CAPITULO 9º

       Hacía horas que, Marta en su despacho, ordenaba documentos, unos los amontonaba en su mesa, otros los guardaba en una maleta y unos terceros los quemaba en un contenedor de metal que tenia en medio de la habitación. Unos golpes en la puerta hicieron que interrumpiera su trabajo.

                       ·.¿Quien es?.- Preguntó.

                       ·.“El Rata”.- contestaron del otro lado de la puerta.

                       ·.Pasa.

       El lugarteniente apareció en el quicio de la puerta, tenía el pelo crecido y sus ademanes, de nuevo, eran pausados y silenciosos.

                       ·.Pasa, pasa y cierra la puerta.- Dijo Marta con impaciencia.

       “El Rata” obedeció y fue acercándose a su jefa husmeando por entre los documentos que estaba manipulando esta.

                       ·.¿Que es todo este desorden?.- Preguntó.

                       ·.Sientaté, te lo explicaré en pocas palabras. Me traslado y tu has sido designado para ocupar mi puesto.

                       ·.¿Al gueto? Preguntó “El Rata” sin aparentar demasiado interés.

                       ·.Sí, quieren que organice aquello un poco, que dignifique la organización tal y como he hecho aquí.

                       ·.Pero ¿Santiago?.

                       ·.El seguirá al frente de los terroristas, pero los enterados sabrán que el jefe soy yo, solo los puros reconocerán a Santiago como jefe.

                       ·.Santiago está enterado?.

       Si y no le importa, de esta forma se descarga de una responsabilidad que, últimamente, no parecía gustarle.

                       ·.Y Eduardo ¿sabe que te vas?.- Y  la voz del “Ra­ta” sonó extraña.

                       ·.No, aún no se lo he dicho.

                       ·.¿Se queda?, ¿no?.- Preguntó el lugarteniente, casi sin voz, como no queriendo espantar lo que indudablemente parecía para el una buena noticia.

                       ·.No, viene conmigo.- Contestó Marta con tono indiferente.

                       ·.Y ¿si no quiere?.- Preguntó esperanzado.

       .No le queda mas remedio, sabes que las ordenes de la Oficina no se discuten.

                       ·.Y también sé que tu eres su preferida.- Dijo “El Rata”, con saña, aunque Marta no pareció darse cuenta.

                       ·.Bien durante unos días, trabajaremos juntos para que pueda ponerte al corriente de todo, es decir de todo aquello que aun no sabes y cuando te encuentres capacitado, me marcharé; se que serás un buen jefe.

       ¿Con quien trataré yo? con Santiago o contigo.

                       ·.Conmigo, Santiago, de ahora en adelante, no se manchará las manos.

       Después de esta conversación, Marta continuó con su trabajo, los dos permanecían en silencio; Marta esperaba una reacción casi explosiva por parte de su lugarteniente y como no llegaba, se volvió y le dijo.

                       ·.No pareces alegrarte por la noticia, siempre he pensado que deseabas mi puesto.

       El hombrecillo la miró, sus ojos reflejaban una gran tristeza, pero en sus labios se fue dibujando  una amplia son­risa mientras contestaba.

                       ·.Sabes que así es, pero ahora que ha llegado el momento, casi, no me siento feliz; hace un momento pensaba que todos los buenos acontecimientos, tienen que llegar envueltos en una noticia triste.

                       ·.No sabía que me apreciaras tanto “Rata”, lo sien­to, para consolarte te recordaré que yo solo soy de Eduardo y al contrario.

                       ·.Lo sé, lo sé y eso es lo que causa mi tristeza.- Contestó el hombrecillo, mientras en sus ojos aparecía un destello de ironía.

                       ·.Te repito que lo siento; desde luego que te aprecio, has sido un gran colaborador y nunca olvidaré lo que has hecho por nosotros; pero mi corazón siempre estará con Eduardo.

                       ·.“Y el mío y el mío”.- Dijo “El Rata” para sí mismo y esta confesión que no escuchó nadie pareció consolarle.

       Sin contestar, sin despedirse y con su acostumbrado sigilo, “El Rata” se encaminó hacía la puerta y salió de la habitación. Marta se quedó mirando mientras el hombre salía, la había dejado perpleja. “Que comportamiento tan extraño”, pensó, sabia que algo se la escapaba.

