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SEGUNDA PARTE I
—Todo el mundo dice que este octubre es muy frío, y por mi parte no recuerdo ninguno tan frío como éste. Y la lluvia también, nunca cae bastante agua para llenar el depósito o algún cacharro, pero sí la suficiente para mojarla a una y hacerle sentir más el frío. ¿No es cierto?
Shirl asintió, apenas escuchando las palabras, pero consciente, por el cambio de entonación de la voz de la mujer, de que acababa de formularle una pregunta. La cola se movió hacia adelante y Shirl arrastró los pies unos cuantos pasos detrás de la mujer que había estado hablando: un informe rebujo de ropas de abrigo cubierto con un viejo impermeable de plástico con una cuerda atada alrededor de la cintura, de modo que la mujer parecía un saco apelmazado. Y no es que yo tenga mucho mejor aspecto, pensó Shirl, empujando hacia adelante el trozo de manta con el que se cubría la cabeza para protegerla de la persistente llovizna. Faltaba poco ya, sólo había unas cuantas docenas de personas delante, pero había pasado en la cola mucho más tiempo del que había supuesto; empezaba a oscurecer. Una luz se encendió sobre el camión cisterna, haciendo brillar sus negros costados e iluminando la cortina de lluvia que caía lentamente. La cola volvió a avanzar, y la mujer que precedía a Shirl se movió hacia adelante tirando de la mano de un niño, un pequeño bulto tan abrigado y tan desprovisto de forma como su madre, con el rostro tapado con una especie de chal, que no cesaba de gimotear.
—Cállate de una vez —dijo la mujer. Se volvió hacia Shirl, un rostro abotargado y enrojecido en torno a la oscura abertura de una boca casi desdentada—. Está llorando porque ha ido a la consulta del médico, cree que está enfermo, pero sólo es el kwash. —Alzó la hinchada mano del niño—. Cuando se hinchan así y les salen las manchas negras en las rodillas, no falla. Tuve que hacer cola dos semanas en la clínica Bellevue para ver a un médico que me dijo lo que ya sabía. Pero es la única manera de conseguir que le firmen a una el volante para una ración suplementaria de manteca de cacao. A mi viejo le gusta mucho. Usted vive en mi manzana, ¿no es cierto? Creo que la he visto allí...
—En la Calle Veintiséis —dijo Shirl, desenroscando el tapón de la lata y guardándolo en el bolsillo de su abrigo. Sintió un escalofrío, y se convenció de que estaba pillando un resfriado.
—Eso es, sabía que era usted. Cuando termine de llenar su lata podemos regresar juntas. Se está haciendo muy tarde, y hay un montón de granujas dispuestos a robarle a una el agua para venderla. La señora Ramírez, de mi edificio, tiene muy mal carácter, pero no es mala persona, ¿sabe? Su familia vive allí desde la Segunda Guerra Mundial... Pues bien, le pusieron un ojo a la funerala y tan hinchado que no puede ver nada con él, y además le hicieron saltar dos dientes. Un gamberro la golpeó con una porra y le robó el agua.
—Sí, iré con usted, es una buena idea —dijo Shirl, sintiéndose repentinamente muy sola.
—Cartillas —dijo el patrullero, y Shirl le entregó las tres cartillas de la Beneficencia; la de Andy, la de Sol y la suya. El patrullero las examinó acercándolas a la luz y luego se las devolvió—. Seis litros —le gritó al hombre de la válvula.
—No ha echado bien la cuenta —protestó Shirl.
—La ración ha sido reducida, señora. Vamos, muévase, hay mucha gente esperando.
Shirl sostuvo en alto la lata y el hombre de la válvula introdujo en ella el extremo de una larga manguera y abrió el grifo para volver a cerrarlo casi inmediatamente.
—El siguiente —gritó.
La lata gorgoteaba cuando Shirl echó a andar, y era trágicamente ligera. La mujer la estaba esperando con el niño cogido de una mano y sosteniendo en la otra una lata de petróleo de veinte litros que parecía casi llena. Su familia debía ser muy numerosa.
—Vamos —dijo la mujer, arrastrando al niño, que no había cesado de gimotear.
Cuando salían de la Doceava Avenida, paralela a la vía férrea, la lluvia arreció, haciendo más intensa la oscuridad. Aquí, los edificios eran en su mayoría antiguos almacenes y fábricas de sólidas paredes que protegían a los inquilinos ocultos en su interior. Las aceras estaban mojadas y vacías. El farol más próximo se encontraba a una manzana de distancia.
