PIEL EXTENDIDA

Se repetía la escena en el tren; el vagón restaurante para turistas; eran atendidos con mucha especialidad y respeto; la exquisita comida, con su variado menú de entremeses con pescados y caviar. Delicioso brandi y champán, acompañado de ricos quesos, vinos y sopas de borch* y salianka*.

En la esquina del Vagón, donde se sentaba el mesero; un enorme samobar atendía las tazas de chai*.

–!Ah¡, ¿qué es esta delicia? – expresó Nago, a eso de las once de la mañana cuando la camarera lo despertó para darle una tacita de aquel delicioso té grusino, preparado de la forma antigua: Una taza de agua hirviendo, una cucharadita de té grusino y, claro, taparlo por unos dos minutos, hasta que el té se asentara; luego el azúcar, y un buen pedazo de pan negro, cortado a rabanada por algún especialista en la navaja; y con gran precisión el pan sujetado al pecho, se hacía cortar de izquierda a derecha, y tome su pedazo de pan, su quesito y un buen trago de amistad. Los ocupantes del cupé hacían rueda para hablar, preguntar sobre occidente, y las mocosas y mocosos, que por ahí vagaban, se asomaban a la ventana para observar a Nago con atención; algunas le sonreían. Los soviéticos siempre mantuvieron en aquella época el deseo inequívoco de la socialización, y esto daba ventaja en la búsqueda de las buenas relaciones entre seres humanos; cualquier tema los unía: las gracias del gato, el perro; los abuelos eran respetados, al igual que los niños, como ciudadanos de primera categoría. A veinticuatro horas de viaje, el tren, y después de haber pasado por Rostov, Harkov y otros pueblos más; la enorme pitón empezó a toparse con las primeras fábricas y casas de la bellísima e histórica ciudad de Kiev.

– Eij, sinochca*- “hijito” – dijo un abuelo en el cupé –, estamos entrando a la ciudad de Kiev. Está ciudad cuenta sus años en casi mil quinientos, en tres años los estará cumpliendo, pero esta tierra, capital de la gran Ucrania, es de las más ricas en toda la Unión Soviética. También encontrarás gitanos, grusinos, muchos eslavos. Dicen que el hombre eslavo está entre los más atractivos del mundo, explicaba, mientras pelaba los ojos, como quien se exhibe ante un espejo y habla de sí mismo. Y ni qué decir de las ucranianas; hay unas de pelo negro, ojos verdes que te van a comer el tiempo y no te van a dejar estudiar; eso si tienes la gran suerte de ser amado por una de esa reinas nuestras.

Una vez instalado en las viviendas de la Academia de Ciencias Agrícolas de Ucrania; el panorama estudiantil no parecía ser distinto del de Krasnodar.  Los edificios multifamiliares se destacaban, como en casi toda la patria roja; enormes pancartas con retratos de la Santísima Trinidad soviética, haciendo hincapié en el glorioso Partido Comunista, con lemas designados al trabajador.

La nueva dirección: Calle Lomonosoba 67 Obcherritie* número 7, cuarto 106. Las reglas, iguales: No se podían meter mujeres en el primer año de estudio, excepto  los sábados y los domingos.

Entendiendo que aquella mujer que entraba a ver un extranjero quedaba fichada, muy pocas se arriesgaban a visitarlos; sólo cuando la relación era fuerte, y una que otra vez los intereses respondían a la necesidad, las mujeres rompían el compromiso social implantado por el Partido Comunista, y se entregaban al extranjero.

– ¿Qué tal? – se le presentó un latino a Nago en la puerta del edificio –, soy David Hernández, salvadoreño y escritor, me dicen también “El Bueno”-

– Y eso ¿porque? – preguntó Nago –.

– Bueno precisamente por eso de que, nosotros, los salvadoreños, agregamos siempre el  “bueno pue”, y yo lo exagero mucho; así me apodaron estos cabrones cubanos. Por cierto, que tenemos una manada de ellos; ya los vas a sentir, andan en grupos de hasta diez, y se oyen así, como hienas pegando gritos, en un español que te va a costar entender.  Ellos son tratables, desconfiados, los envían bien preparados; son los hijos de la revolución, muy celosos de su madre patria.

– El otro día le regalé un boligrafo parker a Eutimio, quien por cierto viene del campo, allá en Cuba,  se le nota en sus enormes pies abiertos y manos desponjadas. “Bueno pue”, el gran idiota me iba a pegar porque lo ofendí según él, regalándole ese boligrafo, que no podía recibir obsequios hechos en la madre del capitalismo, los USA – me dijo.

– No puedo creerlo – dijo Nago –, fijando la mirada en los movimientos de dedos inquietos que hacía el Bueno mientras platicaba; quien andaba hediondo y los zapatos abiertos. Una sonrisa peculiar de indio regañado, gordos cachetes, lo hacían mirarse más pequeño cuando pelaba los dientes. Chaparro, y de aproximadamente metro sesenta de altura, sus ojos escondidos en los anteojos de espeso grosor, mostraban una miopía severa, que presentaban a un latino intelectual; sus manos lo describían como a una persona deseosa de escribir todo lo que rompiera con la rutina.  La cotidianidad de los doce años de lucha armada en el Salvador le habían hecho de él  a un ser solitario, que cazaba palabras para exponer al mundo la historia guerrillera.

Más tarde, Nago se enteró de que el Bueno había sido amigo de grandes personajes que cambiaron la historia de América Central: Roque Dalton, Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez Mercado.

Alcohólico y de mal genio cuando se emborrachaba, el Bueno solía gritarle al mundo cada vez que podía, como si estuviese tratando de reclamarle al Dios impuesto de la religiones occidentales, la muerte de sus compatriotas.

– ¡Viva el Che!, ¡viva el FMLN!, ¡viva el guaro y las putas!...y los maricones también, solía gritar; al igual que lo hacían sus compatriotas cuando la tragona de guaro era enorme. Muchas veces se repetía, inconsciente del exceso de licor: “No saben lo que puedo hacer...llevo algunos en mi lista, con estas manos, con estas manos los seguiré acabando”.

