CAPITULO 3º     

            Cuando se despertó, la luz del día entraba por la ventana, que tenía descorridas las cortinas; era una luz blanquecina, como de sudario, sintió un escalofrío, la temperatura dentro de la casa era desapacible, no habían encendido, aun, la calefacción. No sabía la hora que era miró un reloj que había en la pared, marcaba las ocho. Cogió la ropa del suelo, se puso la camisa y terminando de vestirse, fue al dormitorio; Eduardo continuaba dur­miendo, tanto la paliza como la aspirina habían hecho su efecto y ahora, rendido, dormía para reponer fuerzas. Le sonrió con ternura y fue hacia el cuarto de baño.

       Terminado el aseo y una vez en la sala mientras terminaba de vestirse, se puso a mirar por la ventana. Continuaba nevando, copos pequeños pero copiosos, todo estaba cubierto de nieve, se acordó de sus padres y buscó el teléfono, cuando lo encontró, marcó en numero de su casa, contestó la criada.

                       ·.Regina, dile a la señora que se ponga, soy Marta.

                       ·.Buenos días, señorita, enseguida se lo digo, ya se ha levantado.-Contestó la criada.

                       ·.Hola hija.-Era su madre, y  con este saludo procuró aparentar una tranquilidad que no tenía.

                       ·.Hola mamá, solo quería que supieras que estoy bien.

                       ·.Bueno hija, no estabamos preocupados, pero has hecho bien al llamar.-Contestó la madre, al mismo tiempo que suspiraba.

                       ·.Mama quisiera pedirte una cosa.-Dijo Marta, ti­tubeando.

                       ·.Dime hija.

                       ·.Mi amiga me ha pedido que me quede en su casa una noche mas y no se como negarme.

                       ·.Bueno... en fin... se lo diré a tu padre... ya sabes que por mi... en fin... trataré de convencerle... llama mas tarde, bueno no llames, puedes quedarte pero con cuidado cariño, acuérdate de lo que te he enseñado.

                       ·.Adiós mamá, gracias, no te preocupes, aun no ha ocurrido nada y no creo que ocurra. Dale un beso a papa.- Y colgó, después de escuchar como su madre la daba un beso por el teléfono.

       Marta fue a la cocina y empezó a preparar el desayuno, puso en marcha la cafetera, y en una bandeja todo lo necesario para desayunar. Cuando el café estubo listo, cogió la bandeja y se encaminó hacia el dormitorio.

       Eduardo estaba despierto, se había sentado en la cama, con medio cuerpo desnudo, su cara estaba lastimosa de ver.

                       ·.No te quedes destapado, la calefacción aun no ha calentado la casa; le dijo Marta, mientras lo abrigaba con un jersey que había encontrado en el suelo.-Buenos días, aun no te he saludado.- Y tras una pequeña vacilación, besó a Eduardo en la mejilla, tratando de superar, con este acto, el rechazo que sentía por el, por el hecho de ser hombre.

                       ·.Buenos días, cariño; me siento mucho mejor que cuan­do me acosté.-Tenia la voz un poco deformada, debido a la inflamación de la boca.

                       ·.Me alegro de que te encuentres  mejor, pero no te levantes hasta que hayas desayunado, así te acostumbraras a estar vertical, de otra forma te podrías marear.

       Puso la bandeja en la cama y le preparó el desayuno.

       Al termino del desayuno Marta, con voz que reflejaba la ternura, que sentía cuando pensaba que el sufrimiento del muchacho, había sido motivado por su deseo de defenderla, le dijo.

                       ·.Voy a limpiar las tazas, mientras vístete, en la sala estaremos mejor.

       Salió, casi precipitadamente, no quería ver como el se vestía, había tomado su decisión, pero tenía que ir mentalizándose poco a poco.

       Después de limpiar los cacharros y colocarlo todo en su sitio, fue a la sala, Eduardo salía en ese momento, cojeaba un poco y tenía una mano colocada en el pecho , de tal manera, que parecía como si quisiera sujetarse las costillas. Marta pensó que a pesar de la pena que la producía verle en aquel estado, la ayudaba a superar su trauma.

       Eduardo se sentó en el sofá, Marta hizo lo mismo, se quedaron mirándose el uno al otro y poco a poco, sin darse cuenta, sin proponérselo, se abrazaron y se besaron, no de forma apasionada, sino tranquila, reposadamente.

                       ·.¿Te gustaría hablar de ello.-Preguntó Eduardo.

                       ·.De momento no; te aseguro que me estás ayudando, aun sin darte cuenta y ahora mismo estoy mucho mejor. Fíjate que antes de que te levantaras he llamado a mi casa, para decirles que esta noche me quedo aquí.

       Eduardo no dijo nada pero apretó, un poco mas el brazo de Marta.

       Pasaron el día tranquilos, Marta solo salió para comprar lo imprescindible. Después de comer y dejar las cosas colocadas y limpias, se sentaron en el sofá. En la calle continuaba nevando, con fuertes ráfagas de viento. Marta miró por la ventana, sintió un escalofrío. Se hizo un ovillo junto a Eduardo que la rodeó con sus brazos.

                       ·.¿Sabes Eduardo?, me has convencido.- Dijo, de pron­to Marta, como si estuviera sola y sus palabras fueran una reflexión.

                       ·.¿A que te refieres?.-Preguntó Eduardo.

                       ·.A que, por primera vez, pensando en lo que me has contado estos días sobre la injusticia, me he convencido de que tienes razón.

                       ·.Un momento, Marta, un momento; quiero que valores a lo que te expones al pensar como yo y como otros muchos; no me gustaría verte en la misma situación que me encuentro yo, aunque la primera impresión que te dé verme en este apartamento, pueda ser de que mi vida es tranquila, muchas veces no puedo ni acercarme a el y he tenido que pasar muchas noches en la calle; es muy noble que quieras sacrificarte por esas pobres personas que has visto, pero...

                       ·.No, no Eduardo; me has convencido, te lo repito, quie­ro colaborar contigo y con los que forman tu grupo; pero no para ayudar a esos que conocí ayer; esa gente es irrecuperable y no creas que lo digo por lo que nos ocurrió, sino porque no saben salir del agujero en que están metidos, y no salen porque no son capaces de darse cuenta, de que son ellos mismos los que tienen que hacer el esfuerzo para salir; esa gente se reboza en el fango y se recrea en el. Quiero colaborar con vosotros, para quitarle el palo a quien lo tiene, pero no para dárselo a quien no sabe esquivar los bastonazos, si no para no recibirlos yo.

       Eduardo no contestó, tenia que asimilar lo que Marta había dicho, porque aquello representaba algo nuevo para el, algo que no casaba con sus propios sentimientos.

       Después de cenar se fueron al dormitorio, no tenían ganas de ver la televisión, y la casa, poco a poco, se quedaba fría. Marta entró en el cuarto de baño, Eduardo se desnudó y después de tomar un calmante, para mitigar el dolor que aun sentía, se acos­tó; pocos minutos después Marta salía, tenía puesta una camisa de Eduardo, apagó la luz se quitó la camisa y se acostó. Mía el momento, se quedó un poco tensa, sin moverse entre las sabanas; Eduardo se acercó a ella pasó su brazo por encima, Marta se estremeció, el la besó en la mejilla y sus cuerpos se juntaron.

       Habían sido unos momentos deliciosos, Eduardo dormía, Marta pensaba en aquellos momentos, era la verdadera primera vez, ese primera vez que había soñado, sin adornos, pero que, ahora, pensaba que no eran necesarios. Lo que la había ocurrido la noche anterior, aquel acto tan horrible, no tenia ninguna relación con esto, no quería llamarlo violación, era como un accidente, como un choque de trenes, como la caída de un coche por un barranco o el incendio de un edificio, pero nada relacionado con lo que había descubierto aquella noche.

       Al día siguiente, después de desayunar, y de dejarle a Eduardo todo lo necesario, para que no tuviera que salir a comprar nada. Se puso sus pantalones y un jersey de Eduardo, que se aprecia al que ella había sacado de su casa. Se despidió del muchacho, después de decirle que la llamara por teléfono y salió.

