–LA CUEVA DEL ZONCHO–

 

- La Cueva Del Zoncho: otro viejo podrido, que yacía vilipendiado por las madres del pueblo; hediondo y con recuerdos a orinal viejo, vomitadas añejas y pedos con boñiga de caballo, refrescaban el olor del febril ambiente.

Amarrados a una baranda que daba al frente de la cantina, los caballos esperaban al borracho o medio tomado jinete, arrecostados del cansancio sobre una y otra pata, alternando como lo hacen todos los caballos cuando es larga la espera, las moscas cosquilleaban sus pieles, y las convulsiones se repetían indefinidamente.

El mostrador de madera tiznada y hediondo a trapo sucio, era la barra donde se servían los tragos y cerveza, ron, guaro , que poco a poco iban transformando la tarde de un sábado o domingo, en ruidosos enjambres alborotados por la química del alcohol.

En el entrevero de gente, copas y chiste, el profe don Braulio, levantaba su mano derecha y con gran gestación de discurso citadino, impresionaba a los compañeros de consultorio.

Todas las tardes, a eso de la cinco, la madre  mandaba a Nago para que llamase a su padre y el dinero no se fuera a perder por el mostrador de la cantina.

–Vaya, y por una de las hendijas de la cantina le dice a su tata que ya está la comida – le ordenó la madre a Nago – Dígale que hay chuleta, a ver si deja de hablar tantas boberías en esa cantinucha.

La idea de doña Trina, era que el profe abandonara la tertulia, y se uniera más a la familia; pero era imposible sacar a este de sus discursos, con vaso en mano de un aguardiente y botellita de cerveza para prensar su trago, le llamaban el submarino; otros le decían una patada y un pescozón.

Nago tocó la pared de la cantina, por donde al interior, se traslucía el sol formando rayos a través de las hendijas de la madera agrietada y deteriorada por lluvias y sol.

Detrás de la pared, y desde la oficina psiquiátrica del cantinero, se veía al niño Nago  murmurándole al profe, su padre.

– Que hay chuleta pa...está servida en la mesa y bien encebollada, dice mami.

– Ja, ja, ja; todos echaron a reír.

– Papi, chuleta encebollada – simularon todos en coro de burla.

– Te casas y formas un hogar – se repetía el Profe, con cerveza en mano,  ojeando a sus camaradas.

Doña Trina, con su plato en mano e integrada a sus quehaceres de madre tradicional y de campo, también pensaba: “Te casas y formas un hogar”; pero el producto resultó ser otro: cantinas, borrachos y soledad, en un pueblo de chismes, ignorancia y maldad divina entre las viejillas con velo de rosario, que chismeaban de los actos profanos, de los hombres alegres y las mujeres sonrientes.

El pecado mortal salía de todas las esquinas, galopaba en las espaldas de las cucarachas y se veía en los ojos nocturnos de las ratas de caño.

Con escapulario y en el rosario de las seis, decían en la noche, eres - santo-santa- sin pecado mortal, puedes dormir en paz.

El cura, mientras tanto, miraba desde la ventana de la casa cural el ir y venir de las siluetas que se desplazaban en lo interior de la cantina. Con ojos acusadores y enrojecidos, se tomaba sus buenos sorbos de vino, y sabe Dios con cuantas chiquillas en mente se masturbaba en su memoria de ser humano.

Nago se echó a correr por la calle, un tanto confundido; tiró la puerta de la casa que estaba semi abierta; su madre con plato en mesa y a la espera, castigaba a Nago por la ausencia del padre; con una acusadora mirada estática.

– No va a venir – dijo Nago.

Layla lloraba en la cuna, a la espera de la leche nocturna.

– ¿Se está divirtiendo, eh?, yo podría contarte tantas cosas hijo; pero...

– Está con sus amigos, ma, lo oí decir que de la vida que da la tranquilidad y paciencia, la química es la culpable y es la que maneja el cerebro, que lo demás ya viene escrito en la sangre.

– Todos somos grandes bestias y monjes de verdad, todos somos hijos del Dios, del que tiene grandes senos para dar  leche a los oprimidos, sólo que en algún lugar del cielo ordeñan a nuestro señor, y llega seco a la tierra – eso dice ma –.  Esto de la química es bueno, dijo pa, es para poder sobrevivir a este pueblo de mentes lentas con cerebro de café y mujeres de hábito, con frigidez carnal.

–¿Qué es eso de frigidez carnal, ma?

