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XIII
Había resultado extraño trepar por la escalera a oscuras, barriendo con el haz luminoso de la linterna a las figuras dormidas sobre los peldaños, mientras Andy la seguía cargado con las maletas. Su amigo Sol estaba durmiendo, y habían cruzado su cuarto silenciosamente hacia el de Andy. La cama no era demasiado ancha pero cabían los dos, y Shirl estaba cansada y se enroscó con la cabeza apoyada en el hombro de Andy, y durmió tan profundamente que ni siquiera se enteró de que él se había levantado, vestido y marchado. Despertó para ver el sol penetrando por la ventana hasta el pie de la cama y, cuando se arrodilló con los codos sobre el alféizar, Olió el aire limpio, recién lavado; los únicos momentos en los que la ciudad estaba así era después de una tormenta. Desaparecidos el polvo y el hollín, todo era maravillosamente claro, y Shirl pudo ver los edificios de Bellevue irguiendo sus nítidos perfiles por encima de un paisaje de tejados ennegrecidos y de manchadas paredes de ladrillo. Y el calor había desaparecido con la lluvia, esta era la mejor parte. Shirl bostezó con placer y se volvió para examinar la habitación.
Era lo que cabía esperar de un hombre soltero; bastante limpio... pero tan desprovisto de encanto como un zapato viejo. Había una delgada pátina de polvo sobre todos los muebles, pero eso era probablemente por culpa suya, ya que últimamente Andy no había pasado demasiado tiempo aquí. Si podía conseguir pintura en alguna parte, una capa de ella no le haría ningún daño al viejo armario: ahora parecía recién sacado de una casa derruida por un terremoto. Al menos, tenía un espejo de cuerpo entero y perchas para colgar sus vestidos. No podía quejarse; en realidad, con un poco de trabajo la habitación quedaría estupenda. Lo primero sería eliminar los millones de telarañas que colgaban del techo.
Un tanque de agua con un grifo pendía del tabique junto a la puerta, y cuando Shirl lo abrió un delgado chorro de color turbio cayó sobre la palangana situada debajo, sobre una repisa. El agua olía intensamente a productos químicos, un olor que Shirl casi había olvidado, puesto que toda la que llegaba al Parque de Chelsea era cuidadosamente filtrada. No encontró jabón, de modo que se limitó a mojarse la cara y las manos para frotárselas luego con una desgastada toalla que colgaba junto al tanque. Estaba entregada a esta última tarea cuando llegó a sus oídos un sonido rechinante que procedía del otro lado del tabique frente a ella. No logró imaginar lo que podía ser, aunque no cabía duda de que se estaba produciendo en el cuarto contiguo, donde vivía Sol. De todos modos, el ruido no había empezado hasta que Sol la oyó moverse y oyó correr el agua, lo cual era muy amable por su parte. Y, por otro lado, significaba que en esta habitación gozaría de tanta intimidad como si estuviera en una pajarera. Bueno, no había manera de evitarlo. Shirl se cepilló el pelo, se puso el mismo vestido que había llevado la noche anterior y se maquilló ligeramente. Cuando terminó de arreglarse, respiró a fondo y abrió la puerta.
—Buenos días... —dijo, y no pudo añadir nada más: se quedó de pie en el umbral, esforzándose en disimular su asombro. Sol estaba sentado sobre una bicicleta sin ruedas que no iba a ninguna parte... pero el anciano pedaleaba con increíble energía, con sus cabellos grises ondeando en todas direcciones y su barba moviéndose arriba y abajo sobre su pecho. El sonido chirriante procedía de un objeto negro situado en la parte trasera de la bicicleta—. ¡Buenos días! —repitió Shirl, esta vez en tono más alto, y Sol la miró de reojo y su pedaleo se hizo más lento hasta que cesó del todo—. Soy Shirl Greene —añadió la joven.
—¿Quién podrías ser, sino? —dijo Sol fríamente, bajando de la bicicleta y secándose el sudor de la frente con su antebrazo. La única prenda que llevaba era un pantalón corto, viejo y muy remendado.
—Nunca había visto una bicicleta como esa. ¿Sirve para algo? —no iba a luchar con él, por mucho que él lo deseara.
—Sí. Fabrica hielo —respondió Sol, yendo en busca de su camisa.
De momento, Shirl pensó que se trataba de uno de aquellos chistes que ella no entendía, pero luego vio los hilos eléctricos que discurrían desde aquel objeto negro semejante a un motor situado detrás de la bicicleta hasta unas baterías colocadas encima del refrigerador.
—Ya sé —dijo Shirl, feliz ante su descubrimiento—. Hace usted funcionar la nevera con la bicicleta. Creo que es maravilloso. —Esta vez, la única respuesta de Sol fue un gruñido, sin ningún comentario, de modo que Shirl supo que estaba haciendo progresos—. ¿le gusta el café?
