I

El sol de agosto penetró a través de la abierta ventana y ardió sobre las desnudas piernas de Andrew Rusch hasta que la quemazón le arrancó de las profundidades de un pesado sueño. Tardó unos instantes en adquirir consciencia del calor y de la húmeda y áspera sábana debajo de su cuerpo. Se frotó los pegados párpados y permaneció allí, mirando fijamente el agrietado y manchado yeso del techo, sólo medio despierto y experimentando una sensación de dislocación, sin saber en aquellos primeros instantes del despertar dónde estaba, aunque habla vivido en este cuarto durante más de siete años. Bostezó, y la extraña sensación se desvaneció mientras alargaba la mano hacia el reloj que siempre dejaba sobre una silla junto a la cama, y luego bostezó de nuevo mientras parpadeaba a las manecillas apenas visibles detrás del maltrecho cristal. Las siete... las siete de la mañana, y había un pequeño número 9 en el centro de la ventanilla cuadrada. Lunes, 9 de agosto de 1999... y la atmósfera ardía ya como un horno, con la ciudad empapada aún de la ola de calor que había cocido y asfixiado a Nueva York en los últimos diez días. Andy se rascó un reguero de sudor en su costado, y luego apartó las piernas del sol y ablandó la almohada debajo de su cuello. Del otro lado del delgado tabique que dividía el cuarto por la mitad llegó un leve chirrido que no tardó en convertirse en un zumbido estridente.
—Se ha hecho de día... —gritó Andy por encima del sonido, y luego empezó a toser. Todavía tosiendo, se levantó de mala gana y cruzó el cuarto para llenar un vaso de agua en el tanque de la pared: salió un chorro delgado y turbio. Andy se tragó el agua, golpeó la esfera del tanque con los nudillos, y la aguja osciló y acabó por de tenerse junto al indicador Vacío. Necesitaba ser llenado, tendría que ocuparse de eso antes de entrar de servicio en la comisaría, a las cuatro.
El día había empezado.
Un espejo de cuerpo entero, con una raja de arriba a abajo, estaba fijado delante del pesado armario, y Andy acercó a él su rostro, frotándose la rasposa mandíbula. Tendría que afeitarse antes de salir. Nadie debería mirarse al espejo por la mañana, desnudo y sin haberse despertado del todo, decidió con desagrado, frunciendo el ceño ante la blancura marmórea de su piel y el ligero arqueamiento de sus piernas, habitualmente ocultas por sus pantalones. Y, ¿cómo era posible que tuviera unas costillas salientes como las de un caballo muerto de hambre... y al mismo tiempo una barriga cada día más abultada? Palpó la carne blanda y pensó que sería debido al exceso de almidones en su dieta, y a que pasaba la mayor parte del tiempo sentado en su cuchitril. Pero al menos la grasa no deformaba su rostro. Su frente era un poco más alta cada año, pero esto no representaba ningún problema mientras llevara el pelo muy corto. Acabas de cumplir los treinta, se dijo a sí mismo, y las arrugas ya empiezan a invadir tus ojos. Y tu nariz es demasiado grande... ¿No era tío Brian el que decía siempre que eso era debido a que había sangre galesa en la familia? Y tus colmillos sobresalen también un poco, de modo que cuando te ríes recuerdas a una hiena. Eres un buen mozo, Andy Rusch, ¿y cuándo fue la última vez que tuviste una cita? Gruñendo para sus adentros, fue en busca de un pañuelo para sonarse su impresionante nariz galesa.
Había un solo par de calzoncillos limpios en el cajón del armario, y Andy los sacó; esa era otra de las cosas que tenía que recordar hoy, el lavado de la ropa. El chirriante sonido llegaba aún del otro lado del tabique cuando Andy empujó la puerta de comunicación.
—Vas a pillar una enfermedad coronaria, Sol —le dijo al hombre de barba gris que estaba encaramado sobre la bicicleta sin ruedas, pedaleando con tanto afán que el sudor se deslizaba por su pecho hasta la toalla de baño, que llevaba atada alrededor de la cintura.
—Ni hablar de coronarias —boqueó Solomon Kahn, sin dejar de pedalear—. He estado haciendo esto todos los días durante tanto tiempo, qué mi corazón lo echaría de menos si no lo hiciera. Y tampoco hay colesterol en mis arterias, ya que los lavajes regulares con alcohol se encargan de eso. Y ni hablar de cáncer de pulmón, puesto que no podría permitirme fumar incluso si deseara hacerlo, cosa que no deseo. Y a mis setenta y cinco años nada de prostatitis, porque...
