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V
—¿Así de sencillo? ¿Quiere que dejemos colgado todo lo que estamos haciendo y salgamos corriendo? —las furiosas preguntas del teniente Grassioli perdieron algo de su impacto cuando las terminó con un ruidoso eructo. Cogió un frasco de comprimidos blancos del cajón superior de su escritorio, dejó caer dos de ellos en su vaso, y los contempló con expresión de disgusto antes de introducirlos en su boca—. ¿Qué ha ocurrido allí? —Sus últimas palabras fueron acompañadas por un sonido seco y chirriante mientras masticaba los comprimidos.
—No lo sé, no me lo dijeron. —El hombre del uniforme negro se mantenía en posición de firmes, con una rigidez más bien exagerada, pero en sus palabras había un leve acento de insolencia—. No soy más que un mensajero, señor, me dijeron que fuera a la comisaría más próxima y entregara el siguiente mensaje: "Ha sucedido algo grave. Envíen inmediatamente un detective."
—¿Se ha creído esa gente del Parque de Chelsea que puede dar órdenes al departamento de policía?
El mensajero no contestó, porque ambos sabían que la respuesta era sí y era preferible pasarla por alto. En aquellos edificios vivían muchos individuos importantes desde el punto de vista público y privado. El teniente parpadeó ante un pinchazo de dolor de su estómago.
—¡Que venga Rusch! —gritó.
Andy se presentó al cabo de unos instantes.
—¿Sí, señor?
—¿En qué está trabajando?
—Tengo un sospechoso, puede ser el tipo que ha estado pasando todos esos cheques falsos en Brooklyn, voy a...
—Olvídelo de momento. Acaba de llegar un informe, y quiero que se ocupe de él.
—No sé si podré hacerlo, señor...
—Si yo digo que puede hacerlo... lo hará. Esta es mi comisaría, Rusch, no lo olvide. Acompañe a este hombre e infórmeme personalmente cuando regrese —esta vez el eructo fue menos ruidoso, una especie de punto final.
—Su teniente tiene muy mal genio —dijo el mensajero cuando estuvieron en la calle.
—Cierre el pico —rezongó Andy, sin mirar al hombre. Había pasado otra mala noche, y estaba cansado. Y la ola de calor no remitía; el sol era casi insoportable cuando salieron de la sombra de la autopista elevada y se encaminaron hacia el norte. Andy parpadeó ante el resplandor, y notó el principio de una jaqueca latiendo en sus sienes. Había basura bloqueando la acera, y la apartó a un lado furiosamente, a puntapiés. Doblaron una esquina y se encontraron de nuevo a la sombra; las almenas y los torreones de los edificios de apartamentos se erguían como un acantilado delante de ellos. Andy olvidó su jaqueca mientras cruzaban el puente levadizo; sólo había estado dentro de aquel lugar una vez, sin pasar del vestíbulo. La puerta se abrió antes de que llegaran a ella, y el portero se hizo a un lado para dejarles pasar.
—Policía —dijo Andy, mostrando su placa al portero—. ¿Qué ha pasado aquí?
El hombre no contestó en seguida, limitándose a volver la cabeza siguiendo al mensajero en retirada hasta que éste estuvo fuera del alcance de su voz. Entonces se lamió los labios y susurró:
—Un asunto feo. —Trataba de aparecer deprimido, pero sus ojos brillaban de excitación—. Se trata de un crimen... han asesinado a alguien.
Andy permaneció impasible; en Nueva York se cometían siete asesinatos diarios, por término medio, y no era infrecuente que la cifra llegara a diez.
—Vamos a ver qué ha sido eso —dijo, y siguió al portero hacia el ascensor.
—Ha sido aquí —dijo el portero, abriendo la puerta exterior del apartamento 41-E; una ráfaga de aire refrescó el rostro de Andy.
—Esto es todo —le dijo al decepcionado portero—. Yo me encargaré del asunto.
Penetró en el vestíbulo, e inmediatamente observó las muescas en la jamba de la puerta interior; miró más allá de ellas, hacia las sillas en las que estaban sentadas dos personas. En el suelo había un capazo de la compra, apoyado contra la silla más próxima.
Los rostros de aquellas dos personas tenían una expresión muy parecida, con sus ojos desorbitados, todavía bajo los efectos del repentino impacto de lo absolutamente inesperado. La joven era una atractiva pelirroja, con una hermosa y larga cabellera y una tez suave y sonrosada. Cuando el hombre se puso rápidamente de pie, Andy vio que era un guardaespaldas, un robusto negro.
—Soy el detective Rusch, de la Comisaría 12-A.