—No lo sé. Hace demasiado tiempo que no lo he probado.
—Tengo media lata en mi bolso. Si tuviéramos agua caliente, podríamos hacer un poco. —Sin esperar respuesta, se dirigió al otro cuarto y regresó con la lata. Sol contempló unos instantes el recipiente de color oscuro, luego se encogió de hombros y fue a llenar un pote de agua.
—Apuesto a que sabe a veneno —dijo, mientras colocaba el pote sobre la estufa. Antes que nada encendió la luz que colgaba en el centro del cuarto y estudió el brillante filamento de la bombilla; luego, gruñó—: Hoy para variar, tenemos un poco de fluido; esperemos que dure lo suficiente como para hacer hervir un par de centímetros de agua —y encendió el calentador eléctrico de la estufa.
—Yo sólo he bebido café durante los dos últimos años —dijo Shirl, sentándose en la silla junto a la ventana—, Me decían que no tenía el sabor del verdadero café, pero yo no podía saberlo.
—Yo puedo decírtelo. No lo tiene.
—¿Ha tomado usted café auténtico? ¿Más de una vez? —Shirl no había conocido nunca a un hombre que no disfrutara hablando de sus experiencias.
—¿Más de una vez? Pimpollo, yo vivía a base de café. Tú eres una chiquilla y no tienes la menor idea de cómo eran las cosas en los viejos tiempos. Uno se tomaba tres cuatro tazas, incluso una olla entera de café, y ni siquiera pensaba en ello. En cierta ocasión padecí una intoxicación de café, la piel se me llenó de manchas oscuras y todo lo demás, porque solía tomarme más de veinte tazas al día. En un campeonato de bebedores de café podría haber ganado una medalla.
Shirl se limitó a sacudir la cabeza, en un gesto de visible admiración, y luego sorbió su café. Estaba aún demasiado caliente.
—Ahora que me acuerdo —dijo, poniéndose en pie de un salto y dirigiéndose al otro cuarto. Regresó en seguida y le tendió los dos cigarros a Sol—. Andy me dijo que le diera estos cigarros: dijo que usted solía fumarlos.
El aire de masculina superioridad de Sol se derrumbó, y casi boqueó de emoción.
—¡Cigarros! —fue lo único que pudo decir.
—Sí; Mike tenía una caja, pero sólo quedaban esos dos. No sé si son buenos o no.
Sol trató de recordar el ritual con el que en otro tiempo había controlado un juicio de este tipo. Olfateó suspicazmente el extremo de uno de los cigarros.
—Al menos, huelen a tabaco. —cuando lo acercó a su oreja y apretó con dos dedos el extremo más delgado, se oyó un sonido decididamente crujiente—. ¡Ajá! Demasiado secos. Debí imaginarlo. Hay que saber cuidar los cigarros, conservarlos en un clima adecuado. Estos están completamente secos. Tenían que haber estado en un humefactor. Así no pueden fumarse.
—¿Quiere usted decir que no son aprovechables? ¿Que tendremos que tirarlos? —era una idea horrible.
—Nada de eso, tranquilízate. Cogeré una caja, pondré una esponja húmeda en ella junto con estos dos cigarros, y esperaré tres o cuatro días. Los cigarros tienen eso de bueno: si se secan demasiado pueden ser resucitados como Lázaro, y con ventaja, ya que Lázaro no podía oler demasiado bien después de permanecer enterrado cuatro días. Te demostraré lo que puede conseguirse si se entiende en la materia.
Shirl sorbió su café y sonrió. Todo saldría a pedir de boca. A Sol no le había gustado la idea de que alguien viniera a vivir con Andy, pensó que sería un trastorno. Pero era un tipo agradable y contaba divertidas historias con un lenguaje divertido y anticuado, y ella supo que todo marcharía sobre ruedas.
—Este brebaje no sabe del todo mal —dijo Sol—, si uno puede olvidar el sabor del verdadero café. O del jamón de Virginia, o de la carne asada, o del pavo. Y, a propósito de pavos... Fue durante la guerra y yo estaba de guarnición en el mismo culo de Texas, y todos los suministros llegaban de St. Louis y nosotros nos encontrábamos al final de la línea de abastecimientos. Lo que nos llegaba era tan malo que había visto a sargentos de cocina estremecerse cuando abrían las latas de conservas. Pero una vez, sólo una vez, la cosa funcionó en sentido contrario. Aquellos tejanos criaban millones de pavos en sus ranchos para enviarlos al norte cuando se acerca la Navidad o el Día de Acción de Gracias, ya sabes —Shirl asintió, a pesar de que no sabía nada—. Bueno, en plena guerra no había manera de transportar todos aquellos pavos, de modo que las Fuerzas Aéreas los compraron a un precio irrisorio, y aquello fue lo que comimos durante casi un mes. ¡Imagínate! Pavo asado, pavo frito, sopa de pavo, hamburguesas de pavo, picadillo de pavo, croquetas de pavo...
