En ese universo que esconden los vidrios laminados estaba él, su siempre yo: moreno, semituerto, dos espigas descoloradas en la encía superior; las cejas enroscadas, se ondulaban sobre los párpados como alambres flojos. El intraocular brillaba con la luz del bombillo en su ojo izquierdo, y la pupila desfigurada, se salía de su iris. Tomó la pasta de dientes con su mano izquierda, y con la derecha el cepillo. Notó cómo su piel de gallo viejo se tornaba más morena, casi azabache. Sorprendido, levantó la cara para enfocar de mejor forma el esbozo que se enmarcaba en el espejo. Sus manos temblaban, su cuerpo se puso torpe; lentamente se fue destapando frente a sí mismo. Se tocó la cara, los labios, el hermoso y olvidado cuerpo cubierto de grietas e historias de tiempos idos.
Efímero y distante, allá, en medio de su sistema endorfínico , casi a desvanecer, subyacía aquel hermoso pájaro negro, formando figura en su interior: su conciencia. El zoncho de los años idos hacía sombra en su espejo. Como siempre, monstruoso y elegante, serio y decidido a emprender vuelo en cualquier momento. Postrado sobre una cerca de púas, el ayer se le apareció impetuosamente; su infancia le llamó al espejo de los recuerdos. Nago intentó meter la mano en la lámina plateada, para sentir la realidad de aquella alucinación; pero su figura se mantuvo estática y el ave de rapiña aleteó temblorosa.
El labio inferior le babeaba espuma de pasta dental, mientras tanto, con una de sus manos se tapaba la boca, que no dejaba de temblar y, con gran meticulosidad invitó al pajarraco guiñándole su ojo derecho para así coparlo. Nago se quedó inmóvil, atrapado en aquel pasado de su lejana piel; ambos se miraron los rostros; luego el ave levantó su encorvado y tiznado pico y, movió sus ojos de lado a lado mientras Nago le observaba. El zoncho se sacudió al intentar comunicarse con él.
Su pico se agitó como un enorme labio suave y arrugado; murmurando profundamente ronco y con la sobriedad de un roble, le dijo:
– ¿Te acordás colibrí de... aquel viejo orinal en el que nuestras almas se encontraron por primera vez? –.
El horrorífico zoncho se encorvó más y más, como para darse vuelta, meneó su cabeza; desconfiada, aguilada y fétida; miró por sobre su pico-nariz, arrugó su barbilla humano- zoncho, color rojiza, como si pretendiera introducirse en aquella piel de Nago, que tenía bastante similitud con la del espectro.
Olores a ayer y verdades olvidadas por el tiempo, bipolaron la mente de Nago, que desvanecido en un suave letargo etílico - opioide, voló al sitio de sus memorias.
– ¡Ha llegado el reencuentro! – pensó Nago; pero... ¿por qué se me pide dar cuentas en este momento turbio e insignificante?. ¡Es mi vida!. Y mientras desvariaba, un vibrar en su pecho sacó a un pequeño colibrí tornasol que cosquilleó en su garganta hasta hacerlo carcajear.
– Vuela colibrí, vuela por sobre los espacios de tu niño escondido; levanta tus brazos, corre, pequeño, corre; busca al sapo que te está chupando la lengua, para despertarte de ese profundo letargo y ven a mí, ven a vernos las caras de montaña y niño verde. Quiero al chamaco de barro de aquel olvidado pueblo de Los Santos” – dijo el zoncho mirando con ternura el rostro del casi olvidado Nago , que se tambaleaba sujetándose del labatorio.
– ¡ Tengo miedo a levitar, eso es presagio de muerte! –. ¿Quién me llama?, quiero por lo menos saber ¿por qué, cuando mi corazón palpita tan fuerte las manos se me vuelven livianas y siento salirme de mi cuerpo?. ¡El corazón se me sale del pecho, y la garganta se me hace pequeña; muy pequeña, casi puedo sentir la sangre donde pasa por mi cuello!.... Y aquella vieja canción, aquella vieja y solitaria canción que adoraba mi madre, pájaro solitario, hermano del zoncho y la salabii*.
