II

Billy Chung logró introducir el envase de plástico lleno de filetes de carne sintética debajo de su camisa y, cuando hubo doblado su cuerpo casi por la mitad, apenas era perceptible. Pudo avanzar un trecho, pero luego la presión se hizo excesiva y Billy se pegó a la pared, tratando de eludir el bosque de piernas que apretaban su rostro contra los ladrillos recalentados. No se movió, y súbitamente una rodilla le golpeó en un lado de la cabeza, dejándole medio atontado. Después, la primera cosa de que tuvo consciencia fue un chorro de agua fría sobre su espalda. Los camiones antidisturbios habían llegado, y sus mangueras a presión estaban dispersando a la multitud. Una de las columnas de agua le alcanzó de lleno, le aplastó contra la pared y se alejó. La presión de la muchedumbre no se dejaba ya sentir, y Billy se levantó sobre sus piernas temblorosas, mirando a su alrededor para ver si alguien se había dado cuenta de lo que llevaba, pero nadie lo había notado. Los restos de la multitud, algunos de ellos ensangrentados y magullados, todos completamente empapados, se escurrían más allá de los pesados camiones antidisturbios. Billy se unió a ellos y se dirigió hacia la Plaza Irving, donde había menos gente, y miró desesperadamente a su alrededor buscando un escondrijo, un lugar en el que pudiera disfrutar de unos instantes de soledad, la cosa más difícil de encontrar en esta ciudad. La algarada había terminado, y no pasaría mucho tiempo sin que alguien se fijara en él y se preguntara qué llevaba debajo de la camisa y, lo que es peor, se dispusiera a averiguarlo. Este no era su territorio, ni siquiera había un chino en esta vecindad; le localizarían, le verían... Corrió un poco, pero empezó a jadear y convirtió la carrera en un paso rápido. Tenía que encontrar algo...
Allí. Reparaciones o algo por el estilo junto a uno de los edificios, un hoyo profundo excavado basta los cimientos, con tuberías y un charco de agua fangosa en el fondo. Billy se sentó junto al roto bordillo de la acera de hormigón, se reclinó contra una de las vallas que rodeaban el hoyo, se inclinó hacia adelante y miró a su alrededor con el rabillo del ojo. Nadie le estaba mirando, pero habla mucha gente cerca, gente que salía de las casas o estaba sentada en las gradas para contemplar la retirada de la maltrecha multitud. Llegó un hombre corriendo por el centro de la calle, con un gran paquete debajo del brazo y dirigiendo furtivas miradas a su alrededor. Alguien le puso la zancadilla y el hombre aulló mientras caía, y las personas más próximas se precipitaron sobre él, peleándose por las galletas que se hablan esparcido por el suelo. Billy sonrió, ya que de momento nadie miraba en la dirección en que él se encontraba, y se deslizó al interior del hoyo, hundiéndose hasta los tobillos en el fango. Habían excavado alrededor de una oxidada tubería de hierro de unos treinta centímetros de diámetro, abriendo en la pared una cueva poco profundo en la cual se introdujo. No era un escondrijo perfecto, pero serviría para el caso: desde arriba sólo podían verle los pies. Se tendió de costado sobre el frescor de la tierra y arrancó la tapa del envase.
Mira eso... mira eso, se dijo una y otra vez a sí mismo, y se echó a reír al darse cuenta de que empezaba a babear, y tuvo que escupir el exceso de saliva. Filetes de carne sintética (la gente les daba ese nombre, pero en realidad eran una especie de tortas de harina de soja y de lentejas), una caja llena, planos, de color oscuro y grandes como su mano. Mordió uno, se atragantó, pero siguió metiendo trozos en su boca con sus sucios dedos hasta que estuvo tan llena que apenas podía engullir, mastican do la deliciosa blandura. ¿Cuánto tiempo hacía que no había comido algo como esto?
Billy devoró tres de las tortas de soja y lentejas de aquel modo, haciendo una pausa de vez en cuando entre bocado y bocado y asomando cautelosamente la cabeza, apartando el lacio pelo negro de sobre sus ojos mientras miraba hacia arriba. No había nadie a la vista. Sacó más tortas de la caja, ahora comiéndolas lentamente, y sólo dejó de comer cuando su dilatado estómago empezó a gruñir ante el hecho anormal de verse atiborrado de aquella manera. Mientras lamía las últimas migajas de sus manos, Billy trabajaba en un plan, arrepintiéndose ya de haber comido tantos filetes. Necesitaba dinero, y los filetes eran dinero, y él podía haber llenado su buche igualmente con galletas. Diablo. La caja de plástico blanco era demasiado conocida para llevarla al descubierto, y demasiado grande para ocultarla del todo debajo de su camisa, de modo 'que tenía que envolver los filetes con algo. Tal vez su pañuelo. Lo sacó de su bolsillo, un trapo sucio y ajado cortado de una sábana vieja, y envolvió con él los diez filetes que le quedaban, atando las puntas para que no cayeran. Cuando introdujo el paquete bajo la pretina de su calzón corto comprobó que no abultaba demasiado, aunque ejercía una molesta presión contra su hinchado estómago. Quedaba bien así.