Se oyó el sonido de uno pasos rápidos en el rellano, y alguien sacudió el pomo de la puerta con tanta fuerza que la madera tembló. Sol abrió rápidamente el cajón de la mesa y sacó de él un largo cuchillo.
—Sol, ¿estás ahí? —gritó Andy desde el rellano, volviendo a sacudir el pomo—. Abre.
Sol tiró el cuchillo sobre la mesa y se dirigió apresuradamente hacia la puerta. La abrió, y Andy entró sudando y respirando fatigosamente, cerrando la puerta tras él y hablando en voz baja a pesar de lo apremiante de su tono.
—Escucha; llena el tanque y todas latas. Y llena también todo lo que pueda contener agua. Tal vez puedas taponar el fregadero: llénalo también. Llena tantas latas como puedas en nuestro punto de agua, pero si se dan cuenta de que haces demasiados viajes puedes ir al otro de la Calle Veintiocho. Pero no pierdas tiempo, Sol... Shirl te ayudará.
—¿Qué pasa?
—¡Cristo, déjate de preguntas y haz lo que te digo! Y no des a entender que te lo he dicho, o nos veremos metidos en un lío. Tengo que regresar antes de que me echen de menos. —Se marchó con la misma rapidez con que había llegado, dando un portazo.
—¿Qué es lo que sucede? —inquirió Shirl.
—Lo sabremos más tarde —dijo Sol, atándose las sandalias—. Ahora, hagamos lo que Andy ha dicho. Es la primera vez que le veo llegar así, y yo soy un viejo.. y me asusto fácilmente. Hay otra lata en tu cuarto.
Ellos eran los únicos que parecían preocupados, y Shirl se preguntó a qué podía obedecer la actitud de Andy. En el punto de agua sólo había dos mujeres en la fila y una de ellas quería llenar únicamente una botella. Sol ayudó a transportar las latas llenas, pero Shirl insistió en subirlas hasta el cuarto.
—Eliminaré un poco de grasa de mis caderas —dijo—. Dejaré las latas vacías y entretanto usted puede guardar mi turno en la cola.
La cola era ahora un poco más larga, pero no había nada raro en ello, ya que esta era la hora en la que la mayoría de la gente acudía a aprovisionarse de agua, dado que el punto cerraba a mediodía.
—Por lo visto está usted muy sediento, abuelo –dijo el patrullero de servicio cuando alcanzaron de nuevo los primeros puestos de la cola—. ¿No ha estado ya aquí antes?
—¿Qué pasa contigo? —rezongó Sol, encarándose con patrullero—. ¿Acaso ahora te pagan para que cuentes las latas de agua que me llevo? Tal vez me guste tomar un baño de vez en cuando para no apestar como algunos individuos que podría mencionar, aunque no voy a hacerlo.
—Tómeselo con calma, abuelo.
—Yo no soy tu abuelo, shmok, puesto que todavía no me he suicidado, cosa que habría hecho si lo fuera. Parece que, de repente, los polizontes se dedican a controlar el agua que la gente necesita.
El patrullero se apartó prudentemente cosa de metro y medio y se volvió de espaldas.
Sol llenó las latas, sin dejar de gruñir, y cuando hubo terminado Shirl le ayudó a transportarlas unos pasos más allá para enroscar los tapones. Apenas habían terminado de hacerlo cuando se presentó un sargento montado en una petardeante motocicleta.
—Cierre este punto —le ordenó al patrullero—. Por hoy se ha terminado el agua.
Las mujeres que aguardaban en la cola para llenar sus recipientes empezaron a gritar y a empujarse unas a otras sin miramientos, tratando de conseguir un poco de agua antes de que el punto se cerrara. Abriéndose paso trabajosamente entre la vociferante multitud, el patrullero logró acercar su mano a la manija de la válvula de cierre. Antes incluso de que llegara a tocarla, el chorro de agua que manaba por el grifo empezó a adelgazar, hasta que finalmente se interrumpió del todo.
El patrullero miró al sargento.
—Si, ese es el problema —dijo el sargento, contestando a la muda pregunta de su subordinado—. Hay una... Al parecer se ha roto una cañería, y ha sido preciso cerrar el agua a fin de repararla. Mañana estará arreglada. Acabemos con esto de una vez.
Sol miró a Shirl en silencio mientras recogían las latas y empezaban a alejarse del punto de agua. Ninguno de los dos había dejado de percibir la vacilación en voz del sargento. Sin duda alguna, se trataba de algo más que de una tubería rota. Subieron lentamente la escalera cargados con los recipientes, procurando no derramar una sola gota.
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