–Tal vez debería de ser más expresiva – murmuró la madre, sacudiendo levemente su ya embarullada cabeza, y se quitó los anteojos para limpiarlos con una de las puntas del mantel.

Entre tanto, en la cantina proseguía la tertulia de todos los días como enjambre alborotado.

El Profe, con su discurso en mente, no olvidaba la chuleta que le esperaba en casa, hasta que al fin se le ocurrió una solución al problema.

Golpeó el mostrador y sacudió el coperío. Un silencio total permitió que el Profe abriera su discurso en tono militar.

– No podemos seguir esperando a que nuestras mujeres nos provoquen de esta forma, para que dejemos nuestro muro de los lamentos...tenemos que hacer algo distinto – expresó. De aquí salen las ideas, de aquí se dan las órdenes a los jerarcas del pueblo y acá estamos los más capaces. En esta cueva se transformará la historia de un  pueblo en coma.

Todos escuchaban alterados, unos deseando decir algo; otros pidiendo trago y escupiendo sobre el serrín del suelo que ya formaba una pasta de cuechas y gargajos.

– Profe, disculpe... Profe; pero es que el problema no está en nuestras viejas. ¿Usted conoce a Dagoberto Ruiz?.

– Sí... sí - en coro etílico se arrimaron otros al discurso.

– Es que, Profe – dijo el Chino Carvajal – este señor que empezó su negocio con una carnicería, el otro día me comentó mi esposa, que se reunieron con él para que les hiciera precio y poder tener más carnita en la casa, y que nosotros no tengamos que estar viniendo tanto acá a tomar y picar guineo. Dice  la doña mía que se van a organizar para que don Dago no le venda carne a las cantinas.

– No señores – exasperado y copando el vocerío, el Profe contestó: – Ya sé por donde van, y esto también me huele a doña Trina, aquí hay mano criminal; esta cultura que apenas empieza no va a fallecer en las manos de un dueño de carnicería con ansias de diputado, solo por qué después de haber matado unos cuantos chanchos, un día de tantos, soñó que la conciencia le decía, que las cantinas deberían ser representadas por un carnicero.

Además, la cultura de las bocas de cantina debe quedar entre quienes las consumimos, lo que pasa es que, este señor quiere ser diputado y ha pactado con nuestras señoras para que no se nos vendan más bocas y así no se logre pensar, ni llegar a conclusiones en este pueblo.

La Cueva Del Zoncho cada vez se ponía más infernal, más negra en su imagen ante “el pueblo en coma”.

– Tenemos que nombrar a un líder que nos represente – gritó el Chino: parecido a un chanchito grande, de ojos achinados, cochambroso y hediondo a gases de tomador indigesto.

–Sí, tenemos que agitar la conciencia de este aburrido pueblo con espíritu de caballo embriagado, y locos carniceros con delirio de diputado, que peligrosamente sí podrían, de pura suerte, representar a la zona de Los Santos en la Asamblea Legislativa – argumentó el dueño de la Cueva. 

El cura, que de rato se había venido lentamente a mirar desde afuera.¿Qué sucedía?.Se asomó por uno de los bordes del biombo, que decía en su frente : “ Imperial es la cerveza”,

Mostró la cabeza por sobre el biombo; acusó, con sus dos dedos meñique e índice; señaló imaginariamente apuntado hacia el cielo, como incinuando: “Dios les mira, cuidado con los pecados mortales”.

– Ladran Sancho; señal que cabalgamos – dijo el Profe –, por eso nos critican y el señor carnicero saca provecho de nuestra necesidad, la cocina en la cantina debe ser creada no por gula, no compañeros; porque no podemos pasarnos aquí todo el día con hambre mientras arreglamos este mundo;  aquí se transforma la química de los soñadores mutilados por el espacio y el tiempo de los hombres que siempre han estado en coma ; los mismos de todos los tiempos... fotos ídem por toda la eternidad; nosotros hacemos la excepción.

– Los hombres de en medio no hacen historia ni van a la luna, ni le curan la rabia al perro, y Clodomiro Picado se habría muerto de tristeza, y el señor Kennedy está con nosotros. ¿O es qué, ese retrato pegado en la pared es mera casualidad?. Los hombres de en medio, son los hijos del carnicero. Aquí se chocan las mentes, los vasos y hasta los llantos; somos hermanos entre la química,  que aún los psiquiatras, con su valium no han podido mejorar.Somos los hijos del cambio y de la esperanza, las bocas deben ser defendidas con la más determinante decisión. Con bocas seremos maridos, sin ellas, agresores de mujeres necias y aprovechados con sueño de gamonal; de diputado carnicero.

