EL ASALTO Y EL PERDON

Uno de aquellos días en los que los estudiantes se enfiestaban; los compañeros centroamericanos pasados de tragos  decidieron ir a comprar tres botella más de vino , salieron del hotel a eso de las siete de la noche, todavía quedaba un claro que deja la nieve al anochecer; el viento soplaba respetuoso, y el comenzar de la noche invitaba a tertuliar al aire libre.

– Busquemos un parque – dijo Nago –. ¡Oh! mira ése, al cruzar  la calle, parece tranquilo, y tiene edificios alrededor. El parque que daba al frente del hotel Solotoi Kolos*, estaba rodeado de edificios multifamiliares de ocho y nueve pisos. Sentados en una de la bancas de aquel majestuoso y friolento parque, platicaban:

– ¡Bah!, el licor desconoce de climas – agregó el Bueno – aquí me siento como en las playas del Pacífico, y aún más con este paltó*, no se siente la brisa de la noche.

– Quebremos las copas contra el suelo – dijo Nago con gran euforia, y sientiendo que el aliento le llenaba de fuerza, respiró, y como de costumbre comenzó a recordar sus experiencias pasadas.

– De mi mano guinda un zoncho – dijo con voz ebria –. ¿La vez Bueno?...es mi persiguidor, tal vez sea que algo malo me va a pasar esta noche... de veras; siempre se aparece para advertirme de algo, es mi ángel de la guarda, ¿te imaginas un zoncho de ángel?

– Es posible que así sea – contestó el Bueno –, de seguro Dios ha de ser siberiano, amigo de Santa Claus o como realmente se le dice acá, “Dien Morós”. Todos esos inventos son europeos y nosotros tenemos un Dios zopilote, por lo menos ha de ser algún buitre,¿cuál será el de los africanos?

*Soltoi Kolos - espiga de oro, idioma ruso / *Paltó - abrigo, idioma ruso

 

– Deverías haber conocido a Ernesto Cardenal; ése sí sabe de palabras y poesía – agregó el Bueno –. Una vez estuve con él, allá en Nicaragua, cerca de un volcán; la pasamos hablando hasta el amanecer.  Tenemos buenos maestros, Nago, sólo que el sistema los tiene cautivos, y perdidos casi en la inconsciencia.

Al rato, se abrazaron sobre la banca de cemento como dos hermanos a punto de llorar, suspiraron, y abrieron una nueva botella de vino. Al Bueno, ya le bailaban ambos ojos en la profundidad de sus lentes, se miraban chiquitos en el grosor del vidrio.

Cada sorbo de vodka y vino, copa llena, era un brindis, por la revolución sandinista o el FMLN, Che, Fidel; y aquellos hermanos que en combate perecieron por culpa del exterminador Pinochet y hasta por la emboscada hecha a Emiliano Zapata.

– ¡Salve o gloria a José Martí!. Viva el hermano sencillo que pierde su vida creyendo que con su bondad de humano transparente salvará al mundo. ¡Y vivan todos los hijos de los rateros y las putas que vacilan el sistema y compiten contra los corruptos que no conocen de justicia!

–¡Muera el infame que se come los vientres del pobre y sencillo trabajador!,¡Vivan los camaradas..el nuevo hombre!

Un anciano, retorcido y sujetado sobre su gran paltó, pelaba su desgastada encía, haciendo chinito por el frío y  arrastrando los pies, se detuvo a observar aquella escena.

– Enigmático y distante les dijo: – Tiempo para ir a dormir hijos –, avisó con voz ida y de gran experiencia. El placer llama, pero es un don de viejos su control, ya, váyanse a casa.

– Brindemos, viejo – dijo el Bueno –, tomemos hasta el amanecer.

 Por ahí pasaban dos ucranianos, de chaqueta negra al estilo alemán de los años cuarenta,y con unos pantalones campana picapollo.

– Ya viejo, mueva ese esqueleto  de acá – le insinuaron los extraños ucranianos, que no parecían tener buenas intenciones. Parecían hienas olfatendo sangre.

