III

Tras el leve zumbido del acondicionador de aire, un sonido tan regular que el oído lo aceptaba y dejaba de percibirlo, palpitaba el estruendo de la ciudad exterior, latiendo como un gran pulso, más sentido que oído. A Shirl le gustaba aquello, le gustaba su lejanía y la sensación de seguridad que le infundían la noche y el espesor de las paredes. Era tarde, los números forforescentes del reloj marcaban las 3:24, y cambiaron silenciosamente a las 3:25 mientras ella miraba. Cambió de postura en la ancha cama, y al lado de ella Mike se removió y murmuró algo en sueños; Shirl permaneció completamente inmóvil, esperando que Mike no se despertara. Al cabo de unos instantes Mike pareció sosegarse, tiró de la sábana hasta cubrir sus hombros, su respiración volvió a hacerse lenta y regular, y Shirl se relajó. El movimiento del aire estaba secando el sudor de su piel, una sensación de frescor a lo largo de su destapado cuerpo extrañamente satisfactoria. Antes de que Mike se metiera en la cama y la despertara, Shirl había dormido unas cuantas horas, y eso parecía ser suficiente. Moviéndose despacio, se levantó y fue a situarse delante del chorro de aire, de modo que la corriente diese de lleno en su cuerpo. Deslizó sus manos sobre su piel, parpadeando al tocar sus doloridos senos. Mike era siempre demasiado rudo, y Shirl tenía una clase de piel particularmente sensible: mañana estaría llena de cardenales, y tendría que abusar del maquillaje para disimularlos. Mike se ponía furioso si la veía con magulladuras, aunque nunca parecía pensar en ello cuando la estaba lastimando. Encima del acondicionador de aire las cortinas estaban ligeramente entreabiertas, y a través de la grieta penetraba la oscuridad de la ciudad, las luces ampliamente separadas como ojos de animales; Shirl cerró rápidamente las cortinas, disponiéndolas de modo que no volvieran a abrirse.
Mike respiraba ahora por la boca, como si estuviera gargarizando, un sonido que producía sobresalto si no se estaba acostumbrado a él. Pero Shirl lo había oído con demasiada frecuencia. Cuando roncaba así era señal de que estaba profundamente dormido... ¡Tal vez podría tomar una ducha sin que él se enterase! Sus pies descalzos avanzaron silenciosamente sobre la alfombra, y cerró la puerta del cuarto de baño tan despacio que no se oyó el menor chasquido. ¡Bien! Encendió los fluorescentes y sonrió al interior de mármol-plástico y a los relieves dorados que las luces hacían resplandecer. Las paredes estaban insonorizadas, pero si Mike no dormía a pierna suelta podría oír el agua vibrando en las cañerías. Un súbito temor se apoderó de ella y se irguió de puntillas, con la boca abierta, para mirar al contador del agua. Sí, su aliento escapó en un suspiro de alivio, Mike lo había abierto. Con el precio que había alcanzado el agua, Mike cerraba el contador durante el día, la criada había estado gastando demasiada, y Shirl tenía prohibido ducharse. Pero Mike siempre se duchaba, y si ella quería tomar una ducha de vez en cuando tenía que hacerlo como ahora, subrepticiamente.
El agua estaba fría y deliciosa, y Shirl prolongó la ducha más de lo previsto; miró al contador con aire de culpabilidad. Después de secarse, utilizó la toalla para hacer desaparecer hasta la última gota de agua de la bañera, las paredes y el suelo, y luego enterró la toalla en el fondo del cesto de la ropa sucia, donde Mike no la vería nunca. Sintió un agradable hormigueo en la piel, y sonrió para sí misma mientras se espolvoreaba el cuerpo. Tienes veintitrés años, Shirl, y tu talla de vestido no ha cambiado desde que tenias diecinueve. Excepto el busto quizá; utilizaba un sujetador más grande, pero eso no era problema sino todo lo contrario, porque a los hombres les gustaba así. Sacó una bata limpia del armario y se la puso.
