V

Había una delgada costra de hielo sobre el agua, y crujió y se rompió cuando Billy empujó la lata a través de ella. Mientras trepaba por la escalerilla vio que otro oxidado peldaño de metal había quedado al descubierto. Habían sacado mucha agua del compartimiento, pero aún parecía estar lleno hasta la mitad.
—Hay un poco de hielo en la parte superior, pero no creo que pueda congelarse toda —le dijo a Peter mientras cerraba y atrancaba la puerta—. Todavía queda mucha agua ahí, mucha.
Media cuidadosamente el agua todos los días, y cerraba y atrancaba la puerta como si fuera la bóveda de un banco llena de dinero. ¿Por qué no? El agua valía tanto como el dinero. Mientras continuara escaseando, podían obtener buenos dólares por ella, todos los dólares que necesitaban para mantenerse calientes y comer bien.
—¿Qué opina de eso, Peter? —dijo, colgando la lata del garfio sobre la fogata de carbón marino—. ¿Se ha parado nunca a pensar que podemos comernos esta agua? ¿Sabe por qué? Porque podemos venderla y comprar comida con el dinero que nos den por ella, por eso.
Peter estaba sentado sobre sus talones, mirando fijamente más allá de la puerta, y no prestó ninguna atención hasta que Billy le llamó a gritos y repitió lo que había dicho. Peter sacudió tristemente la cabeza.
—"Cuyo Dios es su estómago, y cuya gloria está en su oprobio" —recitó—. Ya te he explicado, Billy, que estamos acercándonos al fin de todas las cosas materiales. Si las codicias, estás perdido...
—¿Acaso está perdido usted? Lleva unas topas compradas con ese agua y está comiendo con lo que nos dan por ella... ¿Qué tiene que decir a eso?
—Como simplemente para existir hasta el Día —respondió Peter solemnemente, mirando de soslayo a través de la puerta abierta al pálido sol de noviembre—. Nos estamos acercando, faltan sólo unas semanas, resulta difícil de creer. Pronto faltarán días. Es una bendición que llegue durante nuestras vidas.
Se puso en pie y salió de la camareta; Billy pudo oírle descendiendo hacia el suelo.
—El fin del mundo —murmuró Billy para sí mismo mientras removía gránulos de ener-G en el agua—. ¡Bah! Tonterías...
No era la primera vez que había pensado eso, pero solo para si mismo, nunca en voz alta al alcance del oído de Peter, Todo lo que el hombre decía sonaba a chifladura, pero podía ser cierto también. Peter podía demostrarlo con la Biblia y otros libros, ahora no tenía los libros, pero los había leído tantas veces que podía recitar largos párrafos de memoria. ¿Por qué no podía ser cierto? ¿Qué otro motivo podía existir para que el mundo fuera así? No siempre había sido así, las antiguas películas de la televisión lo demostraban, pero había cambiado mucho y con mucha rapidez. Tenía que existir un motivo, de modo que tal vez Peter estaba en lo cierto y el Día de Año Nuevo seria el Día del Juicio Final...
—Es una idea absurda —dijo en voz alta, pero al mismo tiempo se estremeció y acercó sus manos a la humeante fogata.

Las cosas no marchaban tan mal. El llevaba dos jerseys, una vieja americana con parches de cámara de automóvil en los codos, más caliente que todas las prendas que había llevado antes. Y comían bien; sorbió ruidosamente el caldo de ener-G de la cuchara. Comprar las cartillas de la Beneficencia había costado un montón de dólares, pero valía la pena, sí, valía la pena. Ahora tenían raciones de comida de la Beneficencia, e incluso raciones de agua, de modo que podían ahorrar su propia agua para tenderla. Y él había estado aspirando polvo de LSD al cienos una vez a la semana. El mundo tardaría mucho tiempo aún en llegar a su final. Al diablo con eso, el mundo era perfecto mientras uno mantuviera los ojos abiertos y supiera cuidar de sí mismo.
