CAPITULO 6º

              Marta se estremeció, el frío era muy intenso, a pesar de la estufa; se puso el sucio chaquetón, que había pertenecido al hombre que mató en la otra casa; cogió su pistola y revisándola sacó el cargador de balas normales y después de buscar en una de las maletas, le puso, un cargador de balas explosivas, el resultado de un disparo con este tipo de armas, era como si le pusieran, a la víctima, un cartucho de dinamita dentro del cuerpo, varios de estos cargadores los puso en el bolsillo del chaquetón y continuó la búsqueda por el interior de la maleta; sus dedos dieron con lo que estaba buscando, un silenciador, se lo guardó también. Después, la pistola que antes había reservado para Eduar­do, la cargó con balas normales, sabía que su compañero no la necesitaría y ella tendría necesidad de usar las dos. Las guardo en las fundas, una a cada lado del cuerpo, apagó la luz de la lampara, aunque no la estufa; una claridad blanquecina se filtraba a través de los huecos de los tablones que tapaban las ventanas. “Debe estar nevando otra vez”. Penso, abrochándose el chaquetón y subiendo el cuello del mismo. Después, tratando de pisar sin hacer ruido, se acercó al dormitorio y mirando, con ternura, a Eduardo, lo arropó, sonrió al recordar las nauseas del muchacho, durante el incidente con los merodeadores; después de besarlo tratando de no despertarlo, salió del dormitorio y sin pararse en la sala, alcanzó el descansillo y a continuación cerró la puerta, con un cerrojo de seguridad.

       Marta miró hacia el pasillo, algunos drogadictos, de los que abarrotaban la escalera; habían tratado de cruzar la línea de seguridad; un campo de rayos que cruzaba el oscuro pasillo; sus cuerpos, achicharrados, estaban extendidos por el suelo.-“ Da resultado.- Murmuró.-Por lo menos con estos, espero que ningún merodeador se acerque por aquí”.

       Apretó un botón en un aparato, parecido a un mando a distancia, que había cogido antes de salir y el campo de rayos quedó apagado, después de cruzarlo, volvió a apretar el mismo dispositivo y la zona quedó, otra vez protegida. Bajó la escalera, como la había subido, pisando y dando patadas a los que, inconscientemente, querían cogerla; llegó a la calle, estaba nevando con gran intensidad; el suelo se cubría de un manto blanco. “Mejor, con una noche así tendré menos encuentros”.-Pensó. Y aprovechando las zonas mas oscuras, caminó por la acera con resolución. No es que la importara tener algún encuentro, pero no quería llamar,  la atención y tampoco perder el tiempo; eran las tres y media de la madrugada y tenía que ultimar sus asuntos antes de que terminara la noche.

       Después de recorrer algunas calles, dando rodeos para esquivar a algún grupo de merodeador o de drogadictos, llegó a una, en la que destacaba un local, por su iluminación; Marta se acercó a la puerta; era un bar-retaurante-sala de fiestas, todo en uno; dos hombres, enormes, vestidos con chaquetones de piel y con la pistolera por fuera de los chaquetones, para que todo el mundo pudiera verla; custodiaban la puerta de entrada: De las ventanas del primer piso, asomaban los cañones de las armas de otros cuatro o cinco guardaespaldas; todo un fuerte; a ningún grupo se le hubiera ocurrido asaltar aquella casa, las armas de fuego imponían en el BARRIO.

       La muchacha se acercó decidida, entró en el local, ante la mirada, indiferente de los porteros. Aquello no era lujoso, ni mucho menos; el local, había sido el vestíbulo de un hotel; la pintura de las paredes estaba desconchada, las lamparas habían dejado de exis­tir hacía tiempo y el suelo, aquí y allá, tenía las baldosas levantadas; del techo colgaban unas lamparas, de las que Marta conocía y que se alimentaban por baterías; resaltando la decadencia del local, con su luz fría y directa. En el sitio, que en algún tiempo, existiera una escalera, habían improvisado una tarima y en ella se encaramaban siete u ocho músicos; todos ellos pertenecientes a los llamados decentes, que con desgana arrancaban algo parecido a una melodía, a unos instrumentos viejos y desafinados; delante de ellos un cantante, gemía, mas que cantaba, una canción, que incluso, cerca de el se hacía dificil distinguir la letra; tal era la debilidad de voz del individuo. Las mesas, así como las sillas, no eran todas iguales; cada una pertenecía a un lado de cualquier casa; desde sillas y mesas de cocina, hasta las mas distinguidas de salones de lujo; aunque todas viejas y desvencijadas.

