Fue el 17 de setiembre de 1977 que Nago se abrió paso a la Cortina de Hierro, cuando el frío empieza a enchilar los cuerpos en aquella zona del planeta, y la gente se pone grifa; la piel se hace de gallina, el rostro se siente de lija, y los vellos se preparan a tapar el frío proveniente del norte: de la tundra.
El avión de la empresa estatal Soviética AEROFLOT, se alistaba a aterrizar.
– Nos acercamos a Moscú – dijo uno de los estudiantes –, vean esos edificios espigados y estrellas en su cúspide.
El comandante dio su aviso por el parlante, inicialmente en ruso, lo cual era de esperar, nadie entendió nada; pero una azafata tradujo como a siete idiomas más, y en español; su pronunciación fue perfecta; espigada y elegante dio la vuelta al terminar, y la gran mayoría de los estudiantes quedaron destellados.
Nago se restregó su ojo izquierdo, bastante irritado por el viaje y, entre recuerdos e incertidumbre, se aprestó a observar desde las alturas del vuelo, a la gran ciudad moscovita.
Parecía menos civilizada que Chicago, o por lo menos el avión iba a aterrizar solo; eso era increíble. En Chicago sale cada minuto un avión, si no es que ahora por lo menos saldrán tres por minuto, ya que sus recuerdos eran del 71.
Sudados y acalambrados por el exceso de viaje, empezaron a estirar sus cuerpos para recoger las maletas y otros bolsos de mano; algunos llevaban encomiendas, regalos y recuerdos que enviaban los amigos a los que ya estaban estudiando por toda la Unión Soviética.
Aquellos soviéticos, que también se encontraban viajando en el mismo vuelo de AEROFLOT, de seguro eran miembros del Partido Comunista y ya bastante probados. En todo el viaje desde Holanda; que fue donde se hizo transbordo de KLM a la empresa AEROFLOT, ni siquiera voltearon a ver o hablar con los becados; sus miradas eran militares y las azafatas pasaban a la velocidad del trueno, haciendo sólo breves comunicados de rutina: Abróchense los cinturones; no griten; no fumen, no caminen en el avión hasta nuevo aviso.
Los hijos de la guerra fría se integraban en ese momento al batallón de los educados en la era brechnebiana.
Aterrizó el avión y el estruendo de las turbinas que suelen hacer los aviones de la flotilla de pasajeros civiles y extranjeros, era característica; se sentía como a punto de entrar en combate.
La gran mayoría de los latinos que viajaban en el avión montaban por primera vez un pájaro de hierro, y el impacto que dejaba toda la trama de trato y tecnología soviética los tenía impactados.
Cada quien se encontraba sumergido en sus adentros, y en cuestión de segundos todos se miraban con sonrisa de campechanos regañados.
Una camarera señaló con mano firme los letreros para que se prepararan a acomodar sus tiliches y salieran en línea uno tras otro sin hacer desorden.
– La Unión Soviética...Recuerdo ver algo de Moscú en aquella película del “Doctor Shivago” – se dijo Nago, analizando el entorno: grandes avenidas y una gran plaza en donde los soldados mataban gente que se revelaba al Zar. Recuerdo que usaban unas gorras muy bonitas y la amante del Dr Shivago era muy hermosa; lo extraño es que la película era gringa. ¿Por qué se revelaban?, y el nombre de aquel escritor...Omar Sharif, no, creo que ese fuera el actor,¿bueno ,cómo era?...¡Pasternak!.
Pero de algo sí estaba seguro , y es que nunca sería comunista, primero Dios y Jesucristo y después todo lo demás – pensaba. Era un ignorante en lo relacionado con comunismo y la guerra fría, pero lo que más ignoraba era el por qué los soviéticos eran tan nobles al ofrecer tales becas.
– Un ignorante afortunado – continuaba pensando – que viene a estudiar en el seno de los comunistas, enemigos de los gringos y todo el mundo capitalista. ¡Que ironía!. Y yo que he decidido venir a esta tierra de fuego luego de haber conocido a sus enemigos.
Un peculiar olor embargó a los estudiantes al salir del avión Aquella ciudad olía como todas las grandes del mundo; pero esta tenía algún condimento más, indescriptible. Ahí sigue aún; es así como a verdades con sudor, sangre y gasolina.
– ¿Qué es este olor? – preguntó Nago, con azco vomitivo.
– Es el viaje – dijo Juan, – es toda esa mezcla de aires acumulados que ustedes traen del mundo, pasa con el tiempo; pero creo que cada ciudad lleva su propio olor. Es como el perro que aprende a detectar el olor del otro perro, así son las tierras; si aquí sembráramos plátanos de seguro, olería a banano.
Nago recordó aquel viejo orinal del Empalme, y el olor a cerveza con orines.
– Tal vez Juan lleve la razón – se repitió – si en diez metros aquel olor puede ser tan atroz, por qué no va a oler una ciudad dependiendo del que la orine, y lo que coma . Esa fue su conclusión.
Del avión al aeropuerto fueron llevados en una buseta color amarillo, bien resguardada por militares a la aduana de los extranjeros; pues todo estaba bien fraccionado y como hatos, se les llevaba a ser revisados por la milicia, y los señores y señoras encargados de ver que todo estuviese en orden.
A los hombres se les tocaba e inspeccionaba todo el cuerpo; a las mujeres se les escaneaba sicológicamente.
La mirada, a la hora de abandonar la revisión era de fusilamiento; podían ver a través de la conciencia de quien estubiese por delante, y saber si la víctima guardaba algo en ese preciso momento.
Se escucharon las últimas pachucadas de los becados al abordar la sala de espera y entre ellos se pelaban los ojos, como preguntándose a qué venía tanto misterio; la confusión era ingenua; más cuando se parte de un pueblo sin ejercito; todo eso era ridículo, culturalmente absurdo.
Algunos habían sido informados sobre el por qué se le llamaba la gran cortina de hierro, Por lo general, estos pertenecían al partido comunista, y eran de “La J tica” -juventud comunista costarricense-, pero en su mayoría, los que estaban en ese momento ingresando al bloque socialista eran el producto de convenios culturales entre países. Nago era de esos ejemplos de ignorancia, en la que, saber sobre el Marxismo Leninismo , era un tema totalmente desconocido, excepto por los comentarios ateos de su hermano Quincho; quien sí era ya militante del Partido Comunista, llamado “La Hormiga”, manejado por creyentes doctrinarios o vividores del conflicto en la era de los 80.
Muchos entregaban su alma a la guerrilla, o como se llamara en esos tiempos, la izquierda; repleta de soñadores de la “Internacional Socialista”, se tiraban a la montaña para defender los derechos del trabajador, mientras que los sabihondos intelectualoides, que manejaban las masas, ordenaban para que los estudiantes, y dis que obreros y explotados, murieran en las montañas de El Salvador y Nicaragua. Fieles seguidores del Castrismo y el Che Guevara, se sentían hijos de una de las causas más nobles que emergían en los corazones de los jóvenes, que buscaban respuestas en el discurso, que defendía al desvalido; pero que quienes hablaban eran los que manejaban la información y muchos de ellos; los intele-eyaculadores de escritorio, manipulaban los mismos números oportunistas que en algún tiempo se llevaron a cabo en otras tendencias filosóficas de la humanidad.
La guerra fría daba para todos, se hacían aeropuertos gratuitos para el Estado costarricense, para que Nicaragua en su tiempo fuera invadida por los norteamericanos; y así, Costa Rica recibió los millones de dólares que cualquier país latinoamericano hubiese deseado para poder nivelar la situación económica en la que se encontraban. Costa Rica recibía un millón de dólares diarios, así se intentaba dar ejemplo al resto de Centroamérica y difundir entre los medios de comunicación, que Costa Rica era un ejemplo capitalista; lo que sí ignoraban muchos, era que ese dinero era fiesta para los gobernantes. Esos tiempos fueron una verdadera piñata.
– Mejor no hablemos de historia – dijo Nago Valverde – eso me suena a clases de escuela, llevémosla suave, que el tiempo dicte su disertación. Aquí todos sabemos de donde venimos.
– Si, pollo – contestó Leslie –, pero es precisamente lo que nos tiene aquí, es lo que más ignoramos. A mí nadie me va a lavar el coco y no voy a terminar en una montaña, en no sé qué tiempo para que estos, ni los gringos vivan de los gusanos que me estarán saliendo de mi cuerpo. Mi política es aprovecharme de su sistema, su engreído camandulismo.
– Y yo que creí que esto era algo así como Estados Unidos – opinó Nago – jamás me imaginé encontrarme esto.
–¿Y qué es esto? –pregunto Juan Ríos – No has llegado y ya te quieres ir; no te refieras a esto sin saber lo que viene. Tus Estados Unidos es un país lleno de autos y jóvenes sin tertulia imaginativa, con una cultura como la yanqui de “peace and love”, que después termina en la explotación del más debil, y según tengo entendido, se consume la droga a diestro y siniestro. No conozco ese pueblo, ni siquiera me interesa; pero sus intereses los llevan a cabo así se tengan que comer a su madre. Se ponen una condecoración, y luego lágrimas de cocodrilo; lo único que persiste es el desgraciado consumismo.
– Y ¿cuál más débil?, ¿quien es el débil en una sociedad gringa en donde tú a los dieciséis años ya eres dueño de ti mismo, de tu libertad? – refutó Leslie – y enfurecido, casqueó sus tacones y terminó diciendo, – tú eres de la KGB Juancito.
– No – contestó Juan –, esa libertad es comprada, para unos pocos o en contra de las mayorías. ¿Quiénes son los negros en los Estados Unidos?, ¿has leído “El Negro En América”?. ¿Si quiera has leído sobre historia americana, y cómo ese pueblo yanqui, tiembla en sólo pensar que para el año 2050, los latinos seremos mayoría, y que nos reproducimos como ratas de ciudad?. Se comen las uñas cuando escuchan nuestra música.
– Estás doctrinado Juan – agregó Nago –. Yo conozco música gringa que parte el corazón: Bob Dylan, Janis Japlin, Gladys Nite, Cat Stevens, y además Carlos Santana.
– ¿Qué hay de toda la latinada que protesta allá en las calles de Nueva York, por ser tratados como civiles de segunda clase, siendo gringos también?
– Estás hablando de la URSS, para adentro, eres ignorante en “United States” para adentro; y eso yo sí que lo he vivido, yo amo ese pueblo . Yo soy el que valgo, Juan; mi pecho, mi espíritu; las llagas que llevo en mi frontera mental por estar toque que toque esa muralla y compartir con humanos que permutan fronteras con sus homólogos y deciden nuestro futuro. Se cagan en los poros de mi imaginación, para que yo y ustedes no podamos ver más allás de lo que nos presentan. Yo miro belleza en una chica, no me importa de donde sea; a pesar de que culturalmente nos enseñen a mirarnos con diferencias materiales, yo seguiré amando la vida y no la teoría ni la retórica de historias oportunistas.
– Genial Nago – arrimando unas palabras al discurso – dijo Laura Jara. Compañero tienes inspiración de poeta, ¿no lo sabías? te transformas, ¡que divino!, eso vale...tienes razón a eso vengo yo acá, a hacerme médico para ayudar. No me importa, esa retórica relacionada con los grandes hombres de hierro y fuego en sus mentes; me importa la suave palabra de la persona humilde, del que anda por ahí y nadie sabe qué es y, sin embargo, está lleno de virtudes.
– No obstante, no sé con quién estar de acuerdo – continuaba Nago –. Por ahora lo único que les puedo decir es que, USA tiene una infraestructura tan distinta a ésta; sus calles, autopistas son más grandes, los edificios te hacen sombra a medio día, y si es California, está llena de vida, desde el aeropuerto hasta los parques que transitas, todo es movimiento; claro, acá se mira más limpio de entrada. No más miren a esas señoras limpiando las calles y las acera con escobillas, son nanas; parecen más bien espantapájaros con balandranes oscuros. Diría ancianas viviendo como pordioseras,¡que vida puede ser esta!, una enorme y limpia ciudad con gente, que no tiene nada.
– Nada tenemos nosotros, más que democracia disfrazada, en donde en los parlamentos se reparten los bienes del pueblo, aquí gobierna el proletariado – agregó Juan.
– ¿Y qué es eso del proletariado?– preguntó Leslie.
– Mejor, sigamos montados en esta burra y dejemos de preguntar estupideces – dijo Jorge , en un día no vamos a aprender tanto, además aquí se sirve el mejor vodka del mundo, y eso sí es importante, de todas maneras nos lavarán el cerebro.
– Santa madre – dijo María la campesidiota.
– La fórmula es sencilla :– resumió Jorge – estudias, les das a entender que te lavaron el coco y te aprovechas de los idiotas comunistas. Mientras no me inyecten o me den algún químico extraño, seré capaz de hacer lo que ellos crean que me va a cambiar.
– Bueno, ése fue el último consejo que nos dio el vicario Acuña, nos dijo: “Dios sana al que quiere ser sanado y hasta un pueblo ateo puede llegar a ser perdonado” – agregó María.
