CAPITULO 8º

       El aire cálido de la primavera, entraba por entre las rendijas de los tablones, que tapaban las ventanas; habían quitado los plásticos de algunas de ellas. Los pájaros, ajenos a la miseria que los rodeaba, cantaban alegres, o quizá era su forma de quejarse de todo lo que su vista podía divisar. Junto con el aire, entraba un nauseabundo olor, fruto de la putrefacción de los desperdicios y de algún cadáver que los caníbales no habían descubierto o bien que por alguna razón no habían querido comerse. Esto ocurría cada vez que comenzaba el buen tiempo la temperatura descomponía todo lo que los habitantes del BARRIO abandonaban; pero a Marta no parecía afectarla; después del tiempo que había transcurrido, se había acostumbrado y lo que al principio la pareció insoportable, ahora no la afectaba.

       Sentada ante la mesa del despacho estudiaba algunos documentos que tenía en la mano; la puerta estaba abierta, por el hueco de esta se podían ver a los guarda espaldas ir y venir a los largo del pasillo; en ese momento, “El Rata” apareció y sin pedir permiso entró, jadeaba.

                       ·.!!Marta!! !!Marta!!, !Eduardo ha desaparecido!.- Dijo el recién llegado, con voz entrecortada por la agitación.

                       ·.¿Como que ha desaparecido?, habrá salido o estará en los archivos, ya sabes que en ese cuarto, se pasa horas y horas.- Dijo Marta, mirando con cara de angustia al “Rata”, pues sabía que este tenía a todos bien controlados.

                       ·.No, no está en ninguna parte y nadie lo ha visto salir.

       Marta lo miró, estaba preocupada; en el BA­RRIO, una escapada sin protección, podía significar la muerte. Dejando vagar la mirada por un rayo de sol que se colaba por una rendija de la ventana, dijo con voz ausente.

                       ·.Eduardo está muy raro, últimamente, pasa mucho tiempo en los archivos, hace preguntas y no quiere aclararme porqué las hace, siempre me contesta con evasivas.

                       ·.¿Crees que habrá intentado volver al Gueto?.- Preguntó “El Rata”.

                       ·.No sé.- Contestó escuetamente Marta.- Pero uno de los enlaces que tenemos con el Gueto, me dijo hace pocos días que Eduardo le había preguntado por el tiempo que faltaba para que volviéramos.- Continuó.

                       ·.Traigo otra mala noticia, para ti.- Dijo “El Rata”, con una entonación de voz que parecía pedir perdón.- Marta lo miró alarmada. “El Rata” continuó.- No, no es de Eduardo, tus padres.

                       ·.¿Que?.- Dijo Marta asombrada.

                       ·.Los han detenido.- Contestó su interlocutor.

                       ·.¿Los van a expulsar?.- Preguntó con voz, casi, serena.

                       ·.A tu padre.- Contestó “El Rata”, escuetamente y con voz gutural.

                       ·.¿Solo? ¿y mi madre?.

                       ·.Tu madre. Ejem..... tu madre ha muerto, E­jem...., se ha suicidado, pero de verdad, me lo ha dicho un policía que estaba presente en el momento de la detención.- Las ultimas palabras del “Rata” sonaron, como si este fuera a empezar a llorar.

       Las lagrimas aparecieron en los ojos de Marta, pero sin sollozos; con rabia se las quitó con el dorso de la mano.

                       ·.¿Mi padre expulsada? ¿detenido?, no me digas que se ha metido en política.- Dijo, casi riendo, con una sonrisa triste en los labios.

                       ·.No ha sido algo peor.- Contestó “El Rata”, disimulando la tristeza que sentía al ver el sufrimiento de su jefa.

                      ·.Pero si el tiene los mejores antecedentes.- Dijo la muchacha, recordando su propia expulsión y quien había sido el causante de ella.

                       ·.No se trata de eso, empezaron a considerar que vivía por encima de sus ingresos, lo vigilaron y descubrieron que se quedaba con dinero de la empresa y sabes que esto, en el Gueto, no se perdona.

                       ·.¿Cuando lo expulsarán?.

                       ·.Esta tarde.

                       ·.¿Por esta zona?.

                       ·.Si.

                       ·.Por favor “Rata”, traemé unos prismáticos y dile a los muchachos que voy a subir a la terraza.

                       ·.¿Quieres que te acompañe?.

