin, Grisha logr empujar el carromato y enderezarlo.
El agua le entraba por las botas. Se dio cuenta de que ya no poda ver el
borde del camino. Nunca se haba sentido tan atemorizado y
     (44)
solo. Su muda se hallaba en el suelo, en la bolsa de piel de oveja. Se la
puso por encima de la que llevaba y prosigui su camino, llevando a <Ivn>
por la rienda.
  Una hora ms tarde, dej de nevar. Grisha se encontr en un mundo blanco
y montono; el paisaje llano se asemejaba a un mar sin fin.
Afortunadamente, poda vislumbrar el camino. No haba ni casas ni ningn
tipo de edificio a la vista. Volvi a subir al carromato y se arriesg a
azuzar a <Ivn> para que trotara nuevamente. El vehculo se bamboleaba y
se meca al pasar sobre los baches, pero  Grisha  estaba tan inquieto
que esto no le imortaba. Gradualmente, su temor se apacigu, adormecido
por la monotona del trayecto. Los saltos del carromato le llevaron
incluso un poco de vida a las heladas extremidades, si bien haca tiempo
que no senta los pies. Se puso a rezar en voz alta, y eso lo tranquiliz.
Una hora ms tarde, comenz de nuevo a nevar, y el da se iba
oscureciendo. Entonces, a cierta distancia, reconoci un grupo de rboles
familiar, por lo que supo que se encontraba a pocas verstas de Borki. Casi
llor de alivio.
  Olga y su madre se mostraron encantadas de verlo. Le hicieron quitarse
la ropa mojada, -las rodilleras del pantaln se haban helado-; se envolvi
en una manta y se sent frente a la estufa caliente, bebiendo un caldo
humeante y contndoles sus aventuras. Pero no mencion al polaco mellado;
por alguna razn, la experiencia lo avergonzaba demasiado como para hablar
de ella.
  Con el calor no tard en recuperarse del miedo y unas cuantas copas de
su vino dulce preferido le devolvieron el valor. Ahora se daba cuenta de
que probablemente haba exagerado el peligro; Borki se encontraba apenas a
cuatro horas en carro de Tiumen y el camino era bueno, aunque lleno de
baches. Ya no nevaba y vio que haba slo unos centmetros de nieve. Mas
no poda llegar a Pokrovsko ese da.
  Olga lo ayud a hacer su cama en el pajar y le dijo, con una risita:
  --Tal vez tengas que quedarte aqu todo el invierno.
  --No me molestara, -contest  Grisha  y vio cmo la chica se
sonrojaba, complacida.
  Tir de ella y la bes. Pero Olga se hallaba evidentemente
     (45)
nerviosa, preocupada por si su madre se preguntaba lo que hacan. Despus
de unos minutos, regresaron a la taberna.
  Esa noche, se qued dormido frente a la estufa, mucho antes de la hora
en que normalmente se acostaba. El primo de Olga, el campesino tartamudo,
sentado al lado de la chica, la coga de la mano. Grisha estaba demasiado
cansado para sentir celos. Los dej solos y fue al establo.
  A la maana siguiente oy el rechinar de la puerta al abrirse y el ruido
metlico del cubo para la ordea. An estaba oscuro. En el inmvil aire
siberiano, oy cada uno de los movimientos de Olga. La escalera cruji. Un
momento ms tarde, ella se encontraba a su lado.
  --Grisha, quiero hablar contigo.
  --Mtete bajo las mantas.
  --No, me sentar aqu.
  Grisha la tom de la mano, que estaba fra.
  --Vasily quiere casarse conmigo, -dijo Olga.
  --Y, t, quieres casarte con l?
  --Yo... no lo s.
  --Mtete bajo la manta.
  Esta vez ella hizo lo que l le peda y permanecieron acostados, uno al
lado del otro, cogidos de la mano.
  --Lo amas?
  --No.
  --Entonces, no te cases con l, -susurr Grisha.
