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IX
—No puede decirse que su afeitado sea perfecto precisamente, Rusch —dijo Grassioli en su normal tono de voz irritado.
—Es que no me he afeitado, teniente —dijo Andy, alzando la mirada del montón de informes que reposaban sobre el escritorio. El teniente le había visto cuando pasaba por delante del departamento de detectives camino de su oficina; Andy había alimentado la esperanza de firmar y marcharse de la comisaría sin hablar con él. Pensó rápidamente—: Esta tarde pensaba llevar a cabo investigaciones en los muelles, y quería pasar inadvertido. Probablemente no haya una sola navaja de afeitar en toda aquella vecindad.
El pretexto parecía bastante válido. La verdad era que había llegado un poco tarde esta mañana, directamente desde el Parque de Chelsea, y no había tenido ocasión de afeitarse.
—Comprendo. ¿Algún progreso en el caso?
—Andy no incurrió en el error de recordarle al teniente que hacía menos de veinticuatro horas que había iniciado la investigación.
—He descubierto algo positivo relacionado con él. —Miró a su alrededor, pero no había nadie que pudiera oírle, y continuó, bajando la voz—: Sé por qué se está ejerciendo presión sobre el departamento.
—¿Por qué?
El teniente hojeó las fotografías de Nick Cuore y sus esbirros mientras Andy explicaba el significado del corazón en la ventana y la identidad de los hombres que estaban interesados en el crimen.
—De acuerdo —dijo Grassioli, cuando Andy terminó su relato—. No incluya nada de eso en sus informes, a menos que descubra algo que conduzca hacia Cuore, pero quiero que me cuente todo lo que suceda. Ahora lárguese, ya ha perdido bastante tiempo aquí.
Se estaban batiendo todas las marcas. Habían transcurrido días y días, pero el calor seguía siendo el mismo. La calle era una cuba de aire cálido y viciado, inmóvil y tan lleno de hedor a suciedad, sudor y podredumbre que era casi irrespirable. Sin embargo, por primera vez desde que se había manifestado la ola de calor, Andy no parecía afectado por ella. La noche anterior era una poderosa aunque todavía increíble presencia, imposible de arrancar de su mente. Trató de hacerlo, tenía que empeñarse en hacerlo, pero el rostro o el cuerpo de Shirl se deslizaban en torno a los bordes del recuerdo y, a pesar del calor, volvía a experimentar las mismas inenarrables sensaciones. ¡Tenía que luchar contra ellas! Golpeó con su puño derecho la palma de su mano izquierda y tuvo que sonreír ante las miradas de asombro de las personas más próximas a él en la multitud. Le esperaba una gran cantidad de trabajo antes de que pudiera ver de nuevo a Shirl.
Giró en la callejuela que discurría entre la cerrada hilera de garajes detrás del Parque de Chelsea y el borde del foso, conduciendo a la entrada de servicio de los edificios. Oyó un traquetear de ruedas detrás de él, y se hizo a un lado para dejar paso a un pesado remolque una estructura en forma de caja montada sobre unas viejas ruedas de automóvil, guiada por los dos hombres que tiraban de ella. Avanzaban casi doblados sobre si mismos y sin tener consciencia de nada excepto de su fatiga. Cuando pasaron junto a él, sólo a unos centímetros de distancia, Andy pudo ver las huellas de los tirantes profundamente marcadas en sus cuellos y las úlceras permanentes en sus hombros que manchaban de pus sus mojadas camisas.
Andy anduvo lentamente detrás del remolque, agachándose mientras todavía estaba fuera de la vista de la entrada, y luego inclinándose sobre el borde del foso. El fondo de hormigón estaba alfombrado de basura y de escombros, y había amplios boquetes entre los bloques de granito en los lugares donde el cemento se había desprendido. Sería bastante fácil descender por allí cuando hubiera caído la noche, puesto que no había ningún farol por los alrededores. Incluso a la luz del día un intruso sólo sería localizado por alguien que mirase a través de las ventanas más próximas. Nadie estaba mirando cuando Andy se deslizó por encima del borde del foso y gateó lentamente hasta el fondo; fue como penetrar en un horno, con el calor atrapado por las altas paredes. Lo ignoró en la medida de lo posible y avanzó a lo largo de la pared interior hasta que encontró la ventana con el corazón dibujado, era muy fácil de localizar, y probablemente podía ser vista con la misma facilidad durante la noche. Inmediatamente debajo de la hilera de ventanas del sótano la pared formaba una especie de repisa, y Andy descubrió que podía encaramarse hasta ella... y que era bastante ancha para sostenerse allí. Sí, era posible forzar la ventana desde este lugar; el asesino podía haber penetrado en el edificio por aquí. El sudor goteó de la barbilla de Andy y dejó manchas oscuras sobre el hormigón del reborde, el calor era cada vez más intenso.