       Marta escogió una mesa cerca de los servicios; después de sentarse, se puso a observar el local y las gentes que en aquel momento lo habitaban. Por entre las mesas paseaban unos individuos, parecidos, por su catadura a los porteros, aunque sin chaquetón de piel y con las pistolas bien a la vista; un camarero, sin hacer ruido, se presentó al lado de Marta; era un hombre famélico, con aspecto enfermizo; nuestra heroína pidió de beber; en el BARRIO, no se escogía, cada bar tenía su bebida, que en la mayoría de los casos, se fabricaban ellos mismos; aunque era mejor no enterarse con qué ni como; enseguida se lo trajeron, mientras simulaba que bebía, continuó su observación de los clien­tes. En un rincón unos, alborotadores, caníbales estaban bebiendo aquel brebaje, que enloquecía a la gente; en otra mesa unos cortadores de cabezas, a los que se les podía distinguir, por sus largos cuchillos, bebían casi, en silencio; este colectivo era mas cauto en sus manifestaciones, en general, estaban menos embrutecidos por la infame bebida de los bares del BARRIO; varias mesas estaban ocupadas por merodeadores, con sus largos garrotes y alcohólicos, muchos alcohólicos, cuando alguno de estos caía al suelo, los camareros lo registraban, le quitaban el importe de lo que había tomado y lo tiraban, sin contemplaciones, a la calle y por ultimo, prostitutas; estas merodeaban por entre las mesas, sentándose con aquellos que se lo pedía y en ese momento cobraban el servicio, ninguna lo dejaba para después, se exponían a quedarse sin dinero: Todas ellas, aunque en su mayoría jóvenes, tenían un aspecto lamentable, enfermizas, famélicas y ataviadas, con unos viejos vestidos, que trataban de rejuvenecer, llenándolos de adornos y abalorios baratos; en un rincón y sentados ante una gran mesa, los jefes de cada grupo de prostitutas, merodeadores todos ellos, tomaban nota de los servicios que sus pupilas realizaban, para después reclamarlas el dinero o lo que de valor hubieran obtenido. En realidad, aquel­las mujeres eran esclavas, trabajaban por una mala comida y cuando por enfermedad o por el bajo rendimiento, no interesaba a su chulo, este la vendía a los caníbales.

       Marta, después de tirar su bebida, debajo de la mesa, se levantó y fue hacia los servicios, abrió la puerta de el de los hombre, comprobando que estaba vacío, entró, al fondo había una ventana y debajo un lavabo; de una de las puerta arrancó un trozo de madera, se encaramó en el lavabo y con un destornillador que sacó del bolsillo, quitó los tornillos que sujetaban la puerta de la ventana, sujetando esta con la madera que había arrancado; con una gran agilidad, sacó el cuerpo por la ventana, primero los pies, tanteando y dejándose caer, se apoyó en un saliente de la pared, lo suficientemente grande para que una persona, aunque no sin dificultad, pudiera caminar por el; después de cerrar la ventana, se volvió; estaba en un patio interior, miró hacia abajo, enfrente y a pesar de la oscuridad, pudo distinguir una puerta; después de situarse se dispuso a descender, ayudándose de unos salientes de la pared, pronto llegó al suelo. Sentía como la nieve la golpeaba la cara, los copos eran como pequeños cristales, que caían con fuerza, empujados por el viento que soplaba; pero no sentía frío, la emoción así como el ejercicio, la mantenían caliente; se acercó, cautelosa a la puerta, sacando una llave del bolsillo tanteó y sin dificultades, pudo abrir, entró en la habitación estaba, casi en su totalidad, ocupada por grandes cajas, aquello parecía  un almacén; acostumbrada a la oscuridad, no necesitó luz para distinguir, en la pared opuesta otra puerta, se acercó y cogiendo el pomo tentó con cuidado, la puerta se fue abriendo sin ruido; Marta solo abrió una rendija y miró por ella, enfrente de ella, vio un corto pasillo y al final de este una puerta y delante de ella un individuo que con su arma bien a la vista, montaba guardia; pero no estaba parado, en ese momento era cuando llegaba delante de la puerta y dando media vuelta, empezó a andar en dirección contraria; pasando por delante del hueco que había abierto nuestra amiga; aunque la penumbra del pasillo, impedía que pudiera ver la puerta entreabierta y de esta forma repetía su paseo. Marta lo cronometró, tardaba un tiempo aproximado en cada uno de los paseos. Cerró la puerta sacó la pistola cargada con balas normales, la aplicó el silenciador y calculó, mentalmente, que en ese momento, estaría de espaldas, efectivamente, así lo encontró cuando volvió a abrir sacó el arma y apuntado a la nuca disparó, solo se pudo oír una especie de silbido, el matón se derrumbó sin exhalar un gemido, como un muñeco. Marta salió y después de comprobar que estaba muerto, le quitó la pistola y se acercó a la puerta del final del pasillo; a un lado de esta había un mirilla, Marta la a­brió, con cuidado y aplicando el ojo a ella, pudo distinguir toda la habitación, sin que la persona que estaba dentro se enterara de su presencia. La habitación estaba amueblada como despacho, en un rincón un tresillo, una mesa de centro; enfrente una mesa de despacho y ante esta sentado un hombre de unos cincuenta años, canoso, un poco grueso, escribía sobre unos papeles.