Don Dago se enteró de la sedición en la Cueva del Zoncho y mandó llamar a todo el buen pueblo, representado por madres agredidas, cura, monaguillo, y algunos fieles de la iglesia; así como el ejecutivo municipal, entre algunos gamonales más.

– Debe ser desterrado – dijo don Dago –. En este pueblo hablan las manos y no las palabras, los hechos y no los dicharachos. ¿Qué es eso?... de que un tal Sancho dice que nosotros ladramos; debe de ser algún amiguito de esos de San José...sólo porque vienen de la capital. A  mí... con este tal Sancho.

El cura, que era español, sonrió entre sus fieles, al escuchar estas últimas palabras, que hacían referencia a Sancho.

Después de una larga encerrona a las diez de la noche, de un día sin colores ni matices tomaron la decisión de echar al Profe del pueblo; enviaron una nota al presidente de la República y pidieron su expulsión del ministerio para el cual trabajaba ; el Profesor don Braulio.

Bien, como en toda tertulia y,  ya un poco pasada de tragos, el apoyo popular del discurso en la cueva del zoncho fue abandonado, y el Profe, solitario, tuvo que salir por la puerta de la necesidad y buscar trabajo en otro pueblo más.

Don Dago se salió con la suya; y fue así como enviando por la cazadora un mensaje al entonces presidente Trejos Fernández, le explicó por qué ese llamado profesor de colegio debería ser desterrado; además de ser del partido político opuesto.

–Ese pachuco de profe, sólo sirve para pervertir éste pueblo, con ideas extrañas, además de que es boxeador y ha vergueado a más de uno en éste honorable pueblo de Los Santos - comentaba entre todas sus clientes, ya bastante agradecidas por la expulsión del josefino. Así se fue el Profe, así la familia Valverde fue mutilada en su discurso.

 

 

En uno de esos días, cuando los adolescentes empiezan a sentir, que el pene sirve para algo más que orinar y, en las mañanas de los Santos, que son bien frías se ponía duro como un hueso . Nago observó cómo las tetas de Marina, la muchacha que trabajaba en su casa haciendo limpieza, habían crecido ya lo suficiente y, parecían más hermosas que el resto del cuerpo.

– ¿Serán de verdad? – pensó Nago – y si las llego a tocar ¿qué pasaría? – se preguntó – En realidad son angelicales – pensaba en los senos.

Un día de tantos, se le ocurrió cerrar los ojos; se concentró, levantó su falo y empezó a frotarlo con suma delicadeza; al cabo de unos minutos un cosquilleo le volteó los ojos y, con el rostro sudoroso, miró cómo le salía una baba blanca de la uretra. Para entonces ya a Nago le brotaban sus primeros pelos púbicos.

El día estaba caliente y había dejado de llover. Después de preñar a todo el mundo con su primera experiencia manual, se preguntó: ¿Por qué lo echaron?, ¿será tan malo hablar en las cantinas y tomar de eso que cambia la química del cerebro?

– Pa, ¿por qué las bocas son tan importantes?, y nosotros y la chuleta, y usted tan lejos...

La madre corrió por todo el pueblo como cucaracha en gallinero, esperando a ver quíen le devolvía a su querido Profe, al puesto de Director de la escuela. Buscó al cura, viejas lloronas, de lágrimas y escapulario, rezó por quince noches seguidas; y al final comprendió que todo eso era imposible, ya su compañero se encontraba en otro sitio haciendo historia y peleando por los derechos de la tertulia.

La vida continuaba en el pueblo y Nago seguía jugando con sus trompos. En verano los ríos dejaban de llorar y los chiquillos corrían a las pozas.

 Nago siempre llegaba al Bajo del Río, a mirar cómo la gente se chapuceaba; parecían golondrinas tirando agua por todos lados, brincando sobre las piedras y cruzando el río de lado a lado. Desde la peña Nago,  observaba.

Se quitó la camiseta y movió los brazos de arriba abajo, como si estuviese a punto de volar.

– Si brinco, estoy seguro de poder llegar al otro lado del río; si mis manos fueran más grandes y con un poquito de plumas.  ¿Por qué no estoy contigo colibrí?, quiero volar, ser tú amigo, sé que tú me comprendes, siempre tienes todas las respuestas, quiero dormir para soñar volando.

