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IV
Dado que a la mayoría de la gente no le gusta levantarse cuando todavía es de noche, la cola matinal para la ración de agua era siempre la más corta del día. Sin embargo, había ya bastantes personas circulando cuando Shirl se apresuraba a ocupar un puesto en la cola, a fin de que nadie la molestara. Cuando llegaba su turno el sol empezaba a calentar y las calles eran mucho más seguras. Aparte eso, la señora Miles y ella habían adquirido la costumbre de encontrarse todos los días, la que llegaba primero guardaba un puesto en la cola, y regresaban juntas. La señora Miles llevaba siempre con ella al chiquillo, que seguía estando enfermo de kwash. Al parecer, su marido necesitaba más que el niño la manteca de cacao rica en proteínas. La ración de agua había sido aumentada. Esto fue tan bien acogido que Shirl procuraba olvidar que resultaba mucho más difícil de transportar, y que le dolía la espalda cuando subía la escalera. Había incluso agua suficiente para lavarse. Se suponía que los puntos de agua volverían a abrirse a mediados de noviembre lo más tarde, y la fecha no estaba ya muy lejana. Esta mañana, como la mayoría de las otras mañanas, Shirl regresó antes de las ocho y al llegar al apartamento vio que Andy estaba vestido y a punto de marcharse.
—Habla con él, Shirl —dijo Andy—. Convéncele de que es un viejo zoquete. El peso de los años, sin duda.
Le dio un beso antes de marcharse. Habían transcurrido tres semanas desde la pelea, y en la superficie las cosas marchaban como antes, aunque en el fondo algo había cambiado, parte de la sensación de seguridad —o quizá del amor— había sufrido una irreparable erosión. Nunca hablaban de ello.
—¿Qué pasa? —preguntó Shirl, despojándose de las capas exteriores de ropa que la envolvían.
Andy se detuvo en el umbral de la puerta.
—Pregúntaselo a Sol, estoy seguro de que se sentirá feliz contándotelo con todo detalle. Pero cuando haya terminado de contártelo recuerda una cosa: está equivocado.
—Cada hombre tiene su propia opinión —dijo Sol plácidamente, frotando la grasa de una vieja lata sobre un par de botas del Ejército todavía más viejas.
—No se trata de opinar —dijo Andy—. Lo único que harás será buscarte algún disgusto. Te veré esta noche, Shirl. Si las cosas siguen tan tranquilas como ayer, no llegaré demasiado tarde.
Cerró la puerta tras él, y Shirl echó la llave.
—¿A qué diablos se refería? —preguntó Shirl, calentando sus manos sobre la briqueta de carbón marino que ardía sin llama en la estufa. En la calle hacía mucho frío, y el viento ponía un continuo repiqueteo en el marco de la ventana.
—Se refería a la protesta —dijo Sol, admirando el bruñido cuero de la bota—. Mejor dicho, protestaba contra la protesta. ¿Has oído hablar del Proyecto de Ley de Emergencia? Durante la última semana no han hablado de otra cosa en la televisión.
—¿Es ese al que ellos llaman el Proyecto de Ley Mata-niños?
—¿Ellos? —gritó Sol, frotando furiosamente la bota—. ¿Quiénes son ellos? Una pandilla de imbéciles, eso es lo que son. Individuos que viven mentalmente anclados en la Edad Media e incapaces de apartarse de un camino trillado, ni más ni menos.
—Pero, Sol... no se puede obligar a la gente a practicar algo en lo que no cree. Muchos de ellos opinan que ese Proyecto de Ley equivale a asesinar niños.
—Una opinión equivocada. ¿Tengo yo la culpa de que el mundo esté lleno de imbéciles? Sabes perfectamente que el control de la natalidad no tiene nada que ver con asesinar niños. En realidad, sirve para salvarlos. ¿No es un crimen mayor permitir que los niños mueran de enfermedad y de hambre, que evitar que nazcan los que no se desean?