–¿Cuánto costó la misa María?. Los padres no hablan por hablar, practican el discurso de las ventas y su sociedad les ofrece cielo en la tierra – dijo Nago –. La última vez que me confesé con ese mismo padrecito, me insinuó que si yo era homosexual no tendría futuro en la URSS, por aquello de que yo fuera como él. Dicho de otra forma, quería quedarse con mi virginidad.
– Cambiando el tema, he contado unas treinta nenas desde que salimos del hotel, y el tour por la Plaza Roja, y todas me han parecido – comentó Jorge –, salidas de serie, tal vez no como aquellas que describe Dostoievski; pero sí aún guardan esa pureza de mujeres poco viciadas por la sociedad de consumo, con suaves telas y de un diseño bastante sencillo; se perciben frágiles ante su hermosura, dan ganas de tocarlas; pero más que todo por su piel sincera.
–¿Dostoievski?, ¡tú leyendo a alguien!. ¡Que Dios me ilumine!, pero pareces más un cantinero que cualquier otra cosa – dijo Laura de una manera despectiva a Jorge.
– A ti ni con la punta, ¿entiendes?. Así es que ni opines sobre mi vida.
– Perdóname pero es que he notado que difícilmente sabemos qué es esto, a lo que hemos venido y tú hablando de escritores rusos. ¡Estoy anonadada!
– Mi amor, lo que te falta es un buen garañón como yo.
– ¿Te estoy piropeando imbécil?. Si quisiera insultarte, te diría la verdad sobre tu ego de machista latino y exitosamente cobarde.
– Mi amor, estoy hablando de mujeres soviéticas, no de simulacros.
– Calma, calma – arremetió Juan –, ya empiezan a entender, por lo menos están empezando a hacer tertulia inteligente; un día de estos se encontrarán ustedes mismos, y se darán cuenta de que son un desperdicio social.
Ya en la Plaza Roja, que resulta ser como la entrada a la Rusia, los becados empezaron a prestar atención a lo que habían llegado y, de pronto, escucharon a una multitud decir: – Gorka-gorka –, gritaba el entrevero de gente que seguía a una pareja recién casada.
La novia vestía de blanco y el recién casado de vestido entero, tan parecido como en cualquier parte del mundo capitalista.
El Gorka era seguido por un apretado beso; significaba: “bésense”, aunque en realidad “gorka” en ruso quería decir amargo.
Pasando por el centro de la plaza roja, a unos cincuenta metros del mausoleo de Lenin, y unos cien metros de la entrada al Kremlin, un policía hacía muecas a Nago con gran insistencia. Caminó estruendoso, se dirigió hacia él, y de un empujón despejó a Nago con tanta fuerza, que apenas pudo agarrarse del aire y caer en los pies de uno de sus compañeros, los cuales se quedaron atónitos ante tal escena. Tres automóviles negros se hicieron camino de en frente de los becados; el guía luego explicó que se trataba de autos oficiales de políticos del Kremlin y era prohibido permanecer en esa franja cuando ellos salían.
– ¡Valla manera! – dijo Nago – lo único que faltaba. En la iglesia me arrodillo y tengo que persignarme ante ese montón de santos y aquí los santos pasan en autos.
Al lado de una de las paredes que encierran al cansado y dormido Lenin, un grupo de novios hacía fila para ver al Dios de la revolución soviética. Otro grupo de niños no apartó su mirada de los becados, los cuales observaban lass bellezas de tan hermoso y colosal lugar. Los muertos allí ejecutados en tiempos de los zares, permanecían en su esencia, porque se sentían sus suspiros; se sentía esa nata de pellejos arrastrados por las historias crueles del pueblo ensangrentado, de un pueblo bastante peculiar y maltratado por el poder en su pasado. Esas miradas; de aquellos niños, con aquellos ojos azules, de niñas lozanas y pieles de mármol, mostraban a un pueblo con exeso de salud.
– Los mismos cuerpos, las mismas caras; las he visto en Wisconsin – concluyó diciéndose Nago, y difícilmente se fijarían en mí, y aquí se convierte uno en un personaje salido de serie; de seguro será el tema del día para aquellos cuerpos de genes muy parecidos a los gringos; pero con una cultura que invita a descubrir lo que en este pueblo sucede.
Enormes propagandas de hasta veinte metros de alto por diez de ancho se enmarcaban en las paredes de los edificios, Carlos Marx, Vladimir Ilich Lenin y Federic Engel, figuraban como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. De igual forma, como siempre imaginaría cualquier católico a Dios, así era el rostro de Marx, grandes barbas, seriedad absoluta y ojos penetrantes; de seguro ése era Dios; el hijo, Lenin y el Espíritu Santo, Engels.
– ¡Qué casualidad! – se dijo Nago – que personajes tan parecidos a los míos, los de mi infancia, los que me persiguen cuando me masturbo, o después de cada pecado que cometo; a esos son a los que les pido perdón cuando me confieso y después de cada coito, eyaculación, mi mano tiembla y ése, el Marx o Dios; es el que me ejecuta, el cura después me da la estocada con un padre nuestro y tres avemarías.
Los hombres rusos que por su movimiento tosco y militar parecían ser androides, vestían de una manera bastante humilde, casi todos de vestido entero; y los que se supone eran obreros se distinguían de los demás por sus cuerpos fortachones y miradas excesivamente expresivas; aún se desprendía de sus cuerpos el grito de revolución o resentimiento por algo que Nago no podía comprender. Existía admiración, curiosidad por el extranjero, pero algo se ocultaba en sus miradas, y los obreros eran más evidentes en esa percepción que Nago iba grabando.
– Cada vez me sumerjo más en mi sitio – se dijo Nago en voz baja.
Como de costumbre lo hacía : hablar consigo mismo. Y es que el hecho de estar en tantos lugares acompañándose con el yo de los vuelos, lo hacía cada vez más crítico y desconfiado.
– Ellos no entenderían lo que yo siento en estos momentos – se repetía –. Se refería al grupo de compatriotas. Sé lo que es el hippie, una buena canción de rock, tener el pelo largo, ser un Cristo en las iglesias, golpearme el pecho, ¡perdón perdón, Dios mío, porque he pecado!..; Amar lo gringo, odiar lo gringo; querer mi patria, la tierra, extrañar los sitios de los Santos, y ahora tragarme esta nueva forma de vida, este experimento bolchevique.
Nunca lo podrían entender, soy híbrido, forjado por un destino que rompe fronteras y crea el nuevo ser, que rompe no sólo una frontera, vuela desde niño porque sueña con ser libre; le estorban los tapujos y las miradas mezquinas; que han dejado tanta sangre en sus fronteras mentales. Yo nací para volar muy alto, y mis palabras se mezclan con el viento porque vengo del aire; el defecto y la virtud es haber nacido en un territorio tan aislado de las crueldades del mundo. Nunca supe lo que era pensar en un servicio militar, y ni siquiera podría entender eso; pero esta nueva patria me empieza a oler...a sangre, cada calle, avenida, cada ulitza , me huele a historia de unos gritos desesperados; a hambruna y gente descalza en inviernos de hasta 30 grados bajo cero que se traslucen en mi pensamiento; es un recuerdo masivo que me penetra sin haberlo vivido.
– *Pribiet, daragoy* – dijo la mamachca**– hora de marchar. Chai, del mejor que un extranjero pueda haber probado – exclamó con una fuerte voz la camarera; de enormes ojos azules y piel brillante, aceitosa y regordeta.
– ¿Me imagino que deben traer mucha hambre? – preguntó –, los estudiantes siempre están hambrientos, así es que tómense ese té, porque es el único que recibirán en lo que queda del viaje, ¿o qué creen que todo les saldrá gratis?. Bueno, por lo menos, acá no se morirán de hambre, así es en la URSS, nadie se muere de hambre. Allá, de donde ustedes vienen sí, así era aquí antes de que triunfara la revolución, ya sabrán de que sé trata todo esto.
– ¿Qué murmuran por ahí?, ¿creen que no les entiendo?, sh... sh... sh.., acá tienen que hablar en ruso -paruski–ruso-, en tono militarmente definido, pero con una mirada muy agradable; trataba de convencer a primera vista, que, todo iba a estar mejor, y que en la nueva patria se les educaría de la mejor forma.
– Nie day bog*, que ustedes hagan perder el tiempo al noble pueblo de Rusia, terminarán siendo los mejores profesionales. También tengan ustedes -malchiki* algunos pirochquis*, para que se endulcen el viaje.
La gran energía con la que la señora camarera entró al camarote, tardó en que se alejara del lugar, y el grupo de compañeros hizo sielncio por tamaño rato.
Esta escena es apestosa, pensó Nago, hasta el momento no ha ocurrido nada por lo que tenga que asombrarme. Veamos a ver qué sigue.
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*Pribet dorogoy - hola querido en ruso / *Mamachca-madresita en ruso
*Chai-te / *malchiki-muchachos / *niet day bog-ni quiera Dios/*pirochquis-pastelillos
– ¡Oh Dios mío, no sé si vaya a soportar esto!., tal vez debí haber agarrado para Estados Unidos; por lo menos el inglés me es más familiar, desde que llegué no he entendido nada, y esta comida es apestosa.
– ¡Hey, chicos!, ¿han entendido ustedes algo de lo que la gente habla?.
– Bueno, yo sé bastante de lo que aprendí en un curso antes de venirme – contestó Marcos, de tez bastante mezclada y enorme de aspecto, con un físico muy parecido a un marsellés de Francia, de donde ciertamente procedía su padre. Era el menos desinhibido de los compañeros. –El idioma ruso no es cosa del otro mundo – afirmó –, lo que se requiere es oído y práctica, a mi no me cuesta en lo más mínimo, ni tampoco me ha parecido chocante el haberme venido; tienen ustedes que haber vivido en los lugares más impactantes de San José, en donde los maleantes manejan su propio idioma; me refiero a los hijos de caco. Yo me he criado, con vecinos que desde temprana edad ya han sido encarcelados y sueñan con matar a alguien, para sentirse famosos, y también sé lo que es la farándula política de nuestra patria. Terminó haciendo su exposición mirando de reojo a Nago, como queriendo decirle que podía leer en su mente sus ofuscaciones mentales. – ¿Algo llevas guardado verdad Nago? – le preguntó Marcos–. Esa insatisfacción es parte de la poca experiencia que manejas en tu vida interna, en tu espíritu.
Marcos arrugó la boca y levantó la frente, como cuando un gran señor cree manejar el discurso de los dioses; bajó de pronto la mirada por sobre su hombro derecho y de pronto apuntó a Nago esperando una respuesta a su disertación.
– Ya no puede salir uno de Costa Rica porque los brillantes ticos siempre tienen que saber de todo un poco; eso es pura farsa – renegó Nago, volteándose para no mirarle el rostro a Marcos.
– Si eso es lo que tu piensas, y parece que Marcos lleva la razón, por qué entonces mejor no te callas, ya que a mí me parece que desde que salistes de Costa Rica, lo que hiciste fue escapar de tu pasado, yo veo que no deseas ser tico – le increpó uno de los tantos becarios.
– Es que, sale uno de Costa Rica para encontrar gente...no sé, no precisamente lo que uno busca, son extraterrestres; pero sí un tanto más originales, y se da uno vueltas y ahí está, las mismas miradas y los mismos mediocres que dejó uno en esa aldea, de cafetaleros y charrales. Yo lo sé porque he vivido en todas sus tierras, ustedes que me van a decir a mí. Usted Marcos que juega de conocer a su pueblo de arriba abajo, ¿a qué vino a la tierra roja?. Ni siquiera está convencido de lo que va a estudiar, o si podrá conseguir trabajo después de que terminemos esta locura. La verdad es que no vale la pena seguir hablando entre los que ya conozco; a partir de mañana, trataré de alejarme de ustedes, solo me transmiten mediocridad. ¿De casualidad alguno de ustedes no será primo del presidente? –, terminó diciendo en tono retador al resto de sus compañeros – porque Marcos es casi que hijo de caco, y los demás llevan apellidos, que no me extrañaría que digan ser enviados por algún ministro o diputado. Son ustedes una horda de farsantes; espiroquetas de alta escolaridad.
Tal fue el berrinche de Nago, que optó por cambiarse de vagón, pues sabía que su autocrontol era dificil, y empezaba a actuar con otra personalidad, temía salirse de sí mismo. Los compañeros empezaban a mirarle con extraña desconfianza, la tribu de becados estaba agotada del viaje.
– Me cambio de vagón –, se dijo –, he venido hasta acá para conocer nuevos mundos y no seguir en la misma rutina, quiero gente diferente, los gastos que he hecho para venir a la tierra roja para seguir escuchando a los mismos, no tiene ningún sentido, eso no es ni siquiera divertido, la cosa es aprovechar lo diferente; ver si en este pueblo se salva uno de lo cotidiano, de las copias humanas con las que he estado acompañado desde que nací . Esa maldita línea recta, ese perpetuo siempre día de siempre; no sé pero me desespera la continuidad, las malas copias, y que Dios me perdone, pero no me trago a mi gente – insistía. Ya entrada la noche, y con el tartamudear de las ruedas del tren sobre la línea, quedó dormido y soñó profundamente; se alejó, voló con su piel de pájaro soñador, como siempre lo había hecho, cuando algo le desgarraba el pecho, y el pensar le torturaba como sentía su ave , aleteando en su interior, que se esforzaba por encontrar una respuesta a su deseo perentorio por salir de la duda del ser y la vida.