– Hablemos de otra cosa que no sea de ese campechano de Eutimo – dijo acercándose a Nago, como queriendo decirle que él era de la faja del istmo y Centro América era una sola.

– Vas a estar conmigo, es decir en el mismo grupo, compañero de estudio.  Tenemos tres africanos negros en el grupo; uno que es negro a medias; de Madagascar, un árabe, y el revoltijo de rusos y ucranianos  , todos juntos como una gran piel extendida que se une para aprender. Por cierto, que la más hermosa está en nuestro grupo, se llama Aña, y de apellido Chornaia. Tiene unas piernas de miel, largas, atornilladitas a la perfección.  Espero que nos entendamos, Nago – señaló –,pues necesito un compadre tico, bien parecido, como tú; para que me haga gallo y nos vayamos de juerga de vez en cuando. Aquí el resto de los latinos, son un montón de enajenados mentales, sin quitar la humildad de los indios del `Perú y Bolivia. Bueno por lo menos llevamos casi la misma sangre; en cambio ustedes los ticos dicen ser familia del presidente o algún empresario importante. – ¿Sabes como les decimos a ustedes acá?, las damas de América Central.

Nago, tolerante como siempre, agachó la cabeza, pues entendía el odio que circulaba por la venas del Bueno, y para no entrar en conflicto se dirigió al escritorio de la Babuchca de turno; tomó las llaves del cuarto, y se adentró en el corredor, compuesto por cuartos de hasta quience por planta. En la primera , entrando a mano derecha, a la tercera puerta estaba su cuarto de catorce metros cuadrados, el que compartiría con un mexicano, indio de raza y bien serio, de nombre Sergio Salas.

Sergio lo recibió parado en la puerta, y con un mirar de águila volando se apartó para que Nago pasara sin decir nada; achicó los ojos y observó por más de una hora sin platicar. El Bueno, que venía detrás de Nago, desde la puerta, dijo:  – Estos indios no cambian, está esperando a la mula desde que llegó a la patria roja.

– Andate pa’ la mierda, cuate – le respondió Sergio.

– Vez – dijo el Bueno – si no los insultas, se molestan más, sólo así te hablan.

Sergio podía quedarse observando desde la cama , hasta que la persona se sintiese molesta, sin poder entender qué pasaba por la mente de aquel indígena mexicano.

Pasados los días, y sabiendo Sergio que Nago era diestro en las artes femeninas, una de esas tardes en las que todos regresaban de clases, vio Nago como Sergio se movía de un lugar a otro sin poder preguntarle qué le sucedía y no se fuese a enojar. De inesperado, el indio pegó una patada a la pared diciendo: – Estoy pegado.

– ¿Como? preguntó Nago.

– Que me han puesto la verga a llorar, y se me traba toda, además de que, sacándose el miembro, largo como una zanahoria recién cogida del campo y si acaso tres pelos en la parte pélvica, mostró una cadenita de argollitas tipo cresta de gallo.

– ¡No sé qué putas podrá ser esto!., ¿qué hago, cuate?. Además, mira ese estupor en el glande, es lo que más me inquieta. Cada vez que supura me da un gran cosquilleo y no puedo atender bien las clases.

– Usted ya debe de haber pasado por esto – dijo Sergio, bien afligido, esperando que Nago le dijera que eso era de novatos; sin embargo, Nago se echó para atrás, y le recomendó que se la guardara y no se lo enseñara a nadie.

– Más bien, parece que de tanto masturbarte, te la has maltratado; indio sobón, déjame que llame a Víctor, el que estudia veterinaria, y talvez él sepa más de esas vestialidades.

Por la noche, Víctor le inyectó una pequeña porción de penicilina, al riesgo de que no fuera alérgico; días después Sergió fue entrando más en confianza con su compañero de cuarto.

–Esto es confidencial – le dijo, una vez curado su mal.

El Bueno y el Indio se sumaban a las amistades de Nago en una ciudad como Kiev, que ofrecía más actividad por ser capital de la gran Ucrania y la gente  cosmopolita.

Kiev era una de esas ciudades limpias, con patriotas bastante nacionalistas, y a diferencia de los rusos, el rechazo al extranjero a veces no lo podían evitar, más aún cuando se trataba de un negro; sin embargo, tal parecía ser que los más nacionalistas eran los hombres, no así las mujeres y los niños que mostraban siempre esa curiosidad por darle al extranjero la oportunidad de decir quién era. Con algunos edificios que se sumaban a la burocracia; correos, ministerios y en sí, el caparazón estatal; lo demás se resumía a multifamiliares, que medían hasta doce pisos y un poco más; además de los milenarios edificios de riqueza cultural que rodeaban toda la ciudad de Kiev.

Kiev, para entonces, era una bella ciudad de orden y respeto ancestral, y la gente defendía con ímpetu su ciudad, su historia y sus guerras, además del sistema comunista.

– Son los mismos – repitió el Bueno –. Imagínate que estás en tu patria, sólo son cuerpos que vienen y van, manchas en el espacio, la arquitectura sobresale; no más mira aquella esquina del teatro de la ópera, o por allá, el teatro donde vengo a ver las mujeres más bellas, las bailarinas, o el parque primero de mayo, el Guidropar en donde te la vas a pasar todos los veranos. Te vas en metro, pasas la estancia del Dneper y ahí estás, una fiesta permanente desde mayo hasta setiembre, cerveza, charliquí*, y vino, te pegas una bañadita en el río y te conquistas una ucraniana; eso se llama placer y es lo que hace a la persona longeva. Ni qué genética, ni barras de proteínas o enzimas específicas. Mente, Nago, cultura azteca, inca, maya, una mezcla de aquello y esto, y seremos el hombre del futuro.

– Mataron a mi amigo Roque Dalton – interrumpió en su diálogo –, no se sabe si fue la misma guerrilla, lo peor de todo es que se haya perdido el mundo de un talento como ése, y él, de todo esto.

