VI

—Hum, eso tiene buen aspecto —dijo la señora Miles, esperando en el extremo del largo mostrador y observando cómo el empleado de la Beneficencia deslizaba hacia Shirl el pequeño paquete a través del mostrador—. ¿Hay algún enfermo en su familia?
—¿Dónde está el envoltorio usado, señora? —se quejó el empleado—. Ya sabe que no puede llevarse este paquete nuevo sin entregar el envoltorio viejo. Y tres dólares.
—Lo siento —dijo Shirl, sacando el arrugado envoltorio de plástico de su cesta de la compra y entregándoselo al empleado junto con el dinero.
El hombre gruñó algo y efectuó una anotación en una de sus tablillas de registro.
—El siguiente —dijo.
—Sí —le dijo Shirl a la señora Miles, que estaba mirando de soslayo el paquete y formando lentamente las palabras con la boca mientras leía la etiqueta—. Se trata de Sol. Sufrió un accidente. Comparte el apartamento con nosotros y tiene más de sesenta años. Se fracturó la cadera, y no puede moverse de la cama; esto es para él.
—"Copos de carne". Suena bien, desde luego —dijo la señora Miles, siguiendo el paquete con los ojos mientras desaparecía en la cesta de Shirl—. ¿Cómo los prepara?
—Se puede hacer cualquier cosa con ellos, pero yo preparo una sopa espesándola con galleta, de ese modo resulta más fácil de comer. Sol no puede sentarse, ni si quiera en la cama.
—Un hombre en esas condiciones tendría que estar en el hospital, especialmente siendo tan viejo.
—Estuvo en el hospital, pero ahora no hay camas disponibles. En cuanto se enteraron de que vivía en un apartamento, se pusieron en contacto con Andy y le obligaron a llevarse a Sol a casa. Cualquiera que tenga un lugar adonde ir tiene que marcharse. Bellevue está lleno, y han estado trasladando unidades enteras a Peter Cooper Village y poniendo más camas, pero no hay suficiente espacio —Shirl se dio cuenta de que hoy había algo distinto en la señora Miles: era la primera vez que la veía sin el niño cogido de su mano—. ¿Cómo está Tommy... ha empeorado?
—Ni ha mejorado ni ha empeorado. El kwash no varía en ningún sentido, lo cual es una ventaja porque así puedo seguir sacando la ración —señaló el tazón de plástico en su cesta, en el cual habían dejado caer una pequeña pella de manteca de cacao—. A Tommy le gusta quedarse en casa cuando hace tanto frío, no tenemos ropa suficiente para todos los niños, y Winny tiene que ir a la escuela todos los días. Es muy lista. Hará los tres cursos. Hace mucho tiempo que no la veo en la cola del agua...
—Andy se ocupa de eso: yo tengo que quedarme con Sol.
—Está usted de suerte al tener un enfermo en casa, puede venir aquí a buscar una ración. El resto de la ciudad tendrá que pasar el invierno a base de galletas y agua, desde luego.
¿Suerte?, pensó Shirl, anudando su pañuelo debajo de su barbilla y mirando a su alrededor, la oscura y desnuda sala de la sección de Raciones Especiales de la Beneficencia. El mostrador partía la sala por la mitad, con los empleados y las hileras de estanterías semivacías a un lado, y las cansinas colas de gente en el otro. Aquí estaban los rostros demacrados y miembros temblorosos de los enfermos, de los que necesitaban dietas especiales: diabéticos, inválidos crónicos, personas con enfermedades carenciales y las numerosas mujeres embarazadas. ¿Eran esos los afortunados?
—¿Qué van a cenar ustedes mañana? —preguntó la señora Miles, atisbando a través de la sucia ventana, tratando de ver el cielo en el exterior.
—No lo sé, supongo que lo mismo de siempre. ¿Por qué?
—Podría nevar. Tal vez tengamos un Día de Acción de Gracias blanco como solíamos tener cuando yo era niña. Nosotros vamos a comer pescado, he estado ahorrando para ello. Mañana es jueves, veintiocho de noviembre. ¿Lo había olvidado?
Shirl se encogió de hombros.
—Creo que sí. La enfermedad de Sol lo ha trastornado todo.
Echaron a andar, con las cabezas inclinadas para no recibir en pleno rostro el azote del viento, y cuando doblaron la esquina de la Novena Avenida con la Calle Diecinueve, Shirl se dio de bruces con alguien que llegaba en dirección contraria: era una mujer, y el golpe la proyectó de espaldas contra la pared.
