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III
La ciudad de Nueva York estaba abocada al desastre. Cada almacén cerrado era un núcleo de protesta, rodeado por' muchedumbres que estaban hambrientas y asustadas y buscaban a alguien sobre quien descargar sus reproches. Su rabia les incitaba al motín, y del motín al pillaje no había más que un paso. La policía luchaba hasta el límite de sus fuerzas, pero sólo se erguía la más delgada de las barreras entre la protesta furiosa y el caos sangriento.
Al principio, los chuzos y las porras emplomadas controlaron a los revoltosos, y cuando esto falló el gas dispersó a las multitudes. La tensión fue en aumento, ya que la gente se dispersaba únicamente para volverse a reunir en un lugar distinto. Los sólidos chorros de agua de los camiones antidisturbios detenían fácilmente a los que trataban de asaltar los almacenes de la Beneficencia, pero no había suficientes camiones, ni habría más agua una vez se hubiera agotado la de sus tanques. El Departamento de Sanidad habla prohibido utilizar agua del río: habría sido como rociar a la gente con veneno. La poca agua disponible se necesitaba de un modo apremiante para los incendios que brotaban en toda la ciudad. Con las calles bloqueadas en numerosos lugares, los equipos de bomberos no podían pasar, y los camiones se veían obligados a dar largos rodeos. Algunos de los incendios se estaban extendiendo, y al mediodía todos los efectivos del cuerpo de bomberos habían sido movilizados.
El primer revólver fue disparado unos minutos después de las doce, por un guardián del Departamento de Beneficencia que mató a un hombre que había forzado una ventana del depósito de alimentos de la Plaza Tompkins y había tratado de introducirse por ella. Había sido el primero pero no el último de los disparos... y aquella no sería la última persona que perdería la vida.
El alambre de espino bloqueó algunas de las zonas conflictivas, pero las existencias de alambre eran muy limitadas. Cuando se agotaron, los helicópteros revolotearon por encima de las atestadas calles y actuaron como puestos de observación aéreos para la policía, localizando los lugares en los que eran más necesarias las reservas. Era una tarea infructuosa debido a que no existían reservas, todo el mundo estaba en primera línea.
Después del primer conflicto en la Plaza Madison, ya nada produjo una fuerte impresión en Andy. Durante el resto del día y la mayor parte de la noche, junto con todos los otros policías de la ciudad, se enfrentó a la violencia y devolvió violencia para restablecer la ley y el orden en una ciudad desgarrada por la lucha. El único descanso que tuvo fue después de haber caído víctima de su propio gas y de haber conseguido llegar a la ambulancia del Departamento de Hospitales para ser tratado. Un enfermero le lavó los ojos y le suministró una tableta para contrarrestar las náuseas. Se tumbó en una de las camillas del interior, apretando su casco, sus bombas y su porra contra su pecho mientras se recuperaba. El conductor de la ambulancia estaba sentado sobre otra camilla junto a la puerta, armado con una carabina — del calibre .30, para desalentar a cualquiera que pudiera sentirse demasiado interesado por la ambulancia o por su valioso contenido quirúrgico. A Andy le hubiera gustado permanecer allí tendido un poco más, pero la fría niebla penetraba en el vehículo abierto y empezó a temblar con tanta intensidad que sus dientes castañetearon. Le resultó difícil ponerse en pie y descender de la ambulancia pero una vez en movimiento se sintió un poco mejor.. y más caliente. El asalto al centro de la Beneficencia había sido evitado, posiblemente gracias a su acción para apoderarse del megáfono, y Andy avanzó lentamente para unirse al grupo más próximo de figuras vestidas de azul frunciendo la nariz ante el desagradable olor que se desprendía de sus ropas.
A partir de aquel momento, la fatiga no le abandono y sólo conservó recuerdos de rostros vociferantes, pies corriendo, el sonido de disparos, gritos, el estallido de granadas de gas, de algo invisible que le habían arrojado y que golpeó el dorso de su mano, produciéndole una enorme magulladura.
