IX

—No puedo olvidarme de Sol —dijo Shirl—. Fue algo tan cruel...
—No te atormentes —dijo Andy, manteniéndola cerca de él en el cálido ambiente de la cama y besándola—. Yo no creo que se sintiera tan desgraciado como piensas. Era un anciano, y en el curso de su vida había visto y había hecho muchas cosas. Para él todo estaba en el pasado, y no creo que fuera muy feliz en el mundo actual. Mira... parece que brilla el sol. Creo que ha dejado de nevar y que el tiempo ha mejorado.
—Pero morir de aquella manera fue tan inútil... Si no hubiera acudido a aquella manifestación...
—Vamos, Shirl, no te obsesiones. Lo que está hecho está hecho. ¿Por qué no piensas en el día de hoy? ¿Puedes imaginar a Grassy dándome un permiso de veinticuatro horas... por pura simpatía?
—No. Es un hombre horrible. Estoy segura de que tenía algún otro motivo, y lo descubrirás mañana, cuando vuelvas a entrar de servicio.
—Veo que piensas lo mismo que yo —rió Andy—. Bueno, vamos a desayunar y a pensar en todas las cosas buenas que queremos hacer hoy.
Andy fue a encender el fuego mientras Shirl se vestía, y luego revisó de nuevo el cuarto para asegurarse de que había puesto todas las cosas de Sol fuera de la vista. Las ropas estaban en el armario, y había vaciado las estanterías y colocado los libros encima de las ropas. No podía quitar la cama, pero guardó también la almohada en el armario y cubrió el catre con la manta, de modo que pareciera más un sofá. Había quedado bastante bien. En el curso de las próximas semanas iría vendiendo las cosas una a una en el zoco; los libros alcanzarían probablemente un buen precio. Durante una temporada podrían comer un poco mejor, y Shirl no tenía por qué enterarse de dónde procedía el dinero que Andy traería a casa.
Iba a echar de menos a Sol, lo sabía. Hacía siete años, cuando había alquilado el cuarto, la transacción no había sido más que un arreglo conveniente para los dos. Sol le había explicado más tarde que la subida de precios de los productos alimenticios le habla obligado a partir la única habitación del apartamento en dos y a prescindir de uno de los cuartos, pero no quería alquilarlo al primer desconocido que se presentara. Acudió a la comisaría diciendo que tenía un cuarto por alquilar. Andy, que entonces vivía en los barracones de la policía, se trasladó allí inmediatamente. De modo que Sol había tenido su dinero... y una protección armada al mismo tiempo. Al principio no había existido ninguna amistad, pero esta tenía que llegar. Y había llegado a pesar de la diferencia de sus edades. "Piensa como un joven, consérvate joven", había dicho siempre Sol, y había vivido de acuerdo con su propia norma. Resultaba curioso la cantidad de cosas que Andy podía recordar por haberlas oído de labios de Sol. Seguiría recordando aquellas cosas. No iba a incurrir en el sentimentalismo —Sol hubiera sido el primero en reírse de aquello y en emitir lo que él llamaba su doble chasquido de lengua—, pero no se olvidaría de él.
El sol entraba ahora por la ventana y, entre el sol y la estufa, la temperatura del cuarto había mejorado considerablemente. Andy encendió el televisor y encontró un programa musical, no de los que a él le gustaban, aunque sí a Shirl, de modo que lo dejó. En aquel momento interpretaban algo llamado Las Fuentes de Roma, el titulo estaba en la pantalla, superimpreso sobre unas imágenes de fuentes gorgoteantes. Shirl entró, cepillándose el pelo, y Andy señaló la pantalla.
—¿No te da sed ver derramarse tanta agua? —preguntó.
—Me hace sentir deseos de tomar una ducha. Apuesto a que huelo a algo horrible.
—Suave como un perfume —dijo Andy, contemplándola con placer mientras ella se sentaba en el alféizar de la ventana, cepillando aún sus cabellos, que el sol llenaba de dorados reflejos—. ¿Te gustaría un viaje en tren... y una merienda campestre? —preguntó Andy súbitamente.
—¡Por favor! No me gustan las bromas antes del desayuno.
