– Llegamos a San Lorenzo – gritó doña Trina –. Ayuden a sacar los chunches del camión.
Una marea de zaguates se peleaba al fondo de la calle, empedregada de lastre y barro, por montar a una perra en celo, que deambulaba desubicada. Mientras tanto los hermanos valverde empezaban a mover los muebles más pesados con la ayuda de Samuel.
Alrededor, las peñas y las calles, seguían vistiéndose de rojo con sus verdes manteles de zacate y arboledas. Al frente de la choza en la cual vivirían los Valverde, pastaban un grupo de lentas vacas preñadas, que se hacían acompañar de su ordeñador.
La garúa de las tardes y el empalagoso aire fresco de las mañanas adornaba la figura de los hombres flacos del campo; unos blancos, como importados de algún lugar nórtico europeo, y otros morenos como el propio Nago Valverde, de piel quemada por el sol de las alturas. Chonetes blancos de lona, bocas con labios apretados, parecidos a un saludo de esfínter; masticaban tabaco para escupirlo al suelo y calmar el ocio de aquellos cerebros vagos y cuerpos cansados por el pico y la pala.
En un mal español escuchó Nago decir, a unos casi que duendes, detrás de donde él estaba parado observando el lugar:
– Esos son los nuevos maestros de la escuela.
Nago los acusó con su mirada y, ellos bajaron la cabeza; como si se tratase de un enjuiciamiento. Entonces miró sus pies pelados, y las piernas llenas de barro hasta la rodilla.
– De seguro que han de haber caminado unas dos horas para venir a conocernos – se dijo –, y, yo los castigo con el cansancio del viaje.
Uno de ellos se acercó, y muy suavemente extendió su mano para ofrecerle una naranja a Nago. Sus ojos eran azul claro; como el cielo cuando quiere jugar en las claras mañanas de un despejado cielo a orillas del mar Pacífico.
Al rato cayó la tarde y, como en esos cuentos de pueblo; aquella horda de perros en celo empezó a ladrar.
Ya después de las seis, unas ancianas pasaron al frente de la choza. Nago miró cómo las encorvadas mujeres levantaban sus faldones café oscuro para librarse del barro, y en sus pechos colgaban unos crucifijos de metal y madera; como hechos por ellas mismas, o algún aficionado a la santería católica.
– Van para el rosario – alguien murmuró.
–¿Cómo?– preguntó Nago al niño de las patas peladas.
–Van al rosario, ¿no sabe usted?. ¿Nunca las había visto vestidas así?
–¿Y por qué de faldones café?
– Se le dice hábito al faldón ; así le piden a Dios que las sane de los pecados de ellas y de nuestros papás.
–¿Papás?
– Sí, porque toman mucho guaro y contrabando. Salen con hembras, las meten en los arrabales, y les dan el nombre de las queridas a las yeguas pa’ que nuestras madres no desconfíen, y así poder llamarles por el nombre de sus queridas a las yeguas cuando se les ocurre.
Una de las doñas, se volteó para persignarse de enfrente de la casa de los nuevos inquilinos; los niños que estaban aclarando a Nago sobre sus costumbres, se apartaron para que una de las viejillas - la más atrevida - pudiese escudriñar el lugar y los nuevos extraños.
– Muy buenos días, maestra – le saludó una de las ancianas a doña Trina.
– ¿Usted es la nueva maestra verdad?
– Sí señora, gracias a Dios aquí estamos para ayudarles a los niños y al pueblo.
– Aquí, necesitamos hacer tantas cosas: calles, puentes, y que el padrecito nos visite más a menudo. Usted sabe, aquí no hay mucho qué hacer, y nuestros esposos son muy escapadizos. Buenos consejos no estarían de más, y ustedes que son preparados, en algo los ha de iluminar el Señor... para que puedan hacer de este sitio algo diferente y más sano.
¿Le gustan los platanitos?– preguntó la viejita –. Mañana les tremos para que se desayunen alguito, y niña, ¡no permita que su marido se descarrile por estos lados, aquí ese maldito guaro ha cambiado hasta al padre!. ¡Lo han visto borracho!... ¿Se imagina nuestro apóstol en lazos con Satanás? Permítame : La persignó con su dedo pulgar abrazando el índice –. Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos –. Y así hasta que el anaranjado sol se empezó a pintar de rojo oscuro, allá, detrás de las montañas. Sólo el chasquear de los cascos en los caballos se escuchaba al irse muriendo la tarde.
Nago observaba la choza que estaba entre la pulpería y la escuela; donde vivirían por algún tiempo. Cerró el puño de su mano derecha, subió la mano a la altura de la vista, visó, y a diez metros de distancia de la choza se preguntó : – ¿Cómo vamos a caber ahí todos; si mi puño es más grande?; dejó la mano en alto mientras sacaba conclusiones. La casita parecía no medir más de veinte metros cuadrados.
