II

—Me da en la nariz que va a haber jaleo —dijo el detective Steve Kulozik mientras terminaba de ajustar el barbuquejo del casco de fibra de cristal. Se lo puso, visiblemente enfurruñado.
—¡Te da en la nariz que va a haber jaleo! —Andy agitó la cabeza—. Tienes un olfato maravilloso. Nos han reunido a todos, patrulleros y detectives, como tropas de choque. Nos han proporcionado cascos y material antidisturbios a las siete de la mañana, nos han encerrado aquí sin darnos ninguna orden... y te da en la nariz que va a haber jaleo. ¿Cuál es tu secreto, Steve?
—Un talento natural —dijo plácidamente el obeso detective.
—¡Presten atención! —gritó el capitán. Las voces y el arrastrar de pies se apagaron, y los hombres quedaron silenciosos, mirando con expectación hacia el extremo más alejado de la gran sala donde se encontraba el capitán—. Hoy tendremos un trabajo especial —continuó este—, y el Detective Dwyer, de la Brigada del Cuartel General, se lo explicará a ustedes.
Se oyeron unos apagados murmullos mientras los hombres de las últimas filas trataban de ver más allá de los compañeros situados delante de ellos. Los de la Brigada del Cuartel General eran especialistas en la represión de disturbios, tenían su sede en Centre Street y recibían órdenes directamente del Inspector de Detectives Ross.
—¿Pueden oírme todos? —inquirió Dwyer, y luego se encaramó a una silla. Era un hombre robusto, con la barbilla y el arrugado cuello de un bulldog y una voz de bajo ligeramente ronca—. ¿Están cerradas las puertas, capitán? —preguntó—. Lo que tengo que decir es únicamente para esos hombres.
El capitán asintió, y Dwyer se encaró con los hileras de patrulleros uniformados y detectives vestidos de gris.
—Esta noche habrán muerto un par de centenares, o quizás un par de miles de personas de esta ciudad –dijo—. Su tarea va a consistir en que esa cifra sea lo más baja posible. Cuando salgan de aquí deben de hacerlo con la idea de que hoy se van a producir motines y algaradas, y de que cuando antes acaben con ellos más fáciles van a resultar las cosas para todos. Los almacenes de la Beneficencia no abrirán hoy, y no se suministrará ningún alimento durante tres días, como mínimo.
Su voz se elevó por encima de los repentinos murmullos.
—¡Silencio! —gritó—. ¿Qué son ustedes... oficiales de policía o un rebaño de viejas? Les hablo sin tapujos a fin de que puedan estar preparados para lo peor. ¿O prefieren que les dore la píldora?
Se hizo un silencio absoluto.
—De acuerdo. El problema se ha estado cociendo desde hace días, pero no podíamos actuar hasta que supiéramos el terreno que pisábamos. Ahora lo sabemos. La ciudad ha permanecido tranquila, recibiendo raciones completas de alimentos, pero ahora los almacenes están casi vacíos. Vamos a cerrarlos, estableceremos un balance de existencias y volveremos a abrirlos dentro de tres días. Con una ración más pequeña... y esto es materia reservada y no deben repetirlo a nadie. Las raciones seguirán siendo pequeñas durante el resto del invierno, no olviden eso, oigan lo que oigan en sentido contrario. La causa inmediata de la escasez en este momento es aquel accidente en la línea principal al norte de Albany, pero eso sólo es parte del problema. El grano empezará a llegar de nuevo... pero no será suficiente Tuvimos un profesor de Columbia en Centre Street para explicarnos la situación a fin de que pudiéramos decidir las medidas a adoptar, pero ahora no disponemos de tiempo para hablar de tecnicismos. Me limitaré a un breve resumen.