—¿Qué diablos está haciendo ahí? ¡Va a romperse la cabeza! —La voz resonó encima de Andy, que se irguió y alzó la mirada hacia el puente levadizo que cruzaba el foso y hacia el portero de pie allí, sacudiendo el puño.
El portero reconoció a Andy, y el tono de su voz cambió bruscamente—: lo siento... no sabía que era usted, señor. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Sí... sáqueme de aquí. ¿Puede abrir alguna de esas ventanas?
—Desde luego, avance un poco hasta la más próxima, es una ventana del pasillo. —El portero desapareció, y poco después la ventana se abrió y el ancho rostro de Charlie asomó por ella.
—Ayúdeme a subir —dijo Andy—. Estoy medio achicharrado. —Cogió la mano que le tendía el portero y se encaramó. El pasillo era un oasis de frescor después del calor agobiante del foso. Andy se pasó el pañuelo por el rostro—. ¿Hay algún lugar donde podamos hablar... donde pueda sentarme?
—En el cuarto del guardián, señor, sígame.
Había dos hombres allí; el que llevaba el uniforme del edificio se puso en pie de un salto cuando entraron. El otro era Tab.
—Ve a cuidar de la puerta, Newton —ordenó el portero—. ¿Quieres acompañarle, Tab?
—Desde luego, Charlie —dijo, y siguió al guardián.
—Tenemos un poco de agua aquí —dijo el portero—. ¿Le apetece un vaso?
—Estupendo —dijo Andy, dejándose caer sobre una silla. Cogió el cubilete de plástico y se bebió de un trago la mitad de su contenido, luego sorbió lentamente el resto. Delante de él había una ventana de color gris que daba al pasillo; no recordaba haber visto ninguna ventana allí cuando había cruzado el pasillo en compañía de Charlie—. ¿Una falsa ventana? —inquirió.
—Exactamente. Para protección de los residentes. Al otro lado hay un espejo.
—¿Vio usted dónde estaba yo en el foso?
—Si, señor, parecía encontrarse debajo mismo de la ventana del sótano que fue forzada.
—Estaba allí. Llegué por la callejuela, crucé el foso y trepé hasta la ventana. ¿Cree que me hubiera visto allí si hubiese sido de noche?
—Bueno...
—Quiero que me diga simplemente sí o no. No le estoy tendiendo ninguna trampa.
—El administrador del edificio se está ocupando ya de la seguridad, el problema principal es que el sistema de alarma no funciona... No, no creo que le hubiese visto de noche, señor, el lugar es demasiado oscuro.
—Opino lo mismo. Entonces, ¿cree que alguien pudo penetrar en el edificio por allí, sin ser visto?
Los porcinos ojillos de Charlie estaban semicerrados, mirando a su alrededor en busca de ayuda.
—Supongo —admitió finalmente— que el asesino pudo haber entrado por allí.
—Bien. Y esa habitación del sótano es la más apropiada para entrar. Una ventana fácil de alcanzar, un aparato de alarma estropeado en el mareo, una situación ideal. El asesino pudo haber señalado la ventana con el corazón a fin de poder localizarla desde el exterior. Lo cual significaría que antes tuvo que estar en el edificio, probablemente planeando el asunto.
—Es posible —admitió Charlie, y sonrió ligeramente—. Y también es posible que señalara la ventana después de entrar, para dejar una pista falsa sugiriendo que se trataba de un trabajo desde dentro.
Andy asintió.
—Una buena deducción, Charlie. Pero en cualquier erno pudo haber sido señalada desde dentro antes, y tengo que actuar basándome en esta teoría. Necesito una lista de todos los empleados actuales, de todos los nuevos y de todos los que han dejado de trabajar aquí durante los dos últimos años, así como una lista de inquilinos y de antiguos inquilinos. ¿Quién puede proporcionármelas?
—El administrador del edificio, señor; tiene su oficina aquí mismo. ¿Quiere que le enseñe dónde está?
—Dentro de unos instantes: primero necesito otro vaso de agua.