                       ·.En fin.- Dijo en voz alta y encojiendose de hombros, continuó con su trabajo.

      

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       Desde el coche en que viajaba, Marta, podía ver todas las miserias que la rodeaban. Desde su ultima conversación con su lugarteniente, habían transcurrido varios días, de un trabajo intenso y desde luego muy aburrido. Poner a su lugarteniente al corriente de todos los secretos de la organización en poco tiempo, aunque este  estaba al corriente de muchas cosas, había sido agotador. Ahora miraba EL BARRIO casi con nostalgia, aunque estaba en el camino de su liberación. Miró a Eduardo, este también contemplaba el paisaje, ¿con nostalgia?, cogió su mano, su compañero volvió la cabeza.

                       ·.¿Todavía estás enfadado por obligarte a volver?.- Le preguntó.

                       ·.No, después de recapacitar, he llegado a la conclusión de que es lo mejor; aunque mi trabajo en los archivos ha quedado incompleto.- Contestó con voz que no denotaba ninguna emoción.

                       ·.Volvemos, Eduardo, como te dije, volvemos y por la puerta gran­de, lo sabía te lo prometí y aquí está el resultado.

                       ·.“Y yo podré investigar directamente en el cubil de tú amiguito Santiago, seguro que ese cerdo tiene toda la documentación guardada”.- dijo para sí.

       oooooooooooooooo

       Los primeros meses en el Gueto, Habían sido para Marta de un trabajo intenso, agobiante. Por fin aquella noche estaba libre, pero había perdido la pista de Eduardo; emocional y fisicamente lo había tenido abandonado. ¿Donde estaría?, no es que lo necesitara, aquella noche era la primera, en muchas, que podía descansar, era la primera que tenía para ella, es decir para ellos y la hubiera gustado celebrarlo juntos; pero “en fin descansaré que buena falta me hace”, pensó.

       ooooooooooooooooo

       Por el pasillo que daba acceso a la oficina de Santiago, se deslizaba una sombra, cuando llegó a la puerta del despacho, manipuló unos segundos en la cerradura y empujó la puerta con cuidado, esta cedió suavemente, sin ningún crujido; la som­bra quedó recortada en el hueco de la puerta, la tenue luz que entraba por la ventana, iluminó al intruso, era Eduardo, un Eduar­do desconocido; de su cara había desaparecido la expresión de indiferencia que le había acompañado en los últimos tiempos. Su entrecejo fruncido, denunciaba su obsesión por encontrar aquellos, hipotéticos, documentos que desde que llegaron al BARRIO, había estado buscando.

       Entró en el despacho, cerró la puerta tras de sí y a oscuras, solo con la luz que le proporcionaba una linterna que tenía en la mano; fue recorriendo la habitación con la mirada. Por fin en uno de los rincones, vio un armario mal disimulado por una cortina, sonrió. “Muy seguro debe de estar de que nadie entraría aquí para tenerlo tan a la vista”, pensó. Se acercó al mueble, repasó con la mirada las cerraduras y sacando unas ganzúas, del bolsillo, empezó a manipular en los cajones, con una gran destreza. El primer cajón cedió; después de rebuscar en su interior, lo cerró y comenzó con el segundo, su cara se iluminó con una sonrisa, había encontrado lo que buscaba, en la carpeta que tenía en la mano se leía “Documentos relacionados con Marta, CONFIDENCIAL. Dejó la linterna encima del archivo, de manera que la luz iluminara los documentos que tenía en la mano y que sacaba, uno por uno de la carpeta y leía con detenimiento, al empezar a leer el tercer documento, su cara se transformó, se puso lívido se tambaleó.

                       ·.Ahora lo comprendo.- Dijo casi en voz alta.- Ese millonario, el jefe de la Oficina y Marta; si por eso la protegía, por eso la ha hecho volver de donde nadie regresa.