       Mientras miraba, Marta, accionaba en la cerradura, notó como la puerta cedía, cogió con fuerza la pistola y tiró de la puerta.

                       ·.Te he dicho que no....-Contestó el individuo, levantando la cabeza, con gesto airado.

       En ese momento, Marta disparó; un circulo rojo, apareció en la frente de aquel hombre, que se le puso cara de asom­bro y levantando los brazos, como si quisiera asirse a algo, calló de espaldas, arrastrando el sillón, en el que estaba sentado, en su caída.

       Marta cerró la puerta y sin perder tiempo, tapo la mirilla, rodeó la mesa y cogiendo al muerto por los sobacos, lo arrastró, dejándolo en medio de la habitación  delante de la puerta; después levantando el sillón se sentó.

                       ·.Tengo que darme prisa, el centinela está a punto de venir a relevar a su compañero.-Dijo a media voz.

       Guardó la pistola, sacó la que estaba cargada con balas explosivas y empuñándola con fuerza, buscó con la otra mano en el borde de la mesa, hasta dar con el botón de un timbre, lo apretó al mismo tiempo que dirigía su arma hacia la puerta. Casi inmediatamente, esta se abrió y en el hueco a parecieron, cinco individuos, con la pistola en la mano.

                       ·.!Quietos, esta pistola está cargada con balas explosivas, con una tengo suficiente para mataros a todos!.-Dijo la chica y el tono de su voz así como la firmeza con la que empuñaba el arma, convencieron a los matones.-Soltar vuestras armas encima del cadáver de vuestro “ex-jefe”.-Continuó, soltando una pequeña carcajada, para festejar el chiste, que solo a ella hizo gracia, a juzgar por la cara que tenían los recién llegados; estos, después de mirarse entre si, decidieron obedecer y el cadáver quedó regado por las pistolas, que depositaron encima de el.

                       ·.Escuchadme, el archivo del que disponía vuestro jefe y por el cual funcionaba toda la organización, está en mis manos y por lo tanto, sin mí, no podría funcionar y tendríais que haceros merodeadores, cortadores de cabezas o quien sabe si caníbales, así que desde este momento, yo seré vuestro jefe.

       Los matones, que seguían mirando, unas veces el cadáver y otras la pistola de Marta; empezaron a murmurar, unos aprobando y otros con evidentes signos de protesta. Uno de ellos, un individuo corpulento, se agachó, con rápida, para recoger una de las pistolas; Marta disparó, la bala le entró por un hombro, en ese momento el desgraciado explotó, como si le hubieran colocado un cartucho de dinamita dentro del cuerpo; todo el despacho quedó manchado con los restos del pobre desgraciado; los otros dieron un paso atrás, con cara de terror, al mismo tiempo que levantaban las manos. Marta los apuntaba, firme, con su arma mortal, salpicada la cara de sangre, su aspecto no les debía parecer nada tranquilizador.

                    ·.Está bien, si como dices, dispones de los archivos y después de demostrarlo; acataremos tus ordenes.-Dijo uno de ellos, el que parecía tener algun mando sobre los demas.-Pero si no es así, te mataremos, a pesar de tu artillería.

                    ·.Mi primera orden es que convoquéis en la sede, como veis conozco todo lo referente a la organización, a los jefes de los contactos con los cortadores de cabezas, los caníbales y los merodeadores organizados; así como al coordinador de los infiltrados en el resto de los grupos de merodeadores y drogadictos. Los espero mañana por la mañana; de paso limpiáis esto, de forma que quede habitable, para poner al frente de este sector al que yo designe.