       Bajó del autobús, cerca de su casa, las calles presentaban un aspecto desolador, la nieve se amontonaba en las calles, el frío era intenso, los autobuses y los coches circulaban con grandes precauciones. Los pocos transeúntes que pasaban por las calles, lo hacían despacio para no resbalar, a ella la costó mucho mas tiempo, llegar de la parada del autobús hasta su casa, que en otras ocasiones; por fin entró , su madre estaba en el cuarto de estar, fue hacia el para saludarla.

                       ·.Buenos días mamá.-Dijo con un tono alegre, besando a su madre.

                       ·.Buenos días hija, ¿que tal lo has pasado?.

                       ·.Muy bien mamá, es mi primera salida y lo he pasado estupendamente.-Mintió, hasta cierto punto Marta.

                       ·.Por papá no te preocupes, el lo entiende, aunque no le guste que salgas por las noches.

                       ·.Gracias mamá, sé que eres tú la que le convences.

                       ·.¿Has desayunado,¿quieres alguna cosa?.

                       ·.No, no quiero nada, he desayunado, lo único que quie­ro es cambiarme de ropa.

                       ·.Bien, hasta luego hija.

       Marta subió a su habitación, se cambió de ropa, se puso un vestido, el mas bonito que encontró; a pesar de haber tomado la decisión de unirse al grupo del que formaba parte Eduardo, no renunciaba a sus gustos por la ropa, no creía en esos símbolos, ella creía que lo que realmente importaba era la acción.

       Sentada en su habitación, pensaba en los acontecimientos de la noche de la visita al BARRIO. Lo que mas huella había dejado en su mente eran los cadáveres de los individuos tiroteados en plena calle y el herido pidiendo ayuda, y el cadáver del primero que intento violarla y que también quedó en medio de un gran charco de sangre, abandonado en plena calle, retorcido y con la cabeza destrozada. Aquella zona era mas peligrosa que la selva; pero ¿es que en esta zona no era lo mismo?, los que trabajaban, no tenían piedad de los que se quedaban, o estaban a punto de quedarse sin trabajo, estos representaban a los muertos de la otra zona; daba lo mismo que fueran los que representaban a la escala mas baja de la sociedad; con tal de mantener su puesto de trabajo y las pocas monedas con las que malvivían, no les importaba lo que les ocurriera a los otros.

       ¿Y los que se encontraban en la escala mas alta?, estos eran aun peores, intrigaban contra los posibles sucesores a sus cargos, sin importarles quienes fueran, incluso personas de su pro­pia familia, morían, según la había dicho Eduardo, para poder estar disponiendo de su autoridad por mas tiempo. Unos golpecitos en la puerta la sacaron de sus pensamientos.

                       ·.Señorita, dice su mamá que puede bajar a comer.

                       ·.Gracias, ahora bajo.-Contestó Marta, levantándose de la cama donde había estado sentada.

       Bajó al comedor, sus padres estaban sentados a la mesa.

                       ·.Hola papá, no estabas en casa cuando he llegado esta mañana, por eso no he podido saludarte.-Dijo Marta al mismo tiempo que besaba a su padre.

       Se sentó y empezaron a comer.Durante la comida hablaron de cosas intranscendentales, pero de pronto, Marta dijo.

                       ·.¿Sabéis lo que he decidido?, quiero ser asistente social.

                       ·.Muy bien hija.-Dijo la madre sin darle importancia.

       Pero su padre la miró con preocupación, el sabia que el noventa por ciento de los huidos y expulsados, salían de las filas de los asistentes sociales.

                       ·.¿No decías que querías ser pintora?.-Preguntó su padre.

                       ·.Si, pero he cambiado de opinión, siendo asistente social puedo ayudar a los demás y tendré tiempo de seguir pintando y  si me hago famosa con la pintura, podré ser mas eficaz en mi ayuda.

                       ·.Deberías considerarlo; me gustaría, tanto, que fueras a la escuela de arte.-Insistió el padre.

       La entonación de su voz, al pronunciar estas palabras, hicieron que su esposa lo mirase con gran preocupación.

                       ·.Me gustaría conocer al muchacho con el que sales.-Dijo el padre, haciendo que cambiaba de conversación y tratando de dar a sus palabras un tono de indiferencia.-Comprende que mi curiosidad en natural.

                       ·.Si papá lo comprendo, y os prometo que lo antes posible, lo traeré a casa para que lo conozcáis.

       En ese momento sonó el teléfono, Marta saltó de la silla, pero la criada, ya lo había cogido y asomándose a la puerta del comedor, dijo.

                       ·.Señorita Marta, la llaman por teléfono.

                       ·.Gracias, voy enseguida.-Dijo esta, saliendo, casi a la carrera hacia donde estaba el teléfono.

       Cuando volvió, con el rostro radiante, dijo.

                       ·.Voy a salir, pero no preocuparos, esta noche si voy a volver, y os prometo que muy pronto traeré a mi amigo para que lo conozcáis, adios.-Y salió corriendo hacia la puerta, después de coger el abrigo.

       Marta llegó al edificio donde vivía Eduardo, después de que este la abriera el portal y mientras que hacia el corto recorrido en el ascensor, se fue imaginando la cara que pondrían sus padres cuando conocieran a Eduardo; su forma de vestir, el corte de pelo, en fin todo le delataba como alguien a quien sus padres no admitirían como persona “decente”, y aunque confiaba en que el cariño que sus padres sentían por ella fuera suficiente para no denunciarla nunca, prefería que no se enteraran demasiado pronto, de que su forma de pensar había cambiado.

       Cuando llegó al descansillo, no tubo que llamar a la puerta, Eduardo la estaba esperando. Se besaron como si hiciera mucho tiempo que no se veían y cuando se separaron, Marta, dijo.

                       ·.Vamos dentro no querrás dar un espectáculo a los vecinos.

                       ·.No, y te aseguro que en circunstancias normales no hubiera abierto tan fácilmente sin antes tomar precauciones.

       Entraron, ella se quitó el abrigo y se sentó con despreocupación, se comportaba con mas soltura que en su casa. El apartamento lo consideraba como suyo, como su propia residencia.

       Mientras, Eduardo había preparado café; lo llevó a la sala y se sentó junto a Marta.- ¿Como te encuentras?.- Preguntó esta con cariño, mientras le miraba los moretones de la cara y el cuerpo.

                       ·.Estoy mejor, aunque tengo bastantes dolores.

                       ·.Hoy no saldremos de casa, aunque de todas formas no me quedare por la noche, he prometido a mis padres que volvería y quiero que se acostumbren poco a poco.-Eduardo, quiero pedirte algo, espero que no te moleste.-Dijo Marta, al mismo tiempo que con la expresión de su cara pedía perdón.

                       ·.Dime, sabes que todo lo que me pidas te será concedido.-Contestó el, exagerando su tono solicito y amoroso.

       En serio, mi familia quiere conocerte y a mi me gustaría que tupieras otra apariencia, ya sabes, mas convencional, es decir que te arreglaras un poco, no por mi, claro, pero ya conoces a los padres, se fían mas por las apariencias que por lo que pueda ser una persona, por lo menos al principio.

       Eduardo, ahora estaba serio, se había levantado y miraba fijamente por la ventana, como queriendo ver mas allá de los edificios que tenia enfrente.

                       ·.Si no te preocupes, no me molesta disfrazarme para conocer a tus padres; no conviene que se den cuenta de que te has pasado a los descontentos.

                       ·.Gracias, representaba un gran problema, y al mismo tiempo no podía negarme a que fueras a casa para que te conocieran, hubiera sido muy sospechoso.

                       ·.De ahora en adelante tendrás que tener mucho cuidado, tus padres son tu enemigo, porque además, son los primeros en darse cuenta del cambio.-Eduardo se había vuelto y miraba con insistencia a Marta, quería ver su reacción al decirla que sus padres eran sus mayores enemigos.