—Lo siento —se disculpó Shirl—. No la había visto...
—No está usted ciega —refunfuñó la otra mujer—. No se puede andar por la calle atropellando a la gente... —Sus ojos se agrandaron al mirar a Shirl—. ¡Usted!
—Ya le he dicho que lo siento, señora Haggerty. Fue un accidente.
Echó a andar, pero la otra mujer se colocó delante de ella, cerrándole el paso.
—Sabía que la encontraría —dijo la señora Haggerty con aire triunfal—. Voy a llevarla a los tribunales, usted robó todo el dinero de mi hermano, él no me dejó ninguno, ni un solo centavo. Y no sólo eso, sino que he tenido que pagar todas las facturas, la factura del agua, todas. Eran tan elevadas que tuve que vender todos los muebles para pagarlas, y no fue suficiente, y me están apremiando para que abone el resto. ¡Usted va a pagarlo!
Shirl recordó a Andy tomando las duchas, y algo de lo que pensaba debió reflejarse en su rostro porque los gritos de Mary Haggerty se convirtieron en estridentes chillidos.
—¡No se ría de mí! ¡Yo soy una mujer honrada! Una individua como usted no puede reírse de mí en una calle pública. Todo el mundo sabe lo que es usted, es una...
Sus palabras fueron interrumpidas por la intervención de la señora Miles, que se había adelantado y le propinó un sonoro bofetón.
—Métase su asquerosa lengua donde le quepa, niña —dijo la señora Miles—. Nadie le habla a. una amiga mía de esa manera.
—¡Usted no puede hacerme esto! —gritó la hermana de Mike.
—Ya se lo he hecho... y la cosa no acabará aquí si no la pierdo de vista inmediatamente.
Las dos mujeres se encararon una con otra, y Shirl fue momentáneamente olvidada. Tenían la misma edad y procedían de la misma capa social, aunque Mary Haggerty había subido un poco de categoría cuando se había casado. Pero había crecido en aquellas calles y conocía las normas. Tenía que luchar o emprender una vergonzosa retirada.
—Este asunto no es de su incumbencia —dijo.
—Lo estoy haciendo mío —dijo la señora Miles, cerrando el puño y echando el brazo hacia atrás.
—Este asunto no es de su incumbencia —repitió la hermana de Mike, pero al mismo tiempo retrocedió unos cuantos pasos.
—¡Pegue! —dijo la señora Miles triunfalmente.
—¡Tendrán ustedes noticias mías! —gritó Mary Haggerty por encima de su hombro, mientras reunía los harapos de su dignidad y empezaba a alejarse. La señora Miles rió fríamente y escupió a la espalda que se alejaba.
—Lamento que se haya visto mezclada en esto —dijo Shirl.
—Ha sido un placer —dijo la señora Miles—. Lástima que no haya tenido agallas para enfrentarse conmigo. La hubiera machacado. Conozco a las de su clase.
—Le juro que no le debo ningún dinero...
—¿A quién le importa eso? Aunque sería mejor que se lo debiera. Sería un placer estafar a alguien como ella.
La señora Miles se despidió de Shirl delante del edificio de esta última, y se alejó andando muy erguida. Súbitamente deprimida, Shirl subió los largos tramos de escalera hasta el apartamento y empujó la puerta que no estaba cerrada con llave.
—Tienes mal aspecto —le dijo Sol. Tenía las mantas subidas hasta la barbilla y llevaba el gorro de lana encasquetado hasta las orejas—. Apaga ese trasto, ¿quieres? Será un verdadero milagro si no me quedo ciego o sordo.
Shirl dejó su cesta sobre la mesa y desconectó el ruidoso televisor.
—En la calle hace mucho frío —dijo—. E incluso aquí. Voy a encender el fuego y calentaré un poco de sopa al mismo tiempo.
—No más copos de carne, por favor —suplicó Sol, haciendo una mueca.
—No debería decir eso —le reprochó Shirl cariñosamente—. Es carne de verdad, lo que usted necesita precisamente.
—Lo que yo necesito ya no puedes conseguirlo. ¿Sabes lo que son esos copos de carne? Me he enterado hoy a través de la televisión, no porque deseara saberlo, pero no podía apagar ese maldito trasto. Son el fruto de uno de esos inefables programas dietéticos ideados por mentes calenturientas. En este caso procede de Florida. Granjas de caracoles... ¿qué te parece eso? En vez de criar gallinas, o pavos, crían caracoles gigantes del Africa Oriental, trescientos gramos de carne en cada cáscara. Pelados, cortados, deshidratados, irradiados, empaquetados y enviados a los ciudadanos hambrientos del helado Norte. Copos de carne. ¿Qué opinas de eso?
