– ¿Como te llamas? – preguntó el abusado Nago, mientras el Bueno observaba el trasero de las dos chicas. No parecía importarles que las desnudaran con la mirada; al contrario coqueteaban y sacaban picos de nalgas haciéndose las ingenuas.
– Ustedes son hermosas, ¿por qué no vamos a pasear a alguna parte, o por qué mejor no vamos al edificio nuestro y escuchamos buena música?, la trajimos de Italia y es moda en Europa; son algunos discos de Bonny Em.
– ¡Bonny Em!, ¿ustedes tienes música de Bonny Em? – preguntó la rubia, alta esbelta y de piernas torneadas y rectas hasta la pelvis.
– Marina, me llamo, Marina – dijo la guapa, y apuntado con la mirada a Nago, le dijo: Me gustan los morenos, aquí son escasos. Déjame, quiero tocarte para ver si eres de verdad. Oye, Ocsana – llamó la atención a la amiga, tócalo tiene la piel apretadita.
– ¡Ah!... eres lindo – añadió Ocsana. No esperemos más, compremos unas botellas de vino y vamos a tu cuarto.
– Sabía que tú eras un buen anzuelo, Nago – dijo el Bueno –, es el lance más rápido de mi vida. Ojalá, y no nos vayan a convertir en millonarios, digo, son un millón de unidades en penicilina,¿entiendes Naguito?
– Untado el dedo, cagada la mano – dijo Nago –. Vamos de una vez por todas.
Se sumaron los cuatro, cogieron un taxi que les cobró cuatro rublos y se penetraron en el edificio para fornicar.
-De veras que eres hermosa, Marina- le repetía Nago –. mientras ella le besaba todo el cuero moreno traído de Latinoamérica. Eres especial, Nago, de piel apretada y manos de doncella; nuestros hombres son toscos; tú eres muy suavecito. La noche fue de hermosas expresiones, de sinceras miradas; los dos eran hermosos, la unión era sincera, excepto porque Marina se olvidó que era bastante promiscua y tardó Nago tres días para convertirse en millonario.
– ¡Lotería! – dijo al tercer día cuando el pene se le atragantó y los orines enchilaban su uretra.
– Bueno, tú tienes la culpa. –
– ¡Verga !,yo te lo dije, eso me parecía demasiado fácil para ser tan bueno, estás pegado. Nago, tienes que ir a que te inyecten.
– Eso no es lo peor, Nago, aquí te internan por eso, y tenés que decir quién te pegó, si no, no te curan.
– Curarte, tienes que decir la verdad y dar su dirección; además de que anda enfermando a otros extranjeros.
El hospital era un edificio que, como en su gran mayoría, se sentía el olor a Segunda Guerra Mundial.
El color pastel del edificio llevaba en sí un celeste borroso, que más se parecía a una acuarela que había llevado mucho sol, y sus paredes mayormente de ladrillo pintado con miles de capas celestes, ya gritaban una buena reparación, por lo menos algo más moderno en su exterior; pero los planes quinquenales del Partido Comunista posiblemente lo consideraban un lujo innecesario.
La cosa es que al hospital “Oktiabriskaia Bolnitza”- Hosítal octubre-, después de un examen de rutina en el que Nago salió positivo de una gonorrea, fue a parar para ser atendido por quince días, por lo menos hasta que se curara.
– Bien, a ver esa cosa – le dijo el médico Prodromos, quien pasaba por un postgrado en enfermedades infecto-contagiosas, y Nago era uno de sus experimentos.
– Échate ese escroto bien para atrás, y pela el glande para hacerte lo que llamamos un frotis.
– Pero, Doc ¿me va a meter ese alambre en el cañito de la orina?
– Uretra se llama, corrigiendo a Nago de una manera científica.
– Esto te pasa por andarla metiendo en lugares inconvenientes de mujeres fáciles. Aprende a mí, yo utilizo preservativos rusos, aunque muy malos y a veces se revientan; lo más recomendable es ponerse dos de una vez. Tú puedes mandar a pedir a tu casa buenos preservativos norteamericanos.
Prodromos era estudiante y estaba por sacar un doctorado en enfermedades venéreas; era griego, alto y de muy buen sentido del humor.
