CAPITULO
8º
El aire cálido de la primavera, entraba por entre las rendijas de los
tablones, que tapaban las ventanas; habían quitado los plásticos de algunas de
ellas. Los pájaros, ajenos a la miseria que los rodeaba, cantaban alegres, o
quizá era su forma de quejarse de todo lo que su vista podía divisar. Junto
con el aire, entraba un nauseabundo olor, fruto de la putrefacción de los
desperdicios y de algún cadáver que los caníbales no habían descubierto o
bien que por alguna razón no habían querido comerse. Esto ocurría cada vez
que comenzaba el buen tiempo la temperatura descomponía todo lo que los
habitantes del BARRIO abandonaban; pero a Marta no parecía afectarla; después
del tiempo que había transcurrido, se había acostumbrado y lo que al principio
la pareció insoportable, ahora no la afectaba.
Sentada ante la mesa del despacho estudiaba algunos documentos que tenía
en la mano; la puerta estaba abierta, por el hueco de esta se podían ver a los
guarda espaldas ir y venir a los largo del pasillo; en ese momento, “El
Rata” apareció y sin pedir permiso entró, jadeaba.
·.!!Marta!!
!!Marta!!, !Eduardo ha desaparecido!.- Dijo el recién llegado, con voz
entrecortada por la agitación.
·.¿Como
que ha desaparecido?, habrá salido o estará en los archivos, ya sabes que en
ese cuarto, se pasa horas y horas.- Dijo Marta, mirando con cara de angustia al
“Rata”, pues sabía que este tenía a todos bien controlados.
·.No,
no está en ninguna parte y nadie lo ha visto salir.
Marta lo miró, estaba preocupada; en el BARRIO, una escapada sin
protección, podía significar la muerte. Dejando vagar la mirada por un rayo de
sol que se colaba por una rendija de la ventana, dijo con voz ausente.
·.Eduardo
está muy raro, últimamente, pasa mucho tiempo en los archivos, hace preguntas
y no quiere aclararme porqué las hace, siempre me contesta con evasivas.
·.¿Crees
que habrá intentado volver al Gueto?.- Preguntó “El Rata”.
·.No
sé.- Contestó escuetamente Marta.- Pero uno de los enlaces que tenemos con el
Gueto, me dijo hace pocos días que Eduardo le había preguntado por el tiempo
que faltaba para que volviéramos.- Continuó.
·.Traigo
otra mala noticia, para ti.- Dijo “El Rata”, con una entonación de voz que
parecía pedir perdón.- Marta lo miró alarmada. “El Rata” continuó.- No,
no es de Eduardo, tus padres.
·.¿Que?.-
Dijo Marta asombrada.
·.Los
han detenido.- Contestó su interlocutor.
·.¿Los
van a expulsar?.- Preguntó con voz, casi, serena.
·.A
tu padre.- Contestó “El Rata”, escuetamente y con voz gutural.
·.¿Solo?
¿y mi madre?.
·.Tu
madre. Ejem..... tu madre ha muerto, Ejem...., se ha suicidado, pero de
verdad, me lo ha dicho un policía que estaba presente en el momento de la
detención.- Las ultimas palabras del “Rata” sonaron, como si este fuera a
empezar a llorar.
Las lagrimas aparecieron en los ojos de Marta, pero sin sollozos; con
rabia se las quitó con el dorso de la mano.
·.¿Mi
padre expulsada? ¿detenido?, no me digas que se ha metido en política.- Dijo,
casi riendo, con una sonrisa triste en los labios.
·.No
ha sido algo peor.- Contestó “El Rata”, disimulando la tristeza que sentía
al ver el sufrimiento de su jefa.
·.Pero
si el tiene los mejores antecedentes.- Dijo la muchacha, recordando su propia
expulsión y quien había sido el causante de ella.
·.No
se trata de eso, empezaron a considerar que vivía por encima de sus ingresos,
lo vigilaron y descubrieron que se quedaba con dinero de la empresa y sabes que
esto, en el Gueto, no se perdona.
·.¿Cuando
lo expulsarán?.
·.Esta
tarde.
·.¿Por
esta zona?.
·.Si.
·.Por
favor “Rata”, traemé unos prismáticos y dile a los muchachos que voy a
subir a la terraza.
·.¿Quieres
que te acompañe?.
·.No,
quiero estar sola.