—¿Qué estás haciendo en ese agujero, niño? —le preguntó una de las desaliñadas mujeres sentadas en las cercanas escalinatas cuando Billy volvió a trepar a la calle.
—¡Poniendo una bomba! —gritó él, mientras corría hacia la esquina seguido por los gritos insultantes de la mujer. ¡Niño! Tenía dieciocho años; aunque no podía presumir de estatura, no era ningún niño. Se creían los amos del mundo...
Se apresuró hasta que llegó a la Avenida del Parque, ya que no deseaba que le localizara alguno de los gangs locales, y luego anduvo con el lento tráfico hacia la parte alta de la ciudad, hasta el zoco de la Plaza Madison.
Atestado, caluroso, lleno del griterío de muchas voces que martilleaban los oídos y apestando a suciedad, a polvo y a cuerpos sin lavar; un remolino de gente moviéndose lentamente, parándose en los tenderetes a manosear los vestidos y trajes usados, la loza descantillada, las chucherías baladíes, a discutir el precio de las pequeñas tilapias muertas con las bocas abiertas y los redondos ojos vidriados. Los quincalleros pregonaban los méritos de su estropeada mercancía, y la gente circulaba, dejando cuidadosamente espacio libre para los dos patrulleros de mirada dura que andaban uno al lado del otro observándolo todo... pero sin apartarse del camino principal que partía la plaza en dos y conducía a las antiguas tiendas piramidales de la ciudad de tiendas de campaña del Ejército establecida «provisionalmente» desde hacia muchísimo tiempo. Los patrulleros no se adentraban nunca por los senderos que se retorcían a través de la selva de carritos de mano, paradas y tenderetes que llenaban la Plaza, el mercado en el que podía comprarse o venderse cualquier cosa. Billy saltó por encima del mendigo ciego tumbado a través de la estrecha abertura entre un banco de hormigón y el destartalado tenderete de un vendedor de algas y siguió avanzando. Miraba a los vendedores, no lo que vendían, y finalmente se detuvo delante de un carrito de mano lleno de una maraña de antiguos envases de plástico, picheles, bandejas y tazones, con sus colores otrora brillantes arañados y agrisados por el tiempo.
—¡Quietas las manos!
La flexible vara golpeó el borde del carrito y Billy apartó precipitadamente los dedos.
—No estoy tocando nada —se quejó.
—Lárgate, si no vas a comprar —dijo el hombre, un oriental de mejillas arrugadas y cabellos ralos y blancos.
—No compro, vendo —Billy se inclinó un poco más y susurró de modo que sólo pudiera oírle el hombre—: ¿Le interesan unos filetes de carne sintética? El viejo le miró con el ceño fruncido.
—Géneros robados, supongo —dijo en tono cansado.
—Bueno... ¿le interesan o no?
El hombre sonrió fugazmente y sin alegría.
—Desde luego que me interesan. ¿Cuántos tienes?
—Diez.
—Un dólar y medio por pieza. Quince dólares.
—¡Mierda! Antes me los como yo. Treinta dólares por el lote.
—No dejes que la avaricia te destruya, hijo. Los dos sabemos lo que valen. Veinte dólares por el lote. Es mi última palabra. —Sacó dos arrugados billetes de diez dólares y se los mostró a Billy—. Vamos a ver lo que tienes.
Billy le entregó el pañuelo, y el hombre lo ocultó debajo del carrito y miró lo que contenía.
—De acuerdo —dijo, y todavía con las manos debajo del carrito trasladó los filetes a un arrugado papel de embalaje y le devolvió el trapo a Billy—. No necesito esto.
—Venga el dinero.
El hombre extendió lentamente la mano con los dos billetes, sonriendo ahora que la transacción había terminado.
—¿No vas nunca al club de la Calle Mott?
—¿Bromea usted? —Billy alargó la mano, y el hombre soltó el dinero.
—Deberías ir. Tú eres chino, y me has traído esos filetes porque yo también soy chino y sabes que puedes confiar en mí. Eso demuestra que piensas de un modo correcto...
—Déjese de cuentos, abuelo —Billy se golpeó el pecho con el dedo pulgar—. Yo soy de Taiwan, y mi padre era general. De modo que si algo sé es que no tengo nada que ver con vosotros, los chinos comunistas.
—Estúpido mequetrefe...
El viejo levantó su vara, pero Billy había desaparecido ya.
Las cosas iban a cambiar ahora, desde luego. Billy no notó el calor mientras se abría paso maquinalmente entre la multitud, viendo el futuro delante de él y agarrando con fuerza el dinero en su bolsillo. Veinte dólares eran más de lo que nunca había poseído de una vez en toda su vida. Lo más que había tenido hasta entonces eran tres dólares y ochenta centavos que había birlado del apartamento del otro lado del rellano el día que se dejaron la ventana abierta. Era difícil conseguir dinero en efectivo, y el dinero en efectivo era lo único que contaba. En su casa nunca lo veían. Las tarjetas de racionamiento de la Beneficencia lo proporcionaban todo, todo lo que le mantenía a uno con vida... aunque sólo con la vida suficiente como para odiarlas. Hacía falta dinero para salir adelante, y ahora él tenía dinero. Había estado pensando en esto durante mucho tiempo.