Kiev es magia; algún día tendré una dacha* en las orillas del Dnieper, entre la estación del Nieper y Darnitza. – Yo no sé qué putas voy a hacer cuando me vaya de aquí – continuaba diciendo el Bueno – ¿Qué sentido tiene esta maldita guerra fría?.¿Entiendes algo de lo que estoy diciéndote? – preguntó el Bueno.

– Te entiendo, te entiendo – no sé si es que tengo, cara de tonto que todos me hacen la misma pregunta – le contestó.

– Es que los ticos no saben lo que es una guerra, y sus partiditos políticos los tienen todos confundidos, ustedes se creen la suiza centroamericana; se alejan, se apartan de sus vecinos.

– Mire, Bueno yo de eso..; sí tiene razón, no sé nada, estoy más preocupado por ver si logro salir de acá con vida y sin convertirme en un domesticado, o como tú dices: perder la perspectiva de la realidad. No me considero habitante de ningún país; he aprendido a volar en todas direcciones y ser del aire, de todo el planeta. No me pongas especialidades, si mis compatriotas se dicen llamar suizos centroamericanos, es porque a alguien se le ocurrió llamarle así a ese cafetal; no sé nada de política, no me interesa.

– Pues, tendrás que aprender de movimientos políticos; me suenas a Bacunin-anárquico-; pero lo más importante por ahora es que aprendas a dominar el trago, porque en invierno se te van a congelar los gemelitos. ¿No has visto còmo los profesores antes de entrar a una clase se meten al sanitario y se clavan su buen sorbo de samagón*?.

– Estás loco, eso no es cierto.

– ¡Que! - hieden a trigo podrido, revuelto con papa agria; por cierto, que me está dando

 sed – agregó el Bueno. Vale verga esta cátedra de vida que te estoy dando, un tico más, un tonto más; te invito al bar del Solotoi Kolos, queda saliendo de la academia, nos tomamos un par de vinos y después a estudiar, ¿de acuerdo?.

– Sólo un trago y a estudiar, asintió Nago. Vamos, pero antes nos comemos unas cacletcas*. Ahí no más las pedimos, caviar borsh, pescado.

 –Para eso tenemos plata y nos acaban de pagar el estipendio,¿no, es cierto? – agregó el bueno. – Diez rublos es lo más que puedo gastar – terminó diciendo Nago –.

– Desean algo, jóvenes – preguntó el camarero, típico ucraniano, vestido con camisa folclórica de la zona.

– ¿Qué vino tienen? – preguntó Nago, mientras se frotaba los dedos y chasqueaba los zapatos por las ganas de sentir el sabor del etil pasando por su garganta.

– Les recomiendo lo único fino que tenemos en la casa: madeira.

– ¿No es ese el mismo vino que tomaba Rasputín? – preguntó Nago.

– ¡Qué...,Qué! – con absoluto asombro gritó el Bueno –, tenemos un intelectual en la mesa, brindemos por eso, sírvame señor camarada, cien gramos de vodca para los dos, y una botella de vino, de ese tal madeira, y que viva Rasputín.

Era viernes, y ya desde las cuatro de la tarde estaba nevando, la temperatura oscilaba entre los 5 y 10 centígrados bajo cero; pero la nieve se sentía apenas sabrosa al tacto con la piel del rostro; más bien empezaba a hacer cosquillas con el roce de ésta en la nariz.

Un plato de una deliciosa sopa de borch, con dos tortas de carne, que olían a carne vieja, y dos cucharadas de esmetana* en la sopa. Los dos primeros tragos de vino y vodka calentaron  el ánimos de la pareja de centroamericanos. Nago y el Bueno se adentraron en la tertulia que conducía al análisis de los humanos con los que vivían en el edificio, y compartían los mismos estudios.

– Estamos metidos en medio de un enjambre africano¿no es cierto? – le comentó el Bueno a Nago–. Mira, tenemos a Togute Draman Ianchabrei,africano, Cosogue Sana, africano, Moris Fernad de Madagascar, Duty Pocanam, africano; Oguntola Alaboi, africano; Chongo Chulumba Chalamba, africano. No te parece extraño que nos hayan metido en medio de todos ellos; bueno además del árabe ése que pasa oliéndose el dedo todo el  día, ¿te has dado cuenta?.

– ¿Te refieres a Sabra Ajmed?

– El mismo, pasa oliéndose el dedo, ¿lo has notado?

– Ciertamente, me parece que es nervioso lo de el árabe. El otro día me enteré que pasaba información a la KGB.

– ¿Pero, cómo? – preguntó el Bueno.

– Porque lo miro entrar muy a menudo en el cuarto del comandante, como a eso de las tres de la mañana.

–Mal nacido ése, y yo que creí que me sobaba la espalda por amistad.

– Jodás, de ese no te confíes.

–¿Sabes cómo le llaman los cubanos a la compañera Jolod?...el camión de la basura; ¡qué hijos de puta más grandes! – Y eso ¿por que?

– Huele así, con un perfume que invita a eructar cada vez que pasa  en frente; es la boca, el aliento, no sabemos qué come, pero dicen los cubanos que de seguro es mierda.

– Mira, Nago, aquí cuídate de los húngaros. De Ambrush Ichtban, Gonda Iorreg, y del checo Kuchera Ian; esos son meros soplones; odian a los capitalistas, como ellos nos dicen.

– Pobres imbeciles, no saben lo que es una guerrilla, y que estamos perdiendo hermanos en Centro América, por culpa de esta hija de puta guerra fría, que ha destruido la unión dérmica , esa piel que se extiende y envuelve el planeta cubriendo los mismos órganos de cualqquier ser viviente que busca un buen gesto al encuentro ;  venimos a aprender . Algún día nos tendrán que pagar a nuestros muertos, tanto los gringos como estos cabrones. Esos soplones son meros testaferros de los soviéticos, no te van a hacer nada; pero los profesores te tratarán como mal estudiante, ya te darás cuenta cuando los cubanos vayan a hacer exámenes y les regalen las notas por ser hijos del comunismo, y a nosotros nos tratan como enemigos; dicen que, porque a nuestro regreso al capitalismo, les juzgarán a ellos por nuestra capacidad  profesional.