– ¿Te acordás madre, hermano, familia de barro, hermanos de viaje, hijos todos del barro?–, pensaba Nago recordando, presto a la fantasía por la que estaba pasando. Viajábamos de San José con dirección a los Santos y... aquella vieja canción que adoraba mi madre: “Oye soledad, ya no extraño tu presencia...”, se escuchaba por la radio del camión.
Postrado en el pasado, Nago hablaba con sus imágenes; su espejo estaba habitado de recuerdos, y el rollo de su vida se fue desenredando poco a poco. Sintiéndose viejo, parecía ya no tener presteza alguna por llegar a algún sitio.
Dijo desvariando: – Escucha plumas negras, antes de que me hagas juicio y metas tu pico en mi conciencia, quiero que sepas cómo fue que yo sentí todo esto; de la vida; el placer, y los pecados creados por el Dios de la mazmorra.
Entonces recordó ver a su madre persignándose aquel día que se estaban mudando a Los Santos y Samuel Arrieta arrancó el camión. Era pesado aquel “Mack”y, su sonido estrepitoso.
La madre, un tanto sudada por el trajín de la mañana, sacó de su bolso un peine, y suavemente peinó su teñido cabello, color amarillo escoba; hizo una pausa, miró lejanamente y atendió la canción : “Oye soledad, ya no extraño tu presencia” -. En tanto escuchaba las letras de ésta, tomaba sus dos pastillas de Tedral para evitar un ataque de asma.
Nago se sumergió en su espejo, en donde la memoria lo condujo al pasado, y empezó a diluirse en aquellos vuelos magistrales de niño verde; allá en la zona de Los Santos.
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*Salabii - ave pequeña que se ubica en Rusia.
Su hermano mayor Joaquín, a quien todos llamaban Quincho se apareció en el espejo:, era esquelético y macilenco; delgado como los niños de campo que han sido alimentados a puro huevo y banano, además de haber sido desparacitado varias veces por solitaria.
La última vez había durado tres días votando a pedazos el blanco macarrón que le salía del ano. Las solitarias parecían ligas blancas aplastadas .
Quincho orgullosamente las puso en un papel para ver cómo se iban secando al sol. Sin duda alguna eran un trofeo a los dolores de estómago, el enorme parásito le acompañó en todos aquellos años de niñéz, hasta que llegaron a Costa Rica buenos desparasitantes y nunca más volvió a padecer de aquella enorme culebra sin cabeza.
Quincho, quien era el primogénito , desde su esquina peleaba el primer lugar en todo: el pecho de la madre, la silla del padre, la violencia del padre, la ternura de la madre. En su estado natural parecía arrastrar muchos traumas de relación...sus padres le habían dado todo: ternura, seguridad, hombría, odio, venganza, territorialdad, y una carga de reacciones acumuladas en su inconsciente, que le hacían llevar consigo comportamientos diabólicos , manejaba una doble y a veces triple personalidad. El amortiguador solía ser el pobre Nago, el cual era víctima de la misma situación; pero con el agravante, de que, su hermano descargaba la furia sobre él en cualquier instante. Nago constantemente se sentía habitado.
Es posible que todo aquello haya sido el producto de una relación corriente, en la que el macho después de haber estado por años montando a la hembra empezaba a morderle el cuello porque le aburría. Doña Trina, la madre y, como todas en su época había aceptado llevar la cruz a cuetas , en tanto no se digera que el divorcio tocaría sus puertas; eso era inaudito, Dios jamás se lo perdonaría.
“Si tienes que ser una puta en la cama, conviértete en eso, le aconsejaba el sacerdote de origen español. Soporta al esposo que esa es tu tarea como mujer...los hombres llevan la peor parte, tienen que ser los provedores de la familia.