—Sol, por favor... ahórrame los detalles de mal gusto: tengo el estómago vacío. ¿Te sobra un cubito de hielo?
—Coge dos: hace mucho calor. Y no dejes la puerta abierta demasiado tiempo.
Andy abrió el pequeño refrigerador apoyado contra la pared y sacó rápidamente el envase de plástico de la margarina; luego dejó caer dos cubitos de hielo de la bandeja en un vaso y cerró la puerta de golpe. Llenó el vaso de agua del tanque de la pared y lo colocó sobre la mesa, junto a la margarina.
—¿Has comido ya? —preguntó.
—Lo haré contigo. Este cacharro debe estar ya sobrecargado.
Dejó de pedalear, y el chirrido fue extinguiéndose con una especie de lamento hasta que se desvaneció del todo.
Desconectó los cables del generador eléctrico montado en el eje trasero de la bicicleta y los enrolló cuidadosamente para dejarlos junto a las cuatro negras baterías de automóvil colocadas encima del refrigerador. Luego, después de secarse las manos en su manchada toalla-sarong empujó uno de los asientos de cuero, rescatados de un antiguo Ford 1975, y se sentó frente a Andy.
—He oído las noticias de las seis —dijo—. Los Ancianos están organizando otra marcha de protesta para hoy sobre la oficina central de beneficencia. ¡Ahí verás coronarias!
—No las veré, a Dios gracias, ya que no entro de servicio hasta las cuatro, y la Plaza de la Unión no pertenece a nuestro distrito. —Abrió el envase del pan y sacó una de las rojizas galletas de quince centímetros de lado; luego empujó el envase hacia Sol. Extendió una delgada capa de margarina sobre la galleta y dio un bocado, frunciendo la nariz mientras masticaba—. Creo que esta margarina se ha puesto rancia.
—¿Cómo puedes decir eso? —gruñó Sol, mordiendo a su vez una de las galletas, sin untaría—. Cualquier cosa fabricada con aceite de máquinas y esperma de ballena sabe a rancio desde el primer momento.
—Estás hablando como un naturista —dijo Andy, engullendo su galleta con la ayuda de un trago de agua fría—. Las grasas elaboradas con productos petroquímicos apenas tienen sabor, y sabes que ya no quedan ballenas, de modo que no pueden utilizar esperma: no es más que un buen aceite de clorela.
—Ballenas, plancton, aceite de arenque, todo es lo mismo. Sabe a pescado. Yo renuncio a la margarina para que no me salgan aletas. —Resonó un súbito repiqueteo de nudillos contra la puerta, y Sol gruñó—: Aún no son las ocho de la mañana, y ya vienen a por ti.
—Podría ser cualquier otra cosa —dijo Andy, dirigiéndose hacia la puerta.
—Podría serlo, pero no lo es: esa es la llamada del chico de los recados, y la conoces tan bien como yo, y te apuesto lo que quieras a que es él. ¿Ves?—. Asintió con lúgubre satisfacción cuando Andy abrió la puerta y vieron al flaco mensajero, con las piernas al aire, de pie en el oscuro rellano.
—¿Qué es lo que quieres, Woody? —preguntó Andy.
—No es azunto mío —ceceó Woody a través de sus desnudas encías. Aunque tenía poco más de veinte años, no había un solo diente en su boca—. El teniente dize que traiga, y yo traigo —Tendió a Andy la tablilla-mensaje con su nombre escrito en la parte exterior.
Andy la volvió hacia la luz y la abrió, leyendo la picuda caligrafía del teniente sobre el rectángulo de pizarra; luego cogió el pizarrín y garabateó sus iniciales detrás antes de devolvérselo al mensajero. Tras cerrar la puerta, volvió a sentarse a la mesa para terminar su desayuno, con el ceño fruncido.
—No me mires así —dijo Sol—, yo no he enviado el mensaje. ¿Me equivoco al suponer que no es la más agradable de las noticias?
—Se trata de los Ancianos. Se están concentrando ya en la Plaza y la comisaría necesita refuerzos.
—Pero, ¿por qué tú? Esto parece un trabajo más propio de los toros con arnés.