—Hablo en serio. Hazte a un lado un momento —Andy se acercó a la ventana y echó una ojeada al viejo termómetro que Sol había clavado al marco en su parte exterior. La mayor parte de la pintura y de los números se habían borrado, pero Sol había rayado otros en su lugar—. Estamos ya a 10 grados a la sombra, y apuesto a que hoy llegaremos a los 14. Y cuando se disfruta de esa temperatura en diciembre. en Nueva York... hay que aprovecharla. Mañana puede haber un metro y medio de nieve. Podemos utilizar los restos de la pasta de soja para preparar bocadillos. El tren del agua se marcha a las once, y podemos viajar en el vagón de la escolta.
—Entonces, ¿hablabas en serio?
—Desde luego, yo no bromeo con estas cosas. Una verdadera excursión al campo. Te diré el viaje que hice la semana pasada, cuando fui con la escolta. El tren sube a lo largo del río Hudson hasta Croton-on-Hudson, donde son llenadas las cisternas. Tardan de dos a tres horas en llenarlas. Yo no lo he visto, pero dicen que en el mismo Croton, a orillas del río, hay un parque con algunos árboles de verdad. Si el tiempo acompaña podemos merendar allí y regresar en el tren. ¿Qué dices?
—Digo que suena a maravillosamente imposible e increíble. Nunca he estado tan lejos de la ciudad desde que era una niña, eso debe encontrarse a kilómetros y kilómetros de distancia. ¿Cuándo nos vamos?
—En cuanto hayamos desayunado. Ya he puesto la harina de avena a cocer... y podrías removerla un poco antes de que se pegue.
—Nada puede pegarse en un fuego de carbón marino. —Pero Shirl se dirigió hacia la estufa y cuidó de la cacerola como Andy había dicho. Andy no recordaba cuando la había visto tan sonriente y feliz como ahora; volvía a ser casi como en el verano.
—No hagas el tonto y cómete toda la harina de avena —dijo Shirl—. Ahora podré utilizar aquel aceite de maíz —sabía que lo estaba guardando para algo importante— y freír unos cuantos buñuelos de harina de avena para la merienda, también.
—Hazlos un poco salados, son más sabrosos, y allí podremos beber toda el agua que queramos.
Andy colocó la silla de Shirl de modo que se sentara de espaldas a la bicicleta sin ruedas de Sol; era preferible evitar que viera algo que podía recordarle lo que había ocurrido. Shirl estaba riendo ahora, hablando de sus planes para el día, y Andy no quería que su humor cambiara. Hoy iba a ser un día especial, los dos estaban seguros de ello.
Mientras empaquetaban la merienda alguien llamó a la puerta con un rápido repiquete, y Shirl frunció el ceño.
—¡El mensajero... lo sé! Hoy tendrás que ir a trabajar...
—No te preocupes por eso —sonrió Andy—. Grassy es incapaz de faltar a su palabra. Además, esa no es la llamada del mensajero. Si conozco algún sonido es su bam-bam-bam.
Shirl sonrió forzadamente y fue a abrir la puerta mientras Andy terminaba de empaquetar la merienda.
—¡Tab! —exclamó Shirl alegremente—. Eres la última persona del mundo... Pasa, me alegro mucho de verte. Es Tab Fielding —le dijo a Andy.
—Buenos días, señorita Shirl —dijo Tab estólidamente, quedándose en el rellano—. Lo siento, pero esto no es una visita de cumplido. Estoy cumpliendo con mi trabajo.
—¿Qué pasa? —preguntó Andy, acercándose a Shirl.
—Tienen que comprender que he de aceptar el trabajo que me ofrecen —dijo Tab, visiblemente a disgusto—. Estoy en una agencia de guardaespaldas desde el mes de setiembre; nos encargan las tareas más difíciles, no tenemos un sueldo regular, y nos vemos obligados a aceptar cualquier trabajo que nos ofrezcan. El hombre que rechaza un trabajo pasa automáticamente al último lugar de la lista. Y tengo una familia a mi cargo...
—¿Qué trata de decirnos? —preguntó Andy. Tenía consciencia de que había alguien en la oscuridad detrás de Tab, y otros sonidos tales como el de arrastrar de pies le revelaron que había más personas fuera de la vista en el rellano.
—No pierda el tiempo —dijo el hombre que estaba detrás de Tab, con una desagradable voz nasal. Permanecía detrás del guardaespaldas, donde no pudieran verle—. Tengo la ley de mi parte. Le he pagado a usted. ¡Enséñele la orden!
—Creo que ahora lo comprendo —dijo Andy—. Apártate de la puerta, Shirl. Entre, Tab, para que podamos hablar con usted.
Tab entró, y el hombre del rellano trató de seguirle.
—No puede entrar ahí sin mi... —chilló. Pero Andy le cerró la puerta en las narices.
