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XIV
Aunque los polizontes sabían quién era y andaban tras él, la suerte estaba de su parte... eso era lo que Billy Chung se decía continuamente a sí mismo. A veces lo olvidaba por unos instantes, y volvían los temblores, y tenía que empezar a pensar de nuevo en lo de la suerte. Los polizontes habían llegado cuando él estaba fuera del apartamento... ¿no era eso suerte? Y él había escapado sin ser visto, eso también era suerte. ¿Qué había tenido que dejarlo todo detrás? Se había puesto su pantalón corto, y precisamente el día anterior había cosido todo su dinero al pantalón, porque tenía miedo de perderlo si lo guardaba en el calzado. Tenía el dinero, y el dinero era lo único que realmente se necesitaba. Había corrido, pero pensando en lo que hacía y dirigiéndose en primer lugar al mercado de la Plaza Madison para despertar a uno de los tipos que dormían debajo de su tenderete y comprarse unas sandalias. Luego se dirigió hacia la parte baja de la ciudad, alejándose del distrito, andando con rapidez. Cuando abrieron los puntos de agua se había lavado un poco, luego compró una camisa usada en otro tenderete, y unas galletas, y se las comió mientras andaba. Todavía era temprano cuando llegó al Barrio Chino, pero las calles estaban ya llenándose de gente, y lo único que tuvo que hacer fue encontrar un lugar despejado con una pared, enroscarse y echarse a dormir.
Cuando despertó supo que no podía quedarse aquí, este sería el primer lugar que los polizontes recorrerían. Tenía que marcharse. Algunos de los residentes de la calle empezaban ya a dirigirle miradas suspicaces y Billy sabía que no tardarían ni un minuto en señalarle a los Detectives si se presentaban por aquí. En cierta ocasión había oído decir que en East Side vivían algunos chinos, y tomó aquella dirección. Si se quedaba demasiado tiempo en cualquier parte llamaría la atención, y mientras hiciera tanto calor el dormir no sería un problema. Al principio no había sido un plan consciente, pero al cabo de unos días descubrió que si se movía de un lado a otro mientras las calles estaban atestadas nadie le prestaba la menor atención, e incluso podía dormir durante el día, y también un poco por la noche si podía encontrar un lugar tranquilo. Nadie se fijaría en él mientras se detuviera en algún lugar en el que vivieran otros chinos. Se trasladaba de un lugar a otro y esto le mantenía ocupado, no dejándole demasiado tiempo para preocuparse por lo que iba a sucederle. Mientras tuviera dinero todo iría bien. Y luego... No le gustaba pensar en lo que sucedería luego, de modo que no lo hacía.
La tormenta le obligó a decidir que tenía que encontrar un lugar para ocultarse. Le había cogido de lleno y quedó empapado y al principio no resultaba desagradable, pero sólo al principio. Junto con otros millares de personas sin hogar había buscado protección debajo de las altas calzadas del Puente Williamsburg, y ni siquiera allí se estaba completamente a salvo debido a las rachas de viento que empujaban lateralmente la cortina de lluvia. Pasó toda la noche sin dormir, mojado y frío, y por la mañana trepó por la escalera hasta el puente en busca del sol. Delante de él la calzada se extendía sobre el río, y echó a andar a lo largo de ella para entrar en calor, cara al sol naciente. Nunca había subido a una altura semejante, y era algo completamente nuevo para él contemplar el río y la ciudad desde tan alto. Un carguero nuclear de color gris navegaba lentamente río arriba, y todo el tráfico de embarcaciones a vela y a remo lo dejaba atrás. Cuando miró hacia abajo, Billy tuvo que agarrarse fuertemente a la barandilla.
No tardó en darse cuenta de que estaba saliendo de Manhattan —por primera vez en su vida—, y de que lo único que tenía que hacer era mantenerse en movimiento y la policía no le encontraría nunca. Brooklyn se extendía delante de él, una dentada pared de extraños perfiles contra el cielo, un lugar aterrador y completamente nuevo. No sabía nada acerca de él... pero podía descubrirlo. A la policía no se le ocurriría la idea de buscarle tan lejos, ni en un centenar de años.