"La pasada primavera hubo una escasez de abonos, lo cual significa que la cosecha no fue tan buena como se esperaba. Se produjeron tormentas e inundaciones. La Zona de Sequía sigue creciendo. Y las plantaciones de soja se vieron dañadas por un insecticida. Todos ustedes lo saben igual que yo, puesto que se informó al público a través de la televisión. Es decir, se han acumulado un montón de pequeños factores hasta crear un gran problema. Se han producido también algunos errores por parte de la Junta de Planeamiento de Alimentación que asesora al Presidente, y verán ustedes algunas caras nuevas allí. De modo que todo el mundo va a tener que apretarse un poco el cinturón. Habrá lo suficiente para todos mientras logremos mantener la ley y el orden. No necesito decirles lo que ocurriría si tuviéramos verdaderos motines, incendios, algaradas realmente graves. No podemos contar con ninguna ayuda exterior, porque el Ejército tiene otras muchas cosas que reclaman su atención. La tarea correrá a cargo de ustedes, a pie, ya que no queda un solo helicóptero en condiciones de funcionar: todos están averiados y no hay piezas de recambio. De manera que treinta y cinco millones de personas dependen de nosotros. Si no quieren que se mueran de hambre... cumplan con su obligación. Ahora... ¿alguna pregunta?
La atestada sala se llenó de susurros. Luego, un patrullero levantó la mano con gesto vacilante y Dwyer asintió con la cabeza, autorizándole a hablar.
—¿Qué hay respecto al agua, señor?
—Ese problema no tardará en quedar resuelto. Las reparaciones en el acueducto están casi terminadas, y el agua volverá a circular por él dentro de una semana. Pero seguirá habiendo racionamiento debido a la pérdida de agua subterránea de la Isla y al bajo nivel de los depósitos. Y eso me recuerda otra cosa. Lo hemos anunciado en la televisión y hemos situado todos los agentes que nos ha sido posible a lo largo de la orilla, pero la gente sigue bebiendo agua del río. No sé cómo pueden hacerlo: el maldito río es una cloaca abierta cuando llega aquí, y por si fuera poco penetra en él agua salada, del mar, pero la gente la bebe. Y ni siquiera la hierve, lo cual equivale a tomar veneno. Los hospitales se están llenando con casos de disentería, tifus y Dios sabe qué otras enfermedades, y eso va a empeorar antes de que termine el invierno. Hay listas de síntomas en los tableros de avisos de las comisarías, y quiero que se las aprendan de memoria y que mantengan los ojos bien abiertos, informando al Departamento de Sanidad de cualquier cosa que vean y actuando por su propia iniciativa cuando crean que la intervención del Departamento podría resultar tardía. Procuren mantener al día sus tarjetas de inmunización y no se preocupen, disponemos de todas las vacunas que puedan necesitar.
Ladeó la cabeza, tendiendo el oído hacia las filas más próximas, y frunció el ceño.
—Me ha parecido oír que alguien decía comisario político", pero es posible que me haya equivocado. Vamos a suponer que he oído mal, pero no es la primera vez que lo oigo, y también ustedes pueden volver a oírlo. De manera que vamos a aclarar una cosa. Ese nombre lo inventaron los comunistas, y tal como ellos lo utilizan significa un individuo que no vacila en engañar a la tropa para que actúe de acuerdo con la línea marcada por el Partido. Pero en este país no obramos así. Tal vez soy una especie de comisario político, pero hablo con ustedes de igual a igual, y les digo toda la verdad, de modo que puedan realizar su tarea sabiendo exactamente lo que hay que hacer. ¿Alguna pregunta más?
Su enorme cabeza giró de un lado a otro de la sala, y el silencio se prolongó; nadie iba a formular la pregunta, de manera que Andy levantó su mano de mala gana.
—¿Sí? —inquirió Dwyer.
—¿Qué hay respecto a los mercados, señor? —dijo Andy, y los rostros más próximos se volvieron hacia él—. Hay el zoco de la Plaza Madison, donde venden comida, y el mercado del Parque Gramercy.
—Esa es una buena pregunta, porque esos serán hoy los puntos más conflictivos. Muchos de ustedes estarán de servicio en esos mercados o cerca de ellos. Tendremos problemas en los almacenes cuando no abran, y habrá problemas en la Plaza de la Unión con los Ancianos... los cuales son siempre un problema. —Estas últimas palabras fueron acogidas con aduladoras risas de aprobación—. Las tiendas atrancarán sus puertas, ya nos hemos ocupado de eso, pero no podemos controlar los mercados del mismo modo. Los únicos alimentos en venta en esta ciudad estarán allí, y la gente no tardará en darse cuenta. Mantengan los ojos bien abiertos, y a la menor señal de disturbios intervengan con energía antes de que puedan extenderse. Disponen ustedes de porras y de bombas de gas: utilícenlas cuando tengan que hacerlo. Disponen también de revólveres, y será mejor que los conserven en sus fundas. El tirar a matar indiscriminadamente no haría más que empeorar las cosas.