 Los extraños se sumaron a la fiesta; esto. hizo que  la noche se hiciera más larga de lo que se esperaba.

Molestando a las damas que por el sitio pasaban, impulsados por las líneas ingenuas del vestir femenino de aquella época; las ucranianas todavía usaban minifalda a finales de los ochenta. El cantar  de Ala Pugachova se escuchaba al fondo del parque; de alguna parte distante se oía la voz de aquella cantante popular salir de alguna ventana abierta; motivados empezaron a bailar entre ellos mismos, hasta que el cansancio los dominó y decidieron ir a caminar por las veredas que daban con el parque. Entre casas y trillos se adentraron para regresar al edificio estudiantil; los extraños les seguían como chacales a punto de atacar en manada.  Nago, más amistoso con los soviéticos. ¡De pronto se encontró solo con ellos!; el Bueno, más borracho, pero con sentido común de guerrillero, con malicia indígena , desapareció como la liebre.

– ¿Para dónde vamos? – preguntó Nago, ya montado en un taxi que los conducía a un lugar llamado “El Tieremquí”. Allá y en medio de multifamiliraes, Nago soñaba con la amistad internacionalista y el deleite de las fiestas rusas, de brincar hasta el amanecer.

– Ojalá y la fiesta esté llena de acordeones y balalaicas,¿verdad?.

– Vamos al departamento – advirtió uno de ellos. – ¡Claro!,¿te gustan las damas nuestras? – preguntaron los extraños, que esta vez Nago notó que llevaban en sus cabezas caras chapcas* de por lo menos doscientos rublos;  uno rubio de veinte y tantos años, que reía como estúpido, y sus dientes brillaban con excesiva cantidad de oro; el otro, más callado empezaba a volverse serio y ausente. – Aquí, señor taxista – dijo el más centrado o malo.

– ¿Adónde vamos? – preguntó Nago.

– Tenemos una fiesta acá cerca – contestó el silencioso.

Al principio, parecía que lo que buscaban era hacer algún tipo de negocio con Nago, pero al verlo ebrio y bien mudado; con jeans levis, etiqueta roja y chaqueta de jeans de marca italiana, botas de cow boy y un reloj seiko, las cosas cambiaron; el motín era suficiente como para sacar en el mercado negro unos setecientos rublos, y un trabajador sencillo ganaba si acaso ciento cincuenta rublos al mes.

Al llegar al departamento en donde habitaba un señor que parecía ser cómplice de ellos, o más bien el jefe de alguna mafia organizada, el destino de Nago cambió, y después de unos cuantos tragos nás de puro samagón, y el cantar de unos canarios al fondo de la cocina,  sacaron a Nago del departamento con la idea de conocer a la ucraniana más hermosa que jamás iría a conocer en su vida.  Sólo que ésta no era de las que hacían el amor  entre cuatro paredes.

– Es de campo y le gusta respirar el aire libre cuando lo hace – advirtió uno de ellos.

Salieron, se adentraron en un manzanal, que a la entrada daba con un pequeño puente decorativo, a la par, un basurero municipal, y al fondo cantidades grandes de vigas corona de una construcción, empiladas unas encima de las otras.

Adentrados en la oscuridad, y Nago lo suficiente ebrio, pero no atontado, sintió repentinamente, esa cosa que deja el presagio a la muerte.

– ¡Oh¡– expresó, casi vomitando, más de miedo que de jumas, oyó una voz que le preguntaba: – ¿Quiénes somos nosotros?.

– Mis amigos – dijo entrecortado y con aliento cansado.

De pronto, la nariz se hizo más pesada y empezó a sentir la calurosa sangre donde le bajaba de la boca a la barbilla, la mitad de un diente caía al suelo y la nieve se mojaba de rojo. Esto asustó demasiado a Nago, y su sentido de sobrevivencia lo hizo hacerse el inconsciente; aún así las patadas en todo el cuerpo se oían como troncos pegando uno con otro. – ¡Rápido!, ¡rápido! – dijo una voz repetida –. Quitémosle todo, pantalones, camisa, chaqueta; este idiota vale una fortuna.