Mike seguía roncando cuando Shirl pasó a través del dormitorio; últimamente parecía agotado, probablemente cansado de transportar su propio peso con aquel calor. Durante el año que Shirl llevaba viviendo aquí, Mike había engordado diez kilos, la mayor parte de los cuales se habían acumulado en su cintura, pero a él no parecía importarle, y ella trataba de no fijarse demasiado. Conectó el televisor para que se calentara, y luego entró en la cocina para prepararse un trago. La bebida cara, la cerveza y la única botella de whisky, eran sólo para Mike, pero a ella no le importaba, a ella le tenía sin cuidado lo que bebía con tal de que supiera bien. Había una botella de vodka, Mike podía conseguir todo el que necesitaban, y tenía buen sabor mezclada con el concentrado de naranja. Si se añadía un poco de azúcar.
La cabeza de un hombre llenó la pantalla de cincuenta pulgadas, pronunciando palabras inaudibles y mirando directamente a Shirl; ella cerró el provocativo escote de su bata, abotonándolo. Se rió de sí misma mientras lo hacía; siempre lo hacía, pues aunque sabía que el hombre no podía verla, la hacía sentirse incómoda. El control remoto estaba en el brazo del sillón, y Shirl se enroscó junto a él con el vaso y pulsó el botón. En el canal siguiente daban una carrera de automóviles, y en el siguiente una película de John Barrymore, un actor de los años veinte que a ella no le gustaba; Shirl continuó cambiando de canal hasta que llegó, como de costumbre, al 19, el Canal de la Mujer, el cual sólo emitía seriales melodramáticos, pero uniendo todos los episodios en un solo serial que a veces duraba veinticuatro horas. Este era uno que ella no había visto antes, y cuando enchufó el auricular al control remoto descubrió el motivo: era un serial inglés. Todos los personajes hablaban con un acento raro, y algunas de las cosas que hacían resultaban difíciles de seguir, pero era bastante interesante. Una mujer acababa de dar a luz, sudando y sin maquillaje, cuando Shirl conectó el canal, y el marido de la parturienta estaba en la cárcel, pero había llegado la noticia de que acababa de fugarse, y el hombre que era el padre del recién nacido —un niño azul, acababan de descubrir—, era el hermano del marido. Shirl tomó un sorbo de la bebida y se instaló cómodamente.
A las seis de la mañana apagó el televisor, lavó y secó su vaso y fue a vestirse. Tab entraba de servicio a las siete, y Shirl quería terminar la compra lo antes posible, antes de que el calor apretase de veras. Despacio, para no despertar a Mike, encontró sus ropas y las llevó al cuarto de estar para vestirse. El slip y el sujetador de malla y su vestido gris sin mangas eran lo bastante viejos y lo bastante descoloridos como para ir de compras. Ninguna joya y ningún maquillaje, desde luego, no tenía por qué buscarse complicaciones. Nunca desayunaba, era un buen sistema para controlar las calorías, pero se tomó una taza de café negro antes de salir. Eran las siete en punto cuando comprobó si tenía la llave y el dinero en el bolso, sacó el capazo grande de la compra del armario de la cocina y salió del apartamento.
—Buenos días, señorita —dijo el ascensorista, abriendo la puerta con una reverencia y obsequiando a Shirl con una sonrisa que dejó al descubierto una hilera de dientes no demasiado buenos—. Parece que vamos a tener otro día de aúpa.
—Estamos ya a veintiocho, según el noticiario.
—Eso no es ni la mitad. —La puerta se cerró, y empezaron a descender—. Toman esa temperatura en lo alto del edificio, y apuesto a que cerca de la calle es mucho más alta.
—Es probable que sea así.
En el vestíbulo, el portero Charlie la vio cuando se abrió el ascensor y habló por su micrófono oculto.
—Vamos a tener otro día de calor —dijo, cuando Shirl salió.
—Buenos días, señorita Shirl —dijo Tab, saliendo del cuarto del guardián.
Shirl sonrió, alegrándose de verle como siempre, el guardaespaldas más simpático que había conocido... y el único que nunca se le había insinuado. Le gustaba no sólo por eso sino porque era el tipo de hombre al que nunca se le ocurriría pensar siquiera en una cosa así. Felizmente casado y con tres hijos, Shirl lo sabia todo acerca de Amy y de los niños. No, Tab no era aquel tipo de hombre.