—Mi marido me echará una bronca por llegar a casa tan tarde —dijo la mujer mientras doblaban la esquina.
Dos figuras bloquearon la acera delante de ellas.
—Queremos el agua —dijo la más próxima, y la lejana luz se reflejó en el cuchillo que empuñaba.
—¡No, por favor, no! —suplicó la mujer, ocultando la lata detrás de su cuerpo.
Shirl, por su parte, se aplastó contra la pared y vio, cuando los asaltantes se adelantaron, que eran muy jóvenes, entre los quince y los diecisiete años. Pero tenían un cuchillo.
—¡El agua! —exigió el primero, amenazando a la mujer con la navaja.
—¡Tómala! —gritó la mujer, balanceando la lata como un peso en el extremo de su brazo. Antes de que el muchacho pudiera esquivarla, la lata le alcanzó de lleno en un lado de la cabeza, derribándole al suelo, aullando. La navaja voló de sus dedos—. ¿Tú también quieres un poco? —añadió la mujer, avanzando hacia el otro muchacho, que estaba desarmado.
—No, yo no quiero jaleos —tartamudeó este, retrocediendo. Cuando la mujer se inclinó a recoger el cuchillo caído, el muchacho logró levantar a su compañero del suelo y se lo llevó medio a rastras doblando la esquina. Todo había sucedido con increíble rapidez, y durante aquellos segundos Shirl no había despegado su espalda de la pared, temblando de miedo.
—De vez en cuando reciben una sorpresa —galleó la mujer, levantando el cuchillo en alto para admirarlo—. Yo puedo usar esto mejor que ellos. No son más que unos chiquillos, pero si una se acoquina pueden resultar peligrosos.
Parecía excitada y feliz. Ni por un momento había soltado la mano del chiquillo, cuyos gimoteos se habían hecho más ruidosos.
No tuvieron más tropiezos, y la mujer acompañó a Shirl hasta la misma puerta de su edificio.
—Muchísimas gracias —dijo Shirl—. No sé lo que habría hecho...
—No tiene importancia —cloqueó la mujer, resplandeciendo literalmente de satisfacción—. ¡Ya ha visto lo que he hecho con él... y quien tiene ahora el cuchillo! —y la mujer se alejó, muy erguida, con la pesada lata en una mano y el niño en la otra. Shirl entró en el portal.
—¿Dónde has estado? —preguntó Andy cuando Shirl entró en el cuarto—. Estaba empezando a preguntarme qué te había ocurrido.
Hacia calor en la habitación, con un leve olor a humo de pescado, y Andy y Sol estaban sentados a la mesa con un vaso en la mano.
—La cola del agua tenía más de una manzana de longitud —dijo Shirl—. Sólo me han dado seis litros, han vuelto a rebajar la ración.
Al ver el ceño enfurruñado de Andy decidió no hablarle de lo que había sucedido en el camino de regreso. Se enfurecería aún más, y Shirl no quería estropear aquella cena.
—Eso es realmente maravilloso —dijo Andy en tono sarcástico—. La ración era ya demasiado pequeña... de modo que ahora la han rebajado todavía más. Será mejor que te quites esas ropas mojadas, Shirl, y Sol te servirá un Gibson. Su vermouth casero ha madurado y yo he comprado un poco de vodka.
—Bebe —dijo Sol, tendiéndole el vaso helado—. He preparado una sopa con ese nuevo invento del ener-G, es de la única manera que puede comerse, y debe estar casi a punto. Eso será el primer plato, antes de... —terminó la frase haciendo un gesto con la cabeza en dirección al refrigerador.
—¿Qué pasa? —preguntó Andy—. ¿Un secreto?
—Ningún secreto —dijo Shirl, abriendo el refrigerador—; una simple sorpresa. He comprado eso en el mercado, esta mañana, una para cada uno de nosotros—. Sacó un plato con tres pequeñas empanadas de harina de soja y de lentejas—. Son las nuevas, las que anuncian en la televisión, con sabor a carne ahumada.
—Te habrán costado una fortuna —dijo Andy—. Ya me veo sin comida durante el resto del mes.
—No son tan caras como supones. De cualquier modo, las he comprado con dinero mío, y no del presupuesto.
—Eso no cambia las cosas, el dinero es dinero. Probablemente podríamos vivir una semana con lo que ha costado eso.
—La sopa está a punto —dijo Sol, colocando los platos sobre la mesa.