No hubo más preguntas. El Detective Dwyer se marchó antes de que les asignaran sus puestos de servicio, y no volvieron a verle. La lluvia casi había cesado cuando salieron, pero había sido reemplazada por una espesa y fría neblina procedente de la bahía. Había dos camiones con cubiertas de lona esperando junto a la acera, y un viejo autobús de la ciudad que había sido pintado de color verde oscuro. La mitad de sus ventanillas estaban tapadas con tablas de madera.
—Depositen el importe del billete en el cajetín —dijo Steve mientras seguía a Andy dentro del autobús—. Me pregunto de dónde habrán sacado esta antigualla.
—Del Museo de la Ciudad —dijo Andy—. Del mismo lugar del que han sacado esas bombas antidisturbios. ¿Las has mirado?
—Las he contado, si te refieres a eso —dijo Steve, dejándose caer pesadamente sobre uno de los agrietados asientos de plástico al lado de Andy. Ambos tenían sus saquitos de bombas sobre sus regazos, de modo que hubiera espacio para sentarse. Andy abrió el suyo y sacó uno de los botes verdes.
—Lee eso –dijo—, si es que sabes leer.
—He estado en Delehanty's —gruñó Steve—. Sé leer irlandés tan bien como americano. Granada a presión... gas antidisturbios... MOA-397...
—La letra pequeña, debajo.
—"...precintada en el arsenal de St. Louis, abril de 1974". ¿Y qué? Este mejunje nunca envejece.
—Espero que no. Por lo que ha dicho nuestro comisario político, parece que hoy vamos a necesitarlas.
—No pasará nada. Hay demasiada humedad para que se produzcan jaleos.
El autobús se detuvo con una brusca sacudida en la esquina donde Broadway cruza la Plaza Worth, y el teniente Grassioli apuntó a Andy con el dedo pulgar y luego lo disparó hacia la puerta.
—Usted que está interesado en los mercados, Rusch, patrullará desde aquí hasta la Veintitrés. Y usted también, Kulozik.
Detrás de ellos, la puerta se cerró quejumbrosamente y el autobús prosiguió su lenta marcha a través de la multitud. Una multitud de ciudadanos que tropezaban y se empujaban unos a otros sin tener consciencia de ello, un mar de gente cambiando continuamente pero siempre idéntico. Alrededor de los dos detectives se formó naturalmente un remanso, dejando una pequeña zona de pavimento húmedo en medio de la muchedumbre. La policía nunca era popular, y unos policías con casco y provistos de porras antidisturbios de un metro de longitud rellenas de plomo eran evitados todavía más. El espacio vacío avanzó con ellos mientras cruzaban la Quinta Avenida hasta la Luz Eterna, ahora apagada debido a la escasez de combustible.
—Son casi las ocho —dijo Andy, vigilando continuamente a las personas que les rodeaban—. Esta es la hora en que suelen abrir los almacenes de la Beneficencia. Supongo que transmitirán el aviso por televisión al mismo tiempo.
Avanzaron lentamente hacia la Calle Veintitrés, andando por la calzada debido a que los tenderetes del zoco se habían extendido hasta cubrir la mayor parte de la acera.
—Punzones de troquelar, tengo los mejores punzones de troquelar —pregonó un comerciante mientras pasaban por delante de su tenderete, un hombre bajito casi perdido entre los deshilachados pliegues de un inmenso abrigo, proyectando su afeitada cabeza por encima del cuello de la prenda como la de un buitre de un collarín de plumas desgreñadas. Se frotó su goteante nariz con los nudillos y siguió canturreando—: Compre punzones de troquelar aquí, oficial, los mejores, lo troquelan todo, tazones, cacerolas, escudillas, orinales, cualquier cosa...
Los dos detectives pasaron de largo.
A las nueve había una sensación distinta en el aire, una tensión que no había estado allí antes. La multitud parecía tener una voz más sonora y removerse más aprisa, como agua a punto de hervir. Cuando los detectives pasaron de nuevo por delante del tenderete de los punzones de troquelar vieron que la mayor parte del género no estaba ya a la vista, y que los pocos punzones que quedaban sobre el mostrador estaban oxidados y no podían tentar a ningún ladrón. Su propietario permanecía agachado entre ellos sin pregonar ya su mercancía, moviendo únicamente sus agresivos ojos.