Con el sentir de un ligero cosquilleo en ambas piernas, se hizo lanzado por sobre la peña, hasta que al rodar se dio cuenta que por un poco más y se cae al precipicio.

– Algún día tendré alas – gritó, regalándole las palabras al viento.

El agua del río era verde y cristalina; se podían ver las rocas al fondo, por más profundo que pareciera, y los güilillas, como peces, se movían dentro del agua de un lado a otro.

–Venga, Nago, está frío, pero rico – gritó Ulises; uno de los chiquillos que salían del fondo del río.

– Nago pendejo, no diga que no sabe nadar.

De pronto un empujón por detrás lanzó a Nago en medio de la poza; así aprendió a tocar el agua en sus profundidades. Verde y casi ahogado lo sacaron del río.

Uno de los chamacos apodado Chaman lo cogió del pelo y a empujones y patadas lo hizo volver en sí.

– Póngase la ropa maricas – le dijo.

Lo acompañó hasta la casa por la cuesta de los perros y, mirando a doña Trina le contó lo sucedido.

– Primero, se cree pájaro, señora, y después no sabe nadar, ahí se lo dejo.

Ya muy tarde, como a las ocho de la noche,  a la luz de una candela, Nago buscó a su madre, y al borde de la cama le preguntó: – ¿por qué echaron a papá?.

– Las mujeres, el guaro, hijo – respondió la madre. Persígnese antes de acostarse, hijo.

 Así transcurría la historia del pueblo, así era San Marcos después del Profe; parecía como que todos los abandonados por la tertulia de la “Cueva del Zoncho”, se habían dispersado en la geometría del sitio, y ya no se hablaba tanto de las chuletas en cantina y, los problemas educativos. Nadie filosofaba.

La madre se pasaba las noches tratando de jadear menos por los ataques de asma, y el silencio se escuchaba como encender de fósforo; así pasaban los días, así se iba la gente.

Los más niños morían de diarrea; espasmo, así le llamaban las señoras. Otros, en los duelos se daban de machetazos hasta caer, en las cantinas, en el campo, en cualquier lugar. Si el traído calentaba los cuerpos y el día estaba febril,  uno de los dos caería al suelo sin la cabeza,  o con medio brazo. El instrumento de trabajo para limpiar cafetales era el arma homicida número uno.

– Tanto me duele que mi alumno... ¿te acordás, hijo, del que apodaban Gato?, allá en la escuela de San Lorenzo.

– Sí ma, el que tenía los ojos azules – agregó Nago

– Sí, hijo, el mismo;  era tan bueno y por una chiquilla se fue a la cárcel.

– Si ma, yo recuerdo lo que pasó, porque nosotros estábamos en la iglesia. Recuerdo que fue en la cantina: “ La Peligrosa”, un día a las seis de la tarde, me contaron que llegó para tomarse unos tragos, venía cansado de jornalear, y después de dos cervezas y dos guaros, se apuntaba para salir a la calle, cuando lo tomó por sorpresa Gallo . Ben pasado de tragos lo empujó y retó a los pescozones; pero  Gato no quería.

– Si, hijo, recuerdo que era bien tímido y no un hombre de pelear, casi un tanto cobarde, no pensaba en pelearse con alguien que lo superara en coraje.

– Ma, pero ese día sacó una cuchilla que no medía más de cinco centímetros y tirándola al frente para asustar a Gallo, lo amenazó con cortarlo; pero Gallo no vio la navaja y se lanzó sobre Gato tragándosela  por la ingle ; tan mala suerte para los dos que le perforó la vena, y mientras lo llevaban a la Unidad Sanitaria se desangró en medio de la plaza del pueblo. Gato lloró por una semana la muerte. Decía haber matado a su amigo.

– La causa fue una mujercilla – agregó la madre. Hijo, lo mismo que le pasaba a tu tata; pero no sé cómo nunca lo han logrado joder.

– Sé que contigo es malo, ma; pero es muy bueno para dar de pescozones; todo mundo lo respetaba acá, en este pueblucho, ma.

– Deberíamos hablar de otras cosas hijo, ojalá y que el destino sea diferente para ti hijo – terminó diciendo la madre.

Mientras tanto, el Profe empezaba otra aventura en otro pueblo olvidado, de los que hoy en día no se dice tampoco nada.

– En algo se parece mi padre al zoncho y a esa cueva – se repetía Nago, cada vez que pasaba de en frente de “La Cueva del Zoncho”.