“El Rata” asintió, se levantó y con lo hombros caídos salió del
despacho. Marta se quedó mirando al vacío, solo sentía pena por su madre,
había sido una víctima; aunque ella consintió en su expulsión, sabía que su
padre había manipulado a la pobre mujer; se alegraba de que se hubiera
suicidado, su muerte en el BARRIO, hubiera supuesto para la desamparada mujer,
mayores sufrimientos, así estaba mejor. La entrada del “Rata” acabó con
sus pensamientos; lo miró como si hubiera salido de un profundo sueño, el recién
llegado adelantaba una mano en la que sostenía unos prismáticos, al mismo
tiempo dijo con voz apagada.
·.Es
casi la hora.
Marta los cogió y colgándoselos al cuello se levantó, dirigiéndose,
con paso decidido, hacía la puerta, al salir dos guarda espaldas la siguieron.
En la azotea, estaba todo dispuesto; cuando Marta salió a esta, los últimos
rayos de sol alumbraban los tejados de las casas del BARRIO; el hedor, aquí,
era mucho mas intenso, aunque estaban en una zona que por su proximidad al
Gueto, la fumigaban de vez en cuando, desde helicópteros. La frontera podía
divisarse a simple vista; Marta se acercó al antepecho de la terraza y poniéndose
los prismáticos, en los ojos, los ajustó; podía ver, con todo detalle, lo que
estaba ocurriendo. De la casa de los guarda jurados, salió un grupo de estos,
en medio de ellos, un hombre, era su padre, aunque mas envejecido, pudo
reconocerlo; vestía un elegante traje, aunque muy arrugado, sus hombros caídos,
lo que delataba su estado de animo, despeinado todo el presentaba un estado
lamentable de abandono; por un momento sintió pena, pero a continuación recordó
la escena del dia en que fue detenida, delante y por instigación de el y una
rabia sorda la invadió, pronto su anterior pena se transformó en placer al ver
al causante de su expulsión pasar por la misma situación.
El grupo de guarda jurados, se volvió, dejando que el preso avanzara
solo hacía el BARRIO; este con paso vacilante, continuó andando, aún se volvió
una o dos veces haciendo gestos, implorando; solo consiguió que los guardianes
lo apuntaran con sus armas; el pobre hombre dio unos trompicones y se adentro
mas allá de la frontera, caminó por la calle que desde aquí pertenecía al
BARRIO; los rayos solares, muy oblicuos, hacían que esta estuviera en un
claro-oscuro, pero Marta podía verlo todo. Los guardas se volvieron a sus
puestos dentro de la casa que les servía de cuartel, el expulsado aun avanzó
unos metros, de uno de los portales cercanos, salieron tres merodeadores, se
acercaron al expulsado sin hacer ruido, uno de ellos levantó el palo que
portaba y lo descargó con fuerza en la cabeza del infeliz, este se desplomó,
los otros lo remataron en el suelo; a renglón seguido lo desnudaron y escaparon
rápidamente; en el suelo y en medio de un charco de sangre, quedó el cuerpo
desnudo del padre de Marta. No tardaron mucho en aparecer los cabezas rapadas de
los caníbales, eran un nutrido grupo, hombres y mujeres, entre todos cogieron
el cadáver, que aun movía una de sus piernas y desaparecieron.
Marta lanzó un profundo suspiro, cuando se quitó los prismáticos de
los ojos; la venganza tenía un sabor agridulce, se volvió despacio y con el
mismo desanimo que si hubiera sido ella la víctima, guió sus pasos hacía la
puerta de la terraza.
De vuelta a su despacho, “El Rata” la estaba esperando, en su rostro
se reflejaba tanto el enfado como el temor, por las noticias que dar a su jefa;
al entrar esta la ofreció un papel doblado, mientras la decía.
·.Parece
que estamos en el día de la mala suerte, hace poco que se ha recibido este
mensaje.
·.¿De
Eduardo?.- Preguntó, sobresaltada.
·.Bueno, de sus secuestradores, Eduardo está en poder de
los caníbales; ahora recuerdo que me preguntó el camino mas corto para ir al
salón o sea a la antigua sede, le contesté que el camino mas corto era
atravesando el territorio de los caníbales.
·.¿Pero
que quería hacer en el salón?.
·.Hablar
con tu protector en el BARRIO, el que te ayudó cuando mataste al antigüo jefe.