Entró en la sucursal Chelsea de la Western Union en la Novena Avenida. La muchacha de cara de pastel sentada detrás del alto mostrador levantó los ojos, y su mirada se deslizó más allá de Billy y de la amplia vidriera de la fachada, hasta el tráfico callejero bajo el ardiente sol. Se secó unas gotas de sudor sobre sus labios con un arrugado pañuelo, y luego repitió la operación en su barbilla. Los operadores, inclinados sobre su trabajo, no alzaron la mirada. Había silencio aquí, con sólo el lejano rumor de la ciudad a través de la puerta abierta y el ocasional teclear de un teletipo. En la pared del fondo, seis muchachos sentados en un banco le miraron suspicazmente, con sus inquisitivos ojos dispuestos a llenarse de odio. Mientras se acercaba al expedidor, pudo oír sus pies arrastrándose por el suelo y el crujir del banco. Tuvo que obligarse a sí mismo a no volverse a mirar mientras esperaba, fingiendo paciencia, a que el hombre se fijara en él.
—¿Qué es lo que quieres, muchacho? —dijo el expedidor, levantando finalmente la mirada y hablando a través de unos labios fruncidos que se negaban a dejar salir nada, ni siquiera palabras. Un hombre cincuentón, cansado y acalorado, enfurecido en un mundo que le había prometido mucho más.
—¿Podría emplear a un mensajero, señor?
—Ni hablar. Tenemos ya demasiados mensajeros.
—Me hace mucha falta el empleo, señor, puedo trabajar a cualquier hora que usted diga. Tengo el dinero de la fianza —insistió Billy, sacando uno de los billetes de diez dólares y alisándolo sobre el mostrador.
Los ojos del hombre contemplaron fugazmente el billete. Luego sacudió la cabeza.
—Tenemos demasiados mensajeros.
El banco crujió, resonaron unos pasos detrás de Billy, y un muchacho habló con tono de rabia reprimida.
—¿Le está molestando este chino, señor Burgger?
Billy volvió a guardarse el billete en el bolsillo y lo sujetó con fuerza.
—Siéntate, Roles —dijo el hombre—. Ya conoces mis normas acerca de los jaleos y las peleas.
Miró a los dos muchachos con el ceño fruncido, y Billy pudo suponer cuál era la norma, y supo que no trabajaría aquí a menos que hiciera algo rápidamente.
—Gracias por permitirme hablar con usted, señor Burgger —dijo inocentemente, mientras retrocedía con el talón levantando y dejaba caer todo el peso de su cuerpo sobre los dedos de un pie del muchacho—. No quiero molestarle más...
El muchacho gritó, y Billy sintió un intenso dolor en la oreja cuando un puño se estrelló contra ella. Se tambaleó y pareció sorprendido, pero no hizo ningún gesto para defenderse.
—De acuerdo, Roles —dijo el señor Burgger visiblemente disgustado—. Quedas despedido.
—Pero... señor Burgger... —balbuceó desconsoladamente—. No conoce usted a este chino...
—¡Lárgate! —El señor Burgger se levantó a medias y apuntó furiosamente con un dedo al desconcertado muchacho—. ¡Fuera!
Billy se apartó a un lado, tratando de pasar inadvertido de momento, y sabiendo lo suficiente para no sonreír. El muchacho comprendió finalmente que la situación era irremediable para él y se marchó... después de dirigir a Billy una mirada asesina.
El señor Burgger garabateó algo sobre una de las tablillas de mensajes.
—De acuerdo, muchacho, es posible que consigas tu empleo. ¿Cómo te llamas?
—Billy Chung.
—Pagamos cincuenta centavos por cada telegrama que entregues. —Se puso en pie y avanzó hasta el mostrador con la tablilla en la mano—. Cuando tomas un telegrama dejas un depósito de diez dólares. Cuando vuelves con la tablilla recibes diez dólares y cincuenta centavos. ¿Está claro?
Dejó la tablilla que llevaba en la mano sobre el mostrador, haciendo un expresivo gesto con los ojos. Billy lo captó y leyó las palabras garabateadas con el pizarrín: quince centavos de comisión.
—
Me parece muy bien, señor Burgger.
—De acuerdo. —El señor Burgger borró el mensaje con la palma de la mano—. Siéntate en el banco y guarda silencio. Cualquier pelea, cualquier jaleo, cualquier ruido, y seguirás el mismo camino que Roles.
—Sí, señor Burgger.
Cuando se sentó, los otros muchachos le miraron suspicazmente pero no dijeron nada. Al cabo de unos minutos un muchacho moreno, más bajito incluso que él, se inclinó y murmuró:
—¿Cuánto te ha pedido de comisión?
—¿Qué quieres decir?
—No te hagas el tonto. Tienes que pagarle comisión, o no trabajarías aquí.
—Quince.
—Te dije que lo haría —susurró otro de los muchachos fogosamente—. Te dije que no se pararía en los diez... se calló bruscamente cuando el expedidor miró en dirección a ellos.