Shirl tenía un nudo en la garganta y no pudo decir nada; se sentó, contempló su plato y trató de no llorar.
—Lo siento —dijo Andy—. Pero ya sabes cómo están subiendo los precios... no podemos permitirnos ningún lujo. Ahora ha subido el impuesto de utilidades hasta el ochenta por ciento, debido al aumento del presupuesto de la Beneficencia, de manera que este invierno va a ser muy duro. No creas que no lo aprecio...
—Si lo aprecias, ¿por qué no te callas de una vez y te comes la sopa? —dijo Sol.
—No te metas en esto, Sol —dijo Andy.
—Dejaré de meterme cuando tú dejes de provocar discusiones en mi cuarto. Tengamos la fiesta en paz y no estropeemos una cena tan agradable como esta.
Andy abrió la boca para replicar, pero cambió de idea. Alargó el brazo y cogió la mano de Shirl.
—Será una buena cena —dijo—. Vamos a disfrutarla.
—No tan buena —dijo Sol, frunciendo los labios sobre una cucharada de sopa—. Ya verás cuando pruebes esto. Pero las empanadas nos quitarán el mal sabor de la boca.
Se produjo un breve silencio mientras comían la sopa, hasta que Sol empezó una de sus historias del Ejército acerca de Nueva Orleans, y era tan imposible que tuvieron que reírse, y a partir de aquel momento las cosas marcharon mucho mejor. Sol repartió el resto de los Gibsons mientras Shirl servía las empanadas.
—Si estuviera bastante borracho, esto casi me sabría a carne —anunció Sol, masticando alegremente.
—Son buenas —dijo Shirl, y Andy asintió.
Shirl terminó rápidamente con su empanada, rebañó el plato con un trozo de galleta y apuró el contenido de su vaso. Lo ocurrido en el camino de regreso a casa con el agua parecía ya muy lejano. ¿Qué era lo que la mujer había dicho que tenía su hijo?
—¿Sabes lo que significa la palabra kwash? —preguntó.
Andy se encogió de hombros.
—Algún tipo de enfermedad, es lo único que sé. ¿Por qué lo preguntas?
—Había una mujer delante de mi en la cola del agua. Y llevaba de la mano a un niño que padecía esa clase de enfermedad, ese kwash. Pensé que no tenía que haberle sacado a la calle lloviendo como llovía. Y me he estado preguntando si sería algo contagioso.
—Puedes dormir tranquila —intervino Sol—. "Kwash" es una contracción de "kwashiorkor". Si en interés de la buena salud contemplaras los programas médicos como hago yo, o abrieras un libro, sabrías que no existe ningún peligro de contagio, ya que se trata de una enfermedad carencial como el beriberi.
—Es la primera vez que oigo ese nombre —confesó Shirl.
—Ahora es poco corriente, pero en cambio abunda el kwash. Es causado por una dieta muy pobre en proteínas. Antes sólo la padecían en Africa, pero ahora se ha extendido por todos los Estados Unidos. Parece increíble, pero no hay carne, las legumbres son demasiado caras, de modo que las madres crían a sus hijos a base de galletas y otros productos baratos, que carecen de proteínas...
La bombilla parpadeó y luego se apagó. Sol cruzó la habitación a tientas y encontró un interruptor entre el laberinto de cables encima del refrigerador. Se encendió una pequeña bombilla, conectada a sus baterías.
—Necesitan una carga —dijo—, pero puede esperar hasta mañana. No hay que hacer ejercicio después de comer, es malo para la circulación y la digestión.
—Me alegro mucho de que esté aquí, doctor —dijo Andy—. Necesito consejo médico. Verá, me ocurre lo siguiente: todo lo que como va a parar a mi estómago...
—Muy gracioso, señor Juicioso. Shirl, no comprendo cómo puedes soportar a este bromista.
Todos se sintieron mucho mejor después de la cena, y conversaron un buen rato, hasta que Sol anunció que iba a apagar la luz para ahorrar el jugo de las baterías. Los pequeños ladrillos de carbón de mar se habían convertido en cenizas y el cuarto se estaba enfriando. Se dieron las buenas noches y Andy se adelantó a Shirl para coger su linterna; su habitación estaba más fría aún que la otra.
—Voy a acostarme —dijo Shirl—. No estoy realmente cansada, pero es la única manera de no pasar frío.
Andy pulsó inútilmente el interruptor de la luz.
—La corriente está cortada y tengo que hacer varias cosas. ¿Qué pasa? Hace una semana que no tenemos electricidad por la noche.