En el exterior se produjo un sonido tintineante, procedente de uno de los trozos de metal oxidado que colgaban de las desnudas costillas el barco. Cualquiera que intentara trepar hasta la camareta tenía que tropezar forzosamente con aquellos obstáculos, advirtiendo a los de arriba de su llegada. Desde el descubrimiento del agua, Peter y Billy sabían que su vivienda podía ser codiciada por otros. Billy cogió la palanca de acero y se acercó a la puerta.
—He preparado algo de comer, Peter —dijo, inclinándose sobre el borde.
Una cara barbuda y desconocida le miró desde abajo.
—¡Fuera de ahí! —gritó Billy. El hombre murmuró algo alrededor del afilado trozo de chapa de automóvil que sujetaba entre sus dientes, y luego se colgó de una mano y empuñó el arma con su mano libre.
—¡Bettyjo! —gritó con voz ronca, y Billy se ladeó mientras algo zumbaba junto a su oreja y se estrellaba en el mamparo metálico detrás de él.
Una mujer rechoncha con una inmensa maraña de cabellos rubios se encontraba entre las costillas del barco, debajo, y Billy esquivó el trozo de hormigón que la desconocida lanzó contra él.
—¡Vamos, Donald! —chilló la mujer—. ¡Sube por allí!
Un segundo, lo bastante sucio y peludo como para ser gemelo del primero, gateó sobre el oxidado metal y empezó a trepar por el otro lado del barco. Billy vio la trampa inmediatamente. Podía mantener a raya a cualquiera que intentara llegar hasta la faja de cubierta que había delante de la puerta... suponiendo que llegara solo. Pero no podía defender dos frentes al mismo tiempo. Mientras rechazaba a un asaltante, el otro treparía detrás de él.
—¡Peter! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Peter!
Otro trozo de hormigón se hizo polvo detrás de él. Corrió hacia el borde y balanceó su palanca hacia el primer hombre, el cual se inclinó hacia abajo y dejó que la barra golpeara la viga encima de su cabeza. El ruido dio una idea a Billy, que saltó hacia atrás y aporreó con su palanca la pared metálica de la camareta hasta que el retumbante martilleo rodó a través del arsenal.
—¡Peter! —gritó una vez más, desesperadamente, y luego saltó hacia el otro extremo, donde el segundo hombre había apoyado un brazo encima del borde. El hombre lo apartó apresuradamente y se situó fuera del alcance del arma de Billy, mofándose de él desde abajo.
Cuando Billy se volvió de espaldas vio que el primer hombre tenía los dos brazos sobre el borde y se estaba izando a sí mismo. Gritando, más asustado que furioso, Billy corrió hacia él balanceando su palanca; rozó la cabeza del hombre y le golpeó en el hombro, arrancando la chapa de automóvil de su boca al mismo tiempo. El hombre lanzó un rugido de rabia, pero no cayó. Billy balanceó su arma para descargar otro golpe, pero se encontró cogido fuertemente desde atrás por el segundo hombre. No podía moverse —apenas respirar—, mientras el hombre situado ante él escupía trozos de dientes. La sangre se deslizó por su barba mientras completaba su ascensión y empezaba a golpear a Billy con puños de granito. Billy aulló de dolor, se retorció y pataleó, tratando de liberarse, pero no había manera de escapar. Los dos hombres, riendo ahora, le empujaron por encima del borde de la cubierta, dispuestos a enviarle hacia la destrucción sobre el dentado metal seis metros más abajo. Estaba colgado de sus manos mientras pisoteaban sus dedos, cuando los dos hombres saltaron súbitamente hacia atrás. Billy se dio cuenta entonces de que Peter había regresado y trepaba detrás de él, amenazando con su trozo de tubería a los dos barbudos. Aprovechando el momentáneo respiro, Billy se soltó del borde de la cubierta para agarrarse al esquelético costado del barco y propulsar su dolorido cuerpo hacia el suelo que aparecía imposiblemente lejos debajo de él. Los invasores habían ocupado el barco y tenían ahora todas las ventajas. Peter esquivó un golpe de la chapa de automóvil y se unió Billy en su retirada. Restallaron unos gritos, y Billy se dio cuenta de que la mujer estaba profiriendo maldiciones, y que lo había estado haciendo durante algún tiempo.