– Ya conocistes a Raúl –, le preguntó El Bueno, se cree el zipote de la película, algo así como un Valentino.

Raúl Stevenson era un cubano rubio, descendiente de gringos en los tiempos en que Batista abría las puertas a los norteamericanos, como si se tratase de la misma nación, todo lo que tenías que hacer era querer ir a la isla y en media hora estabas en la Habana. En uno de esos viajes que hizo uno de aquellos gringos, una cubana formó en su vientre al tequioso y alegre Raúl, hijo de la revolución cubana. A sus veinte y tantos años, era galán, bien parecido, y al igual que Nago gustaba de las mujeres como parte de su menú cotidiano; su educación sexual había sido con la práctica del yo con yo. Cuando no aparecía dama alguna y el celo le entraba como le entra a los perros en ciertas estaciones del año, pelaba los ojos en su infinita imaginación.

– Oye, Nago – dijo Raúl –, en uno de aquellos días; conocí a una jeba que se te va a partir el alma en dos: ojos verdes, cintura de avispa, una clase de cara y piernas torneadas; vive en el edificio de estudiantes de economía de la universidad de Kiev. Conozco su número de cuarto, y además vive con una ucraniana que se maneja una clase de tetas que se partió el bate.

– Te espero a las seis, hacemos una visita...no sé, preguntando lo que sea; lleva la guitarra para tocarles una pieza, y a lo mejor les guste tomar, ¿de acuerdo?

– A la seis.

– ¡Ah! ya sabes, chico, la mía es la guapa, se llama Sbieta.

A la seis en punto, después de haber repasado lo estudiado en la universidad, se hicieron gallo y fueron a buscar a las damas de la Facultad de Economía.

Tocaron la puerta con ansiosa esperanza de respuesta.

– Da*– contestó una voz suave y dulce al otro lado de la puerta.

– ¿Quien es?                 Da - si en ruso

 

– Somos unos extranjeros que venimos a hacer amistad, y unas preguntas de una tarea que se nos puso.

 La estudiante abrió la puerta, se encontraba con un libro en la mano y unos anteojos de grueso espesor; parecía de esos anteojos que usan los miopes; se los quitó, atisbó con ligero enfoque los rostros de aquellos extranjeros y echando su barbilla un poco para atrás, preguntó : ¿en qué les puedo ayudar?.

– Bueno – contestó Raúl –, estamos haciendo unas preguntas sobre las preferencias de las soviéticas en relación a cómo divertirse los fines de semana.

– ¡Hey! niños – exclamó –, esto no me parece prudente, ustedes andan perdiendo el tiempo, ese tipo de trabajos estudiantiles no se practican acá, ¿que es lo que realmente desean?. Bueno, que conteste el que menos habla, usted el moreno.

– Mi nombre es Nago, y usted ¿cómo se llama?.

– Sbieta.

– En realidad queríamos conocerla, porque mi amigo me ha dicho que es usted muy bella; y lo es.

– Me gusta la gente sincera –, agregó ella.

– ¿Han leído a Lermontov, Necrasov? ¿Que leen ustedes? ¿ bandidos y ladrones, baqueros e indios? – preguntó con suma ironía, tratando de hacerlos sentir como monos de en frente de ella.

– La verdad es que he venido porque mi amigo es gran admirador tuyo, pero tampoco tienes por qué tratarnos así.

– ¡Ah!, te has enojado...¿desean un poco de té?

– Claro – contestó Raúl.

– Tengo buen queso y miel de abeja, si desean; ustedes los chicos siempre andan con hambre.

– Mi novio es soldado de la marina y en cualquier momento se aparece, así es que no se asusten; bienvenidos a mi humilde cuarto.

– No quiero ser imprudente pero estaba en lo mejor del libro; así es que mientras ustedes se toman su te, yo terminaré de leer mi libro, ¿jorocho?*

– A lo que me has traído, a sentirme como un mendigo –, le dijo Nago a Raúl.

-¡Hey!,¡hey!, sin hablar en otro idioma eso es falta de respeto – advirtió Sbieta.

– Bueno, señorita – dijo Nago –, ha sido un placer conocerla; si mi amigo desea hacerle compañía, y conocer a su soldado yo la verdad es que ya me voy.

– ¿Y nunca va a venir a visitarme? – preguntó, mientras se quitaba los anteojos para observar más de cerca a Nago. – ¿Sabe? dijo – siempre me ha gustado la piel morena, es usted un chico muy guapo, pero nunca haría el amor con usted.

– No entiendo, Sbieta,  no me parece que eso sea lo que yo tenga en mente.

– ¿Y qué otra cosa?, ustedes nos ven como mujeres fáciles, o si no por qué toca a mi puerta de esta manera, ¿cree que yo estoy servida en bandeja?.

– No he querido ofenderla; sinceramente, disculpe.

 Nago abrió la puerta.

– Suave chico – dijo Raúl –, que no has venido solo; ¡coño!, esas mujeres tienen que marcar su terreno, es de esperar, ten paciencia.                  *¿jorochó? -¿ está bién? - idioma ruso

– Los dos me caen bien, pero si tu, Nago, me pudieras volver a visitar, estaría muy feliz de recibirte, y sobre el novio soldado, sí tengo a ese novio, pero me visita dos veces al año.

– ¡Cojones!, resulta que ahora eres tú el dueño de la finca; ¡qué me parta un rayo!

¡diablos!, esto sí que está de pinga. Bueno trabájalo bien y déjame a mí la tetona – terminó diciendo Raúl.

Sbieta miró a Nago por todo lado, le observó con gran curiosidad.

– ¿Me vas a visitar, verdad gatito?.

– Claro, me has caído muy bien, sobre todo lo de la lectura. – ¡Ah! – agregó, a la salida de la puerta – y no tomo, sólo té y buen chocolate, y recuerda no pienso hacer el amor contigo.