                       ·.No, quiero estar sola.

       “El Rata” asintió, se levantó y con lo hombros caídos salió del des­pacho. Marta se quedó mirando al vacío, solo sentía pena por su madre, había sido una víctima; aunque ella consintió en su expulsión, sabía que su padre había manipulado a la pobre mujer; se alegraba de que se hubiera suicidado, su muerte en el BARRIO, hubiera supuesto para la desamparada mujer, mayores sufrimientos, así estaba mejor. La entrada del “Rata” acabó con sus pensamientos; lo miró como si hubiera salido de un profundo sueño, el recién llegado adelantaba una mano en la que sostenía unos prismáticos, al mismo tiempo dijo con voz apagada.

                       ·.Es casi la hora.

       Marta los cogió y colgándoselos al cuello se levantó, dirigiéndose, con paso decidido, hacía la puerta, al salir dos guarda espaldas la siguieron. En la azotea, estaba todo dispuesto; cuando Marta salió a esta, los últimos rayos de sol alumbraban los tejados de las casas del BARRIO; el hedor, aquí, era mucho mas intenso, aunque estaban en una zona que por su proximidad al Gueto, la fumigaban de vez en cuando, desde helicópteros. La frontera podía divisarse a simple vista; Marta se acercó al antepecho de la terraza y poniéndose los prismáticos, en los ojos, los ajustó; podía ver, con todo detalle, lo que estaba ocurriendo. De la casa de los guarda jurados, salió un grupo de estos, en medio de ellos, un hombre, era su padre, aunque mas envejecido, pudo reconocerlo; vestía un elegante traje, aunque muy arrugado, sus hombros caídos, lo que delataba su estado de animo, despeinado todo el presentaba un estado lamentable de abandono; por un momento sintió pena, pero a continuación recordó la escena del dia en que fue detenida, delante y por instigación de el y una rabia sorda la invadió, pronto su anterior pena se transformó en placer al ver al causante de su expulsión pasar por la misma situación.

       El grupo de guarda jurados, se volvió, dejando que el preso avanzara solo hacía el BARRIO; este con paso vacilante, continuó andando, aún se volvió una o dos veces haciendo gestos, implorando; solo consiguió que los guardianes lo apuntaran con sus armas; el pobre hombre dio unos trompicones y se adentro mas allá de la frontera, caminó por la calle que desde aquí pertenecía al BARRIO; los rayos solares, muy oblicuos, hacían que esta estuviera en un claro-oscuro, pero Marta podía verlo todo. Los guar­das se volvieron a sus puestos dentro de la casa que les servía de cuartel, el expulsado aun avanzó unos metros, de uno de los portales cercanos, salieron tres merodeadores, se acercaron al expulsado sin hacer ruido, uno de ellos levantó el palo que portaba y lo descargó con fuerza en la cabeza del infeliz, este se desplomó, los otros lo remataron en el suelo; a renglón seguido lo desnudaron y escaparon rápidamente; en el suelo y en medio de un charco de sangre, quedó el cuerpo desnudo del padre de Marta. No tardaron mucho en aparecer los cabezas rapadas de los caníbales, eran un nutrido grupo, hombres y mujeres, entre todos cogieron el cadáver, que aun movía una de sus piernas y desaparecieron.

       Marta lanzó un profundo suspiro, cuando se quitó los prismáticos de los ojos; la venganza tenía un sabor agridulce, se volvió despacio y con el mismo desanimo que si hubiera sido ella la víctima, guió sus pasos hacía la puerta de la terraza.

       De vuelta a su despacho, “El Rata” la estaba esperando, en su rostro se reflejaba tanto el enfado como el temor, por las noticias que dar a su jefa; al entrar esta la ofreció un papel doblado, mientras la decía.

                       ·.Parece que estamos en el día de la mala suerte, hace poco que se ha recibido este mensaje.

                       ·.¿De Eduardo?.- Preguntó, sobresaltada.

                       ·.Bueno, de sus secuestradores, Eduardo está en poder de los caníbales; ahora recuerdo que me preguntó el camino mas corto para ir al salón o sea a la antigua sede, le contesté que el camino mas corto era atravesando el territorio de los caníbales.

                       ·.¿Pero que quería hacer en el salón?.

                       ·.Hablar con tu protector en el BARRIO, el que te ayudó cuando mataste al antigüo jefe.