—¡Matadles a los dos! —gritó—. ¡Me ha golpeado y me ha derribado! ¡Matadles!
Estaba lanzando de nuevo trozos de hormigón, pero ha rabia la cegaba hasta el punto de que ninguno de los irnprovisados proyectiles se acercaba siquiera a su objetivo. Cuando Peter y Billy llegaron al suelo la mujer huyó rápidamente, profiriendo maldiciones por encima de su hombro, con su masa de cabellos amarillos ondeando alrededor de su cabeza. Los dos hombres miraron hacia abajo, pero no dijeron nada. Habían realizado su tarea. Estaban en posesión del barco.
—Tenemos que marcharnos —dijo Peter, rodeando el cuerpo de Billy con un brazo para ayudarle a andar y utilizando su trozo de tubería como bastón en el cual apoyarse—. Son fuertes y ahora poseen el barco... y el agua. Y son lo bastante listos como para defenderlo bien, al menos la ramera Bettyjo lo es. La conozco, es una mujer malvada que entrega su cuerpo a esos dos, de modo que ellos harán lo que les ordene. Sí, es una señal. Ella es una ramera de Babilonia, expulsándonos...
—Tenemos que regresar —balbuceó Billy.
—...mostrándonos que debemos ir a la mayor ramera de Babilonia, al otro lado del río. La suerte está echada.
Billy se dejó caer al suelo, respirando penosamente y frotándose los magullados dedos, mientras Peter miraba tranquilamente hacia atrás, hacia el barco que había sido su hogar y su fortuna. Tres pequeñas figuras bailaban grotescamente sobre la alta cubierta, y sus carcajadas llegaban débilmente a través del viento frío que soplaba desde la bahía. Billy empezó a temblar.
—Vamos —dijo Peter amablemente, y le ayudó a ponerse en pie—. No podemos quedarnos aquí, esto no es ya para nosotros. Sé dónde podemos encontrar refugio en Manhattan, he estado allí muchas veces.
—No quiero ir allí —dijo Billy, echándose hacia atrás, recordando a la policía.
—Tenemos que ir. Allí estaremos seguros.
Billy echó a andar lentamente detrás de Peter. ¿Por qué no?, pensó; los policías se habrían olvidado de él desde hacía mucho tiempo. Todo podía ir bien, especialmente si Peter conocía algún lugar al que pudieran ir, Si se quedaba aquí tendría que quedarse solo; y el miedo a la soledad era mayor que cualquier recordado miedo a la policía. Peter y él podían salir adelante mientras permanecieran juntos.
Habían cruzado medio Puente de Manhattan cuando Billy se dio cuenta de que en la pelea con aquellos dos hombres le habían desgarrado uno de sus bolsillos.
—Espera —le dijo a Peter; y luego, más asustado—: ¡Espera! —Rebuscó a través de sus ropas con creciente pánico—. Han desaparecido —declaró finalmente, apoyándose contra la barandilla—. Las cartillas de la Beneficencia. Debieron perderse durante la pelea. ¿No las tiene usted?
—No, recuerda que ayer te las llevaste para ir a buscar la ración de agua. No son importantes.
—¡No son importantes! —sollozó Billy.
El puente era para ellos solos, una dolorosa soledad invernal. El color gris pizarra de las aguas se reflejaba en las nubes bajas arrastradas por el viento helado que penetraba incisivamente a través de sus ropas. Hacía demasiado frío para permanecer allí, y Billy echó a andar de nuevo. Peter le siguió.
—¿Adónde vamos? —preguntó Billy cuando salieron del puente y descendieron por la Calle División. Aquel lugar parecía menos frío, con la gente moviéndose a su alrededor. Billy se sentía siempre mejor rodeado de gente.
—A un cementerio de coches. Hay un gran número de ellos cerca de los barrios extremos —dijo Peter.
—Está usted loco, los cementerios de coches están llenos, siempre lo han estado.