—¿Has oído eso? —preguntó Andy, y ambos se volvieron hacia el mercado. Por encima del creciente zumbido de voces habla resonado un grito furioso, seguido de otros—. Vamos a echar una mirada —añadió Andy abriéndose camino por uno de los estrechos senderos que discurrían a través del mercado.
Una multitud vociferante estaba sólidamente instalada entre los tenderetes y los carritos de mano, y sólo se removió sin apartarse a un lado cuando los dos detectives hicieron sonar sus silbatos. Las porras dieron mejor resultado, golpeando las barricadas de tobillos y piernas hasta que abrieron un pasillo para ellos, de mala gana. En el centro de la muchedumbre había tres tenderetes dedicados a la venta de galleta desmigajada, uno de ellos patas arriba, con bolsas de migajas esparcidas por el suelo.
—¡Han subido el precio! —gritó una arpía de rostro delgado—. Eso va contra la ley. Piden el doble de las migajas.
—Ninguna ley nos prohibe pedir lo que nos dé la gana —replicó el dueño de uno de los tenderetes, despejando la zona delante de él con una vieja barra de conexión que agitaba salvajemente. Estaba dispuesto a defender con su vida sus existencias de migajas de galleta. Migajas de galleta, el alimento más barato y más insípido consumido nunca por el hombre.
—¡No tenéis ningún derecho, esos precios son ilegales! —gritó un hombre, y la multitud asintió con un aullido.
Andy hizo sonar su silbato.
—¡Calma! —gritó por encima de la voz de la muchedumbre—. Yo arreglaré esto, pero conserven la calma. —Steve se irguió y se enfrentó con la enfurecida multitud, haciendo oscilar su porra delante de él, mientras Andy se volvía hacia el dueño del tenderete y hablaba en voz baja—. No sea estúpido. Pida un precio razonable y venda sus existencias...
—Puedo pedir el precio que me dé la gana. No hay ninguna ley.. —empezó a protestar el hombre, pero se interrumpió cuando Andy golpeó con su porra el lado del tenderete.
—Es cierto... no hay ninguna ley que le impida perderlo todo, incluida su estúpida cabeza. Fije un precio y
venda, porque si no lo hace voy a marcharme de aquí y dejar que esa gente haga lo que quiera.
—Tiene razón, Al —dijo el dueño del tenderete contiguo, que se había acercado para escuchar a Andy—. Vamos a venderlo todo y marcharnos de aquí, porque si no lo hacemos nos quedaremos sin nada. Yo voy a rebajar el precio.
—¡Estás loco... piensa en el dinero! —protestó Al.
—¡Y un cuerno! Pienso en el agujero en mi cabeza si no lo hacemos. Voy a vender.
El griterío iba en aumento, pero en cuanto los vendedores empezaron a despachar su mercancía a un precio más bajo hubo bastante gente que deseaba comprar, de modo que la unidad de la multitud se rompió. Podían oírse otros gritos, procedentes del lado de la Plaza que daba a la Quinta Avenida.
—Esto ha quedado resuelto —dijo Steve—. Vámonos de aquí.
Ahora, la mayoría de los tenderetes estaban cerrados, y entre ellos habían espacios vacíos donde los propietarios de carritos de mano habían dejado de vender y se habían marchado. Una mujer harapienta estaba caída, sollozando, entre los restos de su tenderete, con sus existencias de habas cocidas aplastadas por el suelo a su alrededor.
—Asquerosos polizontes —tartamudeó cuando pasaron los dos detectives—. ¿Por qué no hacen algo, por qué no les mantienen a raya? Asquerosos polizontes —repitió.
Se alejaron sin mirarla en dirección a la Quinta Avenida. Les costó Dios y ayuda abrirse paso entre el remolino de gente.
—¿Oyes eso, procedente del norte? —preguntó Steve—. Suena como cantos o gritos.
La corriente humana parecía seguir ahora una dirección predeterminada, en un movimiento más unitario que avanzaba hacia la parte alta de la ciudad. A cada instante, el canto de la masa se hacía más ruidoso, contrapunteado por el sonido estridente de una voz amplificada:
"Dos, cuatro, seis, ocho: las raciones de la Beneficencia llegan demasiado tarde.