Nago era bastante similar a su padre don Braulio, quien de piel morena, ojos negros y medianamente aindiado le recordaba a su madre y a la abuela Cleofas ; pero esto a doña Trina no la traía muy contenta. Que se pareciera a su marido no importaba siempre y cuando fuera físicamente; pero nunca en sus vicios o su manera de ser. Su autodefensa le hacía pensar que estaba preparada para soportar solo a un Braulio y no dos, por lo que siempre guardaba desconfianza para con Nago.
Sin embargo en un día de navidad, la madre cambió de parecer, cuando su querido Quincho le reventó la retina del ojo izquierdo a Nago con un golpe accidental pero con muy buena puntería.
Aquel día Nago quedaría tuerto de por vida, y marcado en su inconciente como “el hombre mitad”. Con el ojo reventado, Santiago Valverde corrió por la sala, los cuartos, e inconsciente se quedó mirando el desastre frente a un pequeño espejo quebrado a la mitad; el cual se encontraba sobre el anafre humeante de la cocina.
– ¡Mira! – gritaba Nago – Se me sale el ojo; veme desgraciado, te has salido con la tuya; has logrado tu cometido! – repetía Nago, hincado frente al hermano; que con los ojos salidos del susto no sabía en que lugar meterse.
El primer crimen y, Dios le perseguía por todos lados, se comía las uñas, lloraba a escondidas pidiendo perdón por aquel delito en contra de su hermano menor. Mucho tiempo Quincho enfermó, sin poder perdonarse por lo que había hecho, ni las solitarias lo pondrían tan flaco al ya de por sí escuálido hermano mayor.
Resignado por la pérdida del ojo, y observando cómo lo blanco se iba poniendo rojo oscuro en su ojo izquierdo, y las venitas se desaparecían en medio del reventón, Nago se tapó la cara con ambas manos; pensó : – ¡Jamás volveré a ser el mismo! –. Se sentía herido de muerte, inválido, sin alas, y sin camino qué continuar.
– ¿Qué va a ser del ave que no mira a donde va?, ¿para qué vuelo...para qué alas?, ¡si hoy mi hermano de sangre ha cortado la mitad de mi vida!
Samuel apretó el acelerador, y el camión doblegó su estrepitoso motor, quedándose en una constante melodía que parecía meterse en todos los huesos de la familia Valverde; aquel motor silbaba con cierta estridencia. En la trompa llevaba un perro, tipo buldog: pequeñito, plateado; era un Mack del año sesenta y dos.
– ¡Eh!, guapa, no llores tanto, dijo Samuel, que la vida te tiene guardado un elegante caballero en mi pueblo, y si empiezas a lloriquear desde ahora no te quedarán lágrimas para ese galán.
La madre dobló sus ojos desconfiados, y miró por sobre los hombros a Samuel diciéndole:
– Hombres, ¿para qué, no sería mejor llamarles hijos?
– No lo tome tan a pecho, Doña Trina – respondió Samuel –. Yo he sido buen hombre toda mi vida, voy a la iglesia, bebo de viernes a domingo, y el resto de la semana trabajo, ah...y mi único pecado es la goma* moral, que me dura casi tres días.
– No hable así usted, que va a echar a perder a mis hijos con su ejemplo, no ve que con el padre ya tienen suficiente.
La canción continuaba escuchándose de fondo, mientras otras estaciones interferían la sintonía: ”Yo soy un pájaro herido, que llora por su nido porque no puede volar, soledad yo soy tu amigo ven y vamos a...”
Layla, la hermana en brazos, cabeceaba como autista, mientras la canción hacía empañar de un barniz fino las córneas de doña Trina. El rostro de Nago se miraba al fondo, por el retrovisor del camión.
