VIII

A través de la abierta ventana penetraban el calor y el hedor, el sonido de la ciudad, un rugido compuesto de múltiples voces que ascendía y caía con la martilleante persistencia de olas rompiéndose sobre una playa; un estruendo interminable. Destacando súbitamente contra aquel fondo de ruido llegó el sonido de cristales rotos y un fragor metálico; se alzaron voces gritando, y en el mismo instante resonó un prolongado alarido.
—¿Qué? ¿Qué pasa...? —gruñó Solomon Kahn, removiéndose en la cama y frotándose los ojos. Los holgazanes nunca se callaban, nunca le dejaban a uno descabezar un sueño. Se levantó y se acercó a la ventana, pero no pudo ver nada. Todavía estaban gritando. ¿Qué podía haber causado el ruido? ¿Otra escalera de incendios desplomándose? Ocurría con bastante frecuencia, e incluso lo daban por TV si las desgracias personales permitían ofrecer un espectáculo horripilante. No, probablemente no, sólo unos chiquillos rompiendo ventanas otra vez o algo por el estilo. El sol estaba bajo detrás de los edificios, pero el aire era todavía cálido y hediondo.
—Un tiempo asqueroso —murmuró, mientras se dirigía al fregadero. Incluso las tablas del suelo ardían bajo las plantas de sus descalzos pies. Se humedeció el sudoroso rostro con un poco de agua, y luego conectó el canal Música y Hora Exacta en el televisor. Un ritmo de jazz llenó la habitación, y la pantalla indicó 18:47 con 6:47 p.m. debajo en números más pequeños para todos los imbéciles que se habían arrastrado por la vida sin lograr aprenderse el reloj de veinticuatro horas. Eran casi las siete y Andy estaba hoy de servicio, lo cual significaba que debió quedar libre a las seis, aunque en la policía nunca se cumplía el horario. De todos modos, podía empezar ya a preparar la cena.
—Para esto me dio el Ejército una excelente educación como mecánico de aviación —dijo, dando unos golpecitos a la estufa—. La mejor inversión que hicieron nunca—. La estufa había surgido a la vida como un hornillo de gas, que Sol había convertido en hornillo eléctrico cuando los suministros de gas empezaron a fallar. Cuando el suministro de electricidad se hizo demasiado errático —y caro— para cocinar, había instalado un tanque a presión con un mechero variable que quemaba cualquier líquido inflamable. Había funcionado satisfactoriamente durante varios años, consumiendo petróleo, metanol, acetona y otros muchos combustibles, fallando únicamente con la gasolina de aviación, que había proyectado un chorro de llama de un metro de longitud, chamuscando la pared antes de que consiguiera encontrar la solución al problema. Su adaptación final había sido la más sencilla... y la más deprimente. Había practicado un agujero en la parte posterior del horno, instalando una chimenea que salía al exterior a través de otro agujero practicado en la pared de ladrillo. Cuando se encendía un combustible sólido sobre la rejilla en el interior del horno, una abertura en el aislamiento encima de él permitía que saliera el calor hasta el hornillo propiamente dicho.
—Incluso las cenizas hieden a pescado —se lamentó mientras recogía la delgada capa de polvorienta ceniza del día anterior. Luego la arrojó por la ventana en forma de nube gris, e inmediatamente llegó a sus oídos el grito de queja procedente de la ventana del piso inferior.
—¿No te gusta eso? —gritó a su vez—. Diles a tus asquerosos hijos que no pongan el televisor a todo volumen la noche entera, y tal vez decida no tirar las cenizas por la ventana.
Aquel desahogo le relajó, y canturreó al compás de la Suite de "Cascanueces" que había reemplazado a la anónima composición de jazz... hasta que una serie de crujidos reemplazaron a su vez a la música y el sonido se apagó. Maldiciendo entre dientes, se acercó al aparato y golpeó uno de sus lados con el puño. Esto no tuvo el menor efecto. Los crujidos continuaron hasta que, de mala gana, Sol desconectó el aparato. Todavía murmuraba furiosamente cuando se inclinó para encender la estufa.