—Me llamo Tab Fielding, y esta es la señorita Greene: ella vive aquí. Al regresar de la compra, hace unos instantes, me di cuenta de que la puerta interior había sido forzada. Me adelanté y entré allí —señaló con el pulgar una puerta cercana, cerrada—. Encontré al señor O'Brien. La señorita Greene entró un minuto después y también le vio. Registré todo el apartamento pero no había nadie. La señorita Shirl... la señorita Greene, se quedó en el vestíbulo mientras yo iba a llamar a la policía, y no nos hemos movido de aquí desde entonces. No hemos tocado nada.
Andy contempló pensativamente a la pareja, y sospechó que la historia era cierta; podía ser comprobada fácilmente interrogando al ascensorista y al portero. Sin embargo, no podía correr ningún riesgo.
—Hagan el favor de acompañarme.
—Yo no quiero entrar —se apresuró a decir la joven, retorciéndose nerviosamente las manos—. No quiero volver a verle con ese aspecto.
—Lo siento, pero temo que no puedo dejarla sola aquí.
Ella no discutió más, se puso en pie lentamente y alisó las arrugas de su vestido gris. Una muchacha muy guapa, pensó Andy mientras ella caminaba a su lado. El guardaespaldas abrió la puerta, y Andy siguió a la pareja al interior del dormitorio. Manteniendo el rostro vuelto hacia la pared, la muchacha entró rápidamente en el cuarto de baño y cerró la puerta detrás de ella.
—Está muy afectada —dijo Tab, siguiendo la mirada del detective—. No es una chica blandengue, pero no se le puede reprochar que no desee ver al señor O'Brien en ese estado.
Por primera vez, Andy miró al cadáver. Los había visto mucho peores. Michael O'Brien resultaba tan impresionante muerto como lo había sido en vida: tendido boca arriba, con los brazos y las piernas extendidas, los ojos abiertos y vidriados en una mirada fija. Tenía un hierro clavado en un lado de la cabeza, y un hilo de sangre oscura discurría por su mejilla hasta el suelo. Andy se arrodilló y tocó la piel desnuda de su antebrazo; estaba muy fría. El aire acondicionado tendría algo que ver con aquello. Se incorporó y fijó su mirada en la puerta del cuarto de baño.
—¿Puede oírnos ella ahí? —preguntó.
—No, señor. El cuarto de baño está insonorizado, como todo el apartamento.
—Ha dicho usted que ella vivía aquí. ¿Qué significa eso?
—Es... era la chica del señor O'Brien. Ella no ha tenido nada que ver en esto, no tenía ningún motivo para pensar en una cosa así. El señor O'Brien era su galleta y su marga... —Tab se interrumpió bruscamente, tal vez dándose cuenta de que también él podía resultar sospechoso. Se encogió de hombros—. Y también las mías. Ahora, los dos tendremos que buscar otro empleo.
Se replegó sobre sí mismo, mirando con gran desaliento hacia un futuro súbitamente incierto.
Andy echó una ojeada a su alrededor, contemplando ropas esparcidas por el suelo y los forzados cajones del tocador.
—Podían haberse peleado antes de que ella saliera, esta mañana, y podía haberlo hecho entonces.
—¡Ni hablar! —Tab apretó los puños con fuerza—. La señorita Shirl no es la clase de persona que podría hacer una cosa así. Cuando dije que no era blandengue me refería a que podía apechugar con las cosas, ya sabe, salir adelante por sus propios medios. No podría haber hecho esto. Tendría que haber sido antes de reunirse conmigo en el vestíbulo, y se presentó como siempre, sonriente y ¿cree acaso que una persona puede permanecer impasible después de esto? —señaló furiosamente el voluminoso cadáver que yacía entre ellos.
Andy no lo dijo, pero estuvo de acuerdo con el guardaespaldas. Una pajarita tan guapa como aquella no tenía que matar a nadie. Lo que hacía lo hacía por don Dólar, y si un individuo le causaba demasiados problemas no le resultaría difícil encontrar a otro individuo con dinero. Sin necesidad de matar a nadie.
—¿Qué me dice de usted, Tab? ¿Liquidó usted al viejo?
—¿Yo? —estaba sorprendido, no furioso—. Ni siquiera subí al apartamento hasta que llegué con la señorita Shirl y le encontré muerto. —Irguió la cabeza y añadió, con orgullo profesional—: Y yo soy un guardaespaldas. Tenía un contrato para protegerle. Cumplo mis contratos al pie de la letra. Y cuando mate a alguien no será así... esa no es manera de matar a una persona.
Cada instante transcurrido en la refrigerada habitación hacía que Andy se encontrara mejor. Había dejado de sudar, y casi había olvidado su jaqueca. Sonrió.