– No es tu pueblo Nago, es la ira de quienes hablamos con el lenguaje desmedido de los que rompemos fronteras; somos ósmosis en la frontera mental; penetramos el cosmos de lo infinito; pero aún sigues arraigado a lo efímero; subyaces en el genoma de tanta sangre cruzada por el hombre que envenena la pureza de la mirada sincera; pero no es el hermano o vecino el que tiene que pagar con tus reproches. Debes enseñar a alguno a volar con tus palabras, con tu mirada, puede que te salves tú mismo; pero abre los ojos y vuela con el cuerpo suave, ligero – escuchó decir en su interior.
Colach, tras colach en su yo, divagó Nago, recordando sus años de tiempos idos en la United States, mientras aquella voz osmótica se apoderaba de sus pensamientos.
– Quiero volver a mí paraíso – divagaba en su pensar. Estoy atrapado en mis guindos mentales, no quiero volver a aquello. ¡Oh, Dios!, que no me vuelva a suceder; eso solo ocurre una vez en la vida...¡No quiero llegar a la locura; no podría soportar una muerte blanca sin razón, me he intoxicado con mi propio veneno, exceso de adrenalina o me estoy jugando una mala broma con mi propio veneno. Temo estarme programando para convertirme en un antisocial más ¿Será posible que la mente transforme las cosas, el cuerpo mute por la rutina del comportamiento humano y todos estemos cayendo en un mundo de insensibles, en donde la sangre a pecho abierto sea un comercial del mundo consumista? Que no me vuelva loco acá, por favor, colibrí que sea en mi pueblo, no acá.
Despidiéndose del sueño fue llegando nuevamente, y en crescendo, la perenne comparsa del tren sobre la línea férrea se acercó en su despertar.
Unos camaradas soviéticos y gente de pueblo lo despertaron para ponerle en la mesita que daba en medio de los camarotes: dos pollos fríos, un vaso de vidrio, de un galón, lleno de carne de cerdo con grasa, sal y una rueda de pan negro; se veían en la mesita como listo todo para un festín.
Un anciano campesino lo agarró del hombro y lo bajó con ademanes y suave sonrisa en su rostro. – Eij daragoy – le dijo, currchat* , nada ,currchat*, llevándose la mano a la boca para qué Nago entendiese de que se trataba.
– Oh gracias – dijo Nago, esperando ser entendido.
Niet, Niet, Gracias – respondió el anciano de unos ochenta y tantos años, visiblemente campesino y con la piel de piedra, tez cueruda y ojos azules, casi verdes, de una sonrisa angelical, pura, muy noble; talvez por el hambre le pareció a Nago en ese momento ser de los rostros más eclesiásticos que jamás hubiese visto.
Sonreían entre ellos. Escudriñaban, tratando de descubrir en el extranjero síntomas más claros de que se trataba de un ser humano como ellos; sin embrago, comprendían su diferencia, debido a la guerra fría y todas las batallas que el pueblo soviético llevaba en su historia; ese pueblo que rodeaba a Nago en ese preciso momento, era el más ingenuo y deseoso de conocer la verdad.
– ¿Como se vive allá afuera?, ¿es muy diferente la vida allá que acá? – preguntaban –.
El anciano levantó su dedo meñique y dijo: – padarrditie,* fue al vagón de Juan y lo invitó al festín para que tradujera.
– Sdies tboi drug*, – dijo satisfecho y con una sonrisa de apenas dos dientes herrumbrados en su parte inferior.
– ¿Te das cuenta?. En qué lugar encontrarías tanta bondad – dijo Juan.
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*Palabras dichas en ruso:
*Currchat-comer / *Padarrditie-espérese / *Sdies tboi drug- aquí está tu amigo
– He estado un tanto confundido con todo esto del viaje, vos sabés Juan, vengo de haber vivido en un segundo país; ésta será mi tercera vida, mi tercer parto; yo mismo me he parido en este pueblo; es mi tercera lejanía, mi tercer vuelo, ave, como lo quieras llamar.
– Es razonable Nago – le contestó Juan, asintiendo con un sube y baja de cabeza; aprenderás mucho en todo este oficio del más allá de nuestros pueblos. ¿Qué rollo te atrapa, en dónde quedaste, Nago?. Tienes que aterrizar, contrólate.
Mientras tanto, los soviéticos observaban a los extranjeros, con pequeñas y humildes sonrisas, las manos llenas de grasa de chancho - cerdo - y dos botellas de vino casero en la mesita del camarote.
– No, no – intervino el anciano –, a comer, hay que llenar el estómago, después, retórica y el bla, bla, bla...pollo, salat*, y un poco de salo*, a patón*,* un poco de vino, y hombre nuevo, sonrió entre las arrugas casi cerradas de su rostro amigable.
Entre ellos departían y sonreían, pareciera como si no hubiesen tenido pasado, como si la vida estuviese sumergida en el instante; su felicidad era más curiosidad que cualquier otra burda realidad que enmarcara alguna pregunta sobre la existencia o la historia en sí, buena comida, una copa de vino, y el buen dormir, parecían ser las repuestas coherentes de la existencia.
Los trenes a veces parecen ser lentos por su inmensidad. Así se fue acercando a aquella ciudad, paulatinamente.
Tras dieciseís horas de viaje, el tren se detuvo en la ciudad de Krasnodar. La mamachca advirtió sobre la llegada al pueblo con gran regocijo: era su ciudad natal. – Este es parte del gran Cuban, mirarlo a vuelo de pájaros, es de dioses – dijo orgullosa en coqueteada expresión –, es una de las cosas más hermosas que jamás se pueda experimentar: las orillas del mar negro, los kolbjoses, los contrastes geográficos son de exquisita riqueza, cumbres montañosas que simulan gorros blancos, los ádiques** son testigos de tanta belleza en el Cáucaso.
– En la península de Tamán nació el principado ruso de Tmataracán – explicaba –, a fín del siglo XVII se establecieron en este lugar los descendientes de los cosacos de Zaparorrie.
La actual población es de: rusos, adiques, ucranianos, belorrusos, armenios, griegos, grusinos, y, por supuesto, yo; el ejemplo de la belleza femenina del gran Kuban, poniéndose la mano derecha en su gran barriga hecha de cerveza, vino, bodka y samagón*, con unos cuantos kilos de tocino crudo, que se acostumbran a comer en la Rusia cuando se ingiere la bebida de la felicidad y la dopamina se sale de sus cauces para ofrecer más amor a los demás.
Este es el lugar de destino, así es que a recoger sus pertenencias y mezclarse con el pueblo. Ustedes, los hombres, ayuden a las niñas; los hombres tienen que estar siempre en guardia – señaló con gran dureza –. Para aprender a hablar buen ruso se tiene que vivir con el pueblo, con el proletariado, y las clases universitarias son para la buena profesión y servicio de la comunidad.
–Tal vez no hubiese sido el mejor prototipo de hembra rusa que me imaginaba – pensó Nago; pero su actitud era bastante positiva y, pensando en alto , dijo : – Gruñona pero me encanta.
Sus dientes de oro; que no dejan de brillar cuando habla, me tienen atado a algo que seguramente tardaré tiempo en comprender,.¿Por qué se los calzan todos? – preguntó a Laura. ¿Has visto, Laura, sus dientes de oro?. Toda la faja delantera en oro macizo; esa mujer debe valer una fortuna. Dicen que en la Segunda Guerra Mundial lo único que salvaba Hittler de los cuerpos cremados y catapultados eran precisamente sus dientes de oro – agregó.
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*Adiques-nacionalidad / *Samagón-bebida alcólica hecha caseramente.
– Hablando de soviéticas – interrumpió Laura –, comentan que las guerras han hecho de estas mujeres, personas fuertes; ellas han tenido que asumir muchos papeles en las guerras con Japón, los moros, guerras mundiales, y la revolución bolchevique; todavía aparentan ser hijas de murriks*, pero en realidad también muchas de ellas vienen de familias de kulaks*.
Las mujeres han sido el pilar de la fortaleza soviética decía Laura , poseen don de mando a lo interno del partido, y no existe lugar en el mundo en donde las mujeres sean tan preparadas profesionalmente. Me han recomendado que visite Gorki, pues en ese lugar se encuntra la estatua más alta del mundo, mide setenta y cinco metros de altura y es una mujer con una espada en la mano, representando a la madre patria, y es que llevan la razón , nosotras somos sinónimo de fertilidad, igual que la tierra. Por ella se han provocado las guerras más sangrientas del planeta; por un pedazo de fertilidad. Lo que sí no entindo es por qué son tan gordas; mírala: hermoso rostro, y cuerpo de danta.
– ¡Ah! , Laura, este tema nunca se va a acabar – respondió Nago. A mí ya me empieza a inquietar eso de las sociedades de consumo, de la mierda de a kilo por dólar, tal ves y esa gorda se haga rica en USA vendiendo risas de a verdad y no todo ese strep tease* de mierda que nos han metido para amarlas a ustedes en la cama, y soñarlas como lo que no son, e imaginarlas deliciosas en un coito , a ciegas y no mirarles el desgastado rostro.
– ¿Y qué tiene que ver todo esto de la soviética con tu impotente coito,ah?
– Que esto de la sensualidad no tiene que ver con fronteras, falta ósmosis en la frontera mental de todos nosotros, y la falta de historia, de participación en nuestras vidas, nos está convirtiendo en seres fotocopiados; esta rusa es genuina, ¿no lo sintieron en el viaje?; es de verdad, se llama de una manera: mujer soviética, y es una auténtica pintura de Rembrant; vale por todo lo que pesa y no por el dólar que le paguen, de la mierda que se echa todos los días.
Una de las becadas, de nombre María, desde hacía ya bastante rato chismeaba consigo misma, mientras observaba como el ritual de la tertulia entre sus compañeros analizaba el entorno, ante tales afirmaciones, se repetía : ¡Dios mío cuanto pecan! Bastante humilde, reunía todos los requisitos para irse al cielo en cualquier momento. Sus zapatos la delataban; gastados y raspados, se había vestido como si fuese para el Mercado Central en San José. – Me encomiendo a ti Señor – se repetía ante los discursos de los compañeros –. Que todo lo que aquí en adelante suceda, sea tu voluntad, amén –, y se persignó. Inseguros y con miradas de reojo, respetuosos aún de sus plegarias callaban. El único en sonreír, con pequeña ironía de sabio bolchevique, fue Juan.
Algo se traía consigo mismo, y que no podría compartir en ese momento; el estudiante viejo suponía que la sumisa María con el pasar del tiempo entraría en razón y hablaría con más coherencia.
– Oye, Nago – le insinuó Juan –, de seguro esa tal María no ha hecho el amor con nadie, ponla en tu lista de las mujeres vírgenes, que dentro de poco estarán seduciendo al mundo, y de todas formas, no está tan fea la sumisa.
En el angosto pasillo del vagón; de sesenta centímetros de ancho, Nago se hacía campo con las maletas y su bolso verde, llamado irónicamente muerto; era un bolso que había comprado en una venta de garaje en San Francisco, California, y procedía de la guerra de Vietnam. “USA” rezaba en su exterior, al que los soviéticos miraban con demasiadada desconfianza, sin entender como podía haber llegado hasta sus ojos aquel insulto. Sin embargo, para Nago representaba sus años de estudiante en “United States”.Era algo así, como el souvenir de esos que la cultura de la muerte gringa ha dejado en sus recuerdos; el transitar de los bolsos que algunos de sus usuarios yacen en los suelos de sus estados, pero el bolso camina con alguien de la mano, sin importar de quien se trate; su primer dueño ya no existe; esa es la historia del denominado muerto de la guerra sin sentido, de la guerra fría.
De empujones, entre ellos mismos y la gente que salía del tren; los becados se alineaban en los alrededores de la estación; eran vistos como seres extraterrestres por los pobladores del lugar. – ¿Y este churrasco de gente? – preguntó Nago, asombrado –, ¿de tantas caras mirándonos a la misma vez? – Válgame Dios – se dijo, y yo que siempre quise ser un músico famoso, y aquí tengo la multitud, me ofrece ese don sólo por llegar y ser hijo de la guerra fría.
La estación estaba repleta de gente; algunos de vestir sencillo, de trajes enteros pasados de moda a los años treinta; daban la impresión de que se trataba de una actuación y alguien estaba filmando escondido una película de gánsters, en la que alguien con un embudo gritaría: “corten, corten”.
Una chica, esbelta y exuberantemente hermosa; sencilla y virginal, lo miró a los ojos e insinuó con el levantar de una de sus manos, dibujar el rostro de Nago. Este de nariz respingada, tiznada la piel, grandes ojos latinos, impresionaron a la chica también; y aquel encuentro fue como para olvidarse de los temas y preguntas de pasados. – Algún problema deberán de tener los pasados de los que subyugan a los pueblos, que escriben la historia y dejan de lado tanto placer y genuina belleza – pensó Nago –. Esto es suficiente; el boleto lo valió, tuve que llegar hasta acá para encontrar la belleza femenina en su máxima expresión. ¡qué belleza, mi madre!, ¡qué absoluta belleza!
Le sonrió a Nago, como lo hacen las aves libres de pecado, como si toda su piel estuviese fresca al viento y sin prejuicios capitalistas; se desvistió con su mirada para ser conquistada al instante.
