VI

—¿Vas a estar mucho tiempo fuera, Charlie?
—Eso es asunto mío... limítate a ocupar mi puesto hasta que regrese —gruñó el portero, y miró al uniformado guardián con lo que a él le gustaba pensar que era una expresión castrense—. He visto un montón de botones dorados con mejor aspecto que esos.
—Por favor, Charlie, sabes que son de plástico. Si trato de frotarlos se desintegran.
En la jerarquía oficiosa de empleados del Parque de Chelsea, Charlie era el jefe indiscutido. No era una cuestión de salario —este constituía probablemente la parte menor de sus ingresos—, sino de situación y diligencia. Charlie era el que veía a los inquilinos más a menudo, y no perdía nada con esta ventaja. Sus contactos en el exterior de los edificios eran los mejores y podía conseguir cualquier cosa que los inquilinos desearan... pagándolo. Todos los inquilinos le apreciaban y le llamaban Charlie. Todos los empleados le odiaban y nunca había oído lo que le llamaban.
El apartamento de Charlie en el sótano iba unido al empleo; aunque el administrador hubiera quedado más que sorprendido ante el número de mejoras que habían sido introducidas en él. Un antiguo acondicionador de aire jadeaba y rebajaba la temperatura al menos diez grados. Dos décadas de muebles desechados y restaurados habían aportado un mescolanza de estilos y de colores, en tanto que las paredes estaban cubiertas con un impresionante número de armarios cerrados. Contenían una amplia colección de alimentos envasados y bebidas embotelladas. Charlie no consumía nada de todo aquello, sino que lo revendía a los inquilinos con un interesante margen comercial. La ausencia de contadores de agua y electricidad no era la menor de las mejoras; sin saberlo, la administración del edificio costeaba aquellos gastos de Charlie, los más importantes.
Se necesitaban dos llaves para abrir la puerta, y ambas estaban encadenadas a su cinturón. Entró y colgó cuidadosamente en el armario su chaqueta de uniforme, poniéndose a continuación una camisa de deporte limpia aunque muy remendada. El nuevo ascensorista estaba aún dormido en la ancha cama doble, y Charlie golpeó el armazón del lecho con su zapato del número catorce.
—Levántate. Entrarás de servicio dentro de una hora.
De mala gana, todavía medio dormido, el muchacho se arrastró fuera del. lecho y se quedó de pie, desnudo y delgado, rascándose los costados. Charlie sonrió al agradable recuerdo de la noche anterior y dio una cariñosa palmada en las flacas nalgas del muchacho.
—Vas a estar muy bien, niño —dijo—. Pórtate como es debido con el viejo Charlie, y Charlie cuidará de ti.
—Desde luego, señor Charlie, desde luego —dijo el muchacho, fingiendo un entusiasmo que no sentía. Aquel asunto era nuevo para él y no le gustaba demasiado, pero le había proporcionado el empleo. Sonrió tímidamente.
—Bueno, basta de charla —dijo Charlie, y propinó otra palmada al muchacho, pero esta vez lo bastante fuerte como para dejar una huella rojiza en la blanca piel—. Asegúrate de que la puerta queda bien cerrada cuando salgas, y mantén la boca cerrada sobre el empleo.
Charlie se marchó.
En la calle hacia mucho más calor de lo que había pensado, de modo que decidió tomar un taxi. El trabajo de esta mañana le dejaría una ganancia suficiente para una docena de taxis. Dos vehículos vacíos acudieron a su silbido, y Charlie despidió al primero porque el conductor estaba demasiado delgado: el portero tenía prisa y pesaba más de 100 kilos.
—Al edificio del Empire State. Entrada de la Calle Treinta y Cuatro. Y no te entretengas.
—¿Con este tiempo? —gruñó el conductor, irguiéndose sobre los pedales y poniendo en movimiento el crujiente armatoste—. ¿Quiere matarme, general?
—Muérete. Me tiene sin cuidado. Te daré un dólar por la carrera.
—¿Quiere que me muera de hambre, también? Con no puedo llevarle ni a la Quinta Avenida.
Regatearon el precio durante la mayor parte del trayecto, avanzando a través de las atestadas calles, gritando para ser oídos por encima del interminable ruido de ciudad, un sonido al cual estaban tan acostumbrados los dos que ni siquiera lo percibían.