  Con esto, Olga pareci feliz.
  --Si t lo dices.
  Le permiti besarla. De pronto, Grisha se dio cuenta de que la noche
anterior, a esas horas, se haba despertado y haba encontrado al polaco
mellado en la cama con l. Ahora, esta clida chica, que respiraba
suavemente, se hallaba a su lado. Entre ambos acontecimientos hubo un da
temible en el que temi morir. La vida pareca inexplicablemente extraa,
e impredecible. Una inmensa ola de felicidad lo inund, as como la
percepcin de la fascinante complejidad de la existencia humana. En ese
momento, supo que quera vivir eternamente.
  Bes el rostro de Olga y luego su cuello. La joven pareca estar en
trance; respiraba rpida pero regularmente.
     (46)
Poco a poco, fuertemente abrazados, Grisha se percat de que ella
comparta su deseo. Comparta tambin sus sentimientos. Ambos sentan que
haban entrado en un rincn de la eternidad. La vida pareca haberse
detenido. Poda leerle la mente. Saba que pensaba en su primo, y que se
alegraba de que fuera Grisha el que yaciera a su lado. Era Grisha con
quien quera casarse, Grisha la persona en quien poda confiar a tal punto
que no senta vergenza cuando sus manos le recorran el cuerpo.
  No obstante, mientras comparta con ella el encanto, desplazndose en un
clido mar de instintos, una parte de l observaba la situacin con
objetividad. Se preocupara Olga por el paso del tiempo y decidira que
deba ordear las vacas? Los interrumpira su madre? Sera cruel que los
interrumpieran ahora, cuando todo su cuerpo se senta ms vivo que nunca
antes. Entonces, de pronto, supo la respuesta a las preguntas, tan
claramente como si ella las hubiese contestado en voz alta. Ella pensaba
que no lo vera hasta la primavera siguiente y que, por tanto, era
necesario atarlo a ella de algn modo. Su nica preocupacin consista en
asegurarse de que Grisha regresara. Adems, quera algo que pudiera
recordar durante los largos meses de invierno, Grisha la empuj suavemente
por el hombro, apretndola contra el duro colchn, y la bes en los
labios. Ella permaneci quieta, como si estuviese en trance, y slo empez
a respirar ms rpidamente cuando sinti el peso del joven sobre su
cuerpo.
  Una hora ms tarde, el carromato trituraba la nieve, ahora helada y
crujiente, rompindola como si fuese hielo en una charca. La temperatura
apenas sobrepasaba los veinte grados bajo cero, pero debido a su
inmovilidad, el aire pareca menos fro. Senta el cuerpo maravillosamente
ligero, como si pudiese flotar por encima del suelo y acercarse a las
nubes. Pens enternecido en Olga y sac del bolsillo una peineta
ornamental que ella le haba dado como recuerdo. Al mismo tiempo, se daba
cuenta de la irona de la situacin. Ella le haba liberado, le haba
quitado el miedo a las grises distancias; haba estimulado su anhelo por
ver Kazn, Orienburg, Taskent, el mar de Aral y los minaretes de Bagdad.
     (47)
Pero ella no formaba parte de esa visin de libertad futura.
  Cuatro horas ms tarde, cuando <Ivn> entr con paso pesado en
Pokrovsko,  los grandes copos empezaban a caer suavemente del cielo
gris. Para cuando lleg a casa, nevaba tanto que Grisha no poda ni ver la
cabeza de <Ivn>. Sera un largo invierno.