—Estrictamente entre nosotros, estoy de acuerdo con usted. Pero soy policía y tengo la obligación de hacer un informe, sin descartar ninguna posibilidad. Esto tiene todo el aspecto de un robo con fractura: alguien forzó la puerta, O'Brien le sorprendió robando, y el ladrón le golpeó con la palanqueta que había utilizado para forzar la puerta. —Inclinó la mirada hacia la inmóvil figura—. ¿Quién era... a qué se dedicaba? O'Brien es un apellido corriente.
—Tenía algún negocio —dijo Tab evasivamente.
—No me está ayudando demasiado, Fielding. Piense un poco.
Tab miró hacia la cerrada puerta del cuarto de baño y se encogió de hombros.
—No sé lo que hacía, exactamente... y tengo el suficiente sentido común para no preocuparme por las actividades del señor O'Brien. Supongo que no eran demasiado legales, y tenían algo que ver con la política también: sé que recibía aquí a personajes importantes, incluso de la Alcaldía...
Andy hizo chasquear sus dedos.
—O'Brien... ¿No será Big Mike O'Brien?
—Así era como le llamaban.
—Big Mike.. — Bueno, no se ha perdido gran cosa. De hecho, podríamos perder a unos cuantos más como él y no les echaríamos de menos.
—No sé nada acerca de eso —Tab miraba fijamente delante de sí, con el rostro inexpresivo.
—Relájese. No trabaja ya para él. Su contrato acaba de ser cancelado.
—Me han pagado hasta final de mes. Terminaré mi trabajo.
—Su trabajo terminó en el momento en que este individuo recibió el golpe mortal. Creo que será mejor que cuide de la muchacha.
—Eso voy a hacer —el rostro de Tab se relajó, y miró al detective—. No va a ser fácil para ella.
—Lo superará —dijo Andy secamente. Sacó su cuaderno de notas y su estilográfica—. Ahora voy a hablar con ella, necesito un informe completo. Quédese en el apartamento hasta que haya hablado con ella y con los empleados del edificio. Si sus relatos corroboran el suyo, no habrá ningún motivo para retenerle a usted.
Andy sacó una bolsa de polietileno de su bolsillo y la deslizó de modo que el hierro se introdujera en ella, sin tocarlo; luego desprendió el arma del cráneo cogiéndola a través de la bolsa, lo más abajo posible; salió con bastante facilidad, y la herida sólo dejó escapar un hilillo de sangre. Precintó la bolsa, cogió una funda de almohada de la cama y dejó caer en ella la bolsa y la llanta de hierro. Así no habría quejas por llevar el hierro ensangrentado a la vista por la calle... y si actuaba como era debido podría quedarse con la funda de almohada. Extendió una sábana sobre el cadáver antes de llamar a la puerta del cuarto de baño.
Shirl abrió la puerta unos centímetros y alzó la mirada hacia él.
—Quiero hablar con usted —dijo Andy, y entonces recordó que el cadáver estaba en el suelo, detrás de él—. ¿Hay otra habitación...?
El cuarto de estar; yo iré delante.
Abrió del todo la puerta y salió, andando una vez más pegada a la pared y sin inclinar la mirada hacia el suelo. Tab estaba sentado en el vestíbulo y les miró en silencio mientras pasaban.
—Instálese cómodamente —dijo Shirl—. Vuelvo en seguida. —Entró en la cocina.
Andy se sentó en el diván, que era muy blando, y colocó su cuaderno de notas sobre su rodilla. Otro acondicionador de aire zumbaba en la ventana, y las cortinas que colgaban desde el techo hasta el suelo estaban casi cerradas del todo, de manera que la tamizada luz resultaba muy agradable. El televisor era un monstruo. Había cuadros en las paredes, al parecer realmente pintados a mano, libros, una mesa de comedor y sillas de madera rojiza. Todo muy elegante, para ciertas personas.
—¿Quiere un trago? —inquirió Shirl desde la cocina, sosteniendo en alto un vaso de forma alargada—. Esto es vodka.
—Estoy de servicio, gracias de todos modos. Le aceptaré un poco de agua fresca.
Shirl se presentó con una bandeja y, en vez de entregarle su vaso a Andy, lo apretó contra el brazo del diván, al alcance de la mano del detective. Cuando lo soltó el vaso permaneció allí, desafiando la gravedad. Andy tiró de él y el vaso quedó en su mano, libre; entonces vio que había unas anillas de metal rodeando el cristal, de modo que debajo de la tela tenían que haber imanes ocultos. Muy original. Por algún motivo desconocido, aquello le irritó y, después de beber unos sorbos de agua fría, y sin ningún sabor extraño, dejó el vaso en el suelo, junto a su pie.
—Me gustaría hacerle algunas preguntas —dijo, trazando una gruesa línea en su cuaderno de notas—. ¿A qué hora salió usted del apartamento esta mañana?