Después de aquello el día transcurrió con calurosa monotonía, y Billy se alegró de estar sentado y no hacer nada. Algunos. de los muchachos salieron con telegramas, pero a él no le llamaron. Los filetes pesaban como plomo en su estómago, y tuvo que ir dos veces al oscuro y sórdido retrete en la parte trasera del edificio. Las sombras eran más largas en la calle, pero el aire seguía siendo tan cálido e irrespirable como en los diez últimos días. Poco después de las seis de la tarde llegaron otros tres muchachos y encontraron plaza en el atestado banco. El señor Burgger contempló al grupo con su furiosa expresión, que parecía ser la única que tenía.
—Algunos de vosotros podéis largaros —dijo.
Billy pensó que era suficiente para el primer día, de modo que se marchó. Sus rodillas estaban rígidas de permanecer sentado, y los filetes habían descendido lo bastante como para que le apeteciera cenar. En su rostro se dibujó un mueca de desagrado: sabia lo que tendría para cenar. Lo mismo de cada noche y de todas las noches del año. En el muelle soplaba un poco de brisa procedente del río, y Billy anduvo lentamente a lo largo de la Doceava Avenida notando el frescor en sus brazos. Detrás de un cobertizo, sin nadie a la vista en aquel momento, abrió una de las grapas de alambre que sujetaban la suela de neumático de su sandalia y deslizó los dos billetes en la abertura. Eran suyos y solamente suyos. Volvió a apretar la grapa y trepó por la escalerilla que conducía al Waverly Brown, anclado en el Malecón 62.
El río era invisible. Sujetados con sogas deshilachadas y mohosas cadenas, las hileras de antiguos buques Victory y Liberty integraban un absurdo paisaje de superestructuras de extrañas formas, cordajes con ropa tendida, estribos, tuberías, antenas y chimeneas. Más allá se extendía el solitario muelle del inacabado Puente Wagner. Un paisaje que a Billy le era familiar porque había nacido aquí después de que su familia y los otros refugiados de Formosa habían sido instalados en aquellas viviendas provisionales, construidas apresuradamente en los buques que se estaban pudriendo, atracados río arriba en Stony Point desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. No había ningún otro lugar en el que dar albergue a la plétora de recién llegados, y los buques habían parecido una brillante idea en aquella época; desde luego, resolverían la situación hasta que se encontrara algo mejor. Pero había resultado difícil encontrar otros alojamientos, y lo que se hizo fue añadir gradualmente más buques, hasta que la oxidada flota llegó a fundirse con la ciudad y todo el mundo tenía la impresión de que había estado allí desde siempre.
Puentes y pasarelas unían a los buques, y ocasionalmente se hacía visible un trecho de agua sucia y maloliente entre ellos. Billy siguió su camino hacia el Columbia Victory, su hogar, y descendió por la pasarela al apartamento 107.
—Ya era hora de que llegaras —dijo su hermana Anna—. Todo el mundo ha cenado, y has tenido suerte de que te he guardado algo.
Cogió el plato de Billy de una alta estantería y lo dejó sobre la mesa. Anna sólo tenía treinta y siete años, pero sus cabellos eran casi grises, su espalda estaba permanentemente encorvada y su esperanza de dejar a la familia y su hogar acuático había muerto hacía mucho tiempo. Era la única de los hermanos Chung que había nacido en Formosa, aunque era tan joven cuando se marcharon de allí que sus recuerdos de la isla no pasaban de ser ecos vagos y mudos de un agradable sueño.
Billy inclinó la mirada hacia las gachas de avena y las galletas de color oscuro y se le hizo un nudo en la garganta: los filetes estaban aún claros en su memoria, y la comparación resultaba odiosa.
—No tengo hambre —dijo, empujando el plato hacia el otro extremo de la mesa.
Su madre había captado el movimiento y desvió su mirada del televisor, la primera vez que se había molestado en hacerlo desde que Billy llegó.
—¿Qué pasa con la comida? ¿Por qué no comes? Es comida buena. —Su voz era delgada y chillona, y él hecho de que hablara en dialecto cantonés hacía más evidente la cadencia quejumbrosa de sus palabras. La señora Chung no se había molestado nunca en aprender el inglés, y la familia nunca lo hablaba en casa.
—No tengo hambre —repitió Billy. Rebuscó en su mente una mentira que la dejara satisfecha—. Hace demasiado calor. Cómetelo tú.
—Nunca les quitaría a mis hijos la comida de la boca. Si no lo comes tú, lo harán los gemelos. —Mientras hablaba, no apartaba los ojos de la pantalla del televisor, cuyas voces amplificadas casi ahogaban la suya, así como los estridentes chillidos de los dos niños de siete años que luchaban en un rincón por la posesión de un juguete. Bueno, acércame el plato, tomaré un bocado. Les he dado la mayor parte de mi comida a los niños.
Cogió una galleta y empezó a masticarla con movimientos rápidos que recordaban los de un roedor. Había pocas posibilidades de que los gemelos se beneficiaran de la inapetencia de Billy, ya que la señora Chung era especialista en consumir migajas y restos de comida: la redondez de su figura era una prueba de ello. Cogió una segunda galleta del plato sin apartar sus ojos de la pantalla.