Murmuros y ojeteos, de nada sirvió; de seguro que el no saber un idioma podría volver loco a alguien, y en ese día, esa fue una frustrada experiencia de amor ciego para Nago.
–He perdido el amor de mis sueños por no saber si quiera como pedir un teléfono – se dijo –. Ni las muecas ni la piadosa mirada del mendigo dolido pudieron acercar a aquellas dos personas; tan solo el recuerdo hace que de vez en cuando Nago haga un cometario frustrado del amor sin palabras en un día de bienvenida al Kuban; a Krasnodar.
Gran cantidad de ancianos doblados se veían cruzar las calles y avenidas; los vehículos de una, o máximo dos marcas, tipo fiat 1977 se detenían frente al lento caminar de las viejecillas.
Caras sin rostro, todos parecían ser la misma persona, como si el yo estuviese secuestrado. A gran diferencia de los jóvenes, los ancianos estaban como ausentes, algunos más delgados que otros; regordetes y bastante amorfos por el exceso de grasa acumulada de malas dietas. Entre toda esa gente se apareció el comandante del edificio en el que estarían viviendo por los próximos doce meses, aquellos estudiantes de la guerra fría, venidos de Latino América. Se deslizó enorme y pesado de en medio de la multitud, con cara militar y mal encarado, de enormes ojos vidriosos y un azul peculiar en su arco pupílico; se parecía bastante a los personajes de película que los gringos sacaban en la guerra fría; así los pasaban por televisión, así decribían al asesino comunista.
De unos cincuenta años, rostro maltratado y una gran cicatríz en su mejilla izquierda, se notaba a una llamita en su rojizo rostro, producto de alguna bebida alcohólica, el cual insinuaba una dermis etílica; y la forma en que empuñaba sus manos antes de saludar ofrecía un trato homicida. El señor era un excelente prototipo de verdugo a lo ruso; aquí empezaba la guerra fría de Nago, quien en el pasado, a los trece años de edad, fue despedido de una tienda por darle de patadas a un gerente que lo encontró durmiendo sobre las camisas en hora de almuerzo, y en respuesta, Nago le pateó los guevos. El ruso le recordó de inmediato al gerente de la tienda, éste le hizo recordar aquella vieja experiencia de adolescente.
Sus palabras eran fuertes y muy bien pronunciadas. – Aquellos que entiendan inglés, escuchen – dijo –. No me ando por las ramas y quien a mí desobedece, de alguna forma me las paga y rompió con una gran carcajada. Síganme –dijo en buen ingles –, “go with me”.– Este es un buen ejemplar– dijo Leslie – .Tan solo mirarlo y te darás cuenta que es así, como un boina verde retirado, o un soldado de fortuna, mírenlo, es la misma mierda de ser humano; los que matan sin azco, quizá y ya estuvo en Vietnam, Angola o Afganistán, y no sé qué otro país pobre sometido a la guerra fría . *Murriks-pobres campesinos / *Kulaks-más adinerados
Este se debió de haber comido a todos los que mató; mira y qué clase de tórax; es de los que se comen un buey y ni eructan. A éste le andaré de lejos. Sacando su robusto pecho, gran angular, se tocó los labios un tanto secos; se rascó la nuca, luego la oreja derecha, más tarde con ambas manos en su cintura descansó los pies abriéndose un poco de caderas; en voz de trueno dijo:
– Mi nombre es Basia...Basia Cobalenco, soy el comandante y encargado de ustedes. Dejen sus maletas que luego les asignaremos una comnata*. Algunos tendrán un soviético por compañero; otros, dos; algunos tendrán que vivir entre ustedes mismos, mal para aquellos porque les costará más aprender el ruso. Tomen asiento, este bus los llevará al obcherritie número 4, de la otacara iarocha 67; estos son los números de los cuartos, nombre Nago Valverde, cuando digo un nombre, se levanta inmediatamente, usted Nago tiene el cuarto 106, vivirá con Vladimir Panamarienko, buen compañero tendrá, buen soldado, excelente persona.
No se permiten mujeres en los cuartos de los hombres y viceversa; no puede haber sexo mientras están aprendiendo el ruso; las mujeres que entren a verlos serán fichadas si son soviéticas. Y las que verán por ahí como perras rabiosas, todas son prostitutas que buscan pantalones de mezclilla. A la que veamos salir con uno de ustedes la expulsaremos o mandaremos nota a sus padres, para que se les llame la atención.
Halando de su corbata, que desentonaba con su vestido entero, ya bastante viejo y gastado, dijo: – tomen asiento, este bus los llevará a su futuro destino, espero lo disfruten; más tarde hablaremos de los deberes y derechos que les otorga el glorioso pueblo soviético, y por primera vez se escucho aquella famosa palabra, larga y triunfante frase, que la Biblia predica en sus sermones, “Gloria”; pero esta vez se trataba del Partido Comunista- “slaba k.p.s.s”, -gloria al partido comunista-. Sonrió y desapareció tal como lo hacen los enormes monstruos de esas fábulas, que se hacen en Walt Disney para asustar niños, o los enormes gatos de Super Ratón.
*Comnata-cuarto
– ¡Vaya manera! – dijo Leslie –. ¡Qué clase de oso es éste!, cualquiera diría que habla en serio.
– De él se dicen muchas cosas – dijo Juan –. Ha abusado de algunas extranjeras, pero no se tienen testigos, como que le gusta la piel morena, a pesar de su patriótico discurso. Dicen que una vez, estando con una latina, ecuatoriana, empezó por tocarle el pelo y como ella se resistió le sujetó las dos manos con tan solo una de él, luego le bajó los calzones y empezó a acariciarle las nalgas; la pobre india no pudo ni gritar, porque estaba medio ronquetas por la gripe que se andaba en esos días, y lo único que se le ocurrió fue hacer que se desmayaba, al verla en el suelo se asustó y salió de la comnata*; oyó donde vociferó diciendo: “chor pa virí” -que el diablo me lleve-; sin embargo y así, la siguió acosando, y la desgraciada ecuatoriana tuvo que pedir traslado a Harkof; allá se graduó de pediatra siete años después.
– Por cierto, que Harkof es una gran ciudad – dijo Juan –, lo digo con conocimiento y les voy a contar lo que en esas tierras ucranianas me sucedió hace ya unos tres años. Llegando así como si fuera hoy, igual que ustedes, a mí se me ocurrió traerme a mi novia. Estando en Costa Rica, y con la mayoría del tiempo ocioso, se me involucró al Partido Comunista; estábamos en la J, (la juventud comunista), ya desde entonces andábamos haciendo pintas en las calles; eso fue en los 70, imagino que ahora se le dicen grafitis. Bueno, con mi novia, nos íbamos a pintar puentes, calles y hasta casas, siempre atacando todas las políticas mezquinas de los dueños de la patria. Mi novia cursaba tercer año de medicina, y yo, empezaba a hacerme los puritos y tocar la guitarra, con el sueño de poder entrar en la Facultad de Artes de la Universidad de Costa Rica; así nos conocimos en los pasillos de la U.
Tres años después de amor, sexo, iglesia y charlas en el partido, nos alistamos para venir al sueño de los nuevos hombres del mundo, “los hijos de la Internacional Socialista”, los futuros padres de la expansión soviética. Yo me puse una boina al estilo Che Guevara, y mi novia se trajo todas sus novelas de Corin Tellado.
– Rompamos fronteras mi amor – le dije – este barco no va a ningún lado; ya entonces ella estaba bien avanzada en Medicina y yo como el vago a la par de la promesa familiar. Lloró por toda una tarde cuando tomó la decisión de venirse conmigo, y yo estaba empezando a convencerme de que lo que estaba haciendo no tenía sentido; pero mi afán por conocer la madre patria del comunismo, me hacía no poder ver más que la tierra roja; además me suplicó que no la dejase sola en Costa Rica; pues como ya no era señorita, nadie la amaría en ese estado. Bonita forma de chantajear, pienso ahora, la virginidad de aquella mujer comprometida con la pureza de la religión puritana, me había costado la libertad a los veintiún años de edad.
– Esa chava te estaba vacilando, Juan – resumió Laura – yo jamás pensaría en tal estupidez, a no ser de que lo que quiera, sea tenerte a la fuerza; esa maje te utilizó a pura vagina; créeme, eso fue lo que te sucedió; pero... continúa con tu historia.
– Bueno, aunque así fuera, sus cualidades femeninas habían logrado que yo respetara su cuento. Su sexo era frágil y suavecito, su pelo embriagaba; creo que verdaderamente la amé. Al llegar a la URSS se me envió a este lugar de Krasnodar , a ella para Harkof, y fue entonces cuando comenzó la tragedia; el separarnos le permitió cavilar en otros mundos masculinos y existenciales. Sigo pensando que ella no era tan bella. Muchas veces, al hacerle el amor, su rostro se transfiguraba, y yo repentinamente cerraba los ojos porque creía ver un hombre dentro de ella. Tenía un rostro masculino, me agarraba de sus senos, y apretaba los labios para cambiar de rollo, pero la amaba. Una vez en su piel, el mundo parecía levitar; de pelo negro y ojos achinados, mal alimentada en su infancia, se notaba en sus deformados pies y larga garganta en forma de buche; además tenía una pequeña escoliosis en su columna vertebral y un bocio, que apenas empezaba a mostrarse. Así la quería; así me engañó; al llegar acá, y cambiada por la libertad que dan los pueblos desarrollados; más aún en una patria como esta; en donde el aborto sólo cuesta tres rublos, después de la libertad que le dio el sistema como mujer, o ser humano mejor diría, se encontró con la belleza del hombre árabe, al sentirse mirada por ellos se echó a la calle del placer. No me dejes – me decía – cuando aún vivíamos en Costa Rica, yo soy tu virgen, así me puso Dios delante de ti. Mi destino eres tú, mi amor; te quiero tanto que no podría pensar en nadie más. Sus apretados puños parecían sufrir de pequeños temblores, cuando metidos entre sus piernas me decía a llantos: –Nunca me abandones; la palabra del Señor dice que no podrás dejar a quien una vez fue tu mujer, y mujer es aquella que entrega su virginidad, no me dejes así, toda deshonrada”. Las lágrimas le salían del corazón, los apretados puños seguían entre sus desnudas piernas; sus rostro se sonrojaba más y más, y los senos le hacían una compañía de verdadera virgen, puesta en una revista de play boy. Aquellos colores en su piel hacían de la situación una revista con una María, madre de Dios, en su portada. Era imposible no amarla.
– Y vos siempre le creíste – sonrió Laura –. Apuesto a que sé en qué termina la historia: ella te pega los cuernos y tú eres el agredido.
– No, Laura, te equivocas, yo siempre le creí; no creo que haya existido engaño alguno de parte de ella...; sí, ella cambió, pero eso no fue premeditado, fue un pecado de lugar, o haberse tirado al vuelo de lo desconocido, sin saber que la libertad tiene en sí cosas hermosas y dolorosas.Su instinto de latina sumisa hacía que yo la quisiera ingenua; la hermana mayor masturbaba a su novio en la sala mientras nosotros veíamos televisión; y a la otra hermana la encontraron con el pene en la boca tapándose con un long play para que no la vieran. El alborotado novio no intentó siquiera quitársela de encima, porque estaba a punto de eyacular. Había que ver a doña Rosa echando agua bendita esa misma noche, y hasta mandó a llamar al cura para rezar el rosario ese día.
– Perdóname, Juan, pero con una familia así, los perros hacen fila – enmarcó Leslie –. Eso es pobreza.
– Bueno, mi amigo, no creo que sea la realidad; yo ahora la entiendo, y todas ustedes, tarde o temprano , serán diferentes. Somos como piezas de ese barro, llamado arcilla, que con las gubias del destino se van esculpiendo las verdades. El ser humano es un universo en medio de otros universos, y el brazo que te diseña viene ya en paquete; es como la mano de un escultor que busca materia para trabajar; nosotros somos esa parte elemental, y la existencia de lo material simplemente se choca con lo que ahí está.
El mundo de pueblo pequeño, como los nuestros, no ofrecen ósmosis en la manera de expresarnos. Todavía las sumisas mujeres se esconden debajo de las camas para fornicar, y la verdad es que, no sé, aquí se puede hacer, a la hora que uno quiere y las rusas son bien abiertas en esas relaciones; pero a veces la malicia indígena a la hora de hacerlo con ese morbo de latina caliente, hace que todos esos recuerdos te exciten con nostalgia, a pesar de la ignorancia y el desbanbaje con que se superan nuestras mujeres.
Después de habernos separado – continuó Juan –, a la semana siguiente , Lilliam estaba haciendo recolecta de cuerpos: chipriotas, árabes, negros de África y, por último, cayó en las manos de un peruano indígena, que empezó a devolverla a las oraciones católicas y la dignidad de “mujer latina”.
Luego de haber tenido tres abortos, decidió volver a sus valores, y desde entonces no la he vuelto a ver.
– Ponle freno a esta carajada Juan; yo todavía sigo siendo tica – dijo María, eso es demasiado, ya ella tendrá tiempo para ser perdonada por Dios.
