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Andy estaba llegando al final de su lista, y le dolían los pies. La Novena Avenida hervía a fuego lento bajo el sol de la tarde, y cada retazo de sombra estaba lleno de figuras tumbadas, ancianos, madres amamantando a sus hijos, jóvenes con las cabezas muy juntas, riendo con los brazos entrelazados. Personas de todas las edades en todos lados, con las extremidades desnudas y polvorientas, esparcidas como cadáveres después de una batalla. Sólo los niños jugaban al sol, pero se movían lentamente y gritaban sin levantar la voz. Súbitamente, los gritos subieron de tono mientras los niños se arremolinaban en torno a dos muchachos que llegaban al parecer de los muelles, con los brazos llenos de mordeduras y regueros de sangre sin cuajar. Del extremo de un cordel colgaba su presa, una enorme rata gris, muerta. Esta noche comerían bien. En el centro de la atestada calle el tráfico de remolques avanzaba a paso de tortuga, con las bestias de tiro humanas dobladas sobre sí mismas y boqueando en busca de aire. Andy pasó entre ellos, en busca de la oficina de la Western Union.
Sería imposible localizar a todas las personas que habían entrado o salido del apartamento de O'Brien durante la semana anterior, pero Andy deseaba interrogar al mayor número posible de ellas. Cualquier visitante del edificio podía haber descubierto la alarma desconectada en el sótano, pero sólo alguien que hubiese estado en el apartamento podía haber visto que tampoco allí funcionaba la alarma. Se había producido un cortocircuito ocho días antes del crimen, y la alarma de la puerta había sido desconectada hasta que arreglasen la avería. El asesino, o algún informador, podía haberlo visto fácilmente si había estado en el apartamento. Andy había hecho una lista de posibilidades y estaba comprobándolas. Todas eran negativas. Ningún lector de contadores había visitado el apartamento, y todas las entregas habían sido efectuadas por hombres que acudían al edificio desde hacía años. Todo negativo, hasta entonces.
La Western Union era otra de aquellas posibilidades. Durante aquella semana habían sido entregados muchos telegramas en el edificio, y el portero estaba seguro de que algunos de ellos eran para O'Brien. El mismo portero y el ascensorista habían recordado un telegrama llegado la noche anterior al crimen y al mensajero que lo había traído, un muchacho chino al que nunca habían visto. Las probabilidades de que aquello no significara nada eran mil contra una... pero sin embargo era preciso comprobarlo. Cualquier pista, por insignificante que fuese, tenía que ser investigada. En cualquier caso, serviría para presentar un informe al teniente, para demostrarle que hacía algo. El letrero amarillo y azul colgaba sobre la acera, y Andy supo que había llegado.
Un largo mostrador dividía la oficina en dos partes, y en su extremo más alejado había un banco en el que estaban sentados tres muchachos. Un cuarto muchacho se encontraba ante el mostrador, hablando con el expedidor. Ninguno de ellos era chino. El muchacho del mostrador cogió la tablilla que le entregó el hombre y se marchó. Andy avanzó hacia el expedidor, pero antes de que pudiera decir nada el hombre sacudió la cabeza furiosamente.
—¡Aquí no! —ladró—. El mostrador de enfrente para los telegramas. ¿No ve que soy el expedidor?
Andy captó de una sola ojeada la fatiga y las profundas arrugas grabadas en el rostro del hombre por las comisuras de su boca perpetuamente abatidas, y el montón de tablillas y pizarrines y cinta de teletipo lavable sobre el escritorio delante de él, y la desconchada pintura dorada en el pequeño rótulo que decía Sr. Burgger. Todos los años de amargura se reflejaban claramente en el desordenado escritorio y en la expresión de resentimiento de los ojos del hombre. Haría falta mucha paciencia para conseguir la colaboración de aquel individuo. Andy mostró su placa.
—Policía —dijo—. Usted es el hombre con el que quiero hablar, señor Burgger.
—Yo no he hecho nada, no tiene usted ningún motivo para hablar conmigo.
—Nadie le está acusando. Lo que necesito es información que me ayude en una investigación...
—Yo no puedo ayudarle. No tengo ninguna información para la policía.
—Permítame que sea yo quien decida eso. ¿Pertenece la Calle Veintiocho a su zona de reparto?
Burgger vaciló, y luego asintió lentamente y con visible desagrado, como si le estuvieran obligando a revelar un secreto de estado.
—¿Hay algún muchacho chino entre sus mensajeros?
—No.
—Pero ha tenido al menos un muchacho chino trabajando para usted...
—No.
Burgger garabateó algo en una tablilla, ignorando a Andy. Sobre su calva cabeza brillaban las gotas de sudor, que se deslizaban hacia los mechones de pelo gris de los costados. A Andy no le gustaba presionar a la gente, pero sabía hacerlo en caso necesario.