-Nago estarás acá por quince días, te haremos un tratamiento de una inyección de penicilina cada tres horas; sé que en tu país te dan una sola ración de penicilina, un buen dolor de nalgas y la cosa se acaba como si te estubieran tratando de una gripe; pero acá las cosas son un tanto diferentes.
El médico, jefe y tutor de Prodromos, quien era un señor de sesenta años, muy experimentado en los contagios por penetración fálica, se presentó como lobo viejo en el consultorio de Prodromos.
– Tenemos que hacerle un tacto rectal para ver como está esa próstata – dijo el Dr Iban Petrovich.
– ¿Qué? – agregó Prodromos – a un joven de apenas veinticinco años le vas hacer una prueba de esas. Ustedes los soviéticos, todavía no entienden de medicina moderna, ¿a quién se le ocurre introducir tamaño dedo en una piel tan blanda? . Eso es para los viejos que sí tienen problemas prostáticos. Y se armó una discusión médica y política, mientras Nago con el pene al viento veía como se le iba haciendo más chiquitito hasta perdérsele en la mano.
– Doc, disculpe Doc; ¿pero qué hago con esto?.,¿me la guardo o qué?.
– ¡Oh Nago!, guárdala, mientras le explico a este médico de calle lo que es la medicina moderna; sólo a mí se me ocurre venir hasta la Unión Soviética a sacar un doctorado, y en lugar termino enseñándoles a éstos cómo se aplica la medicina preventiva en el trasero de un extranjero de veinticinco años.
– ¡Ah !...¡cállate, Prodromos!, bastante que has aprendido conmigo en los laboratorios y con los cuerpos de mis pacientes; en muy poco tiempo estarás volviendo a tu país y enriqueciéndote con nuestros conocimientos. El tacto es recomendable, y si no se lo haces tú yo se lo haré.
Mientras los dos discutían, y el Dr Petrovich alistaba el dedo con grasa, para hacerle un tacto rectal a Nago, se apareció Johnny con un gran problema en el recto; llevaba más de tres meses con una enorme picazón en el trasero que no lo dejaba ni dormir.
– ¿Cómo te llamas? – le preguntó Prodromos al nuevo paciente del trasero con comezón, – Gerardo – contestó.
– Dice tu expediente que eres de Costa Rica.
– No entiendo el ruso – dijo Johnny y entonces Nago le preguntó si en algo le podría ayudar para traducirle.
Johnny se tranquilizó bastante, al saber que había un coterráneo que le podría ayudar con su problema rectal, y lo mismo, los dos médicos que deseaban saber qué tipo de enfermedad era esa.
– Para ver eso – le dijo Petrovich –. Abrete bien las nalgas para poder mirar de qué se trata –, mientras Nago servía de traductor.
– Ven a ver Prodromos, y no metas las manos. que eso me parece un hermoso chancro.
– Vamos a necesitar tu ayuda, Nago; mañana le haremos algunos exámenes a tu compatriota y quiero que los estudiantes miren ese trasero en clase; nosotros rara vez vemos estas cosas.
– ¿Pero de qué se trata, Dr Petrovich? – preguntó Nago.
– De nada, sólo rutina,..hemorroides.
– Perdóneme, doctor, pero yo sé muy bien lo que es un chancro, y los escuché a ustedes hablar de eso.
– Pues sólo vas a servir de traductor; lo demás no te debe importar, ¿de acuerdo?.
Al día siguiente, además del problema que Nago cargaba con su ya pesado pene y el gotear de la infección que le incomodaba tanto, se sentía bastante interesado por el culo de Johnny, pues era toda una noticia en el hospital. De seguro, que si hubiese existido la libertad de prensa en auel momento, hubiese salido en primera plana el trasero de Johnny con una llaga en el infinito.
– ¡Me pica de una manera!, Nago, que me meto primero un dedo, luego los dos, y ahora no me conformo y hasta me rasco con una candela.
– Ráscate, pero a mí no me des la mano, porque a mí se me hace que lo que tu tienes ahí; es una buena sífilis,
– ¿Cómo?, ¡esta loco! – le contestó.
– Bueno, no te enojes, pero todo apunta a que a ti te cogieron en alguna parte y el tipo tenía algo malo.