                       ·.¿Que es lo que trama? ¿porqué no me ha preguntado a mí?, ¿y que es lo que piden esos hijos de puta, para dejerlo libre?.- Con este torrente de preguntas, Marta parecía querer desahogar su ira; las hizo mientras, con un gesto, rechazaba el papel del mensaje.

                       ·.Lo de costumbre, armas, drogas y también una mayor asignación de cuerpos del matadero.

                       ·.Lo de las drogas se podía arreglar; pero lo de las armas y los cuer­pos, sabes muy bien que eso es imposoble; ¿tenemos algún infiltrado?.

                       ·.Si, pero dado que con los caníbales, siempre ha sido difícil, solo tenemos a uno y no se si a estas alturas y después de comer tanta carne humana, no será uno de ellos.

       En ese momento entró, precipitadamente, uno de los guardianes del exterior y jadeante dijo.

                       ·.Hemos encontrado el cadáver de Ramiro en el callejón, tenía este papel clavado, con una aguja, en el corazón.

       “El Rata” cogió el papel, con rabia y lo leyó apre­suradamente.

                       ·.¿Era nuestro infiltrado?.- Pregunto Marta con voz sombría.

                       ·.Si y ahora apremian, nos dan de plazo hasta mañana, a partir de entonces no irán mandando trozos de Eduardo.

       Marta paseaba nerviosa, restregándose las manos.

                       ·.Han descubierto quien es, por ese motivo no lo han matado y quie­ren sacar tajada; mi obligación sería dejar que muriera.- Dijo Marta, moviendo la cabeza, con desesperación.

                       ·.Deja que antes lo intente.- Dijo “El Rata”, sin apasionamiento.

       Marta lo miró fijamente, estaba sorprendida, en el BARRIO nadie se sacrifica por nadie, sin tener un buen motivo.

                       ·.¿Quieres que me quede sin ningún colaborador?.- Preguntó, como pidiendo una explicación.

                       ·.No te preocupes, no te aseguro que tenga éxito, pero lo que es a mí no me matan.- Contestó “El Rata”, soslayando mas explicaciones.

                       ·.Está bien, puedes hacer lo que quieras, pero si en dos días no regresas, te aseguro que haré una incursión a la zona, con todo el poder que tengo.

       Sin despedirse, “El Rata” salió del despacho y precipitadamente se encaminó a su habitación, una vez en esta abrió el armario y después de rebuscar, escogió los harapos de peor apariencia, que pudo encontrar; con ellos debajo del brazo, salió y algunos pisos mas abajo, entró en un cuarto, en el que un hombre cortaba el pelo a otro, que estaba sentado en un sillón viejo de peluquero, otro estaba sentado gastando bromas y al ver entrar al “Rata”, se levantó respetuosamente.

                       ·.córta el pelo y aféitame la cabeza.- Dijo “El Rata”, sentándose en el sillón que estaba vacío.

       El peluquero desocupado, no hizo preguntas; después de poner a su cliente el paño de rigor, cogió una maquinilla eléctrica y empezó la operación que poco después quedó concluida. “El Rata” sin comentarios, se levantó, cogió el fardo de harapos que había dejado encima de una silla y salió; poco después entraba en otro cuarto, este estaba custodiado por dos guardianes, que al reconocer el jefe de seguridad, no pusieron ningún inconveniente para que este entrara. Este otro cuarto estaba dedicado a armería; en el había armas de todos lo estilos, “El Rata” escogió una pistola grande y algunos cargadores de balas especiales y un cuchillo de grandes dimensiones. Después de desnudarse, se puso los harapos que había traído y escondió entre ellos las armas; pero sabía que la mejor arma con la que podía contar era con su astucia. Salió de habitación y fue hacia la puerta principal; el sol se había ocultado por completo, un aire cálido traía el fétido olor del BARRIO, salió de edificio y se encaminó hacía la zona de loa caníbales, después de haber hablado con el jefe de los guardianes.

