–EL PUEBLO EN COMA–

 

–¡Murciélagos y sapos!, huele a cartón podrido – gritó Quincho.

El sótano de la escuela, sería la habitación de la familia Valverde al llegar a San Marcos. Entre cacas de murciélago, orines de perro y gatas recién paridas, a escobazos y patadas los Valverde se abrieron paso para dormir el primer día en el sótano de la escuela del pueblo.

– Chompíjaro, hombre de bien, apodado así; vendrá a limpiar el lugar – dijo doña Trina.

El padre de la familia : don Braulio Valverde, subyacente, llegó tarde a calentar su porción de cama; ya la madre estaba dormida y las campanas de la iglesia daban las siete de la noche;  el bigote de Braulio se apagó con la vela que aún quedaba encendida. La noche se achicó para abrigar a la familia en una catapultoza y fría escuela del pueblo.

– Imagino mi silueta  en el fondo de una foto – se comentaba Nago frente al espejo habitado. Veo aquel edificio de dos pisos y gradas en ambos lados, se traslucen en la oscuridad, como si el tiempo nos quisiera borrar; eso me pasa cada vez que me ubico en aquella escuela lejana, con gradas en todo aquel entorno, yo estoy con la mano en la boca; abajo, sobre un espacio terroso lleno de yerbas, y sobre mis hombros, muchas gradas, muchas que subir, de espaldas... todo da de espaldas, por eso estoy seguro de que se trata de un ayer con color a foto diluida en un pésimo químico, que fijó mal el ayer; un papel que se desvanece entre el ser y el pasado, un lugar en donde se estuvo, pero no se vivió; no se aprendió, excepto a jugar con las manos, los pies y la boca, un lugar vacío de estímulos intelectuales.

– Aquel mirar de dedos en aquel sitio – meditaba –, traen a mi encuentro los dedos del saxofonista, su sonido ronco y desafinado se oye por allá al frente de la escuela, en algún lugar del parque o la iglesia; y yo echo a correr para encontrarme con la diferencia de lo cotidiano; algo que no huela a café ni llueva como todos los días.

Pareciera repetitivo y característico de una novela constumbrista; pero es que en aquella ocación , sobre todo los domingos ,  a eso de las 8 de la mañana, se armaba la cimarrona con sus tambores, sax, platillos,para animar el día. Grace, la niña más hermosa del pueblo, acostumbraba a llegar al festín musical, para encontrarse con la mirada de Nago una vez por semana, venía de un pueblo cercano y a caballo. Las dulces mejilla se le ponían rosadas y las piernas, delgaditas, se mirabam con parchones de barro casi seco por el sol de la mañana.

Grace...Grace – se miraba Nago en su espejo –.Pequeña niña mía, hoy me alimento de tí, de aquella dulzura impecable, había que mirarte para entender lo absoluto; pero te tengo en mi espejo, como al colibrí en mi pecho, para que nadie te haga daño.

El domingo por la tarde de un día embarrealado, junio de 1961, a las seis de la tarde, ya los primeros borrachos se veían amarrados en sus yoes terrenales, como robles secos pegados en la cantina. De brazos delgados y muy venosos; eran fuertes bebedores de contrabando y guaro. Con sus potros llegaban a la cantina haciendolos relinchar. El sonar de los cascos en tierra mojada, chapuceaban las paredes de San Marcos.

La hora más peligrosa para algunos de aquellos bebedores era el bajar la “cuesta de los perros”. Medía unos doscientos metros de principio a fin; sin embargo, su verticalidad la hacía un eterno dar de pasitos cortos hasta llegar a la boca de San Marcos. Además de ser bastante empinada, era peligrosa para los borrachos que se caían, y en varias ocaciones llegarón a parar al panteón, sin dientes o con la cabeza partida. Estaba  hecha de piedra redonda, traída del bajo del río Parrita;  quienes hicieron aquella cuesta duraron su tiempo colocando piedra tras piedra, con la idea de no resbalar cuando lloviera, y poder unir la trocha de la parte arriba del pueblo, con la entrada al puente que une a San Marcos con el Bajo del Río y seguidamente San Lorenzo.

El río Parrita era pasivo en verano; pero en invierno, cuando llovía por más de una semana seguida, las aguas llegaban a subir hasta tres metros para tocar el puente de hamaca con sus tablas podridas. Debido al exceso de aguas y lluvias: una vez el río muy crecido se llevó el puente de hamaca, y lo fue despedazando poco a poco en sus entrañas.