Al principio Nago la visitaba y Sbieta le preparaba té con queso, mas todo lo que hubiese de comida en el refrigerador. Luda la del busto grande, llegó a hacer muy buena amistad con Nago. Era de una piel tan blanca que casi se traslucía. Sbieta supo manejar la situación, y al cabo de tres meses ya se había ganado el amor del indio centroamericano.

– Ven, mi gatito – le decía muy a menudo –, estas despeinado, te veo triste, tienés las uñas largas, ¿te hace falta tu mami? –. Era la mujer más dulce y chineadora que jamás hubiese visto Nago en su vida. – Sbieta, sé que has prometido no hacer el amor conmigo, pero la verdad es que o somos muy buenos amigos, o seremos más que eso. La verdad es que siento quererte demasiado, eres diferente de todas las que he conocido; eres como una esposa, y desearía poder ser tu compañero en lo que el destino y el tiempo quieran.

– Te aprovechas de que estamos solos, ¿verdad, gatito?.

– No, Sbieta, en realidad te quiero, te sueño, y no hay día que no quiera verte; es más, no pienso en mi país desde que te conocí.

– Ven gatito, quiero que me conozcas, pero no soy diestra en estas cosas; tal vez lo que me pasa es que temo a enamorarme de alguien que algún día dejaré de ver para siempre. Ven mi gatito, haz conmigo lo que desees, pero hazlo con cariño.

 Un día de tantos mientras Sbieta bromeaba con su gatito , tocaron a la puerta; era un enorme ruso, joven, atractivo, que superaba en estatura a Nago por más de treinta centímetros.

– ¿El soldado?

– Sí gatito; es de quien te hablé y espero me comprendas.

– El amor latino es muy distinto Sbieta, no puedo dejar el cuarto sabiendo que te quedas entreteniendo a tu soldado.

– Lo siento, Gatito; pero primero está la patria.

Todos los años los extranjeros tenían derecho para viajar a sus casas dos veces al año, en mayo por un mes; que era cuando aprovechaban para poder hacer algo de dinero. El lugar de donde se podían traer a la Unión Soviética más cosas para venderles a los soviéticos era Italia, pues la mercadería era más barata; así que Nago, se alistaba una vez al año y hacía viaje a Roma, Venecia, Florencia, entre otras hermosas ciudades de la bella Italia.

Por lo general, se iban acompañados de alguien más, o en la trayectoria se encontraban algún otro extranjero, que les enseñaban cuales eran los cuidados que se debían  tener con los policías en las fronteras.

 – No puedes sacar más dinero del que metiste – comentaba un africano en el vagón del tren que hacía viaje a Italia en el verano del 80 –. Si es así,métetelo donde sea, hasta en el trasero, si puedes. Les recomiendo que lo hagan con un preservativo, para que después nada más al pujar, resbale. A mi lo que me cabe, lo más son quinientos dólares, y después de eso siento que me estoy cagando.

– Hay mejores métodos – dijo Chancha, un tico* así apodado.

–¿Saben para qué es este pollo, ah? – agregó –, pones los dólares en el buche, el policía entra y tu estás comiendo tranquilo, en el buche, recuerden, si hay alguna sospecha ponen el pollo en la mesa y adiós duda.

– Prefiero la mía – dijo Ameba, otro apodado de una forma muy peculiar, pues el sobrenombre le encajaba a cabalidad: flaco, encorvado y alto. – Echo los dólares al agua de té, envueltos en un plástico para que no se mojen, entra la milicia y yo me estoy tomando el sorbito de éste, como está tan negra el agua no se nota, ¿que les parece?

– No se vayan a asustar por lo que les voy a contar – dijo el africano –, que entre los latinos ya le habían apodado Pejibaye*, pues además de decir que era príncipe, tenía el rostro rayado en cortadas a lo ancho de su cara, como si fueran pequeñas heridas, parecidas a las rayas de esa fruta tropical que se producen en plantas tipo palmera tropical.

Bueno, Pejiballe empezó con su historia.

La última vez que vine a la Italia, venía conmigo una bellísima dama, era de Madagascar. Acostumbraba a viajar muy a menudo, y tenía contactos en la milicia para estar saliendo; de seguro algún servicio le hacía a alguno de ellos; me parece que alguien de posición bien alta entre el Partido Pomunista. Entraron a revisarnos, allá en la frontera con Hungría; mientras levantaban el tren para cambiarle las ruedas, nos empezaron a chequear, pero la chica tuvo la mala suerte de ser revisada por una mujer, y de esas que se miran leales al sistema desde que te ven a la cara.

A mí no me encontraron nada, y a ella parecía irle de película, pero de pronto la mujer miliciana se le queda mirando a la cara, y le dice: – Mira te doy una oportunidad nada más, dime cuantos dólares traes y te perdono la falta, pero los dólares se quedan decomisados.

 – Pero, ¿que es esto? – preguntó la chica – ¿de dónde saca que traigo dólares?  Pejiballe-Fruta

- Bueno, si es que insistes en ser virgen, eso lo vamos a ver.

La chica se quedó perpleja, no podía creer lo que le iban a hacer.

– Salgan del cupé – dijo la mujer; y después de decirle que se quitara toda la ropa y tenerla desnuda, y sin tocarle un centímetro de piel – le dijo: – Vístase, y por favor desenrédese ese pelo de negra y deme dólar por dólar que traiga en ese cabello. ¿Podrían creerlo?. La mujer policía sin mucho dudarlo sabía que la chica llevaba más de mil dólares en su cabello. Aquella chica lloró y lloró, eran todos los ahorros de más de seis años en la URSS.

– Yo creo que alguien la cantó – opinó Chancha.

– Puede ser – dijo el africano; eso es lo que nosotros concluimos, y por eso no se debe confiar ni entre nosotros mismos.

Todos se miraron entre sí y prefirieron no opinar al respecto.

– El que me cante y me dé cuenta, lo veo en Italia – dijo Ameba.

Ya amaneciendo, como a las cinco de la mañana, Chancha despertó al resto.