                    ·.¿Quieres que alguien te acompañe a la sede?.-Dijo el que había hablado antes.-

                    ·.No es necesario, conozco el sitio y la escolta me la proporcionaré yo misma y nada de jugarretas, varios de mis hombres quedarán, estratégicamente apostados y armados con estas mismas pistolas, vigilarán vuestros movimientos; al primer signo sospechoso, empezará la carnicería, además de que los archivos quedarían destruidos. Ahora saldremos todos juntos, vosotros delante, pero sin correr y sin volver la cabeza, tú.-Le dijo al que llevaba la voz cantante.-Tú cerca de mí; cuando salgamos al salón, arras­taros por la pared de la derecha, a los portero decirles que entren y después de que yo esté en la calle, cerráis y tirar la llave, por una de las ventanas. !Andando!.- Concluyó Marta, saliendo de detrás de la mesa y acercándose al grupo que se había dado la vuelta.

       Todos juntos y en el orden que les habían indicado, salieron del despacho y por una puerta, disimulada que había en el pasillo, salieron al salón; los matones los miraron con recelo, alguno llevó la mano hacia su arma, pero una señal del que estaba directamente encañonado, les hizo desistir de su acción. Sin contratiempos, el grupo, atravesó el salón y Marta, sin dejar de apuntar al grupo con su mortífera arma, salió a la calle, desarmó a los porteros, que sorprendidos no opusieron resistencia y gritando a los del piso de arriba, que todo estaba bajo su control, extremo que fue corroborado por el interlocutor de Marta, esperó a que hubieran cerrado la puerta y lanzaran la lleve, la cogió del suelo perdiéndose en las callejuelas corriendo cuanto pudo, sorteando montones de basura y sosteniendo, firmemente, la pistola en la mano, no quería que el encuentro, casual, con algún grupo la sorprendiera y se había jurado que si esto ocurría, dispararía sin preguntar. Nevaba con fuerza, debido a la carrera y también al viento, sentía como los copos la golpeaban en la cara hasta, casi, hacerla daño, notaba como sus pies se hundían, a cada paso que daba, en la capa de nieve que poco a poco cubría el suelo. De esta forma y  sin ningún encuentro desagradable,llegó al portal de la casa donde se alojaban. Después de subir por aquella escalera, ates­tada de cuerpos semi-inconscientes, entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí y apoyando la espalda en ella, se quedó en esa postura, jadeando, pero con una gran sonrisa reflejada en su rostro.

                    ·.!!Lo he conseguido!!.- Se dijo, con jubilo, hablan­do para si misma. Las piernas le temblaban; no solo por el cansancio, sino, también, por el miedo que había sentido; pero al fin todo estaba en su sitio.

                    ·.Lo he conseguido.- Repitió, como para  convencerse de que así había sido. Había apostado muy fuerte, pero había vencido; era como si un hada la hubiera acompañado en todo momento.

       Cerró las cerraduras electrónicas, se separó de la puerta, despacio, ahora ya no tenía prisa; empezaba a notar el frío, a pesar de las tablas que tapaban las ven­tanas y la estufa que estaba encendida. Fue a por unas mantas y las clocó en las ventanas de modo que taparan las rendijas que aun quedaban, entre tabla y tabla; todo esto lo realizaba muy despacio, con mucha calma, como si quisiera compensar el ritmo que, desde la expulsión, había tenido que imponerse.

       Por una rendija de la ventana, empezó a entrar una luz pálida, estaba amaneciendo, un dia frío, sin sol; su primer dia en el BARRIO, pero, afortunadamente, en una posición que no solo les permitiría sobrevivir; sino vivir mejor que la mayoría de los habitantes del Gueto; era la ley del mas fuerte.

       Satisfecha y porque no decirlo, orgullosa de si misma, entró en el cuarto de baño y después de ducharse con una agradable agua caliente, que hizo que su cuerpo entrara en reacción, fue a dar un beso a Eduardo, que extenuado, aun dormía y a renglón seguido, se acostó en la otra cama que parecía esperarla con los brazos abiertos. Casi inmediatamente, se escuchaba en la habitación, la respiración acompasada de ambos.

      

       oooooooooooo

      

       Un agradable olor a café la despertó, aun sin abrir los ojos, pensó que se acababa de dormir; se encogió debajo de las mantas, sentía un agradable calor debajo de la ropa de la cama, pero aquel olor había despertado su apetito; se dio cuenta de que no había comido nada en mucho tiempo, fue abriendo los ojos poco a poco, la habitación estaba en penumbra; por la posición de la cama, podía ver la sala a través de la puer­ta, la luz de esta segunda habitación estaba encendida y Eduardo trajinaba en la pequeña cocina, no quiso levantarse inmediatamente y entornó los ojos, aunque sin cerrarlos; vio como Eduardo se encaminaba hacia la habitación, entró la miró fijamente y se agachó para besarla.

                    ·.¿Te he despertado?.- Preguntó este.

                    ·.No ha sido el hambre.