El calor y la náusea que experimentaba se atragantaron en la garganta de Billy. Súbitamente tenía consciencia de la estrechez del compartimiento de paredes de acero, de los chillidos de sus hermanos, de los desaforados sonidos del televisor, del entrechocar de los cacharros de cocina que su hermana estaba fregando. Se dirigió a la otra habitación, la única otra habitación que tenían, y cerró la pesada puerta de metal tras él. Había sido una especie de alacena de algún tipo, tenía una superficie de menos de 4 metros cuadrados y estaba casi completamente ocupada por la cama en la cual dormían su madre y su hermana. Habían abierto una ventana en el casco, una simple abertura rectangular con las dentadas huellas del soplete todavía claras, después de treinta años, alrededor del borde. En invierno la tapaban con una manta, pero ahora Billy podía reclinar sus brazos en la abertura y contemplar a través de los buques las luces lejanas de la costa de Nueva Jersey. Era casi de noche, pero el aire que acariciaba su rostro era tan cálido como lo había sido durante todo el día.
Cuando los dentados bordes del metal empezaron a clavarse en sus brazos, Billy se apartó de la abertura y se lavó en la palangana de agua turbia situada detrás de la puerta. No había mucha, pero se frotó la cara y los brazos y aplastó su pelo hacia atrás lo mejor que pudo, mirándose al diminuto espejo colgado en la pared. Luego se apartó rápidamente y tiró hacia abajo de las comisuras de su boca. Su rostro era redondo y joven y, cuando se relajaba, su boca tenía siempre una leve curva de modo que parecía estar sonriendo, y no era así como se sentía. Su rostro mentía acerca de él. Con el agua que quedaba se frotó las piernas desnudas y eliminó la mayor parte de la suciedad y del barro; al menos ahora se sentía más fresco. Se tendió en la cama y contempló la fotografía de su padre en la pared, el único adorno de la habitación. El capitán Chung Pei-fu del Ejército del Kuomintang. Un soldado profesional que había dedicado su vida a la guerra y que nunca había tomado parte en una batalla. Nacido en 1940, había crecido en Formosa y había sido uno de los militares de la segunda generación del ejército de Chiang Kai-chek, que empezaba a envejecer en sus antiguos cuadros. Cuando el Generalísimo murió repentinamente a la edad de ochenta y cuatro años, el capitán Chung no había tomado parte en la revolución palaciega que finalmente había izado a la cumbre al general Kung. Y cuando se había producido la temida invasión de la isla, él se encontraba en el hospital, enfermo de malaria, y había permanecido allí durante la Semana Fatal. Había sido una de las primeras personas evacuadas en avión cuando la isla cayó... incluso antes que su familia. En la fotografía tenía un aspecto severo y castrense, no desgraciado como Billy le había conocido siempre. Se había suicidado un día después de que nacieran los gemelos.
Como un recuerdo evanescente la fotografía desapareció de su vista en la oscuridad, y luego reapareció, apenas visible, mientras la pequeña bombilla disminuía o aumentaba la intensidad de su luz con las oscilaciones de la corriente. Billy contempló cómo la luz menguaba todavía más, hasta que sólo fue perceptible el rojizo filamento, y luego se apagó. Esta noche habían cortado la corriente más temprano que de costumbre, o probablemente había vuelto a producirse alguna avería. Permaneció tendido en la sofocante oscuridad y notó que la cama se hacía más caliente y más húmeda debajo de su espalda, mientras las paredes de la caja de hierro se cerraban sobre él hasta que no pudo soportarlo más. Sus dedos húmedos se deslizaron a lo largo de la puerta hasta que encontraron el pomo, y cuando salió a la otra habitación las cosas no fueron mejores, sino todo lo contrario. La parpadeante claridad verdosa de la pantalla del televisor se reflejaba en los brillantes rostros de su madre, su hermana y sus dos hermanos, transformando sus caras de bocas abiertas y ojos desorbitados en las de unos cadáveres recién ahogados. Del altavoz brotaba el repiqueteo de pezuñas galopantes y el sonido de los interminables disparos de revólver. Su madre apretaba maquinalmente una antigua batería de un faro que había sido conectada al aparato de modo que pudiera funcionar cuando cortaban la corriente. Vio a Billy cuando trataba de deslizarse fuera del cuarto y le tendió la batería.
—Aprieta esto, mi mano está cansada.
—Voy a salir. Que lo haga Anna.
—Harás lo que yo digo —chilló su madre—. Me obedecerás. Un hijo tiene que obedecer a su madre.
Estaba tan furiosa que se olvidó de apretar la batería, y la pantalla se oscureció, y los gemelos empezaron a llorar inmediatamente, mientras Anna les gritaba que se callaran y aumentaba la confusión. Billy salió corriendo y no se detuvo hasta que se encontró en cubierta, jadeando y empapado en sudor.
No había nada que hacer, ningún lugar adonde ir, la ciudad se apiñaba a su alrededor y cada metro cuadrado de ella estaba llena de gente, chiquillos, ruido y calor. Sintió náuseas, se inclinó sobre la barandilla en la oscuridad, pero no logró vomitar.