—¡Toros con arnés! ¿Dónde has aprendido ese jerga medieval? Desde luego, se necesitan patrulleros para la multitud, pero tienen que haber detectives allí para localizar agitadores, carteristas, bolsilleras, etcétera. Hoy habrá jaleo. Tengo que presentarme a las nueve, de modo que me queda tiempo para ir en busca de un poco de agua.
Andy se puso lentamente unos pantalones y una camisa sin mangas, y luego colocó una cacerola llena de agua en la repisa de la ventana para que se calentara al sol. Cogió las dos latas de plástico de diez litros, y cuando se disponía a salir Sol levantó los ojos del televisor, mirando por encima de sus anticuadas gafas.
—Cuando traigas el agua te prepararé un trago.. ¿O crees que es demasiado temprano?
—Tal como me siento hoy, no.
El rellano quedó completamente a oscuras después de que la puerta se hubo cerrado tras él, y Andy avanzó cuidadosamente a lo largo de la pared hasta la escalera, maldiciendo y casi cayendo al tropezar con un montón de basura que alguien había tirado allí. Dos tramos más abajo la pared había sido agujereada para practicar en ella una especie de ventanuco por el cual penetraba la claridad suficiente como para alumbrar el camino en los otros dos tramos hasta la calle. Al salir del húmedo zaguán, el calor de la Calle Veinticinco le golpeó como una oleada de moho, un miasma sofocante compuesto de putrefacción, suciedad y humanidad sin lavar. Tuvo que abrirse paso a través de las mujeres que llenaban las gradas del edificio, andando cuidadosamente para no pisar a los niños que estaban jugando debajo. La acera quedaba todavía en la sombra, pero estaba tan atestada de gente que Andy avanzó por la calzada, lejos del bordillo para evitar los escombros y la basura acumulados allí. Los días de calor habían ablandado el asfalto hasta el punto de que cedía al pisarlo, y luego se pegaba a las suelas de los zapatos. Había la habitual cola que conducía al columnario punto de agua rojo en la esquina de la Séptima Avenida, pero empezó a deshacerse en medio de un furioso griterío y de puños agitándose en el preciso instante en que Andy llegaba allí. La multitud se dispersó, sin dejar de murmurar, y Andy vio que el patrullero de servicio estaba cerrando la puerta de acero del punto de agua.
—¿Qué pasa? —preguntó Andy—. Creí que este punto estaba abierto hasta mediodía.
El patrullero se volvió, acercando maquinalmente la mano a la funda de su revólver, hasta que reconoció al detective de su propia comisaría. Se echó hacia atrás su gorra de uniforme y secó el sudor de su frente con el dorso de la mano.
—Acabo de recibir órdenes del sargento: todos los puntos permanecerán cerrados durante veinticuatro horas. El nivel del depósito está muy bajo a causa de la sequía, y hay que ahorrar agua.
—Malas noticias para mí —dijo Andy, contemplando la llave todavía en la cerradura—. Voy a entrar de servicio ahora, y esto significa que me quedaré sin agua un par de días...
Tras echar una cuidadosa ojeada a su alrededor, el patrullero abrió la puerta y cogió una de las latas de manos de Andy.
—Tendrá que arreglárselas con una lata —dijo. La sostuvo debajo del grifo mientras se llenaba, y a continuación bajó el tono de su voz—: No lo comente, pero se rumorea que han vuelto a dinamitar el acueducto en la parte alta del Estado.
—¿Otra vez esos agricultores?
—Probablemente. Yo estuve de servicio allí antes de que me destinaran a esta comisaría, y aquello es un infierno: continuamente se corre el peligro de que le hagan volar a uno junto con. el acueducto. Pretenden que la ciudad les está robando el agua.
—Tienen la suficiente —dijo Andy, cogiendo la lata llena—. Más de la que necesitan. Y aquí en la ciudad hay treinta y cinco millones de personas que padecen sed.
—No seré yo quien se lo discuta —dijo el patrullero, volviendo a cerrar la puerta.
Andy emprendió el camino de regreso a través de la multitud, y se dirigió directamente al patio trasero del edificio. Todos los retretes estaban ocupados y tuvo que esperar, y cuando finalmente pudo entrar en uno de los cubículos metió dentro también las latas; cualquiera de los chiquillos que jugaban en el montón de escombros se las robaría con toda seguridad si las dejaba afuera.