·.¿Que
es lo que trama? ¿porqué no me ha preguntado a mí?, ¿y que es lo que piden
esos hijos de puta, para dejerlo libre?.- Con este torrente de preguntas, Marta
parecía querer desahogar su ira; las hizo mientras, con un gesto, rechazaba el
papel del mensaje.
·.Lo
de costumbre, armas, drogas y también una mayor asignación de cuerpos del
matadero.
·.Lo
de las drogas se podía arreglar; pero lo de las armas y los cuerpos, sabes
muy bien que eso es imposoble; ¿tenemos algún infiltrado?.
·.Si,
pero dado que con los caníbales, siempre ha sido difícil, solo tenemos a uno y
no se si a estas alturas y después de comer tanta carne humana, no será uno de
ellos.
En ese momento entró, precipitadamente, uno de los guardianes del
exterior y jadeante dijo.
·.Hemos
encontrado el cadáver de Ramiro en el callejón, tenía este papel clavado, con
una aguja, en el corazón.
“El Rata” cogió el papel, con rabia y lo leyó apresuradamente.
·.¿Era
nuestro infiltrado?.- Pregunto Marta con voz sombría.
·.Si
y ahora apremian, nos dan de plazo hasta mañana, a partir de entonces no irán
mandando trozos de Eduardo.
Marta paseaba nerviosa, restregándose las manos.
·.Han
descubierto quien es, por ese motivo no lo han matado y quieren sacar tajada;
mi obligación sería dejar que muriera.- Dijo Marta, moviendo la cabeza, con
desesperación.
·.Deja
que antes lo intente.- Dijo “El Rata”, sin apasionamiento.
Marta lo miró fijamente, estaba sorprendida, en el BARRIO nadie se
sacrifica por nadie, sin tener un buen motivo.
·.¿Quieres
que me quede sin ningún colaborador?.- Preguntó, como pidiendo una explicación.
·.No
te preocupes, no te aseguro que tenga éxito, pero lo que es a mí no me matan.-
Contestó “El Rata”, soslayando mas explicaciones.
·.Está
bien, puedes hacer lo que quieras, pero si en dos días no regresas, te aseguro
que haré una incursión a la zona, con todo el poder que tengo.
Sin despedirse, “El Rata” salió del despacho y precipitadamente se
encaminó a su habitación, una vez en esta abrió el armario y después de
rebuscar, escogió los harapos de peor apariencia, que pudo encontrar; con ellos
debajo del brazo, salió y algunos pisos mas abajo, entró en un cuarto, en el
que un hombre cortaba el pelo a otro, que estaba sentado en un sillón viejo de
peluquero, otro estaba sentado gastando bromas y al ver entrar al “Rata”, se
levantó respetuosamente.
·.córta
el pelo y aféitame la cabeza.- Dijo “El Rata”, sentándose en el sillón
que estaba vacío.
El peluquero desocupado, no hizo preguntas; después de poner a su
cliente el paño de rigor, cogió una maquinilla eléctrica y empezó la operación
que poco después quedó concluida. “El Rata” sin comentarios, se levantó,
cogió el fardo de harapos que había dejado encima de una silla y salió; poco
después entraba en otro cuarto, este estaba custodiado por dos guardianes, que
al reconocer el jefe de seguridad, no pusieron ningún inconveniente para que
este entrara. Este otro cuarto estaba dedicado a armería; en el había armas de
todos lo estilos, “El Rata” escogió una pistola grande y algunos cargadores
de balas especiales y un cuchillo de grandes dimensiones. Después de
desnudarse, se puso los harapos que había traído y escondió entre ellos las
armas; pero sabía que la mejor arma con la que podía contar era con su
astucia. Salió de habitación y fue hacia la puerta principal; el sol se había
ocultado por completo, un aire cálido traía el fétido olor del BARRIO, salió
de edificio y se encaminó hacía la zona de loa caníbales, después de haber
hablado con el jefe de los guardianes.