Andy esperó delante de la puerta interior del apartamento de O'Brien, fingiendo estar ocupado con la lista de nombres que había obtenido del administrador del edificio. Sabía que Shirl podía estar mirándole en la pequeña pantalla, y trataba de aparecer preocupado y atareado. Cuando se había marchado aquella mañana, Shirl estaba durmiendo y Andy no había hablado con ella desde la noche anterior... y tampoco entonces habían hablado demasiado. No es que se sintiera apurado, sino que todo el asunto seguía teniendo un aire de irrealidad. Shirl pertenecía a este ambiente y él no, y si ella se comportaba como si no hubiese ocurrido nada ni lo mencionaba... ¿podía hacerlo él? No era probable que se decidiera. Shirl tardaba mucho en contestar a la llamada, tal vez no estaba en casa... No, el guardaespaldas, Tab, estaba abajo, lo cual significaba que ella se encontraba en el edificio. ¿Alguna complicación? ¿Habría regresado el asesino? Era una idea absurda, pero Andy aporreó fuertemente la madera.
—Vas a derribar la puerta —dijo Shirl mientras le abría—. Estaba haciendo la limpieza, y no oí la llamada. —Llevaba el pelo recogido debajo de un turbante, y los pies descalzos. La mayor parte de su cuerpo estaba al descubierto, ya que sólo vestía una blusa de color verde pálido y un minipantalón. Su aspecto era encantador.
—Lo siento, no lo sabía —dijo Andy seriamente.
—Bueno, no tiene importancia —rió Shirl—, no te pongas tan serio.
Se inclinó hacia adelante y le dio un rápido y ardiente beso en la boca. Antes de que Andy pudiera reaccionar, Shirl había dado media vuelta y desaparecido del vestíbulo. Los pantaloncitos eran muy cortos y muy, muy redondeados. Mientras la puerta se cerraba con un chasquido tras él, Andy se dio cuenta súbitamente de que era completamente feliz. El aire era deliciosamente frío.
—Casi he terminado —dijo Shirl, y se oyó el súbito zumbido de un pequeño motor—. No tardaré nada en limpiar esto. —Cuando Andy entró en el cuarto de estar, vio que Shirl estaba pasando una aspiradora por encima de la alfombra—. ¿Por qué no tomas una ducha? —gritó la joven por encima del ruido de la máquina—. Mary O'Brien Haggerty pagará la factura del agua, de modo que no te preocupes por la que gastes.
¡Una ducha!, pensó Andy excitadamente.
—Si Mary Haggerty va a pagar la factura, será un doble placer para mí —gritó a su vez, y ambos estallaron en una carcajada.
Mientras cruzaba el dormitorio recordó que esta era la habitación en la que O'Brien había sido asesinado: la noche anterior no había pensado ni una sola vez en ello. El pobre O'Brien debió de ser un verdadero rufián cuando estaba vivo, puesto que no parecía haber una sola persona que le echara de menos o se sintiera realmente conmovida por su muerte. Incluida Shirl. ¿Qué había pensado ella acerca de él? Ahora ya no importaba. Dejó caer sus ropas al suelo y tentó el agua con la mano.
Había una maquinilla de afeitar con una hoja nueva en la repisa al lado del lavabo, y Andy tarareó alegremente mientras se enjabonaba la barba. Por algún motivo desconocido, hallarse en los zapatos de un muerto no le molestaba lo más mínimo. De hecho, disfrutaba con ello. La hoja se deslizó suavemente sobre su piel.
Todos los aparatos de limpieza habían desaparecido cuando, duchado y vestido, se presentó de nuevo en el cuarto de estar. Shirl se había peinado y maquillado, pero seguía llevando el pantaloncito y la blusa verde, cosa que Andy le agradeció en silencio. Nunca había visto a una chica más linda... no, más guapa, en toda su vida. Deseó poder decírselo, pero no era el tipo de cosas que le resultaban fáciles de decir en voz alta.
—¿Quieres tomar algo fresco? —preguntó Shirl.
—Se supone que estoy trabajando... ¿acaso intentas sobornarme?
—Puedes tomar una cerveza, he puesto algunas en el refrigerador. Hay casi veinte botellas, y a mi no me gusta. —Se volvió hacia él desde el umbral de la cocina y añadió—: Además, estás trabajando. Me estás interrogando. ¿No soy un testigo importante?
El primer sorbo de cerveza fría trazó un surco de placer en su garganta. Shirl se sentó frente a él y sorbió un café frío.
—¿Cómo marcha el caso, a menos que sea un secreto oficial?