                       ·.No, de verdad, estoy convencida de que mis padres no me denunciarían nunca, y por favor, no te ofendas, no lo digo porque sean mejores que los tuyos, es que creo que al ser hija única, tendrán mas cuidado de no perderme. Quizás tus padres hicieron aquello para no poner en peligro la seguridad de tus hermanos.

                       ·.Si, seguramente.-Dijo Eduardo, sin cenvenciemento.-Pero de todas formas ten mucho cuidado, que ellos no se dé cuen­ta del cambio.

                       ·.Lo peor son los cardenales, porque no podemos dejarlo para cuando se te hallan pasado del todo, porque pensarían que no quieres ir.

                       ·.De eso me encargo yo, puedo decirles que estoy apren­diendo defensa personal, y que un contrincante demasiado entusiasta me ha golpeado mas de lo que debiera haberlo hecho.

                       ·.Si, creo que esta bien pensado; mi padre es un entusiasta de la defensa personal, siempre me está diciendo que tengo que ir a un gimnasio de señoritas para que en el futuro pueda defenderme de cualquier agresión que pueda sufrir.-Al terminar de hablar Marta se puso a llorar con desconsuelo; Eduardo, la abrazó y trató de consolarla prodigándola toda clase de caricias.

                       ·.Debo marcharme.-Dijo, una vez que su hubo calmado.-No quiero que, en estos días, se enfaden, dime si necesitas dinero para comprarte ropa distinta de la que tienes..

                       ·.No, aun conservo los trajes de la época anterior; puedes estar tranquila que todo saldrá bien. Ahora lo que debemos concretar, es el día que nos parece mejor para que me presente delante de tus padres,.

                       ·.Hablaré con ellos para que decidan el día que creen que es el mejor, y te llamaré por teléfono, me temo que estaremos unos días sin vernos, pues harán de todo esto una ceremonia con grandes preparativos.

       Se abrazaron y se besaron largamente; ahora, la idea de estar separados durante unos días, les hacia sentirse muy desgraciados.

       Se levantaron, y después de que Marta se hubo puesto el abrigo salieron al descansillo; Marta cogió el ascensor según entraba se volvió para despedirse, agitando la mano, cerró la puer­ta y el ascensor descendió. Salió a la calle y después de una corta espera subió a autobús que la llevaría a la zona donde vivía. Este rodaba despacio a causa de la nieve, Marta miraba por la ventanilla, los escaparates estaban encendidos, la gente, a pesar del frío, caminaba despacio fijándose en los establecimientos, con la tranquilidad que da el saberse protegido de los atracadores, porque a la menor alarma y casi de inmediato se presentaría, en el lugar en que hubiera sonado, la policía, para detener y expulsar, sin mas miramientos al atrevido atracador.

       La vista de la zona donde vivía, la sacó de estos pensamientos que ahora la angustiaban; bajó en la parada mas cercana a su casa y después de recorrer, rápidamente la distancia que la separaba de esta, entró. Sus padres estaban viendo la televisión en el cuarto de estar.

                       ·.Buenas noches.-Dijo asomándose a la puerta de la habitación.

                       ·.Hola hija, ya hemos cenado, si quieres cenar, que la criada te prepare un bocadillo.-Contestó la madre.

                       ·.Si, y algún refresco, a pesar del frío tengo sed.-Dijo Marta, sentándose, como tenia por costumbre, aunque en esta ocasión tenía una especie de remordimiento por no ir ella a la cocina a prepararse la cena, sin necesidad de que otra persona se la hiciera.

       La madre salió de la habitación, para dar la orden a la criada; ese fue el momento en el que marta decía a su padre.-Papá, Eduardo vendrá para conoceros, el día que vosotros querais.

       Su padre la miró, visiblemente, complacido y dijo.-¿Se llama Eduardo?.Bién cuando venga mamá lo decidiremos.

                       ·.¿Que tenemos que decidir?.-Preguntó la madre, que entraba en ese momento, con una bandeja que contenía la cena de Marta.

                       ·.La niña pregunta, cual es el día que nos parece mejor, para que su novio venga a cono vernos.

                       ·.Bueno, eso es algo que tenemos que prepararlo muy bien, arreglar la casa , en fin tenemos mucho que preparar; no se, quizá el domingo seria un buen dia.-Con­testó la madre, sin ni siquiera haber dado la bandeja a Marta, de tan nerviosa que se había puesto.

                    ·.Bien mamá, dame la bandeja y no te preocupes tanto, que no es de tanta etiqueta, es un chico normal.-Dijo Marta, cogiendo la bandeja, pues veía que a su madre, acabaría por caérsele de la manos.

                    ·.¿Pero es que sus padres no vendrán?.

                    ·.No, veras, es que, bueno es que hace unos meses se ha marchado a vivir a un apartamento y aunque mas tarde, ellos también vendrán para conoceros, de momento quie­re venir el solo, para reafirmar su independencia.-Contestó la muchacha, improvisando sobre la marcha.

                    ·.Ah, se ha independizado, en fin, no es lo que mas me agrada de los jóvenes, pero algunos lo hacen y no les va mal del todo. ¿Tu no habrás estado en su apartamento?.-Preguntó su padre escandalizado.

                    ·.!Papá!, ¿Como se te ocurre preguntar eso?.  

                    ·.Claro que si Ramón, parece mentira que dudes de tu hija.

                    ·.Perdona, hija, ha sido un impulso, pero se que eres sensata.

                    ·.Está decidido, será el domingo, así tendré unos días para prepararlo todo.-Dijo la madre, sin dirigirse a nadie en concreto, mientras hacía gestos, como si contara algo con los dedos.

                    ·.Bueno papá, me marcho a la cama, despídete de mamá en mi nombre, porque presiento, que en estos días, no nos hará caso a nadie.-Dijo Marta en tono festivo.

                    ·.Tienes razón hija, hasta mañana.

       Mata subió a su habitación, se desnudó y se metió en la cama; cuando se hubo acomodado y con la luz apagada, se puso a reflexionar en la forma que había cambiado si vida, en poco tiempo, aun no sabia si para mejor a para peor; de momento, era su amor por Eduardo lo que la aprecia mas positivo, el resto creía que no merecía tanto la pena, al fin y al cabo, en su ignorancia anterior era mas feliz; pero a partir de que su conciencia se había abierto a las injusticias, no solo a las actuales, sino a las de siempre, no podría vivir sin hacer algo, para tratar de remediarlas, no para favorecer a los demás, sino para acabar con el despotismo de unos pocos. Pero no, Marta estaba convencida, de que vestirse de forma desaliñada, repartir octavillas y otras protestas por el estilo, fueran a solucionar nada, creía que, incluso, los amos lo fomentaban y que esta era la forma actual de represión, dejándolos actuar, para después descubrirlos y de esta forma justificar su expulsión, eliminando el excedente de mano de obra, que de otra forma podría agobiarlos de tal manera que llegara a ahogarlos.

       Llegado a este punto de su reflexión, Marta empezó a trazar un plan por si era descubierta; de momento pensaba seguir los cánones de los rebeldes, es mas no quería ocultarse demasiado, ni de sus padres ni de los demás, y cuando fuese descubierta y expulsada, entonces, es cuando empezaría su verdadera protesta y venganza, pero a su estilo, tal y como ella lo había hurdido todo.

       Con el animo mas tranquilo y pensando que había dado con la solución, se quedó dormida.

       Los pocos días que faltaban para el domingo, habían transcurrido, entre histerismos de la madre, la casi indiferencia del padre y la burla, interna, de Marta.

       Por fin llegó el esperado domingo.A las once, esta era la hora soñada por toda la familia, que vestida con sus mejores galas, esperaba en la sala de estar, el gran acontecimiento.

       Sonó el timbre, como una alarma, a la madre de Marta la cambió el color de la cara, el padre se removió inquieto en su butaca y Marta miraba a ambos con una disimulada sonrisa.