—Preferiría que no hubiera hecho usted eso —dijo Tab. Llevaba puesta su nudillera de hierro con púas, con su puño apretado fuertemente alrededor de ella.
—Tranquilícese —dijo Andy—. Sólo deseaba hablar a solas con usted antes que nada, enterarme de lo que pasa. Ese individuo tiene una orden de ocupación, ¿no es cierto?
Tab asintió, sin levantar la dolorida mirada del suelo.
—¿De qué diablos estáis hablando? —preguntó Shirl, mirando alternativamente a los dos hombres con aire preocupado.
Andy no respondió, y Tab se volvió hacia ella.
—Una orden de ocupación es la que extiende un tribunal a cualquiera que pueda demostrar que necesita realmente un lugar para vivir. Habitualmente sólo se extiende a favor de familias numerosas que han tenido que marcharse de algún otro lugar por motivos ajenos a su voluntad. Con una orden de ocupación puede buscarse un apartamento o un cuarto desocupados, y la orden es a la vez una especie de autorización de registro, para comprobar si el apartamento o el cuarto en cuestión están realmente desocupados. Pueden haber problemas, ya que la gente no es partidaria de que un desconocido se presente a fisgonear en sus viviendas, de modo que el poseedor de una orden de ocupación contrata a un guardaespaldas. Ese es mi caso: el hombre que está en el rellano, llamado Belicher, me contrató.
—Pero, ¿por qué has venido aquí? —preguntó Shirl, si comprender aún.
—Porque ese Belicher es un vampiro, por eso —dijo Andy amargamente—. Revoletea en torno a la morgue en busca de cadáveres.
—Es una manera de verlo —replicó Tab, esforzándose en no mostrarse demasiado brusco—. También es un individuo con esposa e hijos y sin ningún lugar donde vivir. Esa es otra manera de verlo.
Alguien aporreó súbitamente la puerta, y detrás de ella pudo oírse la quejosa voz de Belicher. Shirl comprendió finalmente el significado de la presencia de Tab, y en su rostro se reflejó el asombro.
—Has venido aquí porque estás ayudando a esa gente —dijo—. Han descubierto que Sol ha muerto y quieren este cuarto.
Tab sólo pudo asentir en silencio.
—Todavía queda una solución —dijo Andy—. Si uno de los agentes de mi comisaría viviera aquí, esa gente no podría entrar.
Los golpes en la puerta arreciaron, y Tab retrocedió un par de pasos hacia la entrada.
—Si hubiera alguien aquí ahora, la cosa estaría medio resuelta. Y digo medio resuelta, porque Belicher podría apelar al tribunal alegando que tenía una familia numerosa, y le concederían la ocupación. Les ayudaría a ustedes con mucho gusto... pero recibo mi sueldo de Belicher y tengo que estar a sus órdenes.
—No abra esa puerta —dijo Andy en tono incisivo—. No, hasta que hayamos arreglado esto.
—Tengo que hacerlo, es mi deber —dijo Tab—. Se irguió y mostró su puño cerrado con la nudillera de hierro—. No trate de impedirlo, Andy. Es usted policía y conoce la ley acerca de esto.
—Tab, ¿es preciso que lo hagas? —preguntó Shirl en voz baja.
Tab se volvió hacia ella, con los ojos llenos de desconsuelo.
—En otro tiempo fuimos buenos amigos, señorita Shirl, y así es como voy a recordarla. Pero no creo que usted me recuerde como un amigo después de esto, porque tengo que cumplir con mi obligación. La ley les autoriza a entrar, y yo he de ayudarles a ejercer su derecho.
—Adelante... abra esa maldita puerta —dijo Andy amargamente, volviéndose de espaldas y acercándose a la ventana.
Los Belicher entraron. El señor Belicher era delgado, con una cabeza deforme, casi sin barbilla, y una inteligencia que no llegaba más allá de permitirle estampar su firma al pie de la solicitud a la Beneficencia. La señora Belicher era el sostén de la familia; de la fofa carne de su cuerpo habían salido los niños, en número de siete, para hinchar el Subsidio Familiar que les permitía sobrevivir. El número ocho, alojado en su vientre, la hacía aún más obesa; en realidad era el número once de los Belicher, dado que tres de los hermanos habían fallecido por falta de cuidados o por accidente. La muchacha mayor, que no podía tener más de doce años, llevaba en brazos a un bebé cubierto de pústulas que desprendían un hedor espantoso y que no cesaba de llorar. Los otros niños se gritaban ahora unos a otros, aliviados del silencio y de la tensión del oscuro rellano.