—No hay nada secreto; marcha lentamente, como todos los casos. No te dejes engañar por la televisión, en la vida real el trabajo de la policía es muy distinto. Gestiones rutinarias, mucho andar de un lado para otro, tomando notas, redactando informes... esperando que un soplón nos proporcione la respuesta.
—Ya sé... les llaman confidentes. No son verdaderos confidentes, ¿no es cierto?
—Si no lo fueran no llegaríamos a ningún resultado La mayoría de nuestros éxitos se deben a confidencias de soplones. Los delincuentes suelen ser lo bastante estúpidos como para vanagloriarse de sus "hazañas", y cuando empiezan a hablar siempre hay alguien cerca para escuchar. Espero que esta vez hable alguien... por que si no lo hacen esto tiene todo el aspecto de un caso imposible de resolver.
—¿Qué quieres decir?
Andy sorbió un poco más de cerveza; era una bebida estupenda.
—En esta ciudad hay más de treinta y cinco millones de personas, y cualquiera de ellas puede haber cometido el crimen. Empezaré por localizar e interrogar a todos los antiguos empleados del edificio, y trataré de descubrir la procedencia de la llanta de hierro, pero mucho antes de que haya terminado las altas esferas dejarán de preocuparse por O'Brien y me apartarán del caso, y eso será todo.
—Hablas como si estuvieras amargado.
—Es cierto... lo estoy. ¿No lo estarías tú si tuvieras un trabajo que desearas realizar, y que te gustara realizar, pero que nunca te permitieran realizar? Los efectivos de la policía son muy escasos, lo eran ya cuando yo ingresé en el Cuerpo. Todo queda sin terminar, los casos se abandonan apenas iniciada la investigación, cada día se cometen asesinatos impunemente y a nadie parece importarle. A menos que exista algún tipo de motivo político, como con Big Mike, y en tales casos a los interesados les tiene sin cuidado la víctima: lo único que les preocupa en su propio pellejo.
—¿No podrían aumentar el número de policías?
—¿Con qué? No hay dinero en el presupuesto de la ciudad, casi todo se lo come la Beneficencia. De modo que nuestro sueldo es muy bajo, los agentes aceptan sobornos y... bueno, no he venido a darte una conferencia sobre mis preocupaciones profesionales. —Apuró la cerveza que quedaba en su vaso, y Shirl se puso en pie rápidamente.
—Dame el vaso, voy a servirte otra.
—No, gracias, no con el estómago vacío.
—¿No has comido nada?
—Un trozo de galleta, no he tenido tiempo para nada más.
—Voy a preparar algo para nosotros. ¿Qué te parece un filete de carne de vaca?
—Shirl, por favor... ¿Quieres que me dé un ataque al corazón?
—Hablo en serio. Compré un filete para Mike, la mañana de... de aquel día. Todavía está en el frigorífico.
—No puedo recordar la última vez que comí carne de vaca... en realidad, ha pasado mucho tiempo desde que vi un trozo de filete de carne sintética. —Andy se puso en pie y cogió las dos manos de la muchacha—. Me estás cuidando muy bien, ¿sabes?
—Me gusta hacerlo —dijo ella, y le dio otro de aquellos rápidos besos.
Las manos de Andy estaban sobre la redondez de sus caderas cuando Shirl dio media vuelta y se alejó.
Es una chica extraña, pensó Andy, y se pasó la lengua por los labios, que conservaban un sabor a carmín.
Shirl quería comer en la gran mesa de la sala de estar, pero había otra mesa más pequeña en la cocina, debajo de la ventana, y Andy prefirió hacerlo allí. Era un filete de verdad, un enorme trozo de carne tan grande como su mano, y notó que su boca se llenaba de saliva cuando Shirl lo depositó en su plato.
—Mitad y mitad —dijo, cortando el filete en dos trozos iguales y poniendo uno de ellos en el otro plato.
—Habitualmente me limitaba a freír un poco de harina de avena en el jugo.
—Lo tendremos de postre. Este es el comienzo de una nueva era: igualdad de derechos para hombres y mujeres.
Shirl le dirigió una sonrisa y se deslizó en su silla sin decir nada más. Maldición, pensó Andy, por otra mirada como esa le daría todo el filete.
La carne estaba acompañada de berros de mar y de galletas para mojar en la salsa, y de otra botella de cerveza de la cual Shirl le permitió que le sirviera un vaso pequeño, Andy cortó el filete en trozos muy pequeños, saboreando lentamente cada uno de ellos. No podía recordar haber comido tan bien en toda su vida. Cuando hubo terminado se retrepó en la silla y suspiró, satisfecho. Era bueno, pero era casi demasiado bueno, y sabia que no podía durar: se sintió ligeramente irritado cuando las palabras zapatos del muerto se insinuaron en su cerebro.