Sin embargo, era un buen guardaespaldas. Sólo había que ver la nudillera de hierro en su mano izquierda para saber que podía cuidar de si mismo; aunque no era alto, la anchura de sus hombros y los hinchados músculos de sus brazos contaban su propia historia. Cogió el bolso de. manos de Shirl, guardándolo en uno de sus profundos bolsillos, y tomó el capazo de la compra. Cuando la puerta se abrió salió antes que Shirl, malos modales sociales pero buenos modales de guardaespaldas. Hacía calor, mucho más del que Shirl había esperado.
—¿Ningún comentario sobre el tiempo por tu parte, Tab? —preguntó, parpadeando a través del calor en la ya atestada calle.
—Creo que ya ha oído los suficientes, señorita Shirl. Yo he recogido casi una docena esta mañana.
Tab hablaba sin mirarla, sus ojos barrían la calle maquinal y profesionalmente. Solía hablar lentamente y moverse lentamente, y esto era deliberado debido a que algunas personas esperaban que un negro se comportara así. Cuando se producía un jaleo solía terminar un momento después, ya que Tab creía firmemente que lo que contaba era el primer golpe, y que si uno lo daba correctamente no había necesidad de un segundo o más.
—¿En busca de algo especial hoy? —preguntó Tab.
—Sólo la compra para la cena, y tengo que ir a Schmidt's.
—¿Va a tomar un taxi y ahorrar energías para la batalla?
—Sí... creo que esta mañana lo haré.
Los taxis eran bastante baratos; Shirl solía andar porque le gustaba, pero no con este calor. Había ya una hilera de taxis-a-pedales esperando, con la mayoría de los conductores agazapados en la raquítica sombra de sus asientos posteriores. Tab se dirigió hacia el segundo de la fila y ayudó a Shirl a subir a él.
—¿Qué pasa conmigo? —preguntó furiosamente el primer conductor.
—Tienes un neumático deshinchado, eso es lo que pasa contigo —dijo Tab tranquilamente.
—No está deshinchado, sólo un poco bajo de presión, no pueden...
—¡Piérdete de vista! —siseó Tab, y levantó su puño cerrado unos cuantos centímetros; los afilados pinchos de hierro resplandecieron. El hombre trepó rápidamente a su sillín y pedaleó como un loco calle abajo. Los otros conductores no hicieron ningún comentario. —Al mercado de Gramercy— le dijo Tab al segundo conductor.
El conductor del taxi pedaleó lentamente para que Tab pudiera mantenerse a su altura sin. correr, pero con todo estaba sudando. Sus hombros subían y bajaban rítmicamente delante mismo de Shirl, la cual podía ver los regueros de sudor discurriendo cuello abajo del hombre e incluso la caspa en sus ralos cabellos; estar tan cerca de la gente la disgustaba. Se volvió a mirar a la calle. Gente arrastrando los pies, otros taxis dejando atrás a los lentos camiones-remolque con sus cargas cubiertas. El bar de la esquina de la Avenida del Parque exhibía un letrero anunciando: "CERVEZA, HOY a las 2 de la tarde", y había ya algunas personas formando cola. Parecía una larga espera para un vaso de cerveza, particularmente al precio que estaba alcanzando este verano. Nunca había demasiada, siempre estaban hablando de cupos de grano o de algo por el estilo, pero en épocas de calor desaparecía tan pronto como llegaba, y a precios fantásticos. Giraron en Lexington y se detuvieron en la esquina de la Calle Veintiuna, y Shirl se apeó y esperó a la sombra del edificio mientras Tab pagaba al conductor. Un ronco rugido de voces llegaba de los puestos del mercado instalado en lo que había sido el Parque de Gramercy. Shirl respiró profundamente y, con Tab cerca de ella de modo que pudiera apoyar la mano en su brazo, cruzó la calle.
Alrededor de la entrada se hallaban los puestos de galletas de algas, con sus colgaduras de galletas multicolores, pardas, rojas, azules y verdes.
—Un kilo de verdes —le dijo Shirl al hombre del puesto en el que siempre compraba. Luego miró la etiqueta del precio—. ¡Otros veinte centavos por kilo!