       Se tambaleó, retrocedió un poco para apoyarse en la mesa del despacho y no caer al suelo, con su mano derecha trató de sostenerse  y en esta vacilación hizo caer una lampara al suelo con gran estrépito. Eduardo se detuvo, sabía lo que aquello significaba, el guarda del edificio subiría; sabía que no estaba armado, pero si tenía su alarma personal, que haría sonar en cuanto viera el desorden y a los pocos minutos la policía tendría rodeado el edificio y en esta ocasión, la influencia de Marta no le serviría para nada; cuando descubrieran los documentos que había robado, lo matarían. Tenía que actuar deprisa; apagó la linterna, con paso rápido, fue hacia la puerta y se puso detrás, separó; no tardó mucho tiempo en aparecer el guarda, al abrir la puerta su silueta quedó recortada por la luz que entraba por el pasillo, tras unos minutos de vacilación entró en el despacho, miró a su alrededor y al ver el mueble abierto, levantó su mano con la intención de hacer sonar la alarma, fue en ese momento que Eduardo se abalanzó hacia el y con la linterna, descargó un fuerte golpe en el brazo del viejo vigilante, que sorprendido y dolorido soltó el aparato que rodó por el suelo, al mismo tiempo que lanzaba un alarido de dolor y se cogía el brazo con la otra mano; un segundo golpe con la linterna, pero esta vez en la cabeza hizo que el viejo rodara por el suelo sin ni siquiera lanzar un segundo quejido;  quedó tendido y quieto después de encojerse y estirarse dos o tres veces. Eduardo se quedó mirando como petrificado, después de unos segundos reac­cionó.

                       ·.“No creo que esté muerto, el golpe no ha sido tan fuerte, ni siquiera tiene herida”. - Pensó y dando media vuelta, salió del despacho cerrando la puerta; en ese momento y cuando había soltado el pomo, miró su mano, ¡¡no tenía guantes!!, tan seguro estaba de que no le descubrirían que ni había pensado en utilizarlos, pero ya era tarde. Con paso presuroso recorrió el pasillo, bajó en el ascensor y sin que nadie lo detuviera, salió del edificio.

       No quiso parar un taxi, necesitaba sentir el aire fresco, la pelea con el vigilante y lo poco que había leído de los documentos, hacían que sintiera como si su cabeza estuviera vacía; ni siquiera las emociones que había vivido en el BARRIO, lo habían trastornado tanto. Ahora comprendía el porque de tanta protección; aquel hijo de puta de la Oficina, si lo hubiera tenido delante en aquel momento, hubiera sido capaz de matarlo; sabía que eso era imposible, pero sabría encontrar la manera de vengarse y sería mas cruel que solo quitarle la vida.

       Rumiando su venganza, vagó por las calles y cuando sintió que su cabeza estaba despejada, empezó a pensar que en aquel estado corría peligro; estaba mal vestido y no sabía si la policía había descubierto el robo. Miró hacia la calle, descubrió un taxi libre y lo paró, una vez acomodado en su interior, le dio al taxista la dirección de su casa; a esa hora Marta se habría marchado a alguna fiesta; desde que habían vuelto casi no se veían, Marta siempre tenía algún compromiso.

       Entro en el edificio en el que se habían instalado, saludó al conserje que se le quedó mirando y cuando había entrado en el ascensor, el vigilante movió la cabeza con gesto de desaprobación, no le gustaba que Eduardo vistiera y se comportara de aquella forma, el servil personaje pensaba que desacreditaba a la distinguida dama que vivía con nuestro héroe.

       Mientras tanto Eduardo había llegado a su casa, entró en su dormitorio y guardó los documentos en su caja fuerte, ni siquiera Marta conocía la combinación; después de cerrar la puerta se sentó, extenuado, en un sillón; “¿por donde empezar su venganza?”. Después de unos momentos de reflexión, se levantó.

                       ·.“Ya lo tengo, llamaré a mi amigo el periodista; en el periódico que trabajaba gustaban de noticias sensacionalistas; no dudarían en publicar aquella, aun mas estando de por medio y como protagonista el mismísimo Mediavilla

       Cuando salía de su habitación parecía otro hombre; como la primera vez que fue a casa de Marta, seguro de sí mismo; se le saltaron las lagrimas cuando pensó en ese día, pensó en su compañera, en las consecuencias que su acción la acarrearían, lo sentía, lo sentía en lo mas profundo de su corazón, pero quería vengarse, no contra Marta, pero si contra aquel individuo y sabía a lo que se exponía; era casi seguro que su acción representaría su propia muerte; no le expulsarían; en esta ocasión lo matarían. Mientras bajaba en el ascensor pensó en ello, no le importaba, saldría en los periódicos y de esta forma sus compañeros sabrían que su idealismo era verdadero, no como esos ven­didos que por unas migajas olvidaban lo que parecía que había sido su principal meta en la vida. Pensando en todo esto, su pecho se llenó de satisfacción de orgullo, pareció crecer en estatura; sería el protagonista, no el ayudante o acompañante del jefe.       