—Planteado de esa manera, suena diferente. Pero, ¿no olvida usted la ley natural? ¿No viola esa ley el control de la natalidad?
—Querida, la historia de la medicina es la historia de la violación de la ley natural. En la Iglesia —y eso incluye a los Protestantes lo mismo que a los Católicos— algunos trataron de impedir el uso de anestésicos porque era una ley natural que la mujer pariera con dolor. Y era una ley natural que la gente muriera de enfermedad.' Y una ley natural que el cuerpo no fuera sajado por el bisturí y reparado. Existió incluso un individuo llamado Bruno que murió ajusticiado en la hoguera porque no creía en la verdad absoluta ni en leyes 'naturales como esas. Hubo una época en la que todo iba contra la ley natural, y ahora el control de la natalidad ha venido a unirse al resto. Porque todos nuestros problemas actuales proceden del hecho de que hay demasiado gente en el mundo.
—Eso es demasiado simplista, Sol. Las cosas no son realmente blancas y negras, sin más...
—¡Oh, si! lo son; lo que pasa es que nadie quiere admitirlo, eso es todo. Mira, estamos viviendo en un mundo asqueroso, y todos nuestros males tienen una sola causa: el exceso de población. Ahora bien, ¿cómo es posible que durante el 99 por ciento del tiempo que la gente ha estado viviendo en esta tierra no hayan existido nunca problemas de exceso de población?
—No lo sé... nunca he pensado en ello.
—No eres la única. El motivo, dejando aparte cosas sin importancia como las guerras, las inundaciones y los terremotos, era que todo el mundo enfermaba como perros. Morían muchos recién nacidos, morían muchos niños, y todos los demás morían jóvenes. En China, un culí que se alimentaba a base de arroz solía morir de vejez antes de cumplir los treinta años. Anoche lo dijeron en la televisión, y yo lo creo. Y uno de los Senadores leyó en una cartilla, que era un libro escolar para los niños en la América colonial, algo así: "Sé amable con tu hermanita o tu hermanito, no estará contigo mucho tiempo." La gente procreaba como moscas y moría como moscas. ¡Mortalidad infantil... muchacha! Y no hace tanto tiempo, te lo digo yo. En 1949, después de licenciarme del Ejército, estuve en Méjico. Los niños morían allí de más enfermedades de las que tú o yo hayamos oído hablar nunca. No bautizaban a los niños hasta que habían cumplido un año porque la mayoría de ellos morían antes de cumplirlo y el bautizo costaba mucho dinero. Por eso no existía nunca un problema de población. El mundo entero era un Méjico a gran escala, procreando y muriendo y manteniendo un nivel de población inalterado.
—Entonces... ¿Qué fue lo que cambió?
—Te diré lo que cambió —dijo Sol, agitando la bota delante de Shirl—. Llegó la medicina moderna. Todo podía curarse. La malaria fue erradicada, junto con todas las otras enfermedades que habían estado matando a gente joven y manteniendo bajo el nivel de la población. Llegó el control de la muerte. Los viejos vivían muchos más años. Se salvaban muchos niños que antes hubieran muerto. Pero el ritmo de procreación era el mismo, y continuaba siéndolo: por cada dos personas que mueren nacen tres. De modo que la población empezó a duplicarse... y sigue duplicándose a un ritmo cada vez más rápido. Padecemos una plaga de gente, una enfermedad de gente infestando el mundo. Tenemos más gente que vive más tiempo. Tiene que nacer menos gente, esa es la respuesta. Tenemos que contrarrestar el control de la muerte con el control de la natalidad.
—No comprendo cómo será posible hacerlo mientras la gente siga opinando que tiene algo que ver con matar niños.