     ------------------------------------------------
     (48)




 III
     ------------------------------------------------


     Y as fue. Estuvo atrapado en Pokrovsko y hasta el bosque era
inaccesible, debido a la gran cantidad de nieve. Al principio, so con
lugares distantes y luego estuvo demasiado aburrido y deprimido para
soar. En los inviernos anteriores se haba sentido extraamente
satisfecho, como un nio que escucha la lluvia golpear la ventana. Ahora,
se senta asfixiado. Su luz interior se atenu y acab por apagarse. No
senta nada cuando rezaba. No tena deseos de leer; las palabras le
parecan irreales. Un da de enero mont a <Ivn> y trat de llegar a
Borki. Pero antes de llegar a medio camino, ste desapareci, oculto por
la acumulacin de nieve y el ventisquero, por lo que regres a casa.
  Una tarde fra y aburrida, entreg una carga de troncos cortados a la
<kabachock> (taberna) local y acept el ofrecimiento de una copa de
<slivovitz> que le hizo el tabernero. La msica del acorden le
proporcion una repentina felicidad y, cuando alguien inici un baile
cosaco, primero de cuclillas y luego lanzando cada pierna alternativamente
a poca altura del suelo, Grisha se uni al baile y lo hizo con tanto vigor
que todos aplaudieron. Esa noche, al regresar a casa para la cena, se
hallaba ligeramente borracho, pero se senta de nuevo totalmente vivo.
  Al cabo de una semana, la taberna se haba convertido en costumbre, y el
asiento junto a la estufa era considerado como suyo. Por ser hijo del jefe
de la aldea, la gente lo respetaba. Pero dirase que tambin simpatizaba
con l por s mismo. Cuando jugaba a las damas o
     (49)
bailaba con las chicas, sus sueos de grandeza y fama le parecan un tanto
absurdos, como cuando, de pequeo, crea en el Baba Yaga. La vida entre la
gente comn y corriente era dulce. Una tarde, tras beber una botella
entera de vino georgiano, se arm de valor y relat lo ocurrido con el
polaco mellado. Todos rieron a mandbula batiente y Grisha sinti que su
vergenza desapareca. Al observar estos rostros felices, barbudos (en
esos das slo los oficiales militares y los convictos se afeitaban),
experiment un inmenso amor por la gente de su propia aldea.
  Durante la segunda semana de marzo, comenz el deshielo. La nieve se
derriti y se convirti en fango. El hielo del Turo empez a romperse. Las
cunetas se encontraban llenas de torrentes rugientes de nieve derretida, y
haba fango por todas partes, por doquier que la vista se fijara.
  Los campos se convirtieron en viscosos pantanos que chupaban las botas y
los caminos eran casi tan intransitables como cuando caa la nieve con
ventisqueras. Pero a principios de abril, la monotona de los tonos pardos
haba dado lugar al verde. La tierra ola a calor y fertilidad y los
pjaros regresaron. La alegra afect a todos. Ms que cualquier otra
nacin, la rusa recibe el regreso de la primavera como los salvajes la
luna al final de un eclipse, con alivio de que Dios haya decidido, despus
de todo, no destruir el mundo.
  Efim Rasputn ya estaba calculando el dinero que ingresara durante el
ao siguiente con las visitas regulares de su hijo a Tiumen. Quera
ampliar su establo y tener una nueva pocilga. Ana Egorovna quera un nuevo
porche trasero y un banco que rodeara el tilo. Pero cuando, en la ltima
semana de abril, el gran carromato estuvo cargado y listo para partir, la
lluvia de primavera cay torrencialmente y volvi a convertir el camino en
una brillante extensin de agua y fango. Luego, una tribu de gitanos lleg
y anunci que el camino a Tobolsk era nuevamente transitable. Grisha
acarici la idea de ir a Tobolsk en vez de Tiumen. Pero esperaba con ansia
volver a ver a Olga y Tobolsk se encontraba en direccin opuesta. Adems,
los gitanos le fascinaban. Traan consigo el aroma de la carretera y de
lugares lejanos,
     (50)
y quera conocerlos mejor. Hasta su padre estuvo de acuerdo en que unos
das de retraso no significaran una gran diferencia.
  Pero esos primeros das incluan el primero de mayo y ese da Subdina,
la diosa del destino, tena planes especiales para Grgori Rasputn.