       Salió a la calle, después de mirar a un lado y otro de la misma se puso en marcha, mirando al trafico, buscando un taxi libre; tan atento estaba al paso de los coches que no se dio cuenta de que un individuo lo seguía y que poco después de ponerse a caminar, un coche que estaba aparcado un poco mas abajo del portal, se había puesto en marcha y circulaba, en su misma dirección, a poca velocidad.

       Habían pasado algunos días de los acontecimientos anteriormente narrados y toda huella de lo ocurrido, había desaparecido de la oficina de Santiago.

       La secretaria, sentada ante su mesa, se entretenía en arreglarse las uñas. Con su sonido característico, el ascensor paró en aquel piso, se abrieron sus puertas y un individuo alto y atlético, salió del ascensor y con decisión se encaminó hacia la mesa desde la chica, con la lima, aun, puesta en una uña de la mano izquierda, lo miraba como se acercaba, mientras en su rostro se reflejaba la admiración que la causaba la contemplación de semejante ejemplar.

                       ·.¿D. Santiago por favor?.- Dijo aquel hombre, cuando llegó a la mesa de la embobada muchacha.

                       ·.¿Tiene cita?.- balbuceó ella.

                       ·.Vengo de la Oficina.- Dijo el hombre, poniendo una especie de credencial encima de la mesa.

       Después de ojearla, la secretaria, le dijo con voz que reflejaba una admiración añadida.

                       ·.Enseguida.

       Santiago, sentado en su sillón, escuchó como el timbre del interfono sonaba.

                       ·.¡Diga!.- Contestó con aspereza, pues el desagradable sonido del aparato, lo había sacado de sus sueños; había estado pensando en los acontecimientos anteriores, el robo en su oficina; aquello podía representar su fortuna, si todo se desarrollaba como pensaba, es decir por los cauces que siempre transcurrían aquellas cosas; lo mandarían al exilio y con esto había soñado tantas veces en los últimos tiempos.

                       ·.Un señor que envía la Oficina, quiere hablar con Vd.

                       ·.¡¡Que pase!!.- Su sueño se había hecho realidad, por fin el exilio, la tranquilidad y la vida de millonario en Suiza.

       Se levantó del sillón y apoyándose en los cristales de la ventana, miró a la calle; había empezado a llover, no volvería a ver aquellas calles; suspiró, una satisfacción interna lo invadía. Volvió la cabeza hacia la puerta y vio entrar al anunciado visitante.

                       ·.¿D. Santiago?.- Preguntó este.

                       ·.Si, pase, ¿lo envía la Oficina?.

                       ·.Si.- Contestó, lacónicamente, el recién llegado mientras se acercaba, extendiendo su mano, en la que sostenía un papel que ofrecía a Santiago. Cuando llegó junto a su jefe, este lo cogió y después de leerlo; levantó los ojos hacía el hombretón, en su cara se reflejaba la satisfacción y preguntó.

                       ·.Así que me destituyen y ahora supongo que mi destino será el exilio, ¿no es así?.

                       ·.No amiguito, eso está destinado, solamente, para los jefes privilegiados.- Contestó el forzudo individuo y sin decir ni una palabra mas, cogió, sin ningún esfuerzo, a Santiago y lo levantó sobre su cabeza; este se retorcía, queriendo zafarse de aquellas manos, que como garfios lo atenazaban, gritaba, gritaba muy fuerte. En ese momento y alarmada por los gritos de su jefe, entró la secretaria a tiempo de ver como el atlético individuo, lanzaba a Santiago contra los cristales de la ventana que desaparecía mien­tras un terrible grito se perdía en el espacio. Ella también gritó, llevándose las manos a la boca y se quedó como clavada en el suelo, como si sus pies pesaran una tonelada cada uno; tal era el pavor que experimentó, cuando aquella mole de músculos se volvió a mirarla.