       La criada fue a abrir, se escucharon los pasos de dos personas y aparecieron en la puerta la criada y Eduardo, !y que Eduar­do!, a Marta casi se le escapó una carcajada.

       Vestía un elegante traje, camisa blanca inmaculada, corbata y zapatos negros y lo que mas resaltaba, a los ojos de Mar­ta, era su corte de pelo impecable, y un buen afeitado. Marta se levantó y acercándose a el le cogió de la mano y le acercó al centro de la habitación.

                    ·.Mamá, papá, este es Eduardo.-Les dijo Marta a sus padres, que se habían levantado cuando Eduardo había entrado en el cuarto.

                    ·.Mucho gusto señora.-Dijo Eduardo, besando la mano de la madre de Marta.

                    ·.Encantado.-Le dijo al padre, estrechando su mano.

                    ·.Estamos muy contentos de que hayas venido, teníamos muchas ganas de conocerte, ten en cuenta que Marta es nues­tra única hija y queremos , para ella, lo mejor.-Le contestó el padre, a modo de bienvenida.

                    ·.Pero siéntate, ¿quieres un aperitivo?, tu tienes edad para poder tomarlo.-Le dijo la madre, nerviosa y excitada.

                    ·.Gracias, pero no tomo alcohol, aunque por mi edad la ley me lo permita, tomare un refresco.

       Marta salió, para ordenar a la criada que sirviera los aperitivos; cuando volvió, se sentó en el brazo del sillón que ocupaba Eduardo, lo que la valió una mirada reprobatoria de su padre.

                    ·.Nos ha dicho Marta que te has independizado; yo particularmente creo que los jóvenes están mejor en casa de sus padres.-Le dijo Ramón en tono paternalista.

                    ·.Desde luego que estaría mucho mejor, pero con el trabajo que tengo me resulta imposible. Me dedico a promocionar nuevos artículos a domicilio y las muestras ocu­pan mucho sitio, el piso de mis padres no es muy grande y viven con ellos mis dos hermanos, esto es lo que me ha decidido a buscar un apartamento para mi solo.

                    ·.Ah ese es el motivo, esto cambia todo, es que Marta no nos había explicado lo de tu trabajo.-Comentó el padre, suspirando aliviado.

                    ·.¿Que te ha pasado en la cara?, tienes cardenales?.-Dijo la madre de Marta.

                    ·.Es que me preparo en un gimnasio, aprendo defensa personal, uno de mis compañeros se entusiasmó y me dio algún golpe, de los que ni en las competiciones, están permitidos.-Contestó el chico sonriendo.

                    ·.Siempre he dicho, que es conveniente, que los jóvenes se preparen físicamente, para defenderse de cualquier agresión; además, claro está, de llevar la alarma personal, que es obligatoria, pero así y todo, si los guardias se retrasan, teniendo una buena forma física, se puede tener reducido al individuo.

       Estos comentarios de su padre, hicieron que Marta enrojeciera, hasta la raíz del cabello, no sabía su padre cuanto había necesitado de esos conocimientos de defensa personal.

       De esta forma, con una charla típica y sin sustancia, llegó la hora dela comida, que transcurrió, al igual que el resto de la tarde, sin que el aburrido panorama, cambiase. Por fin llegó la hora de las despedidas; Eduardo se marchó sin que Marta pudiera darle un beso y prometiendo que hablaría con sus padres para que se pasasen a visitar a los de Marta.

       Cuando se quedó sola la familia, Marta dijo que estaba cansada, porque el día había sido de muchas emociones y que subía a su cuarto para acostarse, los padres lo com­prendieron; en realidad deseaban quedarse a solas. Cuando Marta subió, ellos fueron al cuarto de estar y se sentaron. Durante un largo rato ninguno de los dos dijo nada, Rosa preguntó, temerosa.

                    ·.¿Que te ha parecido el muchacho?.

                    ·.Bien, te aseguro, que muy bien.

       Esta contestación de sus marido la tranquilizó, ella estaba encantada con su futuro yerno. Pero Ramón no había dicho la verdad, era verdad que le gustaba, pero no sabía porque, había algo que no acababa de con vencerle, era algo relaciona con su trabajo. El sabía que eran muy pocos los productos, que en la actualidad, se promocionaban, incluso algunos de los que encontraban al uso, se trataba de que se fuesen consumiendo menos, para así dejar de fabricarlos. En fin tendría que estar al tanto y si en el futuro no veía nada sospechoso, entonces es cuando daría su aprobación final.

       Los días transcurran sin apenas novedades. Marta entraba y salía para ir al Instituto y como de costumbre, en estos últimos tiempos, por las tardes salía con Eduardo. Alguna vez dijo en su casa que tenía que ir a alguna fiesta y que se quedaría a dormir en casa de su amiga, de esta forma podía pasar la noche con Eduardo y aunque sus padres lo sospechaban, nunca la dijeron nada. Todo aprecia normal, la visita de los padres de Eduardo, se fue posponiendo y siempre fueron admitidas como buenas las disculpas que el muchacho puso, cuando  asistía para  comer, a casa de Marta y a los padres de esta no aprecia extrañarles aquella tardanza. Pero no sabían que Ramón había estado investigando y que  su conformidad, era en realidad, para ganar tiempo, para que estas investigaciones dieran su fruto.

       Así que un día que estaban solos en casa, entró en el cuarto de estar, donde su mujer estaba viendo la televisión y  sentándose enfrente de ella, apagó el aparato y la dijo, ante la mirada de extrañeza de Rosa.

                    ·.Tenemos que hablar sobre Marta, ¿tu sabes a lo que se está dedicando?.

                    ·.Pues que yo sepa, a estudiar en el Instituto y a hacer las practicas de esa profesión que quiere tener.

                    ·.Nos está engañando, Rosa, además de todo eso que tu has enumerado, se ha unido a un grupo de descontentos y hace propaganda clandestina, destinada a acabar con el sistema.

                      ·.!No puede ser!. Además ¿tu crees que Eduardo, un chico tan formal, se lo consentiría?, porque a el no podría engañarlo.

                      ·.Eduardo, Eduardo es un delincuente, nos ha engañado de la forma mas rastrera, contando una serie de mentiras que no tienen calificativo. Es decir a mi no me ha engañado, desde el primer día sospeché, he investigado y es por esto por lo que conozco la verdad.

                      ·.No, no puede ser tienes que estar equivocado, o lo están quienes te han informado, nuestra Marta que viste tan formal y ese chico tan guapo.

                      ·.Bien, sube conmigo a su cuarto.

       Subieron, Ramón abrió un armario, rebuscó y sacó un puñado de octavillas que entregó a Rosa; esta las cogió y empezó a leer la primera, horrorizada las dejó caer al suelo y escondiendo la cara entre sus manos, comenzó a llorar. Ramón, después de recogerías, las guardó donde las había encontrado, a decir verdad, poco escondidas para ser lo que eran y cogiendo a Rosa del brazo, la empujó fuera de la habitación. Bajaron y una vez que estuvieron, de nuevo, en el cuarto de estar, Rosa preguntó.

                      ·.¿Que haremos ahora?.

                      ·.Que podemos hacer, lo inevitable, llamar a la policía central.

                      ·.!No, no, a la policía no, no lo consentiré!.

                      ·.¿Es que crees que a mi me agrada?, ¿pensas a caso que mi amor por Marta no es igual al tuyo?. Pero no nos queda mas remedio, si la descubren y piensan que nosotros estabamos enterados, estamos perdidos.

                      ·.No me importa el arriesgarme a ir a la cárcel, a que me expulsen, incluso, pero a nuestra Marta no, no lo consentiré.

                      ·.!A que te expulsen!, no sabes lo que dices, no sería eso lo peor que te ocurriría. Piensa en aquello que mas te horroriza, lo que mas repugnancia te causa, bien pues conviviendo con esas cosas seria como vivirías el resto de tu vida. Piensa en ello y escoge.