Después de pasados algunos días y un examen de sangre, no cabía la menor duda de que , lo que tenía era un buen chancro sifilítico, una simpática espiroqueta pálida se vislumbraba como la culpable de la picazón,
La comitiva de médicos llamó a Nago para traducir y hacerle preguntas a Johnny, sobre el hecho, de cómo se había contagiado de esa enfermedad.
– ¿Por qué insisten en saber cómo me pegaron eso? – preguntó Gerado a Nago.
– ¿Qué es, qué eso es del otro mudo?.
– No, el problema va más allá, y es que los médicos necesitan saber la fecha en la que tú pudiste haber contraído tal enfermedad, para así poder hacerte el tratamiento.
– Dicen que tu análisis de sangre muestra cuatro cruces, y ése es un estado muy avanzado de la enfermedad.
– Diles a estos tontos que yo no he hecho nada por detrás, y que me curen; eso es todo.
– No, esto no se arregla así – dijo la comitiva a Nago –, o dice cuándo tuvo la relación o lo devolvemos a Costa Rica lo antes posible.
– Me resisto a aceptar que alguien me haya pegado algo por detrás.
– Vas a tener que aceptarlo, alguien te cogió, y eso es todo.
– ¡Que yo no soy homosexual!... Bueno, te lo voy a contar muy confidencialmente –. Johny se sujetaba la mandíbula y los ojos bailaban a todos lados, como si estuviese esperando que una gota le cayera en la boca, hablaba y dejaba sus labios semiabiertos, tal y como lo hacen las locas.
– Te digo que no fue culpa mía. Mira que yo me pasé un poquito de tragos, esto sucedió, allá en San José, hace como unos tres meses, y ese tonto de mi tío me agarró no sé en que momento y ¡pun! me la metió hasta el alma, antes sólo jugábamos a que sólo un poquito, pero el gran desgraciado, sabiendo que yo era virgen, porque apenas acabo de cumplir los dieciocho, se abusó de mi.
– Mira, que esto, me duele tanto, estoy tan confundido, que no sé que soy.
– Entonces, ¿fue hace unos tres meses que te cogieron? – preguntó Nago para poder traducirle a los médicos.
– Bueno,... sí, pero salvo la posibilidad de que yo sea homosexual, ¿ok?
– Hace tres meses señores – dijo Nago a la comitiva de médicos mientras el otro se subía los pantalones y el resto de los estudiantes hacía fila para verle el famoso y agrietado fondillo .
Uno de los estudiantes se le acercó a Nago y le dijo: – Mejor su amigo hubiera pasado algo de dinero a Petrobich para que le curara esa sífilis, ahora por eso lo curan pero lo devuelven a Costa Rica; recuerde que en nuestro sistema no se permiten los homosexuales.
Nago volvió a ver al coterraneo y sintió mucha pena por el compatriota, que además de ser bien amanerado, parecía ser de un estrato muy pobre de los suburbios de San José.
– Jamás olvidaré ese rostro – se dijo Nago observando la cara repleta de espinillas y pequeñas supuraciones en las mejillas, que posiblemente obedecían a una sífilis avanzada.
– Cuando te vuelva a ver amigo – le dijo Nago – acá en este país, o en el nuestro; cuenta con mi confidenciabilidad, y perdona que no te dé la mano, porque no sé en qué parte estás más enfermo ¿de acuerdo?. – Te entiendo, Nago, sé que ésta era mi única oportunidad para poder estudiar; pero si el sistema me acusa por lo que mi tío me hizo...yo no los culpo.
– Cómo te va con lo tuyo, Nago? – le preguntó Johnny.
– No sé lo mío fue por delante, y parece que están buscando a la culpable para ver si sólo tenía gonorrea.
– ¿Pero, cómo, se pueden contraer dos enfermedades a la misma vez?. – ¡Claro!, pero si te curan la gonorrea, no da tiempo para ver si tenías sífilis, allá al tiempo empiezas a ver los síntomas; pero ya de seguro no en el pene, sino que en la vista, o no se que diablos más podría suceder; y como método preventivo, localizan a la dama y le hacen un examen de sangre; estoy en espera de los resultados de Marina. Así se llama la chica.