Una vez cruzado el puente, el temor de Billy fue diluyéndose: esto era igual que Manhattan, y lo único diferente eran las personas y las calles. Sus ropas estaban secas ahora y se sentía perfectamente, excepto que estaba cansado y tenía mucho sueño. Las calles se prolongaban interminablemente, ruidosas y atestadas de gente, y Billy avanzó al azar hasta que llegó a una alta pared que se extendía a lo largo de uno de los lados de la calzada y que parecía no tener fin. La siguió, preguntándose qué habría al otro lado, hasta que alcanzó una cerrada verja de hierro protegida en su parte superior por un herrumbroso alambre de espino a fin de que nadie pudiera trepar por ella. ARSENAL DE BROOKLYN — PROHIBIDO EL PASO, advertía un estropeado letrero. A través de los barrotes de la verja Billy podía ver un paisaje de edificios cerrados, cobertizos vacíos, montañas de hierros oxidados; piezas de barcos, colinas quebradas de hormigón y cascotes. Un tripudo guardián con uniforme gris paseaba por el interior: llevaba un pesado bastón, casi una y miró suspicazmente a Billy, que se apartó de la verja y echó a andar.
Aquello era algo. Tal vez un centenar de kilómetros de tierra deshabitada, cerrada y olvidada. Si lograba entrar allí sin que el guardián le viera, podía ocultarse para siempre en un lugar como aquel. Si había manera de entrar. Billy siguió andando a lo largo de la pared, hasta que la piedra y el cemento dieron paso a una valla de eslabones de cadena, herrumbrosa y colgante. Estaba protegida también por alambre de espino, pero éste aparecía arrancado a trechos. Era un trozo de calle en la que tampoco había muchas personas, sólo paredes de antiguos almacenes. No sería difícil pasar al otro lado de la valla.
Un minuto más tarde, mientras estudiaba la valla, Billy comprobó que no era el primero en haber tenido aquella idea. Se produjo un movimiento al otro lado, un hombre, no mucho mayor que él, se hizo visible, se paró un momento, mirando al exterior calle arriba y calle abajo para asegurarse de que no había nadie demasiado cerca, y luego se inclinó hacia la parte inferior de la valla y empujó un trozo de maltratado hormigón hasta colocarlo debajo de ella. Después, con una facilidad que demostraba que no era la primera vez que lo hacía, se arrastró por debajo de la valla, empujó el zoquete de hormigón de modo que la valla volviera a descender a la posición normal, se puso en pie y se alejó calle abajo.
Billy esperó hasta que el desconocido estuvo fuera de la vista, y luego se acercó al lugar por el que había aparecido. Una leve depresión había sido escarbada en suelo, poco profunda para no llamar la atención pero lo bastante profunda para arrastrarse por ella cuando la parte inferior de la valla era levantada. Billy empujo el hormigón como había hecho el otro, miró a su alrededor —nadie a la vista le estaba prestando atención— y se deslizó por debajo. Volvió a empujar el hormigón de modo que la valla cayera y echó a correr hacia el edificio más próximo.
Había algo atemorizador en todas aquellas hectáreas de vacío silencio; Billy no había estado nunca tan solo, sin nadie en alguna parte cerca de él. Echó a andar, ahora lentamente, pegado contra los ladrillos calentados por el sol del edificio, parándose y atisbando cautelosamente, cuando llegó a la esquina. Delante de él se extendía una amplia avenida sembrada de escombros. Se disponía a cruzarla cuando se produjo un movimiento al fondo de la calle y Billy se dejó caer al suelo, pegado a la pared, mientras un guardián con uniforme gris pasaba lentamente por el otro lado. Cuando desapareció, Billy echó a correr en dirección contraria, refugiándose en las sombras de las oxidadas vigas de acero de un dique flotante seco.
Avanzó de ruina en ruina, buscando algún refugio en el que pudiera deslizarse para ocultarse y dormir. Había otros guardianes por allí, pero resultaban fáciles de localizar, ya que permanecían en las avenidas más anchas y nunca se acercaban a los edificios. Si lograba descubrir la manera de introducirse en una de las estructuras cerradas estaría bastante a salvo de ser descubierto. Una de ellas tenía un aspecto prometedor, un edificio alargado y bajo con un techo derruido y ventanas sin cristales. Las paredes eran de tablas revestidas de amianto, y muchos de los paneles estaban rotos, y uno de ellos había sido casi completamente arrancado. Billy se acercó, miró al interior y sólo pudo ver oscuridad. El techo derruido se encontraba muy cerca del suelo, formando una oscura y silenciosa caverna. Justo lo que él necesitaba. Bostezó y se arrastró a través de la abertura.