       Recorrió algunas calles que rodeaban la sede de la organización y después de cruzarse con algún individuo que no le molestó, se adentró  en lo que el sabía que era la zona de los caníbales, el olor putrefacto aquí  se acentuaba, hasta el punto que parecía que el aire se hacía denso; en algunas esquinas había hogueras y alrededor de ellas grupos de personas se afanaban, en lo que después, de cerca pudo apreciar con la indiferencia que la costumbre impone. El cuerpo de un ser humano, sin cabeza, se asaba directamente en las llamas de la hoguera, sobre una gran parrilla; dos hombres, con la cabeza rapada, manejaban unos ganchos con los que daban vueltas al cadáver, para que se asara por todos los lados, el resto de la gente se acercaba y con un cuchillo cortaba un trozo del cuerpo y se apartaba para comérselo. Cada hoguera, cada grupo era un clan; una pequeña organización, dentro de la gran familia de los caníbales. “El Rata” se quedó mirando el cuerpo como se tostaba; una de las mujeres que participaban en el festín, se volvió en ese momento, sus ojos irritados por el humo lo miraron fijamente y sin mediar palabra le ofreció el trozo de carne que estaba comiendo; “El Rata” miró la mano grasienta de la mujer, sabía que si lo rechazaba podía despertar sospechas, nadie entre los caníbales hubiera hecho una cosa así; alargó la mano, cogió el trozo de carne y en su cara forzó una sonrisa que mas parecía una mueca de asco, despacio se llevó el trozo de carne a la boca y hundió sus dientes en el; el jugo de aquella carne, que sabía de donde procedía, invadió su boca, el estomago le dio vueltas, pero se sobrepuso y logró tragárselo, dando un gruñido a la mujer, que quiso que pareciera de agradecimiento, siguió su camino. Algunas hogueras se apagaban, los grupos de caníbales se metían poco a poco en las casas próximas; era la hora de dormir, de reposar la macabra cena, algunos se acostaban en las aceras, aprovechando que la noche era benévola en cuanto a su temperatura.

       “El Rata” sabía adonde tenía que dirigirse; después de recorrer algunas calles, sin ser molestado por los habitantes de la zona; llegó a una plazuela donde en uno de los edificios, la seguridad era muy estricta; un nutrido grupo de caníbales montaba guardia en la puerta con sus cuchillos, incluso, “El Rata”, pudo apreciar que mas de uno tenía armas de fuego. Por la acera de enfrente, dio la vuelta al edificio, materialmente, deslizándose por las paredes de la acera mas oscura, así por la parte de atrás pudo acercarse a la casa; aquí la vigilancia exterior era menor, solo un hombre montaba guardia; eso sí armado con un fusil ame­trallador; pero “El Rata” sabía que dentro vigilaban otros y que lo hacían a través de las ventanas, apuntando sus armas hacía la calle, se acer­có por un lado de la casa que se encontraba oscurecida por la sombra del propio edificio y arrastrandose por la pared, se fue acercando al centinela, sin que este se diera cuenta, pues seguramente la digestión y la confianza en sus compañeros del interior,  habían hecho que se adormeciera ligeramente, apo­yado  en la pared. “El Rata” sacó su cuchillo y acercándose, sigilosamente, al confiado caníbal, hundió su arma en los riñones del adormecido guardián, este sin exhalar el mas ligero quejido, empezó a caer al suelo; pero “El Rata”, haciendo gala de una insospechada fuerza, sujetó al salvaje por el cinturón y lo dejó colgado de la reja de una ventana cercana,  a continuación, procurando que los vigilantes de los pisos superiores, no le descubrieran, se metió por la puer­ta entreabierta de esta parte trasera del edificio; sus mo­vimientos muy cautelosos, sin embargo eran rápidos, nerviosos, sabía que esta rapidez era primordial; conocía el interior del edificio, se metió por un pasillo oscuro que rodeaba completamente el edificio, las habitaciones se alineaban en el centro de el, excepto en una de las parte que ocupaba la escalera; esta parte de abajo estaba dedicada a los calabozos y despensa de los individuos que capturaban vivos; en el sótano tenían los frigoríficos, para los cadáveres que conseguían en las calles o los que les correspondían en el matadero. Los pisos de arriba estaban dedicados a vivienda de los componentes del clan y el ultimo era la residencia del jefe de la horda.