– O te haces un buen puro de canabis, te vas al baño y te masturbás, o dejas de estar cortando el tema con ese montón de credos que te traes del pueblucho de donde vienes; que eres el vivo ejemplo de la madres atrapadas; que todavía tenemos en nuestros pueblos. ¿Entendistes?, María madre de Dios – dijo Nago, hastiado de ver tal especimen de ignorancia echa realidad.
– Azco es lo que me da – arremetió María – cuando escucho semejante porquería. Primero me muero o me devuelvo a mi patria; dejen de ofender a Dios. No perdamos lo más preciado que la vida nos ha dado: el don del poder darle creyentes cristianos al Señor, y todo este tema de la mujeres que cambian, y los abortos son falta de fe, de valores omnipotentes.
La misma María estaría abortando no sólo una vez, cuatro; después de haberse entregado al imán de los placeres. Todo comenzó con un enamoramiento no correspondido que tuvo con un argelino, menos creyente, pero más intelectual. Luego estuvo predicando el Marxismo -leninismo, después de haber decidido cambiar de carrera a historia política. Da clases en una universidad costarricense y visita un bar llamado “La Tertulia” casi todos los días, en donde a veces se llega a tomar hasta diez cervezas; sus amigas son de verdad, y sus amigos son casi todos escritores; la madre aún vive, y todavía hace tortillas en el anafre, con rica aguadulce caliente.
– Algo que hizo cambiar mucho a María fue aquella novela que aún recuerdo pero no el autor – dijo Nago en sus pensares frente al espejo habitado de sus recuerdos con su guía, el zoncho. Se titulaba “El Tábano”, en la novela aquel sacerdote decide renunciar al hijo antes que negar la existencia de Jesucristo. Sumado a esta novela, las clases de economía política y “El Capital” de Carlos Marx. María se tiró al abismo y ya nunca volvió a ser la de entonces; terminó siendo más de izquierda que el resto de sus compatriotas.
Y, sin embargo, las soviéticas se sometían a un espectáculo similar: “La Inquisición del Sistema Soviético”, hacía que únicamente las prostitutas fueran las únicas en arriesgarse a salir con un extranjero capitalista; y los amores de verdad se estarían dando de a escondidas, o platónicamente. De seguro, que muchos y muchas guardarían las fotos del encuentro en la guerra fría y años después de haber terminado todo aquel ridículo espectáculo llorarían sus amores frustrados por un sistema cometa.
– ¿Y qué, ése es el lugar en donde vamos a vivir? – preguntó asombrado Leslie –. Yo le llamaría cueva, no edificio, ni mucho menos albergue estudiantil.
– Esperen a que lo conozcan por dentro – en tono de burla dijo Juan –. Pero no es ese de color rojo, ése es el de los estudiantes que ya aprobaron la preparatoria; el de ustedes es aquel que ven de frente, color blanco ceniza, con un rojizo oculto y ladrillos semiborrados; es por la mezcla de cal con el ladrillo. Acá para pintar las paredes se usa cal.
De cuatro pisos y en estado de desplome, el edificio era de aquellos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial.El mirarlo hacía que todavía se respirase ese ambiente a rencor de guerra; y mezclado con la nueva guerra fría, el panorama invitaba a tener cierto cuidado con lo que se decía, miraba o señalaba, el edificio contrastaba con un estado paranoico que iban asumiendo los estudiantes primerisos poco a poco.
La primera sorpresa se la llevó Nago, quien repentinamente acostumbraba a silbar y entrando al mostrenco edificio, silbó aquella vieja canción de Jannis Japlin : “baby won you buy me a color t.v”, y de pronto alguien dijo “¡Tija!”, en buen español, ¡cállese!. – ¿Por qué?, ¿qué he hecho que tenga que callarme?, ya ni siquiera se puede silbar –; y Juan le explicó, que de igual forma los nazis entraban por los edificios y las calles cada vez que dominaban uno de sus pueblos calles o ciudades, silbando; aquí silbar, y de esa manera, es un delito colectivo, una gran falta de respeto; la guerra no ha sido olvidada.
Para los más pobres de Latinoamérica : Centroamérica, Bolivia, Perú, inclusive México, y en fin toda la supuesta cloaca de pieles morenas que representaban la pobreza de los suburbios de las capitales, y los hijos del comunismo; aquellos comunistas criollos, que estaban dispuestos a enterrar en las montañas, el corazón del enemigo; para todos estos, la Unión Soviética era la única solución a sus necesidades. En realidad, no estaban tan lejos de estar en lo cierto, pues la nueva patria de Lenin, ofrecía albergue, sueños existenciales y abrazo a sus seguidores; o sea que aquel estado de lipidia en los edificios, para algunos era una tragedia; pero para otros el mejor de todos los sitios.
Ya llegados al albergue, los ticos se mezclaron con el resto de centroamericanos, en su mayoría de Costa Rica y El Salvador; también de Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Ecuador, y extrañamente, se encontraría a un argentino. Todavía para entonces, en el año 1977, se consideraban los castos de América del Sur.
En los cuartos, de apenas veinte metros cuadrados, se encontraban asignados tres y cuatro catres, de aquellos que aún se usan en algunas cárceles del mundo subdesarrollado. Las paredes por dentro también se pintaban con cal, y el cuidado que se debía tenía que tener para no mancharse la ropa, formaba parte de la rutina. A la hora de arrecostarte en la paredes, besarse con alguna chica o dormir, podría ser que se amaneciera con el pelo canoso.
– ¿Qué más se le puede pedir a la vida? – dijo Miguel, venido de Guatuso, de San Carlos, un pueblo tan pobre, que hasta en su forma de hablar se podía sentir aquel estado de pobreza intelectual. Su color tiznado, de la piel que permanece en el campo de sol a sol, hacía de él, el típico campesino de las zonas calientes y asoleadas de cualquier pueblo latino.
– Yo no podría pedirle más a la vida – repitió –, me están vistiendo, me dan cuarto, comida, 80 rublos de estipendio por mes; además, libros, y estudio; y hasta dicen que cuando uno se enferma, los médicos lo llegan a evaluar a la casa; y si uno se encuentra jodido se lo llevan al hospital. No joda, esto es de ricos. No he tenido tiempo de darle gracias a Dios.
– A Lenin, hermano – agregó Juan, con cierta ironía –, al estratega de la revolución bolchevique, el que dijo, y para que no se te olvide: “uchitsa, uchitsa, uchitsa” – (estudiar, estudiar, estudiar) –. Y por eso vas a estudiar, eso ha costado muchas vidas, huelgas; le costó la vida al hermano de Lenin, y a muchos revolucionarios bolcheviques, para que gratuitamente se lo regales a tu Dios, el Dios de Guatuso.
– Yo soy guapo querido Juan – pateando el suelo una y otra vez con sumo estruendo; aún llevaba las botas viejas de campesino, y las suelas eran de cuero macizo. – A mí nadie me va a joder la vida de esa manera, mi Dios no se toca, si tuviera en estos momentos un veintiocho pulgadas, le arrancaría la gallina de un solo vergazo. ¿Me oíste comemierda?
– Tranquilo, Miguel – intervino Nago, sujetándolo de los pantalones –; sólo te están dando una cátedra de historia; si aguantaste tanto sol en tu piel, por qué no te vuelves un poco más tolerante.
– Esto será para algunos un bombardeo ideológico, filosófico, dirigido exclusivamente a ustedes; para eso los trajeron hasta acá, y es por eso que les dieron la beca; los visten y los harán profesionales, porque la revolución cree en la creación de nuevos seres humanos, no en un golpe pechos de iglesias, si no, en seres intelectuales, con verdadero uso de la razón. Acá se le va hacer ver la verdad de lo que la historia ha sido realmente – intervino Juan, el comunista, que siempre, y como buen hijo de zapateros era el orgullo de su padre , de aquel barrio llamada Cinco Esquinas de Tibás.
Era precisamente en las zapaterías, en donde más se hablaba de comunismo, y en donde los sueños de una nueva patria se arreglaban, al ritmo de la máquina cosedera de suelas.
– Y dale con ese hijueputa vuelo de comunista – dijo Leslie.
– Un momento, déjalo que termine – pidió Nago –.
– No hermano, ya me tiene hasta la coronilla de tanto mensaje; no he llegado, y ya tengo más sermones que los que llevé chiquitillo en la iglesia.
– Espere, hijo de papi – le señaló Juan con su dedo índice –, espere que para esto se tiene que ser muy hombre.
–¡Ah! quiere decir que hasta ustedes son machistas; la Biblia es para los hombres, y el comunismo para los hombres también – introdujo Laura en el tema.
– Nada de eso, la construcción de la Unión Soviética lleva en cada una de sus esquinas el nombre de mujer. Hablo de hombres en el sentido humano; no me refiero a los géneros, ése es un problema capitalista y de consumo – contestó Juan.
– Suave, suave – refunfuñó Nago, como salido de un rincón olvidado; ya bastante había estado escuchando y ahora le tocaba a él –. Es mi sentido decirles que todo esto me parece, como siempre, ser tema muy humano, no sé si ése sea el problema o que de sermones está lleno el mundo. Esta es una conversación entre hijos del subdesarrollo; pero también no sé por qué estoy convencido de que cada uno de nosotros sabe lo que significa la palabra coca cola, y que Miguel, en su campo labriego, en más de una ocasión, se habrá encontrado en el surco con uno de esos envases y también por los nuevos supermercados de la clase privilegiada los verá con la etiqueta bien limpia; y a mi parecer ésa es la guerra que nosotros no podemos entender. Seguimos siendo los plebeyos del Rey y la Reina; los arrimados a las monarquías que mueven los intereses de los capitales heredados, y eso no tiene ni lugar ni sistema; lo único que conozco es el término hombre y el bienestar de cada quien.
– Yo tengo un vuelo que llevo desde muy niño, y que a nadie he querido contar; me saca de todas las crisis mentales y me lanza lejos de los mediocres, medradores y ambiciosos. Cada vez que me encuentro en dificultades, lo llevo muy dentro de mi , es mi idioma; porque me acompaño de pieles pasadas; ustedes vienen solos a sumergirse en otra cultura, entre más sapos y culebras. Yo traigo vuelos lejanos para compartir con ustedes, ¿no lo ven?, no es la cabeza, el título, la Biblia o el machete de Miguel. Se trata de alimentar a la fiera, la única riqueza que podría acompañarnos hasta el regreso. Que cuando nos miren a la cara, sepan que nuestros rostros son diferentes, y que nosotros nos sintamos transparentes, que nunca fuimos habitados.
Ahora, aprenderemos a extrañar hasta las escupas y los gargajos de las cantinas que dejamos atrás; el aserrín con que las recogen, los ignorantes de pueblo sumiso, el folclor, el pesimismo y hasta el luto de nuestras abuelas; pero eso es como volar, pensando que uno es el dueño de todos los vuelos, y eso es tener demasiada soberbia; yo soy ave por el vuelo y no por el simple hecho de ser una especie.
Tampoco la realidad es el aborto o el que la preñó; ni el ave maría o el yo pecador. Es la altura con la que se abre el sentido de libertad, de pureza; la ternura de un pueblo está en deshacer la frontera mental, eliminar el ADN en su mala herencia, la cultura de la guerra por la muerte armada, por la sangre en el ojo. Volar para ver mejor lo que nuestros pueblos hacen y no comer y comer carne ajena, juzgando buitres desde las llanuras mentales.
Nos hemos convertido en cultura mutante, de soldados de fortuna por herencia; todos vemos en la sociedad del consumo la exquisita carroña del placer, y así nos hemos ido convirtiendo en nuestro propio enemigo.
Ya eufórico y un tanto alterado en su discurso, el ojo izquierdo se desvió de su órbita normal y su cabeza temboloteó como si estuviese a punto de entrar en circuito.
– Dobre utra. Buenos días, – dijo el comandante, una vez llegados todos a la salida del edificio.
Fue en el mes de setiembre, y todavía el verano sacaba alguno de sus días para despedirse de la estación y sumergirse en el otoño. Para muchos de los extranjeros la vida seguía igual; pero Nago sabía que aquel color en las hojas, amarillo rojizo, era la solicitud de la naturaleza a un paso bastante frío.
– Buenos días, camaradas extranjeros, haremos un reconocimiento por los edificios, la gloriosa institución de ciencias agrícolas del Cubán, en donde se han descubierto las mejores variedades de arroz en toda la región. Tendrán profesores a nivel de un Lomonosov – dijo el comandante –. Todavía bastante despistado, Nago escuchó el cantar de un ave que ignoró, pero extrañamente ese mismo día en la noche, no dejaba de recordar. Aquel sonido – pensaba que tal vez pudo haber sido un síntoma de locura, no creía que un canto tan hermoso pudiese existir, y caminando a la cocina; en donde habían una buena cantidad de rusos. Con gran dificultad trató de pedir alguna explicación del canto de aquella ave, que el día anterior había escuchado.
Intentó comunicarse con los soviéticos, para que estos le explicaran si aquel cantar era real, y así poder conocer al ave que componía aquellas melodías.
– Sí, claro, “ La Salabii” – le explicó la salonera de la soda, que se encontraba lavando unos platos en la cocina.