—A las siete en punto, cuando Tab entra de servicio. Quería terminar la compra antes de que el calor apretara demasiado.
—¿Cerró la puerta detrás de usted?
—Es automática, se cierra sola; no hay manera de dejarla abierta a menos de que se bloquee con algo.
—¿Estaba vivo O'Brien cuando usted se marchó?
Shirl le miró con una expresión furiosa en los ojos.
—¡Desde luego! Estaba dormido, roncando. ¿Acaso cree que le maté yo? —la expresión de furor se convirtió en un rictus de dolor mientras la muchacha recordaba lo que estaba tendido en la otra habitación; bebió un rápido sorbo de su vaso.
La voz de Tab llegó desde el umbral de la puerta.
—Cuando toqué el cuerpo del señor O'Brien todavía estaba caliente. Quienquiera que le mató tuvo que hacerlo muy poco antes de nuestra llegada...
Vaya a sentarse y no vuelva a asomar la nariz aquí —exclamó Andy bruscamente, sin volver la cabeza. Bebió un sorbo de agua helada y se preguntó por qué estaba tan excitado. Quienquiera que hubiese liquidado a Big Mike le había hecho un favor a la ciudad. Todas las probabilidades estaban en contra de que lo hubiera hecho esta muchacha. ¿Cuál podría haber sido el motivo? la miró fijamente y ella captó su mirada y volvió la cabeza, tirando al mismo tiempo de su falda sobre sus rodillas.
—Lo que yo crea no tiene importancia —dijo, pero las palabras no le dejaron satisfecho ni siquiera a él mismo—. Mire, señorita Greene, soy un simple policía cumpliendo con su obligación. Dígame lo que quiero saber, para que pueda anotarlo y transmitirlo al teniente, para él pueda redactar un informe. Personalmente, no creo tenga usted nada que ver con este asesinato, pero todos modos tengo que formular las preguntas.
Fue la primera vez que la vio sonreír, y le gustó. Fue una sonrisa ancha y amistosa, que arrugó su naricita. Era una muchacha encantadora y saldría adelante, sí, conquistaría a alguien cargado de dólares. Andy inclinó la mirada hacia su cuaderno de notas y trazó una gruesa raya debajo de Big Mike.
Tab cerró la puerta detrás de Andy cuando el detective se marchó, y esperó unos minutos para asegurarse de que no iba a presentarse de nuevo. Entró en el cuarto de estar y se situó de modo que pudiera vigilar la puerta del vestíbulo y saber inmediatamente si alguien la abría.
—Señorita Shirl, hay algo que debe usted saber.
Shirl andaba por su tercer trago largo, pero el alcohol no parecía producirle ningún efecto.
—¿De qué se trata? —preguntó con tono cansado.
—No intento inmiscuirme en sus asuntos personales, ni mucho menos, y no sé nada acerca del testamento del señor O'Brien...
—Deja de pensar en él, Tab. Lo he visto, y todo irá a parar a manos de su hermana. Ninguna mención para mí... y tampoco para ti.
—No estaba pensando en mí mismo —dijo Tab, fríamente, y la expresión de su rostro se endureció. Shirl lamentó inmediatamente haber pronunciado aquellas palabras.
—Por favor, no quería decir eso. Me estoy portando como una estúpida. Pero todo ha sido tan repentino, tan horrible... No te enfades conmigo, Tab, por favor...
—No tiene importancia, señorita Shirl —Tab sonrió antes de hurgar en su bolsillo—. Me hago cargo de su estado de ánimo. Bien, no tengo ninguna queja del señor O'Brien como patrono, pero le tenía mucho apego a su dinero. Quiero decir que no se distinguía por su esplendidez, precisamente. Antes de que llegara el detective registré la cartera del señor O'Brien. Estaba en su chaqueta. Dejé en ella unos cuantos dólares, pero cogí el resto. Aquí está —extendió su mano con un fajo de billetes doblados en ella—. Son de usted, tiene derecho a ellos.
—No puedo...
—Son suyos. Las cosas van a ponerse difíciles, Shirl. Usted va a necesitar este dinero más que la familia del señor O'Brien. No está anotado en ninguna parte. Tiene usted derecho a quedárselo.
Dejó el dinero sobre la mesa, y Shirl lo contempló en silencio.
—Supongo que debería quedármelo —murmuró finalmente—. Esa hermana suya tiene más que suficiente sin esto. Pero vamos a repartirlo...
—No —dijo Tab secamente, en el preciso instante en que un sordo zumbido anunciaba que alguien acababa de abrir la puerta exterior desde el rellano.
—Departamento de Hospitales —dijo una voz, y Tab pudo ver a dos hombres con uniformes blancos en la pantalla de TV instalada cerca de la puerta. Portaban una camilla.
Tab se dirigió hacia la puerta para que entraran.
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