—Confío en que no te importó, pero anoche estaba un poco borracho.
—No me importó en absoluto. Pensé que eras muy dulce.
—¡Dulce! —Andy se rió de sí mismo—. Me han llamado muchas cosas, pero nunca dijeron eso de mí. Al llegar hoy, pensé que estabas enfadada conmigo.
—Estaba ocupada, eso es todo; el apartamento estaba hecho un asco, y tú tenías hambre. Creo que sé lo que necesitas.
Se levantó rápidamente y fue a sentarse en el regazo de Andy, apoyando contra é1 toda su cálida feminidad y rodeándole el cuello con los brazos. Volvió a besarle, con la clase de beso que él recordaba. Descubrió que la blusa de Shirl estaba cerrada por delante con dos botones: los desabrochó, y apretó su rostro contra la suave fragancia de la piel femenina.
—Vamos dentro —dijo Shirl con voz ronca.
Más tarde, Shirl yacía junto a él, relajada y sin sentir vergüenza, mientras los dedos de Andy recorrían el contorno de su espléndido cuerpo. Los ocasionales sonidos que atravesaban la cerrada ventana y las cortinas echadas no hacían más que subrayar la soledad del dormitorio, sumido en una semipenumbra. Cuando Andy besó la comisura de sus labios, Shirl sonrió soñadoramente, con los ojos medio cerrados.
—Shirl... —empezó a decir Andy, pero no pudo continuar. No estaba acostumbrado a expresar sus emociones. Las palabras estaban allí, pero no podía pronunciarlas en voz alta. Sin embargo, sus manos moviéndose sobre la piel de Shirl fueron más elocuentes que todas las palabras; el cuerpo de la joven tembló en respuesta a la caricia, y se acercó más a él. Al hablar, su voz fue un ronco susurro:
—Eres realmente bueno en la cama, distinto... ¿lo sabías? Me haces sentir cosas que nunca había sentido. —los músculos de Andy se endurecieron súbitamente, y Shirl se volvió hacia él—. ¿Te molesta que diga eso? ¿Preferirlas que te dijera que eres el único hombre con el que me he acostado?
—No, desde luego que no. No es nada de mi incumbencia, y no me afecta en absoluto —pero la rigidez de su cuerpo desmentía sus palabras.
Shirl rodó sobre su espalda y contempló las motas de polvo que brillaban en el rayo de luz que penetraba a través de la rendija entre las cortinas.
—No estoy tratando de justificar nada, Andy, pero quiero que lo sepas. Crecí en el seno de una de esas familias realmente estrictas, nunca salía sola ni hacía nada que mereciera un reproche, y mi padre me vigilaba muy de cerca. No creo que yo le importara mucho, pero sencillamente no tenía otra cosa que hacer. En el fondo, papá me quería, y probablemente pensaba que estaba haciendo lo más conveniente para mi. Estaba jubilado, le obligaron a jubilarse cuando tenía cincuenta y cinco años, y tenía su pensión y el dinero de la casa, de modo que se limitaba a pasear y a beber. Luego, cuando tenía veinte años, me presenté a un concurso de belleza y gané el primer premio. Recuerdo que le entregué el dinero del premio a mi padre para que me lo guardara... y aquella fue la última vez que le vi. Uno de los jueces me había invitado a salir con él aquella noche, de modo que acepté su invitación, y luego me marché a vivir con él.
¿Así de fácil?, se dijo Andy a si mismo, pero no hizo ningún comentario en voz alta. Sonrió para sus adentros: ¿qué derechos tenía él?
—¿No te estás riendo de mí? —preguntó Shirl con voz dolorida, tocando con su dedo índice los labios de Andy.
—¡Dios mío, no! Me estaba riendo de mí mismo porque, si quieres saberlo, estaba empezando a sentirme un poco celoso, ¿sabes? Y no tengo ningún derecho a sentir celos.
—Tienes todo el derecho del mundo —dijo Shirl, besándole lenta y prolongadamente—. Al menos para mí, esto es muy distinto. He conocido a muchos hombres, y todos eran hombres como Mike. Nunca había tenido la suerte de conocer a alguien como tú, y siento...
—Cállate —dijo Andy—. No me importa. —Hablaba sinceramente—. Lo único que me importa es tenerte conmigo aquí y ahora, y ninguna otra cosa en el mundo.
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