—Deja que me meta en la cama y te haré luz con la linterna. ¿Te parece bien?
—Desde luego.
Andy abrió su cuaderno de notas encima del tocador, colocó uno de los formularios lavables junto al cuaderno y empezó a copiar datos. Con la mano izquierda apretaba lenta y regularmente la palanca de la linterna a fin de producir una iluminación constante. La ciudad estaba silenciosa esta noche con la gente ahuyentada de las calles por el frío y la lluvia; el zumbido del diminuto generador y el ocasional rasgueo de la estilográfica sobre el plástico resultaban anormalmente ruidosos. La linterna proyectaba una claridad suficiente para que Shirl pudiera desvestirse. Un escalofrío recorrió su cuerpo al quedarse desnuda y se puso rápidamente su pijama de invierno, un par de calcetines muy zurcidos que utilizaba para dormir, y finalmente un grueso jersey. Las sábanas estaban frías y húmedas, no habían sido cambiadas desde que empezó a escasear el agua, aunque Shirl procuraba airearlas tan a menudo como podía.
—¿Qué estás escribiendo? —preguntó.
—Todos los datos que tengo sobre Billy Chung, todavía siguen apremiándome para que le encuentre: es la cosa más absurda del mundo. —Soltó la estilográfica y empezó a pasear furiosamente de un lado a otro, con la linterna en la mano proyectando sombras retorcidas a través del techo—. Desde que O'Brien fue asesinado, se han producido dos docenas de asesinatos en nuestro distrito. Detuvimos a un asesino mientras su esposa estaba aún en plena agonía... pero todos los otros asesinatos han sido olvidados casi el mismo día en que se produjeron. ¿Por qué ha de ser tan importante el caso de Big Mike? Nadie parece saberlo... pero siguen reclamando informes. Y se supone que al terminar mi servicio normal debo buscar al muchacho. Esta noche tendría que estar en la calle, corriendo detrás de otra falsa confidencia, pero no voy a hacerlo, aunque signifique tener que exponerme mañana a las iras de Grassy. ¿ Sabes cuántas horas he dormido últimamente?
—Lo sé —murmuró Shirl.
—Un par de horas por noche... en el mejor de los casos. Bueno, esta noche voy a aprovecharme. Tengo que entrar de servicio a las siete de la mañana, ya que está anunciada otra manifestación de protesta en la Plaza de la Unión, de modo que ni siquiera esta noche podré hartarme de dormir... —Dejó de pasear y le entregó la linterna a Shirl; la luz casi se apagó, pero volvió a brillar con toda su intensidad cuando Shirl empezó a apretar la palanca—. Yo estoy haciendo todo el ruido... pero tú eres realmente la única que debería quejarse, Shirl. Vivías mucho mejor antes de conocerme.
—Este otoño es malo para todo el mundo, nunca había visto nada igual. Primero el agua, ahora la escasez de combustible, no lo entiendo...
—No me refería a eso, Shirl... ¿Quieres iluminar este cajón? —Andy sacó una lata de aceite y su estuche de limpieza, esparciendo el contenido sobre un trapo en el suelo junto a la cama—. Es acerca de ti y de mí personalmente. Aquí no puedes disfrutar de las comodidades a las que estabas acostumbrada.
Shirl evitó mencionar su vida en común con Mike tan cuidadosamente como lo hacia Andy. Era algo de lo que nunca hablaban.
—Mi padre vive en una vecindad como esta —dijo—. Las cosas no son tan diferentes.
—No estoy hablando de eso —Andy se sentó en cuclillas, abrió su revólver y pasó el cepillo a través del cañón una y otra vez—. Cuando te marchaste de tu casa las cosas fueron mucho mejores para ti, lo sé. Eres bonita, mucho más que bonita, y pudiste escoger entre muchos hombres que seguramente bebían los vientos por ti.
Andy hablaba con lentitud, aparentemente concentrado en su tarea.
—Estoy aquí porque deseo estar aquí —dijo Shirl, expresando con palabras lo que Andy no había sido capaz de decir—. El ser atractiva hace las cosas más fáciles para una chica, lo sé, pero no lo resuelve todo. Quiero... no lo sé con exactitud... ser feliz, supongo. Tú me ayudaste cuando realmente necesitaba ayuda, y contigo lo pasé mejor de lo que lo había pasado en toda mi vida. Nunca te lo había dicho, pero estaba deseando que me pidieras que viniera aquí, por lo bien que lo habíamos pasado.