       Rosa, con un estremecimiento, se acordó de lo que mas repugnancia le causaba, desde la infancia, las cucarachas; siempre había sentido por ellas una gran aversión, solo pensar en ellas la ponían los pelos de punta, ahora mismo se imaginaba en un cuar­to lleno de aquellos animales y notaba como invadían las sillas, la mesa, la cama e incluso su cuerpo, notaba las mordeduras en su carne. Rosa lanza un terrible grito y llorando dijo.

                      ·.¿Pero como sabrán ellos lo que a mí me repugna  si yo no se lo digo?.

                      ·.Tu ya se lo has dicho, con todos esos tests orales y escritos, que a lo largo de tu vida has tenido que hacer y que les han servido para conocer tus gustos y tus fobias, archivarlo todo en el ordenador central, grabarlo en tus documentos de identidad y aplicarte uno u otro tratamiento, según convenga.

       Rosa lloraba desconsoladamente, ya no protestaba, solamente lloraba, era como si consintiera sin palabras.

                      ·.No te preocupes, aun somos jóvenes y podemos tener mas hijos, comprendo que el dolor que te causará lo que le ocurra a Marta , no te lo puede compensar otro nuevo hijo, pero será un consuelo para ambos.-Dijo el marido sin mucha convicción.

       Llegó el domingo y como otros muchos, Eduardo iría a cenar aquella noche  y  como siempre a las once. Puntual, llamó a la puerta, Marta salió a abrirle, se saludaron y la muchacha lo besó en la boca, Eduardo la miró con extrañeza, porque estando en su casa nunca lo besaba.

                      ·.Mi padre no está.-Le dijo, como si adivinara sus pensamientos, pero no con un tono de disculpa, sino con un extraño aire de reto.

       Pasaron al cuarto de estar, Eduardo saludó a Rosa, que se mostró mas comunicativa y alegre de lo que acostumbraba a estar, una alegría que se podía apreciar que era forzada.

                      ·.¿Queréis un refresco?, pedir lo que queráis ya sabéis que tenemos de todo en casa.

                      ·.Si, todo lo que queramos, como los antiguos condenados a muerte.-Dijó Marta, sin levantar la voz, pero que llegó a los iodos de su madre. Rosa la miró con cierto desconcierto y temor, no sabia si era un comentario casual, o por el contrario si su hija sabia algo de la que aquella noche ocurriría. Sin decir nada, salió de la habitación, volviendo al poco tiempo, en sus manos portaba una bandeja con refrescos y bocadillos, lo puso en la mesita y se sentó con la mirada fija en la televisión, pero sin ver las imágenes del aparato.

       Ninguno de los tres decía nada; Eduardo, un poco extrañado de la tirantez que apreciaba y a la que no estaba acostumbrado, bebía lentamente, Marta miraba, insistentemente a su madre, que con la cara muy encarnada, fijaba, en aquellos momentos, su mirada en el fondo del baso.

       Los tres pudieron escuchar la puerta de entrada, como se abría y se cerraba, a continuación, Ramón se presentó en la habitación; miró a los reunidos y sin darles tiempo a saludar, dijo.

                      ·.Bueno, vamos a quitarnos la mascara, sabemos a lo que os dedicáis y lo hacéis siendo conscientes a lo que os exponéis; por lo tanto no nos ha quedado mas remedio que llamar a la policía central; ya sabéis que este es el deber de todo ciudadano cons­ciente y desde luego lo hemos hecho con todo el dolor de nues­tro corazón, pero primero está el bienestar de la colectividad y después los sentimientos particulares.

       A Eduardo se le cayó el baso de las manos, Marta miraba a su padre con una rabia que a duras penas podía reprimir y Rosa que tenía los ojos llenos de lagrimas, miraba a otro sitio.

                    ·.Siempre pensé que a mi no me ocurriría esto, incluso he discutido con Eduardo por ello, pensaba que vuestro amor seria mas grande que vuestro temor a las represalias; veo que me he equivocado, sois unos cerdos, oír bien, unos cerdos.-Dijo Marta, con los puños apretados y mientras pronunciaba estas palabra se levantaba y tiró con fuerza el baso que tenia en su mano, contra la cabeza de su padre, que se tuvo que agachar para que no le alcanzara. Mientras tanto Rosa que había dejado caer el suyo, se tapaba la cara con las manos y sollozando decía muy bajito, con las cucarachas no, con las cucarachas no.

       Los dos muchachos se abrazaron, Eduardo acariciando a Marta, trataba de consolarla, esta lloraba de rabia y de frustración no de pena ni de temor.

       Llamaron a la puerta, Ramón, salió apresuradamente, para abrir la puerta, se escucharon los pasos de varias personas y poco después entraron en la habitación cuatro guardas jurados, detrás de ellos Ramón parecía buscar protección.

                    ·.¿Son estos?.-Preguntó escuetamente uno de los guardas, el que aprecia el jefe.

                    ·.Si.-Contestó Ramón.

       El guarda sacó un papel y después de mirarlo y a continuación de mirar a Eduardo, dijo.

                    ·.Por fin te hemos encontrado, al final todos acabáis de esta forma, desde luego, con la valiente colaboración ciudadana, en muchos casos. Esta acción vuestra.-Continuó, esta vez dirijiendose a los padres.-Será grabada en vuestros documentos de identidad y vosotros dos acompañarnos.

       Uno de los guardas se acercó a la pareja y los esposó uno al otro y empujándolos los sacó de la habitación. Cuando salían, Rosa quiso ir a abrazar a su hija, pero Ramón se lo impidió, sujetándola con brusquedad. La pareja, custodiada por los guardas, salió de la casa y enseguida fue introducida en uno de coches que estaban esperando en la acera. La caravana se puso en marcha, cuando estaban en camino uno de los guarda se dirigió a ellos, y con una sonrisa asomándole en los labios les dijo.

                    ·.La expulsión será esta misma noche, os aseguro que cuando conozcáis aquello, os arrepentiréis de no haber hecho intención de huir; porque de esta forma se acabarían vuestros sufrimientos.

       Los dos muchachos no contestaron , se cogieron de la mano, con fuerza, para darse ánimos el uno al otro y miraron por la ventanilla, como pasaban las calles por la que tanto habían paseado. Llegaron a la línea divisoria, que a Marta la aprecia que era el mismo sitio por el que salieron en su primera escapada. Aquí los bajaron del coche, los metieron en una casa, era el cuartel de los guardas; una vez dentro los quitaron las esposas y metiéndolos en una habitación los obligaron a desnudarse para registrarlos a fondo, sin contemplaciones, después de devolverles la ropa los quitaron los documentos de identidad; para la sociedad habían muerto, a continuación y a empujones los hicieron meterse en otra habitación diferente y cerraron la puerta por fuera. Unas horas después se abrió la puerta un guarda los mandó salir y les dijo lacónicamente.

                    ·.Ha llegado la hora.

       Eduardo se derrumbó, empezó a sollozar, Marta lo sujetó, pues el muchacho estaba tambaleándose y aprecia que de un momento a otro, se caería al suelo.

       Sin brusquedades ni insultos, los sacaron de la casa; en la calle los esperaban cinco guardas, fuertemente armados con metralletas; los escoltaron hasta la barrera de salida. Marta sentía como Eduardo se estremecía a cada sollozo y con palabras entrecortadas decía.

                    ·.No sobreviviremos en este infierno, no quiero ir, no quiero ir.

                    ·.No cariño no moriremos, yo te defenderé de los hijos de puta de una u otra zona y volveremos y no de una forma clandestina, sino que serán, los que hoy nos expulsan los mismos que luego nos reclamarán y entonces empezará nuestra venganza.-Dijo Marta con una seguridad, tan fría y serena que al escucharla, a Eduardo le dio miedo y al mismo tiempo le infundió tranquilidad.

       Unos curiosos, desde el lado del Gueto, contemplaban la escena de los cinco guardas custodiando a la pareja hacia la frontera. Marta sostenía a Eduardo y como en otras ocasiones en que se encontraba en una situación limite, recordó escenas de su niñez; en esta ocasión vio a su madre que la enseñaba un libro religioso en el  se veía una escena en la que un Dios iracundo expulsaba del paraíso a Adán y Eva.