Debido a la escasez de energía eléctrica y a la falta de piezas de recambio, en el edificio del Empire State sólo funcionaba un ascensor, que además tenía su parada final en el piso veinticinco. Una vez allí había que continuar subiendo a pie. Charlie trepó dos tramos de escaleras y saludó al guardaespaldas sentado en el rellano del piso veintiséis. Había estado aquí anteriormente y el hombre conocía, al igual que los otros tres guardianes que vigilaban el rellano, uno de los cuales le abrió la puerta.
Con su blanca cabellera descendiendo hasta sus hombros, el Juez Santini recordaba mucho a un profeta del Antiguo Testamento. Pero no hablaba como uno de ellos.
—Mierda, esto es una mierda. Pago una fortuna por la harina para poder comer un buen plato de pasta y, ¿en qué la conviertes?
Apartó bruscamente el plato de fideos que tenía delante y frotó la salsa de sus labios con la amplia servilleta que había colgado del cuello de su camisa.
—He hecho lo que he podido —replicó su esposa. Era bajita y morena y veinte años más joven que él—. Si querías alguien que te hiciera los fideos a mano, tenias que haberte casado con una contadina del viejo país, analfabeta y con bigote. Yo nací en esta ciudad, en la Calle Mulberry, lo mismo que tú, y lo único que sé de los fideos es que se compran en la tienda de comestibles...
El estridente timbre del teléfono sonó en aquel momento, y la mujer se calló de golpe. Ambos miraron hacia el aparato que estaba sobre el escritorio, y luego la mujer dio media vuelta y salió apresuradamente de la habitación, cerrando la puerta tras ella. No había muchas llamadas aquellos días, y las pocas que llegaban eran siempre importantes y acerca de asuntos de los que ella prefería no enterarse. Rosa Santini disfrutaba de todos los lujos que la vida podía proporcionar, y lo que no supiera sobre los negocios de su marido no sería motivo de preocupación para ella.
El Juez Santini se puso en pie, volvió a secarse la boca y dejó la servilleta sobre la mesa. No se apresuró, a su edad ya no lo hacía, pero tampoco se mostró excesivamente moroso. Se sentó detrás del escritorio, cogió su bloc de notas y su estilográfica, y alargó la mano hacia el teléfono. Era un viejo aparato con el rajado mango sujeto con tiras de esparadrapo, cuyo cable estaba deshilachado y tenía varios empalmes.
—Santini al habla —dijo, y escuchó atentamente, desorbitando los ojos a medida que escuchaba—. ¡Mike... Big Mike... Dios mío!
Después de esto apenas dijo nada, solamente si y no, y cuando colgó el receptor sus manos estaban temblando.


Big Mike —dijo el teniente Grassioli, casi sonriendo; incluso un repentino latigazo de su úlcera, no le deprimió como de costumbre—. Alguien ha hecho un buen trabajo. —La llanta de hierro manchada de sangre estaba sobre el escritorio, delante de él, y la miró como si fuera una obra de arte—. ¿Quién lo hizo?
—Es probable que se trate de un robo con fractura que salió mal —dijo Andy, de pie al otro lado del escritorio. Consultó su cuaderno de notas, resumiendo rápidamente los detalles relevantes. Cuando terminó, el teniente Grassioli gruñó y señaló las huellas de polvo blanco en el extremo del hierro.
—¿Qué me dice de esto? ¿Alguna huella buena?
—Muy clara, teniente. El pulgar y los tres primeros dedos de la mano derecha.
—¿Alguna posibilidad de que el guardaespaldas o la chica liquidaran al viejo bastardo?
—Yo diría que una entre mil, señor. No tenían ningún motivo: O'Brien les daba de comer a los dos. Y parecían realmente afectados, no por la muerte en sí, sino por haber perdido su medio de vida.
Grassioli. dejó caer de nuevo la llanta de hierro en la bolsa y se la entregó a Andy a través del escritorio.
—Eso es bastante bueno. Tenemos un mensajero que irá a la OIC la semana próxima, de modo que envíe las huellas allí entonces y un breve informe sobre el caso. Redacte el informe detrás de la tarjeta de las huellas: sólo estamos a diez y casi hemos gastado toda nuestra ración de papel. Deberíamos acompañar las huellas de la pájara y del guardaespaldas... pero al diablo con ello, no tenemos tiempo. Archívelo, olvídese del asunto y vuelva al trabajo.