– ¿Era linda por lo menos?
– Sí, muy linda, a veces ni me arrepiento, sólo que no la perdono porque yo ya le había preguntado que si estaba sana y ella me confirmó que sí.
– Pobre Nago, también la estás pasando mal.
– Me siento metido en un charco de necesidades corporales; siempre creí que fornicar era la mejor de las cosas; pero tiene sus desgracias, y pensar que siempre lo hago por un gran deseo de libertad. Cuando beso, me enamoro, y cuando hago el amor me confío a alguien que me hace falta: las caricias; y la aceptación me hacen falta; pero cuesta encontrar lo de uno. Extraño nuestras chicas, mis vecinas de la patria; pero también he aprendido que acá hasta con una prostituta se puede hablar de lo que uno quiera; es por eso que termina uno queriéndolas; las nuestras son zorras que timan todo el tiempo, entregando sólo flujos compartidos, las europeas te enseñan a vivir y te dan clases de historia en la cama.
– Nago, tal parece que habrá que esperar un poco más para ver si tu dama tiene sífilis –le explicó Prodromos – mientras le hacía un examen de rutina: el frotis de las mañanas para ver si todavía supuraba –. Cuando orines en el tuvo de ensayo y lo veas a trasluz, y no se vean filamentos, ni los orines estén turbios; puedes agarrar todo e irte a la casa.
Pasados los días que no daban noticia si Marina estaba libre del mal o no. Nago decidió, en una tarde de invierno escaparse y caminar unos cuatro kilómetros para verificar personalmente qué pasaba con ella.
El beso del sol con el horizonte turbio hacía sentir el anochecer más frío de lo común, y el hospital para mujeres enfermas de males venéreos, se encontraba a lo lejos; como si fuese una cárcel: barras, guardas y exceso de enfermeras que imposibilitaban la entrada al lugar.
Nago decidió ir personalmente para averiguar sobre los resultados de sangre de Marina Costeolova.
– ¿Quién es usted? – preguntó una de las enfermeras que se encontraban en recepción.
– Disculpe, soy extranjero.
– Ya veo; pero ¿qué hace acá?, debo informarlo de inmediato.
– No, por favor, señora vea aquí tengo esto..
– ¿Y que es eso?.
– Bueno, parecen diez rublos.
– ¿Que insinúa usted joven hombre?.
– Bueno, sólo deseo un poco de información. Necesito saber, si esta persona está libre de sífilis; necesito saber la verdad; pues me encuentro esperando a ver si me hacen un profiláctico y todo depende de ella.
– Espere, hijo, ya le traigo la respuesta.
Después de casi una hora, la enfermera llegó con la mala noticia de que realmente Marina estaba bien enferma y que él debía ser atendido por un largo período.
– Bien, señora, muchas gracias.
– Oiga, hijo, esto no es tan grave.
– Sí señora –, y salió corriendo en medio de las calles sin siquiera mirar a los lados. El suelo estaba resbaladizo pues el frío era bastante y se hacía escarcha en el pavimento; resbaló cayó una y otra vez, las puntas de la pijama del hospital se mancharon con unos charcos de lodo casi congelado y el paltó humeaba con el calor del cuerpo.
Llegó al hospital Oktiabriskaia y se sumergió en las sábanas del catre; no cerró ojo en toda la noche.
Al día siguiente, buscó al jefe del departamento de infecciones contagiosas.
– Oiga, Doc, creo que va a tener que hacerme la profilaxis.
– Pero el informe no ha llegado.
–Si me espero a que las cosas se hagan a plan quinquenal, en un año estaré podrido.
– Llama a la clínica de enfermedades infecciosas para mujeres y tendrá mi examen positivo. De inmediato, Nago, soltó a chillar, sobre los hombros del doctor y éste trató de tranquilizarlo.
– Hijo, esto te pasa por ser hombre; nosotros tratamos de educar a la gente, pero es un mal de años. Tenemos muchas otras cosas por qué llorar. Aún así, es preferible curarse de una venérea, a que te den sentencia de muerte por algo que no has hecho, o poder escoger el sistema en el que deseas vivir.
– Anda, hijo, que yo en mi informe te estaré recomendando como una buena persona, porque nadie llora por estas cosas; excepto por algún grado de pureza que quede en la persona y tu te ves como un joven de buenos principios.