– ¡Despierten!, ya llegamos a la frontera con Hungría.

Se escuchó a lo lejos el desinflar del tren; ese típico ruido que hacen esos caballos de hierro cuando por completo paran, y entre la bruma de la noche, el vapor se ve salir por debajo de éste como si los sótanos de una gran ciudad estuvieran fumando.

El abrir de las puertas, luego el casqueo de las botas de los soldados, o como aquellos quisieran llamarle “milicia”.

– Bueno, señores, enseñen los dólares que llevan y la hoja que llenaron al entrar a la URSS, si no corresponde deberán dejar en decomiso el resto. Todo salió bien excepto porque Chancha había metido mil dólares en una de las tablillas que enmarcaban la puerta del coupé, y la sorpresa fue cuando el soldado dijo:

 – Bueno, señores, salgan todos del vagón, tendrán que tomar otro porque este va para otra parte.

La palidez en el rostro de Chancha parecía como si una gran diarrea lo atacara al instante, se agarró del estomago y dijo: – ¡ahora qué voy a hacer!.

– ¿Qué te pasa Chancha? – tomándole del hombro, le preguntó Nago.

– Nada, es qué no se que voy a hacer, traía algún dinero en ese vagón, pero ahora mejor me devuelvo.

– ¿Pero no te queda nada?.

– Sólo unos doscientos dólares, que es lo que metí al entrar a la URSS.

– Coge esos dólares, que en Hungría tengo unas amistades que te pueden vender puros cubanos a muy bajo costo, y luego los revendes en Italia. Existen unos grusinos en Roma que te los compran a setenta dólares la caja.

 – No te des por vencido Chancha – le dijo Nago, con gran sentir de lo que le había pasado.

Una vez pasada la frontera, los ánimos se fueron calmando; los húngaros no eran tan estrictos con los estudiantes de la URSS; mas, si procedían de países capitalistas, el trato seguía siendo bastante militar; pero no se atrevían a faltar el respeto o tocar alguna pertenecía; más aún, si veían que el grupo de estudiantes se mantenía junto, curiosamente los húngaros no gustaban de hablar en ruso, sentían un gran revanchismo contra los soviéticos.

– Es bella esta ciudad de Budapest – dijo Ameba,  en realidad son dos ciudades en una, creo que eso que se mira allá arriba es Buda y a partir de esa loma al otro lado del río es Pest.

La estación del tren era inmensa y típica de una ciudad europea; aunque los húngaros se jactaban de llamarse ellos mismos, la América de Europa. En dicha estación se miraban en su alrededor gran cantidad de gitanos, y muchas otras cabelleras negras, que no era usual mirarlas en otras partes de la URSS. – Oye, mira esa nena, nada más – dijo Ameba–, mira esas piernas miden como un metro, cintura de sesenta, y busto de mujer lactando, son perfectas; míralas, Nago, nos vuelven a ver, se sonríen, ¡cuanta belleza!, en Costa Rica serías un indio más y acá por lo menos nos observan, ¡que viva el socialismo! La ciudad se portó como una soberana reina de Europa, y en tan sólo una mañana presentó a los venidos del ‘Tercer Mundo” las cosas más bellas de su naturaleza, tal vez por suerte, o por la estación del año; pero aquel día, inclusive tuvo Nago la oportunidad de hacer las amistades que en su vida había tenido. Visitaron edificios de estudiantes extranjeros, conocieron compatriotas, y una chilena, víctima del dictador Pinochet, que llevaba bastante tiempo de vivir en Budapest; ésta les dio albergue para que pasaran la noche. La noble señora se convirtió como en una madre de paso, y una vez que se dio cuenta de que Nago y Ameba se habían quedado durmiendo en la estación de tren, llegó hasta el lugar y los golpeó fuertemente como si fuesen sus hijos; la chilena siempre se quejó del sistema húngaro del socialismo impuesto por los soviéticos, y además, de haber perdido un ojo en las torturas de la caída de Allende. Se lamentaba el haber tenido que viajar tan lejos para seguir; como decía ella : “Comiendo tanta mierda de la misma”.

Ya al cruzar la frontera entre Hungría y Yugoslavia, el viaje empezaba a hacerse pesado, y el cambio de tren en Sagreb lo hizo más tedioso porque, a diferencia de Hungría, los yugoslavos no se impresionaban tanto con los “cabelleras negras”.

– Eig ti* – dijo alguien cercano a Nago, y en ese idioma Yugoslabo, bastante parecido al ruso , pero difícil de entender por los demás; una señora de apenas cincuenta años, le hacía muecas tratando de quitarlo del lugar en que se encontraba éste.

– Ti uch...uch.– ¿Que pasa, señora? – le contestó Nago en inglés y ruso, tratando de entenderse. Ella le mostró un tiquete que tenía la misma enumeración, y mientras Nago trataba de leerlo, ella le tiró de un jalonazo de pelo, y con la maleta le pegó por un hombro; luego varios de los yugoslavos que viajaban a la frontera con Italia lo levantaron a la fuerza y lo tiraron al pasillo. *Eigh  ti - mire usted - idioma ruso

Ameba y Chancha salieron a auxiliar a Nago, pero éste les dijo: – Tranquilos, es un mal entendido y una gran falta de educación; nada más miren sus rostros, vean el exceso de veneno, si pudieran nos matan aquí mismo. En sus miradas existía un exceso de angustia y odio que no se podría explicar a qué se debía. Hasta entre ellos mismos,más tarde, empezaron a empujarse, como si se tratase de un mercado de ratas comiéndose unas a la otras; en los pasillos, varios de ellos hasta se dieron de puntapiés, y a un señor, de no pasados los ochenta años, por roncar tanto, cada vez que empezaba a hacerlo, uno de ellos le daba de cachetazos para que se despertara. Era una escena grotesca con rostros bastante goyescos.

En la frontera con Italia, ya pasada la pesadilla yugoslava, el tren quedó casi vacío, y pasado Trieste, el caballo de hierro comenzó a cargarse de una alegría bastante latina.