Cuando hubo trepado una vez más los oscuros tramos de escalera y abrió la puerta del cuarto, oyó el claro sonido de unos cubitos de hielo tintineando contra cristal.
—Lo que está interpretando es la Quinta Sinfonía de Beethoven —murmuró, soltando las latas y dejándose caer sobre una silla.
—Es mi melodía favorita —dijo Sol, sacando dos vasos helados del refrigerador. Con la solemnidad de un rito religioso, dejó caer una diminuta cebolla semejante a una perla en cada uno de ellos. A continuación entregó uno de los vasos a Andy, el cual sorbió lentamente y con visible fruición el helado líquido.
—Cuando saboreo uno de estos tragos, Sol, casi llego a creer que no estás loco, después de todo. ¿Por qué los llaman Gibsons?
—Eso es un secreto perdido más allá de las brumas del tiempo. ¿Por qué un Stinger es un Stinger, o un Pink Lady un Pink Lady?
—No lo sé... ¿Por qué? Nunca los he probado.
—Yo tampoco lo sé, pero esos son sus nombres. Igual que esas cosas verdes que sirven en algunas partes, los Panamás. No significa nada, es simplemente un nombre.
—Gracias —dijo Andy, apurando el contenido de su vaso—. El día empieza a tener mejor aspecto.
Entró en su cuarto, sacó su revólver y su funda del cajón del armario y los colgó de su cinturón. Su placa estaba sobre el llavero, donde siempre los guardaba, y Andy deslizó su agenda encima de ellos. Luego vaciló unos instantes. La jornada sería larga y dura y podía ocurrir cualquier cosa. Sacó sus pinzas de debajo de sus camisas, y luego el tubo de plástico lleno de perdigones. Con todos aquellos viejos armando jaleo, podría necesitarlo: resultaría más útil y más seguro que un revólver.
No sólo eso, sino que con las nuevas normas de austeridad había que tener motivos muy justificados para gastar munición.
Se lavó lo mejor que pudo con el agua que habla puesto a calentar al sol, y se frotó la cara con la pequeña barra de gris y arenoso jabón hasta que sus patillas se ablandaron un poco. Su hoja de afeitar empezaba a mostrar visibles muescas en los dos lados, y mientras la afilaba contra la pared interior de un vaso pensó que había llegado el momento de adquirir una hoja nueva. Tal vez el próximo otoño...
Sol estaba regando la jardinera de su ventana cuando Andy salió, irrigando cuidadosamente las hileras de hierbas y de cebollas enanas.
—No cojas ningún níquel de madera —dijo, sin levantar la vista de su tarea. Sol tenía un millón de ellos, todos antiguos. ¿Qué diablos era un níquel de madera?
El sol estaba más alto ahora, y el calor pegada más fuerte en el valle de asfalto y de hormigón de la calle. La franja de sombra era más pequeña, y el graderío estaba tan lleno de gente que Andy no podía salir del zaguán. Apartó cuidadosamente a una chiquilla con la nariz llena de mocos que cubría su desnudez con una simple combinación ajada y sucia, y descendió un peldaño. Las flacas mujeres se hicieron a un lado de mala gana, pero los hombres le miraron fijamente con una fría expresión de odio impresa en sus semblantes que les hacía parecer extrañamente iguales, como si todos fueran miembros de la misma enfurecida familia. Andy se abrió paso a través del último de ellos y, al llegar a la acera, tuvo que saltar por encima de la pierna de un viejo tendido allí. Parecía muerto, no dormido, sin que a nadie le importara la diferencia. Su pie estaba descalzo y sucio, y un cordel atado alrededor de su tobillo conducía hasta un niño desnudo, sentado en la acera y masticando un doblado plato de plástico. La suciedad del niño corría parejas con la del hombre, y llevaba el cordel atado en torno a su pecho debajo mismo de los esqueléticos brazos debido a la hinchazón de su vientre. ¿Estaba muerto el viejo? No es que importara demasiado: lo único que tenía que hacer en el mundo era servir de anda al niño, una tarea que podía realizar igualmente estando vivo que estando muerto.
Cristo, qué morboso estoy esta mañana, pensó Andy. Debe ser el calor, no puedo dormir bien y llegan las pesadillas. Es este interminable verano y todos los problemas, una cosa parece conducir a otra. Primero el calor, luego la sequía, los ladrones de almacenes, y ahora los Ancianos. Están locos para echarse a la calle con este tiempo. O tal vez el tiempo les ha enloquecido.