Recorrió algunas calles que rodeaban la sede de la organización y después
de cruzarse con algún individuo que no le molestó, se adentró
en lo que el sabía que era la zona de los caníbales, el olor putrefacto
aquí se acentuaba, hasta el punto
que parecía que el aire se hacía denso; en algunas esquinas había hogueras y
alrededor de ellas grupos de personas se afanaban, en lo que después, de cerca
pudo apreciar con la indiferencia que la costumbre impone. El cuerpo de un ser
humano, sin cabeza, se asaba directamente en las llamas de la hoguera, sobre una
gran parrilla; dos hombres, con la cabeza rapada, manejaban unos ganchos con los
que daban vueltas al cadáver, para que se asara por todos los lados, el resto
de la gente se acercaba y con un cuchillo cortaba un trozo del cuerpo y se
apartaba para comérselo. Cada hoguera, cada grupo era un clan; una pequeña
organización, dentro de la gran familia de los caníbales. “El Rata” se
quedó mirando el cuerpo como se tostaba; una de las mujeres que participaban en
el festín, se volvió en ese momento, sus ojos irritados por el humo lo miraron
fijamente y sin mediar palabra le ofreció el trozo de carne que estaba
comiendo; “El Rata” miró la mano grasienta de la mujer, sabía que si lo
rechazaba podía despertar sospechas, nadie entre los caníbales hubiera hecho
una cosa así; alargó la mano, cogió el trozo de carne y en su cara forzó una
sonrisa que mas parecía una mueca de asco, despacio se llevó el trozo de carne
a la boca y hundió sus dientes en el; el jugo de aquella carne, que sabía de
donde procedía, invadió su boca, el estomago le dio vueltas, pero se sobrepuso
y logró tragárselo, dando un gruñido a la mujer, que quiso que pareciera de
agradecimiento, siguió su camino. Algunas hogueras se apagaban, los grupos de
caníbales se metían poco a poco en las casas próximas; era la hora de dormir,
de reposar la macabra cena, algunos se acostaban en las aceras, aprovechando que
la noche era benévola en cuanto a su temperatura.
“El Rata” sabía adonde tenía que dirigirse; después de recorrer
algunas calles, sin ser molestado por los habitantes de la zona; llegó a una
plazuela donde en uno de los edificios, la seguridad era muy estricta; un
nutrido grupo de caníbales montaba guardia en la puerta con sus cuchillos,
incluso, “El Rata”, pudo apreciar que mas de uno tenía armas de fuego. Por
la acera de enfrente, dio la vuelta al edificio, materialmente, deslizándose
por las paredes de la acera mas oscura, así por la parte de atrás pudo
acercarse a la casa; aquí la vigilancia exterior era menor, solo un hombre
montaba guardia; eso sí armado con un fusil ametrallador; pero “El Rata”
sabía que dentro vigilaban otros y que lo hacían a través de las ventanas,
apuntando sus armas hacía la calle, se acercó por un lado de la casa que se
encontraba oscurecida por la sombra del propio edificio y arrastrandose por la
pared, se fue acercando al centinela, sin que este se diera cuenta, pues
seguramente la digestión y la confianza en sus compañeros del interior,
habían hecho que se adormeciera ligeramente, apoyado
en la pared. “El Rata” sacó su cuchillo y acercándose,
sigilosamente, al confiado caníbal, hundió su arma en los riñones del
adormecido guardián, este sin exhalar el mas ligero quejido, empezó a caer al
suelo; pero “El Rata”, haciendo gala de una insospechada fuerza, sujetó al
salvaje por el cinturón y lo dejó colgado de la reja de una ventana cercana,
a continuación, procurando que los vigilantes de los pisos superiores,
no le descubrieran, se metió por la puerta entreabierta de esta parte trasera
del edificio; sus movimientos muy cautelosos, sin embargo eran rápidos,
nerviosos, sabía que esta rapidez era primordial; conocía el interior del
edificio, se metió por un pasillo oscuro que rodeaba completamente el edificio,
las habitaciones se alineaban en el centro de el, excepto en una de las parte
que ocupaba la escalera; esta parte de abajo estaba dedicada a los calabozos y
despensa de los individuos que capturaban vivos; en el sótano tenían los
frigoríficos, para los cadáveres que conseguían en las calles o los que les
correspondían en el matadero. Los pisos de arriba estaban dedicados a vivienda
de los componentes del clan y el ultimo era la residencia del jefe de la horda.