       Al “Rata” le extrañaba que no hubiera mas vigilancia, ningún hombre ni armado ni sin armas, aparecía por ningún lado; entonces se dio cuenta de lo que acudía, con un rictus en su boca, que quería ser una sonrisa, pensó en los trucos que usaban estos salvajes para guardar a sus prisioneros, a los que tenían interés en canjear, pronto descubriría cual era; se imaginaba en que habitación estaba Eduardo, la que estaba al lado de la escalera, era la mas segura; en el ultimo recodo del pasillo se asomó con precaución, !lo que se imaginaba!; vio a un hombre delgado, sin armas, una de sus manos la tenía atada al pasamanos de la escalera; “El Rata” sabía lo que aquello significaba; si alguien mataba al vigilante, al caer, este, al suelo, su mano accionaría un detonador y una bomba estallaría en el calabozo, matando, tanto al prisionero como a su salvador; pero sin afectar al resto del edificio, pues su potencia estaba muy bien calculada, era uno de los trucos que “El Rata” conocía, este se metió por el hueco, que en su comienzo dejaba la escalera, saliendo por detrás del descuidado vigilante, al que seguramente habían atiborrado de pastillas, para que no se durmiera; con un movimiento rápido, “El Rata” hundió su cuchillo en la espalda del vigilante, a la altura del corazón, al mismo tiempo que lo sujetaba por el cinturón, el desgraciado se inclinó y a punto estuvo de arrancar el seguro de la bomba, solo la fuerza del “Rata” logró evitar la catástrofe. Buscó entre su chaquetón y en su mano apareció un garfio de carnicero, era lo que necesitaba, siempre le acompañaba y en muchas ocasiones le había sido útil. Pinchó la ropa del muerto y al intentar colgarlo, esta se desgarró, con gran esfuerzo logró sujetarlo por segunda vez; bien no le quedaba mas remedio, clavó el garfio en la base del cráneo y por el colgó al inerte vigilante; metió la mano en el bolsillo del muerto y sacó las llaves. Cuando abrió la puerta y la empujó, se encontró con un Eduardo aterrado, seguramente,  cuando se dio cuenta de que abría la puerta, pensó que había llegado su hora.

                       ·.Eduardo, soy yo.- Dijo “El Rata” con voz tenue.

                       ·.!”Rata”! !que alegría!.- Exclamó Eduardo, abalanzándose hacia su salvador y abrazándolo fuertemente.

                       ·.Calla no grites.- Dijo “El Rata”, abrazando, también a Eduardo, con lagrimas en los ojos.- Tenemos que darnos prisa, aunque el vigilante está muerto, aun puede darnos problemas, sientaté.

       Eduardo obedeció y se sentó en el catre que tenía en su maloliente celda. “El Rata” cogiendo el plato vacío y sucio que Eduardo tenía para sus escasas comidas, lo llenó de agua; a renglón seguido, sacó unas tijeras y sin mediar palabra con el asom­brado Eduardo, se puso a cortar el pelo a este, lo hacía con destreza y apurando al máximo; a continuación mojó la cabeza del rapado muchacho y la cubrió de espuma de afeitar, de su bolsillo interior, que mas parecía un almacén, sacó una navaja de afeitar.

                       ·.Tranquilo, procuraré no hacerte daño, pero aun tienes mucho pelo.

       Con mucho cuidado y sin hacer caso de los gestos de dolor que el prisionero hacía, fue dejando su cabeza sin un solo pelo.

                       ·.De esta forma pasaremos entre esa horda de salvajes, sin que seamos molestados.- Dijo el improvisado barbero.

       Cuando hubo terminado, “El Rata” alzó la cara de Eduardo, en los ojos de su salvador, el muchacho pudo apreciar una mirada de extremada ternura.

                       ·.Estás casi mas guapo que antes, Marta se enamorará aun mas de ti; pero salgamos, el tiempo apremia.- Dijo reaccionando a su éxtasis y cogiendo a Eduardo de un brazo, lo empujó con delicadeza, pues el muchacho estaba muy débil, tanto por la falta de comida, como por la perdida de sangre que le había ocasionado una herida que tenía en una mano.

       Al salir vieron al guardián, que estaba un poco mas caído de lo que le había dejado “El Rata”, el peso del cuerpo muerto, estaba desprendiendo la cabeza del resto del cuerpo y no tardaría mucho en caer.

                       ·.Salgamos rápido.- Dijo “El Rata”, empujando a Eduardo, que con una expresión de terror, se había quedado, como petrificado, mirando al muerto.- Cuando caiga explotará una bomba que tiene conectada a su mano.