Duró bastante tiempo para que hicieran el puente de cemento,  esta fue la noticia de muchos años: ¡Poder llegar a San Lorenzo, ahora, de una forma tan fácil!. El puente fue algo así, como ir a la luna; ocurrió en los años 60, paralelo a los viajes espaciales que empezaban a efectuar la Unión Soviética y los Estados Unidos. El puente del Bajo del Río, y el vuelo de los apolos, y Yury Gagarin, eran noticia en los pueblos de Los Santos; todos los días se comentaba en las reuniones de la escuela, y juntas directivas, cantinas y hasta en la pulpería de los Navarro, que era el corazón del pueblo.

La pulpería, o mejor decir, el centro de correo verbal del pueblo con corazón de cafetal, reunía a mucha gente, porque en su mayoría compraban fiado, y la libreta que se utilizaba para eso era manejada por doña Roxana, que trabajaba como si estuviese sitiada por su marido.

El guardián; o sea el esposo, le permitía sacar un minuto para hacer comentarios consigo misma sobre lo acontecido, tres minutos después don Gerardo le chiflaba para que se ocupara de sus oficios.

 Las pesetas y los colones con patas y brazos, que entraban pisando el piso de tablones viejos y ensuciados por el permanente polvo y barro de las patas peladas y los zapatos embarrialados, alegraban los bolsillos del usurero.

– Un cuarto de queso, una caja de fósforo, diez bollos de pan y una libra de azúcar– repetían los habitantes a don Gerardo.

– ¿Trae la libreta? – preguntaba mirando a las manos de sus presas.

Acostumbraba a apuntar con lapicero de tinta roja, y seducir a las personas para que llenaran más de deuda la libretita; los pagos eran mensuales; el no pagar era castigado con una multa del diez por ciento.

Cuentan que la esposa lo hizo rico, y llegados a los años, en que, la piel de ésta empezó a arrugarse como piel de gallina, y la panza se agrietó; decidió enamorarse de una chiquilla bastante más joven que él.

 Roxana sólo recuerda los días en que no podía atender a sus amigas porque el macho-man, le silababa desde donde fuese, como un Dios invisible; para que lo hiciera más rico.después de algunas años. La familia Navarro llegó a tener el cine del pueblo, estanco, pulpería, salón de baile y estaciones de gasolina, sus hijas todas estudiaron en en la capital.

– ¡Murió Kennedy, el presidente de los Estados Unidos! – la voz viajó por todos los Santos, como cuando el río Parrita se crecía y las piedras sonaban a reventar; las viejitas lloraban y una colmena de borrachos y parlanchines, se escuchaba en la cantina llamada : “La Cueva del Zoncho”.

 Eran las 4 de la tarde y la gente iba y venía como si fuese el fin del mundo.

– ¿Que pasa?– preguntó Nago a una chiquilla de nueve años que corría como garza asustada.

– Mataron al presidente Kennedy.

–¿El de los Estados Unidos?

– Sí, el guapo, de pelo macho y ojos azules.

– El de la leche en polvo – refirió un señor, que arrecostado a una baranda observaba como la gente iba y venía.

De un cuechazo, botó una espumosa escupa café de tabaco masticado al suelo, los dientes se mostraban podridos y escasos; dos en su encía inferior, y los dos incisivos en la parte superior ya estaban carcomidos. Podía tener unos setenta años de edad; tocó la cabeza de Nago, y sonriendo dijo: – Es el de “ La Alianza para el Progreso”, hijo.

–¿Has visto, en el comedor de tu escuela, cuando dan pan con queso amarillo y lechita de polvo calientita?

– Sí.

– Pues ese es el hombre que te la manda. Así es que, por eso es que la gente lo quiere tanto.

Repentinamente corrieron lágrimas por las mejillas de Nago, y se echó a buscar a su madre; pues aún en el sótano de la escuela permanecían aquellos sacos de leche, tapados con lonas y muchas cajas más de queso amarillo; después lo cambiaron por una mantequilla que decían ser de chancho.

Todo aquel evento conmocionó al pueblo, y la tristeza duró bastante tiempo, hasta que, el profe Braulio Valverde, padre de Nago, decidió hacerle una escultura de rostro al presidente Kennedy, en algún lugar de Los Santos; un homenaje al “Dios de la leche y el queso”.

Los caballos galopaban de en frente de la casa de Nago todos los domingos, como una pasarela épica. Campechanos, bien alimentados, fuertes y, de una caja torácica bastante trabajada por la pala y el machete, jineteaban. Algunos eran grandes empresarios de la zona; lo único que hacía la diferencia entre el jornalero y el gamonal, era el caballo, la hebilla, el sombrero y las botas; un poco más gordos los de plata, pues los pobres comían más guineo.

También los caballos parecían estar más brillantes y erguidos que los de los pobres, que poseían algunas garrapatas de más.