Una cola de humo y polvo seguían perennemente el camión de Samuel mientras se iba metiendo en la carretera rumbo a Los Santos. Había una gran armonía en la penetración de las cosas, todo en derredor parecía cantar con el silencio de lo vientos que trae esa zona de verdes praderas, montañas azules a lo lejos, quetzales buscando agucatillos de montaña. De vez en cuando pasaba alguna ave pidiendo más agua al cielo; la fauna era magistral, capaz de sacar a calquier loco citadino de su demencia, para abrirle la boca y dejarlo en trance.
Pasados Cartago Centro, La Cangreja y Casa Mata, los Valverde llegaron a El Empalme y el rostro de Los Santos empezaba a presentar su cara de barro rojo; con calles de hueco y piedra, guindos y lomas humedecidas por una permanente niebla con olor a naturaleza virgen. Se podía sentir cómo el aire entraba a los pulmones y recorría todos los espacios ocultos del cuerpo, hasta sacarlo caliente .
En el cruce del Empalme, un camino con forma de culebra llega hasta Santa María; siempre el bus, en ese sitio, y desde entonces, hace parada en el lugar llamado “Los Chespiris”; no muy lejos de este lugar y cruzando la calle que da, de frente con la montaña, estaba aquel viejo con cara de madera podrida: “el orinal de la parada”. Aquí Samuel hizo un descanso y cada uno fue a hacer sus necesidades .
Nago brincó por sobre la baranda del adral, puso el pie en una de las llantas traseras y saltó al suelo para orinar. Estando dentro del orinal, con sus paredes ahumadas y borradas por el exceso de lluvia, escuchó una voz decir: “Bienvenido al mar de las tierras rojas, donde el alma es un enorme pájaro que grita y canta para ser recordado por siempre; pequeño de cuerpo, grande de espíritu, es el monstruo de Los Santos que guarda el silencio de los pueblos en coma. Conocerás del mundo a oler y distinguir en los amoniacos la calidad del ser que te rodea, y de todos los panes que te comas, comerán los que como tú vienen. Yo me esconderé entre tus monstruos para poder destaparnos la cara algún día; entonces seremos compinches de la vida y volaremos con alas y, mutaremos en cada circunstancia el vuelo de la vida. Es la genética transuniversal; universo que está en la palma de tu mano. El infinito se pierde al ver las estrellas de tu simplitud; ese universo se encuentra dentro de tí, cuando aprendas a ser parte de él, vendré a tu encuentro. Pertenecemos al aire de los vuelos, en donde el tropezar no es el dolor más grande; sino el no poder seguir mirando las cosas desde arriba. Los monstruos terrenales son ciencia humana; pero éste vuelo es compañero de las quimeras más hermosas que albergan en el áforo de las bestias nobles, las intenciones del ser que te habita es un colach universal: buenos, malos, ricos, pobres, todos están en ti y llevas también la llave del control, para abrir la puerta que más te conviene”.
Con la mano bien empapada de orines; tras el gran susto: tartamudo, estático se quedó; como si el tiempo lo hubiese atrapado en aquel olvidado sitio. El aleteo de un ave golpeó la pared, mientras Quincho se estampaba como una sombra a través de la luz que alumbraba en la figura del marco sin puerta. Detrás de él, un enorme zoncho voló en dirección al valle de la culebra.
Nago corrió al camión.
Doña Trina golpeó la ventanilla que daba al adral por la cabina.
– ¡Que pasa con ustedes dos! – dijo –. Suban esa lona que va a llover más fuerte.
El asma era su mejor indicador; cada vez que la temperatura se ponía húmeda, asfixiaba el pecho de la señora; se quedaba como en estado de sitio, para que las flemas empezaran a salir de la garganta y sentir más tranquilidad.
Siguiendo por la trocha de barro y piedra, Samuel se aferró a su camión con su piénico cuerpo, pegando casi su rostro al parabrisas. Se ayudaba con una hoja de papel periódico para limpiar el vaho que salía de los cuerpos, y humedecían el ondulado vidrio que, de por sí, ya estaba repleto de barro en toda su parte exterior. De vez en cuando uno de los chamacos tenía que brincar del cajón para ir a limpiar el fango que se pegaba en el vidrio.