Tres, cinco, siete, nueve: los medicamentos se retrasan todavía más
."
—Son los Ancianos —dijo Andy—. Están marchando de nuevo sobre la Plaza Times.
—Han escogido el mejor día para hacerlo: hoy está ocurriendo todo.
Mientras la multitud se apretujaba en las aceras aparecieron los primeros manifestantes, precedidos por media docena de patrulleros uniformados que hacían oscilar sus porras en desenvueltos arcos delante de ellos. Seguía la primera oleada de la legión de los ancianos, un grupo de hombres de cabellos grises o más o menos calvos encabezado por Kid Reeves. Cojeaba un poco al andar, pero marchaba al frente, portando un voluminoso megáfono que funcionaba con una batería: una trompeta de metal gris con un micrófono en el lugar correspondiente a la boquilla. Lo acercó a sus labios, y su voz amplificada retumbó por encima del griterío de la multitud.
—"Todos los que estáis en las aceras, marchad con nosotros. Uníos a esta protesta, levantad vuestras voces. No estamos manifestándonos únicamente por nosotros mismos, sino también por todos vosotros. Si sois ciudadanos de cierta edad estáis con nosotros en vuestros corazones, porque nos manifestamos para ayudaros. Si sois más jóvenes tenéis que saber que nos manifestamos para ayudar a vuestros padres, para obtener la ayuda que vosotros mismos necesitaréis algún día..."
Había gente que estaba siendo empujada desde la desembocadura de la Calle Veinticuatro, impulsada a través del camino de los manifestantes, mirando hacia atrás por encima de sus hombros mientras la presión de la multitud tras ellos les obligaba a avanzar. La marcha de los Ancianos se ralentizó un poco, hasta que se paró del todo en una maraña de cuerpos. Unos silbatos de la policía resonaron estridentemente a lo lejos, y los patrulleros que habían estado marchando al frente de los Ancianos lucharon inútilmente para interrumpir el avance, pero fueron desbordados y tragados en unos instantes, y la estrecha salida de la Calle Veinticuatro vomitó una estampida de figuras que corrían. Se incrustaron en la multitud y se fusionaron con la guardia de avanzada de los Ancianos.
—"¡Alto, alto!", retumbó el grito amplificado de Reeves. "Estáis obstaculizando esta marcha, una marcha legal...
Los recién llegados cargaron contra él y un hombre robusto, con un lado de la cabeza manchado de sangre, alargó una mano hacia el megáfono.
—¡Dame eso! —ordenó, y sus palabras quedaron amplificadas y mezcladas con las de Reeves en estruendosa confusión.
Andy podía ver claramente lo que estaba ocurriendo, pero no podía hacer nada para evitarlo, dado que la muchedumbre le había separado de Steve y le empujaba hacia atrás contra la temblequeante hilera de tenderetes.
—¡Dame eso! —aulló de nuevo la voz, seguida de un grito de Reeves mientras el megáfono era arrancado violentamente de sus manos.
—"¡Están tratando de matarnos de hambre!", martilleó a través de la multitud el amplificado sonido; rostros pálidos se volvieron hacia él. "El almacén de la Beneficencia está lleno de comida, pero lo han cerrado y no nos dan nada. ¡Vamos a abrirlo y a sacar la comida! ¡Vamos a abrirlo!"
La multitud rugió su asentimiento y refluyó hacia la Calle Veinticuatro, atropellando a los Ancianos y derribando a muchos de ellos al suelo, estimulada por la rencorosa voz. La multitud estaba abocada al desenfreno, y el desenfreno se convertiría en motín si la muchedumbre no era contenida. Andy golpeó con su porra a las personas más próximas para abrirse paso a través de ellas, tratando de acercarse al hombre del megáfono a fin de hacerle callar. Un grupo de Ancianos había entrelazado sus brazos en torno a su jefe herido, Reeves, que estaba gritando algo sin que pudiera oírsele, sujetando su antebrazo derecho con su mano izquierda para protegerlo; colgaba, en un extraño ángulo, fracturado. Andy trató de avanzar pero comprendió que no lograría su propósito de atravesar aquella marea humana.