Al caer la noche empezó a llover, una fría llovizna mezclada con aguanieve, y esto y el agotamiento, más que la policía, fue lo que expulsó a la gente de las calles. Sin embargo, cuando las multitudes desaparecieron, la policía descubrió que su trabajo no había hecho más que empezar. Puertas y ventanas forzadas tenían que ser vigiladas hasta que pudieran ser reparadas, había que encontrar a los heridos para llevarlos a un lugar en el que pudieran ser atendidos, en tanto que el cuerpo de bomberos necesitaba ayuda para combatir los incontables incendios. Estas tareas se prolongaron durante toda la noche, y al amanecer Andy se encontró derrumbado sobre un banco de la Comisaría, oyendo que el teniente Grassioli pronunciaba su nombre al final de una lista que había estado leyendo.
—Y estos son todos los que pueden irse —añadió el teniente—. Recojan sus raciones antes de marcharse y devuelvan su equipo antidisturbios. Quiero verles aquí de nuevo a las seis de la tarde, y no quiero pretextos.. Nuestros problemas no han terminado todavía.
En algún momento durante la noche había cesado de llover. El sol naciente proyectaba largas sombras sobre las calles, poniendo una pátina dorada en el mojado y negro pavimento. Un inmueble de lujo incendiado humeaba todavía, y Andy tuvo que evitar cuidadosamente los chamuscados restos que alfombraban la calle delante del edificio. En la esquina de la Séptima Avenida vio los restos aplastados de dos vehículos a pedales, desprovistos ya de cualquier pieza utilizable, y unos metros más allá el cuerpo de un hombre tendido en el suelo. Podía estar dormido, pero cuando Andy pasó junto a él, su rostro vuelto hacia el cielo le reveló sin lugar a dudas que el hombre estaba muerto. Siguió andando, ignorándole. Hoy, el Departamento de Salubridad sólo recogerla cadáveres.
Los primeros trogloditas estaban saliendo de la entrada del Metro, parpadeando a la luz. Durante el verano todo el mundo se reía de los trogloditas —las personas a las que la Beneficencia había asignado como vivienda las estaciones del Metro, que había dejado de funcionar hacía mucho tiempo, pero cuando llegaba el invierno las risas se trocaban en envidia. Las estaciones podían ser sucias, polvorientas, oscuras, pero siempre había en ellas unas cuantas estufas eléctricas encendidas. No vivían en el lujo, pero al menos la Beneficencia no permitía que se helaran. Andy llegó a su propia manzana.
Subiendo la escalera de su edificio, pisó con fuerza a algunos de los durmientes, pero estaba demasiado cansado para lamentarlo... e incluso para darse cuenta. Hurgó en la cerradura con la llave sin lograr introducirla, y Sol le oyó y acudió a abrir la puerta.
—Acabo de preparar un poco de sopa —dijo Sol—. Llegas muy a tiempo.
Andy sacó unos trozos de galleta del bolsillo de su abrigo y los dejó caer sobre la mesa.
—¿Has estado robando comida? —preguntó Sol, cogiendo uno de los trozos y mordisqueándolo—. Creía que no iban a suministrar nada durante dos días más...
—Es la ración de la policía.
—Me parece muy justo. No puedes andar por ahí golpeando a los ciudadanos con el estómago vacío. Pondré unas cuantas en la sopa, así tendrá más cuerpo. Supongo que ayer no viste la televisión, de modo que no estarás enterado de las payasadas del Congreso. La cosa está que arde...
—¿No se ha despertado aún Shirl? —preguntó Andy quitándose el abrigo y dejándose caer pesadamente sobre una silla.
Sol permaneció silencioso unos instantes y luego dijo lentamente:
—No está aquí.
Andy bostezó.
—Es muy temprano para que haya salido. ¿Por qué...
—No ha salido hoy, Andy —Sol removió la sopa, vuelto de espaldas—. Se marchó ayer, un par de horas después de que tú lo hicieras. Y todavía no ha regresado.
—¿Quieres decir que estuvo fuera todo el tiempo durante las algaradas... y también anoche? ¿Y qué hiciste tú?
Andy se sentó muy erguido, olvidada su fatiga.
—¿Qué podía hacer? —dijo Sol—. ¿ Salir a la calle para que me pisotearan como a la mayoría de los viejos carcamanes? Apuesto a que no le ha ocurrido nada malo, probablemente vio todo el jaleo y decidió quedarse con unos amigos en vez de volver aquí.
—¿Qué amigos? ¿De qué estás hablando? Tengo que encontrarla.
—¡Siéntate! —ordenó Sol—. ¿Qué puedes hacer en la calle? Toma un poco de sopa y duerme un rato, es lo mejor que puedes hacer. Ella está bien. Lo sé –añadió a regañadientes.