Un tanto asustados; pero con interés aventurero, avidosos y en silencio, los hermanos observaban el espectáculo de verdes praderas y guindos a la par de la vereda, en que el camión se sumergía para adentrarse en la profundidad del destino que les esperaba, más allá del Valle de la Culebra.
Preñado de un letargo pesado, al cabo de unos cuantos minutos, y el frío de la zona, el tímido Nago se fue quedando dormido. El ruido del motor se escuchaba como esos relojes de tic - tac, que con el rato adormecen con su insistencia.
Nago fue cayendo en el abismo del vacío. Caía y caía, sus brazos pesados no respondían al esfuerzo por querer agitarlos. Ya al rato no podía moverme , y dormido desvariaba pensando en valles que se le aceracaban cada vez más , como para ser parte de él, se miraba a sí mismo como un plasma que buscaba meterse en todo su en derredor , se repetía : – ¡Algo sopla de en frente de mi ! – . Una enorme boca lame mi ser , quita telas que no me deajan ver al otro lado del cielo, siento carruseles en mi pecho.
Un ventón ligero y humedecido acarició su tez y alivianó su cuerpo, dejó de sentir el brincar del camión y tal vez fuera que la adrenalina lo hizo sentirse desmadejado; pero ya casi fuera de sí pensó:
– Qué será de este sentir –, hay algo grande dentro de mí, deseo reír –. Se miró desde las alturas y pudo apreciar un cuerpo diáfano tirado en el piso del adral. De pronto, aquel bulto se empezó a transformar en un enorme ave tornasol. Un yo diáfano con forma de ave mutante, enorme pico, alas ágiles y milimétricas, con colores brillantes; su gozo era enorme, equidistante a un ser que le hablaba desde su profundo abismo mental.
Escuchó decir: “Soy tu conciencia y seré tu libertad, solo y cuando, tu lucha me llame entre conflictos, dudas, y los arrabales en que tu mente se encuentra inmersa. Te ayudaré a caminar con las piernas suaves y flacas que llevas por destino, entre la duda, la locura y el morder de dedos entre tinieblas. Yo vuelo por ti, soy tu conciencia y como con tus ojos lo que tus manos tocan”.
Sintió volar y volar, entre las montañas frías y valles resbalosos de barro y lana, su boca se torcía y sus dientes sonaban a reventar.
– Es posible que estos sentimientos – recordaba Nago mirándose al espejo –, hayan estado enlazados, y aquellas sensaciones volátiles de frescura y fragancia; en donde yo me sentía un ave solitaria, tuvieran que ver con el gran sentido poético que los asignados llevan para predicar en la tempestad del sentimiento, y abrir en este valle de sendas, un puerto pasajero en el que todos vengan a soñar con el colibrí; con la esperanza de sentirnos libres.
Nago permanecía casi dormido, en un pequeño colchón.
– Algo me sucede, hermano – agregó –; ¡ayúdeme!, me pesa el cuerpo, no sé a qué se debe.
Nago persistía en respirar profundamente, para poder salir de aquel guindo mental.
– He logrado verme agitando las manos para poder correr de la gente que intentaba sacarme del vuelo – le explicó en voz suave.
– Al principio da miedo volar tan alto, hay gente que a gran altura intenta sacarte con largas manos y enormes cabezas que te gritan: “Baja, baja”. Nadie soporta verte volar tan alto, sin prendas, sin nada que ponerte o exhibir; es el cuerpo ante el abismo de la vida, que queda de la punta de tus dedos para abajo, con el único lucro : el vuelo.
– Los tiernos verdes y azules lejanos del Valle me embriagan de una tranquilidad celestial- continuaba diciendo –; casi puedo respirar todo el paisaje y sacarlo por la punta de mis manos abiertas para enviarlo al más allá, se aparece un hueco oscuro en frente de mi y...luego es supcionado a otro mundo que inhala pensamientos. ¡Oh, que hermoso es esto!