Al “Rata” le extrañaba que no hubiera mas vigilancia, ningún hombre
ni armado ni sin armas, aparecía por ningún lado; entonces se dio cuenta de lo
que acudía, con un rictus en su boca, que quería ser una sonrisa, pensó en
los trucos que usaban estos salvajes para guardar a sus prisioneros, a los que
tenían interés en canjear, pronto descubriría cual era; se imaginaba en que
habitación estaba Eduardo, la que estaba al lado de la escalera, era la mas
segura; en el ultimo recodo del pasillo se asomó con precaución, !lo que se
imaginaba!; vio a un hombre delgado, sin armas, una de sus manos la tenía atada
al pasamanos de la escalera; “El Rata” sabía lo que aquello significaba; si
alguien mataba al vigilante, al caer, este, al suelo, su mano accionaría un
detonador y una bomba estallaría en el calabozo, matando, tanto al prisionero
como a su salvador; pero sin afectar al resto del edificio, pues su potencia
estaba muy bien calculada, era uno de los trucos que “El Rata” conocía,
este se metió por el hueco, que en su comienzo dejaba la escalera, saliendo por
detrás del descuidado vigilante, al que seguramente habían atiborrado de
pastillas, para que no se durmiera; con un movimiento rápido, “El Rata”
hundió su cuchillo en la espalda del vigilante, a la altura del corazón, al
mismo tiempo que lo sujetaba por el cinturón, el desgraciado se inclinó y a
punto estuvo de arrancar el seguro de la bomba, solo la fuerza del “Rata”
logró evitar la catástrofe. Buscó entre su chaquetón y en su mano apareció
un garfio de carnicero, era lo que necesitaba, siempre le acompañaba y en
muchas ocasiones le había sido útil. Pinchó la ropa del muerto y al intentar
colgarlo, esta se desgarró, con gran esfuerzo logró sujetarlo por segunda vez;
bien no le quedaba mas remedio, clavó el garfio en la base del cráneo y por el
colgó al inerte vigilante; metió la mano en el bolsillo del muerto y sacó las
llaves. Cuando abrió la puerta y la empujó, se encontró con un Eduardo
aterrado, seguramente, cuando se
dio cuenta de que abría la puerta, pensó que había llegado su hora.
·.Eduardo,
soy yo.- Dijo “El Rata” con voz tenue.
·.!”Rata”!
!que alegría!.- Exclamó Eduardo, abalanzándose hacia su salvador y abrazándolo
fuertemente.
·.Calla
no grites.- Dijo “El Rata”, abrazando, también a Eduardo, con lagrimas en
los ojos.- Tenemos que darnos prisa, aunque el vigilante está muerto, aun puede
darnos problemas, sientaté.
Eduardo obedeció y se sentó en el catre que tenía en su maloliente
celda. “El Rata” cogiendo el plato vacío y sucio que Eduardo tenía para
sus escasas comidas, lo llenó de agua; a renglón seguido, sacó unas tijeras y
sin mediar palabra con el asombrado Eduardo, se puso a cortar el pelo a este,
lo hacía con destreza y apurando al máximo; a continuación mojó la cabeza
del rapado muchacho y la cubrió de espuma de afeitar, de su bolsillo interior,
que mas parecía un almacén, sacó una navaja de afeitar.
·.Tranquilo,
procuraré no hacerte daño, pero aun tienes mucho pelo.
Con mucho cuidado y sin hacer caso de los gestos de dolor que el
prisionero hacía, fue dejando su cabeza sin un solo pelo.
·.De
esta forma pasaremos entre esa horda de salvajes, sin que seamos molestados.-
Dijo el improvisado barbero.
Cuando hubo terminado, “El Rata” alzó la cara de Eduardo, en los
ojos de su salvador, el muchacho pudo apreciar una mirada de extremada ternura.
·.Estás
casi mas guapo que antes, Marta se enamorará aun mas de ti; pero salgamos, el
tiempo apremia.- Dijo reaccionando a su éxtasis y cogiendo a Eduardo de un
brazo, lo empujó con delicadeza, pues el muchacho estaba muy débil, tanto por
la falta de comida, como por la perdida de sangre que le había ocasionado una
herida que tenía en una mano.
Al salir vieron al guardián, que estaba un poco mas caído de lo que le
había dejado “El Rata”, el peso del cuerpo muerto, estaba desprendiendo la
cabeza del resto del cuerpo y no tardaría mucho en caer.
·.Salgamos
rápido.- Dijo “El Rata”, empujando a Eduardo, que con una expresión de
terror, se había quedado, como petrificado, mirando al muerto.- Cuando caiga
explotará una bomba que tiene conectada a su mano.