Nago yacía moribundo, semidesnudo al lado de ellos, pero no inconsciente.

– Vuela, avecilla, arranca tu cuerpo del suelo y envíate a cualquier lado en este momento – escucho Nago decir al zoncho.

 Rápidamente, uno de ellos cliqueó una cuchilla y otro le ordenó que lo preparase. Cuando Nago escuchó esto, su sangre se le trabó en medio de la garganta y el miedo fóbico hizo que su cuerpo diera vueltas   sobre la nieve, y la suerte  se apareciera en medio de la desgracia, de tal manera que cayó en un hueco oscuro, difícil de distinguir en la noche por los juliganes.

 En vueltas y la garganta a reventar, Nago se tapaba la boca para no chillar. Los ladrones ya habían decidido en el departamento acabar con él. Ahora lo que quedaba era confundirlos con el sobrado silencio del lugar, en donde ni siquiera el ruido de los autos se hacía llegar.

Rastrearon su cuerpo de arriba abajo, pateaban la nieve para ver si se había sumergido.

Apenas el mismo Nago se logró descubrir a sí mismo, en medio de la oscuridad, miró cómo había quedado con tan solo la camiseta blanca bañada en sangre y el calzoncillo azul; sus medias estaban a medio pie y las lenguetas de ésta, empapadas de agua derretida por el calor de la piel.

Ya aclimatado y el vodka disipado por el trajín del susto que da ver la muerte tan de cerca, y los ladrones confundidos por el silencio y la absoluta oscuridad; se quedó en diapausa*; imitando a los insectos cuando están en peligro de muerte. “Así lo hacen algunos coleopteros” – meditó –. “Es lo que nos explicó el profesor Sinitski en entomología”.

Los ladrones corrían de arriba abajo sin lograr dar con su víctima,

Arrastrándose sobre la nieve, Nago divisó a unos veinte metros unas vigas de concreto para edificios prefabricados; sigilosamente se fue acercando a ellos hasta meterse entre algunos que

––––––––––––––––––––––––––––––––

*Diapausa - estado que asumen los insectos  en su metamofosis

se encontraban agrupados  uno sobre otro, pudo meter la cabeza, para ocultarse de algo peor, silenciosamente y con pequeño esfuerzo logró adentrarse entre ellas.

Así estuvo, por más de una hora, hasta estar casi seguro de que ya los juliganes no estaban merodeando por el sitio. Entre el frío y una ligera escarcha que dejaba la noche sobre la nieve; la temperatura bajaba a unos  quince  grados bajo cero y el viento soplaba silbando con el chocar de las ramas de cachtan* que daban en el lugar. El frío era tal, que Nago pensó en que,  moriría  congelado, o al salir lo mataban; pero de inmediato se oyó el sonido de un trolebús, y apuntando el oído como una lechuza para encontrar la dirección de la bulla que hacen los cables al chocar con los ejes que salen del trolebús, Nago se escabulló rápido entre las vigas, se levantó como lo hacen los soldados al salir de una trinchera, y echó a correr tropezando con cuanta cosa se le aparecía por el lugar. Ya casi cercano al trolebús, se destapó en gritos pidiendo auxilio: – ¡Pamaguite, pamaguite* ¡, gritaba en ruso, cruzó la calle y abatido frente al bus se quedó pegado como una estampa sobre el bumper. Los anfitriones observaban al extranjero; pero nadie se atrevió a darle una mano, estaban asustados; sin embargo, el chofer abrió la puerta y le pidió que pasara.

 Desvestido, en calzoncillos, y la cara inflada de los golpes, y la nariz reventada; miraba cómo la gente lo observaba, sin atreverse  siquiera a  hacer una pregunta. Agarrado de uno de los asientos del  frente, Nago miraba el silencio, las medias aún le colgaban a media hasta y el caldo de la nieve derretida, iba haciendo río por sobre las gradas.

– ¿Qué, nadie me va a ayudar? reclamó a estruendo.  ¿Se tienen tanto miedo entre ustedes, o es que todos son de la K.G.B.?  ¡Por Dios!, que alguien me lleve a mi casa,...usted, chofer, lléveme a mi casa.

