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XI
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó el hombre de mirada dura, sin avanzar más allá de la puerta del dormitorio—. Usted sabe que el señor Briggs es un hombre muy ocupado. Yo soy un hombre muy ocupado. Ni a él ni a mí nos gustó su llamada telefónica diciendo que alguien debía venir aquí, así, por las buenas. Si tiene que decirle algo al señor Briggs, vaya y dígaselo.
—Siento mucho no poder complacerle —dijo el Juez Santini, jadeando un poco mientras hablaba, incorporado sobre unas almohadas en la gran cama doble de madera oscura, con las suaves mantas cuidadosamente remetidas en torno a él—. Me gustaría mucho hacerlo. Pero temo que el ir a visitar a los amigos es algo que ha terminado para mí, al menos eso dice mi médico, y yo le pago para conocer sus opiniones. Cuando un hombre de mi edad padece una enfermedad coronaria tiene que cuidarse mucho. Reposo, sobre todo reposo. No más subir aquellas escaleras del Edificio del Empire State. Y en confianza, Schlachter, puedo decirle que no las echaré de menos...
—¿Qué quiere usted, Santini?
—Proporcionarle una información para el señor Briggs. La policía ha encontrado a Billy Chung, el muchacho que asesinó a Big Mike.
—¿Lo cual significa...?
—Significa... Confiaba en que recordaría usted una reunión que sostuvimos para tratar de este tema. Se sospechaba que el asesino podía estar relacionado con Nick Cuore, que el muchacho figuraba en su nomina. Por mi parte lo dudo, al parecer había estado actuando por su cuenta. Nunca lo sabremos con certeza, ya que el muchacho ha muerto.
—¿Es eso todo?
—¿No es suficiente? Podría recordar usted que el señor Briggs estaba preocupado por la posibilidad de que Cuore hubiera decidido extender su campo de actividades a esta ciudad.
—Es imposible que ocurra una cosa semejante. Cuore ha sido convencido para que se haga cargo de Paterson. Ha habido ya una docena de asesinatos. Nunca estuvo interesado en Nueva York.
—Me alegra oír eso. Pero creo que será mejor que se lo diga al señor Briggs, de todos modos. Estaba lo bastante interesado en el caso como para ejercer presión sobre el departamento de policía, que ha dedicado un hombre a esta investigación desde el mes de agosto.
—No importa. Se lo diré si se me presenta la ocasión. Pero ya no está interesado en esto.
Cuando su huésped se hubo marchado, el Juez Santini se dejó caer pesadamente hacia atrás. Esta noche estaba cansado, más cansado de lo que recordaba haber estado nunca. Y persistía aún el recuerdo de aquel dolor, muy hondo dentro de su pecho.
Sólo faltaban dos semanas para el año nuevo. Siglo nuevo, también. Resultaría extraño escribir dos mil en vez de mil novecientos y pico como había hecho toda su vida.
1 de enero de 2000. Por algún motivo, parecía una fecha rara. Hizo sonar la campanilla para que acudiera Rosa y le diera su medicina. ¿Cuánto de este nuevo siglo vería? El pensamiento resultaba muy deprimente.
En la silenciosa habitación, el tic-tac del anticuado reloj sonaba muy fuerte.
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