Hacía demasiado calor para pensar, y cuando Andy dobló la esquina la resplandeciente longitud de la Séptima Avenida ardió delante de él, y pudo sentir la fuerza del sol en su rostro y en sus brazos. Su camisa se estaba pegando ya a su espalda, y sólo eran las nueve menos cuarto.
Se estaba mejor en la Calle Veintitrés, gracias a la larga sombra proyectada por la autopista elevaba que cruzaba la ciudad de parte a parte, y Andy avanzó lentamente en la semipenumbra, atento al intenso tráfico de vehículos de tracción a pedal y de camiones con remolque. En torno a cada una de las columnas sustentadoras había un pequeño grupo de personas, arracimadas contra ellas como percebes alrededor de una estaca, con sus piernas casi entre las ruedas del tráfico. En lo alto resonaba un estruendo decreciente cuando un camión pesado pasaba por la autopista, y Andy pudo ver delante de él otro camión estacionado frente a la comisaría. Unos patrulleros uniformados trepaban lentamente por la parte posterior, y el teniente de detectives Grassioli estaba de pie junto al vehículo con una tablilla en la mano, hablando con el sargento. Miró a Andy con aire enfurruñado, y un tic nervioso sacudió su ojo izquierdo, como un furioso parpadeo.
—Ya es hora de que se presente usted, Rusch —dijo, haciendo una anotación en la tablilla.
—Era mi día libre, señor, y he venido en cuanto el mensajero me ha transmitido la orden. —Si uno se achicaba con Grassy, estaba perdido: el teniente tenía úlceras, diabetes y un hígado enfermo.
—Un policía está de servicio las veinticuatro horas del día, de modo que no pierda más tiempo y ocupe su puesto en el camión. Y quiero que Kulozik y usted justifiquen su paga. Estoy harto de recibir quejas de Centre Street.
—Sí, señor —dijo Andy a la espalda del teniente, que se encaminaba ya hacia la comisaría. Subió los tres peldaños soldados a la caja del camión y se sentó en el banco al lado de Steve Kulozik, que había cerrado los ojos y empezado a dormitar apenas el teniente se hubo marchado. Era un hombre robusto, cuya carne temblequeaba en alguna parte entre grasa y músculo, y llevaba unos pantalones arrugados de algodón y camisa de manga corta igual que la de Andy, con los faldones también por encima del cinturón para ocultar el revólver y la funda. Abrió a medias un ojo cuando Andy se dejó caer a su lado, y luego volvió a cerrarlo.
El mecanismo de arranque gimió irritablemente, una y otra vez, hasta que por fin el combustible de mala calidad prendió y el motor diesel trepidó, se estremeció y acabó por latir con un pulso regular mientras el camión se apartaba del bordillo y avanzaba hacia el este. Todos los policías de uniforme iban sentados en los bancos laterales, de modo que les diese en el rostro la brisa generada por el camión en movimiento y al mismo tiempo pudieran vigilar las calles densamente pobladas: este verano, la policía no era muy popular. Si les arrojaban algo, querían verlo llegar. Una súbita vibración sacudió
el camión, y el conductor desembragó para cambiar la marcha e hizo aullar la sirena, abriéndose camino a través de la hormigueante muchedumbre y las hordas de vehículos de tracción humana. Cuando llegaron a Broadway el avance se hizo todavía más lento, ya que la multitud inundaba literalmente la avenida contigua a la Plaza Madison, convertida en zoco. La situación no mejoró cuando giraron hacia la parte baja de la ciudad, dado que los Ancianos se habían reunido ya en gran número y se dirigían hacia el sur, abriendo muy lentamente sus filas para dejar paso al camión. Los policías sentados les miraban con indiferencia mientras les iban dejando atrás:
una masa de cabezas grises, cabezas calvas, la mayoría de ellos apoyándose en bastones, en tanto que un viejo con una gran barba blanca se balanceaba sobre sus muletas. Había un gran número de sillas de ruedas. Cuando llegaron a la Plaza de la Unión, el sol, no bloqueado ya por los edificios, ardió implacablemente sobre ellos.
—Es un crimen —dijo Steve Kulozik, bostezando mientras se apeaba del camión—. Sacar a la calle a todos esos viejos con este calor... probablemente acabará con la mitad de ellos. Debemos estar a más de 37 grados al sol: a las ocho estábamos a 34.