                       ·.Bien jovencita, tu jefe se ha suicidado.- Dijo señalando con el dedo hacía la ventana, mientras la miraba con un brillo, entre maligno y sarcástico en los ojos, aquellos que poco antes a la chica le habían parecidos tan bonitos.- Desde este momento el jefe de esta oficina es D. Pedro y te aseguro que lo ultimo que desea es tener una secretaría, así que como no creo que quieras seguir a tu jefe, coge tus cosas y largaté; de ahora en adelante yo ocuparé tu lugar.

       La aterrorizada muchacha, no esperó una segunda indicación, giró sobre sus talones y sin coger ni siquiera su bolso, corrió con todas sus fuerzas, que en aquel momento no eran muchas, hacía el ascensor; haciendo el mismo recorrido que su jefe, pero un poco mas confortable en la llegada.

       El nuevo secretario, desde la puerta y casi ahogado por la risa, la gritó.

                       ·.¡¡¡Te mandaré tus cosas!!! JA JA JA ....

      

       oooooooooooooooooooooooo

      

       Marta empujó la puerta del despacho de Ministro de la Seguridad Ciudadana. Este la había llamado personalmente a su casa, Marta supuso que sería para invitarla a alguna fiesta o recepción; desde su llegada, hacía tan solo unos meses, casi todos los días tenía que acudir a algún acto de este tipo. Los altos cargo, los políticos y hombres de negocios, se disputaban su compañía. En este caso lo que la sorprendía era que el no hubiera acudido a su casa, parecía como si fuera una cita oficial y esto no la agradaba, se había acostumbrado que todos circularan a su alrededor.

                       ·.Buenos días Ministro, ¿cual es ese asunto tan importante?.- Dijo nada mas entrar y casi delatando su ansiedad.

                       ·.Buenos días Marta, pase, siéntese; mas que importante es delicado y por ese la he mandado venir a mi despacho.

       Marta lo miró mientras se sentaba, su miedo crecía y casi se le salía por la mirada.

                       ·.No sé como empezar, es como la decía delicado y embarazoso, tiene relación con Eduardo...ejem.- Se aclaró la garganta, antes de continuar denunciando lo que le costaba empezar.

                       ·.¡Eduardo!, ¿Que travesura a cometido esta vez?.- Preguntó Marta, al mismo tiempo que un suspiro de alivio se le escapaba del pecho.

       En las ultimas semanas, todas las autoridades se habían quejado, a Marta, de las impertinencias de su amado Eduar­do, pero ninguno había querido ir mas lejos y en eso se había quedado todo; ella lo reprendía y durante una temporada, todo se apaciguaba.

                       ·.Me temo que esta vez es algo mas grave que una simple travesura.- Dijo el Ministro, con voz grave y mirando directamente a la cara de Marta.- Ha robado unos documentos de la oficina de Santiago y está dispuesto a dárselos a ese periodicucho, que todos conocemos, el que quiere medrar a todo costa y que sin ninguna duda publicará.

       ¿Pero los documentos son tan importantes?.

                       ·.Si, tienen relación con el jefe de la Oficina.

                       ·.Pero si tienen relación con asuntos políticos, Uds. tienen mecanismos para que su publicación no surta el efecto deseado por el periódico; denuncias contra el director del periódico... en fin Vd. lo sabe tan bien como yo.

                       ·.No tratan temas políticos, estos serian fáciles de desactivar: Los que ha robado tienen relación con el jefe de la Oficina y Vd.- esta ultima palabra la recalcó y se quedó mirando a Marta como queriendo saber que pensaba.

       Marta, también, lo miró e hizo un gesto con el que daba a entender que no comprendía.

                       ·.Si, sé que no está enterada, cuando mi partido fue elegido y me nombraron ministro, dije que sería mejor contárselo e incluso darla los documentos, Vd. ha dado suficientes muestras de serenidad, por lo que yo opiné, en aquel tiempo, que hubiera sabido que hacer con ellos; pero se negaron y así hemos llegado a esta situación.