El gran trozo de hierro le alcanzó en el costado, y Billy lanzó un grito de agonía.
La oscuridad se llenó de rojas lenguas de dolor mientras Billy retrocedía y salía de la abertura, apretándose el costado con una mano. Algo pesado hendió el aire muy cerca de su cabeza y se estrelló contra la pared, astillándola. Billy se puso en pie, alejándose de la entrada, pero nadie le siguió. No hubo más que silencio dentro de la negra abertura mientras Billy se alejaba con la mayor rapidez posible, apretándose el costado, mirando temerosamente hacia atrás. Cuando dobló una esquina y creyó que no podían verle, se detuvo y levantó su camisa para examinar la zona despellejada inmediatamente debajo de sus costillas, que estaba adquiriendo ya un color negro azulado. No parecía ser más que una fuerte magulladura pero le dolía mucho.
Necesitaba algo que le permitiera defenderse. No es que pensara regresar a aquel edificio —¡ni hablar!—, sino que en un lugar como este le haría falta algún tipo de arma. A su alrededor había trozos de hormigón, y recogió uno que encajaba en su mano y del que además sobresalía un trozo de oxidada varilla de hierro. A otras muchas personas debió ocurrírseles la idea de ocultarse aquí, tuvo que haberlo imaginado cuando vio al individuo que salía por debajo de la valla. Permanecían fuera de la vista de los guardianes, lo cual parecía bastante fácil. Y cuando encontraban un buen lugar para ocultarse se hacían dueños de él, alejando a cualquiera que se acercara por allí. Era posible que existiera una vía de acceso a cada uno de aquellos edificios... y alguien oculto en cada uno de ellos. Billy se estremeció al pensarlo y apretó su mano contra su dolorido costado mientras se alejaba del edificio. Tal vez debería marcharse de aquí ahora que aún podía hacerlo por su propio pie... Pero este era un lugar demasiado bueno para abandonarlo. Si encontraba un agujero para ocultarse sería perfecto, exactamente lo que él necesitaba. Tenía que buscar un poco más antes de renunciar. Y encontrar algo mejor que aquel trozo de hormigón para defenderse. Rebuscó mientras andaba y comprobó que, a pesar del desmoronado y ruinoso paisaje, no había nada suficientemente pequeño y manejable como para ser utilizado como un arma. Era como si otros muchos hubiesen pasado por aquí antes que él, buscando lo mismo. Agarrando con más fuerza el trozo de hormigón, avanzó cojeando.
Un poco más tarde quiso escapar de aquella selva de ruinas, pero se había extraviado y no logró encontrar la salida. El sol pegaba fuerte sobre su cabeza, rebotando en el agrietado pavimento a su alrededor. Avanzó a lo largo de la orilla de un vasto y silencioso dique seco, sucio y olvidado, un valle de silencio alfombrado de escombros, sintiéndose como un insecto arrastrándose a lo largo del borde del mundo. Más allá discurría el grasiento East River, separándole de las lejanas torres de Manhattan; el costado le dolía al respirar, y la soledad era un peso que deprimía sus hombros.
Un barco desmantelado reposaba sobre unos bloques a orillas del agua que no volvería a surcar, despellejado con sus oxidadas costillas al aire, como el esqueleto de un monstruo marino muerto. Pero la tarea de desmantelamiento no había sido completada; la parte posterior del barco estaba casi intacta, y parte de la cubierta de popa no había sido tocada. No había ninguna abertura al nivel del suelo, el barco había sido un petrolero y el mamparo transversal continuaba en su lugar, pero más arriba habían portañolas e incluso una puerta. No sería difícil trepar por el entramado, y Billy se preguntó si alguien había estado allí antes que él. Tal vez sí, tal vez no, no había modo de saberlo. Tenía que descansar, y el barco le recordaba su hogar. Tenía que encontrar algún refugio. El trepar con el trozo de hormigón en la mano hacía difícil la ascensión, pero Billy lo conservó.
Delante de la puerta de la camareta sólo quedaba un trozo de cubierta de bordes dentados y de muy poca anchura. Billy se arrastró hasta allí y se encaró con la abertura sin puerta de la cabina, sujetando con fuerza el trozo de hormigón.
—¿Hay alguien ahí? —inquirió, sin levantar demasiado la voz. Las aberturas circulares que en otro tiempo habían contenido portañolas proyectaban rayos de luz al interior, brillantes manchas luminosas que hacían mas intensa la oscuridad circundante—. Hola —insistió Billy, pero no obtuvo ninguna respuesta, sólo silencio.