– En algo lleva razón mi padre; pero algún día he de descubrirlo; el zoncho es misterioso y lejano, viejo y fuerte como un roble, parece llevar vidas largas en su pico y mi padre también parece ser grande y sabio, tal vez por ser hombre me siento atraído a él... extraño su pensar.

 “Cueva del Zoncho”... formas parte de este espejo habitado por mis pasados, creo que cada quien lleva su propia lámina plateada, y en un momento determinado de la vida se te aparece. Algunos nunca lo van a detectar, pues no están llamados a tal hecho; pero aquellos que nacen con el corazón tornasol, tarde o temprano sentirán ese llamado, a mí me ha tocado este día, y después de una gran resaca.

– Nada ha sido en vano – pensó.  He esperado este momento desde que por primera vez me hablaste en aquel orinal viejo; eres mi conciencia.

El espejo habitado de Nago era reflexión, depurador de su estado en el adiós, que sentía, llegaría en cualquier momento.

– He de elegir un lugar para descansar, eso es lo que vienes a decirme, zoncho corroñero; los lugares habitados son como las proteínas y las enzimas de cada cuerpo; todas son diferentes y ninguna es clon en otro cuerpo; eso lo aprendí en Los Santos en medio de toda esa jerga de cuerpos inmutables, ídem de todos los tiempos; todos gemelos de Dago el carnicero, que nacieron para cagar y acumular montañas de mierda en la ignominia de la humanidad.

Nago, un tanto confundido y lloroso; secó sus ojos con la punta de sus mangas y tocó la puerta de Eduardo Solano , apodado Macuar, que quedaba a un lado de la pulpería en donde también se expendían insumos agrícolas, folidol para las cucarachas, y otros tóxicos más que se agrupaban en el estante a la par del pan, así como los huevos, galletas y otros enseres más.

Con los ojos todavía llenos de lagañas, se postró frente a la puerta y como si estuviera adivinando se refirió a Nago:

– ¿Qué, ya se jalan ustedes?.

– Seguro que mañana temprano.

– ¿Y el perro balón?

– No me lo podré llevar.

– Es que usted sabe; a mi mamá no le gustan los perros, y menos esos bóxer.

– Sabe,  Nago, tal ves nos veamos en San José, porque a mi viejo no le va muy bien por acá, y la gente es muy tacaña.

– Sí – dijo Nago –, prefieren comer carne una vez por semana; pero es que dice  mamá, que ni para el pan les alcanza ya.

– No es eso – contestó Macuar – el café está acaparado por unos cuantos , y este pueblo sólo vive de eso.

– Me despide de Viscotela, Comemaíz, Chompíjaro y Terrón -especialmente de Terrón-. Ya no tendrá quien le lleve confites, ni leche robada de la escuela; yo hacía eso por ellos, sé que la familia de Terrón a veces no tiene ni con qué desayunar, pero tal vez usted, Macuar, por lo menos un poco de carne le podría zafar a tu padre, para que se hagan una sopa, su tata no se va a dar cuenta.

Sencillo, indígena, de piel oscura caoba, muy parecido a Nago, con la  diferencia de que Terrón era descalzo por pobre, y lo seguiría siendo por mucho tiempo más; pobre indigente, no tenía ni en donde dormir; siempre el pueblo lo relacionaba, por sucio, con la tierra, con el estado terrenal de las cosas. Era como una piedra, un poco de barro, el zaguate; el trillo de la gente al pasar por las calles, la cuesta de los perros, el río Parrita; era orgánico, miserable a la vista; pero era el nombre de todas las cosas que representaban aquel lugar de infancia.

Llamaba la atención  cómo la escuela rural; en donde los descalzos y aquellos que podían llevar zapatos, se podían juntar para compartir, sin que, los terratenientes se pusieran bravos por la mezcla inoportuna de sus hijos y las consecuencias culturales que aquellos indigentes les pudieran causar a sus bien vestidos hijos.

– El campo ha dejado en mí  un enorme y permanente olor a tierra fresca – concluía Nago frente al espejo habitado. Hace que uno para el resto de la vida se mantenga inmerso en un pasado pleno de recuerdos coloridos.  Cierro los ojos y huelo aquel pueblo cotidiano, rutinario, perenne, subyacente; pero fresco y auténtico como aquel orinal, muy real. Tal vez no ha sido esculpido de la forma en que, se transforman en junglas de cemento las tierras europeas, y toda la filosofía heredada del manejo empresarial, con una sociedad de consumo como la occidental que perfora en medio de la belleza, para exterminar lo hermoso y transformarlo en territorio fértil para las moscas y ratas apestosas, que viven en las junglas de cemento.