Sin más torturas, sacó un trompo hecho de cacho de toro y lo lanzó al suelo; como lo hacen los niños cuando el intermitente del perenne pensar los agota, y un automático los desconecta para relajarse.
Sacaron los chunches del camión, los pusieron en fila, y cada uno fue cargando lo que podía, para que todo quedara de una forma más o menos acomodada, dentro del galerón, que en otras ocaciones se utilizaba para hacer turnos, el olor a hojas de tamal era inconfundible.
En el pequeño galerón y por las noches una bacinilla unía la tertulia de gases, quejidos y fumarolas; doña Trina era la más indigesta, y sus enormes porciones de estiercol median más de una cuarta; esto cuando comía chuleta con arroz y frijoles; entre Quincho y Nago los calculaban, para ver cuál sería el más grandioso. Uno de ellos llegó a salirse de la bacinilla y cortarse en dos para caer en el suelo. Los hermanos Valverde tuvieron que limpiar aquel desastre al siguiente día porque la madre tenía que irse para el trabajo.
– Mi madre debe tener un gran fondillo – comentó Quincho entre sonrisas y carcajadas mientras sacaba el féretro con la bacinilla para arrojarlo al patio, las gallinas corrieron a pelearse el difunto y terminó haciendo aretes en los picos de éstas.
Detrás de la choza se escuchaban muchos ruidos silvestres: vacas, toros, el ladrar de perros, aves exóticas, yigüirros y, algún jilguero solitario. Al frente de esta, un billar sonaba al pegar de sus bolas, mientras los aburridos señores se la pasaban matando el tiempo, jugando y mascando tabaco todo el santo día de los sábados y domingos, todo era exiguo, muy en pequeño, como todos los pueblos nacidos en montañas.
En el billar que daba de en frente de la choza, a escasos veinte metros cruzando la calle, unos ancianos - comentaban: “ Dicen que el nuevo director de la escuela... ese tal Braulio Valverde, no es nada pendejo, ya lo han visto pelear y, es pequeño, enclenque; pero tira pescozones por todos lados, y no se deja decir sobrenombres; se cabrea de tal manera, que le calla la boca a cualquiera”.
Al amanecer de la primera noche, los hermanos Valverde creyeron escuchar el bramar de un buey de una manera muy extraña.
– Oigo bramar un buey, y no es lejos de aquí – comentó el flaco Quincho.
– Muje – repitió el mestizo Nago.
– Muje o brama, ¿que tal da?, algo le pasa a ese animal, debe estar pariendo si es que es vaca.
– Vamos a ver – acordaron ambos.
No entendían por qué tan fuerte, podría gritar una vaca. Corriendo en medio de sillas y más allá de la puerta se tiraron por los zacatales, hasta dar con un galerón.
– Nos acercamos al llanto – murmuraron.
– Es un buey – dijo Nago –, y estoy casi seguro de que algo le sucede.
Llegaron a la puerta que daba al fondo de una pequeña trocha, al fondo, un galerón y dentro de ésta, una fuente de sangre reventaba en la yugular del bovino, para caer en una palangana al lado derecho de su garganta.
Se podía escuchar, cómo su gemir se cortaba e iba muriendo despacio, hasta casi poder hablar. El animal sacudió sus patas y los ojos quedaron tiesos, luego aflojó su erguido cuerpo, rindiéndose ante lo destinado por el asesino de bueyes.
– Qué manera de matar un buey –, se dijo atormentado el insípido Quincho. Creo que nadie merece morir así –, se repetía una y otra vez –¡Nadie debe morir así!
El asesino de bueyes lo escuchó a los hermanos y, poniéndose de pie y bien erguido contestó: – Tanta gente muere de otra forma; gente digo – acentuando sus palabras, y mirando a los niños explicaba, mientras limpiaba su hacha y sus manos empapadas de sangre bovina goteaban en el suelo de barro rojo.
– ¿Quieren aprender el oficio? – les preguntó –. Uno no sabe a qué se va a dedicar el resto de su vida para sobrevivir, la parte más entretenida de todo esto es la despellejada. Se le quita la foto al animal y se le pone precio a la carne, luego le das de comer a tus semejantes.
– Nunca han visto como se prepara la carne – recalcó.
–¡Vamos Nago! –, murmuró el flaco de Quincho, y tal como se acercaron, así dejaron el lugar del siniestro.
De vuelta a casa, el Indio Nago se confesó con sus pies.
– No creo poder hacer cosa tal en mi vida; ¿por qué morir de esa manera?
Al día siguiente estaba almorzando un aceitoso y encebollado bistec de a peseta.
Y así transcurrieron nueve meses hasta que ascendieron al Profesor: Don Braulio, como Director de la Escuela de San Marcos de Tarrazú; un pueblo cercano a San Lorenzo y en donde la escuela tenía un edificio más decoroso.