– ¿Conoces a Paliakov, el que duerme a la par tuya? – preguntó el doctor Schmil.
– ¿El de la cara con huecos?
– El mismo. Ese ha estado acá por más de dieciséis veces; todas por gonorrea, y siete por sífilis; lo hemos tenido encerrado más de una vez para poder curarlo, y aún a punto de curarse se escapa; busca de las suyas y regresa acá con una nueva versión venérea. Dice que la última vez lo emborracharon dos prostitutas, y que no se acuerda de haber hecho nada con ellas.
– Si te fijas, es buen mozo, alto de cuerpo casi perfecto y atlético; además hace deportes y se entrena bien, seguro para no perder la apariencia, a ese yo lo catalogo de cínico, anda enfermando a quién sabe que buenas muchachas, porque de seguro que las engaña con su apariencia.
En la noche antes de acostarse, Nago, inquieto, volteó a ver a Paliakov, y éste que no era nada ingenuo – le preguntó: ¿Qué deseas saber extranjero, cuantas mujeres he tenido?.
– No, sólo te observaba, eres bien hecho, como un cow boy. – También lo eres tú extranjero, no creo en nada de lo que me rodea, ni en el zar Brechneb, ni en el Partido Comunista. – ¿Cómo es aquello en el capitalismo de ustedes?, ¿se vive mejor?, bueno, supongo que se bebe mejor que acá; buen wiski, mujeres mejor vestidas que las nuestras, y además la oportunidad de hacer dinero fácil,¿es o no es así?.
Nago se quedó callado sin contestarle la pregunta.
– ¿Qué deseas saber extranjero? – repitió Paliakov.
– Dicen que te han enfermado un montón de veces.
– Algunos me dicen el señor sífilis, pero es que con estos preservativos que me pongo en la mayoría de las veces los reviento, tengo una buena manguera, que hace feliz a mis damas y el problema no son ellas, es la calidad de producción de los artículos, el hule no sirve, pero mi cosa sí. – Me han contado que en Occidente hacen buenos preservativos; podrías hacerte rico acá vendiéndolos,¿no has pensado en eso?.
– De veras que no; pero, ¿es que todas tus mujeres están enfermas?.
– No, la última vez pasé cinco meses con gonorrea, ya no aguantaba; llega a pesar tanto la cosa que el dolor es insoportable, mejor dicho incómodo, llega el momento que ya no orinas sino pus caldeada.
Por lo general, vengo por miedo a enfermar a alguna novia, e inclusive a mi esposa la he tenido enferma unas cinco veces.
– Yo soy el enfermo, no ellas; pero ya aprenderás acá, y supongo que como en cualquier lugar de la tierra, para los vaqueros se hicieron todo este tipo de cosas. – Ese amigo tuyo en cambio sí que está mal – refiriéndose a Johnny –, esta patria lo sacará a patadas de acá, aquí no se permite el sexo entre hombres; eso es indecente.
– Pero, no vaya a creer que yo soy uno de ellos-señaló Nago.
– No aquí se sabe todo, lo tuyo es de hombres y ahorita saldrás, y si te gustan nuestras mujeres, tomas vodca y pierdes la conciencia; estaremos hablando nuevamente e irás sumándote en la lista del mal de Paliakob.
– ¡Hey! extranjero, dime una cosa, ¿tienes la cosa grande o pequeña?
– Y eso por qué - respondió Nago.
Porque te van a meter un tubito, como del tamaño de mi dedo meñique, en el caño de la orina; le llaman uretroscopía, el otro día vi a uno de los tuyos, de Latinoamérica, desmayarse de la impresión, y una fila de cinco mujeres estudiantes mirando como se desvanecía mientras esperaban el turno para ver su uretra.
Esa noche Nago no logró dormir, hasta que al día siguiente se cumplió, la profecía de Paliakov. También Nago sufrió de aquella tortura, con el tubo del grueso de un lapicero corriente y el largo de más de una cuarta Nago quedó tendido en el piso llamando a la vida para no morirse, cuando fueron a sacarle el proyectil de tecnología rusa, algo reventó su uretra y la sangre salió por todas partes y mojó gran cantidad de sus testículos; fue llevado a emergencias y estuvo largo rato en observación, la conclusión de los médicos fue: mandar a hacer uno más delgadito para los latinos.