—¿Es ése el único motivo?
Nunca habían hablado de esto desde la noche que Andy le había pedido que viniera aquí, y ahora él deseaba saberlo todo acerca de los sentimientos de Shirl, sin revelar ninguno de los suyos.
—¿Por qué me pediste que viniera aquí, Andy? ¿Cuáles eran tus motivos? —inquirió Shirl, eludiendo su pregunta.
Andy volvió a colocar el cilindro en el revólver sin levantar la mirada y lo hizo girar con el pulgar.
—Me gustabas... me gustabas mucho. En realidad, si quieres saberlo —bajó la voz como si las palabras que iba a pronunciar fueran algo vergonzoso—, te amo.
Shirl no supo qué decir, y el silencio se prolongó. La dinamo de la linterna zumbó, y al otro lado del tabique rechinaron unos muelles y Sol gruñó en voz baja mientras se acostaba.
—¿Qué me dices de ti, Shirl? —inquirió Andy en voz muy baja, para que Sol no pudiera oírles. Por primera vez alzó su rostro y miró a Shirl.
—Yo... soy feliz aquí, Andy, y quiero estar aquí. No he pensado mucho en todo eso.
—¿Amor, matrimonio, hijos? ¿Has pensado en esas cosas? —Andy hablaba ahora en tono casi incisivo.
—Todas las muchachas piensan en esas cosas, pero...
—Pero no con un don nadie como yo, en una ratonera como esta, ¿es eso lo que quieres decir?
—No pongas palabras en mi boca, yo no he dicho eso, y si siquiera lo he pensado. No me quejo de nada... excepto quizá de lo prolongado de tus ausencias.
—Tengo que atender a mi trabajo.
—Lo sé... pero eso no impide que lamente no verte casi nunca. Creo que pasábamos mucho más tiempo juntos durante aquellas primeras semanas, después de conocernos. Era divertido.
—Gastar dinero siempre es divertido, pero la vida no puede ser una diversión continua.
—¿Por qué no? No quiero decir continuamente, pero sí de vez en cuando, o por las noches, e incluso un domingo... ¿Cuánto tiempo hace que no habíamos hablado como lo estamos haciendo ahora? No digo que la vida tenga que ser un continuo romance...
—Tengo mi trabajo. ¿Cuánto romance crees que habría en nuestras vidas si renunciara a él?
Shirl notó que unas lágrimas pugnaban por asomar a sus ojos.
—Por favor, Andy... No quiero discutir contigo, es lo último que desearía hacer. ¿No comprendes...?
—Lo comprendo perfectamente. Si fuera un hombre importante en el sindicato y me dedicara a traficar con muchachas y con marihuana y con LSD, las cosas podrían ser distintas. Pero no soy más que un modesto policía que trata de mantener la ley y el orden, en tanto que otros bastardos se dedican a alterarlos.
Andy introducía los proyectiles en el cilindro mientras hablaba, sin mirar a Shirl y sin ver las silenciosas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Shirl no había llorado en la mesa durante la cena, pero ahora no podía contener el llanto. El tiempo frío, el muchacho con la navaja, la escasez de agua... y ahora esto.
Cuando dejó la linterna en el suelo, la luz se amortiguó y casi se apagó al dejar de funcionar la palanca. Antes de que se reavivara en la mano de Andy, Shirl se había vuelto de cara a la pared y se había tapado la cabeza con las ropas de la cama.
Andy le gustaba, lo sabía... pero, ¿le amaba? Era algo que resultaba muy difícil de decidir teniendo en cuenta lo poco que le veía. ¿Por qué no lo comprendía Andy? Ella no trataba de ocultarle nada ni de evitar nada. Pero Andy apenas estaba a su lado, y ella pasaba su vida en este horrible cuarto, y cuando salía a la calle era para rozarse con personas como el muchacho de la navaja...
Shirl se mordió el labio rabiosamente, pero las lágrimas no cesaron de afluir a sus ojos.
Cuando Andy se acostó no dijo absolutamente nada, y Shirl no supo lo que ella podía decir. El calor del cuerpo de Andy resultaba muy agradable, aunque Shirl podía percibir el olor del aceite con el que Andy había engrasado el revólver: se le había pegado a las manos y no había podido eliminarlo del todo. Cuando Andy se acercó un poco más a ella Shirl se sintió mucho mejor.
Tocó su brazo y susurró "Andy", pero ya era demasiado tarde. Andy estaba profundamente dormido.
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