—Tenemos leyes en este estado, Burgger —dijo, en tono inexpresivo—. Puedo sacarle de aquí ahora mismo, y llevarle a la comisaría, y encerrarle treinta días en un calabozo por desacato a un oficial de la policía. ¿Quiere que lo haga?
—¡Yo no he hecho nada!
—Sí, me ha mentido. Me ha dicho que nunca había tenido a un muchacho chino trabajando aquí.
Burgger se removió en su asiento, luchando entre su miedo y su deseo de no comprometerse en Dios sabe qué. Ganó el miedo.
—Bueno, aquí estuvo un muchacho chino, pero trabajó un solo día y no volvió a presentarse.
—¿Qué día fue?
La respuesta llegó de mala gana.
—El lunes de esta semana.
—¿Fue a entregar algún telegrama?
—¿Cómo diablos puedo saberlo?
—Tiene que saberlo, porque esa es su tarea —dijo Andy, poniendo de nuevo en su voz un leve tono de amenaza—. ¿Qué telegramas fue a entregar?
—Estuvo sentado aquí todo el día, no le necesité. Era su primera jornada de trabajo. El primer día no envío nunca a un muchacho nuevo, les dejo que se acostumbren al banco. Pero aquella noche tuvimos una sobrecarga de trabajo. Me vi obligado a utilizarle. Una sola vez.
—¿Adónde fue?
—Mire, señor, no puedo recordar todos los telegramas que expido. Esta es una oficina con mucho movimiento y, además, no llevamos ningún registro. Los telegramas se reciben, se entregan, se admiten, y eso es todo.
—Lo sé, pero ese telegrama es importante. Quiero que intente recordar a dónde fue enviado. ¿A la Séptima Avenida? ¿A la Calle Veintitrés? ¿Al Parque de Chelsea...?
—Espere, creo que fue ahí. Recuerdo que no quería enviar al chico al Parque de Chelsea, allí no les gustan los muchachos nuevos, quieren a los de siempre, pero no había otro a mano, de modo que tuve que utilizarle a él.
—Ahora estamos llegando a algún lugar —dijo Andy, sacando su cuaderno de notas—. ¿Cómo se llama el muchacho?
—Tenía un nombre chino, naturalmente, pero lo he olvidado. Sólo estuvo aquí un día, y no ha vuelto presentarse.
—¿Qué aspecto tenía, entonces?
—Tenía aspecto de muchacho chino. Entre mis tareas no figura la de recordar el aspecto de los muchachos —la actitud de Burgger volvía a hacerse hostil.
—¿Dónde vive?
—¿Cómo puedo saberlo? Se presentó aquí y demostró que tenía los diez dólares para el depósito que exigimos, es lo único que sé. Entre mis tareas...
—Sí, Burgger, entre sus tareas no parece figurar nada. Volveremos a vernos. Entretanto, trate de recordar qué aspecto tenía el muchacho, quiero algunas respuestas más de usted.
Los muchachos se removieron en el banco cuando Andy se marchó, y Burgger les fulminó con una mirada cargada de odio.
No había sacado gran cosa en limpio, pero Andy estaba contento; al menos tenía algo que contarle a Grassy. Steve Kulozik estaba también en la oficina del teniente cuando Andy entró, y se saludaron el uno al otro.
—¿Cómo marcha el caso? —preguntó Steve.
—Dejen los comentarios para mejor ocasión —gruñó el teniente; lo exacerbado de su tic ocular demostraba que el horno no estaba para bollos—. Espero que haya averiguado algo aprovechable, Rusch; está trabajando en un caso, no de vacaciones, y un montón de peces gordos empiezan a impacientarse.
Andy explicó lo de la alarma desconectada y sus gestiones para localizar a cualquier persona que hubiera visitado el apartamento. Se refirió de un modo somero a los interrogatorios que había llevado a cabo sin obtener ningún dato interesante, hasta que llegó al muchacho de la Western Union: esto lo contó con todo detalle.
—¿Qué conclusiones podemos sacar de todo eso? —preguntó el teniente, con las dos manos entrelazadas sobre su estómago, justo en el lugar donde se encontraba la úlcera.
—El muchacho podría haber estado trabajando para alguien. Los mensajeros de la Western Union tienen que depositar una fianza de diez dólares... ¿y cuántos chicos disponen de esa suma? El muchacho podía haber sido contratado por alguien, tal vez en el Barrio Chino, para que espiara los apartamentos a los cuales llevara telegramas. Dio en la diana la primera vez al ver la alarma desconectada en la puerta del apartamento de Big Mike. Luego, la persona que le contrató realizó el trabajo y cometió el crimen, después de lo cual ambos desaparecieron.
—Parece poco consistente, pero es casi la única pista que ha encontrado usted. ¿Cómo se llama el muchacho?
—Nadie lo sabe.