—"...guardándose la comida para ellos. ¿Conocéis a algún polizonte que esté desnutrido? ¡Y los políticos se están comiendo lo que nos corresponde y no les importa si nos morimos de hambre!"
La estruendosa voz empujaba a la multitud más y más cerca del motín. Mucha gente, principalmente ancianos, había caído ya y había sido pisoteada. Andy abrió su bolsa y sacó una de las bombas antidisturbios. Estaban sincronizadas para estallar y soltar sus nubes de gas tres segundos después de haber tirado del seguro. Andy tiró de la anilla y lanzó la bomba apuntando al hombre del megáfono. La lata verde trazó un amplio arco en el aire y cayó muy cerca del objetivo. Pero no estalló.
—"¡Bombas!", aulló la voz del hombre en el megáfono. "Los polizontes tratan de matarnos para que no consigamos esa comida. ¡No podrán detenernos! ¡Vamos a por ella! ¡Bombas!"
Andy blasfemó y sacó otra granada de gas. Esta tendría que funcionar mejor, la primera sólo había servido para empeorar las cosas. Empujó a las personas más próximas con su porra a fin de disponer de espacio suficiente para maniobrar, tiró de la anilla, y contó hasta dos antes de lanzar la granada.
La lata estalló con un sordo estampido casi encima del hombre del megáfono robado, cortando en seco su perorata bajo el efecto de la violenta náusea. La multitud reaccionó inmediatamente, perdida su unidad de propósitos mientras la gente trataba de escapar de la nube de vapor, cegada por el gas lacrimógeno, con los intestinos retorcidos por los regurgitantes. Andy sacó la máscara antigás y se la colocó rápidamente, repitiendo de un modo casi maquinal los movimientos aprendidos en el cursillo de instrucción. Su casco quedó colgado por el barbuquejo de su brazo izquierdo, mientras utilizaba las dos manos, con los pulgares hacia dentro, para sacudir la máscara y liberar las gomas sujetadoras. Conteniendo la respiración, introdujo su barbilla en la mascara y, con un solo y rápido movimiento, pasó por encima de su cabeza las gomas sujetadoras. Luego, con la palma de la mano derecha empotró contra su boca la válvula de escape mientras expulsaba violentamente el aire de sus pulmones, con lo cual empujó los lados vibrantes de la máscara eliminando cualquier rastro de gas. Mientras realizaba esta operación, utilizó su mano libre para volver a ponerse el casco. Aunque la operación de colocarse la máscara no había durado más de tres segundos, la escena delante de él había cambiado espectacularmente. La gente huía en todas direcciones, tratando de escapar de la nube de gas que se extendía en una tenue neblina sobre una zona cada vez mayor de la calzada. Los únicos que quedaban estaban tendidos en el suelo o doblados sobre si mismos, afectados de violentos vómitos. Era un gas muy potente. Andy corrió hacia el hombre que habla agarrado el megáfono. Estaba de rodillas, sentado sobre sus talones, cegado y salpicado por sus propios vómitos, pero agarrando todavía el megáfono y maldiciendo entre dolorosos espasmos. Andy trató de arrancárselo, pero el hombre luchó obstinadamente, aferrándolo como si le fuera la vida en conservarlo, hasta que Andy se vio obligado a golpearle en la base del cráneo con su porra. El hombre se desplomó sobre el manchado pavimento y Andy se apoderó del megáfono.
Esta era la parte más difícil. Rascó el micrófono con el dedo Indice y sonó un repiqueteo amplificado:
el aparato seguía funcionando. Andy aspiró profundamente, llenando sus pulmones contra la resistencia de los filtros de la caja, y luego se arrancó la máscara.
—Habla la policía —dijo, y unos rostros se volvieron hacia su voz amplificada—. La situación se ha normalizado. Hagan el favor de dispersarse, regresen a sus hogares sin provocar más problemas, la situación se ha normalizado. No habrá más gases si se dispersan en paz. —Se produjo un cambio en el sonido de la multitud cuando oyeron la palabra "gases", y la fuerza de su movimiento empezó a cambiar. Andy luchó contra la náusea que se aferraba a su garganta—. La policía se ha hecho cargo de la situación, que vuelve a ser normal...
Tapó el micrófono con la mano para silenciarlo mientras se doblaba sobre sí mismo y vomitaba.


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