– Oye, Ameba, ¿no te sientes un poquito así... como en casa?, nada más cállate y escucha el hablar de estos italianos, se nos parecen. De hecho hasta se respira un aire diferente, y observa cómo se mueven al hablar;  están vivos.

– Es el latino, Nago – le contestó Ameba.

– Es el calor, el clima sureño, el Mediterráneo; las faldas olorosas a movimiento pélvico. ¿Has visto cómo bailan las rusas, tiesas, sólo mueven los brazos y brincan?, los latinos movemos la pelvis; son las hormonas del sol caliente. De veras, ¿no has notado cómo en primavera los olores a mujer natural se barren a correr por las calles y uno queda como toro en brama; pues esto les pasa a los latinos todos los días del mundo.

– Mira, Nago; mi abuelo una vez se estaba muriendo allá en la quinta del diablo; fiebres, vómitos, estaba verde, la muerte salía por debajo de la cama y se consumía en la bacinilla, y ¿has de creer que mi abuela lo encontró a medianoche, metido en el excusado sobándose el glande, y con la foto de Raquel Wuelch pegada en la pared?, ya casi haciendo cieguito, el gran alborotado. Bueno, ésa es la realidad latina, “vivachi”, como dicen por acá.

– Eso sí que es una locura...una paja  en medio de la muerte, ¡ah!... ahora sí que la pelaste.

– ¿Que..qué?, no sabes nada , Nago, de historias de pueblo y de alta alcurnia también;  recuerda que nosotros hacemos el amor con todo el cuerpo, y que aunque se siga discutiendo de todo esto, el gran problema es no asumirse en nuestra realidad. Mutamos constantemente, pero esto. no es malo, es parte del proceso evolutivo; los latinos somos unos templados y morbosos sexuales, y algunos no lo son porque pretenden evangelizarnos con sus mutaciones espirituales, que también obedecen a una necesidad hormonal; somos genética viviente, y el pecado está en la ignorancia de la aceptación y la utilidad que eso le pueda dejar a las clases dominantes. Además, se dice que el placer bien medido hace a la persona longeva, por eso lo del abuelo, murió mirando fotos ajenas de muchachas en vestido de baño.

– Bueno, Ameba, si lo que quieres es una jeba, esperemos a volver a la URSS; aquí puedes perder todos tus ahorros.

Ya después de Hungría, el olor a Capitalismo se recibía con marcas conocidas, que de una u otra forma eran introducidas en el bloque socialista. Sagreb olía más a Capitalismo y el contrabando desde Italia se sentía muy  cerca.

Su belleza limítrofe con Italia demostraba una incoherencia en el hacer de fronteras del ser humano. Yugoslavia e Italia se hermanan a través de Trieste por su gran belleza natural, montañas, y una escena en sus costas que invita a querer saltar del tren para disfrutar de un paseo por sus praderas.

– ¿No te sientes como en casa, Ameba? – preguntó Nago –, es el olor a tierra caliente, la forma en que te mira la gente.

Es Venecia, la romántica ciudad de las góndolas. Son tres ciudades en las que se puede hacer buen negocio y habitan muchos grusinos y armenios provenientes de la Unión Soviética: Venecia, Florencia y la Roma; las hermosas y milenarias ciudades.

– Si te ajustas a la dieta que te voy a dar, el dinero te alcanzará – dijo Ameba –.

Primero, acostúmbrate a comer pizza, trocitos, los verás por todas las calles de la ciudad, lo más que te puede costar es un dólar, y un refresco, dólar y medio; el caminar da mucha sed.

– Cuando quieras comer bien te puedes ir a la estación de tren y en la parte trasera, verás qué comen los soldados. Bueno, si tienes paciencia, te pones detrás de ellos y la comida te saldrá por tres dólares, además que te dan media botella de vino.

Dormiremos en la estación de tren, es un poco incómodo, porque los policías pasan cada hora y te patean para que te levantes, pero haces que te retiras y luego cierras los ojos nuevamente; lo hacen para que no se haga costumbre; además hay mucho vivazo que se te arrecuesta para robarte. Por lo general son árabes; así es que ten mucho cuidado con los arenosos.

 La estación de tren se llenaba de árabes y otros africanos de raza negra, entre la gente y la juventud; muchos de ellos estudiantes de la Unión Soviética, que compraban, jeans, dublioncas*, cigarrillos, música y todo lo que en el Capitalismo se daba y que era novedad en el bloque socialista.

– Oye, Ameba, ¿vez aquella italiana, vestida de gitana que sube al tren?

– Ni sueñes, Nago eso no se hace para nosotros.

– Espera que se me ha ocurrido una idea.

Nago se fue acercando poco a poco a la italiana y sin temor ni demora le preguntó que dónde había comprado el mango que venía comiendo.

La boca de la italiana lucía u poco manchada de ese color amarillento que desprende el mango maduro.

– ¡Ah!, disculpe – dijo la dama –, lo he comprado en Udine, pero si quieres te doy uno que traigo extra.

– ¡Oh, no! señorina, me llamo Nago, soy latino.     Dublionca - abrigo en idioma ruso

– Y yo voy para la India; es decir me esperan unos amigos en Nueva Dely,¿sabías que se puede vivir en la India con un dólar diario?

–¿De veras?. Nago se asombraba de la facilidad con la que la italiana abrigaba la amistad sin que la desconfianza se asomara entre los dos.

Nago, conoció a su italiana, Ameba se pegó una tremenda borrachera en la estación de tren, y Chancha se quedó unos días más en Hungría y conoció a una compatriota que lo tuvo en luna de miel por cuatro días. Nago enamorado de la italiana, un año después volvió a visitarla, pero la triste noticia de que había enfermado en un viaje a la India y muerto,  hizo que la bella Italia desapareciese de su nómina de países por visitar. En la tumba dejó una pequeña balalaica que le llevaba de regalo, y así un amor platónico más se desvaneció en los amores del indio soñador.

Al regresar a Kiev, después de aquel viaje, Nago trajo consigo bastante para vender y como se le hacía tan dificil hacer él mismo los negocios, empezó a confiarles a los cuabanos, el motín de ropa que tenía que vender.