                      ·.Pero, ¿que relación puedo tener yo con el jefe? y por otro lado ¿se ha demostrado que los robó Eduardo?.

                       ·.En cuanto a la segunda pregunta, no tenemos dudas, había dejado sus huellas, por todas partes; además ha sido seguido cuando se entrevistaba con el periodista, en el comercio donde hizo las fotocopias lo han reconocido, a el y a los documentos. Respondiendo a su primera pregunta, ¿no la extrañaba tanta protección?.

       Marta pensó que si, siempre se lo había parecido y de esta forma lo dijo en voz alta, pero como en un suspiro, porque ella siempre lo había relacionado con sus amoríos con Santiago.

                       ·.Creo que será mejor contárselo todo detalladamente.- Dijo el Ministro interrumpiendo los pensamientos de Marta.- Lo primero que debe recordar es que estos hombres tan poderosos, desean aparecer ante la opinión publica, 1º: como ejemplo de moralidad y segundo como la culminación del HOMBRE-HOMBRE y en su machismo creen que un hombre solo da varones al mundo; por ese motivo, cuando nació su primer hijo tubo la gran decepción, ¡¡era hembra!!, a partir de aquí comienza la maquinación. Aprovechando que una sirvienta, también había dado aluz un robusto niño, lo cambiaron, el medico se encargó de ello; incluso mataron a la sirvienta y se comunicó  que había muerto de parto.- El ministro se tomo un respiro, la primera explicación, la mas difícil, le había salido de un tirón, como el que vomita algo que le estorba en el estomago; Marta lo miraba con los ojos muy abiertos, esperando el desenlace.- Pero el medico se quiso cubrir las espaldas, lo plasmó todo en unos documentos con la firma de testigos y las huellas de la niña.- Hizo otra pausa antes de continuar, como si se fuera tranquilizando después del primer y tranquilizador vómito.- Estos documentos, fueron pasando de mano en mano, según se querían proteger unos u otros y así llegaron a manos de Santiago que es a quien se los robó Eduardo.

                       ·.Pero sigo sin comprender que relación tienen conmigo.- Dijo Marta mirando desconcertada al Ministro. Este la miró, tragó saliva y con voz gutural dijo.

                       ·.La niña que nació entonces era Vd.

       Marta sintió como un mareo, la habitación la daba vueltas, se sujetó a los brazos del sillón para no caer al sue­lo, esa era la impresión que tenía; cuando por fin reaccionó, preguntó con voz trémula.

                       ·.Pero ¿entonces mis padres?.

                       ·.Las personas que Vd. llama sus padres, fueron un matrimonio, que a cambio de favores, se prestaron al engaño. A ella la operaron para que no pudiera tener mas hijos, de esta forma se aseguraban su entera dedicación a Vd.

       La muchacha se levantó, su cabeza aún la daba vueltas, se asomó a la ventana, el aire frío pareció mejorarla y volviéndose lentamente, preguntó con un hilo de voz.

                       ·.¿Entonces Eduardo?.

       El ministro bajó la cabeza al mismo tiempo que contestaba.

                       ·.No tiene solución, debe morir.

       Las dos ultimas palabras de aquel hombre, sonaron en los oídos de Marta como un cañonazo. La racionalidad que había adquirido en los últimos tiempos, la decía que debía ser así, pero su amor, su gran amor por aquel hombre la apretaba el pecho hasta sentir dolor.

                       ·.¿Y cuando será?.- Preguntó mirando al Ministro, pero sin verle pues las lagrimas la tapaban los ojos.

       La semana que viene serán invitados a una fiesta; en el transcurso de esta, Eduardo será envenenado y morirá de muerte natural; queremos que todo ocurra sin escandalos.- Contestó el sicario, mirando su mesa de despacho, como si se avergonzara de su acción.

       Las palabras de aquel hombre, llegaban a los oídos de Marta como un murmullo lejano. Las lagrimas la corrían libremente por la cara, mirando, sin ver, pensaba en Eduardo su amor; el era la causa por la que se había sostenido fuerte en su lucha, lo que la había hecho fuerte, ¡¡que sería de ella de ahora en adelante!! y de pronto fue como si los engranajes de su cerebro se detuvieran. ¿Pero que estaba pensando?, si en el fondo de quien se estaba compadeciendo era de ella misma, se volvió bruscamente y recogiendo su bolso le dijo al Ministro.