—Ese es el precio que tengo que pagar, señora, no me beneficio en nada del aumento —colocó un peso en un platillo de la balanza y dejó caer galletas en el otro.
—Pero, ¿por qué suben continuamente los precios? —Shirl cogió un trozo de galleta del platillo y lo masticó. El color procedía del tipo de algas de que estaban echas las galletas, y las verdes siempre le habían gustado más, no tenían tanto sabor a yodo como las otras.
—La oferta y la demanda, la oferta y la demanda —el vendedor dejó caer las galletas en el capazo que Tab mantenía abierto— Cuantas más personas hay, más difícil resulta abastecerlas. Cada día hay que ir más lejos en busca de los lechos de algas. Y cuanto más largo es el viaje, más alto es el precio —Recitaba esta letanía de causa y efecto con una voz monótona, como un disco repetido hasta el infinito.
—No sé cómo se las arregla la gente —dijo Shirl mientras se alejaban, y se sintió un poco culpable de no tener que preocuparse gracias al dinero de Mike. Se preguntó cómo saldría adelante con el salario de Tab, puesto que sabía lo poco que ganaba—. ¿Quieres una galleta? —le preguntó.
—Quizá más tarde, gracias —Tab estaba vigilando a la multitud, y apartó diestramente con el hombro a un individuo con un gran saco a la espalda que estuvo a punto de empujar a Shirl.
Una banda de guitarristas se abría paso lentamente a través del atestado mercado, tres hombres rasgueando unos instrumentos de confección casera y una muchacha delgada cuya vocecilla resultaba inaudible en medio de aquella barahúnda. Cuando estuvieron más cerca, Shirl logró captar algunas de las palabras, había sido la canción de más éxito el año anterior, interpretada por Los Trovadores.

sobre la tierra encima de ella... Un pensamiento tan puro como los ángeles... conocerla era amarla."

La letra de la canción no encajaba con aquella muchacha de pecho hundido y brazos flacos y huesudos. Por algún motivo desconocido, Shirl se sintió incómoda.
—Dales diez centavos —le susurró a Tab, y avanzó rápidamente hacia el puesto de productos lácteos. Cuando Tab se reunió con ella, Shirl dejó caer en el capazo un paquete de óleomargarina y un botellín de leche de soja: a Mike le gustaba en su café.
—Tab, recuérdame que tengo que devolver los botellines vacíos... ¡este es el cuarto! Y con un depósito de dos dólares por pieza, me arruinaré pronto si no me acuerdo.
—Se lo diré mañana, si tiene que ir de compras.
—Probablemente sí. Mike tendrá invitados a cenar, y no sé cuántos serán ni lo que quiere ofrecerles.
—Pescado, eso siempre es bueno —dijo Tab, señalando el enorme tanque de hormigón casi lleno de agua—. El tanque está lleno.
Shirl se puso de puntillas y vio una multitud de tilapias moviéndose en las oscuras profundidades.
—Tilapias frescas —dijo la pescatera—. Llegadas anoche del Lago Ronkonkoma. —Hundió su red en el tanque, y la sacó llena de peces serpenteantes, parecidos a las anguilas, de unos 15 centímetros de longitud.
—¿Las tendrá mañana? —preguntó Shirl—. Las quiero frescas.
—Todas las que quiera, cariño, esta noche llegarán más.
El calor era más intenso ahora, y Shirl no tenía que comprar nada más allí, de modo que sólo quedaba una última visita por hacer.
—Creo que será mejor ir a Schmidt's ahora —dijo, y algo en su voz hizo que Tab la mirara por unos instantes, para volver inmediatamente a su continua vigilancia de la multitud.
—Desde luego, señorita Shirl; se estará más fresco allí.
Schmidt's se encontraba en el sótano de un edificio destruido por un incendio en la Segunda Avenida, una simple cáscara negra encima del nivel de la calle, con unas cuantas barracas esparcidas entre el chamuscado maderamen. Una especie de callejón conducía a la parte trasera, y tres peldaños descendían hasta una pesada puerta verde, con una mirilla en el centro. Un guardaespaldas estaba apoyado en la sombra contra la pared —sólo los clientes tenían acceso a Schmidt's—, y levantó su mano en un breve saludo a Tab. Sonó el ruido de una cerradura, y un anciano de cabellos blancos subió los peldaños uno a uno.