—¿Qué es lo que sabes, Sol? —inquirió Andy, cogiendo a Sol por los hombros, y girándole a medias de la estufa.
—¡No manosees la mercancía! —gritó Sol, soltándose de las manos de Andy. Luego, con voz más tranquila, añadió—: Lo único que sé es que Shirl no se marchó porque sí, tenía algún motivo. Se puso el abrigo viejo, pero pude ver que debajo llevaba un vestido muy elegante. Y medias de nilón. Una fortuna en sus piernas. Y cuando me dijo hasta luego, vi que se había maquillado cuidadosamente.
—Sol... ¿qué es lo que tratas de decir?
—No trato de decirlo: lo estoy diciendo. Shirl se había vestido para ir de visita, no para ir de compras, como si se dispusiera a ir a ver a alguien. Tal vez ha ido a visitar a su viejo.
—¿Por qué tendría que haber deseado visitarle?
—¿Y tú me lo preguntas? Os peleasteis, ¿no? Tal vez se ha marchado una temporada para que la cosa se enfríe.
—Nos peleamos... si —Andy volvió a dejarse caer sobre la silla, apretándose la frente entre las palmas de sus manos. ¿Había sido anoche? No, anteanoche. Parecía que habían transcurrido cien años desde que sostuvieron aquella absurda discusión. Levantó la mirada con repentino temor—. ¿Se llevó sus cosas? —preguntó.
—Sólo un pequeño bolso —dijo Sol, y colocó una cacerola humeante sobre la mesa, frente a Andy—. Vamos a comer —dijo y luego—: Ella volverá.
Andy estaba casi demasiado cansado para discutir... ¿y qué podía decir? Empezó a comer la sopa maquinalmente, y de pronto se dio cuenta de que tenía mucha hambre. Comió con su codo sobre la mesa y apoyando la cabeza en su mano libre.
—Tendrías que haber oído los discursos en el Senado, ayer —dijo Sol—. El espectáculo más divertido del mundo. Están tratando de sacar adelante el Proyecto de Ley de Emergencia, una emergencia que se remonta a cien años, y tendrías que haberles oído hablar como cotorras de sus aspectos más nimios sin mencionar los importantes. —Su voz se hizo cómica al imitar el acento sureño—: "Enfrentados a unas terribles perspectivas, proponemos una investigación acerca de las i-inmensas riquezas de la mayor cuenca flu-uvial, el delta del más caudaloso de los ríos, el Mississipi. Presas y avenamientos, seguro, ciencia, seguro, y tendréis las tierras de labor más feraces del Mundo Occidental." —Sol sopló su sopa furiosamente—. "Presas", desde luego: eso es poner el dedo en la llaga. Lo han estado discutiendo ya un millar de veces. Pero, ¿mencionó alguien en voz alta el único y verdadero motivo para el Proyecto de Ley de Emergencia? No. Al cabo de tantos años nadie se atreve a hablar claramente y a decir la verdad, de modo que la mantienen oculta debajo de toda esa palabrería.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Andy, que apenas prestaba atención.
—Del control de la natalidad, eso es. Finalmente van a legalizar clínicas que estarán abiertas a cualquiera, casado o no, y a promulgar una ley por la que todas las madres deben recibir información acerca del control de la natalidad. ¡Muchacho, habrá que oír a los puritanos de Nueva Escocia cuando se enteren de eso!
—Ahora no, Sol, estoy cansado. ¿Dijo Shirl cuándo pensaba regresar?
—Sólo lo que te he dicho... —se interrumpió y tendió el oído hacia un sonido de pasos en el rellano. Los pasos se detuvieron... y alguien llamó a la puerta.
Andy se precipitó hacia ella, haciendo girar nerviosamente el pomo, abriendo la puerta de par en par.
—¡Shirl! –exclamó—. ¿Estás bien?
—Sí, desde luego; estoy perfectamente.
Andy la estrechó contra su pecho, fuertemente, casi dejándola sin respiración.
—Con esas algaradas... no sabía qué pensar –dijo—. Yo he llegado hace muy poco. ¿Dónde has estado? ¿Qué ha ocurrido?
—Sólo quería salir un rato, eso es todo —Shirl frunció la nariz—. ¿Qué es lo que huele tan mal?
Andy se apartó de ella, notando que la rabia se imponía a la fatiga.