Colocó tres grasientas pastillas de carbón-de-mar, de color gris, sobre la rejilla, y alargó la mano hacia la estantería para coger su maltrecho encendedor Zippo. Un buen encendedor, comprado en el PX... ¿cuándo? Hacia unos cincuenta años. Desde luego, la mayoría de las piezas habían sido reemplazadas desde entonces, pero ya no se fabricaban encendedores como éste. De hecho, no se fabricaban ya encendedores de ninguna clase. El carbón-de-mar chisporroteó y prendió, ardiendo con una pequeña llama azul. Hedía —a pescado—, lo mismo que sus manos, y se dirigió al fregadero para lavárselas. Se suponía que aquel "carbón" estaba fabricado con desechos de celulosa procedentes de las cubas de fermentación de la fábrica de alcohol, secados y empapados con aceite de plancton de baja graduación para que no dejara de arder. Pero se rumoreaba que en realidad era fabricado con tripas de pescado secadas y prensadas, y Sol prefería esta versión, verdadera o no, a la oficial.
Su huerta en miniatura medraba en la jardinera de la ventana. Arrancó los últimos tallos de salvia y los colocó sobre la mesa para que se secaran, y luego levantó la hoja de plástico para comprobar si medraban las cebollas. Estaban creciendo muy bien, y pronto podría ponerlas en conserva. Cuando fue a lavarse las manos en el fregadero, contempló burlonamente su barba en el espejo.
—Necesita una poda, Sol —le dijo a su imagen—. Pero la luz casi ha desaparecido, de modo que puede esperar hasta mañana. Sin embargo, no te perjudicaría peinarla antes de vestirte para la cena.
Pasó un peine a través de su barba unas cuantas veces, y luego sacó un pantalón corto del armario. La prenda había sido originalmente un pantalón caqui del Ejército, cortado y remendado tantas veces en el transcurso de los años que se había convertido en algo que no recordaba en absoluto su procedencia. Acababa de ponérselo cuando alguien llamó a la puerta.
—Sí —gritó—. ¿Quién es?
—Electrónica Alcover's —fue la apagada respuesta.
—Empezaba a creer que te habías muerto o que se había incendiado tu tienda —dijo Sol, abriendo la puerta—. Sólo han pasado dos semanas desde que dijiste que arreglarías rápidamente este aparato... cobrándome la reparación por adelantado.
—Son cosas de la electrónica —dijo el recién llegado tranquilamente, dejando sobre la mesa su caja de herramientas del tamaño de una maleta—. Ese viejo aparato tiene un tubo quemado y varias piezas gastadas. ¿Qué podía hacer? Ya no fabrican ese tubo, y si lo fabricaran no podría comprarlo, ya que tendría que haberlo pedido con mucha antelación. —Sus manos estaban ocupadas mientras hablaba, transportando el televisor a la mesa y empezando a desatornillar la tapa trasera—. De modo que, ¿cómo podía reparar el aparato? Tuve que acudir a los desguazadores de radios de la Calle Greenwich y pasar un par de horas rebuscando. No encontré el tubo, de modo que compré un par de transistores e improvisé un circuito que hará el mismo trabajo. No ha sido fácil, se lo aseguro.
—Mi corazón sangra por ti —dijo Sol, contemplando suspicazmente cómo el obrero sacaba la tapa del aparato y extraía un tubo.
—Quemado —dijo el hombre, mirando el tubo con el ceño fruncido antes de introducirlo en su caja de herramientas. De la bandeja superior sacó un rectángulo de plástico delgado al cual habían sido pegadas varias piezas pequeñas, y empezó a insertarlo en el circuito del televisor—. Todo es un tapaagujeros —dijo—. Hay que desnudar a un santo para vestir a otro. Tengo que aprovechar incluso la soldadura de los aparatos desguazados. Menos mal que en este país hay un par de miles de millones de aparatos, y la mayoría de los más recientes tienen circuitos muy sólidos... —Encendió el aparato, y un chorro de música inundó la habitación—. Esto serán cuatro dólares por mano de obra.
—¡Estafador! —dijo Sol—. Ya te pagué treinta y cinco dólares...
—Aquello era por el material, la mano de obra es aparte. Si quiere disfrutar los pequeños lujos de la vida, tiene que estar dispuesto a pagar por ellos.
—Necesito reparaciones, no filosofía —dijo Sol, entregándole el dinero—. Eres un ladrón.
—Prefiero pensar en mi como en un saqueador de tumbas electrónicas —dijo el hombre, embolsándose los billetes—. Si quiere conocer verdaderos ladrones, venga a ver lo que les pago a los desguazadores de aparatos. –Se colgó al hombro la caja de herramientas, y se marchó.
Eran casi las ocho. Sólo unos minutos después de el reparador terminó su trabajo, una llave giró en la cerradura y entró Andy, cansado y acalorado.
—Tienes un aspecto realmente decaído —dijo Sol.