  En Pokrovsko la maana del primero de mayo se dedicaba al oficio en la
iglesia, seguido de una procesin por la aldea con iconos y crucifijos. En
la calle se colocaban mesas con comida y bebidas y todas las puertas en la
ruta de la procesin permanecan abiertas. Existen pocos sitios donde las
celebraciones del primero de mayo sean tan alegres como en Siberia, pues
dirase que los campesions de all conservan un recuerdo racial de los
festivales paganos que celebraban la fertilidad renovada de la diosa
tierra. Ya a medioda, las calles de Pokrovsko se hallaban atestadas de
bailarines, y los <kabachoks>, de bebedores.
  Para Grisha, se era de doble celebracin. Por primera vez senta que
formaba parte de la vida que flua a su alrededor, y no algo aislado y
separado. Esa maana haba regresado a casa en la madrugada, tras pasar la
noche bebiendo en el campamento de los gitanos. Ahora, despus de dormir
unas cuantas horas, estaba totalmente despierto, y ansiando beber y bailar
ms. Sus sentidos absorban la luz del sol, los vistosos colores de los
vestidos de las mujeres, la msica de los violines gitanos.
  En la plaza, bail con Aksinia, la hija del herrero, y luego con Daria
Petrovna Grishkin, la viuda que tanto haba admirado antao (y cuya figura
se haba deteriorado por excesos de comida), ms tarde an, con Aksinia
Gomozov, la hija del veterinario. Despus, ya sin aliento, se sent
delante de la taberna a tomar un vaso de cerveza. Cuando se lo llevaba a
los labios, una chica alta y rubia dobl la esquina, con una mujer mayor,
y se qued inmvil, taconeando y observando a los que bailaban. En Rusia,
las rubias son excepcionales. Esta chica lo era tambin por ser alta y
delgada. Grisha estaba a punto de levantarse y pedirle que bailara con l,
cuando un joven se acerc y se la llev, unindose a la multitud. Grisha
se puso de pie para verla mejor. La
     (51)
joven bailaba bien, con gracia y vigor, y, con sus mejillas encendidas, le
record la rubia del vestido de seda morada que haba visto en Tiumen. Con
el recuerdo, se le cay el alma a los pies. Cuando Aksinia Gomozov lleg y
se puso a su lado, le pregunt:
  --Quin es la chica nueva?
  --Se llama Prascovia. Me he olvidado de su apellido. Se mudaron aqu el
invierno pasado.
  Cuando el baile acab, Grisha la encontr a unos metros de distancia. Se
apresur a pedirle que bailara con l.
  --De acuerdo, tan pronto como recupere el aliento...
  Lo deslumbraron sus dientes blancos y mejillas sonrosadas. Otra chica se
acerc a hablar con ella. Grisha permaneci donde estaba, contemplando su
rostro. De cerca, careca de la belleza de mueca que distingua a la
chica de Tiumen, pero posea un aspecto sano que era an ms cautivador.
Al escucharla hablar, era imposible pasar por alto el hecho de que posea
una mejor educacin que la mayora de las chicas de la aldea, y su voz era
bien modulada y agradable. Desesperado en cierto modo, Grisha se dio
cuenta de que estaba experimentando lo mismo que sinti afuera de la
<modistka> de Tiumen, y que estaba a punto de enamorarse. El recuerdo de
la chica del vestido morado lo hizo sentirse derrotado e impotente de
antemano.
  Los violines empezaron a tocar. La joven se volvi hacia l, con las
manos extendidas. De pronto, Grisha sinti un rayo de esperanza.
  Bailaban bien juntos. Grgori Rasputn haba sido siempre un buen
bailarn, pues el baile expresaba su vitalidad. Ella posea ms gracia y
con sus movimientos el vestido a cuadros de colores alegres daba vueltas
de tal modo que lo tena encantado. El cabello rubio y los dientes blancos
lo fascinaban. Pens en Katia Gomozov y en Olga Semenova, y su confianza
aument. Dirase que le gustaba a la chica. Cuando el baile acab, no puso
objecin a que la llevara a un puesto para ofrecerle un vaso de <kvass>.