—¡Por todos los diablos! —exclamó Grassioli—. Se presenta usted con esta fantasiosa teoría condenadaanente retorcida y, ¿a qué demonios conduce si no puede encontrar al muchacho? En esta ciudad hay millones de muchachos: ¿cómo podemos localizar al que nos interesa?
Andy sabia cuándo resultaba conveniente guardar silencio. Steve Kulozik había permanecido apoyado contra la pared, escuchando lo que Andy explicaba.
—¿Puedo decir algo, teniente? —inquirió.
—¿Qué quiere usted ahora?
—He estado pensando en lo que ha contado mi compañero Rusch, y se me han ocurrido algunas ideas. Desde luego, el muchacho podía proceder del Barrio Chino o de cualquier otra parte, pero olvidemos eso. Supongamos que procedía del Barrio de los Barcos, y usted no ignora que esa gente está muy unida, de modo que tal vez la persona que utilizaba al muchacho era otro chino. Una mera suposición.
—¿Qué trata de decir, Kulozik? Explíquese de una maldita vez.
—A eso iba, teniente —dijo Steve con la misma parsimonia—. Supongamos que el muchacho o su jefe proceden del Barrio de los Barcos. En tal caso, podemos tener sus huellas dactilares. Fue antes de mi ingreso en el Cuerpo, pero usted ya había ingresado en él en el setenta y dos, ¿no es cierto, teniente?; cuando llegaron aquí todos los refugiados de Formosa, después de la invasión de la isla por el general Kung...
—En efecto. Entonces era un simple agente de uniforme.
—¿No les tomaron las huellas dactilares a todos, incluidos los niños? ¿Previendo la posibilidad de que algún agente comunista se hubiera introducido entre ellos antes de la evacuación?
—Es un disparo a ciegas —dijo el teniente—. Efectivamente, les tomaron las huellas dactilares a todos, incluidos los niños que nacieron aquí durante los dos primeros años. Tenemos todas esas fichas en el sótano. Era en eso en lo que estaba pensando usted, ¿no es cierto?
—Desde luego. Revisarlas todas y comprobar si las que hay en el arma asesina coinciden con las de alguna de las fichas. Es un disparo a ciegas, como dice usted, pero no se pierde nada probando.
—Ya le ha oído, Rusch —dijo Grassioli, cogiendo un fajo de informes—. Traiga aquí las huellas del arma y vea si puede encontrar algo.
—Si, señor —respondió Andy, y salió de la oficina en compañía de Steve—. Eres un excelente compañero —le dijo a Steve, en cuanto la puerta se hubo cerrado detrás de ellos—. Hoy me interesaba terminar pronto el servicio, y gracias a ti voy a tener que enterrarme en el sótano, y probablemente pasaré allí toda la noche.
—La cosa no está tan mal —dijo Steve maliciosamente—. Yo tuve que utilizar el archivo en una ocasión: todas las huellas están codificadas, de modo que puedan localizarse rápidamente las que se buscan. De buena gana te ayudaría, pero precisamente esta noche tengo invitado a cenar a mi cuñado.
—¿Ese al que odias tanto?
—El mismo. Pero ahora trabaja en un barco pesquero de arrastre, y traerá un pescado que ha robado. Pescado fresco. ¿No se te hace la boca agua?
—Sí; pensando en el mordisco que te daría en la lengua, bocazas. Confío en que se te clave una espina en la garganta.
El archivo no se encontraba en el estado que Steve había descrito. Otros lo habían utilizado desde entonces y aunque había grupos de fichas correctamente archivadas, muchas habían sido consultadas y dejadas en cualquier lugar menos en el que les correspondía. A pesar de que el sótano era un lugar más fresco que el resto del edificio, el aire estaba lleno de un polvo que casi se podía masticar. Andy trabajó hasta las nueve antes de que su cabeza empezara a dar señales de que quería estallar y de que el escozor de sus ojos resultara insoportable. Abandonó el sótano para refrescarse el rostro con un poco de agua y respirar un poco de aire menos contaminado. Por unos instantes vaciló entre terminar la tarea o dejarla para el día siguiente, pero sabía lo que Grassy opinaría sobre la cuestión, de modo que volvió a bajar al sótano.
Eran casi las once cuando encontró la ficha. Estuvo a punto de pasarla por alto debido a que las huellas eran muy pequeñas, las de un niño de muy corta edad, pero luego recordó que los niños crecen, y examinó la ficha con la lente de aumento de plástico rayado.
No cabía la menor duda: aquellas huellas eran las mismas que habían sido encontradas en la ventana y en la llanta de hierro.
Chung, William –leyó—. Nacido en 1982, en la Enfermería del Barrio de los Barcos...
Se puso en pie con tanta rapidez que derribó la silla. El teniente estaría ahora en su casa, posiblemente acostado, y se pondría de un humor de perros si le despertaban. No importaba.
El asesino había sido localizado.
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