—El mismo que tendrías tú si hubieras pasado el día que he pasado yo. ¿No puedes encender una luz? Aquí no se ve nada... —se arrastró hasta la silla situada junto a la ventana y se dejó caer en ella.
Sol encendió la pequeña bombilla amarilla que colgaba en el centro de la habitación, y luego se dirigió hacia el refrigerador.
—Esta noche no hay Gibsons, estoy racionando el vermouth hasta que pueda elaborar un poco más. Tengo el cilantro, y la raíz de lirio de Florencia y lo demás, pero quiero secar un poco de salvia, ya que sin ella no sabe a nada. —Sacó del refrigerador una jarra escarchada y cerró la puerta—. Pero he puesto a refrescar agua con un poco de alcohol para que te entumezca la lengua y no notes el sabor del agua. Te aplacará los nervios, también.
—¡Vamos a verlo! —Andy sorbió la bebida y logró esbozar una especie de sonrisa—. Siento que tengas que pagarlo tú, pero he pasado un día de perros... y lo que me espera. —olfateó el aire—. ¿Qué es lo que se cuece en la estufa?
—Un experimento en economía doméstica... y era gratis presentando la cartilla de Beneficencia. Es posible que no te hayas dado cuenta, pero nuestro presupuesto para alimentación ha quedado hecho añicos desde la última subida de precios. —Abrió un bote y le mostró a Andy la sustancia granular de color oscura que contenía—. Es un nuevo ingrediente milagroso suministrado por nuestro benévolo Gobierno y llamado ener-G. El nombre, al menos, es asquerosamente original... Contiene vitaminas, minerales, proteínas, hidratos de carbono...
—¿Todo, excepto sabor?
—No hay que ser demasiado exigente... Lo he mezclado a la harina de avena. No creo que sea una mala idea, porque estoy empezando a aborrecer la harina de avena. Este ener-G es el producto de la más reciente maravilla de la ciencia, el plancton de ballena.
—¿El qué?
—
Sé que nunca has abierto un libro pero... ¿no ves nunca la televisión? Dieron un programa de una hora sobre el terna. Un submarino atómico acondicionado especialmente navega por el mar igual que una ballena absorbiendo plancton, el conjunto de organismos vegetales y animales microscópicos que te sorprenderá saber que alimentan a las poderosas ballenas. A las tres únicas ballenas que quedan. Las formas de vida más diminutas alimentando a las mayores... tiene que haber una moraleja en alguna parte. Bien, el submarino absorbe el plancton, prensándolo para escurrir el agua y convertirlo en pequeños bloques, que quedan almacenados hasta que el submarino se llena y puede regresar y ser descargado. Entonces, los bloques de plancton son manipulados y se convierten en ener-G.
—¡Oh, Cristo, apuesto a que sabe a pescado!
—No se aceptan apuestas —suspiró Sol, y sirvió la harina de avena.
Comieron en silencio. La harina de avena mezclada con ener-G no era tan mala como habían esperado, pero tampoco muy buena. En cuanto hubo terminado, Sol se quitó el sabor de la boca con la mixtura agua-alcohol.
—¿Has dicho algo acerca de lo que te espera? –inquirió—. ¿Acaso hoy vas a tener que doblar el servicio?
Andy se encaminó a la ventana: ahora que el sol se había puesto, soplaba una ligera brisa que hacía más soportable el húmedo calor.
—Algo por el estilo, me han asignado un servicio especial. ¿Recuerdas el caso de asesinato del que te hablé?
—¿Big Mike, el gangster? El que le liquidó prestó un servicio a la raza humana.
—Mis sentimientos coinciden con los tuyos. Pero el muerto tenía amigos políticos que están más interesados el caso que nosotros. Tienen mucha influencia, han do de unos cuantos hilos, y el jefe superior en persona llamó al teniente y le ordenó que destinase a un hombre exclusivamente a la investigación y encontrara al asesino. En el informe figuraba mi nombre, de modo que me tocó la china. Y el bastardo de Grassy no me habló del asunto hasta última hora. Me asignó el trabajo cuando estaba firmando en el libro de salida y me "sugirió" que lo empezara esta misma noche. Ahora —añadió, poniéndose en pie y desperezándose.
—Es un buen asunto para ti, ¿no? —inquirió Sol, mesándose la barba—. No dependerás de nadie, serás tu propio jefe, trabajarás las horas que te plazca, y acabarás cubriéndote de gloria.