Más de tres meses estuvo Nago internado en aquel hospital; en donde las cosas se hacían al
estilo siglo mil ochocientos. El Bueno se apareció una mañana a visitarlo, le trajo manzanas y algunos recados de los compañeros de estudio.
– Oye, Nago, ¿cómo es que a tí te pasan estas cosas?, si yo también camino por donde tú andas y hasta peor, porque con esta cara y este cuerpo de gordiflón indígena, nadie me mira por belleza, tengo que andar metido entre putas y lo que salga, pero tú, tú si tienes con qué elegir.
– Son los preservativos, Bueno, no me pongo los que mi madre me manda para ahorrarlos, y te seré sincero, disfruto las obscenidades que te enseñan las putas, no me gusta fingir y ellas se llevan bien conmigo; pero tendré que cambiar, no desearía terminar siendo un Paliakov.
– ¿Y quien es ese tal Paliakov?
– El Rey de las venéreas, después te contaré, podría ser un personaje de novela.
– No te confundas, Nago, tu religión si es que todavía, la tienes, te está castigando.
– En la guerrilla se aprenden muchas otras cosas más, como por ejemplo: tener que matar a tu amigo delante del enemigo para convencerlo de que no eres de la guerrilla, y seguir defendiendo la causa marxista- leninista. Así, lo ha hecho el ser humano por multitudinarias razones. –Yo creo en el amor, creo en el erotismo; eso no es ningún pecado. Acá muchas mujeres no van a curarse porque las fichan, y duran hospitalizadas un montón de tiempo; mientras esa clase privilegiada que no conocemos, y que según ellos no existe, se cura sus enfermedades en la propia casa pagando hasta ochocientos rublos por inyección.
– Esa es la verdad del socialismo en el que vivimos; tienes dinero y compras la conciencia de cualquier camarada. Son tan humanos como nosotros y son pueblo; Nago, puro pueblo en el que vivimos, la casta no la veremos nunca.
–Te traigo una mala noticia.
– Sí, dime, de por sí ya me empiezo a deprimir de todo esto.
– ¿Te acuerdas del etíope que vive a la par de tu cuarto?.
– ¿El callado?.
– Si.
– Ayer; cuando apenas íbamos para clases, encontraron la puerta abierta y al fondo; a la par de la ventana, estaba colgado con una cuerda de metal.
– ¡No puede ser!, pero si jugaba muy bien el ajedrez.
– Sé que te encantaba su manera de ser, igual que a mí. Creo que siempre guardó un pájaro azul en su cabeza, y decidió liberarlo con la muerte de toda su familia; en la guerra que se libera allá en su patria, no pudo soportar y decidió acabar consigo mismo.
– ¿Cómo que mataron a toda su familia?
– Sí, Nago, no le quedó a nadie vivo; tenía una hija, esposa, sus hermanos, y los padres fueron fusilados al estililo Stalin.
– Esto te hace más fuerte, Nago, a eso viniste.
– Te seré sincero, Bueno. Siempre creí que al venirme para esta patria, tendría de todo y nunca me cuestioné la vida como algo que se tenía que aprender, tal como si se tratara de un oficio.
– Eres un poeta Nago, poeta.¿Alguna vez te han dicho que tienes corazón de poeta?
– Ahora que me lo dices Bueno, llevo conmigo la gran tristeza de la confusión, busco el lugar perfecto, la piel suave, la mirada sincera y el exceso de tranquilidad.
– Sí existe, Nago, el problema es la genética; el universo es una enorme célula, que muta en su interior, físico-químico, y el comportamiento de los seres muta dependiendo de las necesidades y los hábitos. En este mundo sobran los asesinos y ladrones de conciencias; porque esa es la cultura que se ha permitido, y también las masas matan Cristos, Che Guevaras, Lenins, Lorcas; al final todos nos merecemos lo que tenemos.
– ¿Has soñado que vuelas, Bueno?.
– He soñado que me disparan cuando voy volando – contestó el Bueno.