– Salabii – se repetía Nago –, debe de ser la hermana menor de todas mis aves y el mejor cantor. Este es un gran día, colibrí. He escuchado a tu hermano el cantor. Me cuentan que no mide más de ocho centímetros. Algún día te conoceré, amigo cantor, es bueno saber que en estas lejanías alguien como tú me estará haciendo compañía. He escuchado: canarios, jilgueros, chorchas, pero ninguna, ninguna canta de esta manera, eres un fenómeno de la naturaleza; cantas, y pareciera que también gritaras con gran cizaña, como si estuvieras alertando a lo que ya se te ha encomendado.
– Presiento que algo de las glorias literarias que el otro día comentaba Basia – pensaba Nago –, y que tiene este enorme pueblo, han sido inspiradas por este monstruo tan pequeño, y que hace despertar las cejas cuando de pronto se la escucha.
– Algunos cuentan que entre el canto de la salabii, el bodka y un acordeón; los rusos han logrado soportar todas las guerras que han sufrido; escucharla en verano es una promesa y su ausencia en invierno, te hace soñar con la llegada del verano – advirtió Basia, el compañero de cuarto de Nago. No es mera casualidad que nosotros nos hayamos fortalecido en cada una de nuestras batallas; la segunda guerra mundial también fue víctima de la salabii. Y Napoleón que pensó que fueron los inviernos; en parte sí, pero más aún cuando se aprende a escuchar a la salabii, y te das cuenta de que el pecho de esta ave debe de estar forrado en oro macizo. Vladimir Wisotskki*, quizo imitarle y en algo se le llegó a parecer el cantante: en su eufórico cantar.
– ¿Quien es ese tal Wisotsqui? – preguntó Nago a la camarera del bufé . Llévate hoy en la noche al tal Wisotski, y yo te llevaré música de nuestros mejores cantantes: Julio Jaramillo, José Feliciano, Agustín Lara.
– Hoy a las 9 de la noche – recordó la salonera –, y ten cuidado porque si me ven contigo me mandan a Siberia . Mañana serás un hombre bautizado a la rusa, y hoy en la noche conocerás mis hormonas. Llévate la música, una botella de vino, y yo te entregaré con fuertes besos la historia de Wisotskii y la salabii.
Llegó la primera vez, y Natacha con la luz apagada en la soda, la puerta entreabierta... ante un – Pss..pss..., aquí estoy, entra con cuidado que todavía no se duerme el comandante. Ven, ven aquí abajo, que no te vayan a ver la cabeza. Así se agachó Nago, para encontrarse con el escondido rostro de Natacha, la flaca y de huesos delgados, pero labios temblorosos y fríos como la piel al viento, lo sujeto del cuello y se comieron entre besos. – Tija, tija – ¡Silencio! , no hables, ni murmures; bésame, bésame queditito. Wisotski a escondidas se escuchaba como trompeta silenciada.
Ese señor cantor del populacho soviético era Wisotski, el tipo que podía decirlo todo cantando. Era tal vez el único al que se le permitía hablar por medio de sus canciones en contra del sistema soviético; y de una manera muy popular, el pueblo lo adoraba, se podría decir que embrujaba hasta sin entenderle.
– Me gustas, moreno; me gusta tu piel, tu pelo – dijo Natacha la camarera –. Creía al principio que no eras de verdad, pero ahora veo que eres tan hombre como nuestros muchachos-. Cracibii ti uj, cacoi ti –. Cracibi – decía una y otra vez, mientras la música hacía ola en sus cinturas hasta bailar parados restregándose en el amén de los dos.
– Quiero que nos sigamos viendo, Natasha, todos los días por las noches, si es posible.
– Net , amor mío, no se puede; pierdo mi empleo. Veámonos sólo y cuando el comandante ande de juerga; el gusta de emborracharse cada quince días, o en los días de fiesta; yo te aviso. Confía en mí, siento que de amores sé más que tú – terminó por decir Natasha, cogiendo la mano de Nago para besar sus nudos –. Mi abuela dice que los amores extraños nunca se olvidan – terminó diciendo.
Las clases continuaban y la procesión de extranjeros, sumados a los soviéticos que estudiaban en el Instituto de Ciencias Agrícolas del Kuban, empezó su rutina. Los hijos de la guerra fría se sumaban a la caravana de: grusinos, armeñios, rusos, ucranianos, belorusos , afganos, y en fin, todo el bloque soviético; y de parte de los extranjeros del bloque socialista, se sumaban: los alemanes orientales, checos, húngaros, búlgaros, polacos y por fin, cubanos, entre la turba de extranjeros; aunados a estos, todos los capitalistas revolucionarios y guerrilleros latinoamericanos.
El resto de los extranjeros eran de Senegal, Alto Bolta, Bajo Bolta, Togo, Angola: Mosambique, Chipre, Laos, Vietnam, Mongolia, Nueva Guinea, Argelia, Marruecos. Todo el planeta se encontraba viéndose la cara en un sitio de muchos edificios de ladrillo rojizo, con cuatro, y hasta cinco pisos de altura, albergaban a más de mil extranjeros en la ciudad de Krasnodar.
– Rondan – dijo Leslie, – dicen que son putas porque nos visitan y lo único que quieren son jeans. A 200 rublos el pantalón, y hasta trescientos, si uno se pone listo; con tres que se vendan, podemos ir a Costa Rica; el pasaje cuesta seiscientos rublos haciendo parada en México D F.
– No está mal, pero lo mejor de todo – añadió Roberto –, es que estas chavas con un pantalón te las podes echar al pico; no importa lo bellas que sean, se mueren por ponerse uno de esos levis; les importa un bledo si les queda grande o chiquito, la cosa es tenerlo.
La camada de negros africanos que tenemos en el instituto, hacen el amor a diestro y siniestro por la gran cantidad de pantalones que traen de Italia, Alemania, y cualquier país capitalista europeo.
– Son carne de vaca – dijo Roberto – yo los cambio por hachis.
– ¿Cómo? – preguntó Andrés – ¿se puede conseguir la vaina aquí?.
– Claro – respondió Roberto, y de la mejor, aún mejor que la panamá red.
– Con un pantalón, puedes jalar mecha todo el año.
– Andrés, apodado Pollo Loco era oriundo de Guápiles. Este pueblo, para entonces, era una ciudad de Costa Rica en donde la vida en aquellos tiempos de los setenta, valía muy poco, y la agricultura se concentraba en el banano y la ganadería.
Pollo Loco era un humilde campesino, que recetaba monte y vivía de la droga, hasta que un día fue atrapado por un policía de la zona, y al querer arrestarlo, éste le amputó un dedo de un solo mordisco. Andrés corrió y anduvo escondido, hasta que un día se le acerco una tía, y le llevó la buena noticia de que le habían aceptado una beca a él para estudiar en la Unión Soviética.
Asombrado de la buena noticia, se escabulló con la tía, y en el día convenido se presentó, sudado y hediondo, al aeropuerto con una sola vestida, y así zarpó para la URSS sin pensarlo mucho. Allá fue el ser más feliz de la tierra; así decía cada vez que se embriagaba y se cruzaba con canabis. – ¡No sé por qué he tenido esta suerte! – decía –, esto es el paraíso, estos rusos me pagan por ser lo que yo soy, y ni siquiera sé lo que ellos quieren de mí.
Así lo conoció Nago, como el tipo más noble de todos los tiempos. En sus últimas estadías en la Unión Sovieta contaba cuan feliz y afortunado era.
– Hasta una de las chicas más hermosas , estos rusos me obsequiaron, porque siendo yo un cualquiera, el rostro del amor me lo llevé para la tierra, de nombre Alina, la amo como a mi piel– le comentó Pollo Loco a Nago –. Una vez me dijistes , Nago , que te gusta tanto el volar como a mí el canabis, ¿no te perece que si alguna de ellas se estrella en su vuelo, lo duro no es el golpe si no el cortarse del viaje?, ver desde arriba los valles y levitar cada vez que se te antoje. He visto demasiado y padecido el ambre en el campo, aprendía a alimentarme a puro banano desde los dos años, y mi padre murió mordido por una terciopelo. Así es que la yerba me tranquiliza , el licor me pone a llorar y meterme en broncas estúpidas, termina uno haciendo el ridículo y los dueños de las cantinas sacándote a patadas , después de haberse dejado tu dinero.
La cultura de la droga había crecido en los pueblos de latinoamérica; pero era dificil ver esa situación en la Unión Soviética, en donde el consumo de vodka sí era vastante exagerado, pero tal vez en cierta medida el imponente frío insitaba al consumo de esta para poder calentar los cuerpos que se cubrían de abrigos gruesos y chapcas; aún así el frío se convertía en el verdugo de muchos que perecían dormidos en las calles. Tenía más sentido tomarse un trago de bodca, que pensar en algo que no fuera a calentar el cuerpo.
– Aquí la cosa es control – resumió Roberto Orellana, con su filosofía guerrillera, y tal vez recordando sus hazañas en las montañas de El Salvador, mientras escuchaba la explicación de Pollo Loco.
– ¡Brindar! . En esta patria se aprende a tomar brindando: por el amigo, el partido, el cumpleaños; el tomar tiene su sentido – agregó –, pero un día de estos, escucha, Nago, un día de estos, te voy a presentar una dama que está interesada en ti, y claro, que la amiga de ella también quiere conocerme el falo, ya tú sabes que soy a lo guerrillero; se comparte el rifle el agua y el sueño, pero con cuidado de los excesos ¿ok?
– Recuerda que en las montañas, quien deja de mirar a sus lados, perece y esto te lo digo porque yo soy vivo ejemplo de eso.
– ¿Y qué tiene que ver todo eso con las nenas? – preguntó Nago.
– ¿Es que no lo ves?, zipote culero – dijo en tono ofensivo – los niños observan sus manos desde la cuna, conocen el tamaño del pezón de su madre sin tener que medirlo; lo llevan en la boca hasta la muerte, ¿y tú no puedes entender que un niño debe tener la panza llena, pues? Así somos en nuestras necesidades...”niños”.
¡Ah!, zipote éste, las montañas dejan mucho, tanto es así, que a veces no entiendo qué hago aquí en estas tierras, mientras mi gente se muere por la nueva patria salvadoreña.
– Las viejas que estoy por presentarte, toman guaro hasta el amanecer y tú apenas aprendes a gatear, tienes que ponerte al ritmo de ellas, pero sin pasarte de los tragos, si no,vas a decepcionarlas; están que te vas a sacudir con solo verlas; pero me tienes que hacer gallo, para poder hacerlo juntos, porque, como a todas las damas, hay que darles lo que ellas pidan.
– Entiendo – contestó Nago –, pero me tengo una promesa, no puedo alterarme; es algo que me prometí antes de venirme para acá, es decir, vengo para cambiar a mejor y no embriagarme en mis pasados con el vodka – le explicó –.
– De eso se trata, Nago, de eso se trata, ¿me haces gallo, sí, o no?.
– Diablos – dijo Nago, ¿cómo voy a decir que no, cuando se trata de mujeres?
A Nago le preocupaba perder todo lo avanzado en su pasado con la muerte blanca; sin embargo, la distancia de los seres queridos y el mal de patria, podían más que el triste recuerdo de aquella; ya efímera experiencia que cambió su vida por completo.
Nago y Roberto ,el guerrillero salvadoreño, se hicieron gallo aquel día, y después de copas, cervezas y vino, con la cabeza sin control, se enterraron en las faldas y las caricias de aquellas boluptuosas damas del Kuban que amaban sin prejuicio alguno.
Las clases continuaban como de costumbre, y el encuentro entre culturas guardaba un mimetismo cultural, dificil de perforar o aceptar por el cambio de costumbres y esa falta de patria. Los orientales y asiáticos armonisaban más con sigo mismos, su semblante era terso y sus movimientos seguros. Los latinos se veían más distantes de su patria, más tímidos; pero atrevidos y alegres. Cada quien se afianzaba en su propio ser, en su clan, su gente. Pretendiendo guardar distancia, todos se olfateaban tratando de imponer territorialidad desde sus cuerpos, que era el único espacio habitado por si mismos. Ya con los discursos que daban los viejos estudiantes, los nuevos, se iban ajustando a la situación intercultural; a pesar de que la transculturización era bastante competida por los mismos soviéticos, todos entendían que el propósito lo determinaban los dueños del suelo que pisaban. La batalla se traducía en desconfianza, y se aprendía a tolerar al que tenía la mirada más fuerte, sabiendo que el más pequeño vietnamita podía dar la sorpresa más grande en su silencio, su batalla. Los más extrovertidos, de seguro, venían de países menos reprimidos; la liebre podía saltar en cualquier momento.
– ¿Ves a ese enano, enclenque y transparente vietnamita? – preguntó Roberto a Nago –, esas medallas que cuelgan en su pecho son de por lo menos haber matado a veinte norteamericanos. Son diminutos y hasta notablemente desnutridos, más parecen salidos de un cuento de hambre, pero lo suficientemente valientes, y excelentes estudiantes; en el futuro te los encontrarás en la sala de estudio hasta las dos o tres de la mañana, y sacando las mejores notas, son muy agradecidos con el sistema soviético.
Entre los extranjeros existían grandes diferencias en su nivel académico; eso lo sabían los soviéticos y conocían cuáles países eran los más flojos, entre los que se destacaban los latinoamericanos, a pesar de que los africanos parecían ser más atrasados; esto demostraba lo contrario; los latinoamericanos eran vistos con mal ojo por los árabes, y las mujeres latinas como rameras.