De mala gana, avanzó a través del umbral y penetró en la oscura estancia. Esta vez nadie le golpeó, nada se movió, y Billy parpadeó, cegado por la brillante luz del sol del exterior, mirando a una forma oscura, pero no era más que un montón de escombros. Había otro montón en el rincón más lejano, y tuvo que mirarlo dos veces antes de comprobar que era un hombre, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las piernas extendidas ante él, mirándole fijamente.
—Suelta eso que llevas en la mano —dijo el hombre con una voz que era poco más que un susurro. Extendió un largo brazo y golpeó el suelo con un trozo de tubería. Billy le miró con los ojos muy abiertos, y le dolió el costado. Dejó caer el trozo de hormigón—. Eso es muy juicioso por tu parte —añadió el hombre—, muy juicioso.
Se puso en pie torpemente, desplegándose como un metro de carpintero, un hombre alto, increíblemente delgado y con unos brazos semejantes a patas de araña. Cuando quedó iluminado por un rayo de sol, Billy vio que la piel estaba muy tensa a través de sus pómulos y de su cráneo casi calvo, en tanto que sus labios se retraían para dejar al descubierto unos largos dientes amarillos. Sus ojos eran redondos como los de un niño y de un azul tan desvaído que parecían casi transparentes. No vacíos, sino más como ventanas para mirar a través de ellas... sin que pudiera verse nada al otro lado. Y seguía mirando fijamente a Billy, haciendo oscilar lentamente el trozo de tubería, sin decir nada, con los labios contraídos en una expresión que podría haber sido una sonrisa, pero que podría ser también otra cosa muy distinta.
Cuando Billy retrocedió lentamente un paso en dirección al umbral de la puerta, el extremo de la tubería se apoyó en su pecho y le detuvo.
—¿Qué buscas aquí? —preguntó el susurro.
—No busco nada, estaba...
—¿Qué es lo que quieres?
—Sólo trataba de encontrar un sitio para tumbarme; estoy cansado, no deseo crear ningún problema.
—¿Cómo te llamas? —susurró la voz, en tanto que los ojos no se movían ni parpadeaban.
—Billy...
¿Por qué había contestado tan aprisa? Billy se mordió el labio: ¿por qué había dado su verdadero nombre?
—¿Tienes algo para comer, Billy?
Empezó a mentir, pero cambió de idea. Buscó en el interior de su camisa.
—Bueno, tengo unas cuantas galletas. ¿Quiere alguna? Están un poco estropeadas.
La tubería cayó y rodó por el suelo mientras el hombre avanzaba con las dos manos extendidas ante él en forma de copa, dominando a Billy con su elevada estatura.
—"Arroja tu pan sobre las aguas: ya que lo encontrarás después de muchos días". ¿Sabes de dónde es eso? —preguntó.
—No... no lo sé —tartamudeó Billy, dejando caer las galletas en las manos extendidas.
—No creí que lo supieras —se quejó el hombre, y luego volvió a sentarse con la espalda apoyada en la pared en el mismo lugar de antes. Empezó a comer con movimientos casi automáticos—. Eres un pagano, supongo, un pagano amarillo, aunque eso no importa. Ello te afecta como al resto de Sus criaturas. Deseas dormir, dormir. Este lugar es suficientemente espacioso para dos.
—Puedo marcharme, usted ya estaba aquí.
—Me tienes miedo, ¿no es cierto? —Billy apartó los ojos de la impasible mirada, y el hombre asintió—. No deberías tenerlo, ya que estamos acercándonos al final de todos los temores. ¿Sabes lo que significa eso? ¿Conoces el significado de este año?
Billy se sentó en silencio. No sabía qué contestar. El hombre terminó la última de las migajas, se frotó las manos contra sus sucios pantalones y suspiró pesadamente.
—Es posible que no lo sepas —dijo—. Ahora duerme, aquí puedes hacerlo tranquilamente. Nadie vendrá a molestarte, en nuestra comunidad tenemos normas estrictas de propiedad. Habitualmente, los que las infringen son forasteros, como tú, aunque los otros también lo harían si creyeran que merecía la pena. Pero no vendrán aquí, saben que no poseo nada que pueda despertar su codicia. Puedes dormir en paz.