—Buenos días, Juez —dijo Shirl.
El Juez Santini y O'Brien se veían con mucha frecuencia, y Shirl se había encontrado con él más de una vez.
—¡Vaya! ¡Buenos días, Shirl! —Tendió un pequeño paquete blanco a su guardaespaldas, el cual lo deslizó en uno de sus bolsillos—. Aunque a decir verdad temo que hace demasiado calor para hablar de un día bueno. En mi caso, los años empiezan a pesar. Saluda a Mike de mi parte.
—Lo haré, Juez; adiós.
Tab le entregó su bolso, y Shirl descendió y llamó a la puerta. Hubo un movimiento detrás de la diminuta ventana de la mirilla, luego. se oyó un chasquido metálico y la puerta se abrió. El interior era oscuro y fresco. Shirl entró.
—¡Miren a quién tenemos aquí, a la señorita Shirl en persona! —dijo el hombre que había abierto la puerta, mientras volvía a cerrarla y echaba de nuevo el pesado cerrojo de acero. Luego volvió a sentarse en el alto taburete apoyado contra la pared, acunando en sus brazos su escopeta de dos cañones.
Shirl no le contestó, nunca lo hacía. Schimdt alzó la mirada del mostrador, y a su rostro asomó una sonrisa ancha, porcina.
—Buenos días, encanto. ¿Vienes a buscar algo bueno para el señor O'Brien? —inquirió, apoyando sobre el mostrador sus manos grandes y rojas, y su macizo cuerpo, envuelto en una bata blanca salpicada de sangre, reposó a medias contra el propio mostrador.
Shirl asintió, pero antes de que pudiera decir nada el guardián intervino:
—Enséñele la longaniza, señor Schmidt; apuesto a que a ella le gustará.
—No lo creo, Arnie; a Shirl no le hace falta longaniza precisamente.
Los dos hombres estallaron en una ruidosa carcajada, y Shirl trató de sonreír y repiqueteó con los dedos sobre el mostrador.
—Quiero un filete o un trozo de carne de vaca, si lo tiene —dijo, y los hombres rieron de nuevo. Siempre se comportaban igual, sabiendo hasta dónde podían llegar sin buscarse problemas. Sabían lo de Shirl y Mike, y nunca hacían ni decían nada que pudiera acarrearles disgustos con este último. Shirl le había hablado a Mike del asunto en una ocasión, pero en realidad no podía acusar a aquellos hombres de nada ofensivo, y Mike incluso se rió de una de sus bromas y le dijo a Shirl que sólo estaban bromeando y que no se preocupara, que no podía esperarse que un carnicero tuviera unos modales refinados.
—Mira esto, Shirl —dijo Schmidt, abriendo la puerta situada detrás de él y sacando un pequeño animal desollado—. Excelente carne de perro, muy tierno.
Tenía buen aspecto, pero no era lo que ella quería, de modo que no valía la pena perder el tiempo mirándola.
—Parece buena, pero ya sabes que al señor O'Brien le gusta la carne de vaca.
—Difícil de conseguir en estos tiempos, Shirl. —Schmidt rebuscó detrás de la puerta—. Hay problemas con los abastecedores, siempre están subiendo el precio, ya sabes lo que pasa. Pero el señor O'Brien ha sido cliente mío por espacio de diez años, y mientras pueda procuraré servirle. ¿Qué te parece esto? —cerró la puerta y se volvió, mostrando un pequeño trozo de carne con un delgado borde de grasa blanca.
—Parece muy buena.
—Pesa poco más de medía libra. ¿Hay suficiente?
—Justo lo que quería.
Schmidt sacó el trozo de carne de la balanza y empezó a envolverlo en un pliofilm.
—Sólo te costará veintisiete noventa.
—¿No es... mucho más caro que la última vez?
Mike siempre se estaba quejando de que gastaba demasiado dinero en la compra, como si ella fuera responsable de los precios, pero no obstante insistía en comer carne.