Maquinalmente, sin apenas darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encaminó hacia el muelle y luego se apresuró en dirección a las farolas ampliamente espaciadas de la calle Veintitrés: resultaba peligroso permanecer en la oscuridad de la ciudad por la noche. Podía ir a echar una ojeada a la Western Union... ¿o sería preferible no molestarles tan pronto? Se adentró en la Novena Avenida, contempló el letrero luminoso amarillo y azul y se mordió el labio, indeciso. En aquel momento un muchacho salió del edificio con una tablilla-mensaje bajo el brazo; eso dejaba sitio para otro mensajero. Entraría.
Cuando penetró en el vestíbulo su corazón latió con más fuerza al ver que el banco estaba vacío. El señor Burgger alzó la mirada de su escritorio y su rostro reflejaba el mismo enojo que había reflejado aquella tarde.
—Menos mal que se te ha ocurrido regresar, pues en caso contrario no hubieras tenido que molestarte en volver. Esta noche hay mucho movimiento, no sé por qué. Ve a entregar esto.
Terminó de garabatear una dirección en la parte exterior de la tablilla y luego pegó a ella el precinto de papel engomado, entregándosela a Billy.
—Deja el dinero en el mostrador —le advirtió.
La grapa no se abría, y Billy se rompió una uña sacando el dinero de su sandalia. Desenrolló uno de los billetes y lo empujó a través de la arañada madera. Sujetó fuertemente el otro billete, cogió la tablilla y salió apresuradamente, deteniéndose con la espalda contra la pared en cuanto estuvo fuera de la vista de la oficina. El letrero luminoso proyectaba la claridad suficiente para leer la dirección:

Michael O'Brien
Chelsea Park North
W. 82 St.

Conocía la dirección y, aunque había pasado por delante de los edificios un incontable número de veces, nunca había estado en el interior del macizo bloque de apartamentos de lujo que había sido construido en 1976, después de que una espectacular ola de corrupción había permitido a la ciudad convertir el Parque de Chelsea en zona edificable. El bloque era de estilo neo-feudal, con murallas, azoteas y torreones, lo cual encajaba perfectamente con su función de mantener a las masas lo más lejos posible. Había una entrada de servicio en la parte trasera, débilmente iluminada por una bombilla —semioculta en una especie de hornacina de piedra, y Billy apretó el botón que había debajo.
"Esta entrada está cerrada hasta las cinco de la mañana", le informó una voz metálica —una grabación—, y Billy apretó la tablilla contra su pecho en un súbito espasmo de temor. Ahora tendría que dirigirse a la entrada principal con sus luces, el portero, la gente entrando y saliendo; inclinó la mirada hacia sus piernas desnudas y trató de eliminar algunas de las manchas más rebeldes. Iba bastante limpio ahora, pero no podía remediar el estado de su ropa remendada. Normalmente era algo que no le preocupaba, porque toda la gente con la cual se encontraba iba vestida del mismo modo, pero aquí las cosas eran distintas, lo sabía. No deseaba enfrentarse a la gente en este edificio, lamentó haber buscado aquel empleo, y dobló la esquina hacia la entrada brillantemente iluminada.
Un ancho foso, ahora un receptáculo seco para escombros, estaba cruzado por una pasarela construida de modo que pareciera un puente levadizo, con cadenas oxidadas y un rastrillo de puntiagudas barras de metal protegiendo un grueso cristal. Avanzar por el sendero brillantemente iluminado del puente era como avanzar hacia las fauces del infierno. La voluminosa figura del portero estaba silueteada al otro lado de las barras, con las manos detrás de la espalda, y no se movió ni siquiera cuando Billy se paró a menos de un metro de distancia de él, limitándose a mirarle fríamente sin cambiar de expresión. La puerta no se abrió. No atreviéndose a decir nada, Billy sostuvo en alto la tablilla-mensaje de modo que pudiera ser visto el nombre que figuraba en el exterior. Los ojos del portero lo miraron fugazmente y, de mala gana, tocó una de las espirales decorativas y una sección de barras y cristal se deslizó a un lado con un ahogado suspiro.
Traigo un mensaje... —Billy se sentía lamentablemente consciente de la inseguridad y el temor que se reflejaban en su voz.
—Newton, en frente —dijo el portero, haciendo un gesto a Billy con el pulgar para que entrara.
Una puerta se abrió al otro extremo del vestíbulo, y se oyó una risa masculina, interrumpida bruscamente cuando un hombre salió y cerró la puerta tras él. Llevaba un uniforme como el del portero, negro con botones dorados, pero con una simple trencilla roja en cada hombrera, en vez de los resplandecientes alamares del otro.
—¿Qué pasa, Charlie? —preguntó.
—Un chico con un telegrama. Nunca le había visto.
Charlie se volvió de espaldas a ellos y reasumió su postura de perro guardián delante de la puerta, cumplida su obligación.
—La tablilla es auténtica —dijo Newton, arrancándola de las manos de Billy antes de que éste se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y deslizando sus dedos por encima de la marca de la Western Union tallada en la tablilla. Se la devolvió a Billy y, cuando éste la cogió, Newton palpó rápidamente su camisa y su pantalón corto, debajo de los brazos y entre los muslos.
—Está limpio —rió—, pero yo tendré que lavarme las manos.