  --Me llamo Grgori Efimovich Rasputn.
  --Y yo, Prascovia Fedorovna Dubrovina.
  --De dnde viene tu familia?
     (52)
  --De Ekaterinburgo.
  Nuevamente, se le fue el alma al suelo. Posea suficientes conocimientos
para saber que Ekaterinburgo era una gran ciudad, y que eso explicaba
probablemente su refinamiento. Pero volvi a rechazar la impresin de
impotencia. Evocando a Olga, la mir fijamente a los ojos.
  --Eres muy hermosa.
  Prascovia se sonroj.
  --No seas absurdo.
  Pero Grisha estaba encantado al ver que poda obligarla a sostenerle la
mirada, como haba ocurrido con Katia Gomozov. Gracias a esa extraa
certeza interior, supo que poda poseer a aquella deslumbrante chica. Y
esta vez no se sinti dividido. Deseaba tenerla, as como haba deseado a
la chica del vestido morado. Pero Prascovia Fedorovna estaba a su alcance.
  Esa noche la acompa a casa, en el otro extremo de la aldea. Su
vivienda era una de las ms grandes, ms que la granja de los Rasputn.
Pero se senta ya demasiado confiado para que esto le intimidara.
Firmemente, como si con ello quisiera pasar por alto cualquier objecin,
la llev a la oscura sombra del patio. Ella trat de volver la cara hasta
que l la cogi por la cabeza con la mano izquierda y la inmoviliz.
Entonces le permiti besarla, apretarle la delgada cintura con una mano,
mientras la otra se deslizaba de la coronilla a la nuca, agarrndola con
suavidad, cual si fuese un conejo. Senta la calidez de sus muslos a
travs del ligero vestido veraniego; su deseo aument y la apret con ms
fuerza, a la vez que se sorprenda por estar tratando a esta hermosa chica
con tan poca ceremonia. Cuando ella intent apartarse, la apret con mayor
fuerza y experiment una oleada de orgullo cuando ella se rindi. Al
soltarla, ella no intent alejarse, como si esperase su permiso para
hacerlo. Le susurr al odo:
  --Maana tengo que ir a Tobolsk. Pero regresar dentro de tres das.
Guarda la noche del jueves para m.
  Camino de casa no poda creer en su suerte. Repas mentalmente todo lo
ocurrido ese da, desde el momento en que la conoci, reviviendo su
progreso hasta ese beso final. Entonces, por primera vez, se dio cuenta de
que tena intencin de casarse con ella.
     (53)

  Grgori Rasputn se cas con Prascovia Dubrovina poco despus de cumplir
los diecinueve aos. Su novia contaba veintitrs. Pero la diferencia de
edad no significaba nada para l, pues desde  un principio fue el amo.
  Prascovia Fedorovna se fue a vivir a casa de los Rasputn. A Ana
Egorovna le gustaba, pues era una excelente ama de casa. Era sensata,
capaz y saba lo que quera; sin embargo, era tambin amable y dcil. Efim
Rasputn se senta orgulloso de ella, porque era evidentemente una "dama".
Al observar la cabeza rubia inclinada cuando ella cosa o cardaba lana,
senta a menudo envidia de la suerte de su hijo. Efim Rasputn se estaba
percatando finalmente de que su hijo era "distinto". Cuando trataba de
decidir cmo, lo nico que poda decir era que, de haber contado con una
mejor educacin, Grisha podra haber sido maestro o prroco. Pero,
obviamente, ya era demasiado tarde para ello.