Nago, apoyado sobre el piso humedecido por la garúa, apenas logró inclinarse agarrado de una de las patas de la silla que brincaba con el correr del camión. Ya casi de pie, se quedó mirando el colchón viejo; por el cual sentía gran respeto; en sus entrañas yacían las huellas de manchas menstruales y, a pesar del compromiso matrimonial que sus padres practicaban sobre él ; la química del pene y la vagina, cuando se encuentran por destino y soledad, en un país, que lo único que ofrecía para la familia Valverde, era un anfiteatro de sueños abortados.
Entrado a Santa María de Dota, un hermoso y galopante caballo se interpuso entre el cansado camión y el saludo de la gente sencilla del pueblo, que llamó la atención de Quincho , quien por primera vez se notaba un tanto distraído por el trote de aquel hermoso cuarto de milla.
– ¿Es bello verdad Nago? – afirmó, advirtiendo a éste, en un aceptado tono de reconocimiento a algo que no se podía obviar; el garañón era indiscutiblemente algo excepcional y salido de cualquier deseo de rechazo; a lo que Nago pudiera agregar.
El olor a tierra mojada y su característico color cobre, se descubrió súbitamente en los paredones que daban en ambos lados de la carretera; los ecos lejanos perdidos entre las montañas competían con el ruido del motor del viejo camión, y los pequeños pueblos de Los Santos; aparecían repentinos como si la mácula de un ojo, después de haber estado manchada, milagrosamente recuperara su transparencia.
Aquel maravilloso encuentro, de olor a pubertad terrenal, avasalló los adentros de Nago.
– De las cosas que he de llevar conmigo hasta la muerte, serán los verdes que llevo adentro – se dijo Nago : “Verte es soñar; siento como caer en un hueco oscuro - azul, y un olor a anafre viejo rozar mi cuerpo; me dejas de barro el alma. Siento ver, volando yigüirros... llegan de todas partes, me chapucean con sus alas, y en una tarde roja del mejor de los días, mi cuerpo morir. Han brotado cuentos de mi piel; enormes árboles buscan su luz, comiéndome la carne de barro, alimentando nuevos frutos. Todos los verdes valles de mi pasado y mi futuro, llevarán un niño en sus esporas; volará con las aves, los valles, los ríos, y se regará de llantos tropicales.
Las raíces de mis ancestros, han dejado sus secretos en el rojo del barro, y es por eso, que mi niño, cada vez que se encuentre con este momento cambiará la piel de barro y nacerán robles para hablar con el sol”.
En la zona de los Santos para ese tiempo, las lluvias parecían acosar al lugar en estado de sitio; podía llover hasta quince días seguidos sin que parase de lloviznar.
El olor a diferencia era noble y el imponente barro en todos los lugares se aceptaba como parte de la vida, olvidarlo era como querer quitarle color a una pintura de Rembrant.
Una vez pasadas las chozas ahumadas, y pringadas por el barro del chapucear de cascos, de los caballos en su caminar cotidiano; el camión se fue enterrando en medio del pueblo.
Las calles rojas y las cantinas embarradas de barro rojo-colorado en sus paredes, se combinaban con un peculiar olor a papaya caliente, debido a las vomitadas de los borrachos del fin de semana; éstas se mezclaban con el olor a orinal sucio de todos los lugares en donde se expendía licor.
Los cuerpos del pueblo se movían con sus chillidos colores de pantalones azules, camisas amarillas, rojas, celestes y blancas. Las personas caminaban entre callejones por las casas de madera, que daban con el filo de las calles, con aceras de piedras embarrialadas. Eran pueblos cafetaleros, que entre sus terratenientes se enlistaban los conocidos apellidos de: Zúñiga, Ureña, Solís y Gamboa; entre otros apellidos más corrientes, de agricultores que se sudaban la camisa para poder sacar el día.