—¡Deja de hablar de niños muertos! —gritó Sol, lanzando la bota al otro lado del cuarto—. No hay niños involucrados en esto, ni vivos ni muertos, excepto en los obtusos cerebros de los idiotas que repiten lo que han oído sin comprender una sola palabra. Exceptuando lo presente —añadió, con una voz no demasiado sincera—. ¿Cómo puede matarse a alguien que nunca existió? Todos nosotros somos ganadores en la carrera ovárica, pero nunca he oído que alguien se lamentara por, si disculpas el término biológico, los espermatozoides que resultaron perdedores en la carrera.
—Sol... ¿de qué diablos está hablando?
—De la carrera ovárica. Cada vez que un óvulo es fecundado, hay un par de millones de espermatozoides que tratan de llegar antes que sus compañeros. Sólo uno de ellos puede ganar la carrera, dado que en el momento en que se produce la fecundación todos los demás quedan condenados a morir. ¿Le importan un pepino a alguien los millares de espermatozoides que pierden la carrera? La respuesta es no. Y, ¿qué son todos los complicados calendarios de ritmo menstrual, mecanismos, píldoras, preservativos y drogas utilizados para el control de la natalidad? Simples medios para impedir que un espermatozoide consiga lo que los otros no pueden conseguir. De modo que, ¿dónde están los niños? Yo no veo ningún niño.
—Tal como usted lo explica, la cosa parece clara. Pero, si es tan clara y tan sencilla, ¿cómo es posible que no se haya hecho nada hasta ahora?
Sol suspiró profundamente, fue en busca de la bota que había tirado y, con aire lúgubre, continuó lustrándola.
—Shirl –dijo—, si pudiera contestar a esa pregunta probablemente mañana mismo me nombrarían Presidente. Nada es tan claro y tan sencillo cuando se trata de encontrar una respuesta. Todo el mundo tiene sus propias ideas, y se aferra obstinadamente a ellas, y a los demás que los parta un rayo. Esa es la historia de la raza humana. Nos ha llevado a la cumbre, pero ahora nos conduce al desastre. Lo malo es que la gente aceptará cualquier tipo de molestias, y que los niños mueran, y que los adultos se hagan viejos a los treinta años, basándose en que las cosas siempre fueron así. Trata de convencerles de lo contrario y lucharán contigo, aunque se estén muriendo, diciendo que lo que fue bastante bueno para sus abuelos es bastante bueno para ellos. Bang, o muerte. Cuando las Naciones Unidas rociaron las casas con DDT en Méjico para eliminar a los mosquitos portadores de la malaria que mataba a la gente tuvieron que intervenir los soldados para contener a la gente dispuesta a impedir aquella operación. A los mejicanos no les gustaba aquel polvillo blanco sobre los muebles, los afeaban. Lo vi con mis propios ojos. Pero aquello fue la excepción. El control de la muerte se deslizó en el mundo prácticamente sin que la gente se diera cuenta. Los médicos utilizaron drogas cada vez más eficaces, se mejoraron los abastecimientos de agua, se combatieron con éxito las enfermedades epidémicas... Todo ello se produjo de un modo paulatino que apenas llamó la atención, y ahora nos encontramos con que en el mundo hay demasiada gente. Y hay que hacer algo para resolver el problema. Pero hacer algo significa que la gente debe cambiar, realizar un esfuerzo, utilizar sus cerebros, lo cual es lo que a la mayoría de la gente no le gusta hacer.
—¿No parece una intrusión en la intimidad, Sol, decirle a la gente que no puede tener hijos?
—¡Alto ahí! ¡Casi volvemos a lo de los niños muertos! El control de la natalidad no significa no tener hijos. Sólo significa que la gente puede elegir cómo desea vivir: como animales que tienen un solo y ciego objetivo, la procreación... o como seres racionales. ¿Tendrá un matrimonio uno, dos o tres hijos, es decir, un número de hijos que mantenga estable la población mundial y proporcione una vida llena de oportunidades para todos? ¿O tendrá cuatro, cinco o seis hijos, engendrados con absoluta inconsciencia y que habrán de crecer en medio del hambre, del frío y de la miseria? Como ese mundo, ahí —añadió Sol, señalando hacia más allá de la ventana.