  A la joven pareja, la vida con los padres de Grisha le pareca amenudo
frustrante. Estaban violentamente enamorados. Cuando l la miraba con sus
extraos y oscuros ojos, ella senta que algo en su interior se derreta,
hacindola anhelar ofrecrsele; y cada vez que l la tocaba casualmente,
el deseo lo atravesaba como una corriente elctrica. Pero el hbito de la
reticencia los obligaba a ocultar estos sentimientos, a evitar incluso
mirarse mutuamente, si eso significaba manifestarlos.
  Compensaban esta limitacin en la noche. El cuerpo de Prascovia le
proporcionaba una clase de placer que nunca hubiese imaginado poder
experimentar. Era como chupar un panal de abejas, extrayndole la dulzura
en un sorbo, y pasar a otra parte llena an de miel. Cuando ella senta el
cuerpo musculoso de l aplastndola, se hunda en una especie de
oscuridad. En esos momentos, habra estado de acuerdo, sin vacilacin, si
l le hubiese dicho que quera matarla. Ninguno poda creer enteramente
que Dios los haba elegido para tan exttica satisfaccin.
  Una noche, despus de hacer el amor, Grisha yaca al lado de su esposa,
con un sentimiento de paz profunda. Algo que cruja en la casa lo volvi a
la realidad,
     (54)
y permaneci as, en estado de honda satisfaccin. Entonces, por primera
vez en aos, lo record: <El reino de Dios est dentro de m>. Esta vez no
hizo ningn esfuerzo, el solo hecho de saberlo le bastaba. Sin embargo, le
pareci extrao e interesante. El reino de Dios estaba aqu, en su
interior, por lo que su mundo interior era <ms importante> que el mundo
exterior. Y en el momento en que lo pens, se percat de que era verdad.
Exista en su interior un mundo, una especie de mundo subterrneo, cual un
enorme sistema de cuevas. Se asombr al comprender esto. Se sinti como
Aladino alzando una losa de piedra y ver una escalera que descenda al
reino de un mago. Mas, en otro sentido, lo saba desde su niez. Cada vez
que haba experimentado esta quietud interior, cuando el corazn lata con
tanta suavidad que apenas poda sentirlo, se haba alejado del mundo
fsico habitado por los adultos, para adentrarse en este inmenso sistema
subterrneo. Era una idea que lo dejaba perplejo. Significaba que los
seres humanos estn muy equivocados en su percepcin del mundo que creen
habitar. Ven la verdad a medias. Y hasta que no se dan cuenta del reino
interior, permanecen medio ciegos y medio sordos...
  Ya totalmente despierto, permaneci tumbado, con la mirada fija en la
oscuridad y el corazn latindole con fuerza. Si slo pudiese lograr que
la gente entendiera esta idea, el mundo se transformara. Su madre, por
ejemplo, uno de los feligreses ms fieles del padre Pavel, una buena mujer
que nunca haba hecho mal a nadie... podra darse cuenta de que su bondad
era bastante ftil? A Dios no le interesaba la bondad por s misma. Lo que
quera era que los seres humanos <fuesen como l...> "Sed perfectos como
vuestro Padre en el cielo es perfecto..." Era una idea inquietante, pero
se enfrent valerosamente a ella. Seguramente significaba que a su madre
le habra ido mejor de haber sido una Mara Magdalena arrepentida, o no?
Cmo poda salvarla su bondad diaria, moderada?
  Prascovia despert y se dio cuenta del fuerte latido del corazn de
Grisha.
  --Te encuentras bien? Tienes calor?
  Su preocupacin emocion a Grisha. Era maravilloso
     (55)
que otro ser humano lo amara. El amor haca tambin que los seres humanos
fuesen como dioses. Le acarici la frente, y luego pas los dedos por sus
labios. Una corriente elctrica lo atraves y le hizo contener el aliento.
Dos seres humanos entraban en el elemento del amor, como si entraran en un
bao por extremos opuestos. Pero esta vez tanto su mente como su cuerpo se
estremecieron excitados.