—Para eso están los enfermeros —dijo Andy, señalando al pequeño grupo de hombres vestidos de blanco que estaban desplegando camillas punto a un remolque del Departamento de Hospitales. Los detectives echaron a andar hacia la retaguardia de la multitud que había llenado ya el parque, rodeando la plataforma del orador instalada en el centro. Unos sonidos chirriantes revelaron que el sistema de altavoces estaba siendo sometido a prueba.
—Toda una marcha —dijo Steve, sin apartar de la muchedumbre sus investigadores ojos mientras hablaba—. He oído decir que los depósitos de agua han bajado tanto de nivel que algunas de las tuberías de salida han quedado al descubierto. Eso, y los paletos de la parte alta del Estado dinamitando de nuevo el acueducto...
Los chirridos de los altavoces se disolvieron en el estruendo resonante de una voz amplificada.
..... Camaradas, Damas y Caballeros, miembros todos de los Ancianos de América, reclamo vuestra atención. Había encargado algunas nubes para esta mañana, pero es evidente que el pedido no ha llegado a tiempo...
Un murmullo de aprobación rodó sobre el parque, y resonaron algunos aplausos.
—¿Quién es el que habla? —preguntó Steve.
—Un tal Reeves, al que llaman Kid Reeves porque sólo tiene sesenta y cinco años. En la actualidad es el administrador de los Ancianos, y el año próximo será su presidente, si continúa así...
Sus palabras quedaron ahogadas por la voz de Reeves desgarrando de nuevo el cálido aire:
"Pero nosotros tenemos bastantes nubes en nuestras vidas, de modo que quizá podamos vivir sin esas nubes en el cielo. —Esta vez, el murmullo de la multitud estuvo levemente teñido de furor—. Las autoridades han decidido que no podemos trabajar, aunque nos encontremos en perfectas condiciones físicas y mentales, y han fijado la minúscula, insultante y ridícula pensión con la que se supone que tenemos que vivir, y al mismo tiempo se encargan de que el poder adquisitivo del dinero sea menor cada año, cada mes, casi cada día..."
—Ahí va el primero —dijo Andy, señalando a un hombre de las últimas filas que había caído de rodillas, agarrándose el pecho con las dos manos. Echó a andar hacia allí, pero Steve le retuvo.
—Déjaselo a ellos —dijo, señalando a los dos enfermeros que se dirigían hacia aquel lugar—. Fallo cardíaco, o insolación, y no será el último. Vamos a dar una vuelta por ahí.
"...de nuevo tenemos que unir nuestros esfuerzos... las fuerzas que pretenden mantenernos sumidos en la pobreza, en el hambre, en el olvido... la subida de los precios ha barrido..."
No parecía existir ninguna relación entre la pequeña figura de pie en la lejana plataforma y la voz que retumbaba alrededor de ellos. Los dos detectives se separaron, y Andy se abrió paso lentamente a través de la multitud.
"...no permitiremos que nos conviertan en ciudadanos de tercera o cuarta categoría, no aceptaremos un sucio rincón de la tierra para dormitar y morirnos de hambre. El nuestro es un segmento vital... no, es el segmento vital de la población, un depósito de edad y de experiencia, de conocimiento, de discreción. Hagamos llegar nuestra voz al Ayuntamiento, y a Albany, y a Washington, para que actúen en consecuencia. En caso contrario, cuando llegue el momento del recuento de los votos descubrirán...
Las palabras se rompían en fragorosas oleadas alrededor de la cabeza de Andy, y dejó de prestar atención a ellas mientras avanzaba entre los dolorosamente atentos Ancianos, con los ojos alerta y en constante movimiento, navegando a través del mar de encías desdentadas, mejillas con patillas grises y ojos acuosos. El teniente se había equivocado al enviarles aquí, a Steve y a él: los rateros eran lo bastante listos como para saber que "trabajar" en una aglomeración como esta era perder el tiempo. Todos estos hombres y mujeres eran auténticos muertos de hambre. Y si alguno de ellos tenía un poco de dinero lo llevaba en uno de aquellos anticuados bolsos de cierre y cosido a su ropa interior o algo por el estilo.
Se produjo un movimiento en la multitud y dos chiquillos surgieron de repente gritando y riendo, entrelazando sus desnudas y arañadas piernas, jugando a quién derriba a quién.