Los soviéticos impresionaban con su excelente educación; su sistema era persistente y repetitivo; así se practicaba tanto dentro de la familia, como en las escuelas y colegios. La calidad académica hacía que los soviéticos tomaran distancia en relación a los extranjeros al inicio de las clases.
Quedaba demostrado que quien persistía triunfaba, aquel que lo hiciera y no tuviera buenos resultados académicos, era considerado por los profesores como un alumno esforzado y siempre se le daban todas las oportunidades necesarias; sólo se permitía decir, “yo quiero”.
Los alumnos eran tratados como personas independientes una de la otra y se le analizaba como individuo y no como mercancía; el profesor ya, al cabo del fin de año, conocía muy bien a sus estudiantes y sabía quien quedaría mal al final. Los exámenes resultaban ser al fin y al cabo solo pruebas, ya el entorno conocía el esfuerzo de cada quien, tal vez esto se debía al sistema de estudio colectivo, donde en los corredores, clubes y hasta en el quehacer diario se hablaba de lo mismo: “estudio”.
Si eran los africanos, algunos se destacaban por su persistencia para lograr el objetivo académico; pero también uno que otro fallaba por los placeres de la vida, y pasaban los cursos como normalmente lo hacía cualquier estudiante regular, así como los latinoamericanos.
Los árabes, como les llamaban los latinos : “arenosos”, se destacaban por ser demasiado serviciales, hasta caer mal por la excesiva melosidad con que trataban a las mujeres latinas, y en general; a tal grado que a veces se quedaban con las más hermosas, además de ser los más adinerados. En el trato con soviéticas eran muy finos, especiales. Si se trataba de conquistas, estos desplazaban a cualquier otro extranjero. Una vez que se hacían novias de éstos, vestían hermosos abrigos de invierno, nuevos jeans, y uno que otro atuendo que llamaba la atención. Las soviéticas era fachendas y sensualmente coquetas; sus gestos, en general eran sublimemente femeninos e invitaban al amor cuando de coquetear se trataba. Lógicamente los varones soviéticos, al no contar con dispositivos para frenar la tentación que, supuestamente, era parte de la guerra fría, se enfurecían, y en sus adentros detestaban a los extranjeros por prostituir a sus damas. Los más aferrados al sistema lo disimulaban.
Nago decidió conocer más de cerca la ciudad, y como lo hacen los caninanates tiró pata a las calles. Por la avenida Krasnaia-avenida roja de Krasnodar, se encontró con un júligan; ambos hicieron amistad. El interés del júligan era conocer al extranjero quien podía tener dólares para vender. Después de haber intercambiado dólares por rublos, el soviético se dejó decir que el pueblo soviético sentía gran repugnancia por los extranjeros.
– Si pudieran, mandarían a fusilarlos..¡a todos ustedes! – dijo sorpresivamnete –, los miran como si fueran una plaga, no así los políticos del Partido Comunista; ellos los utilizan .
El hombre, rebelde y deseoso de romper fronteras, se identificaba con el extranjero; pero sabía que el no hablar con cautela le podía costar hasta la vida, y hasta el sitio donde habitaba.
–¿Sabe cómo viven los judíos acá? – preguntó –, para luego dar la respuesta. Sacó un papiroza,“cigarrillo de marca soviético con filtro hueco”, lo golpeó contra la muñeca de su mano izquierda, luego lo frotó con ambas manos, sopló este para la buena suerte, y apretando con técnica magistral el filtro hueco del cigarrillo, le formó dos entrenudos que hacían que el humo subiera mejor filtrado y el papiroza durara más tiempo en ser inhalado.
Después de haber escupido al suelo, se miró las uñas manchadas por el exceso de nicotina; luego distanció la cabeza de en frente de Nago, y contestó a su pregunta: – Los judíos viven como en estado de sitio, y a veces al visitar alguna de sus casas, se encuentra uno, las habitaciones vacías, sin muchos muebles, esperando a ver en qué momento emigran a algún lugar de occidente; no es de sorprenderse ver en ellos gran cantidad de oro en sus brazos, dedos y gargantas. No son bien tratados acá, desde el tiempo de Stalin, y quizá antes de eso. Además de los judíos, también los armenios, grusinos; muchos son los que deseamos ver qué sucede allá afuera; esto. es como cuando te tapan los ojos y te dicen que el camino es el correcto sin que puedas verlo, tienes que confiar en sus palabras y no moverte para ningún lado; así es como nos llevan, no creo que ése fuera el deseo del viejo Lenin; ése sí sabía lo que queríamos, pero tuvo que salir esa baba* y meterle un tiro en la nuca para que a los pocos años muriera el líder.
– Nuestro Lenin, aprendió mucho de Europa, y quería ejemplos sanos para su pueblo; pero vino el mercenario de Stalin...por cierto ¿sabe que la palabra “stal” significa hierro?- hombre de hierro -. Eso era el señor Stalin, por lo que se llevaba tan bien con Beria; los dos eran maquiavélicos, y tenían un sentido de justicia en la cual ellos, no los culpo, creían que era la solución a los problemas de la URSS.
– No te confundas hombre, que de enfermos está lleno el mundo – agregó Nago–, tenemos en occidente también otros males tan graves como lo que ustedes padecen, es así como una gusanera saliendo de un cuerpo; solo que nosotros somos el cuerpo y ellos los gusanos. Salen regorditos de comernos, cuando ven que estamos desnutridos, nos aplican políticas de avena y trigo, mezclados con papas, y apenas al ver de que nos pasamos de libras, envían su caballo de Troya para sacarnos hasta la mierda, si pueden.
– Así es camarada – terminó diciendo el soviético –, trataré de pensar más en lo que hago diariamente para no enloquecer, de seguro que tendría problemas tambén en occidente; pero lo que me aflige es no poder comparar, dichoso vos, que sí has podido perforar esa nebulosa y poder escoger entre dos mundos – subrrayó –.
Las clases eran intensas; y la lejanía de los hogares, hacía del estudio algo bastante difícil,. Algunos lloraban en los exámenes, y hasta suplicaban a los profesores que les entendieran el por qué les costaba tanto; y a pesar de que los latinoamericanos no iban bien preparados a las universidades soviéticas, los profesores eran muy conscientes de que muchos de los extranjeros que llegaban a su país, provenían de estratos sumamente pobres; muchos llegaban a la URSS con los zapatos rotos, los dientes podridos. Si se trataba de peruanos, en su mayoría hasta costilludos y lempos, como las niñas de Dostoyeki a punto de entrar en coma; más parecían los rostros de las caras pintadas de blanco, en una noche blanca de Leningrado.
– No creo poder con esta preparatoria – dijo Laura, en tanto Nago se despedazaba la cabeza haciendo una poesía de amor.
– Este idioma está hecho al revés – advirtió Raúl el colombiano –, pero tenemos que seguir adelante, en algunos años estaremos graduados y hechos en Europa –¿entiendes Nago? – a pesar de lo que se diga; esto es Europa; roja, como se le diga a esta patria; nosotros seremos parte de ella, los hijos de la guerra fría...Así nos llamarán nuestros herederos: familia, amigos hermanos, críticos, derechistas, gringos; quienes tengan boca para hablar pronunciarán las palabras; “los hijos de la guerra fría”. Laura, que permanecía arrecostada sobre el hombro derecho de Nago – le preguntó: – ¿Estas vivo?, he contado 38 pulsaciones por minuto en tu corazón, algo tienés en ese músculo, o te estás muriendo –.
– Bradicardia, padezco de exceso de deporte; cuando niño vivíamos en San Marcos de Tarrazú, y a la salida del pueblo que daba con San Lorenzo, había una cuesta que le llamaban la Cuesta de los Perros; pues a veces la subía hasta veinte veces para ir a bajar jocotes tronadores; de esos que se revientan en la boca, maduritos y pintones .
– ¡No hables de esas cosas y en estos momentos! – dijo Laura –, que se me hace la boca agua; estás hablando del paraíso, jocotes, guanábanas, pejibayes, mandarinas, limones dulces; desearía ser pregonera en estos momentos en medio de la avenida central de San José. – Sabes, Nago, ayer me dijeron que tengo sinusitis; me duele la nariz, y difícilmente puedo respirar; me han dicho las enfermeras que para invierno los dolores van a ser tan fuertes que hasta me podrían internar.¿Me acompañas a la policlínica?, tengo cita a las tres de la tarde. Me dijeron que llegara con alguien.
– No veo ningún problema – contestó Nago.
– ¡Malditos que me están haciendo!. Nago, quítame a esta desgraciada de encima.
– Quédese sentado caballero – dijo la enfermera –, usted no interfiera en esto, que de aquí su amiga sale curada –. La gorda enfermera, de más de un metro setenta de altura y unas doscientas libras de gordura ponía su brazo derecho sobre la cabeza y con la izquierda metía en la nariz una jeringa que medía casi la cuarta. El pus salía succionado por la jeringa, y se regaba por sobre la mejilla de Laura; la enfermera auxiliar le sujetaba los delgados brazos ; y con una de sus piernas le prensaba sus féticos pies.
– Hijueputas, malnacidas – sonaba Laura su voz entrecortada y gangosa. De pronto, soplaba y le salían las babas amarillas, hasta que empezó a salir sangre por la jeringa; luego se quitó la enfermera, y tiró la jeringa en el lavatorio. – Mamita, solo así estarás bien, duele pero es efectivo; aquí no te engañamos con medicinas de mentirillas; no necesitamos sacarte la plata .¿Entiendes, hijita?.
– Nie juia*, “ni pinga”, que entiendo, primero porque apenas estoy peleando con este idioma extraterrestre, y después porque prefiero pagar a que me hagan esta barbaridad; jamás, jamás olvidaré este momento. – Pero te curarás, hijita ya verás –. Las enfermeras sonrieron, una de ellas dijo : No han pasado necesidades estas extranjeras.
– Nago, acompáñame esta noche, por favor, todavía no me han asignado compañera de cuarto, y la verdad es que después de esto, me siento bastante mal; no te pido que me beses con esta nariz así; pero por lo menos acaríciame, no soy como las otras mojigatas campesinas, soy citadina; si así se le puede llamar a San José,...ciudad; pero ya he hecho el amor y necesito de lo tuyo, quiero tu compañía esta noche, por favor.
Y así la vida transcurría en el Kuban,con días nuevos; pero sorprendentemente de choque, todos gravaban algo diferente para recordarlo como algo monumental.
– ¡Cerdos! – gritaba Laura después de haber hecho el amor –, esto, pero ni a un perro se le hace, ni siquiera me dijeron lo qué me iban a hacer, ¿que clase de gente es ésta? Son como carniceros en un matadero.
El caso es que Laura nunca volvió a padecer de tal enfermedad. Y después de esta experiencia, de lo único que se padecía en los alrededores de la universidad, era de gonorrea, sífilis, y todos los demás inquilinos del pene y la vagina.
Así le sucedió a Raúl, el colombiano, que rondando por el parque cercano a la calle Krasnaia, lugar que se frecuentaba para conocer más a su pueblo, y encontrar novia, un día llegó con una enorme y esbelta flaca, corvetas, rubia, de piel nueva, a su cuarto. Se paseó por los corredores del edificio, se exhibió, y después de haber hecho la boca agua al resto de los guapos, se instaló en su cuarto. Antes de dejar a la muchedumbre boquiabierta , dijo:– Si se portan bien les dejo algo.
Tres días después andaba buscando ayuda por que el pene le moqueaba.
– Te lo advertí – le reclamó, Lolita su compatriota.
– Sí pero de todas maneras, aunque me hayan pegado esta carambada, no me arrepiento; en Colombia sales con una flaca así, sólo si te ven con un Mercedes Benz o un BMW. No, y no, jamás me arrepentiré, la buscaré, y me la echaré de nuevo con preservativo; es más, ella me lo advirtió mientras yo me resbalaba sobre su piel de durazno pintón.
– Es cierto – dijo Roberto –, ya yo llevo como unas cuatro de esas pegadillas; el único problema es que acá duran como quince días para curarle a uno una gonorrea; mientras que en Costa Rica con un chuzazo de penicilina, a la semana ya está uno montado de nuevo.
– Claro – advirtió Nago –, pero con el cuerpo bien maltratado. A mí me pasó que el otro día: una nena me salió en la calle, y me la llevé por detrás de mi cuarto a hacernos cochinadas, pero, ella traía de esos preservativos soviéticos, tuve que ponerme como tres para que no se me cayeran, y hediondos; creo que los traía lavados; bueno, por lo menos no me enfermé.
– ¿Que tal si te pegan una sífilis? – agregó Nago.
– Aquí no hay sífilis- contestó Raúl.
– Ignorante – respondió Nago –, ¿crees que el socialismo no sufre de los mismos seres humanos. ¿De qué pueblo vienes?
– De las calles de Bogotá, berraco; donde la vida vale un kilo de canabis.
– Eso no es cierto –, contestó Lolita, su compatriota –. Este es un hijo de papi malcriado, que viene a poner en mal a mi Colombia.