—No será de eso de lo que me cubriré si no resuelvo el caso rápidamente. Hay muchas influencias en juego, y no cesan de presionar. Grassy me dijo que si no descubría pronto al asesino tendría que volver a ponerme el uniforme y patrullar por los muelles.
Andy entró en su cuarto y abrió el candado del cajón del fondo del armario. Allí guardaba algunos cartuchos de repuesto, documentos personales y otros objetos, incluida una linterna de reglamento. Se encendía apretando un botón, y emitió un buen rayo de luz cuando Andy la probó.
—¿A dónde vas ahora? —le preguntó Sol, cuando se disponía a salir—. ¿A hacer una ronda?
—Es una verdadera suerte que no seas policía, Sol. Con tu conocimiento de la investigación criminal, los delincuentes camparían a sus anchas por la ciudad...
—No lo están haciendo tal mal, incluso sin mi ayuda.
—...y todos seríamos asesinados en nuestras camas. Nada de rondas. Voy a hablar con la chica.
—La cosa se está poniendo interesante. ¿Puedo preguntarte a qué chica te refieres?
—Se llama Shirl. Un bombón. Era la amiga de Big Mike, vivía con él, pero no estaba en el apartamento cuando le liquidaron.
—¿Estás seguro de que no necesitas un ayudante? Soy especialista en trabajos nocturnos.
—Tranquilízate, Sol, ya no te quedan dientes para roer esa clase de huesos. Ella no juega en nuestra división. Mójate las muñecas con agua fría y duerme un poco.
Utilizando la linterna, Andy evitó la basura y otros escollos en la oscura escalera. En el exterior, las multitudes y el calor permanecían inalterados, intemporales, llenando la calle de día y de noche. Andy suspiraba por una lluvia que se llevara a ambos, pero el parte meteorológico no había ofrecido ninguna esperanza. Sin cambios en la situación anticiclónica.
Charlie abrió la puerta en el Parque de Chelsea con un cortés "Buenas noches, señor". Andy echó a andar hacia el ascensor, pero cambió de idea y pasó de largo, dirigiéndose a la escalera. Quería echar una ojeada a la ventana y al sótano para verlos a oscuras, tal como estaban cuando entró el ladrón. Si había entrado en el edificio por allí. Ahora que le habían asignado la tarea de encontrar al asesino, tenía que examinar todos los detalles del caso más a fondo, tratar de reconstruir todo lo sucedido. ¿Era posible alcanzar la ventana desde el exterior sin ser visto? Si no era posible, el trabajo podía sido realizado desde dentro, en cuyo caso se vería obligado a ocuparse de los empleados y los inquilinos del edificio.
Se detuvo, silenciosamente, y empuñó su revólver.
A través de la entreabierta puerta del sótano, delante de él había visto moverse el rayo luminoso de una linterna.
Y en aquella habitación se hallaba la ventana forzada. Avanzó lentamente, casi de puntillas para que no crujiera el arenoso suelo de hormigón. Cuando entró vio que alguien estaba contra la pared del fondo, paseando una linterna encendida a lo largo de la hilera de ventanas. Una figura oscura silueteada contra la amarilla burbuja de luz. La luz avanzó hasta la ventana siguiente, vaciló, y se paró sobre el corazón que había sido dibujado en el polvo. El hombre se inclinó hacia adelante y examinó la ventana, tan absorto que no oyó a Andy cruzar el sótano y situarse detrás de él.
—No se mueva... le estoy apuntando con un revólver —dijo Andy, apretando el cañón del arma contra la espalda del hombre.
La linterna cayó al suelo y se apagó; Andy maldijo entre dientes, sacó su propia linterna y apretó el botón. El rayo luminoso hirió de lleno el rostro de un anciano, con la boca abierta por el terror, su piel súbitamente tan pálida como sus largos cabellos plateados. El hombre se apoyó contra la pared, respirando con dificultad, y Andy devolvió el revólver a su funda y sujetó el brazo del otro mientras se deslizaba lentamente por la pared hasta quedar sentado en el suelo.
—La impresión... la sorpresa... —murmuró—. No debió hacer eso... ¿Quién es usted?
—Soy un oficial de policía. ¿Cuál es su nombre... y qué estaba haciendo aquí? —Andy le cacheó rápidamente: no estaba armado.
—Soy un... funcionario civil... mi identificación está aquí.
Luchó para sacar su cartera, y Andy la tomó de sus manos y la abrió.
—Juez Santini —dijo, paseando la luz de la linterna de la tarjeta de identificación al rostro del hombre—. Sí, le he visto a usted en el tribunal. Pero, ¿no es este un lugar un poco raro para encontrar en él a un juez?