—Si el mundo es así... tiene usted razón al hablar de animalidad y de egoísmo.
—No... tengo una mejor opinión de la raza humana. Lo que ocurre es que nadie se lo ha hecho comprender, han habido demasiadas personas que han nacido animales y han muerto animales. La culpa, a mi entender, es de los corrompidos políticos y de los llamados conductores de masas que han eludido el problema porque era muy conflictivo, y porque no querían complicarse la existencia con algo cuyos efectos, si se producían, tardarían años en dejarse sentir. De modo que el género humano devoró en un siglo todos los recursos que la Tierra había tardado millones de años en almacenar, sin que nadie en las altas esferas moviera una ceja ni prestara oído a las voces angustiadas que clamaban en el desierto. Permitieron que nos entregásemos a la superproducción y el superconsumo, y ahora el petróleo se ha agotado, el suelo se ha hecho improductivo, los árboles han sido talados, los animales se han extinguido, y siete mil millones de personas luchan por las migajas que quedan, viviendo una existencia miserable.. — pero procreando todavía sin control. De modo que creo que ha llegado el momento de ponerse de pie y ser contado.
Sol introdujo sus pies en las botas y ató los cordones. Se puso un grueso jersey y luego sacó del armario una vieja y apolillada guerrera. Una hilera de cintas trazaba una línea de color a través del verde oscuro de la tela, y debajo de ellas colgaban una medalla de tirador de primera y un emblema de la Escuela Técnica.
—Debe de haberse encogido —gruñó Sol, mientras luchaba por abotonar la guerrera sobre su estómago. Finalmente, anudó un pañuelo alrededor de su cuello y completó su atavío con un abrigo que era casi tan viejo como él.
—¿Adónde va usted? —preguntó Shirl, asombrada.
—A hacer una declaración. A buscarme un disgusto, como ha dicho nuestro amigo Andy. Tengo sesenta y cinco años, y he alcanzado esta edad venerable permaneciendo al margen de todo conflicto, manteniendo la boca cerrada y no ofreciéndome voluntario para nada, como me enseñaron en el Ejército. Tal vez han habido demasiados tipos como yo en el mundo, no lo sé. Tal vez tenía que haber protestado mucho antes, pero nunca vi nada que me hiciera pensar que debía protestar. Ahora, las cosas han cambiado: hoy van a enfrentarse las fuerzas de la oscuridad y las fuerzas de la luz. Y yo voy a unirme a las fuerzas de la luz.
Se encasquetó un gorro de lana hasta las orejas y echó a andar hacia la puerta.
—Sol, ¿de qué diablos está usted hablando? Dígamelo, por favor —suplicó Shirl, no sabiendo si reír o llorar.
—Hay una manifestación. Los retrasados mentales de Salvemos a Nuestros Niños se concentrarán delante del Ayuntamiento para protestar contra el Proyecto de Ley de Emergencia. Pero habrá otra concentración de partidarios del proyecto de ley, y cuando más numerosos sean, más posibilidades tendrán de que sus gritos sean oídos y de que esta vez el Congreso se decida a aprobar el proyecto de ley. Es posible.
—¡Sol...! —llamó Shirl, pero la puerta ya estaba cerrada.
Andy le trajo a casa, a última hora de la noche, ayudando a los dos enfermeros de la ambulancia a subir la camilla escaleras arriba. Sol estaba atado a la camilla, con el rostro muy pálido, inconsciente y respirando fatigosamente.
—Se produjo un enfrentamiento en la calle entre miembros de dos manifestaciones. Sol figuraba en una de ellas. Le golpearon, y tiene la cadera fracturada. —Miró a Sol, serio y cansado, mientras los enfermeros entraban la camilla en el cuarto—. Es una persona anciana, eso puede ser muy grave —añadió.
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