– Así transcurrieron los primeros seis meses en Krasnodar, mientras se aprendía sobre el socialismo, la matemática, botánica, química, y todas las materias básicas para estudiar una carrera afín a las ciencias puras.
La rutina se fue estableciendo, con estudio, exámenes, mujeres de todo tipo, enfermedades, discusiones; especulación en la venta de pantalones, y alguno que otro trastornado, que veía como sus cables cerebrales hacían circuito entre tanto choque cultural e ideológico.
Por las tardes, los sábados y en medio de la guaruma, una caja de cervezas o una botella de vodka “pichenillnaia”, de marca rusa, calentaban los cuerpos. En algunos cuartos, los extranjeros se relajaban escuchando música, haciendo el amor; en otros, se lloraba por la revolución, y uno que otro enamorado extrañaba a su ya extinta novia.
– Si hubiese sabido la mierda que me iba a comer acá, desde hace tiempo que me hubiese devuelto aunque fuera a España; pero la maldita cobardía no me lo permite – pensó Nago en medio de uno de esos solitarios días de invierno, cuando hasta el pene se revela por el frío.
De compañero de cuarto tenía a un compatriota llamado Miguel Fuentes, que al principio parecía bastante acoplado, inteligente y chistoso; pero al cabo de unos tres meses, el mal de patria lo visitó y después ya no volvió a ser el mismo. De día, pasaba llorando, y por las noches tocando el borde de la cama, apuntando con las uñas el barniz de la madera, que cada vez quedaba más y más rayado; con el pasar de los días la ansiedad le fue plagando los sentidos.
– ¿Qué vamos a hacer? – le preguntó Nago –. Creo que te estás volviendo loco, ya no duermes, la barba te ha crecido y no me volviste a hablar de mujeres,¿qué te pasa?.
– No se – dijo Miguel –, la verdad es que tengo como una semana de no ir al baño; esto es asqueroso, la mierda se rebalsa los fines de semana de los sanitarios, y nadie los limpia, y a veces tiene uno que agarrarse de uno mismo para poder orinar o dar del cuerpo y no untarse.
Para empeorar más las cosas, el sábado pasado alguien tocó a la puerta como a eso de las nueve de la noche, vos no estabas, te habías ido a caminar; cual fue la sorpresa que al abrir la puerta estaba un africano lleno de mierda en las manos y la cara. Deduje que al haber estado tan borracho se fue de bruces entre la montaña de mierda que queda en los fines de semana, ¡qué azco!, esto es invivible.
– Pero y que hicistes ante tal hediondéz –.
– Pegué gritos como una loca y lo empujé al corredor, el cabrón se resbaló y dejó la pared repleta de caca internacional.
– Muy sencillo, Miguel – le propuso Nago –, a mí me pasa lo mismo, pero te voy a contar un secreto, en un árbol del dendrari, hice una horqueta, y desde arriba me dejó mandar unos cerotes* que caen despapayaos al suelo y el culo ni siquiera se da cuenta; eso lo hago por poesía, pues me gusta imitar a las aves.
Dicho y hecho, al día siguiente se levantaron bien temprano y sin que nadie los viera se turnaron la horqueta y se pegaron su buena limpiada de tripa.
A pesar de que esto no cambiaría el estrés de Miguel, alegró bastante el ánimo por algún tiempo; a veces se iban a pegar gritos al bosque como indios o locos embriagados, la cosa es que se rompió la rutina.
A los nueve meses, Miguel tuvo que ser devuelto por trastornos mentales y depresivos.
Y hablando de trastornos y trastornados, antes de terminar el período de preparatoria,
Nago olfateaba los primeros retoños; llegada de la primavera. Al entrar del edificio principal, que en su frente imperial se alumbraban con la luz de la tarde, las dos enormes estatuas de Marx y Lenin, hechas en piedra granito, sentados los dos, uno enfrente del otro; apareció aquella frágil ave, vestida de mujer, rubia, con el pelo de seda hasta sus hombros, caminaba como lo hacen las modelos entrenadas; sus caderas se movían con trote equilibrado, y sus hombros mantenían la casta de una mujer única en su especie; su rostro brillaba con el morir del sol, y sus enormes ojos azules sobresalían de su tez marfil.
– Disculpe –. Ella continuó caminando sin poner atención.
– Disculpe, señorita, es usted la mujer más hermosa que jamás haya visto – Nago insistía –
...¡de verdad!
Volteó por sobre su hombro izquierdo, bajó la vista, y de pronto, apuntó al rostro de Nago, diciendo: – Ah, extranjero.
– Sí, pero, permítame acompañarla.
– Toda persona tiene derecho a una mascota – contestó ella –, puede caminar a mi lado.
– No quiero ser imprudente, pero me gusta su físico; es que nunca había estado frente a una persona que sólo se mira en películas o revistas.
– ¡Bah!...¿así conquistan ustedes a las mujeres?–. Ella caminaba erguida, con paso educado.
– No, claro que no, en mi país, uno se sonríe, y si la persona da bola , pues se continúa hasta... Ella interrumpió.
– ¿Hasta acostarse con la victima?.
– No.
– ¿No?, ¡ah, que pena! ¿entonces, para que me abordas?.
– Te diré una cosa, y solamente la diré una vez –, ella se detuvo y lo miró a la cara –. Me gusta tu piel morena, tus ojos achinados, no sos corriente, pero soy mujer de un hombre, no soy promiscua, ni puta. Si me tomas, es para toda la vida; también te diré algo más, estoy en tratamiento, me diagnosticaron esquizofrenia, soy una loca.
– ¿Usted?
– No me has visto en mis crisis. Así es, que si quieres, podría ser que uses mi cuerpo; pero te lo advierto si te vas a la cama conmigo, y me enamoras; seré tuya para toda la vida; aún si me abandonaras, te seguiré a cualquier parte del mundo, me quedaré contigo, y Dios lo sabe que será así.
– Quiero volver a verte cuanto antes Luda. Me das tu dirección, y ahí estaré cuando tú lo quieras.
– ¡Dios mío! no puedo tener tanta suerte – se repetía Nago, mientras se dirigía a su habitación.
Sin embargo, lo que menos esperaba Nago fue aquella experiencia de nupcias en la que Luda lo embriagó de placer, de loco placer, aquella primera vez de amor en su cuarto. – La cama brincaba y los gritos se impregnaban en todas las paredes de ladrillo caldeado; sus rostros quedaron manchados de cal blanca, y los enormes ojos azules de Luda alumbraban sobre el rostro del indio Nago. – Estoy contigo, pero no podrás penetrarme, porque soy una diosa griega que ha venido a rescatarte de la inmundicia – le decía Luda sentada sobre el vientre de este y ambos desnudos –. Dejaré que me introduzcas solamente un poquito, para que sientas el calor de mi vida, pero no podrás penetrarme totalmente. Por más que Nago lo intentó, una y otra vez, lunes martes, domingo por la mañana; en el parque, a escondidas; sobre el césped, nunca logró comulgar con el ave blanca que una vez lo llegó a visitar.
– ¿Has escuchado el canto de la salabii? – preguntó ella, jadeante, después de minutos de estar con Nago intentando introducirla.
– Sí, claro que sí, forma parte de uno de mis mejores días en esta patria.
Cogió a Nago del cabello, le besó tiernamente su oreja derecha y terminó diciéndole: – Yo seré tu salabii.
– Te espero mañana en el mismo lugar que nos conocimos.
Nago llegó como de costumbre, pero el ave blanca con el canto de la salabii jamás se volvió a aparecer; se esfumó como si hubiese sido una leyenda.
– En todo esto algo tiene que ver ese lengua de trapo, zoncho mal nacido – pensaba –, me juega una de sus cátedras de vida...Espero que me la devuelva en cualquier momento.
El tiempo se disipaba, los estudiantes que lograron aprobar la preparatoria, fueron distribuidos por diferentes lugares de la URSS; muchos se quedaron en Krasnodar. Nago fue enviado a Kiev.
Antes de marchar a la capital de Ucrania, Nago junto con el resto de sus compañeros y otros extranjeros, disfrutaron de unas vacaciones en el Mar Negro, un pueblo llamado Nebug ubicado en sus faldas .
El lugar de descanso era majestuoso, excepcional, froidiano, como una diapausa en donde el capullo era revisado y alimentado por la sociedad soviética, como en ningún lado del mundo .
El sistema socialista daba la oportunidad de estudiar, aprobar, y luego descansar; la respuesta es que el estudiante era un trabajador más del sistema, y su puesto era ser estudiante.
Además, de todas las bondades del sistema hasta la fecha, aquel descanso estaba lleno de emociones. El internacionalismo y la agrupación de estudiantes en aquel sitio, era de jamás olvidar, además de los hijos del barro: latinoamericanos, africanos y orientales, había checos, polacos, húngaros, alemanes, búlgaros, franceses ,y tal vez, algún agente camuflado, de la CIA, haciéndose pasar por latino, siendo gringo.
La plebe del mundo, sinónimo de los hijos del barro, a veces quejosa por el sistema, a veces comunista, criolla, latinoamericana, africana o asiática, se perdían en la levitante magia que envolvía aquel paraíso de piel femenina, masculina, y de transculturización, que invitaba a no querer dormir y seguir mirando todo el acontecer.
– Estaremos por un mes rascándonos las nalgas y tirados de panza – dijo Roberto Ramírez. – Por las mañanas, pasa un médico, te revisa el corazón; te abre la boca, y luego te dice: “Sigue adelante, el día estará lleno de sol, omida gratis, baile gratis y excelente música”.
– El lugar es embriagante – dijo Lolita, la colombiana, que cursaba su tercer año de doctorado en Ciencias Políticas; acá se puede hacer el amor, y quedar preñada de la sensación que te da esta expresión de libertad; no pensar en nada, esa es la idea; han creado el lugar perfecto para el ocio, y han llegado a entender que se puede vivir así a perpetuidad; y es que no tengo en nada qué pensar; no hay que cerrar tiendas, abrir consultorios, matar esposos para cobrar pólizas. ¡Este lugar de descanso, en medio de Europa, a pocos kilómetros de Yalta, comiendo caviar, y cenando como reyes!. Seremos los hijos de la guerra fría; pero debemos disfrutar ese berrinche que se tienen entre los soviéticos y los gringos; brindemos hasta el amanecer y juremos nunca olvidar tanta nobleza de parte de este pueblo, quien realmente nos ofrece este manjar, disfrutemos este punto ciego de la humanidad.
– A veces me siento cómplice de los zares, Stalin y toda su horda de aprovechados – se dijo Nago en voz alta.
– También lo sentimos todos – contestó Roberto Orellana –, y eso me tiene confundido.
A veces creo que Roque Dalton llevaba toda la razón, cuando nos decía que todos los pueblos deben crear su propio destino, y no dejarse engañar por los manipuleos de las grandes naciones. Debemos ser artífices de nuestro propio híbrido latinoamericano – decía muy sabiamente nuestro asesinado escritor salvadoreño – ¡Que viva Roque Dalton! –.
Así brindaron hasta la embriaguez, sacando cado uno de sus recuerdos las agujas que les maltrataba en el cerebro.
Eran seres indiscutiblemente buenos, todos hijos de un buen barro.
De regreso a Krasnodar, Nago cogió su muerto para seguir su vuelo al norte, a la capital de Ucrania: Kiev.
A las ocho de la mañana y en un día de esos, en los que el verano empieza a besar el otoño ,Roberto Orellana; Raúl, el colombiano; el Chele; Armando; la chilena, y una rusa enamorada de Nago, le dijeron su adiós. Tomaron samagón con tocino, y vino, mientras el tren empezaba a bufar como un buey; brindaron unos tres vasos a lo cosaco; ya habían aprendido a hacerlo.
Roberto Orellana se refirió a Nago, diciéndole: Te vas Nago, pero a estas tierras del Kuban no vuelves.
– No, Roberto, principalmente a ti, no te podría abandonar, papasote.
– No, Nago, como que mi vida no va a ser tan larga, y eso lo sé, no nos volveremos a ver; así es que, acuérdate de este zipote para siempre, y le apretó la mano con gran fuerza. Terminó diciendo: – Te conocí desde que te vi por primera vez, eres mi hermano, y llevas la libertad de la montaña, se te nota en los tragos, las damas y la mirada profunda; llevas América en el corazón y un extraño sentimiento a tierra mojada te envuelve, siempre tuve fe en ti. Con un fuerte abrazo, Nago subió al vagón de aquel tren verde macizo y que parecía no acabar al alejarse de la estación; era algo así, como una enorme pitón, que se arrastraba a lo lejos; compactada sobre la línea férrea; se fue enredando entre la niebla, que arrastraba como una enorme quimera.
– Adiós hermano – le gritaba Roberto – zipote, cabrón, no te olvides de la mara*, indio culero; te estaré esperando en Centro América, cuando seamos una sola nación, ¡viva Francisco Morazán*!, ¡Gloria al Partido Comunista!
* pribiet daragoy - hola querido
* mamachca - madrecita - diminutivo en ruso de madre
* malchiquis - niños
* pirochquis - pastelillos
* currchat - comer
* padarrdirie - espere
* drug - amigo
* paton - después
* adiques - nacionalidad
* samagón - más fuerte que el vodca hecho en casa
* Wisotski - cantante popular soviético en los 70-80s