—¡Oh! Mira el refrigerador: es muy bonito —dijo la señora Belicher, acercándose y abriendo la puerta.
—No toque eso —dijo Andy, y Belicher reclamó su atención tirándole del brazo.
—Me gusta este cuarto... no es muy grande, ¿sabe?, pero es bonito. ¿Qué hay aquí? —inquirió, dirigiéndose hacia la puerta abierta en el tabique.
—Ese es mi cuarto —dijo Andy, cerrándole el paso—. No le interesa a usted.
—No es preciso que grite tanto —dijo Belicher, apartándose rápidamente como un perro que ha sido apaleado con demasiada frecuencia—. Tengo mis derechos. La ley dice que puedo mirar lo que quiera con una orden de ocupación. —Se apartó un poco más cuando Andy dio un paso hacia él—. No es que dude de su palabra, desde luego: le creo. Este cuarto es muy bonito, tiene una buena mesa, sillas, una cama...
—Esas cosas me pertenecen. Este es un cuarto vacío, y además pequeño. No es bastante grande para usted y toda su familia.
—Hay espacio de sobra. Vivíamos en otro más pequeño...
—¡Andy... mira lo que están haciendo! —el grito de Shirl hizo que Andy girara en redondo, y vio que dos de los muchachos habían encontrado los paquetes de hierbas que Sol había cultivado tan cuidadosamente en su jardinera de la ventana, y los estaban abriendo, pensando que eran algo para comer.
—¡Soltad eso! —gritó, pero antes de que pudiera alcanzarles habían probado las hierbas, para escupirías inmediatamente.
—¡Me he quemado la boca! —chilló el mayor de los muchachos, y esparció el contenido del paquete por el suelo.
Su hermano empezó a brincar, excitado, haciendo lo mismo con el resto de las hierbas. Antes de que Andy pudiera evitarlo, los paquetes estaban vacíos.
En cuanto Andy se volvió de espaldas, el muchacho más joven, todavía excitado, se encaramó a la mesa —manchándola con el barro del que estaban llenos los harapos en los cuales estaban envueltos sus pies— y encendió el televisor. Una música estridente resonó por encima de los chillidos de los niños y de las ineficaces llamadas al orden de su madre. Tab apartó a Belicher del armario cuando se disponía a abrirlo para ver lo que había dentro.
—Saque a estos niños de aquí— dijo Andy, pálido de rabia.
—Tengo una orden de ocupación, tengo derechos —gritó Belicher, retrocediendo y agitando un rectángulo de plástico con algo impreso en él.
—Me tienen sin cuidado sus derechos —dijo Andy, abriendo la puerta del apartamento—. Hablaremos de eso cuando esas fieras hayan salido del cuarto.
Tab resolvió la cuestión agarrando al chiquillo más próximo del cuello y empujándole a través de la puerta.
—El señor Rusch tiene razón —dijo—. Los niños pueden esperar fuera mientras arreglamos esto.
La señora Belicher se sentó pesadamente en la cama y cerró los ojos, como si todo aquello no tuviera nada que ver con ella. El señor Belicher se retiró contra la pared, diciendo algo que nadie oyó ni se molestó en escuchar. En el rellano resonaron unos gritos estridentes y unos enfurecidos sollozos cuando el último de los niños fue expulsado.
Andy miró a su alrededor y comprobó que Shirl se había marchado a su cuarto; oyó girar la llave de la cerradura.
—Supongo que debo resignarme a esta invasión —dijo mirando fijamente a Tab.
El guardaespaldas se alzó de hombros con aire desolado.
—Lo siento, Andy, de veras que lo siento. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Es la ley, y si quieren quedarse aquí no puede usted echarles.
—Es la ley, es la ley —repitió Belicher en tono inexpresivo.
No había nada que Andy pudiera hacer con sus puños cerrados, y tuvo que obligarse a sí mismo a abrirlos.
—¿Quiere ayudarme a llevar estas cosas al otro cuarto, Tab? —dijo.
—Desde luego —dijo Tab, y agarró el otro extremo de la mesa—. Trate de explicarle a Shirl mi papel en este asunto, ¿quiere? No creo que ella comprenda que se trata de una obligación que tengo que cumplir.
Sus pasos crujieron sobre las hierbas secas que alfombraban el suelo, y Andy no le contestó.


•<---->•