—Todo está por las nubes, hija mía. Pero te diré lo que voy a hacer: dame un beso, y te descontaré los noventa centavos. Tal vez incluso te daré un trozo de mi propia carne... —el guardián y él estallaron en otra estruendosa carcajada. Era sólo una broma, como decía Mike, y tenía que aceptarla sin enfadarse. Sacó el dinero de su bolso.
—Aquí tiene, señor Schmidt: veinte... veinticinco... veintiocho —sacó la diminuta pizarra de su bolso, escribió el precio en ella, y la colocó junto al dinero. Schmidt la miró y luego garabateó la inicial S debajo con un trozo del pizarrín azul que siempre utilizaba. Cuando Mike se quejara del precio de la carne le enseñaría esto, no porque sirviera de nada.
—Diez centavos de vuelta —sonrió Schmidt, empujando la moneda a través del mostrador—. Espero volver a verte pronto, Shirl —añadió, mientras ella cogía el paquete y echaba a andar hacia la puerta.
—Sí, muy pronto —dijo el guardián, al tiempo que abría la puerta sólo lo suficiente para que Shirl pudiera deslizarse a través de ella. Mientras Shirl salía, el guardián le acarició el trasero con la mano. La puerta volvió a cerrarse, cortando en seco la risotada del hombre.
—¿A casa, ahora? —preguntó Tab, cogiendo el paquete de manos de Shirl.
—Sí... y tomaré un taxi también.
Tab la miró a la cara y empezó a decir algo, pero cambió de idea.
—Un taxi, de acuerdo. —Echó a andar hacia la calle, seguido de Shirl.
Una vez en el taxi, Shirl se sintió mejor. Aquellos dos hombres se habían comportado como cerdos, pero no peor que de costumbre, y ella no tendría que volver allí hasta la semana próxima. Y, como decía Mike, no podía esperarse que un carnicero tuviera unos modales refinados. ¡Casi daban risa con sus verdulerías más propias de colegiales! Y tenían buena carne, no como algunos de los otros. Después de preparar los filetes para Mike freiría un poco de harina de avena en la grasa, resultaría buena. Tab la ayudó a apearse del taxi y cogió el capazo de la compra.
—¿Quiere que suba esto?
—Será mejor... y podrías poner dentro los botellines vacíos. ¿Hay algún lugar en la habitación del guardián donde puedas dejarlos de modo que mañana no los olvidemos?
—Desde luego, Charlie tiene un armario cerrado que nosotros utilizamos, puedo dejarlos allí.
Charlie sostuvo la puerta mientras entraban, y el vestíbulo resultaba casi fresco llegando del calor de la calle. No hablaron mientras subían en el ascensor. Shirl rebuscó la llave en su bolso. Tab se adelantó a ella en el rellano y abrió la puerta exterior, pero se paró de un modo tan brusco que Shirl estuvo a punto de chocar con él.
—Por favor, ¿quiere esperar un momento aquí, señorita Shirl? —dijo Tab en voz baja, dejando silenciosamente el capazo de la compra en el suelo, contra la pared.
—¿Qué pasa...? —empezó a decir Shirl, pero Tab se llevó un dedo a los labios y señaló la puerta interior.
Estaba un par de centímetros abierta, y había una profunda estría en la madera. Shirl no sabía lo que significaba aquello, pero no podía ser nada bueno, porque Tab se había agachado ligeramente, con el puño con la nudillera de hierro levantado ante él, y abrió la puerta y entró en el apartamento con aquella cautelosa actitud.
No fue muy lejos y no se oyó ningún sonido, pero cuando regresó iba muy erguido y su rostro estaba desprovisto de toda expresión.
—Señorita Shirl —dijo—, preferiría que no entrara, pero creo que será mejor que eche una mirada al dormitorio.
Ahora Shirl estaba asustada, sabiendo que había ocurrido algo terrible, pero le siguió obedientemente a través del cuarto de estar y hasta el dormitorio.
Extrañamente, creyó que estaba allí de pie, sin hacer nada, cuando oyó el grito... hasta que descubrió que era su propia voz, que era ella la que estaba gritando.


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