El próximo domingo llovió tanto, que las gotas al chapucear en las calles, hicieron su fiesta al pegar con las paredes de las casas de madera. Era un barro rojo que se impregnaba para siempre en las paredes del pueblo, los borrachos repellaban los pringues, y al ir cayendo sobre las paredes, hacían dibujos curvos a lo largo de sus caídas; al día siguiente las paredes eran testigos del restriegue etílico de los cuerpos embriagados y las orinadas.

 

 

A la municipalidad llegaban a parar casi todos los reincidentes, borrachos y pleiteros.

Un pleito en las calles o cantinas del pueblo podía durar hasta la muerte, si es que así lo escribía el destino o genética pueblerina. La sangre se calentaba y la turba se picaba para darse de pescozones, pocos sabían pelear; pero con el cuchillo en mano se marcaba la diferencia.

Los traidos*; por los que llegaban a parar a la municipalidad de San Marcos, formaban parte de: faltas a la ley ocurrente y de hule, que sí se aplicaban a los pobres campesinos, no tanto así al hijo del hombre importante.

Pensiones alimenticias, asesinatos y suicidios, formaban parte del menú delictivo al que se hacía presente el resguardo municipal; algo así como  “el sherif” del pueblo.

Vespedito fue uno de lo tantos atrapados por el sistema. Aún Nago estaba bien joven cuando, el cuerpo de un hombre era arrastrado por la guardia rural; uno le sujetaba la cabeza. Envuelto todo su cuerpo en una sabana blanca, que se encontraba tiznada de rojo oscuro, como una bolsa de chorrear café, en uno de sus lados goteaba la sangre espesa, un hombre sujetaba la manta que envolvía su cabeza y con mucho cuidado la agarraba para que no se desprendiera del resto del cuerpo, los otros dos guardas lo cargaban con exagerado pulso; no fuera a ser de que se quedaran con la cabeza de su lado, era un hilo, como el grueso de un dedo, lo que apenas unía los restos del que una vez fue Vespedito - se había degollado -.

El  “land rover”, en donde se había traído al suicida, todavía sangraba en su parte trasera, y las gotas de sangre iban marcando chorritos sobre la calle de piedra y lastre. La sangre seguía aún caliente, y al chocar con el suelo, que estaba bien frío, hacía que ésta se evaporara como el agua tirada al fuego.

–––––––––––––––––––––––––––

*Traido - pelea

 

Cantidad de curiosos llegaron como hienas al acecho, muchos a crear sus historias; otros, sorprendidos, se preguntaban en voz baja: ¿qué pudo haber sucedido con aquel montón de sangre que emanaba de la manta al suelo?

– ¿Qué pasó?¿cómo fue? – se preguntaban los curiosos. ¿De quién se trataba aquel bulto en brazos de los rurales?

Ya en la noche cuando las viejas de la vecindad llegaban del rosario, las especulaciones competían a la luz de las candelas y el fuego de los anafres, para ser las primeras en saber lo acontecido.

 Nago escuchó a Doña Emilia Retana decir: “ Se trataba de Vespedito, ya lo venían buscando desde hace rato, tal parece que dejó embarazada a una señorita de quince años, y el desgraciado no le quería pagar la pensión. Dios me perdone, pero bastante que debió de haber disfrutado a la ternerita, y claro, como Satanás anda por los malos caminos, se topó con este sátiro, y miren ustedes que fue el mismitico Diablo quien le puso el machete en la mano”.

–¿Pero y eso qué tiene que ver con que se haya suicidado?– preguntó la otra señora, de nombre Cabita, maestra que daba clase de primer grado y un tanto más preparada que las demás.

– Pues, que la ley es muy clara, el hombre tiene que asumir sus responsabilidades; muy bien lo dijo el ministro hoy en la iglesia; que ante Dios y las leyes las cosas no pueden quedar a medias. Que Dios lo perdone, pero dicen que se degolló.

 – Mientras los rurales lo esperaban – asintió la tercera señora, que ya empezaba a cabecear como gallina maniada por el cansancio del día y las cocinadas en las cocinas de leña, que poco a poco llenaban sus pulmones de humo y sin saber por qué, llegaban a padecer de enfisema pulmonar.

 – Sí – dijo doña Emilia – Lo apresaron en la casa, y mientras le daban tiempo para que saliera,  les pidió que le esperasen un momentito. Dijo que para afeitarse, les abrió la puerta y,  fue muy decente, hasta les ofreció un poco de contrabando, mientras iba al excusado.

– Estoy lleno de barba y no quiero que me lleven así – les dijo.