       La oscuridad, desdibujaba las abatidas figuras de los dos muchachos; así llegaron al centro de la calle, justo el lugar que representaba su condena; era como si hubieran llegado al penal, pero sin saber si su condena era de cadena perpetua o a muerte. Cogidos de la mano, se quedaron parados en aquel lugar, rodeados de escombros y basuras; en la acera que acababan de aban­donar, los guardas se desentendieron de los dos jóvenes, para ellos era algo rutinario, como sus labores de vigilancia, a la que volvieron inmediatamente, sin preocuparse de la que pasaba al otro lado de la calle; precisamente en este lugar, en la otra acera, unas sombras se movieron, con mucho sigilo, tratando de rodear a los condenados; los dos jóvenes cogidos de la mano, eran una presa fácil. Pero de pronto, Marta, arrastrando a Eduardo, empezó a correr, con desesperación, no hacia la acera de enfrente, como hubiera sido lo natural y quizás lo que esperaban los hombres que los acechaban, sino calle abajo, corría con todas sus fuerzas, apretando , con fuerza la mano de Eduardo, que sorprendido, la seguía dando trompicones.

       Marta se adentró por una calle estrecha, que descendía casi paralela a la calle en la que habían sido abandonados. Marta no aminoraba la marcha y apretaba con fuer­za cada vez mas feroz la mano de su compañero, que la seguía jadeando por el esfuerzo a que le sometía la desenfrenada carrera de la joven. De pronto sintió que esta lo empujaba, su cuerpo, impulsado por la marcha y el empujón que recibió de su compañera, entró por un agujero que el edificio que había a su derecha, tenia a ras de la acera. Notó como caía por una especie de rampa, todo estaba com­pletamente a oscuras, era una antigua carbonera; Eduardo llegó al final, dando con su cuerpo contra un montón de escombros, las ratas , hasta ese momento tranquilas habitantes de la carbonera, huían chillando; el joven, en medio de su terror, notó e que otro cuerpo chocaba con el suyo y antes de que tuviera tiempo de gritar, una mano, pequeña pero con una gran fuerza, le tapaba la boca, al mismo tiempo que escuchaba la voz de Marta, que le decía al oído.

                       ·.No grites, cálmate y quédate quieto hasta que yo te avise.

       El tono de la muchacha no dejaba lugar a replicas, era autoritario y algo para Eduardo desconocido, se podía percibir que tenia costumbre de mandar, por lo que obedeció, aun en medio del terror, que le producía el notar como las ratas se movían con desesperación, huyendo de los intrusos que habían invadido su territorio y de una suciedad pegajosa que se pegaba a su ropa y piel.

       Mientras tanto en la calle, se escucharon pasos apresurados, los pies de varias personas, se pudieron adivinar a través de la poca claridad del agujero, por el que habían caído. La voz de un  hombre llegó a sus oídos, como si saliera de un altavoz averiado, hablaba desde la misma entrada de la carbonera.

                       ·.¿Donde se habrán metido?.

                       ·.Creo que han continuado calle abajo.-Nuestros amigos pudieron escuchar la voz de un segundo individuo.

                       ·.Entonces los hemos perdido, con los caníbales al final de la calle no creo que duren mucho, en fin volvamos, esta noche tenemos mas expulsados.

                       ·.Pero estos eran una perita en dulce y además uno de ellos es una mujer, podíamos haber sacado una buena tajada por ella, después de habernos divertido durante algún tiempo.-Contestó el segundo individuo, lanzando una grosera carcajada.

       Los pasos se fueron alejando, los muchachos no se movieron durante un buen rato, al cabo del cual, Marta, con mucha precaución, se arrastró por la rampa y se asomó al agujero de entrada, volvió la cabeza hacia Eduardo y le hizo señas para que la siguiera, esta aunque entumecido, se puso en pié, sacudiéndose dos o tres ratas que le subían por las piernas. Siguiendo los pasos de Marta por la rampa, salió a la calle, alcanzando a Marta que lo esperaba acurrucada en la sombra que proyectaba la casa, muchacha le dijo bajando la voz.

                       ·.Sígueme, procurando no pasar por las zonas alumbradas, aun estamos demasiado bien vestidos.

       Eduardo, sin rechistar, siguió a su amiga, el tono de su voz, el temor y el cansancio que sentía no le permitían preguntar.

       Fueron deslizándose por las paredes de los edificios, sorteando escombros y desperdicios, esquivando las pocas luces que encontraban en su camino. Marta parecía estar segura de adon­de se dirigía, se fueron adentrando por calles y estrechas callejuelas, todas ellas malolientes, llenas de charcos de nieve sucia y montones de basura. En algunas ocasiones se encontraron con grupos de merodeadores, que de haberlos descubierto, sin duda, los habrían matado, aunque solo fuera para quitarles la ropa.

       Por fin, en una de las calles, Marta señaló a Eduardo uno de los edificios; este se mantenía aun relativamente habitable, aunque con las ventanas tapadas con tablones. El atemorizado Eduardo fue a preguntar algo, pero Marta le tapó la boca con energía y así llegaron al edificio; lo rodearon y  nuestro amigo pudo ver una puerta que de no conocerla nadie hubiera podido descubrir, por lo menos con la facilidad con la que Marta le había encaminado a ella. Una vez dentro Marta le dijo a Eduardo, con voz muy baja.

                       ·.Siguemé, pero ten mucho cuidado, esta casa está llena de trampas, por este lado, por el que hemos entrado, es por donde encontraremos menos, pero aun así, ponte detrás de mi y de esa forma podré indicarte lo que tienes que hacer para no caer en ninguna de ellas.

       Con paso resuelto, y con Eduardo detrás de ella, se adentraron por un pasillo; cuando la pareja se encontraba en mitad de este, Marta, sin decir nada, obligó a Eduardo a ponerse a la derecha del pasillo; materialmente pegados a la pared, Eduardo pudo apreciar que las baldosas del suelo estaban un poco movidas.

                       ·.Si hubiéramos pasado por el centro, el suelo se habría hundido bajo nuestros pies.-Le dijo Marta, al oído de Eduardo.

       Llegaron a un pequeño vestíbulo, del cual partía una escalera; Marta sacó una linterna de pequeñas dimensiones, que tenia guardada en un calcetín y con ella iluminó una cuerda muy fina, que cruzaba la entrada del primer peldaño y señaló a Eduardo un extraño aparato, que estaba a la derecha de la cuerda y que tenía seis grandes cuchillos, uno encima del otro, de modo que cuando saltaba el resorte que tenía y que se accionaba cuando se tropezaba con la cuerda, los cuchillos se clavaban en el cuerpo del intruso, de arriba a abajo, matándolo casi instantáneamente y desde luego, logrando que el espectáculo que representaba la contemplación de este cuerpo, desanimara a posibles visitantes.

       Por indicación de Marta y con grandes precauciones, saltaron la cuerda y subieron por la escalera, al llegar al primer piso, se adentraron por un pasillo, en el que había puertas a ambos lados, aquello había sido, en otros tiempos, un hotel; al fondo del pasillo había otra puerta, ante esta se detuvieron y Marta se agachó para recoger dos gran­des palos, que habían pertenecido a la barandilla de la escalera. Dándole uno a Eduar­do le dijo.

                       ·.Cuando entremos, veras dos hombres, a estas horas están durmiendo, yo me encargaré del que está durmiendo a la izquierda, tu del que te encontraras de frente; cuando veas que golpeó al que he elegido, golpea tu al tuyo, pero no tengas piedad, porque si no lo matas, el te matará a ti.