—No en esta época del año —respondió Peter, señalando el hielo sucio que llenaba la cuneta de la calle—. Vivir en los cementerios de coches resulta siempre incómodo, y en esta época del año es particularmente duro para los viejos y los lisiados.
Billy sólo había visto las calles de la ciudad llenas de automóviles en la pantalla de la televisión. Para él era un hecho histórico —y en consecuencia desprovisto de interés—, debido a que los cementerios de coches habían estado allí desde hacía tanto tiempo como él podía recordar, una parte permanente y descompuesta del paisaje. A medida que el tráfico rodado había disminuido y los automóviles en funcionamiento se habían hecho más raros, los centenares de solares destinados a aparcamiento alrededor de la ciudad habían dejado de ser necesarios. Empezaron a llenarse gradualmente de automóviles abandonados, algunos remolcados por la policía y otros empujados a mano. Cada uno de los solares era ahora un pequeño pueblo con gente viviendo en los automóviles debido a que, por incómodos que resultaran, siempre eran mejores que la calle. Y aunque cada uno de los automóviles tenía completa desde hacía tiempo su cuota de habitantes, en invierno, cuando los más débiles morían, quedaban plazas vacantes.
Iniciaron su recorrido a través del gran solar detrás de las Seward Park Houses, pero fueron expulsados por una pandilla de jovenzuelos armados con trozos de ladrillo y navajas que se habían fabricado ellos mismos. Descendiendo por la calle Madison vieron que la valla alrededor del pequeño parque contiguo a las La Guardia Houses había sido derribada hacía muchos años, y que el parque estaba ahora lleno de restos de vehículos oxidados y sin ruedas. Aquí no había jovenzuelos agresivos, y las escasas personas a la vista andaban arrastrando los pies con un aire de total desesperanza. Sólo salía humo de una de las chimeneas que coronaban los techos de la mayoría de los automóviles. Peter y Billy avanzaron entre los vehículos, atisbando a través del parabrisas y ventanillas cuarteadas, rascando la escarcha pegada al cristal cuando les impedía la visión. Rostros pálidos y fantasmales alzaban la mirada hacia ellos o unas formas se removían con visible inquietud en el interior a medida que avanzaban a través del cementerio.
—Ese parece bueno —dijo Billy, señalando un antiguo y espacioso Buick sedán con motor a turbina y los rodillos de sus frenos de disco semihundidos en el barro.
Se acercaron a examinarlo. Las ventanillas de ambos lados estaban cubiertas con una gruesa capa de escarcha, y no se oyó absolutamente nada en el interior cuando Peter y Billy tiraron inútilmente de los pomos de todas las portezuelas cerradas.
—Me pregunto cómo se las arreglan para entrar —murmuró Billy, y luego se encaramó al techo. Encima del asiento delantero había un tejadillo corredizo, y cuando Billy tiró de él se movió un poco. Sube la tubería aquí, este puede ser el camino-— le dijo a Peter.
El tejadillo se deslizó hacia atrás cuando lo apalancaron con la tubería. La luz grisácea se derramó sobre el rostro y los ojos inmóviles de un anciano. Una de sus manos empuñaba una porra de extraño aspecto pero que infundía respeto: una barra de algún tipo de material forrada por así decirlo con trozos de cuerda anudada alrededor de puntiagudas astillas de cristal. El hombre estaba muerto.
—Debió de ser una tarea difícil para él mantenerse en un automóvil tan grande como este sin la ayuda de nadie —dijo Billy.
Era un hombre robusto y su cuerpo estaba rígido a causa del frío, y Peter y Billy tuvieron que trabajar duramente para sacarlo a través de la abertura del techo. No necesitaban los sucios harapos que le envolvían, pero se apoderaron de su cartilla de la Beneficencia. Peter le arrastró hasta la calle para que el Departamento de Salubridad lo recogiera, mientras Billy esperaba en el interior del automóvil, asomando la cabeza por la abertura del techo, vigilando en todas direcciones, con la porra tachonada de cristales preparada por si alguien pretendía disputarles la ocupación de su nuevo hogar.


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