––––––––––––––––––––––––––––––––––

*Cachtan - árbol    /  * Pamaguite - ayuda , en idioma ruso

– No puedo – contestó –, el trolebús solo lleva una ruta, y aunque quisiera, nadie desea ser interrogado por más de una semana.

Después de nueve paradas, Nago logró divisar un edificio que le pareció bastante conocido; se trataba del hotel Inturis, en donde se albergaban casi todos los extranjeros que venían por uno u otro motivo de visita a la URSS, en este caso Kiev.

Nago empezó a darle de patadas a la puerta, pues ahí no se hacía parada, hasta que el chofer preocupado por el escándalo abrió la puerta y dejó que saltara a la acera. Nago corrió nuevamente al otro lado de la calle, y subió unos cincuenta metros para adentrarse en el edificio de los capitalistas.

– ¡Pamaguite¡, ¡help me!, – se tiró sobre uno de los sillones que estaban en el amplio recibidor. Al lado, y de entre la nada, salió una señora gorda alemana, de unos cincuenta años con una sábana y se la echó encima a Nago.

– ¿Pero, qué té ha pasado, hijo? – preguntó en un inglés con acento alemán –. ¿Qué es este montón de sangre en tu boca?.

Nago se levanto y miró a su alrededor.

Al fondo de un mostrador había unos milicianos, que con grotesca mirada, apuntaban a tirársele encima , pero la ignominia de la situación los detenía hasta esperar orden de algún superior.

Nago levantó su mano derecha, se limpió la sangre fresca y helada por la noche, y con eufórica y desgalillada queja, gritó y gritó: – Esta es la gran Unión Soviética, la patria prometida de Lenin y su gran seguridad ciudadana;  esta es la seguridad! –, y empezó a pintar las ventanas con sangre, a dibujar imágenes infantiles, de niño castigado; quiero amapolas amarillas, rosas blancas y aves del paraíso gritaba , en español.

La nariz burbujeó un globito de sangre y mirando al suelo, se dijo agotado – quiero irme a mi casa.

– Quiero irme a mi casa, ¿entendieron ustedes,compañeros capitalistas?. Estos soviéticos son gente igual que nosotros; se creen la gran mierda humana y tienen todos los defectos del hombre hace miles de años, y véanlos asustados; vean cómo corren a parar la escena.

Quiero que mañana todo mundo se entere de lo acontecido esta noche; en este lugar bolchevique, donde todo es igual que todo, cogen, mueren; se matan entre ellos; y tienen una religión que se llama, según ellos “Comunismo”.

– Cállate, por favor – le murmuró un señor alto, de bigote y que más bien parecía anglosajón. – Cállate, que te vas a meter en serios problemas, yo sé lo que te digo; mañana u otro día apareces muerto en cualquier parte y ya no de esta forma, ándate inventando tu historia. De repente un combo de milicianos, con uno bien regordete al frente de ellos, irrumpieron  de en frente del casi desnudo Nago.

– ¿Qué pasó, hijo? - Soy el detective principal, y estoy aquí para ayudarte. Acompáñanos a la comandancia. Habrá preguntas de rigor.

Se lo llevaron esa noche, ya marcaban las cuatro de la mañana.

– Quiero dormir – dijo Nago en extremo cansancio.

– Las pistas vuelan con el tiempo, no podemos dejarte dormir sin antes aclarar esto.

– Podría convertirse en escándalo internacional – dijo Rasumov.

– Te llevamos a tu edificio, te vistes, y luego nos acompañas de nuevo, ¡ésa es la orden!.

En la comandancia le hicieron preguntas hasta el otro día. – Quiero dormir – decía, pero el comandante Rasumob hacía caso omiso. La técnica era tenerlo agotado hasta que dijera algo que les diera tranquilidad.

– ¿Cómo que andabas con una mujer?,¿verdad?, ¿era de la C.I.A, esa mujer? – le preguntaban.

– ¿De qué hablan?. Me he comportado como cualquier ciudadano soviético y sus ladrones me han hecho esto; nosotros padecemos de los mismos males también, pero no lo ocultamos; está claro que éste es un país inseguro,  también; reconozcan, son ustedes de carne y hueso como yo.