Salieron del edificio lo mas rápidamente, que el mal estado en que se
encontraba Eduardo, les permitió; no tuvieron ningún encuentro, aquellos
salvajes confiaban demasiado en la trampa que habían preparado.
Llevando a Eduardo casi en volandas, “El Rata” que demostraba una
fuerza que no aparentaba; enfiló por la calle por la que había venido; aún
quedaban algunas hogueras, pero no así comensales, estos estaban durmiendo la
pesado digestión. Sin detenerse en ningún momento ni aminorar el paso,
lograron recorrer una buena cantidad de metros, lo que les alejaba del peligro;
en aquel momento pudieron oír una fuerte explosión; “El Rata” se detuvo
sujetando a Eduardo.
·.El
guarda ha caído.- Dijo lacónicamente, miró a su alrededor y vio una iglesia
que estaba casi en ruinas, se dirigió a ella, siempre empujando a su compañero.
·.¿Que
ha pasado?.- Preguntó este.
·.El
guarda ha caído, no tardarán mucho tiempo en darse cuenta de tu huida.
Mientras mantenían esta breve charla, entraban en la iglesia por un
hueco que tenia una de las grandes puertas. El interior estaba completamente
desmantelado, solo había escombros, el cielo se veía a través de los agujeros
del techo.
·.Saldremos
por la puerta de lo que fue la sacristía.
En ese momento, Eduardo tropezó y cayó al suelo rodado, “El Rata”
miró y en medio de la oscuridad, pudo ver a un caníbal que se había metido en
la iglesia a dormir y que seguramente le había despertado el ruido que habían
hecho el entrar, y al pasar Eduardo lo había cogido por el pié haciéndole
caer con la intención de matarlo y no habiéndose dado cuenta de la presencia
de su acompañante.
“El Rata” cogió un palo del suelo y lo descargó sobre la cabeza del
salvaje, este sin ni siquiera lanzar un gemido, se retorció en el suelo y quedó
inerte, soltando el pié de Eduardo, este se sintió alzado del suelo por su
salvador y ambos emprendieron la carrera hacía la puerta.
Después de recorrer varias calles, sin que, afortunadamente, nadie los
molestara; llegaron a las inmediaciones de la sede de la organización; se
identificaron, e inmediatamente dos hombres se hicieron cargo de Eduardo y lo
trasladaron al interior de la casa.
·.No
lo llevéis a la enfermería, subir directamente al despacho de Marta.- Ordenó
“El Rata”.
Cuando llegaron ante la puerta del despacho, la mano del lugarteniente
temblaba, cuando la alzó para golpearla.
·.Pasar.-
Contestó Marta desde dentro.
Abrieron la puerta, el primero en entrar fue Eduardo, aunque sujeto por
dos de los guardianes; Marta al verlo, corrió hacia el con los brazos
extendidos y lo abrazó, lo abrazó con todas sus fuerzas, aunque si Eduardo ni
hubiera estado sujeto por los dos sicarios, ambos hubieran rodado por el suelo.
·.Gracias,
“Rata”, gracias, me lo has traído.- Gemía la muchacha mientras besaba
repetidamente, al desfallecido Eduardo.
Cuando por fin Marta se calmó, llevaron a Eduardo al sofá del
despacho.
·.Llamar
al medico.- Ordenó “El Rata” a los guardianes, pues Marta aun no había
reaccionado..
Cuando los dos hombres salieron, Marta cogió al “Rata” de las manos
y con voz en la que se podía apreciar la ternura que sentía, le dijo, mientras
sus ojos se llenaban de lagrimas.
·.Gracias
otra vez, si tú no lo hubieras salvado, lo había tenido que dejar morir.
·.¿Lo
habrías sacrificado?.- Preguntó “El Rata” con voz sombría.
·.No
me quedaba mas remedio, tú lo sabes.
“El Rata” bajó la cabeza y sus ojos se posaron en el rostro del
desvanecido Eduardo; un resplandor extraño surgió en ellos; se deshizo de las
manos de Marta y poniéndose de pié salió, dando varios traspiés. Marta lo
miró, cuando se marchaba, aquella reacción la sorprendió, no entendía lo que
podía pasarle a su lugarteniente, el mejor que nadie sabía que no hubiera
tenido mas remedio que obrar de la forma que había dicho; pero después de unos
momentos de extrañeza, se encogió de hombros y su atención quedó
concentrada en su amante.