—Basta de juegos —dijo Andy, parándose delante de ellos—. Salid del parque ahora mismo, muchachos, aquí no hay nada para vosotros.
—¿Quién ha dicho eso? Nosotros podemos hacer lo que nos dé la...
—Lo dice la ley —replicó secamente Andy, sacando el rompecabezas de su bolsillo y agitándolo con aire de amenaza—. ¡Andando!
Se volvieron sin pronunciar una sola palabra y empezaron a alejarse de la multitud. Andy les siguió unos instantes para asegurarse de que se marchaban. No eran más que unos chiquillos, pensó mientras se guardaba el tubo de perdigones, diez o doce años a lo sumo, pero había que vigilarles de cerca y no permitir que se le subieran a uno a las barbas, porque si uno les daba la espalda y eran lo bastante numerosos, le atacaban a uno y le cortaban con trozos de cristal como hicieron con el pobre Taylor.
Algo pareció empujar a los ancianos, que empezaban a moverse hacia adelante y hacia atrás, y cuando la voz amplificada quedó silenciosa unos instantes, se oyó un lejano griterío que procedía de más allá de la plataforma de los oradores. Sonaba a jaleo, y Andy trató de abrirse paso hacia allí. La voz de Reeves se interrumpió súbitamente, y el griterío aumentó en intensidad, y se oyó el ruido de cristales rotos. Una nueva voz retumbó por los altavoces.
"Habla la policía. Les ruego que se dispersen, esta reunión ha terminado. Diríjanse hacia el norte de la Plaza...
Un rabioso aullido ahogó las palabras del orador, y los Ancianos se lanzaron hacia adelante, arrastrados por olas de emoción. Cuando sus gritos remitieron un poco, la voz amplificada de Reeves volvió a resonar en los altavoces.
"...Calma, calma... No hay que perder la cabeza... No puedo reprocharos que os sintáis molestos por esta interrupción, pero no se trata de lo que pensáis. El capitán me ha explicado la situación, y desde el lugar en que me encuentro puedo comprobar que no tiene nada que ver con nuestra reunión. Ha surgido algún problema en la Calle Catorce... ¡NO! No avancéis en aquella dirección, la policía está allí y no os dejará pasar... Además, veo llegar los helicópteros, y el capitán ha mencionado el alambre volador...
Un gemido siguió a las últimas palabras y la multitud se estremeció, el impaciente movimiento cambió de dirección, y la masa empezó a desplazarse lentamente hacia la parte alta de la ciudad, fuera de la Plaza de la Unión, alejándose de la Calle Catorce. Los ancianos de aquella multitud lo sabían todo acerca del alambre volador.
Andy estaba más allá de la plataforma de los oradores y la muchedumbre era menos densa; ahora podía ver el populacho que atestaba la Calle Catorce y empezó a avanzar rápidamente hacia allí. Había agentes uniformados a lo largo de la orilla del parque, despejando el espacio contiguo, y el más próximo levantó su porra nocturna y gritó:
—No siga avanzando, amigo, si no quiere tener problemas.
Asintió cuando Andy le mostró su placa, y bajó el brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Andy.
—Una algarada que puede convertirse en un verdadero motín... ¡Fuera de aquí! —Esgrimió de nuevo su porra, y un hombre calvo que andaba apoyándose en unas muletas de aluminio se detuvo, vaciló unos instantes y luego dio media vuelta y volvió a adentrarse en el parque—. En Klein's había una de esas ventas relámpago, ya sabe, ponen súbitamente anuncios en los escaparates y venden algún artículo que desaparece en un santiamén, lo han hecho antes sin que surgieran problemas. Sólo que esta vez tenían una partida de filetes de carne sintética... —Levantó la voz para hacerse oír por encima del rugido de los dos helicópteros verdes y blancos que se acercaban—. Algún bocazas compró los suyos y al doblar la esquina se topó con unos de esos reporteros ambulantes de la TV, y le contó lo que pasaba. Está acudiendo gente creo que hasta del mismo infierno, y no creo que estén bloqueadas aún la mitad de las calles. Aquí llega el alambre para bloquear este lado.