  En octubre del ao siguiente. Prascovia tuvo su primer hijo. Lo llamaron
Mijal, en honor al hermano muerto de Grisha. La primera vez que lo tuvo
en sus brazos, Grisha advirti la vida en el diminuto cuerpo, as como, de
nio, haba percibido la vida de peces y pjaros. Le gustaba abrazarlo
cuando Prascovia acababa de baarlo, sentado con la camisa abierta hasta
la cintura y sintiendo el suave y clido cuerpo contra el pecho desnudo.
Sola acariciar la cabecita calva, apretando la suave mejilla contra la
propia, y rindose si el beb babeaba y le mojaba la cara. Su amor
consista en una extraa mezcla de dolor y de placer.
  Una noche, un ruido lo despert. Abri los ojos, y de pronto estuvo
totalmente despierto. Lo que lo haba despertado eran los sollozos de
Prascovia. Se incorpor, con el corazn latindole violentamente.
  --Qu ocurre?
  Busc los fsforos en la oscuridad.
  --Por Dios! Qu ocurre?
  El temor en su corazn le dio la respuesta.
  Cuando el fsforo ilumin la habitacin, vio a su mujer, sentada en el
suelo junto a la cuna, acunando al beb en sus brazos, mecindose hacia
atrs y hacia adelante, acongojada, desolada.
  --Est muerto.
  Presuroso, Grisha atraves la habitacin y le quit el beb. Pero ella
tena razn. El cuerpo ya estaba fro.
  La levant con gentileza.
  --Regresa a la cama.
  La convenci de que lo hiciera y ella permaneci sentada en el lecho,
aferrada al nio, acunndolo contra el pecho.
     (56)
  --No lo entiendo. No era ms que un resfriado, un ligero resfriado
-deca Prascovia.
  Pero Grisha no tena fuerza para contestarle.
  "No deb llamarlo Mijal", pens.
  Era tan grande su dolor que quera hacer algo, llorar o correr por las
calles de Pokrovsko. En vez de ello, permaneci inmvil, petrificado por
el sufrimiento, reviviendo la impotente angustia que experiment tras la
muerte de Mijal.
  El da siguiente fue fro y gris. Grisha fue a la iglesia a fin de hacer
arreglos para el entierro; la sola idea de enterrar a su hijo le retorca
las entraas y quera gemir. Cuando regres, fue a la habitacin que
comparta con su mujer, encendi la lmpara de aceite frente al icono de
la Virgen, se arrodill y rez. Lentamente, el dolor se fue atenuando.
Dios no lo haba abandonado. Sin embargo, tena la impresin de que la
muerte de su hijo era una especie de castigo. Se levant pesadamente a fin
de bajar a consolar a su mujer.  Grisha  tena apenas veinte aos pero,
al mirarse en el espejo, vio a un anciano.
  Lleg el verano. Prascovia estaba nuevamente embarazada. Grisha se haba
recuperado de la conmocin, pero la sensacin de haber pecado segua
atenazndole el corazn. Pasaba horas arrodillado frente al icono de la
Virgen de Kazn y las oraciones lo reconfortaban, si bien no le
proporcionaban mayor inspiracin. Segua yendo una vez al mes a los
pueblos vecinos en el carromato, tanto a Tobolsk como a Tiumen, a veces
incluso ro abajo, por barcaza, a Kurgan. Su negocio prosperaba. Con la
ayuda de su padre y del carpintero de la aldea, Grisha empez a construir
una casa en el terreno de la granja. El largo y duro trabajo mitig
gradualmente el dolor; tambin lo hizo el nacimiento de otro hijo, a quien
llamaron Dmitri. El nio era muy plcido y nunca lloraba. Debido a su
carcter tranquilo tardaron mucho en darse cuenta de que el destino los
haba visitado con una segunda tragedia, pues Dmitri era retrasado mental.
     ------------------------------------------------
     ------------------------------------------------