                       ·.Me marcho, mándeme las instrucciones a mi casa.

                       ·.Por favor no cometa ninguna tontería.

                       ·.No se preocupe, creo que durante todos  estos años he dado mues­tras de saber comportarme y así será hasta el fin.- Y sin despedirse salió, apresuradamente, del despacho, dando un portazo.

       Durante los días siguientes a la terrible entrevista que había mantenido con el Ministro; procuraba encontrarse con Eduardo lo menos posible, solo lo imprescindible y cuando esto ocurría era, para Marta, un verdadero calvario, casi ni se atrevía a mirarle a los ojos, parecía que el muchacho la preguntaba, con la mirada, ¿Tu también Bruto?.

       Antes de recibir las instrucciones definitivas, tubo otra entrevista con el Ministro. En esta ocasión supo dominarse; había pasado la primera crisis de sensiblería y casi se sentía avergonzada, así se lo hizo saber al Ministro, no quería que pensara que se estaba ablandando.

                       ·.¡Oh!, no se preocupe, eso es comprensible y por otro lado nadie se hubiera comportado con tanta entereza, creamé.

                       ·.Gracias.- Contestó, escuetamente, Marta pues a estas alturas las alabanzas no hacían mella en ella.

                       ·.En fin quiero que sepa lo que se ha dispuesto; una vez consumado el hecho, Vd. irá al exilio; no como Santiago.- Aclaró el Ministro, al ver que Marta lo miraba con sarcasmo.- Es Vd. demasiado valiosa para quien manda; se marchará a Suiza, en su cuenta han ingresado una importante cantidad.

                       ·.Pero yo no lo necesito ni lo quiero.- Dijo Marta con energía, aunque sin ira.

                       ·.Lo sé, lo sé, pero no se niegue, ellos quieren sintió que han comprado sus servicios, TODOS, ¿me comprende? y si Vd. los rechaza creerán que piensa traicionarlos y no tendrían ninguna consideración.

                       ·.Como con Eduardo.

                       ·.SI.- Contestó lacónicamente, aunque con energía, el Ministro.

                       ·.Bien, ¿cuando saldré?.

       El día después del “hecho”, irá en automóvil, por la autopista protegida; de esta forma no necesitará escolta y no llamará la atención.

       ¿Así que ya no nos veremos?.

                       ·.Así es, pero de todas formas, si se quedara, tendría que tratar con otra persona.

                       ·.¿Por qué?

                       ·.En las próximas elecciones, son los otros los que ganarán.

       Marta había estada escuchando,  la ultima etapa de la conversación, pero de una forma automática; no solo no la importaba todo aquello, si no que conocía el mecanismo; pero había sido una forma de abstraerse y pensar una vez mas en Eduar­do y una vez mas, compadecerse de ella misma, ahora que estaba condenada a vivir sin el.

       Aquella había sido su ultima entrevista; ahora tenía las instrucciones en sus manos, eran sencillas. Eduardo tenía que ir a una fiesta y en el transcurso de la misma ocurriría; iría solo, querían evitar escenas violentas; cuando se lo dijo a Eduar­do, este, la miró a los ojos y no dijo nada pero en ellos se reflejaba su gran decepción.

       No quería pensar en ello; estaba haciendo las maletas, todo transcurriría normalmente, siempre eran eficaces. Cuando amaneciera saldría, su coche estaba esperando; terminó su equipaje, no necesitaba llevarse demasiadas cosas, en Suiza compraría lo que necesitara. Miró alrededor y después de dar un profundo suspiro, cogió su bolso  y colgándose al hombro, asió la maleta con la otra mano y salió.

       El ascensor la llevó directamente al aparcamiento, con paso rápido fue hacía su coche, colocó la maleta en el maletero y después de subirse, puso el coche en marcha y salió, con decisión, a la calle; estas aun permanecían desiertas; cruzó la ciudad muy deprisa y pronto se encontró en la autopista.