       Eduardo quiso decir algo, pero un enérgico gesto de Marta le obligó a callar. En ese momento, Marta arrimaba su oreja a la puerta y después de cerciorarse de que no se oía nada en el interior del cuarto, sacó una llave y metiéndola en la cerradura la giró sin dificultad, asió el pomo de la puerta y poco a poco y sin hacer el menor ruido, la fue abriendo, miró al interior de la habitación y se metió en ella, indicando a Eduardo que la siguiera. Aunque la luz que entraba de la calle era muy escasa, una vez en el interior, Eduardo pudo apreciar, que efectivamente, en dos camas de campaña, una situada a la izquierda y otro de frente, dormían dos hombres; Marta, con paso decidido pero con sigilo, se acercó al que antes había elegido, al mismo tiempo que con un gesto, indicaba a Eduardo que hiciera lo mismo con el que le correspondía; pero este cuando llegó a su lado se quedó mirándolo, paralizado, sin atreverse ni a levantar el palo que tenía en sus manos. Marta, haciendo gestos de impaciencia, volvió a indicar a Eduardo lo que tenia que hacer, al mismo tiempo que ella levantaba su estaca y la descargaba, con enorme fuer­za, sobre la cabeza del durmiente, se escuchó un ruido sordo, como si alguien hubiera golpeado un colchón, el hombre, después de lanzar un apagado estertor se quedó rígido. Mientras tanto, Eduardo había imitado a Marta, pero con tanta timidez, que la víctima, aunque aturdido, pudo alcanzar la pistola que tenia colgada de su cartuchera a la cabecera de su cama; Marta al darse cuenta de lo que pasaba, acudió rápidamente descargando , por segunda vez, su garrote, con tanta fuerza, que la cabeza del segundo individuo estalló como un melón cuando cae al suelo, salpicando de sangre la pared cercana.

       La intrépida muchacha, cogió las mantas con las que se tapaban sus víctimas y tapó las rendijas de las ventanas, que los tablones que las cubrían dejaban sin tapar; a continuación encendió unas lamparas, que estaban en uno de los rincones de la habitación y que se alimentaban con baterías; en el edificio no había corriente eléctrica. Cuan­do la habitación se iluminó, Eduardo, que  se había recuperado un poco, pudo observar con mas detalle el cuarto, que habían invadido. Tenia dos ventanas, a la derecha de la puerta por la que habían entrado, había un armario empotrado, enfrente de la entrada otra puerta que estaba entreabierta, dejando entrever un pequeño cuarto de baño, en un rincón y empotrado en la pared, quizás en un antiguo armario, era donde habían instalado la cocina, con un pequeño fogón y un frigorífico, igual de diminuto, seguramente alimentado, como las lamparas, por baterías; en un rincón había una mesa bastante grande, dos sillas colocadas a la cabecera de cada cama, servían de mesilla, de cada una de ellas colgaba la funda de una pistola, una peluca despeinada y un chaquetón viejo y sucio, completaba lo que debía ser el disfraz de los que hasta ese momento habían sido los habitantes de aquel cuarto y que ahora yacían muertos en sus propias camas, esta ultima observación, hizo que un escalofrío recorriera la espina dorsal de nuestro aterrorizado y confuso amigo. Mientras tanto, Marta, estaba revolviendo los cajones de la mesa, miraba los papeles que encontraba y algunos los ponía encima de esta el resto los tiraba, sin ningún miramiento. Eduardo la miraba con ojos asombrados, le parecía mentira que aquella persona, decidida y cruel que estaba contemplando, fuera la misma chica tímida que había conocido; pero, al mismo tiempo, sentía que ahora la quería mas, que ella tenía lo que a el le faltaba, decisión valentía y porque no, crueldad suficiente para poder sobrevivir en aquel mundo en el que los habían puesto sus enemigos; porque en ese momento le parecía que esa era la clave, !crueldad!.

       Por fin Marta se separó de la mesa y se encaminó al armario, lo abrió y fue sacando la ropa que estaba ordenadamente colgada y sin ningún miramiento, comenzó a tirarla, dejándola esparcida por toda la habitación, por fin sacó dos maletas vacías y dejándolas en medio del cuarto las abrió.

                       ·.En el mismo orden en que te dé las cosas, guardalas en las maletas, Eduardo.-Dijo Marta, con un tono mas suave que el que había empleado hasta el momento, no quería forzar a su com­pañero, se había dado cuenta de que este estaba al borde del desmayo.

       Ella, mientras tanto, empezó a buscar algo por las paredes, por fin una de ellas se abrió, corriéndose un panel hacia uno de los lados y dejando al descubierto un archivador metálico y Marta empezó a rebuscar en los papeles que contenía, de vez en cuando daba un puñado a Eduardo.

                       ·.Guardalos.-Le decía, lacónicamente.

       De esta forma la primera maleta, pronto quedó llena y poco después, buena parte de la segunda. Marta dejó de sacar papeles, se agachó y cuando se hubo levantado tenia en sus manos unas cajas que también dio a Eduardo para que guardara, en la etiqueta se podía leer”BALAS EXPLOSIVAS”, su compañero, al que parecía que ya no extrañaba nada, las cogió y las fue guardando en el sitio que quedaba en la segunda maleta.

                       ·.Cierralas.-Dijo Marta.-Mira cariño, todo esto es necesario para poder sobrevivir, son ellos o nosotros, quiero que lo comprendas.-Continuó, mientras lo abrazaba y besaba, como queriéndolo convencer de que todo lo hacía por el, no quería que la considerará demasiado dura y desalmada.

       Y separándose de Eduardo, continuó sus idas y venidas por la habitación, de vez en cuando guardaba algo en el bolsillo y por fin, le dijo a Eduardo, que la miraba como si estuviera contemplándolo todo desde otro lugar.

                       ·.Ponte una de las pelucas, el chaquetón y debajo de este colócate la pistola.-Mientras decía esto, ella hacia otro tanto con las pertenencias del uno de los muer­tos; Eduardo obedeció la orden pero no usó la funda de la pistola, sino que se la guar­do en el bolsillo interior del chaquetón; era como si quisiera desentenderse de la violencia que representaba aquel arma.

                       ·.Cariño, coge una de las maletas y salgamos, no quiero que nos sorprendan aquí dentro.

       Eduardo obedeció y salió al pasillo, seguido de Marta que cerró, cuidadosamente la puerta, después de haber apagado las luces. Después de descender por la escalera que antes habían utilizado para subir  de sortear la trampa y cuando estaban recorriendo el pasillo de salida, Marta comentó en un tono casi festivo, pero que a Eduardo le pereció macabro.

                       ·.Cuando a los merodeadores se les ocurra que los dueños de la casa tardan mucho en salir, y se les ocurra entrar para averiguar lo que les pasa, empezaran a caer en las trampas, lo que retrasará el descubrimiento de los cadáveres y para entonces no los querrán ni los caníbales. Quédate aquí, yo voy a buscar para transportar y camuflar las maletas, si los merodeadores las ven, no tardarían mucho en intentar matarnos para apoderarse de ellas; mientras vuelvo, coge la pistola y no dudes en usarla si es necesario.

       Salió a la calle, enfrente había un solar lleno de chatarra; después de mucho rebuscar, encontró una especie de carro que estaba enterrado debajo de otros trastos, puso encima algunas viejas chapas y lo arrastró hacia el portal donde la esperaba Eduardo.

                       ·.Eduardo, Eduardo.-Llamó, aunque bajando la voz todo lo que pudo.

       Este salió, asomando solamente la cabeza y la mano derecha en la que empuñaba la pistola, Marta al verlo no pudo evitar una sonrisa, sabía que no era  capaz de usarla.

                       ·.No te preocupes soy yo, saca las maletas y colócalas en este carro.

       Eduardo obedeció y Marta lo cubrió todo con las chapas que había cogido en el descampado.

                       ·.Y ¿ahora donde vamos?, no tenemos casa y si nos metemos en algunas de las que parecen que están vacías, seguro que tienen trampas como esta a quizá peores.-Dijo Eduardo con voz quejumbrosa.

                       ·.No te preocupes tenemos una casa reservada para nosotros solos, creemé está todo previsto.-Contestó Marta abrazando al intranquilo muchacho, procurando, con este gesto tranquilizarlo.-Tu siguemé, no está muy lejos de aquí.