Parecía imposible pensar siquiera en dormir, a pesar de lo cansado que estaba, con aquel hombre extraño contemplándole. Billy se apoyó contra la pared en un rincón, con los ojos muy abiertos y vigilantes, preguntándose qué haría a continuación. El hombre murmuró algo para sí mismo y se rascó las costillas en el interior de su camisa casi transparente a fuerza de usada. Un agudo zumbido resonó junto a la oreja de Billy, que aplastó al mosquito. Otro le picó en la pierna y Billy se rascó allí. Este lugar parecía infestado de mosquitos. ¿Qué podía hacer? ¿Intentar marcharse?
Con un repentino sobresalto comprobó que había estado durmiendo y que el sol estaba bajo en el Oeste, penetrando casi directamente a través del umbral de la puerta. Se incorporó y miró a su alrededor, pero la camareta estaba vacía. El costado le dolía terriblemente
El sonido metálico y repiqueteante llegó de nuevo a sus oídos, y se dio cuenta de que esto era lo que le había despertado. Procedía del exterior. Avanzó tan silenciosamente como pudo hasta el umbral y miró hacia abajo. El hombre estaba trepando hacia él, y el trozo de tubería que llevaba en una mano golpeaba el metal produciendo el ruido que le había importunado. Billy retrocedió mientras el hombre arrojaba la tubería delante de él antes de entrar en la camareta.
—Hoy no han abierto los puntos de agua —dijo, tendiendo hacia Billy una vieja y abollada lata de pintura que había traído—. Pero he encontrado un lugar en el que aún quedaba agua de la lluvia de ayer. ¿Quieres un poco?
Billy asintió, consciente de pronto de la sequedad de su garganta, y cogió la lata. Estaba llena hasta la mitad de agua clara a través de la cual podía verse la costra de pintura verde. El agua era muy fresca.
—Bebe más —dijo el hombre—. Yo ya he bebido allí.
Billy no se hizo de rogar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre cuando Billy le devolvió la lata.
¿Era una trampa? El desconocido tenía que recordar su nombre, y no se atrevió a darle uno distinto.
—Billy —dijo.
—Puedes llamarme Peter. Y puedes quedarte aquí, si quieres.
El hombre se alejó con la lata y pareció olvidar el trozo de tubería. Billy lo miró suspicazmente, sin estar seguro del terreno que pisaba.
—Ha dejado usted su tubería aquí —dijo.
—Recógela, por favor. No conviene dejarla tirada. Pónla ahí —dijo, cuando Billy se disponía a entregársela— Creo que tengo otro trozo igual en alguna parte, puedes llevarte esta cuando salgas de aquí. Algunos de nuestros vecinos pueden ser peligrosos.
—¿Los guardianes?
—No, los guardianes no son de temer. Su empleo es una bicoca y no tiene más deseos de molestarnos que nosotros de molestarles a ellos. Mientras no nos vean no estamos aquí, de modo que lo único que hay que hacer es mantenerse lejos de su vista. Descubrirás que no extreman su vigilancia. Si pueden cobrar su paga sin exponerse a ningún peligro, ¿por qué tendrían que hacerlo? Son unos hombres juiciosos. Todo lo que había aquí de algún valor desapareció hace muchos años. Y los guardianes continúan en sus puestos sólo porque nadie ha decidido lo que había que hacer con este lugar, y la solución más fácil es la de olvidarse de él. Los guardianes son símbolos vivientes del estado de putrefacción de nuestra cultura, del mismo modo que este lugar es un símbolo mucho más importante, y por eso estoy aquí. —El hombre entrelazó sus manos alrededor de sus espinillas y se inclinó hacia adelante, apoyando su huesuda barbilla sobre sus rodillas—. ¿Sabes cuántas entradas tiene este lugar?
Billy agitó negativamente la cabeza, preguntándose de qué estaba hablando Peter.
—Entonces voy a decírtelo: hay ocho... y sólo una de ellas está abierta y es utilizada por los guardianes. Las otras están cerradas y selladas, siete sellos. ¿Significa eso algo para ti? No, ya veo que no. Pero hay otras señales, algunas ocultas, algunas visibles para cualquier ojo. Y llegarán más, y nos serán reveladas una a una. Algunas han estado escritas durante siglos, tales como la gran meretriz llamada Babilonia que nunca fue Roma, como muchos creyeron. ¿Conoces el nombre de esta Ciudad?
—¿Esta? ¿Se refiere a Nueva York?