       Aun en la penumbra del amanecer, Marta, conducía muy deprisa; sabía que las autopistas estaban protegidas por una alambrada electrificada, para evitar que los habitantes del BARRIO, pudieran irrumpir en ellas. De pronto el sol salió por el lado derecho del coche de Marta, fue como una explosión que hizo recobrar el optimismo a la muchacha; apretó el pedal del acelerador con fuerza, el motor zumbó y el coche respondió con alegría.         

       Había recorrido algunos kilómetros; cuando una penetrante sirena, empezó a sonar; Marta sabía lo que significaba, alguien, desde el BARRIO, había roto la protección. Los vigilantes de la autopista no tardaría mucho en buscarlos; seguramente serian caníbales; acostumbraban a hacerlo y poniéndose en medio de la carretera, paraban a los incautos que se compadecían y después de matarlos se llevaban sus cuerpos y desvalijaban el coche; pero lo extraño era la hora, el trafico era aun muy escaso por no decir nulo, era difícil que a esa hora se hubieran arriesgado. Miró de reojo hacia el terreno de la derecha. El BARRIO pensó, cuantos recuerdos; de pronto en una colina, distinguió una pancarta, cuando estuvo mas cerca, pudo distinguir lo que estaba escrito en ella, solo una palabra, EDUARDO y al pié de la tela alcanzó a distinguir al mismísimo “Rata” que saltaba y gesticulaba. Ahora lo comprendía, era una venganza; “El Rata” se había enterado del fin de Eduardo y de pronto cayó en la cuenta; aquella insistencia por parte de “Rata”, para que Eduardo se quedara el BARRIO; aquel hombrecillo lo amaba mas aún que ella. El había sido quien había facilitado la entrada a los caníbales; tendría que estar alerta.

       Unos kilómetros mas adelante, se dio cuenta de la estrategia, de aquella de la que tanto había oído hablar, pero que nunca había tenido ocasión de comtemplarla. Una persona, todavía muy lejana, hacía gestos para que parara; Marta apretó mas, aun, el acelerador; el coche, dando un salto, corrió como un rayo en dirección a la persona que la hacía señas. Según se fue agrandando la figura, pudo distinguir que era una anciana. Desde luego no pensaba parar, esperaba que cuando la anciana, se diera cuenta de que el coche no perdía velocidad y se acercaba, se retiraría. La figura se agrandaba, sus gestos se hacían mas llamativos, pero no se apartaba. Marta no podía entender como los caníbales, podían convencer a esas personas, para que se quedaran en medio de la carretera de pié, viendo como el coche se les venía encima, no lo entendía.

       De pronto, cuando la distancia fue suficientemente corta como para poder distinguir los detalles, se dio cuenta de como funcionaba aquello; ¡ la anciana tenía clavados los pies al asfalto !, la anciana gesticulaba, tanto por el dolor, como por el terror que la causaba el ver a aquella maquina que se lanzaba encima de ella a mas de cien kilómetros por hora. Pero Marta no estaba dispuesta a parar, sabía que era la vida de la anciana o la de ella, sus ojos quedaron fijos en los de la figura, que ahora la parecía un muñeco, una simple marioneta, que se agrandaba, se agrandaba y de pronto el encontronazo; el cuerpo salió volando, sin piernas, el cristal blindado del parabrisas se llenó de sangre; Marta puso en marcha los brazos limpiadores, cuando el cristal se aclaro lo suficiente, pudo ver como un brazo de la mujer recién atropellada, resbalaba por el capó del motor y caía a la carretera. Unos chorros de agua sobre el cristal y los limpiaparabrisas dejaron limpio de toda mancha de sangre, el cristal. Atrás quedaban los restos de la mujer, esparcidos por el asfalto. La policía de carretera pasó a toda velocidad, no tardarían en detener a los culpables; sabía lo que les esperaba, seguramente ellos también y lucharían hasta morir. Marta suspiró tranquila. Unas nubes aparecieron en el horizonte, en la forma de una de ellas le pareció ver la cara de Eduardo que la sonriera; según miraba a las nubes la pareció ver una pequeña mancha de sangre en el parabrisas, puso en marcha los brazos limpiadores, el cristal quedó completamente limpio, el encanto quedó roto.

       El coche con un alegre sonido del motor, marchaba raudo hacía el exilio.