                    ·.¿Quieres que te traiga el desayuno y después sigues durmiendo?.

                    ·.No, prefiero levantarme, quiero gozar de un día sin sobresaltos, junto a ti.- Y casi inmediatamente que terminó sus palabras, se quitó las mantas se tiró de la cama y después de abrazar a Eduardo se puso la ropa. Este le dijo, como si quisiera protegería en lo que estaba en su mano, queriendo compensar el trabajo y los peligros que intuía que ella había pasado por el.

                    ·.Abrígate, a pesar de las mantas que has puesto en las ventanas y de la estufa, hace mucho frío.

                    ·.Me pondré dos jerseys, el chaquetón, quiero desinfectarlo, creo que durante mi excursión ha cogido piojos.

                    ·.Tienes que decirme donde has estado, me desperté una vez y me dí cuenta de que estaba solo; hubiera salido a buscarte, pero lo desconocía todo, hasta la manera de salir de la casa.- La dijo el muchacho, mientras  ponía la mesa.

       Después de comer te lo contaré; hiciste bien en no salir.- Contestó Marta, sirviéndose una taza de café y sentándose, mientras se la tomaba a pequeños sorbos, sujetando la taza con las dos manos para calentárselas.

                    ·.Pero dime, ¿como es que en la casa había de todo?, hasta pan, de todo.

                    ·.Estaba preparado, nuestros amigos lo pusieron para nosotros, lo tenían todo previsto para el dia de nuestra expulsión.- Contestó Marta, mientras se preparaba un bocadillo con el fiambre que Eduardo había puesto sobre la mesa.

                    ·.¿Nuestros amigos?, ¿los conozco?, ¿como es que yo no estaba enterado?.

       Marta, entre bocado y bocado, le fue contando a su compañero, todo, o casi todo, lo que la había ocurrido, desde que entró en la organización; omitiendo sus aventuras con Santiago, naturalmente,. Eduardo se quedó pensativo, comía distraído y sin mirar a Marta dijo.

                    ·.Pero no me explico porque querían protejernos y precisamente a nosotros y porque entrenarte a ti.

                    ·.No sé, pero en cierta ocasión, Santiago, me habló de un hombre, un ricacho, un tal Roberto, no concretó nada, pero me dio a entender que tenía especial interés en protejerme.

       Eduardo, volvió la cabeza hacia Marta, despacio, con el bocadillo en la mano, paralizada, de pronto en su trayectoria hacia la boca.

                    ·.¿Y tu le conoces?.- Preguntó a media voz.

                    ·.No, desde luego, es demasiado importante, pero algún día me gustaria agradecérselo personalmente.- Contestó la muchacha, con un tono distraído y sin dar importancia a sus palabras, mientras se servía otra taza de café.

       Eduardo la miró con atención, suspiró y continuó comiendo, pero no se quedo tranquilo, en su interior bullían sentimientos encontrados; pensaba que nadie se molesta por un desconocido y además, ¿porque precisamente por Marta?; tendría que averiguarlo, si, como decía Marta, salían del BARRIO. Incluso en algún momento de su reflexión, los celos le oprimían el pecho; ¿pero por culpa de quien? ¿de Santiago o del desconocido Roberto?, no lo sabía, pero se propuso averiguarlo.

                    ·.¿Y que haremos ahora?.- Preguntó,  en voz alta.

                    ·.Todo está resuelto, como te he dicho; dentro de unos días, nos trasladaremos a otra casa, mucho mejor montada y mas grande; ahora nosotros somos los jefes de esta organización y desde esa casa dirigiremos todas las las actividades.

                    ·.Pero ¿te das cuenta de que es una organización de delincuentes?.

       Si, desde luego, pero de ahora en adelante, tendrás que olvidarte de tus escrúpulos. En primer lugar y bajo el punto de vista de algunos de los habitantes del Gueto, tu también eres un delincuente y por otro es la única manera de sobrevivir en este lado y supongo que no querrás morir o malvivir, que es aun peor.- Contestó Marta, en voz alta, aunque no sentía el enfado que aparentaba, pero con esta actitud quería forzar a Eduardo a aceptar la situación, sin que siguiera objetando otras cuestiones de índole moral.

                    ·.Si claro.- Contestó el muchacho, con sumisión, aunque sin acabar de convencerse.

            Terminaron la comida; después de recoger, Marta se acostó, no había dormido suficiente. Eduardo de sentó en el silloncito y se puso a pensar, rumiando sus planes para el futuro; tenía que descubrir aquel misterio; al mismo tiempo tenía miedo de lo que al hacerlo pudiera resultar, pero lo que no quería era ignorarlo.