—Sí, este es un nombre, pero se le ha aplicado otro sin que nadie protestara: el de Babilonia-del-Hudson. De modo que esta es la gran meretriz, y el Armagedón se producirá aquí, y por eso he venido. En otro tiempo fui sacerdote, ¿puedes creerlo?
—Sí, desde luego —dijo Billy, bostezando y mirando las paredes a su alrededor y más allá del umbral.
—Un sacerdote de la Iglesia debe decir la verdad, la verdad de la ley de Dios no puede ser más clara. Dios dijo creced y multiplicaos, y así lo hemos hecho, y El nos ha dado la inteligencia para curar a los enfermos y fortalecer a los débiles, y esta es la única verdad. El milenio está aquí, ahora, sobre nosotros, un populoso mundo de almas esperando Su llamada. Este es el verdadero milenio. Falsos profetas dijeron que era el año mil, pero hay más personas aquí en esta sola ciudad que las que había en el mundo entero en aquella época. Esta es la hora, podemos verla aproximándose, podemos leer las señales. El mundo no puede resistir más, se derrumbará bajo el peso de las masas de gente... pero no se derrumbará hasta que resuenen las siete trompetas, este Año Nuevo, Día del Siglo. Entonces tendremos el Juicio Final.
Cuando el hombre dejó de hablar, el zumbido de los mosquitos, que parecía haberse apagado, volvió a llenar el inmóvil aire, y Billy se dio una palmada en la pierna, matando a uno y dejando una mancha de sangre que frotó con la misma mano. El brazo de Peter estaba iluminado por el sol, y Billy pudo ver las ronchas de viejas picaduras que lo cubrían.
—Nunca había visto tantos mosquitos como hay aquí —dijo Billy—. Y en pleno día. Nunca me habían picado en pleno día. —Se puso en pie y se movió de un lado a otro, huyendo de los zumbantes insectos, pateando y agitando los brazos. En el centro de la parte posterior de la camareta había una pesada puerta de acero, abierta, aunque sólo unos cuantos centímetros—. ¿Qué hay aquí? —preguntó.
Peter no le oyó, o fingió no haberle oído, y Billy empujó la puerta, pero los goznes estaban trabados por la herrumbre y la puerta no se movió.
—¿No sabe usted lo que hay aquí? —preguntó de nuevo Billy, levantando más la voz, y Peter terminó por volverse hacia él.
—No —dijo—. Nunca lo he mirado.
La puerta no ha sido abierta desde hace mucho tiempo, podría haber algo aprovechable, nunca se sabe. Vamos a ver si podemos abrirla.
Empujando los dos, y utilizando el trozo de tubería de acero como palanca, lograron mover la puerta unos centímetros más hasta que la abertura fue lo bastante ancha como para deslizarse a través de ella. Billy entró primero, y su pie tropezó con algo; lo recogió.
—Mire esto, ya le dije que encontraríamos algo. Podemos venderlo o guardarlo por si nos hace falta.
Era un pie de cabra de acero, de más de un metro de longitud, abandonado allí por algún obrero hacia muchísimos años. Tenía manchas de herrumbre en la superficie, pero se conservaba en muy buen estado. Billy introdujo el extremo curvado y afilado en la abertura de la puerta contigua a los goznes y cargó todo su peso contra el otro extremo; los oxidados goznes gimieron, y la puerta se abrió del todo. Al otro lado había una pequeña plataforma con peldaño de metal descendiendo hacia la oscuridad. Billy empezó a bajar lentamente, sujetando el pie de cabra con una mano y agarrándose con la otra a la barandilla. Cuando llegó al quinto peldaño, el agua le llegó al tobillo.
—Ahí abajo no hay sólo oscuridad —dijo—. Está lleno de agua.
Peter se acercó a mirar, y luego señaló las dos manchas luminosas encima de ellos.
—Al parecer, el agua de la lluvia que se acumula la cubierta superior cae a través de esos agujeros, solo Dios sabe desde hace cuantos años.
—Y de ahí también proceden sus mosquitos —dijo Billy. El aire estaba lleno del zumbido de los insectos— Podemos cerrar esa puerta y evitar que entren en la camareta.
—Muy práctico —asintió Peter, y miró hacia la oscura superficie debajo de ellos—. Nos ahorrará también el tener que ir al punto de agua al otro lado de la valla. Ahí tenemos toda el agua que podemos necesitar, más de la que podremos utilizar.
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