—De acuerdo, muchacho —dijo el portero, sin volverse, de espaldas a Billy—. Sube a entregarlo, y preséntate otra vez aquí. Rápidamente.
El guardián se habla vuelto también de espaldas mientras se alejaba, dejando a Billy solo en el centro del vestíbulo, sin saber qué hacer ni hacia dónde ir. Deseaba pedir instrucciones pero no podía, los aires de superioridad de aquellos dos hombres le habían desarmado, desmoralizándole hasta el punto de que lo único que quería era encontrar un lugar donde ocultarse. Un sonido siseante procedente del extremo más apartado del vestíbulo llamó su atención, y vio la puerta de un ascensor abriéndose en la base de lo que él había tomado por un órgano gigantesco. El ascensorista le estaba mirando y Billy avanzó hacia él, sosteniendo la tablilla levantada como si fuera un escudo contra la hostilidad del entorno.
—Traigo un mensaje para el señor O'Brien —su voz temblaba como si estuviera a punto de romperse. El ascensorista, un muchacho aproximadamente de su misma edad, dejó oír una risa burlona; era joven, pero estaba aprendiendo con rapidez cómo había que tratar a los que estaban por debajo de uno.
—O'Brien, 41-E, que está en el quinto piso, por si no sabes nada acerca de las casas de apartamentos. —Se irguió, bloqueando la entrada del ascensor, y Billy se quedó una vez más sin saber qué hacer.
—¿Puedo...? Me refiero al ascensor...
—¿Pretendes dejarlo apestoso para que no puedan utilizarlo los inquilinos? La escalera está allí, al fondo.
Billy notó los ojos furiosos siguiéndole mientras se dirigía a la otra parte del vestíbulo, y se sintió enfurecido a su vez. ¿Por qué tenían que comportarse de aquella manera? El hecho de que trabajaran en un lugar como este no significaba que vivieran aquí. Sería de risa: ellos viviendo en un lugar como este. Incluso aquel portero gordinflón. Cinco rellanos... Billy jadeaba ya antes de llegar al segundo, y tuvo que pararse y secarse parte del sudor cuando alcanzó el quinto. El rellano se extendía en ambas direcciones, con puertas artesonadas a lo largo del mismo, y ocasionales juegos de armaduras montando guardia en los espacios vacíos. Billy estaba empapado en sudor; el aire era cálido y casi irrespirable. Echó a andar en la dirección equivocada y tuvo que retroceder cuando descubrió que los números descendían hacia el cero. La puerta del número 41-E era igual que las demás, sin timbre ni llamador, con sólo una pequeña placa en la que figuraba la palabra O'Brien en letras doradas. La puerta se abrió cuando Billy la tocó y, después de asomar la cabeza, penetró en un pequeño vestíbulo con las paredes y el techo revestidos de madera de color oscuro; una especie de cámara de descompresión medieval, con otra puerta delante de él. Experimentó una sensación de pánico cuando la primera puerta se cerró detrás de él y una voz habló, al parecer surgida del aire.
—¿Qué deseas?
—Un telegrama, Western Union —dijo Billy, mirando a uno y otro lado del vacío cubículo en busca de la fuente de la voz.
—Déjame ver tu tablilla.
Entonces se dio cuenta de que la voz procedía de una rejilla situada encima de la puerta interior, junto al vidriado ojo de un objetivo de TV. Levantó la tablilla de modo que pudiera ser vista a través del aparato. El invisible mirón debió quedar satisfecho, ya que se oyó el chasquido del circuito al ser desconectado, y poco después la puerta se abrió delante de Billy, dejando salir una oleada de aire frío.
—Veamos eso —dijo Michael O'Brien, y Billy le entregó el mensaje y esperó mientras el hombre rompía el precinto con su pulgar y abría las dos mitades de la tablilla.
Aunque estaba más cerca de los sesenta que de los cincuenta y lucía un impresionante estómago y una doble hilera de joyas, O'Brien conservaba las huellas de sus años mozos en los muelles del West Side. Cicatrices en los nudillos y en un lado del cuello... y una nariz rota que nunca había sido recompuesta correctamente. En 1966 era un don nadie de veintidós años, como a él le gustaba decir cuando contaba la historia, que sólo pensaba en las mujeres y en la bebida, aficiones que se costeaba trabajando un par de días a la semana en los muelles como descargador. Pero a raíz de una pelea en la que se vio mezclado en el Shamrock Bar and Grill, la vida había cambiado para él. Mientras convalecía en St. Vincent's (la nariz había curado rápidamente, pero se había fracturado el cráneo contra el suelo), había meditado a fondo sobre su pasado y había decidido hacer algo para mejorar. Nunca añadía lo que había hecho cuando contaba la historia, pero era del dominio público que había andado en tratos con políticos de dudosa reputación, había comerciado con artículos robados en los muelles, y había hecho otras cosas que era mejor no mencionar al alcance de su oído. En cualquier caso, sus nuevas actividades resultaron mucho más lucrativas que la descarga en los muelles, y nunca se había arrepentido de haberse dedicado a ellas. Con su metro ochenta y cinco de estatura, y envuelto en una inmensa bata de colores chillones que le confería un aspecto de elefante de circo, podría haber resultado ridículo, pero no era así. Habla visto demasiadas cosas, hecho demasiadas cosas, estaba demasiado seguro de su poder para que se riesen de él... ni siquiera cuando movía los labios y fruncía la frente profundamente concentrado mientras deletreaba el telegrama.