Mientras Andy tomaba una nota en su cuaderno sonó el teléfono; el teniente cogió el receptor. Andy no escuchó la conversación, y estaba a medio camino de la puerta cuando Grassioli cubrió el micrófono con la mano.
—No se marche, Rusch —dijo, y volvió a dedicar su atención al teléfono.
—Sí, señor, es cierto —dijo—. Parece indudable que alguien forzó la puerta con la intención de robar y utilizó la misma palanqueta para el asesinato. Una llanta de hierro con el extremo afilado. —Escuchó unos instantes y su rostro enrojeció—. No, señor, no lo sabemos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Sí, eso es SOBORNO. No, señor. De acuerdo, señor. Tengo a alguien trabajando en el caso, señor.
—Hijo de puta —añadió el teniente, pero sólo después de haber colgado el receptor—. Se ha portado usted como un novato en este caso, Rusch. Vuelva a ocuparse de él y procure hacerlo mejor. Entérese de cómo entró el asesino en el edificio... y si realmente existió el robo con fractura. Tome las huellas dactilares de esos dos sospechosos. Envíe un mensajero a la Oficina de Identificación Criminal con las huellas y deles prisa. Quiero un informe sobre el asesino si está fichado. Muévase.
—No sabía que Mike tuviera amigos...
—Amigos o enemigos, me importa un pepino. Pero alguien nos está presionando, exigiendo resultados. De modo que resuelva esto lo antes posible.
—¿Solo, mi teniente?
Grassioli masticó el extremo superior de su estilográfica.
—No, quiero el informe en seguida. Llévese a Kulozik —eructó dolorosamente, y abrió el cajón en busca de los comprimidos.
Los dedos del detective Kulozik eran cortos y gruesos, y daban la impresión de que habían de ser torpes; en realidad eran muy ágiles y bajo preciso control. Sujetó el pulgar derecho de Shirl con firme presión y lo hizo rodar a través del baldosín barnizado en blanco, dejando una huella limpia y clara en el interior del recuadro marcado PULGAR. Luego, uno a uno, apretó el resto de los dedos de Shirl contra el tampón entintado y el baldosín hasta que todos los recuadros estuvieron llenos.
—¿Puede decirme su nombre, señorita?
—Shirl Greene, con una e al final. —Contempló las puntas de sus dedos manchadas de negro—. ¿Esto me convierte en una delincuente, con una ficha?
—Nada de eso, señorita Greene —Kulozik escribió cuidadosamente el nombre con un pincel delgado y grasiento en el espacio correspondiente en la parte inferior del baldosín—. Esas huellas no se hacen públicas, y sólo serán utilizadas en relación con este caso. ¿Puede decirme su fecha de nacimiento?
—Doce de octubre de 1977.
—Creo que es todo lo que necesitamos, por ahora —deslizó el baldosín en una caja de plástico juntamente con el tampón entintado.
Shirl fue a lavarse la tinta de las manos, y Steve estaba guardando en un estuche el equipo de huellas cuando zumbó el llamador de la puerta.
—¿Tienes las huellas de la muchacha? —preguntó Andy cuando hubo entrado.
—Todo listo.
—Bien, lo único que falta ahora son las huellas del guardaespaldas. Está esperando abajo, en el vestíbulo. Y he descubierto una ventana en el sótano que parece haber sido forzada; será mejor que compruebes si hay alguna huella allí. El ascensorista te dirá dónde está.
—De acuerdo —dijo Steve, colgándose del hombro el estuche de las huellas.
Shirl se presentó cuando Steve se marchaba.
—Tenemos una pista, señorita Greene —le dijo Andy—. He descubierto una ventana en el sótano que ha sido forzada. Si hay huellas dactilares en el cristal o en el marco, y coinciden con las que encontramos en la llanta de hierro, será una prueba de que la persona que cometió el asesinato entró en el edificio por allí. Y compararemos las huellas de la llanta con las de la puerta interior del apartamento. ¿Le importa que me siente?
—No —dijo Shirl—, desde luego que no.
La butaca era blanda, y el susurrante acondicionador de aire convertía la estancia en una isla de bienestar en medio del sofocante calor de la ciudad. Andy se reclinó hacia atrás, notando que parte de su tensión y su fatiga se desvanecía; en aquel momento zumbó el llamador de la puerta.
—Discúlpeme —dijo Shirl, dirigiéndose hacia el vestíbulo.