—No me parece tan horrible —dijo Shirl, removiendo los oscuros filamentos de carne, semejantes a astillas de madera, en la cacerola—. Recuerdo que vi una película en la televisión, en la que comían caracoles, creo que era en Francia. Se suponía que se trataba de algo muy exquisito.
—Para los franceses tal vez, pero no para mí... —Sol tuvo un acceso de tos que le dejó débil y pálido sobre la almohada, respirando rápidamente.
—¿Quiere un poco de agua? —preguntó Shirl.
—No... estoy bien. —Su enojo parecía haberse volatizado con la tos—. Siento causarte tantas molestias, querida, y que tengas que cuidarme y atender a todo. No estoy acostumbrado a guardar cama, ¿sabes? Toda la vida me he mantenido en forma gracias al ejercicio, ¿sabes?, y siempre he sabido cuidar de mí mismo, sin tener que pedirle nada a nadie. Pero hay algo que no podemos parar. —Inclinó tristemente la mirada hacia la cama—. El tiempo avanza de un modo inexorable. Los huesos se hacen quebradizos. Una caída y ya está, te envuelven en yeso hasta la barbilla.
—La sopa está a punto...
—Ahora no, no tengo hambre. Tal vez podrías encender el televisor... no, déjalo apagado. Ya he tenido suficiente. En el noticiario han dicho que es posible que el Proyecto de Ley de Emergencia sea aprobado después de sólo un par de meses de cháchara en el Congreso. Yo no lo creo. Hay demasiadas personas que no lo conocen o que viven al margen del problema que trata de resolver, de modo que no existe una verdadera presión sobre el Congreso para que decida de una vez. Tenemos todavía mujeres con diez hijos que se están muriendo de hambre y que creen que es algo diabólico reducir el número de miembros de las familias. Creo que la mayor parte de culpa puede ser atribuida a los católicos, ya que aún no están completamente convencidos de que el controlar los nacimientos es algo beneficioso.
—Sol, por favor, no sea anticatólico. La familia de mi madre...
—No soy antinada, y quiero a la familia de tu madre. ¿Soy antipuritano porque digo que la Madre Cotton fue una fanática cazadora de brujas que ayudó a achicharrar a numerosas ancianas? Eso dice la historia. Vuestra Iglesia ha luchado siempre públicamente contra determinadas medidas para controlar la natalidad. Eso también es historia. Los resultados, que demuestran que estaba equivocada, pueden verse más allá de esa ventana. Los católicos han impuesto sus creencias al resto de nosotros, y ahora pagamos todos las consecuencias.
—No hay que exagerar, Sol. La Iglesia no lucha realmente contra la idea del control de la natalidad, sino contra la manera de realizarlo. Siempre ha aprobado las técnicas basadas en el ritmo menstrual...
—No son suficientemente eficaces. Ni lo es la Píldora, no para todo el mundo. ¿Cuándo van a dar su aprobación al espiral? Esto es lo único que realmente funciona. Y, ¿sabes desde cuándo se sabe que es absolutamente seguro e inofensivo y todo lo demás? Nada menos que desde 1964, cuando los brillantes muchachos de John Hopkins eliminaron todos los problemas y efectos colaterales. Durante treinta y cinco años han tenido esa pequeña pieza de plástico que vale tal vez un par de centavos. Una vez insertada permanece en el interior de la vagina durante años enteros, no perjudica a ninguno de los procesos corporales, no se desprende, de hecho la mujer no se da cuenta de que está allí... pero mientras esté allí la mujer no quedará embarazada. Sácala, y la mujer puede volver a tener hijos, nada ha cambiado. Y lo más curioso es que nadie está seguro de cómo funciona. Es un misterio. Tal vez debería pronunciarse con una M mayúscula, Misterio, de manera que vuestra Iglesia pudiera aceptarla y decir que es la voluntad de Dios si la cosa va a funcionar o no.
—Sol... estás blasfemando.
—¿Yo? ¡Nunca! Pero tengo tanto derecho como mi prójimo a suponer lo que está pensando Dios. En realidad, esto no tiene nada que ver con El. Sólo trato de encontrar un pretexto para que Iglesia Católica acepte las cosa y conceda una tregua a la doliente raza humana.
—En la actualidad están estudiando el problema.