—Espera un momento, quiero sacar una copia de esto —dijo, cuando llegó al final. Billy asintió, alegrándose de poder esperar en el refrigerado vestíbulo, lujosamente decorado—. ¡Shirl! —gritó O'Brien—. ¿Dónde diablos está el bloc?
Desde detrás de la puerta situada a la izquierda llegó una respuesta ininteligible, y O'Brien la abrió y entró en la habitación. Los ojos de Billy le siguieron maquinalmente a través del iluminado umbral basta el lecho de blancas sábanas y la mujer tumbada allí.
Estaba vuelta de espaldas, desnuda, con los cabellos rojizos desparramados sobre la almohada y una piel de color rosa pálido con un bosque de pecas oscuras a través de los hombros. Billy Chung permaneció inmóvil, conteniendo la respiración: ella estaba a menos de tres metros de distancia. La mujer cruzó una pierna encima de la otra, acentuando la hinchada redondez de sus nalgas. O'Brien estaba hablando con ella, pero las palabras llegaban a oídos de Billy como sonidos desprovistos de significado. Luego, ella rodó sobre sí misma hacia la puerta abierta y le vio.
Billy no podía hacer nada, no podía moverse ni podía apartar los ojos. Ella vio que él la miraba.
La muchacha que estaba en la cama le sonrió, luego alargó un esbelto brazo hacia la puerta, sus senos se irguieron llenos y redondos, con las puntas sonrosadas... la puerta giró sobre sus goznes y la muchacha desapareció.
Cuando O'Brien abrió la puerta y salió, al cabo de unos instantes, la muchacha ya no estaba en la cama.
—¿Alguna respuesta? —preguntó Billy mientras tomaba la tablilla. ¿Sonaría su voz tan rara a oídos de aquel hombre como le sonaba a él mismo?
—No, ninguna respuesta —dijo O'Brien mientras abría la puerta del vestíbulo. El tiempo parecía moverse ahora lentamente para Billy, vio claramente cómo se abría la puerta, la brillante lengua de la cerradura, la pieza plana de metal en la pared con los cables colgando. ¿Por qué era importante aquello?

—¿No va a darme usted una propina, señor? —preguntó, sólo para permanecer allí un momento más.
—Lárgate, muchacho, antes de que te dé un puntapié en el trasero.
Billy estaba en el rellano, y el calor le afectó mucho más saliendo del refrigerado apartamento, un calor que era especialmente intenso en la parte inferior de su cuerpo, la misma clase de sensación que había experimentado la primera vez que estuvo cerca de una muchacha; apoyó su cabeza contra la pared. Ni siquiera en las fotografías que circulaban por ahí había visto nunca una muchacha como esta. Y todas sus aventuras amorosas se habían desarrollado a media luz o completamente a oscuras, con mujeres de piernas delgadas, piel grisácea, tan sucias como él, con ropa interior ajada.
Desde luego. Una sola cerradura en la puerta interior protegida por la alarma antirrobo situada en la parte superior. Pero la alarma estaba desconectada, él había visto los cables sueltos. Había aprendido cosas como esta cuando Sam-Sam era el jefe de los Tigres, habían penetrado en tiendas y efectuado un par de robos antes de que los polis se cargaran a Sam-Sam. Una buena ganzúa abriría aquella puerta en un par de segundos. Pero... ¿qué tenía que ver eso con la muchacha? Ella había sonreído, ¿no? Y podía estar allí esperando cuando el viejo bastardo se marchara a trabajar.
Era una idea descabellada y Billy lo sabía, la muchacha no podía tener ningún trato con él. Pero, ¿había sonreído? El apartamento era algo distinto, un trabajo rápido antes de que arreglaran la alarma, él conocía la topografía del edificio... si existía algún medio para eludir a los gorilas de la puerta principal. Esto no tenía nada que ver con la muchacha, esto era por dinero. Bajó despacio la escalera y miró cuidadosamente antes de doblar la esquina en la planta baja y descender apresuradamente al sótano.
Había que probar fortuna. No encontró a nadie, y en la segunda habitación en la que entró descubrió una ventana que también tenía encima de ella un sistema de alarma desconectado. Tal vez todo el edificio estaba en las mismas condiciones, a causa de una avería general o algo por el estilo. El motivo era lo de menos. La ventana estaba cubierta de polvo y Billy se irguió sobre las puntas de los pies y dibujó un corazón en la película de polvo, de modo que pudiera reconocerla desde el exterior.
—Has tardado mucho —le dijo el portero cuando se presentó delante de él.
—He tenido que esperar mientras el señor O'Brien copiaba el mensaje y escribía una respuesta; no podía hacer otra cosa —mintió a medias Billy, con insospechado desparpajo.
El portero no le pidió que le enseñara la tablilla. El rastrillo se abrió con un siseo neumático, y Billy cruzó el vacío puente levadizo hacia la oscura atestada, sucia y sofocante calle.


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