Andy prendió su placa al bolsillo de su camisa y ayudó al patrullero a empujar a la muchedumbre lo más lejos posible. La. gente no protestó; el rugido de los helicópteros parecía aterrorizarles, impulsándoles a apretujarse como un rebaño de ovejas asustadas. Los helicópteros descendieron, y los rollos de alambre cayeron de sus vientres. Oxidados rollos de alambre de espino que rebotaron contra el suelo con la fuerza suficiente para que estallara su precintada envoltura.
No era un alambre de espino corriente. Tenía un ánima de acero templado dotada de "memoria", un metal que, no importa cómo se doblara o enroscara, retornaba a su forma original cuando las trabas eran eliminadas. En tanto que el alambre corriente habría permanecido en el lugar donde cayera hecho una maraña, este luchaba por recobrar su forma primitiva, moviéndose torpemente como un animal ciego a medida que las ataduras eran soltadas, desenrollándose y extendiéndose a lo largo de la calle. Policías provistos de guantes especiales agarraban los extremos y los guiaban en la dirección correcta para formar una barrera en medio de la calzada. Dos espirales en expansión se encontraban y entablaban una lucha insensata, enroscándose la una en la otra y trepando al aire sólo para caer y luchar de nuevo y serpentear en una retorcida unión. Cuando el último cable dejó de moverse a través del pavimento, la calle estaba bloqueada por una pared de alambre de espino de un metro de altura y un metro de anchura.
Pero el problema no estaba resuelto; desde el sur seguía llegando gente a lo largo de las calles que todavía no habían sido bloqueadas por el alambre. Otras barreras de alambre podrían contener aquella riada, pero antes de dejarlo caer era preciso hacer retroceder a la multitud y dejar un espacio despejado. Los patrulleros se las veían y se las deseaban para contener al populacho, y encima de sus cabezas los helicópteros zumbaban como abejas enfurecidas.
Una súbita explosión fue seguida de gritos estridentes. La presión de los cuerpos apiñados había hecho estallar la luna de unos de los escaparates de Klein's, y las aristas del cristal roto se hincaban en carne blanda; al espectáculo de la sangre hacían coro los gemidos de dolor. Andy luchó contra la marca humana para abrirse paso hacia el escaparate; una mujer con los ojos desorbitados y una ensangrentada brecha en la frente tropezó contra ~ para desaparecer inmediatamente de su campo visual. Ahora, Andy apenas podía moverse, y por encima del griterío pudo oír el estridente silbato de un policía. Había gente trepando a través del escaparate destrozado, incluso andando sobre los cuerpos ensangrentados de los heridos, agarrándose a las cajas amontonadas allí. Era la parte trasera del departamento de alimentación. Andy gritó mientras se acercaba un poco más, apenas pudo oír su propia voz en medio de aquella barahúnda, y trató de agarra a un hombre con los brazos llenos de paquetes que salía por el escaparate. No pudo alcanzarle... pero otros pudieron, y el hombre se retorció y cayó bajo las ávidas manos que en un abrir y cerrar de ojos le desposeyeron de los paquetes.
—¡Alto! —gritó Andy—. ¡Alto! —repitió, tan inútilmente como si estuviera encerrado en una pesadilla. Un delgado muchacho chino con pantalón corto y una camisa llena de remiendos salió del escaparte casi rozándole las puntas de los dedos, apretando una caja blanca de filetes de carne sintética contra su pecho, y Andy sólo pudo extender una vez más sus manos inútilmente. El muchacho le miró, no vio nada, apartó la mirada de él y, doblando su cuerpo casi por la mitad para ocultar su carga, empezó a deslizarse a lo largo del borde de la multitud contra la pared, aprovechando hábilmente su delgadez. Luego sólo fueron visibles sus piernas, con los músculos anudados como si estuviera luchando contra una marea creciente y los pies medio salidos de las sandalias con suela de neumático. Desapareció, y Andy se olvidó de él, mientras alcanzaba el escaparate roto y se situaba al lado del patrullero con la camisa desgarrada que le había precedido allí. El patrullero blandió su porra, descargándola contra los brazos que le rodeaban, y despejó un espacio. Andy se unió a él y golpeó hábilmente a un saqueador que trataba de salir por el escaparte con su botín; luego empujó el cuerpo inconsciente y los paquetes caldos hacia el interior de la tienda. Aullaron unas sirenas y una lluvia blanca empezó a caer sobre la multitud, mientras los camiones antidisturbios hacían su aparición, con las mangueras de agua funcionando.


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