—¡Estupendo! Han empezado a estudiarlo tan sólo treinta y cinco años demasiado tarde. Sin embargo, todavía podría dar resultado, aunque lo dudo. Es la vieja cuestión de demasiado poco y demasiado tarde. El mundo se ha ido, no está yéndose, al infierno en una cesta, y todos nosotros lo hemos empujado hacia allí.
Shirl removió la sopa y miró a Sol sonriendo.
—¿No exagera usted un poco? No creo que sea justo atribuir todos nuestros problemas al exceso de población.
—Para mí lo es, y perdona que me muestre tan terco en ese punto. El carbón que se suponía suficiente para varios siglos ha sido extraído todo porque había un número excesivo de personas que deseaban calentarse. Lo mismo que el petróleo: queda tan poco, que no pueden permitir que se queme, tiene que ser convertido en productos químicos, y plásticos, y todo eso. Y los ríos... ¿quién los ha contaminado? El agua... ¿quién se la ha bebido? El suelo... ¿quién lo ha hecho improductivo? Todo ha sido engullido, gastado, agotado. ¿Qué es lo que nos queda... nuestro único recurso natural? Montones de automóviles viejos, eso es todo. A cambio de los inmensos recursos que hemos derrochado sin tasa, sólo nos quedan un par de miles de millones de automóviles viejos que se están oxidando. En una época tuvimos el mundo entero en nuestras manos, pero nos lo comimos, y lo quemamos, y ahora ha desaparecido. En una época las praderas estaban llenas de búfalos, eso era lo que mis libros de texto decían cuando yo era niño, pero yo no llegué a verlos porque entonces ya habían sido convertidos en filetes y en alfombras que con el paso del tiempo se habían apolillado. ¿Crees que aquello causó alguna impresión en la raza humana? ¿O las ballenas, y las aves de paso, y las cigüeñas, o cualquiera del centenar de otras especies que hemos extinguido? En las décadas de los cincuenta y los sesenta se habló mucho de construir plantas atómicas para depurar el agua del mar, de modo que el desierto floreciera y todas aquellas pamplinas. Pero todo quedó en simples palabras. Nunca faltan personas sensatas que prevén el futuro, pero lo más probable es que sean tachadas de visionarias o de alarmistas. Se tarda al menos cinco años en construir una sola planta atómica, de modo que las que tenían que haber suministrado el agua y la electricidad que necesitamos ahora tendrían que haber sido construidas entonces. No lo fueron. La cosa no puede ser más sencilla.
—Usted hace que parezca sencilla, Sol, pero, ¿no es demasiado tarde para preocuparse por lo que la gente tenía que haber hecho hace cien años?
—Cuarenta, pero eso no tiene importancia.
—¿Qué podemos hacer hoy? ¿No es eso lo que deberíamos pensar?
—Piensa tú en ello, querida, yo me pongo triste cuando lo hago. Correr a toda velocidad hacia adelante para no movernos de sitio, y mantener nuestros dedos cruzados: eso es todo lo que podemos hacer hoy. Tal vez yo vivo en el pasado, y si lo hago tengo buenos motivos para ello. Las cosas eran mucho mejores entonces, y los problemas eran siempre cosa del futuro, de modo que al diablo con ellos. Existía Francia, un país grande y moderno, hogar de la cultura, preparado para conducir al mundo por el camino del progreso. Pero tenían una ley que hacía ilegal el control de la natalidad, y era un delito incluso para los médicos hablar de contraconcepción. ¡Progreso! Los hechos eran bastante claros si alguien se hubiese tomado la molestia de examinarlos. Los conservadores nos advertían continuamente que si no cambiábamos nuestro sistema de vida nuestros recursos no tardarían en agotar. se. Se han agotado. Era casi demasiado tarde entonces, pero algo se podía haber hecho. Las mujeres de todos los países del mundo pedían desesperadamente información sobre el control de la natalidad, a fin de poder reducir el tamaño de sus familias a unos limites razonables. Lo único que obtuvieron fue mucha palabrería y muy poca acción. Por cada cursillo de planeamiento familiar que se daba tendrían que haberse dado cinco mil... e incluso esta cifra hubiera sido insuficiente. Los hijos, el amor y el sexo son probablemente los temas más secretos y más importantes desde el punto de vista emocional para el género humano, de modo que una discusión abierta resultaba casi imposible. Habría sido preciso discutir abiertamente el problema, destinar montañas de dinero a investigaciones sobre la fecundidad, planeamiento de las familias a escala mundial, programas educativos sobre la importancia del control de la población... y, lo más importante de todo, libertad de expresión para la libre opinión. Pero no se hizo nada, y ahora estamos en 1999 y al final del siglo. ¡De otro siglo! Bueno, dentro de dos semanas llegará un nuevo siglo, y tal vez será realmente nuevo para la desdichada raza humana. Personalmente lo dudo... y no me preocupa en absoluto. No estaré aquí para verlo.