– Es tu perfume Nago, que huele traído de algún país, yo diría Alemania – dijo Rasumov –,y pertenece a una mujer, no es perfume de varón.

– No, comandante, si me van a poner alguna trampa, que sea algo menos complicado, de una vez al grano.

– Esto no le hace ningún bien al sistema – agregó uno de los investigadores que acompañaban al teniente –. Piénsalo bien, porque esto se puede convertir en un caso político. Los capitalistas están deseando este tipo de eventos para ganarse el show, por estas cosas muere más de una persona, solo por la información pueden morir varios, ¿entiendes?. Son intereses milenarios;  es parte del mismo ser humano y ¿cuántos han muerto? Miles, querido Nago; no te conviertas en un líder norteamericano; mientras en tu Centro América, por ellos se mueren miles de compatriotas tuyos; aún más, no tomes bando y termina tus estudios como cualquier otro ciudadano común y sencillo; piénsalo bien.

– ¿Y los perros? – preguntó Nago, ¿por qué los llevaron y no los sacaron?

– Algo los confundió; además, encontramos diez dólares en el sitio.

– Sí eran míos.

– Son tuyos, no robamos a nadie, somos honestos

Sin poder lograr gran cosa lo dejaron irse para la residencia estudiantil. Al día siguiente, la milicia lo volvió a visitar, y así hasta por dos semanas, haciendo visitas al lugar, mostrándole los posibles delincuentes.

– Nosotros estaremos de este lado de la puerta, la dejaremos entreabrir y cerrar; te traeremos algunos que creemos pueden ser los asaltantes, y tú nos confirmarás; después todo, el asunto quedará cerrado... asunto concluido.

Sin embargo, el convencer a Nago de culpar a cualquiera lo traía desconcertado. Por un lado, el inspector Kosac lo presionaba, y por otro Rasumov le pedía que lo acompañara para detener a los asaltantes.

Ya casi dados por vencidos, el jefe de la milicia lo mandó  a llamar.

– Bueno, Nago, ¿qué tenemos aquí?, yo pienso que tú nos has estado mintiendo –. El viejo regordete cara de manzana y nariz de bombillo inflado se paseaba por un lado y el otro.

Nago no se entendía de dónde había sacado el jefe de la milicia el sueter que llevaba ensima, pues  era de marca susuki, de las que vendían en Italia, y no podía tenerla de otra manera, si no era, por medio de un extranjero, o sea , el sistema era tan corrupto como el capitalista.

– Seres humanos, todos somos iguales – deducía  –.

De pronto, Nago ya sin aguantar más, dijo airadamentre: – Mire,señor, con todo el respeto, pero; ¿por qué no terminamos con esta farza?, déme a firmar lo que sea, y usted y Kosac se ponen de acuerdo para que no me den más trabajitos de espía; la verdad es que ya estoy harto y voy a llamar a mi embajada.

– Spakoites tabarich-tranquilícese camarada-, – llamó a Rasumob, redactaron la nota y Nago la firmó.

– “Yo, Santiago Valverde”, y todo lo demás, “ebrio inventé una historia de la cual me arrepiento, y habiéndome caído de unas gradas se me ocurrió hacer toda esta trifulca por mero despecho”, firmado el día tal.

– Oye, Nago – terminó diciendo el jefe de la milicia –, cuando salgas por Italia ¿me traes algo? ,¿de acuerdo?, tengo una hija que le gustan las dublioncas.

– Nago respiró profundamente, miró al teniente Rasumob el cual bajó la cabeza, como pidiendo disculpas a éste, se acercó a Nago y le dijo: – Eres una buena persona, Nago; pero ese hombre sin sistema que llevas adentro, anárquico, sólo puede abrazarse consigo mismo; mientras existan intereses mezquinos en la faz de la tierra, algunos  andaremos por el mundo tratando de arreglarlo; eso se llama cultura genética de la buena; también el mal tiene su propia mutación,y en tu capitalismo sobra de lo más malo.