Después de Los Santos y con la herencia que dejan las culturas del desarrollo occidental, me he llegado a sentir como especie de una díptera verde de excusado, abandonado por  el yo que lleva el ave tornasol.

En medio del letargo de los hombres labriegos de aquel pueblo, santificado por la conquista española; su exuberante belleza natural era el perdón al hombre heredado y por lo cual el espacio, la flora y la fauna, se mantienen como una constante línea de paisajes que te abrazan y arrullan recordándote que eres el hijo de una gran madre naturaleza. 

Era indudable que el amor de Nago por aquel sitio, sería el motivo por el cual el espejo de sus años estaría siempre habitado de aves tornasoles.

– Los hombres no me importan, he superado eso con el viajar de mi ave interna, a veces estorban y molestan con sus discursos, y he vuelto para encontrarte, porque éste es mi testimonio, todos tenemos uno; algunos lo llevan a la tumba sin darse cuenta de que valía la pena ser divulgado. Muchos mueren sin dejar rastro de lo que fueron, pero este...este compañero espejo, es mi testimonio – concluyó Nago observando cómo el zoncho reafirmaba lo dicho por Nago, con un subir y bajar de cabeza.

 Asmática y con dolores de vesícula, la madre y su prole hicieron la retirada a la capital cuatro años después.  El cura párroco dio su bendición, y tras una hora de misa dedicada a la familia Valverde, la gente devota, de gran fe magistral, miró por última vez a los que una vez pretendieron cambiar aquel insípido lugar de personas atrapadas en el letargo de la sobrevivencia. 

La familia se fue a acostar, no sin antes que el maestro Freddy diera el último consejo a Nago:

– Recuerde...recuerde que en la capital se habla mejor español que acá. No se le olvide decir tajador en lugar de maquinilla de hacer punta al lápiz. Que no se dice, en de menos; que nunca diga acuantá, ni tampoco nuque.

La mañana siguiente, como casi siempre  húmeda y lluviosa, echaba a la familia ya a eso de las cinco de la mañana.

Don Macho Solano y su horda de perros, saludaban el amanecer desde las cuatro de la mañana, a esa hora acostumbraba  sacrificar alguno de sus cerdos; el puerco en medio de las piernas y el gran regordete del Macho,  se ensanchaba con gran desahogo y un mazo abría la cien del puerco; si era grande usaba el mazo más pesado; si era pequeño le daba con un martillo hasta diez veces, como si estuviese clavando tablas.

Los perros se mordían unos a otros esperando los menudos del chancho, y la sangre corría por la acera y el caño; todos, una turba de canes se revolcaban de una esquina del caño hasta dar con la entrada de la carnicería, y los hijos del Macho , gritaban hurras al perro más bravo; entre tanto los Valverde se iban alejando del sitio y algunos amiguillos movían sus manos gritando su último adiós.

La chiquilla que por mucho tiempo hizo los mandados de la familia, corrió detrás del camión por casi cien metros, descalza y un poco desnutrida; así despidió a quien por cuatro años había sido el acontecer de su vida infantil.

De retirada, en el mismo camión y con el mismo chofer, las mismas calles y el pueblo sin luz, Nago lloró el vuelo del colibrí.

 “Mi alegría infantil quedó consumada en aquella  salida”,  pensó, mientras continuaba escudriñando en su espejo. Un día, te alimentaste de una naturaleza exquisita; ríos valles, lomas, verdes praderas y barro rojo, dejaron en mí recuerdos de mi madre selva; en mi mirada, quedé con la piel hija del sol, con las cantinas y los potros relinchando; desde entonces huelo a barro rojo y a veces me rasco la arcilla que llevo en mis medias de tanto haber conversado con el polvo, que encontré en pulperías y cantinas, de mi historia latina.

Constantemente sueño con vuelos de pájaros que se abrazan con los húmedos aguaceros del equinoccio. Me convertí en brasa de imponentes robles que allí habitaban, y ahora desmayan en la montaña cercana al Cerro de La Muerte.

– Los lugares me transforman, lo hacen a uno cambiar, ¿verdad Quincho?. ¿Entiendes algo de esto ahora hermano?

–También llevo muchos vuelos, muchas aves en mis guindos mentales – agregó Quincho, aceptando las palabras de su hermano, y que ya parecía haber cambiado un poco, y la retirada le sensibilizaba en aquel momento del adiós.