       Se pusieron en camino, sorteando con el carro los montones de basura y escombros que se amontonaban en las calles. Marta estaba inquieta, con el carro no podían esconderse en la sombra de los edificios y sabía que a estas horas era cuando los merodeadores salían a la caza de todo lo que pudieran encontrar y pudiera serles útil para sobrevivir en aquel infierno. Cuando apenas habían recorrido algunos metros, por la dificultad que suponía arrastrar el carro, vieron que unos hombres salidos de la oscuridad, se acercaban a ellos, en un principio no pudieron determinar cuantos eran, pero cuando salieron a la relativa luz reinante, pudieron contar hasta seis.

                       ·.No son canibales,.-Dijo Marta.-Estos traen garrotes, coge tu pistola, pero no la uses, si no se cruzan de acera los dejamos pasar de largo, pero no los dejes que se acerquen, si ves que se fijan con mucha atención en nosotros y empiezan a cruzar, dispara sin contemplaciones.-Y mientras decía esto, ella metía su mano debajo del chaquetón, empuñando su pistola, pero sin sacarla.

       No es que nuestros amigos llamaran la atención por nada especial, con sus pelucas y sus chaquetones sucios, no destacan del grupo que se acercaba; pero a veces los merodeadores matan a otros que consideran mas débiles para vender sus cadáveres a los caníbales, cambiándolos por utensilios. El sospechoso grupo continuó andando en dirección a los muchachos y no solamente se cambiaron de acera, sino que esgrimiendo sus garrotes se dispusieron a atacar a nuestros amigos.

                       ·.!Dispara!-Dijo, lacónicamente Marta sacando su pistola.

       Sonó una detonación, como un cañonazo, a uno de los atacantes le desapareció la cara, en su lugar quedó una masa sanguinolenta, el pobre hombre cayó al suelo, con si le hubieran roto los resortes que lo sostenían. Eduardo, también hizo fuego, pero con menos puntería, otro de aquellos hombres recibió el impacto en un hombro, fue tan fuerte que el desdichado rodó por el suelo, aun con vida, revolcándose, entre gritos de dolor y perdiendo gran cantidad de sangre por aquella terrible herida; sus compañeros, al ver las armas que portaban nuestros amigos, huyeron despavoridos.

                       ·.Vamos.-Dijo Marta.-Te aseguro que estos, en una buena temporada, se aseguraran muy bien antes de atacar a nadie.

       Emprendieron el camino y cuando pasaban al lado del herido, que seguía retorciéndose en el suelo, Marta sacó su pistola y lo remató con un tiro en la cabeza, el hombre, aun se retorció una vez mas y quedó rígido con una postura grotesca, sin cara y casi sin cabeza. La vista de todo esto colmó el vaso de Eduar­do, doblándose por la cintura, empezó a vomitar, mientras Marta lo esperaba un poco mas adelante, con una sonrisa sarcástica en los labios. Cuando Eduardo se sintió mejor, miró a su alrededor y al distinguir donde estaba Marta se dirigió a su encuentro y sin decir nada se puso a su lado y reemprendieron la marcha, Marta con voz suave, todo lo suave que pudo encontrar en su entonación le dijo a Eduardo.

                       ·.Pronto llegaremos a nuestra casa, no te preo­cupes por los individuos que nos encontremos en el portal y la escalera, son alcohólicos y drogadictos, son inofensivos, casi no tienen conciencia ni de que existen.

       Al llegar a la altura de una de las casas medio derruidas, Marta dejó el carro a un lado y quitando las chapas que lo cubrían, cogió una de las maletas, mientras decía, sin mirar al asustado muchacho.

                       ·.Coge la otra, vamos a entrar en nuestra casa, en nuestro hogar.-Terminó con sorna.

       Eduardo, sin preguntar hizo lo que Marta le había mandado y la pareja entro en el portal de la casa; este se encontraba abarrotado de personas tumbadas en el suelo, que mas que dormidas, estaban aletargadas, el olor era nauseabundo, irrespirable, nuestros amigos se dirigieron hacia la escalera, sorteando a los durmientes, empezaron a subir, pero aquí, como en el portal, estaba abarrotado de cuerpos casi inertes; Marta, sin contemplaciones, abrió la marcha pisando por encima de los que estaban acostados, estos gruñían y uno de ellos, quizá menos aletargado que los demás, quiso coger el pié de Marta, esta sin pènsarlo dos veces, le propinó una patada en la cara y continuó sub­iendo, seguida de un Eduardo que hacia elgun tiempo que no se asombraba de nada.

       Llegaron al primer descansillo y ella, con una lleve que había sacado del bolsillo, abrió una puerta, que tanto por la distribución del pasillo como por la apariencia, a Eduardo le recordó el otro edificio que habían visitado aquella noche. Entraron y después de que Marta hubiera cerrado la puerta con varios cerrojos y conectado una alarma, encendió unas linternas parecidas a las que Eduardo yo conocía; después encendió una estufa que seguramente, funcionaba también con electricidad, el frío en la habitación era terrible, las ventanas tapadas con tablones, dejaban pasar un aire helado. La distribución del cuarto era sencilla, tenía un dormitorio pequeño un cuarto de baño diminuto, la habitación donde se encontraban, que era un poco mas grande que el dormitorio y en esta y en un rincón una cocinita; pero aunque pequeño y con el mismo aire siniestro de todo lo que habían visto aquella noche, todo estaba limpio; los pocos muebles que tenía, una mesa, cuatro sillas y un silloncito y en el dormitorio dos camas de cam­paña, un gran armario y otro armario en la cocina; eran viejos pero limpios y retaurados con pintura.

                       ·.Dúchate y acuéstate, estas muy cansado.-Le dijo Marta a su compañero, procurando que su voz tuviera una entonación lo mas dulce posible, comprendía el estado de animo que su amigo tendría.

                       ·.¿Y tu?.-Preguntó Eduardo con voz desfallecida.

                       ·.No te preocupes por mi, aun tengo que hacer algunas cosas, pero antes descansaré un poco en el sillón, si me acos­tara dormiría doce horas seguidas y tengo que dejar resueltos, antes, algunos problemas.

                       ·.¿Es imprescindible que salgas?.-Dijo Eduardo,casi con indiferencia.

                       ·.Si duerme tranquilo y si te despiertas y ves que no he llegado, no te preo­cupes y continua durmiendo, en cuanto llegue te daré un beso para que te tranquilices al ver que he vuelto sin novedad.

       Eduardo se metió en el cuarto de baño, Marta le encendió un estufa, aquí el frío era menos intenso pues no había ventana. Eduardo salió después de ducharse, estaba pálido como un muerto, Marta sacó ropa de una de las maletas y se la dio a Eduar­do.

                       ·.Visteté, hace mucho frio.-Dijo con voz acariciadora, se daba cuenta de lo mal que lo estaba pasando el pobre muchacho.

                       ·.Si hace mucho frío, además no me encuentro bien, creo que caeré enfermo.-Contestó el joven.

                       ·.Descansa, mañana te encontraras mucho mejor,-Eduardo contestó con un gruñido, estaba dormido, las emociones del día lo habían dejado exhausto. Marta apagó la luz de la habitación y salió; después de hechar un vistazo alrededor, sacó las ropa de las maletas y las guardó en el armario, así como los dcumentos y cerrando este con un candado, se dejó caer en el silloncito, estaba cansada, pero había cubierto todos lo objetivos que se había marcado para ese día, para cuando llegara el día tan temido, el de la expulsión. Miró hacia la cama donde dormía Eduardo, sonrió con ternura; “que sorpresa se había llevado”, pensó, pero también, el hecho de que Eduardo no estuviera enterado de sus planes, formaba parte de ese mismo plan; el plan, sus pla­nes,!cuanto tiempo había pasado!, no demasiado, pero aprecia una eternidad. Recordó la primera visita, que Eduar­do había hecho a su casa y sonrió, sus ojos se fueron cerrando poco a poco.....