– Yo, en cambio he soñado que agito las manos para escapar en las alturas, y siempre veo para abajo y miro todo el excremento humano queriendo sujetarme; y lo único que pido es más vuelo, siempre hay un techo que me encierra, pero siempre logro escapar.
– Pertenecemos al lado de los buenos – agregó el Bueno, aunque eso podría ser una gran influencia religiosa que nos tiene atrapados en la cámara de la inconciencia.
– Pues, yo no tengo ese valor; de echar a correr mi pájaro azul, aún más, tengo tres aves, que he recolectado en toda esta cosa de la vida, y a los tres las abrazo para quedarme con ellas.
Es el trato de la vida, y encima de todas las trifulcas de lo continuo, se han convertido en mi eternidad. Yo las echo a volar todos los días, pero en mi encierro mental; antes era yo el que volaba y me escondía de los demás, pero ahora ellas lo hacen por mí.
Me asesoran, traen cuentos y señalan mi camino, tengo sus patas bien adheridas a mi cuello.
– Sabes, Bueno, conocí una chica acá en el hospital, lleva con ella una enfermedad muy extraña; no se ha podido descubrir qué le provoca unas llagas en su cuerpo, que le aparecen cada cierto tiempo, sin síntomas; súbitamente queda marcada por esas horrorosas llagas. La tuve entre mis manos, la besé, la amé en las gradas del pasillo; ella conocía mi problema y no le importó mi mal; ella cree que su mal es peor que el mío, y creo estar muy enamorado, deseo estar con ella a todas horas, y cada día su cara se desfigura más. Ella dice que de eso muere en cualquier momento, pero nunca he amado tanto en tan poco tiempo; he conocido muchas, pero ésta me conoció en el mal y así me entregó su amor y yo la recibí sin temor a morir; porque sé que pronto se irá.
– Es tu ave, Nago, tu ave interna puesta en escena para que conozcas el lado bueno de la vida. No tengas miedo a poseerla, recuerda que el ave que tropieza, muere de tristeza no por el golpe que quiebra sus alas, sino porque ya jamás podrá volar.
– Guárdala en tu corazón y llévala a volar, sé de esas cosas porque en la guerrilla, los mejores amigos se mueren, y las madres lloran a sus hijos; son pajarillos que acurrucan en sus brazos y los echan a volar. Un día escuchan que mataron a fulanito y brotan en llantos a llorar por el ave caída.
– Bueno ¿no serás, acaso, una de mis aves hecha persona? ; de seguro has de ser el zoncho; hablas igual que él.
– Te aseguro que se trata sólo de mí mismo, pero ese zoncho tuyo ha de haber vivido bastante, no lo abandones; los poetas siempre andan delirando y ser poeta es cosa de locos; en buen español: cabezas con alas que vuelan con un pájaro azul en sus adentros.
“Querida madre, siento que todos hemos cambiado bastante; hemos terminado los exámenes, y pronto nos estaremos viendo las caras para poder compartir un buen café con tamal, o que tal una empanada de chiverre.
– Extrañaré a Roberto Orellana, a pesar de que nunca lo conocí lo suficiente, pero representa un tipo de ser humano, que cada vez desaparece, más y más de las faz de la tierra; nuestros guardianes están muriendo, los están matando y no veo reemplazo .
De seguro, llego en vuelo de Aeroflot a México y luego trasbordo con alguna línea aérea nuestra.
Llevo gran cantidad de regalos, cerámicas, y ¡claro!, marcas de guerra que me han ido quedando de los tiempos que ya nunca volverán. Siento que ya no volveré a ser el mismo, y no me preguntes si he dejado de creer en Dios, en todo el tiempo que he estado acá no he visto; a nadie comerse un chiquito. Si no fuera por la guerra fría, diría que la URSS es el lugar mas tranquilo del mundo; amo esta patria. Me ha enseñado a entender que la ciencia es más justa que la ocurrencia con que las leyes de los hombres rigen el destino de los pueblos.