       Salieron del edificio lo mas rápidamente, que el mal estado en que se encontraba Eduardo, les permitió; no tuvieron ningún encuentro, aquellos salvajes con­fiaban demasiado en la trampa que habían preparado.

       Llevando a Eduardo casi en volandas, “El Rata” que demostraba una fuerza que no aparentaba; enfiló por la calle por la que había venido; aún quedaban algunas hogueras, pero no así comensales, estos estaban durmiendo la pesado digestión. Sin detenerse en ningún momento ni aminorar el paso, lograron recorrer una buena cantidad de metros, lo que les alejaba del peligro; en aquel momento pudieron oír una fuerte explosión; “El Rata” se detuvo sujetando a Eduardo.

                       ·.El guarda ha caído.- Dijo lacónicamente, miró a su alrededor y vio una iglesia que estaba casi en ruinas, se dirigió a ella, siempre empujando a su compañero.

                       ·.¿Que ha pasado?.- Preguntó este.

                       ·.El guarda ha caído, no tardarán mucho tiempo en darse cuenta de tu huida.

       Mientras mantenían esta breve charla, entraban en la iglesia por un hueco que tenia una de las grandes puertas. El interior estaba completamente desmantelado, solo había escombros, el cielo se veía a través de los agujeros del techo.

                       ·.Saldremos por la puerta de lo que fue la sacristía.

       En ese momento, Eduardo tropezó y cayó al suelo rodado, “El Rata” miró y en medio de la oscuridad, pudo ver a un caníbal que se había metido en la iglesia a dormir y que seguramente le había despertado el ruido que habían hecho el entrar, y al pasar Eduardo lo había cogido por el pié haciéndole caer con la intención de matarlo y no habiéndose dado cuenta de la presencia de su acompañante.

       “El Rata” cogió un palo del suelo y lo descargó sobre la cabeza del salvaje, este sin ni siquiera lanzar un gemido, se retorció en el suelo y quedó inerte, soltando el pié de Eduardo, este se sintió alzado del suelo por su salvador y ambos em­prendieron la carrera hacía la puerta.

       Después de recorrer varias calles, sin que, afortunadamente, nadie los molestara; llegaron a las inmediaciones de la sede de la organización; se identificaron, e inmediatamente dos hombres se hicieron cargo de Eduardo y lo trasladaron al interior de la casa.

                       ·.No lo llevéis a la enfermería, subir directamente al despacho de Marta.- Ordenó “El Rata”.

       Cuando llegaron ante la puerta del despacho, la mano del lugarteniente temblaba, cuando la alzó para golpearla.

                       ·.Pasar.- Contestó Marta desde dentro.

       Abrieron la puerta, el primero en entrar fue Eduar­do, aunque sujeto por dos de los guardianes; Marta al verlo, corrió hacia el con los brazos extendidos y lo abrazó, lo abrazó con todas sus fuerzas, aunque si Eduardo ni hubiera estado sujeto por los dos sicarios, ambos hubieran rodado por el suelo.

                       ·.Gracias, “Rata”, gracias, me lo has traído.- Gemía la muchacha mientras besaba repetidamente, al desfallecido Eduardo.

       Cuando por fin Marta se calmó, llevaron a Eduar­do al sofá del despacho.

                       ·.Llamar al medico.- Ordenó “El Rata” a los guar­dianes, pues Marta aun no había reaccionado..

       Cuando los dos hombres salieron, Marta cogió al “Rata” de las manos y con voz en la que se podía apreciar la ternura que sentía, le dijo, mientras sus ojos se llenaban de lagrimas.

                       ·.Gracias otra vez, si tú no lo hubieras salvado, lo había tenido que dejar morir.

                       ·.¿Lo habrías sacrificado?.- Preguntó “El Rata” con voz sombría.

                       ·.No me quedaba mas remedio, tú lo sabes.

       “El Rata” bajó la cabeza y sus ojos se posaron en el rostro del desvanecido Eduardo; un resplandor extraño surgió en ellos; se deshizo de las manos de Marta y poniéndose de pié salió, dando varios traspiés. Marta lo miró, cuando se marchaba, aquella reacción la sorprendió, no entendía lo que podía pasarle a su lugarteniente, el mejor que nadie sabía que no hubiera tenido mas remedio que obrar de la forma que había dicho; pero después de unos momentos de extrañeza, se encogió de hombros y su aten­ción quedó concentrada en su amante.