Andy oyó un murmullo de voces detrás de él mientras hojeaba su cuaderno de notas. La cubierta de plástico estaba abarquillada sobre una de las páginas y algunas de las letras aparecían borrosas, de modo que Andy las repasó con su estilográfica una y otra vez, apretando con fuerza.
—¡Tienes que marcharte de aquí, asquerosa ramera! Las palabras fueron gritadas por una voz ronca, vibrando estridente como una uña rascando un cristal. Andy se puso en pie y guardó el cuaderno de notas en uno de sus bolsillos.
—¿Qué pasa ahí? —inquirió.
Shirl entró, sonrojada y furiosa, seguida por una mujer delgada de cabellos grises. La mujer se detuvo al ver a Andy y le apuntó con un dedo tembloroso.
—Mi hermano ha muerto y todavía no está enterrado, y esta ramera ya se ha liado con otro hombre...
—Soy un oficial de policía —dijo Andy, mostrando placa—. ¿Quién es usted?
La mujer se irguió, un leve movimiento que no aumentó en un solo centímetro su estatura; años enteros de mala postura y de dieta inadecuada habían redondeado sus hombros y hundido su pecho. Unos brazos esqueléticos colgaban dentro de las mangas de un vestido de confección casera, color barro, muy usado. Su rostro, cubierto ahora por una película de sudor, era más gris que blanco, la piel de un habitante de la ciudad afectado de fotofobia; el único color que aparecía en ella era el de la mugre de las calles. Cuando habló, sus labios se abrieron en una estrecha ranura, dejando salir las palabras como estampados metálicos de una prensa, para volver a cerrarse inmediatamente después de haber expulsado una pieza más de las necesarias. Sólo los ojos acuosos tenían cierto movimiento o vida, y parpadearon de rabia.
—Soy Mary Haggerty, hermana del pobre Michael y su único pariente vivo. He venido a hacerme cargo de las cosas de Michael, me las legó todas en su testamento, el abogado me lo ha dicho, y tengo que hacerme cargo de ellas. Esa ramera tiene que marcharse, ya le sacó bastante al pobre Michael...
—Un momento —dijo Andy interrumpiendo el chorro palabras, y la mujer cerró la boca de golpe, mientras respiraba rápidamente a través de sus palpitantes fosas nasales—. No se puede tocar ni sacar nada de este apartamento sin permiso de la policía, de modo que no tiene por qué preocuparse por sus pertenencias.
—No se puede decir eso estando ella aquí –replicó la mujer, volviéndose hacia Shirl—. Robará y venderá todo lo que no esté clavado. Mi buen hermano...
—¡Su buen hermano! —estalló Shirl—. Usted le odiaba a él y él la odiaba a usted, y ni una sola vez pisó este lugar mientras él vivía.
—¡Cállese! —intervino Andy, situándose entre las dos mujeres. Se volvió hacia Mary Haggerty—. Ahora, puede marcharse. La policía le comunicará cuándo puede hacerse cargo de lo que hay en este apartamento.
Mary Haggerty quedó asombrada.
—Pero... no puede usted hacer eso. Tengo mis derechos. No puede dejar a esa ramera sola aquí.
Andy estaba llegando al limite de su paciencia.
—Modere su lenguaje, señora Haggerty. Ya ha utilizado bastante esa palabra. No olvide cómo se ganaba la vida su hermano.
La señora Haggerty palideció todavía más y retrocedió medio paso.
—Mi hermano era un hombre de negocios —dijo débilmente.
—Su hermano se dedicaba a negocios ilícitos, y eso significa muchachas, entre otras cosas.
Sin su rabia para mantenerla erguida, la mujer se encogió, se deshinchó, flaca y huesuda; la única cosa redonda en su cuerpo era su abdomen, hinchado por muchos años de dieta insuficiente y de excesivos embarazos.
—Y ahora, márchese —añadió Andy—. Nos pondremos en contacto con usted lo antes posible.
La mujer dio media vuelta y se marchó sin pronunciar una sola palabra más. Andy lamentó haber perdido los estribos y haber dicho más de lo que debía, pero ya no había manera de retirar las palabras.
—¿Es cierto lo que... lo que ha dicho usted de Mike? —preguntó Shirl, cuando la puerta se hubo cerrado. Con su vestido blanco y sus cabellos peinados hacia atrás parecía muy joven, incluso inocente, a pesar de la etiqueta que Mary Haggerty le habían endosado. La inocencia parecía más realista que las acusaciones.