—Por favor, nada de impertinencias, joven. —La primera reacción había pasado, y Santini volvía a ser dueño de sí mismo—. Me considero un buen conocedor de las leyes de este Estado soberano, y no puedo recordar ninguna que pueda aplicarse a esta situación en particular. Le sugiero que no se exceda en sus atribuciones..
—Estoy investigando un asesinato, y existe la posibilidad de que haya tocado usted algo que podría ser una ;prueba, Juez. Creo que mi intervención está más que justificada.
Santini parpadeó al resplandor de la linterna y pudo ver las piernas de su interlocutor; estaban cubiertas con unos pantalones de color canela, y no con los de un uniforme azul.
—¿Es usted el detective Rusch? —preguntó.
—Si, efectivamente —dijo Andy, sorprendido. Inclinó la luz de modo que no se reflejara directamente en el rostro del juez—. ¿Qué sabe usted acerca de esto?
—Me alegrará mucho decírselo, muchacho, si me permite incorporarme y si podemos encontrar un lugar más cómodo para nuestra charla. ¿Por qué no visitamos a Shirl? Tiene usted que haber trabado ya conocimiento con la señorita Greene... Allí estaremos mucho más frescos, y con mucho gusto le diré todo lo que sé.
—Me parece una buena idea —dijo Andy, ayudando al anciano a ponerse en pie. El Juez no iba a salir corriendo... y podía tener alguna relación oficial con el caso. ¿Cómo podía saber sino que Andy era el detective encargado de la investigación? Esto tenía más aspecto de interés político que de interés policíaco, y Andy sabia lo suficiente como para andar con pies de plomo.
Tomaron el ascensor en el sótano, y la ceñuda mirada Andy borró la expresión de curiosidad del rostro del ascensorista. El Juez parecía encontrarse mejor, aunque se apoyó en el brazo de Andy a lo largo del rellano. Shirl les abrió la puerta.
—Juez... ¿está usted enfermo? —preguntó, con los ojos muy abiertos.
—No es nada, querida, sólo un poco de calor y de fatiga; me estoy haciendo viejo, eso es todo—. Se irguió, disimulando bien el esfuerzo que le costó hacerlo, y se separó de Andy para apoyarse en el brazo de Shirl—. He encontrado al detective Rusch fuera, y ha sido lo bastante amable como para subir conmigo. Ahora, si me permites acercarme un poco más a ese acondicionador de aire y descansar un momento... —entraron en el apartamento, y Andy les siguió.
La joven tenía un aspecto realmente atractivo, ataviada como una estrella de la televisión. Llevaba un vestido confeccionado con una tela que resplandecía como plata entretejida... pero que al mismo tiempo parecía suave. No tenía mangas y estaba muy escotado por delante y más escotado aún por detrás, hasta la misma cintura. Sus cabellos sueltos caían sobre sus hombros. El Juez la miró por el rabillo del ojo mientras la joven le acompañaba hasta el sofá.
—¿Hemos llegado en un mal momento, Shirl? —inquirió—. Llevas un vestido muy elegante. ¿Ibas a salir?
—No —dijo Shirl—, pensaba quedarme en casa, sola. Si quiere que le diga la verdad... estoy tratando de recobrar la moral. Nunca había llevado este vestido, es algo nuevo, nilón, creo, con pequeñas incrustaciones de metal. —Ablandó una almohada y la colocó detrás de la cabeza del Juez Santini—. ¿Puedo prepararle algo fresco para beber? ¿Y a usted también, señor Rusch?
Fue la primera vez que pareció darse cuenta de su presencia, y Andy asintió silenciosamente.
—Una sugerencia maravillosa —el Juez suspiró y se reclinó hacia atrás—. Algo alcohólico, si es posible.
—¡Oh, si! Hay toda clase de bebidas en el bar, y yo no las pruebo.
Cuando Shirl desapareció en la cocina, Andy se sentó junto a Santini y habló en voz baja.
—Iba usted a decirme qué estaba haciendo en el sótano... y cómo conoce mi nombre.
—Muy sencillo... —Santini miró en dirección a la cocina, pero Shirl estaba ocupada y no podía ofrles—. La muerte de O'Brien tiene ciertas... ramificaciones políticas, digamos, y me han encargado que me mantenga al corriente de los progresos que se realizan. Naturalmente me enteré de que le habían asignado la investigación. —Se relajó, y unió sus manos sobre su redondeado vientre.
