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VII
—No, Rusch, imposible. No puedo autorizarlo... y usted debería saberlo y no ponerme en la disyuntiva de tener que negárselo —el teniente Grassioli apoyó su nudillo contra la comisura de su ojo, pero ello no interrumpió las contracciones.
—Lo siento, teniente —dijo Andy—. No estoy pidiendo nada para mí. Es un problema familiar. Llevo nueve horas de servicio, y tengo rondas dobles el resto de la semana...
—Un oficial de policía está de servicio veinticuatro horas al día.
Andy realizó un gran esfuerzo para dominar su impaciencia.
—Lo sé, señor —dijo—. No trato de eludir nada.
—La respuesta es no. Y no se hable más del asunto.
—Entonces, concédame un permiso de media hora. Sólo quiero ir a mi casa, y luego me presentaré directamente a usted. Después de eso puedo trabajar hasta que lleguen los hombres del servicio diurno. Después de medianoche no le sobrará personal aquí, y si me quedo puedo terminar esos informes que Centre Street ha estado reclamando toda la semana.
Eso significaría trabajar veinticuatro horas sin ningún descanso, pero era la única manera de conseguir un permiso a regañadientes de Grassy. El teniente no podía ordenarle que trabajara tantas horas seguidas —si no era una emergencia—, pero podía utilizar la ayuda. La mayoría de los detectives de la plantilla habían sido destinados de nuevo a servicios antidisturbios, de modo que el trabajo rutinario se había retrasado considerablemente. Y el Cuartel General de Centre Street no aceptaba como válido el pretexto.
—Nunca le pido a un hombre que preste más servicio del que le corresponde —dijo Grassioli, mordiendo el cebo—. Pero creo en el juego limpio, toma y daca. Puede usted salir media hora... pero ni un minuto más, desde luego, y prestar servicio media hora más cuando regrese. Si quiere quedarse hasta más tarde, eso queda a su elección.
—Sí, señor —dijo Andy.
A su elección. Estaría aquí cuando saliera el sol.
La lluvia que había estado cayendo durante los últimos tres días se había convertido en nieve: grandes, lentos copos de nieve que caían silenciosamente a través de los charcos de luz ampliamente espaciados a lo largo de la Calle Veintitrés. Circulaba muy poca gente por las calles, aunque podían verse numerosas figuras arracimadas alrededor de las columnas que sostenían la autopista elevada. La mayoría de los otros que dormían en la calle habían buscado alguna clase de refugio contra el mal tiempo y, aunque eran invisibles, su masa numérica, junto con los otros habitantes de la ciudad, preñaba los edificios con una presencia casi tangible. Detrás de cada pared había centenares de personas, vistas ahora únicamente como formas oscuras en zaguanes o la repentina silueta contra una ventana. Andy inclinó la cabeza para que la nieve no azotara su rostro y apresuró el paso, empujado por la preocupación, hasta que tuvo que aminorarlo, jadeando, para recobrar el aliento.
Shirl no había querido que se marchara aquella mañana, pero Andy no tenía otra elección. Sol no estaba mejor —ni peor— que durante los últimos tres días. Andy le hubiera gustado quedarse con él, ayudar a Shirl, pero no podía elegir. Tenía que marcharse, estaba en servicio. Shirl no lo había comprendido y casi se habían peleado por ello, sin levantar la voz para que Sol no pudiera oírles. Andy creyó que podría regresar temprano, pero el servicio antidisturbios lo había impedido. Al menos podría estar unos minutos con ellos y ver si podía ayudar en algo. Sabía que para Shirl no resultaba fácil estar sola con el anciano enfermo, pero... ¿qué otra cosa se podía hacer?
La música y las risas enlatadas de la televisión resonaban a través de la mayoría de las puertas a lo largo del rellano, pero su propio apartamento permanecía silencioso. Se sintió invadido por una súbita y fría premonición. Abrió la puerta silenciosamente. El cuarto estaba a oscuras.
—¿Shirl? —susurró—. ¿Sol?
No obtuvo ninguna respuesta, y la calidad de aquel silencio llamó inmediatamente su atención. ¿Dónde esta la rápida y ronca respiración que había llenado el cuarto? Su linterna zumbó, y el rayo luminoso cruzó la habitación y avanzó hasta la cama, hasta el rostro pálido inmóvil de Sol. Parecía dormir tranquilamente, y tal vez dormía, pero Andy supo —antes incluso de que las puntas de sus dedos la tocaran— que la piel estaría fría y que Sol había muerto.
Oh, Dios!, pensó. Shirl estaba sola con él aquí, en la oscuridad, mientras él moría.
Súbitamente tuvo consciencia de los sollozos casi silenciosos, desgarradores, al otro lado del tabique.
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