– Tal vez aún no se había decidido a quitarse la vida; pero una vez que se tropezó con el filoso machete de veinte pulgadas en el pasillo, el diablo se le metió en su cabeza y lo único que escucharon, dicen los rurales, fue un sonido, así como cuando cortan un vástago*. Después de estarlo esperando por casi quince minutos, tuvieron que entrarle a patadas a la puerta del excusado, y cual fue la sorpresa, que se encontraron, ya saben ustedes, con el Vespedito casi partido en dos. Dice el resguardo, que todavía los pies le brincaban.

– Que tragedia – interrumpió Cabita – Dios sabrá por qué lo permitió.

Eran las seis de la tarde, ya empezaba a garuar, las chismosas se dieron su adiós y ligeramente se perdieron en la niebla.

Al día siguiente, Nago se dirigía a su casa, todavía no dejaba de pensar en el día anterior, y casi que toda la clase de la escuela pasó el día  hablando sobre el difunto Vespedito; hasta una misa prepararon para pedir perdón por el suicidio del degenerado.

Al día siguiente, sábado por la tarde, ya en la cantina: “La Cueva del Zoncho”, se hablaba de lo acaecido con Vespedito; y escuchando la historia un tanto repetida,  Nago se sentó al borde del caño, para entretenerse un poco con las aguas malas que pasaban debajo de sus zapatos, chapuceando, escuchaba los improperios y chistes relacionados con la agenda de fin de semana, que se había vivido  en el pueblo.

–––––––––––––––––––––––––––––

*Vástago- mata de plátano

 

La  cazadora pasó como a eso de las dos de la tarde, e hizo parada al otro lado de la calle que daba con el parque. En ese entonces, todavía era la plaza de fútbol.

Bajaron algunas personas, agotadas del viaje, unos descalzos, otros emperifollados; algunos venían de Santa María. Las mujeres con sus vestidos largos, brillantes y los labios pintados de rojo carmesí, coqueteaban y provocaban, enseñando las ocultas curvaturas, que hacían mover el vestido de una manera muy seductora.    

El destino: el salón de baile, la rocola  y algunos centavos para poder poner música de:  Billos Caracas Boys, Daniel Santos, Julio Jaramillo, y como parte de la transculturización que se veía venir a paso arrollador:  Elvis Presley, que sonaba cada media hora en todas las rocolas   . También se escuchaba mucha música negra de los sesenta y más a menudo, los Beatles; pero para bailar la música preferida y que incitaba a los amantes del baile era la latina: boleros con Sonia López, cumbias colombianas, salsa y merengue.

Una manada de güilillas, postrados sobre una de las ventanas del salón, miraban a los actores prepararse para la fiesta de la noche; eran ya las seis de la tarde y el salón estaba completamente copado.

Con candelas se alumbraba la gente en las casas, para pasar la noche, rezar el rosario o sencillamente pasarla juntos; pero el salón, el cine y los encuentros de entretenimiento pertenecían a los Navarro, y  eran alumbrados con una planta de motor pequeño que hacía que las luces centellearan.

Ya a las seis se escuchaba el encender de la máquina y la gente se erizaba con el alma del escandaloso motor.

Algunos pleiteros llegaban un poco picados de la cantina, y otros más tímidos se agrupaban en círculo para tomar posesión de la noche.

Las clases sociales para ese entonces ya se marcaban, y los pleiteros a pesar de todo sabían que a los ricachones de apellido fuerte era mejor obviarlos, y el traído por lo que fuese, debía ser con los de la misma calaña.

Por lo general, los asesinatos sucedían, no en el salón; sino, en donde el guaro era más importante que el baile.

Todos bailaban al son de los boleros de la Sonora Santanera ;  pero los preferidos eran Felipe Pilera , Julio Jaramillo, Javier Solís y el mariachi Antonio Aguilar.

– No estrujen – refunfuñó Viscotela, uno de los carajillos de la turba y ya entrado en los quince años.  Miren ésa y cómo mueve la cintura – dijo –, así le gustan a mi tata, delgadas y tetonas.

– Cállate,  entierra perros – le contestó Jupa de agua, otro güilillla matón, de apenas trece años, pero regordote. 

– Ya cálmense guevones, no ven que aquí también hay damas – dijo otro refiriéndose a Nago. Entonces la conversación se fue calmando al silencio de un guarda que empezó a señalar con un foco para que se fueran.

– Mejor me voy a hacerle poemas a Grace – se dijo Nago. – Esto aparte  de la música, me parece muy peligroso, de seguro estos son los que terminan tarde o temprano agarrados en una cantina; llámese Vespedito, Juanito o Pedrito son los mismos, futuras copias de los que se acaban con el guaro y el ocio de este pueblo.