—Me ha alcanzado un poco de mi propio gas y he vomitado. El mal olor se pega como una lapa. ¿Qué significa eso de que querías salir un rato?
—Deja que me quite el abrigo.
Andy la siguió al otro cuarto y cerró la puerta tras ellos. Shirl sacó un par de zapatos de tacón alto del bolso que llevaba y los dejó en el armario.
—¿Y bien? —inquirió Andy.
—Sencillamente eso, no es tan complicado. Me sentía atrapada aquí, con la escasez y el frío y todo lo demás, sin verte apenas, y estaba dolida porque nos habíamos peleado. Todo parecía marchar mal. De modo que pensé que si me vestía y me iba a uno de los restaurante a los que solía acudir, sólo para tomar una taza de café o algún refresco, podría sentirme mejor. Me elevaría la moral, ya sabes —Shirl alzó la mirada hacia el frío rostro de Andy, y la apartó rápidamente.
—¿Y qué ocurrió después? —preguntó Andy.
—No estoy en el estrado de los testigos, Andy. ¿A qué viene ese tono acusador?
Andy se volvió de espaldas y miró a través de la ventana.
—No te estoy acusando de nada, pero... has pasado fuera toda la noche. ¿Cómo esperas que me sienta?
—Bueno, ya sabes lo malo que fue el día de ayer; tuve miedo de regresar. Estuve en Curley's...
—¿El restaurante de lujo?
—Si, pero si no comes nada no es caro. Lo que se paga es la comida. Encontré a algunas personas conocidas, iban a celebrar una fiesta, me invitaron, y acepté la invitación. Estuvimos viendo la información de la televisión sobre los disturbios y nadie quiso marcharse, de modo que la fiesta se prolongó. Muchos pasaron allí toda la noche, y yo también.
Se quitó el vestido y lo colgó en el armario, y luego se puso unos pantalones y un grueso jersey de lana.
—¿Fue todo lo que hiciste, pasar allí la noche?
—Andy, estás cansado. ¿Por qué no duermes un poco? Podemos hablar de esto en otro momento.
—Quiero hablar de ello ahora.
—Por favor, no hay nada más que decir...
—Creo que sí. ¿De quién era el apartamento?
—De nadie que tú conozcas. No es un amigo de Mike, sino alguien a quien solía ver en algunas fiestas.
—¿Amigo? —El silencio se hizo más tenso, hasta que la pregunta de Andy lo taladró—: ¿Has pasado la noche con él?
—¿De veras quieres saberlo?
—Desde luego que quiero saberlo. ¿Por qué crees que te lo estoy preguntando? Te acostaste con él, ¿no es cierto?
—Sí.
El sosiego de la voz de Shirl, lo inmediato de su respuesta, sobresaltaron a Andy, como si hubiera formulado la pregunta esperando obtener otra contestación. Buscó palabras para expresar lo que sentía y, finalmente, lo único que pudo decir fue:
—¿Por qué?
—¿Por qué? —los dos monosílabos abrieron los labios de Shirl y derramaron la fría rabia al exterior—. ¿Por qué? ¿Acaso tenía otra elección? Me dieron de cenar y de beber, y tenía que pagar por ello. ¿Con qué otra cosa podía pagar?
—Basta Shirl, estás siendo...
—¿Qué es lo que estoy siendo? ¿Sincera? ¿Permitirías tú que me quedara aquí si no me acostara contigo?
—¡Eso es diferente!
—¿Lo es? —Shirl empezó a temblar—. Andy, esperaba que lo fuera, debería serlo... pero ya no lo sé. Quiero que seamos felices, y no sé por qué discutimos. No es eso lo que deseo. Pero las cosas marchan de mal en peor. Si estuvieras aquí, si pudiera pasar más tiempo a tu lado.
—Ya hablamos de eso la otra noche. Tengo mi trabajo... ¿qué otra cosa puedo hacer?
—Nada, supongo; nada... —Shirl entrelazó sus dedos para que dejaran de temblar—. Acuéstate ahora, necesitas descansar.
Shirl se marchó al otro cuarto, y Andy no se movió hasta que la puerta se cerró con un chasquido. Fue a seguirla, pero cambió de idea y se sentó en el borde de la cama. ¿ Qué podía decirle? Lentamente, se quitó los zapatos y, completamente vestido, se tendió en la cama y se cubrió con la manta.
A pesar de lo agotado que estaba, tardó mucho rato en quedarse dormido.
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