—Eso sólo contesta la mitad de mi pregunta —dijo Andy—. Ahora, ¿qué estaba haciendo en el sótano?
—Se está fresco aquí, casi demasiado en contraste con la temperatura del exterior. Un verdadero alivio. ¿Observó usted el corazón dibujado en el polvo en la ventana del sótano?
—Desde luego. Lo descubrí yo.
—Es muy interesante. ¿Ha oído usted hablar... tiene que haber oído hablar de él, está fichado por la policía... de un individuo llamado Cuore?
—¿Nick Cuore? ¿El gangster de Newark?
—El mismo. Aunque "gangster" no es del todo correcto, sería más exacto decir "el hombre fuerte" de los negocios ilegales. Su situación allí se ha hecho preponderante, y es un hombre tan ambicioso que ha vuelto sus ojos en dirección a Nueva York.
—¿Qué se supone que significa todo esto?
—Cuore es una buena palabra italiana. Significa corazón —dijo Santini, en el momento en que Shirl entraba en la habitación portando una bandeja. Andy cogió el vaso con un "Gracias" maquinal, sumido en sus pensamientos. Ahora comprendía por qué se estaba ejerciendo tanta presión en este caso. No era una cuestión de amistad, a nadie parecía importarle realmente que O'Brien estuviera muerto: lo que de veras contaba era el por qué de su asesinato. ¿Fue debido a un tal accidente como parecía ser? ¿O era una advertencia de Cuore en el sentido de que había decidido extender sus actividades a la ciudad de Nueva York? ¿O había sido cometido por algún personaje local que trataba de atribuírselo a Cuore para cubrirse a si mismo? Cuando se adentraba en el campo de la especulación, las posibilidades se multiplicaban hasta el extremo de que la única manera de descubrir la verdad era encontrar al asesino. Las partes interesadas habían tirado de unos cuantos hilos, y el resultado había sido que le asignaran la investigación con carácter exclusivo. Cierto número de personas debían estar leyendo sus informes y esperando impacientemente una respuesta.
—Lo siento —dijo, dándose cuenta de que la joven le estaba hablando—. Pensaba en otra cosa y no la he oído.
—Le preguntaba si le gustaba la bebida. Si no le agrada, puedo prepararle otra cosa.
—No, está bien —dijo, dándose cuenta de que había estado sosteniendo el vaso todo el tiempo, limitándose a mirarlo. Bebió un sorbo, y luego otro—. En realidad, está muy bien. ¿Qué es?
—Whisky. Whisky con soda.
—Es la primera vez que lo pruebo. —Trató de recordar cuánto costaba una botella de whisky. Casi no se elaboraba ya, debido a la escasez de cereales, y cada año las existencias almacenadas disminuían y aumentaba el precio. Al menos doscientos dólares una botella, probablemente más.
—Un trago muy refrescante, Shirl —dijo Santini, colocando su vaso vacío contra el brazo de su sofá, donde permaneció—. Y gracias de todo corazón por tu amable hospitalidad. Siento tener que marcharme ahora, Rosa me está esperando, pero, ¿podría pedirte algo antes de irme?
—Desde luego, Juez. ¿De qué se trata?
Santini sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo abrió, desplegando en abanico el puñado de fotografías que contenía. Desde el lugar en el que se encontraba Andy pudo ver que eran fotografías de hombres distintos. Santini alargó una de ellas hacia Shirl.
—Lo que le ocurrió a Mike fue trágico —dijo—, muy trágico. Todos nosotros deseamos ayudar a la policía en la medida de nuestras fuerzas. Sé que tú también deseas hacerlo, Shirl, de modo que voy a pedirte que eches una mirada a estas fotografías, por si reconoces a alguna de esas personas.
Shirl cogió la primera y la examinó con una expresión concentrada. Andy admiró la técnica del Juez para hablar mucho sin decir realmente nada... pero obteniendo la colaboración de la joven.
—No, no puedo decir que le haya visto nunca –declaró Shirl.
—¿Estuvo de huésped aquí, o se vio con Mike estando con él?
—No, estoy segura de eso, nunca estuvo aquí. Creí que me preguntaba si le había visto en la calle o algo por el estilo.
—¿Qué me dices de los otros hombres?
—Nunca he visto a ninguno de ellos. Siento no poder ayudarle más.
—La inteligencia negativa no deja de ser inteligencia, querida.
Pasó las fotografías a Andy, que reconoció la de encima como la de Nick Cuore.
—¿Y los otros? —preguntó.