—Sol... no debe hablar así.
—¿Por qué no? Tengo una enfermedad incurable: vejez.
Empezó a toser de nuevo, esta vez durante mucho más tiempo, y cuando el acceso remitió se quedó muy quieto en la cama, agotado. Shirl se acercó para arreglarle las mantas, y su mano tocó la de Sol. Una expresión alarmada apareció en su rostro.
—Está usted muy caliente... ardiendo. ¿Tiene fiebre?
—¿Fiebre? —Sol trató de sonreír, pero se vio acometido por otro acceso de tos que le dejó más débil que antes. Cuando volvió a hablar lo hizo en voz muy baja—: Mira, querida soy un viejo carcamán. Estoy tendido de espaldas en la cama, enyesado como una momia, y no puedo moverme, y aquí hace el bastante frío como para congelar a un mono de latón. Lo único que debería padecer son encantamientos, pero hay muchas más probabilidades de que pille una pulmonía.
—¡No!
—Sí. No se llega a ninguna parte huyendo de la verdad. Si la he pillado, la he pillado. Ahora, sé buena chica y cómete la sopa. Yo no tengo hambre, intentaré dormir un poco. —Apoyó la cabeza en la almohada, y cerró los ojos.

Eran más de las siete cuando Andy llegó a casa. Shirl reconoció sus pasos en el rellano y salió a recibirle con un dedo en los labios; luego le condujo silenciosamente hacia el otro cuarto, señalando a Sol, que seguía durmiendo y respirando con una especie de jadeo.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Andy, desabotonando su empapado abrigo—. ¡Vaya una noche! Lluvia mezclada con nieve...
—Tiene fiebre —dijo Shirl, retorciéndose las manos—. El dice que es pulmonía. ¿Es posible? ¿Qué hacemos?
Andy no terminó de quitarse el abrigo.
—¿Está muy caliente? ¿Ha estado tosiendo? —preguntó.
Shirl asintió. Andy abrió la puerta y escuchó la respiración de Sol, luego volvió a cerrarla silenciosamente y empezó a abotonarse de nuevo el abrigo.
—Me advirtieron acerca de esto en el hospital –dijo—. Siempre existe una posibilidad en las personas ancianas que tienen que permanecer en cama. Me dieron unas píldoras antibióticas. Se las daremos a Sol y luego iré a Bellevue y veré si puedo conseguir alguna más... y si quieren readmitirlo. Tendría que estar en una tienda de oxígeno.
Sol apenas despertó cuando se tragó las píldoras, y su piel ardía cuando Shirl sostuvo en alto su cabeza. Seguía durmiendo cuando Andy regresó, menos de una hora más tarde. El rostro de Andy estaba vacío de toda expresión, inescrutable, lo que Shirl llamaba su rostro profesional. Sólo podía significar una cosa.
—No hay antibióticos —susurró—. Debido a la epidemia de gripe. Ocurre lo mismo con las tiendas de oxígeno y las camas. No hay ninguna disponible, todas están ocupadas. Ni siquiera he visto a ninguno de los médicos, sólo a la chica recepcionista.
—No pueden hacer eso. Sol está muy enfermo. Es un asesinato.
—Si vas a Bellevue, te parecerá que la mitad de la ciudad está enferma. Hay gente en todas partes, incluso fuera, en la calle. No hay bastantes medicamentos, Shirl. Creo que sólo los suministran a los niños, todos los demás tienen que correr el albur.
—¡Correr el albur! —Shirl apoyó su rostro contra el mojado abrigo de Andy y empezó a sollozar desesperadamente—. Aquí, Sol no tiene ninguna probabilidad. Es un asesinato. Un hombre tan anciano como él necesita ayuda, no puede ser abandonado a la muerte.
Andy la apretó contra su pecho.
—Nosotros estamos aquí y podemos cuidarle. Todavía quedan cuatro píldoras. Haremos todo lo que esté nuestro alcance, Shirl. Ahora, descansa un poco. Vas a enfermar tú también si no te cuidas.


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