“Querido hermano Santiago, se que aun confías en tu propia revolución, en el Marxismo Leninismo; pero las cosas no son como las dictan allá, te llevo grandes sorpresas, porque lo que realmente llevo para Costa Rica es un hombre diferente, sin ismos al final de la palabra; soy otro, pero yo, el de las lomas y los ríos, el que una vez conoció al ave tornazol y platicó con la sabiduría del zoncho y conoció el canto de la salabi; pero por sobre todo hermano, de sangre, te confieso que llego descepcionado en muchas cosas que mantiene este sistema, además de las multiples noblezas de este gran pueblo soviético; pero he vivido con los mismos seres humanos, tienen la misma piel, solo que, entre más viajo más se extiende y he llegado a la conclución de que somos piel extendida, como un gran universo de de pensamientos, placeres, ríos y miradas por doquier, espero no descepcionarte pero esto no es la perfección , a la que también otros imperios han creído llegar.
En respuesta a Nago, y Quincho que se encontraba militando para el partido comunista, avergonzado de la carta que este le envió desde la gran patria roja, encolerisado contestó a Nago diciéndole: “Siempre supe que eras un idiota por antonomasia; pero si vas a venir a Costa Rica a poner en mal a la noble patria soviética, mejor ni llegue por mis veredas porque te voy a verguear; aun más, para que entiendas lo que puede hacer un fiel militante de el nuevo ser humano que promueve la noble patria roja, si mi madre muriera hoy y mis comandantes me pidieran que orinase sobre el cadaver de ella, no chistearía en sacarme el miembro y hacerlo sobre sus gusanos. Así se defiende el comunismo, así moriré, enterrando el corazón del enemigo en cualquier montaña, y si usted llega hablando en contra de la unión Soviética, me tendrá como, verdugo”.
Nago ya más centrado y sin temor alguno al discurso de comunista criollo, pues a la Unión Soviética llegaban en bandadas todos los años a hablar en contra del capitalismo y de esa manera, arrugó la carta, la tiró sobre el escritorio y pensó por varios días lo que le estaría por venir una vez llegado a su patria .
– Se ha convertido mi hermano en un especimen más del tradicional ser humano, cuando todo esto haya pasado, en algún lugar de la historia, de seguro estará manejando un fuerte Mercedez Benz, escoltado por los mercenarios que crearon el conflicto de la vida para tener más de lo suyo, “desde ya te perdono hermano mío” – concluyó pensativo –.
Al llegar a Costa Rica y mirar el país de las cosas pequeñas, con las manos llenas de sueños y la esperanza de acercarse a su piel materna, respiró hondo y dijo: – ¿Donde habrán enterrado a mi mascota preferida, he perdido todo este tiempo y su lamer se me ha ido en la historia del que un día de estos ha de ser más polvo en la tierra.
Una vez detenido el taxí de en frente de su casa, la madre repitiendo la escena de años atrás, besó al ave migratoria y bajó sus alas abiertas para ponerlo a descanzar un rato.
– ¿Sabes madre que ya volaba en tus adentros antes de venir a la vida?. Siempre lo supiste, siempre temistes a los placeres de este hijo insatisfecho, que no encuentra respuesta en la piel humana. He regresado nuevamente y ya pienso en seguir mi vuelo.
– He decidido volver a Los Santos madre, he descubierto que me diluyo en la armonía de la naturaleza y dejé un niño insatisfecho en las lomas de aquellos pueblos, habrá sido tu mirada madre, los juegos ingenuos de los niños desacalzos; pero quiero comer de donde comen las aves, soy un ave con corazón de niño solitario que busca el amor en las cosas sencillas y ni las grandes patrias han podido darme eso. Acompañame a vivir en mi locura; migraré en espacios pequeños, sin fronteras mentales ni sistemas humanos.
Pasados algunos años y después de la rutina que alberga en cada sitio, Nago empezó a vivir en el pasado y tomando apuntes de sus tres vuelos, se enterró en su propio espejo, ya entrado en años decidió renunciar a la farsa humana, y tomar de sitio aquel viejo pueblo que le recordaba el vuelo del colibrí.
– Nos veremos las caras – se dijo Nago mirando en las profundidades de aquel espejo habitado. Tal y como me lo dijiste en aquel viejo orinal, esperaré...esperaré a que nos destapemos las caras para hablar de nuestro testimonio. Necesito conocer el secreto de mis aves y volar con ellas, o embriagar de libertad la tierra o el sueño de los poetas que viven en el limbo del olvido.