—Socios suyos —dijo Santini, levantándose lentamente del mullido sofá.
—Me quedaré con ellas unos días, si no le importa –dijo Andy.
—Desde luego que no. Pueden resultarle muy valiosas.
—¿Tiene que marcharse ya? —protestó Shirl. Santini sonrió y echó a andar hacia la puerta.
—Tienes que disculpar a un viejo, querida. Por mucho que disfrute con tu compañía, debo ser juicioso y no trasnochar demasiado. Buenas noches, señor Rusch... y buena suerte.
—Voy a prepararme un trago —dijo Shirl, después haber acompañado al Juez hasta la puerta—. ¿Puedo volver a llenar su vaso? Es decir, si no está de servicio.
—Estoy de servicio, y lo he estado durante las últimas catorce horas, de modo que creo que ha llegado el momento de mezclar el servicio y la bebida. Si usted no me denuncia, desde luego.
—¡No soy una soplona! —sonrió Shirl, y cuando se sentaron uno frente al otro Andy se sintió mucho mejor de lo que se había sentido durante semanas enteras. Su jaqueca había desaparecido, el ambiente era deliciosamente fresco, y la bebida sabía mejor que cualquier otra cosa que pudiera recordar.
—Creí que había terminado usted con la investigación —dijo Shirl—. Eso fue lo que usted me dijo.
—También yo lo creía entonces, pero las cosas han cambiado. Hay un montón de personas interesadas en que se resuelva este caso. Incluso personas como el Juez Santini.
—En todo el año transcurrido desde que conocí a Mike, nunca me había dado cuenta de que fuera tan importante.
—No lo era... vivo. Lo importante es su muerte, y los motivos, si existe alguno, que la provocaran.
—¿Hablaba usted en serio esta tarde al decir que la policía no deseaba que se sacara nada de este apartamento?
—Sí, de momento. Tengo que revisarlo todo, especialmente los papeles. ¿Por qué lo pregunta?
Shirl contempló fijamente su vaso, agarrándolo con fuerza con las dos manos.
—Hoy ha estado aquí el abogado de Mike, y su hermana dijo la verdad. Mis ropas y mis objetos de uso personal son míos, nada más. No es que esperase algo más. Pero el alquiler está pagado hasta final de agosto... —Shirl miró a Andy directamente a los ojos— y si los muebles siguen aquí puedo quedarme hasta entonces.
—¿Desea usted quedarse?
—Sí —dijo Shirl simplemente.
Tiene derecho a ello, pensó Andy. No está pidiendo ningún favor, no lloriquea ni nada por el estilo. Se limita a extender sus cartas sobre la mesa. Bien, ¿ por qué no? No me costará nada. ¿Por qué no?
—De acuerdo. Soy muy lento en registrar apartamentos, y registrar como Dios manda un apartamento tan grande como este me ocupará exactamente hasta la medianoche del treinta y uno de agosto. Si alguien se queja, remítale al detective de Tercer Grado Andrew Fremont Rusch, Comisaría 12-A. Yo me encargaré de que no la molesten.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó Shirl, poniéndose de pie de un salto—. Y merece otro trago. A decir verdad, no me atrevería a vender nada del apartamento, sería un robo. Pero no veo nada malo en que terminemos con las botellas. Es preferible eso a dejárselas a su hermana.
—Completamente de acuerdo —dijo Andy, retrepándose en los blandos almohadones y contemplando el atractivo contoneo de Shirl mientras se llevaba los vasos a la cocina.
Esto es vida, pensó, y sonrió aviesamente para sus adentros. Al diablo la investigación. Al menos por esta noche. Voy a beberme el whisky de Mike, y a sentarme cómodamente en su sofá, y a olvidar que soy un policía, sólo por una noche.


—No, nací en Lakeland, Nueva Jersey —dijo Shirl—, y nos trasladamos a la ciudad cuando yo era una niña. El Comando Estratégico del Aire estaba construyendo aquellas pistas especiales para los aviones Mach-3, y compraron nuestra casa y todas las casas contiguas, y las derribaron. Es la historia favorita de mi padre, cómo arruinaron su vida, y desde entonces no ha votado nunca por un Republicano, y jura que moriría antes de hacerlo.
—Yo tampoco nací aquí —dijo Andy, bebiendo un sorbo de whisky—. Nosotros vinimos de California. Mi padre poseía un rancho...
—¡Entonces es usted un vaquero!