Ya los cubanos habían ayudado a Nago en otras ocasiones para vender ropa.

Especulantes, les llamaban los soviéticos, a aquellos que delinquían de esa manera,

sin embargo, todos necesitaban de unos rublos más: los latinos, africanos y entre ellos los hijos de Fidel.

– Necesito que me ayudes con esta dublionca , y estos cinco pantalones – le planteó Nago a Justo Rodríguez, bautizado por Nago como,” El Flaco”.

– ¡Cómo no!, chico, tú sabe cómo son las cosas, yuma*, conmigo no hay problema alguno – contestóle el flaco.

– Sí, Flaco, pero si te agarran, me devuelves el costo de la inversión, ¿de acuerdo?

– No joda, chico, cuando te fallao.     * Yuma - pachuquismo cubano que se refiere a amigo

Siete días después del trato, llegó el Flaco con la mala noticia de que el taxista, quien era su contacto,  había sido pescado con todo, y le habían decomisado el motín.

– Oye acere* no me lo vas a creer; como salido de una novela, cogen al yuma, lo obligan a hablar, y pa’ la pinga, me tuvo que cantar; pero eso no es todo, chico, me han obligado a delatarte, y si tú no hablas con ellos, me mandan pal’ canasto, de vuelta a Cuba, y tú sabe qué me hacen allá...Fidel me manda pal’ carajo.

– Entiendo, Flaco, pero el trato queda igual, tú me devuelves mis cuatrocientos dólares, y yo hablo con ellos¿de acuerdo?

– Bueno, chico, esto sí esta feo, pero...

– No hay pero que valga, Flaco, el dinero, y yo me entrego.

Un mes después el Flaco llegaba al cuarto de Nago con el dinero en mano.

– Gracias, chico, tú no sabe qué bien me haces. Se metió el dedo índice en la nariz y empezó a toser como si tuviese una vieja alergia en la garganta.

– Flaco, no me trates de imbécil, empiezo a entender cómo se manejan entre ustedes.

– Pero, ¿qué tú está diciendo?

– Muy claro, que fui carne para pescar.

Recuperado el dinero, Nago se dirigió a la comandancia de la milicia en donde un inspector de apellido Kosac lo esperaba; éste quien hablaba muy rápido y vociferando, miraba a la víctima en medio de sus ojos para serle más penetrante; con la idea de intimidar al extranjero que tuviese  al frente.

– ¿Que tal, joven?,¿de dónde dicen que es usted?

– De Costa Rica.      Acere - pachuquismo cubano que se refiere a una amistad

– ¡Ah!... capitalista, y qué nos dice el joven capitalista, especulante; qué hacemos, te dejamos aquí en la URSS, o te devolvemos a tu casa por maleante.

– Perdone, señor inspector, aquí lo seré; pero en mi patria así muchos se ganan la vida.

– Sí pero estás hablando de un mal ejemplo, y tu patria pertenece a los norteamericanos, a los imperialistas del mal.

– Aquí lo que se hace es llegar a un entendimiento – le explicó Kosac –. Yo ya he pensado en cómo ponernos de acuerdo para que a ti no te vaya a pasar nada, y nos ayudemos entre todos.

– ¿Y de qué está hablando, señor inspector?. Hacía tiempo que a Nago no se le volteaba el ojo izquierdo por el nerviosismo, pestañeó tímidamente y tapó su frente con la mano derecha.

– De que existen algunos temas de interés que no hemos podido resolver entre ustedes, y que tú podrías colaborar, para agarrar a algunos extranjeros que hacen cosas indebidas, y tu remendarás tu falta con una pequeña colaboración.

Nago se quedo idó, mirando el rostro del cuarentón y típico ruso fortachón, pequeño y de brazos gruesos; más parecía un vendedor de ollas, que un militar, era muy convincente y fácilmente podía amedrentar a un capullo.

Se tocó los bigotes, un poco salidos de los labios, y se acarició la barbilla como si estuviese a punto de rasurarse; se arrugó el labio inferior y agregó.

 – De otra manera, tus cinco años de estudio se van con el avión de vuelta a casa. ¡Piénselo!

Al rato y sin salida, Nago preguntó:

– ¿Cuáles serán mis tareas?. – Me gusta la gente inteligente – añadió Kosak –, tu título en tu patria, te dará muchas cosechas, ya verás.

– Bueno, estas son las fotos de algunos compañeros tuyos que creemos expenden licor en las noches; uno de ellos es africano; quiero que lo agarres con las manos en la masa y nos llames de inmediato. Existe un compañero nuestro que es de la KGB, te estará cubriendo para que nada te suceda. Este otro es un compatriota tuyo que sabemos es homosexual. Por cierto, y si no lo sabías, nosotros no aceptamos a los maricas, los devolvemos de donde vengan.

– Bueno, este se llama Johnny  y sabemos de buena fuente que le gusta que le besen la nuca; está a punto de terminar su carrera, pero si lo agarramos va de vuelta para Costa Rica.

Estos otros son soviéticos que estaríamos mandando a la Siberia, si los encontramos una vez más especulando, y esto es el comienzo. Estarás viniendo una vez a la semana a reportarnos de cualquier cosa anómala que veas en contra del sistema.

De vuelta a clases y en medio de una gran algarabía que esto le había creado, Nago se empezaba a sentir traidor de los suyos y en medio de la gran presión, decidió contárselo al  Bueno.

A pesar de que el Bueno no era de confiar, y hasta se sospechaba que trabajaba para la CIA, o  la KGB, no tenía más a quien consultarle.

– Bueno, Nago – dijo el Bueno –, estás feo. Por un lado si se dan cuenta los africanos, te matan, de seguro; por otro lado, si no lo haces, los soviéticos te meterán una gran zancadilla. Mi consejo es que te hagas el loco, empieza por hablar en otras lenguas, que nadie te entienda, llega borracho a clases; los soviéticos perdonan el alcoholismo; eso te hace colega.