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XII
—El teniente quiere verte —gritó Steve a través de la sala.
Andy agitó la mano en señal de asentimiento, se puso en pie y se desperezó, alegrándose de poder perder de vista el fajo de informes en los que estaba trabajando. Primero lo de Billy Chung, después descubrir que Shirl se había marchado... eran demasiadas cosas para una sola noche. ¿Dónde buscaría a Shirl, para pedirle que regresara? Pero, ¿cómo podía pedirle que regresara si los Belicher estaban aún allí? No era la primera vez que sus pensamientos daban vueltas en ese sentido. No le conducían a ninguna parte. Llamó a la puerta de la oficina del teniente, y entró.
—¿Quería usted verme, señor?
El teniente Grassioli se estaba tragando una píldora y asintió, luego se atragantó con el agua que utilizaba para hacerla pasar. Tuvo un acceso de tos, y se dejó caer en el viejo sillón giratorio, con un aspecto más grisáceo y más cansado que de costumbre.
—La úlcera va a acabar conmigo cualquier día de estos. ¿Ha oído hablar de alguien muriéndose de una úlcera?
No había ninguna respuesta para una pregunta como aquella. Andy se preguntó el motivo de que el teniente se mostrara conversador, no era propio de él. Habitualmente, se limitaba a expresar sin tapujos lo que quería decir.
—En las altas esferas no están demasiado contentos con el desenlace del caso del muchacho chino —dijo Grassioli, hojeando los informes y las fichas que llenaban su escritorio.
—¿Qué quiere usted decir...?
—Sólo esto, Cristo, solo que, como si no tuviera bastantes problemas con esta brigada, tengo que verme también mezclado en política. Centre Street opina que ha perdido usted demasiado tiempo en este caso; hemos tenido dos docenas de asesinatos sin resolver en la comisaría desde que usted empezó con ese.
—Pero... —casi tartamudeó Andy, desconcertado—. Usted me dijo que el propio jefe superior había ordenado que dedicara todo mi tiempo al caso. Usted me dijo que tenia...
—No importa lo que le dije —le interrumpió Grassioli bruscamente—. No se puede hablar con el jefe superior por teléfono, al menos yo no puedo hacerlo. Le tiene sin cuidado el asesino de O'Brien, y nadie se ha interesado por los datos que obtuve acerca de aquel hampón de Jersey, Cuore. Y, lo que es más, el jefe superior adjunto se está metiendo conmigo por la muerte de Billy Chung. Quieren cargarme el mochuelo.
—Eso suena como si el que tuviera que cargar con el mochuelo fuera yo.
—Déjese de sarcasmos, Rusch —el teniente se puso en pie, apartó bruscamente su sillón y se volvió de espaldas a Andy, mirando a través de la ventana y repiqueteando con sus dedos en el marco—. El jefe superior adjunto es George Chu, y cree que usted se tomó una venganza personal contra los chinos o algo por el estilo persiguiendo al muchacho durante tanto tiempo y luego matándole en vez de limitarse a detenerle.
—Usted le dijo que yo actuaba cumpliendo órdenes, ¿no es cierto, teniente? —preguntó Andy lentamente—. Le dijo que la muerte fue accidental, todo está en mi informe.
—No le he dicho nada —Grassioli se volvió para encararse con Andy—. La gente que me empujó a este caso no está hablando. No hay nada que pueda decirle a Chu. Y él está obsesionado en que se trata de algo de tipo racial, mejor sería decir racista. Si intento decirle lo que realmente ocurrió, lo único que conseguiré será crear problemas para mí mismo, para la comisaría... para todo el mundo. —Se dejó caer de nuevo en su sillón y se frotó la comisura del ojo, afectada por las habituales contracciones—. Le hablaré sin rodeos, Andy. Voy a cargarle el muerto a usted, a echarle a usted la culpa. Voy a ponerle a patrullar por las calles, de uniforme, durante seis meses, hasta que la cosa se enfríe. No perderá usted la categoría, y cobrará la misma paga.
—No esperaba ninguna recompensa por haber resuelto este caso —dijo Andy furiosamente—, pero tampoco esperaba esto. Puedo solicitar ser juzgado por un tribunal del Departamento.
—Puede, puede hacerlo. —El teniente vaciló largo rato, visiblemente incómodo—. Pero yo le pido que no lo haga. No por mí, sino en beneficio de todos sus compañeros y del propio Departamento. Sé que no es justo cargarle con esta responsabilidad, pero usted saldrá bien del trance. Le haré reingresar en la brigada tan pronto como me sea posible. Y, a fin de cuentas, su trabajo no va a ser muy distinto. Para el escaso trabajo de detectives que estamos haciendo, todos podríamos dedicarnos a patrullar por las calles. —Golpeó el escritorio con el pie—. ¿Qué dice usted?
—Todo este asunto huele mal.
—¡Sé que huele mal! —exclamó el teniente—. Pero, ¿qué otra cosa puedo hacer? ¿Cree que olería mejor si se somete a juicio? No tendría ninguna posibilidad de salir bien librado. Le expulsarían del Cuerpo, perdería su empleo, y probablemente le acompañaría yo. Es usted un buen policía, Andy, y ya no quedan muchos. El Departamento le necesita a usted más de lo que usted les necesita a ellos. Decídase. ¿Qué dice usted?
Se produjo un largo silencio, y el teniente se volvió a mirar por la ventana.
—De acuerdo —dijo finalmente Andy—. Haré lo que usted quiere que haga, teniente.
Salió de la oficina sin ser despedido; no quería que el teniente le diera las gracias por esto.
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