—No era esa clase de rancho: árboles frutales, en el Valle Imperial. Yo era un niño cuando nos marchamos, y apenas lo recuerdo. En aquellos valles todas las labores agrícolas precisaban mucha agua, eran todo regadíos, a base de canales y bombas hidráulicas. El rancho de mi padre tenía bombas, y no se preocupó cuando los geólogos le dijeron que estaba utilizando agua fósil, agua que ha estado en el subsuelo millares de años. El agua vieja hace crecer las cosas igual que el agua nueva, recuerdo que dijo. Pero, por lo visto, había muy pocas filtraciones, o ninguna de agua nueva, porque un mal día el agua fósil se agotó, y las bombas se secaron. Nunca olvidaré aquello, los árboles murieron de sed sin que pudiéramos hacer nada para evitarlo. Mi padre perdió el rancho y nos trasladamos a Nueva York y trabajó como peón en el Túnel Moisés cuando lo estaban construyendo.


—Nunca he tenido un álbum —dijo Andy.
—Es la clase de cosas que hacen las chicas —dijo Shirl. Se sentó en el sofá al lado de Andy, volviendo las páginas. Había fotografías de niños, vitolas de cigarros, programas, pero Andy apenas los veía. El brazo desnudo de Shirl se apretaba contra el suyo, y cuando se inclinaba sobre el álbum Andy podía aspirar la fragancia de sus cabellos. Se dio cuenta vagamente de que había bebido mucho, y se limitó a asentir con la cabeza fingiendo que miraba al álbum. Pero de lo único que tenía realmente consciencia era de ella.
—Son más de las dos, será mejor que me marche.
—¿No quiere tomar un poco de café? —inquirió Shirl.
—No, gracias —apuró el contenido de la taza y se puso en pie—. Me daré una vuelta por aquí por la mañana, si le parece bien.
Echó a andar hacia la puerta.
—La mañana es estupenda —dijo Shirl, y extendió la mano—. Gracias por quedarse aquí esta noche.
—El que debe darle las gracias soy yo, recuerde que nunca había probado el whisky.
Andy había pensado en estrechar la mano de Shirl, simplemente darle las buenas noches. Pero sin saber cómo la encontró entre sus brazos, se descubrió a si mismo aspirando el perfume de sus cabellos y apretando fuertemente con sus manos el suave terciopelo de la piel de su espalda. Cuando la besó, Shirl le devolvió el beso apasionadamente, y Andy supo que todo iba a pasar como es debido.



Más tarde, tendido en el amplio lecho pudo sentir el tacto del cuerpo cálido de ella a su lado, y la leve brisa de su tranquila respiración sobre su mejilla. El zumbido del acondicionador de aire parecía acrecentar el silencio nocturno cubriendo y enmascarando todos los demás sonidos. Andy pensó que había bebido demasiado, ahora daba cuenta, y sonrió en la oscuridad. ¿Y qué? Si hubiera estado sobrio, lo más probable es que no hubiese ocurrido nada de lo que acababa de ocurrir. Podría lamentarlo al hacerse de día, pero en aquel momento sabía que esto era lo mejor que nunca le había sucedido. Y cuando trató de sentirse culpable, le resultó imposible; su mano apretó con un gesto posesivo el hombro de Shirl, la muchacha se removió en sueños. Las cortinas estaban ligeramente entreabiertas, y a través de la rendija Andy podía ver la luna, lejana y amistosa. Todo está bien, se dijo. Todo está bien, se repitió a sí mismo una y otra vez.


La luna ardía a través de la abierta ventana, un ojo taladrante en medio de la oscuridad, una brillante antorcha en medio del agobiante calor. Billy Chung había dormido un poco, antes, pero uno de los gemelos había tenido una pesadilla y le había despertado, y a partir de aquel momento Billy había permanecido tendido allí completamente desvelado. Si el hombre no hubiese estado en el cuarto de baño... Billy agitó su cabeza de un lado a otro, mordiéndose el labio inferior, notando que el sudor empapaba su rostro. No había tenido la menor intención de matarle, pero ahora que estaba muerto a Billy le tenía sin cuidado. Estaba preocupado por si mismo. ¿Qué ocurriría cuando le cogieran? Acabarían por descubrirle, para eso estaba la policía, extraerían la llanta de hierro de la cabeza del muerto y la examinarían en su laboratorio como tenían por costumbre, y localizarían al hombre que se la había vendido... Su cabeza rodó de un lado a otro sobre la almohada empapada en sudor, y un gemido casi inaudible brotó de su garganta y se abrió paso entre sus dientes.


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