—¿Desde cuándo conocía usted a O'Brien? —inquirió Andy, eludiendo de momento la pregunta de la joven.
—Desde hace un año, aproximadamente, pero él nunca hablaba de sus negocios. Y yo nunca le hacía preguntas, siempre creí que tenían algo que ver con la política, ya que recibía muchas visitas de jueces y políticos.
Andy sacó su cuaderno de notas.
—Me gustaría conocer los nombres de algunos visitantes regulares, de personas a las que vio durante la semana pasada.
—Ahora está usted haciendo preguntas... sin haber contestado la mía.
Shirl sonrió al decirlo, pero Andy supo que hablaba en serio. La joven se sentó en una silla de respaldo recto y cruzó las manos sobre su regazo como una colegiala.
—No puedo contestar a eso con mucho detalle –dijo— Mis conocimientos sobre Big Mike no llegan a tanto. Lo único que puedo asegurarle es que era una especie de contacto entre el sindicato y los políticos. A nivel ejecutivo, por decirlo así. Y han pasado al menos treinta años desde la última vez que compareció ante un tribunal o estuvo entre rejas.
—¿Quiere usted decir... que estuvo en la cárcel?
—Sí. Lo he comprobado, estaba fichado como delincuente, y le habían condenado un par de veces. Ahora, la cosa era distinta: los que pagan el pato son siempre los que están más bajos en la escala de la delincuencia. Una vez se opera en el círculo de Mike, la policía no le molesta a uno. En realidad, incluso la ayuda... como en esta investigación.
—No comprendo...
—Mire. En Nueva York se producen cada día cinco, tal vez diez asesinatos, un par de centenares de asaltos a mano armada, veinte, treinta casos de violación, al menos mil quinientos robos. La policía tiene poco personal y está sobrecargada de trabajo. No disponemos tiempo para investigar un caso que no se resuelva inmediatamente. Si alguien es asesinado y existen testigos, de acuerdo, detenemos al asesino y el caso se cierra. Pero en un asunto como éste, señorita Greene, ni siquiera solemos intentarlo. A menos que encontremos huellas dactilares y el asesino esté fichado. Pero esto ocurre muy pocas veces. Esta ciudad tiene un millón de individuos que dependen de la Beneficencia y que suspiran por una comida decente, un televisor o una botella de licor. De modo que se dedican a robar con la esperanza de conseguirlo. Capturamos a unos cuantos y los enviamos fuera de la ciudad, a trabajar en el campo. Pero la mayoría de ellos andan sueltos. De vez en cuando se produce un accidente, quizá se presenta alguien mientras realizan un trabajo, el dueño de una casa les sorprende mientras le están robando. Si el ladrón está armado, puede producirse un asesinato. Por puro accidente, desde luego, y hay un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que a Mike O'Brien le ocurriera una cosa así. Yo redacté un informe, lo presenté a mis superiores... y en circunstancias normales el caso habría quedado cerrado. Pero, como ya le he dicho, Big Mike tenía numerosos contactos políticos, y uno de ellos está presionando para que se lleve a cabo una investigación más a fondo, y por eso estoy aquí. Ahora... le he dicho más de lo que debía, y me hará usted un gran favor si lo olvida todo.
—No, no se lo diré a nadie. ¿Qué pasará ahora?
—Le haré unas cuantas preguntas más, me marcharé de aquí, redactaré otro informe... y se acabó. Me esperan otras tareas, y el departamento ha dedicado ya a esta investigación más tiempo del que puede permitirse.
Shirl no ocultó su asombro.
—¿No van a detener al hombre que lo hizo?
—Si las huellas dactilares están en el archivo, es posible. En caso contrario, sería una pérdida de tiempo intentarlo. Y, aparte de la falta de tiempo, en este caso la policía opina que la persona que liquidó a Mike O'Brien le hizo un servicio a la sociedad.
—¡Eso es terrible!
—¿De veras? Quizá —Andy abrió su cuaderno de notas y volvió a mostrarse muy oficial. Había terminado con las preguntas cuando regresó Kulozik con las huellas recogidas en la ventana del sótano, y salieron juntos del edificio. Comparada con el refrigerado apartamento, la calle parecía un horno.


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